El soberbio Orinoco

4

SE ACERCAN LAS TORTUGAS GIGANTES

Mientras las dos embarcaciones proseguían durante días su viaje, río arriba una frágil piragua tripulada por dos jóvenes exploradores franceses era atacada sañudamente por los rebeldes indios quivas.

El ataque se inició desde la ribera izquierda y las flechas empezaron a llover peligrosamente sobre ellos. Como cartógrafos, Germán Paterne y su amigo Jacques no eran ningunos novatos y el primero indicó:

– ¡Rema con fuerza, Jacques! ¡Hay que ganar la otra orilla, o esos tipos nos agujerearán la piel!

– ¡Y tú afina la puntería, Germán! ¡Hay que mantenerlos a raya!

Inicialmente y no deseando causar la muerte a nadie, Germán Paterne empleó su rifle tan sólo para disparar al objeto de hacer huir a los furiosos indios. Pero en vista de que no cesaban en su ataque y que alguna de aquellas flechas envenenadas les podía alcanzar causándoles una muerte segura, decidió:

– ¡Ya os enseñaré, salvajes!

No obstante, procuró dirigir sus balas para tan sólo herir a los quivas que, envalentonados, empezaron a penetrar en el río. El rifle de repetición no dejaba de tronar, y aunque uno de los indios resultó herido en una pierna, el nutrido grupo de sus compañeros redobló el ataque lanzando alaridos guerreros.

Remando con todas las fuerzas de sus musculosos brazos, bañado en sudor por el esfuerzo pero sin cesar en su intento, Jacques Helloch dijo al amigo:

– Nuestra única salvación está en esa otra orilla. Ellos no tienen piragua y no podrán cruzar el río.

– Pues aviva, Jacques. ¡La selva nos ofrecerá protección!

– Eso si no encontramos a otro grupo por allí. ¡Andan revolucionados por ese portugués llamado Alfañiz!

– Sí, buscan desesperadamente armas de fuego.

– Pues no cogerán nuestros rifles.

– Si no remas más rápido… ¡Lo conseguirán!

Jacques Helloch era un joven de veintitrés años, natural de Brest, a quien después de una brillante carrera el Ministerio de Instrucción Pública de Francia había encargado aquella expedición al Orinoco en compañía de su amigo Germán Paterne, de unos veintiocho años. Los dos eran cartógrafos de gran porvenir, aunque de no conseguir esquivar aquel ataque de los indios rebeldes pronto se convertirían en cadáveres.

Como buen explorador, Jacques Helloch era de temperamento atrevido, resuelto, audaz, aunque uniendo al valor la prudencia de que había ofrecido claras pruebas en varias ocasiones.

Era de esos hombres que agradan sin hacer esfuerzos para agradar, de modo natural, extraño a todo intento de hacerse valer.

Germán Paterne, no menos determinado que su antiguo compañero de colegio, pero de diferente carácter, generalmente iba donde Jacques Helloch le conducía, sin hacer objeción alguna; y máxime en aquella ocasión en la que, o se salvaban juntos, o morían unidos para siempre por aquellas salvajes flechas envenenadas.

La desilusión de los dos amigos fue grande cuando, tras alcanzar la orilla opuesta del ancho río, pudieron observar que los tenaces indios quivas no daban la partida por perdida: se lanzaban al agua de cabeza uno tras otro, sin duda con la malévola intención de darles caza.

– ¡Qué tozudos! —exclamó Jacques.

– Vamos, Germán, aunque se empeñen en seguirnos les llevamos buena ventaja.

– Sí, tendrán qué cruzar a nado y eso nos dará tiempo.

Veloces y escurridizos se filtraron en la espesa selva, ignorando que unas millas río abajo dos embarcaciones ascendían al caer de aquella tarde que podía ser para ellos la última de sus vidas.

El mestizo Vélez se acercó al siempre vigilante Marcial al preguntar, señalando a una de las orillas:

– ¿Qué le parece aquella ensenada, señor? Es un sitio tranquilo para pasar la noche.

– Decida usted, Vélez, conoce mucho mejor que yo estos parajes.

En aquellos días el ex militar había tenido tiempo de aprender que la brisa cesa por las noches en tales regiones, por lo que en el Orinoco no se navega más que durante el día. Y no sólo por esto y porque los pasos por los posibles bancos de arena cambian caprichosamente en pocas horas y es preciso ver claro para poder dirigir la embarcación, sino también porque los marineros nativos tienen necesidad de descansar.

La maniobra de amarre se efectuó con suma facilidad tanto en una como en la otra embarcación, y fue cuando todos saltaron a tierra cuando claramente percibieron un ligero temblor que parecía hacer vibrar la hierba.

Extrañados, mirándose unos a otros sin llegar a comprender, al guardar silencio pudieron escuchar un ruido sordo que se podía confundir como el lejano zumbido de la tormenta que quizá se aproximaba. Como era el más experimentado en aquellos parajes, todas las miradas quedaron centradas en el patrón Vélez, quien con aire vacilante negó:

– No es la tormenta, porque el cielo está sin nubes y la poca brisa viene de levante.

– Entonces… ¿De dónde viene esta agitación y ese ruido? —quiso concretar don Felipe.

– No sé, señor… No sé… —repitió una y otra vez el mestizo.

Realmente aquello resultaba inexplicable, a menos que inesperadamente llegase hasta ellos un reflujo de la corriente del río o alguna crecida impetuosa, puesto que todo se puede esperar del caprichoso Orinoco.

Al fin, tras mucho observar y al seguir escuchando aquel ruido sordo, el mestizo Vélez apuntó:

– Puede ser un temblor de tierra en la sierra Matapey y que las sacudidas se propaguen hasta bajo el lecho del río.

– Es como un zumbido sordo que viene del este —opinó don Miguel.

Durante más de una hora el extraño rumor fue en aumento: parecía que se efectuaba una especie de deslizamiento, un poderoso arrastre en la superficie del territorio. Y pesado y cadencioso, ese deslizamiento se transmitía hasta la ribera derecha del río, como si el suelo estuviera turboso. Siendo el más reflexivo, don Felipe propuso que debían subir a alguna colina cercana y al poco, desde la altura ganada de unos treinta metros, todas las miradas se dirigieron hacia el este.

La inmensidad verdosa se extendía ante ellos, descubriéndoles la vasta planicie como un «océano de hierbas». Pero aquel «mar» no estaba en calma, dado que ofrecía la impresión de estar movido en sus profundidades, hasta que las pupilas más jóvenes del muchacho indicaron:

– ¡Allí! ¡Es una polvareda inmensa!

– Sin embargo, no es el viento lo que lo motiva —observó don Varinas.

– Y además… ¡Está ese rumor! —dijo Marcial.

– Entonces… ¡No hay explicación admisible!

– opinó don Miguel.

Los marineros nativos habían salido corriendo hacia las dos embarcaciones para, una vez allí, acurrucados, esconder su miedo bajo las esteras que les servían de lecho. El mestizo Vélez lo observó y entre dientes silbó:

– Me temo que, de seguir esto así… ¡Nos quedaremos sin hombres!

– Por Dios —pidió Marcial—. Vaya a hablarles y tranquilícelos.

– ¿Y cree que me harán caso, si antes no descubrimos qué es este fenómeno, señor?

De pronto, la mirada de don Felipe quedó clavada en la inmensa nube de polvo y creyó identificar:

– ¡Son animales! ¡Miles y miles de animales moviéndose!

– ¡Imposible! —rechazó Marcial.

– Pues sólo ellos pueden causar ese ruido y la polvareda. ¡No hay otra explicación!

– ¿Pero qué clase de animales?

Don Felipe dejó pasar algunos angustiosos minutos, antes de poder precisar, siempre la vista clavada en el mismo punto lejano:

– ¡TORTUGAS! Son… son… ¡TORTUGAS!

Extrañadísimo aún más que todos los presentes, el joven repitió entre incrédulo y perplejo:

– ¿Dijo tortugas, don Felipe?

– Sí, hijo, sí… ¡Miles y miles de tortugas gigantes! ¡Miren todos allí! ¡Miren bien!

Sin dejar de observar, tenso los nervios como todos, don Miguel palmeó con seco golpe su amplia frente de sabio y exclamó:

– ¡Claro! ¡Son tortugas! ¡Qué estúpido he sido al no pensarlo antes! Esos animales han debido ser espantados por las sacudidas de algún leve terremoto. Sin duda, arrojados por las aguas del río Tortuga o del Saupure, vienen buscando refugio en el Orinoco, arrastrados por el poderoso instinto de conservación.

– ¡Es cierto! —recordó a su vez don Felipe— . Otras veces han sucedido fenómenos así.

Era esta explicación natural, y además la única admisible. La sierra de Matapey y sus alrededores habían debido ser conmovidos profundamente por aquel temblor de tierra. Y en tales condiciones, semejante invasión de tortugas gigantes se había producido fuera de los meses de marzo y abril, en que se efectúa de manera regular…, aunque en cantidades muy inferiores.

Cada vez más claramente podía distinguirse que las miles y miles de tortugas gigantes avanzaban en masa compacta, oprimidas las unas contra las otras, chocando y resbalando constantemente entre sí. Ello hacía que resultase una inmensa superficie de escamas que cubría varios kilómetros cuadrados y que no dejaba de moverse de forma inquietante.

– ¡Por donde pasen lo arrasarán todo! — predijo don Felipe.

La terrible escena se completaba con algo también inesperado y sorprendente, pero en el fondo a la vez lógico. Sobre esta superficie movible se agitaban a su vez como un centenar de animales que, para evitar ser aplastados, habían buscado refugio sobre los caparazones de las tortugas.

Y allí, sorprendidos por aquella inusitada invasión, corrían y saltaban monos, jaguares, pumas y otros muchos animales, que se mostraban excitados al máximo y a veces se atacaban mutuamente. Algunos cadáveres yacían sobre aquellos duros caparazones, cuyo movimiento ondulatorio debía resultar muy molesto para todo aquello con vida que tan precariamente se viera obligado a permanecer allí.

Todo resultaba tan terrible, tan dantesco y a la par inesperado, que las pupilas jóvenes del muchacho quedaron como hipnotizadas y sus labios exclamaron:

– ¡Dios mío! Es… ¡Es extraordinario! Nunca… ¡Nunca soñé poder contemplar una cosa así!

Siempre alerta y protector, Marcial se acercó al indicar con prudencia:

– Pues mejor será no mirar y aprovechar el tiempo para apartarnos de ese terrible rodillo. ¡Eso es peor que una carga de caballería, señores! Peor que el caballo de Atila, que por donde pasaba ya no volvía a crecer la hierba.

– Buen estratega, señor Marcial —le felicitó don Felipe, ofreciéndole la mano amistosa—. Es preciso avisar a los demás y de tomar precauciones.

– La mejor precaución es apartarse de su camino… ¡Y lo más rápido posible!

Corrían ya loma abajo, cuando agitada la voz el muchacho empezó a oponer:

– Sí, pero… ¿Y las embarcaciones? Van directamente al río y… ¡Las destrozarán!

Comprendiéndole como siempre, Marcial terminó aquel temor al decir en voz alta:

– ¡Tiene razón! Y eso significaría no poder seguir el viaje. Lo que a su vez impedirá que… mi «sobrino» y yo continuemos intentando buscar al comandante Kermor que…

– ¡Olvide eso! —objetó don Varinas—. ¡Salvar las vidas es lo primero!

– ¡Esperen! —pidió el jadeante muchacho—. ¿No podrían ser desviadas las tortugas de su camino?

– ¿Cómo? —volvió a estallar Varinas algo irónico—. ¿Asustándolas con los sombreros?

Y comprendiendo que había sido algo brusco al responder al muchacho, acudió a sus conocimientos científicos para intentar suavizar, al añadir:

– Esos «bichitos» llegan a medir hasta más de un metro de largo y algunos pesan media tonelada. Son quelonios de un caparazón durísimo y se multiplican como las moscas. Precisamente el río Tortuga lleva ese nombre por ellas, porque ponen miles y miles de huevos en sus márgenes y una vez al año…

– ¿Cree que nos sobra tiempo para ponerse a dar clases de zoología, señor Varinas?

La pregunta llegaba de labios de don Felipe y su compañero aceptó:

– Tiene razón, pero sólo quería informarles que nada puede detener a esa enorme masa de tortugas.

– Posiblemente a tiros —insistió el muchacho.

– Hijo mío, harían falta cañones, ¡y de grueso calibre!, para detenerlas. Su duro caparazón rechazaría las balas.

– Bien, don Felipe, pero si apuntamos a sus cabezas…

– Aun aceptando que todos fuéramos tan excelentes tiradores como debe serlo su tío Marcial, las que siguen a la primera fila nada sentirían y pasarían sobre sus compañeras muertas.

– Y su incontenible avance seguiría —volvió a sentenciar Varinas.

Impaciente, soltando una fuerte patada sobre el suelo tembloroso, el ex sargento masculló encarándose con todos:

– ¡Pues algo hay que hacer, diantre! Si estuviéramos en la guerra mi experiencia serviría de algo, pero en circunstancias tan desconocidas para mí…

– ¡Ya lo tengo! —exclamó de pronto el joven.

– ¿Eh? ¡Vamos, habla, por favor! —apremió Marcial.

– ¡El fuego! ¡Sólo una barrera de fuego las hará desviar su trayectoria!

– ¡Excelente idea! —aceptaron don Felipe y Varinas.

– ¡Pues manos a la obra! —apremió Marcial.

Al instante se volvió hacia don Miguel al solicitar:

– ¡Corra hacia las embarcaciones, rápido! Avise a Vélez para que ponga a todos sus hombres a trabajar también.

– ¡Voy para allá!

Tanta prisa se dio don Miguel, que sus cuarenta y cinco años le hicieron tropezar y caer rodando colina abajo. Pero se levantó velozmente, prosiguió la carrera y se puso a gritar:

– ¡Eh, Vélez… Vélez! ¡Por favor!

Llegó jadeante al río y desde allí indicó al mestizo:

– ¡Haga que sus marineros salgan de ahí, Vélez!

– Imposible, señor… ¡Están muertos de miedo!

– Pues más pasarán si las tortugas llegan hasta aquí. ¡Es preciso formar una barrera de fuego!

– ¿Fuego? ¡Es una locura, señor! Con tanta vegetación que nos rodea puede arder toda la selva.

– No, si lo hacemos bien. ¡Los otros ya están trabajando en ello!

Al poco, la voz recia y autoritaria del mestizo Vélez se oía tronar dentro del chamizo de su nave:

– ¡Arriba, gandules! ¿O es que queréis morir como la estúpida avestruz, con la cabeza bajo tierra?

Aquellos pobres hombres, casi primitivos y supersticiosos, perezosamente empezaron a bajar de la embarcación. Pero en vano intentó el bueno de don Miguel detenerlos para indicarles lo que se necesitaba de ellos. La mayoría se lanzó a la carrera, no tardando en perderse entre la franja de la ribera en busca de una seguridad personal que ardientemente anhelaban.

Cansado de gritar y perseguirles, el fatigado geógrafo jadeante se apoyó en unos arbustos para reflexionar, molesto pero sin ira:

– ¡Pobres diablos! El problema sigue siendo el mismo… La falta de solidaridad.

Regresaba para avisar a sus compañeros, cuando inesperadamente unos disparos tronaron en la lejanía. Don Miguel quedó petrificado, pero nuevamente caminó al pensar que alguno de los suyos se habría puesto a disparar contra las tortugas.

Sin embargo, tras ascender nuevamente la loma pudo comprobar que no era así. Ellos también mostraban extrañeza y esforzándose por mirar al horizonte a través de las nubes de polvo escuchó decir a don Varinas:

– ¡Disparos!

– Sí, don Varinas —advirtió a su vez don Felipe—. Disparos que no ha hecho ninguno de nosotros.

Una vez más, la aguda vista del joven les indicó:

– ¡Allí… allí! ¡Sobre la masa de las tortugas!

– ¿Sobre las tortugas? ¡Imposible! —rechazó Marcial—. Ningún hombre puede estar con vida sobre esa masa que… Todas las miradas quedaron centradas en el mismo punto, perfectamente localizado porque los estampidos de los disparos partían de allí.

– ¡Dos hombres! —volvió a indicar el muchacho.

Era cierto.

Sobre aquel mar movible de caparazones, dos seres humanos precariamente se esforzaban por mantenerse en equilibrio, que a monos, pumas y otros animales también les costaba sostener. ¿Pero quiénes eran aquellos hombres?

Debido a la distancia no se les podía ver bien, pero al juzgar por sus ropas, no eran indios yapuros, ni mayopos ni de ninguna otra de las muchas tribus de la cuenca del Orinoco. También podía adivinarse que valientemente se defendían de los pumas y fieras que pretendían atacarles, en una desesperada disputa de aquel movedizo suelo que las circunstancias seguramente también les había hecho aceptar.

Pues, o eso… o haber muerto quizá arrollados, aplastados por aquellas miles de tortugas.

En realidad, olvidando todo dramatismo, el espectáculo resultaba insólito: dos hombres luchando desesperadamente por sobrevivir.

El joven muchacho rompió el silencio del grupo al reconocer en voz alta, esforzando la vista:

– ¡Son dos valientes!

– Lo son… —admitió a su vez Marcial—. Pero lo malo es que nada podemos hacer por ellos.

– Cierto —musitó a su vez don Felipe—. Nuestros disparos no llegarían hasta allí. Y además, aun corriendo el riesgo de acercarnos, podríamos darles a ellos y…

– ¡Pero hay que ayudarlos! —casi gritó el joven.

– ¿Cómo, muchacho?

Había tanta resignada desesperación en la voz fatigada de don Felipe, que el joven también reclinó la cabeza y por un instante dejó de contemplar la épica pelea de los dos desconocidos contra las fieras. Sólo el eco de los disparos le anunciaban que aquellos valientes continuaban luchando.

Pero temía que, ante tantas dificultades acumuladas, pronto tuvieran que darse por vencidos…

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