El soberbio Orinoco

10

JUANA REVELA SU HISTORIA

Lentamente, la mujer empezó a recuperarse; miró aturdida y alternativamente a los dos hombres, y aunque los reconoció en su confusión indagó con un hilo de voz:

– ¿Dón…dónde estoy? ¿Qué… qué ha sucedido?

Tomando una de sus manos para sosegarla, Jacques Helloch pidió:

– Cálmese, por favor. Ya pasó el peligro.

– ¡Oh, usted!

– ¡Y yo! —se anunció alegremente Germán—. ¿No me reconoce también a mí?

– ¡Oh, sí! Usted es… es Germán.

– ¡El mismo! Y dispuesto a darle algo de beber, para que se recupere del todo y…

– ¡No, por favor! Creo que ya bebí… ¡demasiado del río!

– Es claro —se interpuso Jacques—. Tienes unas ocurrencias que…

– ¡Hombre! Yo me refería a algo más fuerte. Un poco de coñac o…

– Gracias, Germán —rechazó la muchacha—. Creo que me sentaría mal.

De pronto se dio cuenta de su cabello suelto y nuevamente quedó confusa y preocupada al musitar:

– ¡Oh, mi cabello! Yo… yo…

– No se preocupe por eso —se apresuró a indagar Jacques—. ¿Qué importa que hayamos descubierto su secreto, si está viva?

La muchacha clavó en él sus grandes ojos negros al recordar:

– Sí… Estoy con vida gracias a usted, Jacques.

– ¡Bah! No tuvo importancia.

– ¡La tuvo! Creí morir cuando le vi luchando con aquel enorme reptil que… ¡Fue horrible!

– Ni yo mismo sé cómo pude terminar con él —reconoció con franqueza el joven explorador.

– ¡Pudo usted morir, Jacques!

Deseando calmar por completo a la joven, siempre dejándose llevar por su buen humor, Germán Paterne exclamó al señalar al amigo:

– ¿Quién, éste? ¡Oh, no, señorita! Jacques es un tipo con la piel más dura que un cocodrilo. Seguro que si ese bichejo le llega a morder lo…

– No quiera quitarle importancia a lo que hicieron, Germán —rechazó a su vez la mujer— . A usted también le vi disparar desde la piragua.

– ¡Y buena cuenta que di de esos monstruos! Tendría que haberlos visto lanzarse los unos contra los otros, según los iban alcanzando las balas.

– Fue eso lo que nos salvó —reconoció Jacques.

– ¿A ver si ahora el héroe voy a ser yo? — exclamó siempre burlón Germán Paterne.

Siempre más concreto, Jacques Helloch quiso saber:

– ¿Cómo fue que estaba en mitad del río? ¿Les ocurrió algo a Marcial y a los otros?

– Inesperadamente estalló una tormenta. El río empezó a crecer, la corriente se hizo muy fuerte, y al tener que remontar las aguas en medio de unos cortantes escollos… recuerdo que la embarcación chocó contra uno de ellos y que yo caía al río.

– Menos mal que encontró aquel tronco de árbol.

– Le vi flotando y nadé hacia él, pero no pude nadar hacia la orilla porque la corriente me arrastraba y…

Debió recordar y temer por Marcial y los otros porque de pronto, llevando ambas manos al rostro, exclamó:

– ¡Dios mío! ¡Tengo ganas de llorar!

Inclinados en el fondo de la embarcación junto a ella, los dos hombres quedaron confusos ante la profunda tristeza de la muchacha, por lo que a Jacques se le ocurrió decir:

– Pues llore… Sí, mujer, llore si eso le hace bien.

Como un niño desamparado, los brazos femeninos buscaron consuelo y se colgaron del cuello del confuso Jacques Helloch, que se puso a mirar al amigo como preguntándole ante aquel abrazo inesperado: «Bueno, y ahora… ¿qué hago yo?»

Sin saber ciertamente qué hacer, se puso a palmear la espalda femenina con una de sus manos, llevado por su afán de consolar a la muchacha. La cabeza de la mujer descansaba en su pecho, sintiendo bajo la barbilla el contacto de aquella negra cabellera que resbalaba sobre la espalda de ella y siguió animando, aunque viendo la risa del amigo en los labios de Germán:

– Llore, mujer, llore…

– Es… es que hace tanto tiempo que he tenido que tragarme las lágrimas. Se supone que un muchacho no debe llorar, y como yo tenía que comportarme como si lo fuese, pues…

– Lo comprendemos, mujer.

– Sí, ha debido ser terrible para usted — añadió Germán.

Abordar aquel tema pareció devolverla a la realidad, apartó su cabeza del tórax del hombre y al alzar sus ojos hacia él, dándose cuenta que seguía colgada de su cuello se ruborizó. Se apartó al instante, bajó las pupilas y musitó:

– Deben estar pensando que soy una… ¡una tonta!

– ¡Nada de eso, mujer! —se apresuró a decir Jacques—. Pero creo que si nos cuenta todo eso la aliviará.

Germán volvía a conducir con el remo la piragua, ella volvió a sentarse y, tras intentar poner en orden las ropas que empezaban a secarse sobre su cuerpo, una vez más miró a Jacques que a su vez se había situado frente a ella y empezó:

– Ante todo tengo que pedirles perdón por haberles engañado.

– Eso no tiene importancia —dijo la voz de Germán detrás de ella.

– Y por mi parte… ¿Sabe que me alegro que sea una mujer? —confesó Jacques.

– Gracias a los dos.

– ¡Y muy bonita! —añadió, también con sinceridad Jacques.

La muchacha volvió a ruborizarse, pero creyó conveniente decir:

– Habla así para consolarme.

– ¡Oh, no, no! ¡Es cierto!

– ¿Quieres olvidar los piropos y dejarla que cuente? —apuntó Germán al amigo.

– Reconocerán que tuve que hacerlo, cuando sepan que el viaje se debió a…

Se interrumpió la mujer, siguió instintivamente arreglando la mata de sus cabellos aún mojados, para añadir:

– Mi padre, el comandante Kermor, se casó con una criolla de la Martinica y…

– ¡Claro! —exclamó Jacques—. Ahora me explico por qué tiene usted esos grandes ojos tan negros y ese cabello que…

– ¡Jacques! —volvió a advertir el amigo.

– ¿Eh? ¡Ah, sí! Perdona, chico. Siga usted, por favor.

– Pero al poco de su matrimonio mi padre tuvo que regresar a Francia en 1870 —siguió la muchacha—, porque nuestro país estaba en guerra y él era, además de militar, un buen patriota.

– ¿Ya había nacido usted? —quiso concretar Jacques.

– No, nací en ausencia de mi padre. Pero mi madre, pese a la guerra, decidió trasladarse a Francia para reunirse con su esposo.

– ¡Buena esposa! —volvió a decir Jacques.

– Pero el barco naufragó…

La muchacha hizo una breve pausa antes de añadir:

– Mi madre murió en el naufragio y yo me salvé de puro milagro.

– ¿Siendo tan niña? —quiso saber Germán.

– Tuve la suerte que un matrimonio cubano se apiadó de mí, y no me dijeron quién era hasta hace seis años.

Nueva pausa, antes de decir:

– Cuando regresé a Francia para reunirme con mi verdadero padre, me enteré que él, creyéndome también muerta, había abandonado el país en el año 1875…

– El pobre hombre debió sufrir mucho al creer que había perdido a su esposa y su hijita.

– La única noticia que de él se ha tenido es una carta que fechó en San Fernando en el año 1879.

– Pero si el comandante Kermor ignoraba que usted vivía…

– La carta no iba dirigida a mí —atajó la muchacha al inquieto Jacques—. Mi padre había tenido muchos y buenos amigos y le escribió a un abogado de París, para legar al que había sido su asistente durante muchos años la mitad de su fortuna…

– ¿A Marcial? —quiso adivinar Jacques.

– Sí.

– ¡Un momento! —pidió Germán—. Entonces, ¿ese gruñón no es su tío?

– Por favor, Germán, no hable así de Marcial.

– ¿Acaso no estaba gruñendo siempre?

– Lo hacía para protegerme.

– Sí… ¡Como un perro siempre vigilante!

– Es que temía que se pudiera descubrir que yo no era un muchacho.

– ¿Y por qué se disfrazó como si lo fuera? — intervino nuevamente Jacques.

– ¡Era preciso!

– La verdad, no comprendo.

– Pues piense un poco, Jacques.

Mirando al bello rostro de la muchacha para después recorrer con las pupilas admiradas toda su graciosa silueta, el joven explorador aún insistió:

– Pues fue una lástima intentar ocultar a todos que usted es una mujer muy…

– Le agradezco su gentileza, pero le dije que piense un poco, Jacques —insistió a su vez la muchacha—. Usted sabe que en este país, los indios son muy supersticiosos. Leyendo el libro de viajes del explorador Chaffanjón me enteré que ninguno de ellos habría embarcado para remontar las aguas del Orinoco, llevando una mujer.

– ¡Pues es cierto! —tuyo que reconocer Jacques.

– Claro, animal —volvió a bromear Germán—.

– Creen que una mujer en la embarcación les trae mala suerte.

– Eso sin contar que siempre nos creen más débiles y mucho más engorrosas para un viaje así.

– Eso también es cierto.

Por primera vez la muchacha creyó encontrar un motivo para medio sonreír, al preguntar directamente:

– ¿Usted también lo cree así, Jacques?

– ¿Quién, yo…? Bueno, pues…

– Diga la verdad.

Miró al amigo para buscar ayuda, pero al observar que sin dejar de conducir la piragua, Germán mudamente se encogía de hombros, Jacques Helloch al fin afrontó:

– Bueno… En su caso, usted ha demostrado ser admirable, ¡Y hasta yo diría que muy valiente!

– ¿Es otro cumplido, Jacques?

– ¡Oh, no, no! Lo digo en serio. Incluso un día le dije a Germán que usted para ser un muchacho tan joven…

– Desde ahora «Juan» es como si hubiese quedado en el fondo del río.

– ¿Entonces?

– Mi nombre es Juana… Juana de Kermor.

Siempre alegre y festivo, Germán Paterne se inclinó al decir a la ya repuesta muchacha:

– Encantado, señorita Juana de Kermor. Mi nombre es Germán Paterne.

– Y el mío Jacques Helloch —le imitó el amigo.

– Tienen ustedes muy buen humor.

– A nueva persona, nuevas presentaciones

– se excusó Germán.

– ¡Me gusta más así! —no dejó de aprovechar Jacques.

– Créame que a mí también —confesó la muchacha—. ¡Me encontraba molesta! Y me dolía tener que estar constantemente mintiéndoles a todos.

– Es que no sé… ¡Yo diría que no le iba el papel!

– Pero repito que era necesario, Jacques. Y no sólo por los indios y las supersticiones de este país. Incluso durante el viaje por el Atlántico, le dije a Marcial que la gente me prestaría menos atención.

Con cierta intención en sus palabras, Germán miró al amigo al admitir:

– La comprendo, Juana. Siempre hay hombres que, al ver a una mujer hermosa, se ponen pesados, ¿verdad?

– Oye, tú, si lo dices por mí yo…

– ¡Por favor! —medio sonrió la muchacha—. ¿Van ahora a discutir?

– Vamos a hacer algo más útil —apuntó Germán.

– ¿Por ejemplo? —le ayudó el amigo.

– Buscar un sitio apropiado, acercarnos a la orilla, comer y descansar unas horas y luego seguir remontando el río.

– Es una excelente idea, Germán.

– ¿Lo ves, Jacques? ¿Qué harías sin mí?

– Por lo menos… ¡Aburrirme más!

– Yo se lo agradeceré —intervino la muchacha—. No podré descansar a gusto sin saber qué ha sido de Marcial y los otros.

– No se preocupe, Juana. ¡Les encontraremos!

– ¿Sabe una cosa, Jacques?

– Usted dirá, Juana.

– Ha sido una suerte que ustedes quedaran rezagados en busca de esta embarcación. ¡Así han podido salvarme!

– Y nosotros encantados, Juana.

– Creo…, creo que toda mi vida se lo agradeceré.

Germán salió de su mutismo al indicar:

– ¡Eh, pareja de tortolitos! ¿Qué os parece ese lugar?

– Magnífico, Germán.

– Pues coge el otro remo y ayúdame, Jacques. ¡Ya tendréis tiempo de seguir charlando!

Una hora después, mientras comían los tres en el improvisado campamento, Jacques Helloch felicitó:

– Es usted, además de bonita, una excelente cocinera, Juana.

– Gracias, Jacques.

Aunque también apurando el plato, Germán Paterne intervino intentando aclarar:

– No le ha entendido usted, Juana.

– ¿Cómo dice, Germán? No le comprendo…

– Lo que Jacques quiso en realidad decir fue que le encantaría encontrar una mujer así, tan completa para…

– ¿Quieres callarte? —le amenazó el amigo, como dispuesto a arrojarle el plato.

Juana de Kermor se ruborizó, aunque contagiada del buen humor de los dos amigos, dijo:

– Son ustedes como chiquillos… ¡Pero los dos adorables!

Minutos más tarde, montando la guardia mientras la muchacha y el amigo dormían, Jacques Helloch musitó para sí:

«Y tú deliciosa»…

Telegrama

Estação de origem: a Web · Destino: o convés do Nautilus

0 palavras · tarifa: 0 kreuzer (os pontos tornam-se STOP)