Segunda patria

I

LA VUELTA DE LA BUENA ESTACIÓN - FRITZ Y JACK - TIEMPO SOBERBIO - LA PARTIDA DEL KAYAK - VISITA AL ISLOTE DEL TIBURÓN - FUEGO DE DOS PIEZAS - TRES CAÑONAZOS A LO LEJOS.

La buena estación llegó en la segunda semana de octubre. Éste es el primer mes de la primavera en la zona austral.

El invierno no había sido muy riguroso en aquella latitud del grado 19, entre el Ecuador y el trópico de Capricornio. Los huéspedes de la Nueva Suiza iban a poder reanudar sus trabajos. Después de once años pasados en aquella tierra, era natural que se procurase conocer si pertenecía a uno de los continentes que baña el océano índico, o si los geógrafos debían comprenderla entre las islas de estos parajes.

Indudablemente, desde que la joven inglesa había sido recogida por Fritz sobre la Roca Humeante, monsieur Zermatt, su mujer, sus cuatro hijos y Jenny Montrose eran tan felices como es posible serlo. Verdad que los temores del porvenir, y el recelo improbable de que faltara la salud, junto con los recuerdos del país y la necesidad de trato social, se hacían sentir a veces, por ser ley de naturaleza impuesta a toda humana criatura.

Aquel día, muy de mañana, monsieur Zermatt atravesó el cercado de Felsenheim y fue a pasearse por la orilla del arroyo de los Chacales. Fritz y Jack le habían precedido armados de sus aparejos de pesca. François no tardó en unirse a ellos. Respecto a Ernest, siempre algo perezoso y poco madrugador, no había aún abandonado el lecho.

Madame Zermatt y Jenny se ocupaban en las labores domésticas.

– Padre —dijo Jack—. Me parece que se prepara un buen día.

– Tal creo, hijo mío —respondió monsieur Zermatt—. Y espero que le seguirán otros no menos bellos, puesto que estamos al comienzo de la primavera.

– ¿Y hoy qué vais a hacer? —preguntó Frangís.

– Vamos a pescar —respondió Fritz mostrando sus aparejos.

– ¿En la bahía? —preguntó monsieur Zermatt.

– No —respondió Fritz—; subiendo por el río de los Chacales pescaremos más de lo necesario para el almuerzo.

– ¿Y después? —añadió Jack.

– Después, hijo mío, no faltará trabajo. Por la tarde pienso ir a Falkenhorst con el objeto de ver si nuestra casa tiene necesidad de alguna reparación. Además, nos aprovecharemos de los primeros días de la primavera para visitar nuestras otras alquerías, Waldegg, Zuckertop, Eberfurt, Prospect-Hill… Después vendrá el cuidado de los animales, el cultivo de las plantaciones…

– Comprendido, padre —respondió Fritz—. Pero, puesto que esta mañana podemos disponer de una o dos horas, vamos, Jack, vamos. François.

– Estamos prestos —exclamó Jack—, ya presiento una hermosa trucha en el anzuelo. ¡Hala…! ¡Hala! Y Jack hizo el ademán de agarrar el imaginario pez, y dijo alegremente:

– ¡Andando! Quizá François hubiera preferido permanecer en Felsenheim, donde consagraba sus mañanas al estudio; pero su hermano insistió tanto que se decidió a seguirle. Los tres jóvenes se dirigían a la orilla derecha del arroyo de los Chacales cuando monsieur Zermatt les detuvo.

– Vuestro afán de ir de pesca —les dijo— os hace olvidar…

– ¿Qué? —preguntó Jack.

– Lo que tenemos por costumbre en los primeros días de la primavera. Fritz se acercó a su padre, y rascándose la frente dijo:

– ¿Qué puede ser?

– ¿Cómo? ¿No te acuerdas Fritz… ni tu, Jack?

– ¿Será no haberte abrazado en honor de la primavera? —dijo Jack.

– No —respondió Ernest, que acababa de salir frotándose los ojos y estirando sus miembros.

– Entonces es que partimos sin haber almorzado, ¿no es eso, goloso? —dijo Jack dirigiéndose a Ernest, que antes de todo se cuidaba de la cuestión de la comida y era gran aficionado a los buenos manjares.

– No —respondió Ernest—. No se trata de eso. Nuestro padre se refiere a la costumbre de disparar todos los años, en esta época, las dos piezas de la batería del Tiburón.

– Justamente —añadió monsieur Zermatt.

Ésta era, en efecto, la costumbre. Uno de los días de la segunda quincena de octubre, después de la estación de las lluvias, Fritz y Jack iban al islote a la entrada de la bahía del Salvamento, e izando el pabellón de la Nueva Suiza lo saludaban con dos cañonazos, que se oían distintamente en Felsenheim.

Después, sin gran esperanza, más bien maquinalmente, recorrían con la miradas la mar y el litoral… ¿Tal vez algún barco que atravesara aquellos parajes oiría las detonaciones? ¿Tal vez se presentara a la vista de la bahía? ¿Tal vez algunos náufragos habían sido arrojados en aquella tierra, que debían creer inhabitada, y las descargas les darían señal de que allí había gente?

– Es verdad —dijo Fritz—, hemos olvidado nuestra costumbre. Ven a preparar el kayak, Jack, y antes de una hora estaremos de vuelta.

Ernest dijo entonces:

– ¿Pero a qué conduce eso? ¡Hace muchos años que disparamos nuestras piezas y sólo sirve para turbar los ecos de Falkenhorst y Felsenheim! ¿Para qué gastar pólvora inútilmente?

– Te apoyo en eso, Ernest —exclamó Jack—. Si un cañonazo cuesta tanto, debe producir tanto… o no se dispara.

– Haces mal en hablar así —dijo monsieur Zermatt a su hijo segundo—. Y yo no encuentro que ese gasto sea inútil. Arbolar un pabellón sobre el islote del Tiburón no es bastante, pues no sería visto desde alta mar, mientras que nuestros cañonazos se oyen desde una legua larga. No sería razonable descuidar esta probabilidad de señalar nuestra presencia a algún barco que pasase…

– Entonces —dijo Ernest— sería conveniente disparar todas las mañanas y todas las tardes.

– Ciertamente, como en las malinas militares —afirmó Jack.

– En las marinas militares no se corre el riesgo de que falten municiones — respondió Ernest, que era el más terco de los cuatro hermanos.

– Estáte tranquilo, hijo mío —afirmó monsieur Zermatt—. La pólvora no ha de faltarnos. Disparar dos cañonazos dos veces por año, antes y después del invierno, es gasto insignificante. Creo que no debemos renunciar a esta costumbre.

– Nuestro padre tiene razón —replico Jack—. Y si los ecos de Felsenheim y de Falkenhorst se disgustan al verse turbados en su sueño, Ernest les dedicará unos versos pidiéndoles perdón y quedarán encantados. ¡Vamos, Fritz!

– Antes —dijo François— es preciso prevenir a nuestra madre.

– Y también a nuestra querida Jenny —añadió Fritz.

– No dejaré de hacerlo —respondió monsieur Zermatt—. Las detonaciones pudieran sorprenderlas y hasta hacerles creer que un barco entraba en la bahía del Salvamento.

En aquel instante madame Zermatt y Jenny Montrose, que salían de la galería, se detuvieron a la puerta del cercado.

Después de abrazar a su madre, Fritz tendió la mano a la joven, que le sonreía. Y como viera que Jack se dirigía hacia la pequeña caleta donde estaban ancladas la chalupa y la pinaza, dijo:

– ¿Es que vais al mar esta mañana?

– Sí, Jenny —respondió Jack volviendo sobre sus pasos—; Fritz y yo hacemos preparativos para una gran travesía.

– ¿Una gran travesía? —repitió madame Zermatt, a la que siempre producían gran inquietud tales ausencias, por mucha confianza que tuviera en la habilidad náutica de sus dos hijos.

– Tranquilízate, querida Betsie, y también vos, Jenny —dijo monsieur Zermatt

– , Jack bromea. Se trata únicamente de ir al islote del Tiburón y disparar los dos cañonazos reglamentarios al arbolar el pabellón, y regresar después de haber visto si todo está en orden.

– Bien —respondió Jenny—, y mientras Fritz y Jack ganan el islote, Ernest, François y yo iremos a tender nuestras redes, siempre que madame Betsie no tenga necesidad de mí.

– No, hija mía —dijo madame Zermatt—, y entre tanto voy a prepararlo todo para la próxima colada.

Después de bajar a la desembocadura del río de los Chacales, donde Jack llevó el kayak, Fritz y él embarcaron. Se les deseó buena travesía, y la ligera embarcación se lanzó vivamente fuera de la caleta.

El tiempo era hermoso; la mar tranquila, favorable la marea.

Los dos jóvenes, colocados frente a frente, manejaban acompasadamente los remos, alejándose con rapidez de Felsenheim. Como la corriente impulsaba algo hacia el este, el kayak tuvo que aproximarse a la orilla opuesta mientras franqueaba el canal que ponía la bahía del Salvamento en comunicación con la alta mar.

En aquella época Fritz contaba veinticinco años. Ágil, vigoroso, acostumbrado a todos los ejercicios corporales, infatigable andarín, intrépido cazador, el mayor de la familia, a la que hacia honor. Su carácter, algo duro, se había dulcificado. Sus hermanos no sufrían, como en otra época, por efecto de la vivacidad del joven, vivacidad que le había valido reprensiones de su padre y de su madre. Además un sentimiento de otra índole había contribuido a modificar en buen sentido sus propensiones naturales.

En efecto: él no podía apartar de su imaginación a la joven que había encontrado en la Roca Humeante, y Jenny Montrose no podía olvidar tampoco que debía al joven su salvación. Jenny era encantadora, con sus rubios cabellos que formaban sedosos bucles, su talle flexible, sus manos finas y la frescura del color de su cara. Al entrar en la honrada y laboriosa familia había llevado a ella lo que faltó hasta entonces, la alegría de la casa, y fue el buen genio del hogar doméstico.

Ernest, Jack y François no veían en la encantadora joven más que una hermana. ¿Veía Fritz lo mismo? ¿Era igual sentimiento el que hacía latir su corazón? ¿Y Jenny no experimentaba tampoco mas que amistad por el animoso joven que fue a su socorro? Dos años habían ya transcurrido desde el conmovedor incidente de la Roca Humeante…

Fritz no había podido vivir junto a la joven sin prendarse de ella… ¡Cuántas veces hablaban el padre y la madre de lo que respecto a este punto reservaba el porvenir…!

En lo que concierne a Jack, si su carácter había experimentado alguna modificación era en el sentido de aumento en sus gustos, tan vivos por todos los ejercicios que requieren tuerza, valor y destreza, y en este punto nada tenía ya que envidiar a Fritz. De veintiún años de edad, de regular estatura, era siempre el valiente mozo alegre y bromista, y tan bueno y servicial que jamás había causado pena alguna a sus padres. No dejaba de bromear con Fritz, Ernest y François, cosa que éstos le perdonaban de buen grado. ¿No era el mejor camarada que se podía desear?

Entretanto el kayak se deslizaba como una flecha por la superficie de las aguas. Fritz no había desplegado la vela que utilizaba cuando el viento era favorable, porque la brisa venía de alta mar; pero al regreso lo haría y los remos no serían necesarios para llegar a la desembocadura del río de los Chacales.

Nada atrajo la atención de los dos hermanos durante aquella corta travesía de tres cuartos de legua. Por la parte este la ribera, árida y desierta, presentaba una sucesión de amarillentas colinas. Al otro lado extendíase el verde litoral desde la desembocadura del río de los Chacales hasta la del río de los Flamencos y desde allí hasta el cabo de la Esperanza Perdida.

– Decididamente —dijo Fritz—, nuestra Nueva Suiza no está situada en el camino de los barcos, y estos parajes del océano índico son poco frecuentados.

– ¡Hall! —dijo Jack—. No tengo yo grandes deseos de que nuestra Nueva Suiza sea descubierta. El barco que arribara se apresuraría a tomar posesión de ella, y si plantara aquí su pabellón…, ¿qué sería del nuestro? Como seguramente no sena el pabellón helvético, nos veríamos expuestos a no estar en nuestra casa…

– Pero… el porvenir… Jack…, ¿y el porvenir?… —respondió Fritz.

– ¿El porvenir? —respondió Jack—. Pues bien; sera la continuación del presente…, y si tu no estás satisfecho…

– Nosotros, mi vez —dijo Fritz—. Pero olvidas a Jenny…, a su padre, que cree que ella ha perecido en el naufragio de la Doráis. ¿No es natural que Jenny desee con toda su alma ser llevada junto a él? Ella sabe que está en Inglaterra, y, ¿cómo reunirse a él si no llega aquí algún barco?

– Es natural —respondió Jack sonriendo, pues adivinaba lo que pasaba en el corazón de su hermano.

Después de cuarenta minutos de navegación el kayak arribó en las rocas bajas del islote de] Tiburón.

El primer cuidado de Fritz y de Jack debía ser visitar el interior para dar después la vuelta en derredor de él. Importaba reconocer en que estado se encontraban las plantaciones hechas desde hacía algunos años en torno del montículo de la batería.

Estas plantaciones estaban muy expuestas a los vientos del norte y del nordeste, que soplaban fuertemente sobre el islote antes de hundirse a través del estrecho de la bahía del Salvamento como en un embudo. En aquel paraje se formaban remolinos atmosféricos de violencia tal, que más de una vez habían destrozado el techo del cobertizo, bajo el cual estaban colocadas las dos piezas.

Aquella vez, las plantaciones no habían sufrido mucho. Solamente algunos árboles de la parte septentrional yacían sobre la arena. Y serían aprovechados para aumentar la provisión de madera de Felsenheim.

Respecto a los cercados donde se habían encerrado los antílopes estaban tan sólidamente construidos, que Fritz y Jack no advirtieron en ellos deterioro alguno. Los animales encontraban allí hierba en tal abundancia, que aseguraba su alimentación durante todo el año. El ganado se componía en la actualidad de unas cincuenta cabezas, que aumentarían sin duda.

– ¿Y qué haremos de estas bestias? —preguntó Fritz, viendo a los graciosos rumiantes refocilarse entre las hayas del cercado.

– Los venderemos —respondió Jack.

– ¿Admites, pues, que uno u otro día vendrán navíos, a los que será posible vender estos bichos? —preguntó Fritz.

– No del todo —respondió Jack—. Los venderemos en el mercado libre de la Nueva Suiza.

– ¡El mercado libre…! A creerte, no está lejos el día en que la Nueva Suiza tendrá mercados libres.

– Sin duda, Fritz, como tendrá pueblos, poblaciones y hasta una capital, que será, naturalmente, Felsenheim.

– ¿Y cuándo sucederá esto?

– Cuando los distritos de la Nueva Suiza posean varios miles de habitantes.

– ¿Extranjeros?

– ¡No, Fritz, no! —afirmó Jack—. Suizos, nada más que suizos. Nuestro país está bastante poblado para enviarnos algunos centenares de familias.

– Pero Suiza no ha tenido jamás colonias, y yo dudo de que las tenga en lo por venir, Jack.

– Pues, bien… Tendrá una, por lo menos.

– ¡Hum! —dijo Fritz—. Nuestros conciudadanos no tienen afición a emigrar…

– ¿Y qué hemos hecho nosotros? ¿Acaso no nos ha entrado el afán de la colonización, y no sin provecho?

– Pero nosotros hemos sido forzados a ello —respondió Fritz—. Aparte esto, si la Nueva Suiza se puebla alguna vez, tengo el temor de que no justificará su nombre, y que la inmensa mayoría de sus habitantes sea de origen anglosajón.

Fritz tenía razón, y Jack lo comprendió tan bien que no pudo menos de hacer un gesto de aquiescencia.

En aquella época, de todos los Estados europeos, la Gran Bretaña era la que imprimía el mayor vuelo a su imperio colonial. Poco a poco el océano índico le entregaba sus posesiones de ultramar; de donde resultaba la probabilidad de que si alguna vez arribaba un barco a la Nueva Suiza llevaría el pabellón británico, que el capitán del navío izaría en las alturas de Prospect-Hill.

Acabada la visita al islote, los dos hermanos subieron por el montecillo y llegaron al cobertizo de la batería.

Detuviéronse en la planicie superior, y con el catalejo ante los ojos recorrieron el vasto espacio de mar comprendido entre el cabo de la Esperanza Perdida y el cabo que cerraba al este la bahía del Salvamento.

Parajes siempre desiertos. Nada a la vista hasta la extrema línea donde se confundían el cielo y el agua, a no ser, a legua y media al nordeste, el arrecife sobre el que había naufragado el Landlord.

Dirigiendo sus miradas hacia el cabo de la Esperanza Perdida, Fritz y Jack advirtieron, entre los árboles de la colina, el mirabel de Prospect-Hill. Esta casa de verano estaba en su sitio, para tranquilidad de monsieur Zermatt, siempre temeroso de que fuera destruida por las borrascas durante el mal tiempo.

Los dos hermanos penetraron bajo el cobertizo que las tempestades habían respetado, por más que los dos meses y medio del invierno hubiesen sido turbados con frecuencia por impetuosas borrascas.

Tratábase al presente de izar al extremo del mástil colocado junto al cobertizo el pabellón blanco y rojo, que flotaría hasta el fin del otoño, y saludarlo con los dos cañonazos de costumbre.

Mientras Jack sacaba el pabellón cié su caja y lo ataba por dos de sus ángulos a la driza del mástil, Fritz examinaba las piezas colocadas en dirección a alta mar. Estaban en buen estado y no había más que cargarlas. Con objeto de economizar pólvora, Fritz tuvo el cuidado de emplear un taco de tierra, como tenía por costumbre, lo que aumentaba la intensidad de la descarga. Después introdujo en el oído de los cañones la mecha destinada a comunicar el fuego en el momento en que el pabellón fuera izado al extremo del mástil. Eran las siete y media de la mañana. El cielo, limpio de las primeras brumas del alba, se mostraba en toda su pureza. No obstante, hacia el oeste subían algunas nubecillas. El viento mostraba tendencia a ceder. La bahía, resplandeciente bajo los rayos solares, iba a caer en la calma. Cuando hubo terminado, Fritz pregunto a su hermano si estaba dispuesto.

– Cuando quieras, Fritz —respondió Jack, asegurándose de que la driza se desenrollaba sin engancharse en el techo del cobertizo.

– Primera pieza…, ¡fuego! Segunda pieza…, ¡fuego! —gritó Fritz, que tomaba en serio su oficio de artillero. Las dos detonaciones resonaron, mientras la tela roja y blanca desplegábase al soplo de la brisa… Fritz se ocupó en volver a cargar los dos cañones; pero apenas había introducido el cartucho en la segunda pieza, se irguió. Una lejana detonación acababa de herir su oído. Jack y él se lanzaron en seguida fuera del cobertizo.

– Un cañonazo —exclamó Jack.

– ¡No…! —dijo Fritz—. ¡No es posible…! Nos hemos engañado. Una segunda detonación atravesó el aire, y tras un minuto de intervalo, otra.

– Sí…, sí… Son cañonazos… —repitió Jack.

– Y vienen del este —añadió Fritz. ¿Significaba aquello que un barco, al pasar ante la Nueva Suiza, había respondido a la doble descarga del islote del Tiburón, e iba este navío a poner la proa en dirección a la bahía del Salvamento?

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