XX
UN GRITO DE FRANÇOIS - ¿QUÉ COSTA ES ÉSTA? - LOS PASAJEROS DE LA CHALUPA - TIERRA QUE DESAPARECE ENTRE LAS BRUMAS - TIEMPO AMENAZADOR - TIERRA QUE REAPARECE - RAFALES DEL SUR - EN LA COSTA.
François había lanzado como grito de salvación el de ¡Tierra! ¡Tierra! En pie sobre el combés había creído distinguir confusamente el perfil de una costa a través de una desgarradura de la bruma. En seguida, cogiendo la driza, se había izado a la punta del mástil, y desde allí mantenía fija su mirada en la dirección indicada.
Transcurrieron diez minutos sin que volviera a ver aquel indicio de tierra hacia el norte, y se dejó caer al pie del mástil.
– ¿Has visto la costa? —preguntó Fritz.
– Sí… allí… Bajo esa gruesa nube que ahora oculta el horizonte.
– ¿No os habréis engañado? —dijo John Block.
– ¡No, contramaestre, no…! La nube ha bajado sobre el horizonte… pero la tierra está detrás… La he visto… Lo aseguro.
Jenny acababa de levantarse y cogiendo el brazo de su marido, dijo:
– Hay que creer lo que dice François. Su vista es magnífica. No puede haber error.
– No me he engañado —afirmó François nuevamente—. Creedme como me cree Jenny. He distinguido perfectamente una altura, que ha sido visible durante un minuto. No fue posible reconocer si continúa al este o al oeste. Pero, isla o continente, la tierra está allí.
¿Cómo poner en duda lo que François afirmaba con tal seguridad?
Además, la necesidad de creer lo que con tal ansia se esperaba predisponía a la confianza. Así es que aquellos infortunados acompañaron con las suyas la plegaria que François dirigió al Todopoderoso.
Cuando la chalupa llegase a aquella costa, tal vez se sabría a qué tierra pertenecía. En todo caso, los pasajeros, o sea, los cinco hombres, Fritz, François, James, el capitán Harry Gould, el contramaestre John Block, y las tres mujeres Jenny, Doll y Suzan desembarcarían sobre el litoral, fuera éste el que fuera.
Si no ofrecía recurso alguno, si era inhabitable, si la presencia de los indígenas la hacía peligrosa, la chalupa volvería a la mar tras hacer las provisiones que pudiera.
Harry Gould fue puesto en seguida al corriente de lo que acontecía, y a pesar de su debilidad y de sus sufrimientos exigió que se le transportase a popa.
Fritz creyó conveniente hacer algunas observaciones respecto a la tierra señalada, y dijo:
– Lo que por el momento nos interesa es la distancia a que nos encontramos de ella; y dada la altura desde la que ha sido vista y el estado brumoso de la atmósfera, esta distancia no puede pasar de cinco o seis leguas.
Signo de aprobación del capitán Gould, al que acompañó una inclinación de cabeza del contramaestre.
– Así pues —continuó Fritz—, con buen viento y dirigiéndonos al norte, bastarán dos horas para llegar a ella.
– Desgraciadamente —dijo François— el viento es incierto, y si no cesa por completo es de temer que nos sea contrario.
– ¿Y los remos? —respondió Fritz—. James, mi hermano y yo los tomaremos, y vos, contramaestre, estaréis al timón. No quedaremos al cabo de nuestras fuerzas por haber remado durante algunas horas.
– ¡A los remos! —mandó el capitán, con voz tan débil que apenas se oía.
Era de lamentar que el capitán no estuviera en estado de dirigir el timón, pues bogando cuatro, los pasajeros hubieran hecho mejor faena. Verdad que Fritz, François y James, en toda la fuerza de su juventud, y el contramaestre, aún vigoroso, estaban ahora debilitados por las privaciones y las fatigas. Habían transcurrido ocho días desde que el Flag les había dejado abandonados. De sus provisiones, muy economizadas, no quedaba más que lo preciso para veinticuatro horas. Tres o cuatro veces la pesca había ayudado algo. Un hornillo, una caldera pequeña y un perol eran, aparte de sus navajas, los únicos utensilios de que disponían. Y si aquella tierra no era más que un islote rocoso, sería preciso que la chalupa continuase durante varios días la penosa navegación en busca de un continente o de una isla donde la vida fuera posible.
Sin embargo, después del grito de François, todos habían sentido renacer su esperanza. ¡Es preciso haber pasado por pruebas tan terribles para comprender a qué tenues hilos se agarran las criaturas humanas! Era la tabla de salvación del náufrago. En vez de aquella embarcación, amenazada por los huracanes y azotada por las olas, fijarían el pie en tierra sólida. Se instalarían en alguna caverna al abrigo del mal tiempo; encontrarían, quizá, suelo fértil, hierbas o raíces comestibles, abundantes frutos de esos tan comunes en las zonas intertropicales; allí, en fin, podrían esperar, sin temor al hambre ni a la sed, el paso de algún navío Éste advertiría las señales que ellos hicieran… ¡Iría en socorro de los abandonados…! Sí… Todo esto aparecía tras el cristal de la esperanza.
Respecto a la costa entrevista, ¿correspondía a algún grupo de las islas situadas más allá del trópico de Capricornio? De esto hablaban en voz baja el contramaestre y Fritz. Jenny y Doll habían vuelto a ocupar su sitio en el fondo de la embarcación, y el niño dormía en los brazos de mistress Wolston. Había sido preciso volver a colocar bajo el combés al capitán Gould, devorado por la fiebre. Jenny mojaba con agua fresca las compresas de la cabeza del infeliz.
Fritz se entregó a hipótesis no muy seguras en realidad. No dudaba él de que el Flag, después de estallar la rebelión a bordo, no hiciera un largo camino hacia el este durante los ocho días. En este caso, la chalupa habría sido echada al mar en aquella parte del océano Pacífico en que los mapas no indican más que raras islas, Amsterdam y San Pablo, y más al sur el archipiélago de las Kerguelen. Pero, en fin, aun en estas islas, las unas desiertas, las otras habitadas, la vida estaría asegurada, y… ¿quién sabe? También el repatriamiento en plazo más o menos lejano.
Además, si desde el 27 de septiembre la chalupa había remontado hacia el norte, arrastrada por la brisa del sur, era posible que aquella tierra perteneciera al continente australiano, ya a Tasmania, ya a las provincias de Victoria o de Australia meridional.
Llegando a Hohart-Town, Melbourne o Adelaida, estaban salvados. Pero si la embarcación tocaba tierra en la parte sudoeste, en la bahía del Rey Jorge o en el cabo Lecuwin, frecuentados por hordas feroces, ¿no sería peor la situación…? En la superficie de este mar, ¿habría probabilidad de encontrar un barco con rumbo a Australia o a las islas del Pacífico?
– En todo caso, mi querida Jenny —dijo Fritz a su mujer, que se había sentado junto a él—, debemos de estar muy lejos de la Nueva Suiza… A centenares de leguas.
– Sin duda —respondió Jenny—; ¡pero algo es ya encontrar tierra! Lo que tu familia ha hecho en vuestra isla, lo que yo pude hacer en la Roca Humeante…, ¿por qué no hacerlo otra vez? Después de tantas pruebas sufridas tenemos el derecho de contar con nuestros ánimos y nuestra energía. No son los hijos de Jean Zermatt los que pueden dudar de sí mismos.
– Si alguna vez sintiera abatimiento, me bastaría oírte para recobrarme de él — respondió Fritz—. No… No hemos de desfallecer y seremos bien secundados. Con el contramaestre se puede contar… En cuanto a nuestro pobre capitán…
– Él se curará, querido Fritz —dijo Jenny—. La fiebre que le abrasa desaparecerá. En tierra estará mejor cuidado, recobrará sus fuerzas y encontraremos en él a nuestro jefe.
– ¡Ah, mi querida Jenny! —exclamó Fritz estrechándola contra su corazón—. ¡Haga el cielo que esta tierra nos ofrezca los recursos de que tanta necesidad tenemos! No le pido todo lo que la Nueva Suiza nos ha dado, pues no está situada en aquellos lugares donde todo se puede esperar de la naturaleza casi sin esfuerzo. Lo peor sería que nos encontráramos con salvajes, contra los que seríamos impotentes, y que nos fuera preciso damos de nuevo a la mar sin haber renovado nuestras provisiones… Preferible sería desembarcar en una costa árida, aunque no fuera más que un islote. Habrá pescado en sus aguas, crustáceos en sus playas, tal vez bandadas de aves, como las había a nuestra llegada a Felsenheim. Haríamos provisiones, y transcurridas una o dos semanas, repuestos de nuestras fatigas, recobradas las fuerzas de nuestro capitán, nos daríamos a la vela en busca de una costa más hospitalaria. Nuestra chalupa es sólida y tenemos un buen marino para dirigirla. La mala estación no está próxima… Hemos soportado terribles ramalazos de viento y soportaremos otros… Que haya víveres en esta tierra, sea la que sea, y con la ayuda de Dios…
– Querido Fritz —respondió Jenny estrechando entre las suyas las manos de su marido—. Es preciso decir rodó eso a nuestros compañeros; oyéndolo no perderán el valor.
– El valor no les ha faltado un instante, querida esposa —dijo Fritz—, y si desfallecieran, tú, la más enérgica, la más resuelta, la joven inglesa de la Roca Humeante, les devolvería la esperanza.
Esto que decía Fritz lo pensaban todos. Mientras estuvieron prisioneras en el camarote del Flag, ¿de quién sino de ella habían Doll y Suzan recibido el valor suficiente para salvarse de la desesperación?
Otra ventaja presentaba aquella tierra. No sucedía en ella lo que en la Nueva Suiza, cuyos parajes jamás atravesaban los barcos de comercio. Por el contrario, que se tratase de la costa meridional de Australia o de Tasmania, o que fuese una isla perteneciente a los archipiélagos del océano Pacífico, su situación estaba determinada en los mapas marítimos.
Pero admitiendo que el capitán Gould y sus compañeros fuesen recogidos un día, ¿cómo librarse de la más profunda tristeza pensando en la distancia que les separaba de la Nueva Suiza…? Se trataba de centenares de leguas, sin duda, puesto que el Flag se había dirigido durante ocho días hacia el oeste. Y si allí donde iban la mala suerte les condenaba a vivir tan largo tiempo como la familia Zermatt en su isla, si la chalupa no podía emprender una larga navegación… en fin, si a pesar de tantas pruebas su confianza se desvanecía… ¡en qué desesperación caerían los que allí abajo les esperaban!
En esto no cesaban de pensar Fritz y Jenny, François, james, su mujer y su hermana, olvidando hasta la gravedad de los peligros que les amenazaban, para no pensar más que en sus parientes y amigos.
En efecto. Se estaba a 13 de octubre. Hacía ya cerca de un año que la Licorne había abandonado la isla, a la que debía volver en la época presente. En Felsenheim, monsieur y madame Zermatt, Ernest y Jack, mister y mistress Wolston y su hija Annah, contaban ahora los días y las horas.
Sí… Todos debían otear la llegada de la corbeta a la vuelta del cabo de la Esperanza Perdida, anunciándose con salvas, a la que respondería la batería del islote del Tiburón. ¿Qué se dirían pasado un mes… dos…? Primeramente, que los vientos contrarios retardaban la Licorne; tal vez que ésta no había podido salir de Inglaterra en la época fijada, tal vez que una guerra marítima turbaba los mares e impedía la navegación… ¡Jamás podrían admitir que el navío hubiera naufragado!
Pero pasadas algunas semanas, después de su escala en El Cabo, la Licorne aparecería en las aguas de la Nueva Suiza… Las familias Zermatt y Wolston sabrían entonces que los ausentes se habían embarcado a bordo del Flag, que no había llegado a su destino. ¿Sería posible dudar de que había naufragado en alguna de las frecuentes tempestades del océano índico, y se podría esperar volver a ver a los pasajeros?
Éste era el porvenir, y el presente ofrecía aún bastantes temibles eventualidades.
Desde el instante en que François había señalado tierra, el contramaestre dirigía la barca en dirección norte, lo que por faltar la brújula no dejaba de ser difícil. La indicación de François no había podido ser más aproximada. Si los vapores se disipaban y el horizonte se esclarecía, al menos en la parte septentrional, no sería difícil marchar hacia la costa. Por desgracia, la espesa cortina continuaba ocultando aquella línea, que para observadores colocados en la superficie del mar, debía de estar aún a cuatro o cinco leguas.
Fritz, François y James bogaban con todo el vigor de que eran capaces. Pero casi agotadas sus fuerzas, no podían dar gran empuje a la chalupa, pesadamente cargada, y sería menester emplear todo el día para franquear la distancia que les separaba del litoral.
¡Y gracias al cielo que el viento no contrarió sus esfuerzos! Realmente lo mejor sería que la calma se mantuviese hasta la noche, pues con viento del norte la embarcación hubiera sido arrastrada lejos de aquellos parajes.
Al mediodía apenas si se había recorrido una legua de camino. El contramaestre creyó que una corriente les llevaba en sentido opuesto.
Tal vez no era más que un simple efecto de la marea, pues si se tratase de una corriente regularmente establecida, hubiera sido preciso renunciar a ir en contra de ella.
A las dos de la tarde, John Block, que se había levantado, exclamó:
– El viento va a soplar… Lo siento… Con sólo nuestro foque haremos más que con los remos…
El contramaestre no se engañaba. Momentos después la superficie del mar comenzó a cabrillear por el sudeste, propagándose el movimiento hasta los flancos de la barca.
– Tenéis razón, Block —dijo Fritz—. Sin embargo, el viento es tan débil que es preciso seguir remando.
– Sigamos, monsieur Fritz —respondió Block—, y sacudamos firme hasta que las velas nos empujen a la costa.
– ¿Dónde está? —preguntó Fritz, que en vano pretendía descubrirla entre las brumas.
– ¡Ante nosotros, seguramente!
– ¿Estáis en lo cierto, Block? —añadió François.
– ¿Pues dónde queréis que esté —respondió el contramaestre—, sino tras esos malditos vapores del norte?
– Así queremos que sea… pero querer no basta —dijo James Wolston.
Lo cierto era que esto no se sabría hasta que el viento soplase, lo que tardó en suceder, pues ya habían pasado las tres cuando los golpes de la vela a medio hinchar indicaron que podía ser utilizada.
Dejando los remos Fritz y François, después de izar el trinquete, lo estiraron con todas sus fuerzas, mientras el contramaestre sujetaba la escota, que se agitaba vivamente.
¿Sería aquello un viento loco, cuyas intermitentes bocanadas no conseguirían ni aun disipar la bruma?
Tras veinte minutos de duda el oleaje se acentuó, tomando de través la barca, que el contramaestre logró enderezar. Después, el trinquete y el foque se hincharon y sus escotas se tendieron.
La dirección que convenía seguir era la del norte, en espera de que el viento despejase el horizonte. Parecía que esto había de efectuarse en cuanto aquél llegase a él, y todas las miradas permanecían obstinadamente fijas en aquella parte. John Block no pedía más que la tierra apareciese un instante y a ella se dirigía.
Sin embargo, la cortina formada por la bruma no se entreabría, aunque a la caída del sol el viento, al parecer, tomaba fuerza.
La barca caminaba con alguna rapidez. Fritz y el contramaestre se preguntaban si no habrían dejado atrás la isla, suponiendo que la tierra vista lo fuera, o dado vuelta al continente por el este o el oeste, si era un continente.
La duda volvió… ¿Se habría engañado François? ¿Había visto realmente tierra en dirección norte?
Sí… Y él lo afirmó una vez más con certeza absoluta.
– Era una costa elevada —afirmó—. Especie de acantilado casi horizontal, imposible de confundir con una nube.
– Sin embargo… Ya deberíamos haber llegado a ella —dijo Fritz—, pues entonces sólo debía de estar a cinco o seis leguas.
– ¿Estáis cierto, John Block —dijo François—, de que la chalupa no se ha desviado de la dirección norte?
– Posible es que nos hayamos equivocado en el camino —declaró el contramaestre—. Así es que, a mi juicio, y aunque tengamos que permanecer toda la noche en este sitio, debemos esperar a que se aclare el horizonte.
Tal vez éste era el mejor partido. Por poco cerca que la chalupa estuviera del litoral, no corría el riesgo de zozobrar entre los arrecifes que sin duda lo limitaban. Todos prestaron oído para ver si a él llegaba el ruido de la resaca, pues ser arrojados contra la costa hubiera sido la mayor desgracia… Pero nada se percibía de esos largos y sordos rugidos del mar cuando éste choca contra las rocas o se extiende por la playa.
Convenía, pues, proceder con extrema cautela, y atento a ella, a las cinco, el contramaestre mandó recoger el trinquete, quedando el foque para ayudar a la acción del timón.
Nada más prudente, en efecto, que moderar la velocidad de la chalupa mientras la situación no pudiera determinarse con exactitud, y esto no sucedería hasta que se viera tierra.
Verdad es que llegada la noche, y en medio de una oscuridad profunda, se corría gran peligro aventurándose en las proximidades de una costa. A falta del viento, las contracorrientes constituían seria amenaza. Un navío hubiera buscado la seguridad en alta mar, pero esto no es tan fácil tratándose de una chalupa. Bordear contra el viento sur que aumentaba hubiese sido, aparte de la ruda fatiga que esto significaba, exponerse a alejarse demasiado.
La barca quedó, pues, bajo el foque, andando poco, y la proa al norte.
Al fin toda duda desvanecióse cuando, a las seis de la tarde, el sol mostróse un instante antes de desaparecer.
El 21 de septiembre su disco desaparecía por oeste, y el 13 de octubre, veintitrés días después del equinoccio, se ponía un poco más arriba del hemisferio meridional. En aquel momento la bruma se había disipado por aquel lado, y Fritz pudo verlo acercarse al horizonte. Diez minutos después el disco llegaba a la línea del cielo y del agua.
– ¡Allí está el norte! —dijo Fritz indicando un punto situado más a la izquierda que aquel al que la chalupa se había dirigido.
Casi en seguida le respondió un grito… que todos lanzaron a la vez.
– ¡Tierra! ¡Tierra!
La bruma se había desvanecido y el litoral se dibujaba a medía legua de distancia. Dominada por un acantilado bastante elevado, era imposible reconocer si se prolongaba hacia el este o hacia el oeste.
El contramaestre puso la proa hacia ella. El trinquete, izado de nuevo, se infló bajo los últimos soplos del viento.
Media hora después la chalupa arribaba a una playa arenosa y fue amarrada tras una roca, al abrigo de la resaca.