CAPÍTULO IV
EN EL QUE REAPARECEN VIEJOS CONOCIDOS DE NUESTROS LECTORES
BARBICANE y Compañía...! ¡El presidente de un club de artilleros...! ¿Qué pretendían hacer los artilleros con aquella adquisición? Ahora lo veremos:
No tenemos necesidad de presentar a Impey Barbicane, presidente del Gun Club de Baltimore, ni al capitán Nicholl, ni a J. T. Maston, Tom Hunter, el de la pierna de palo, Bilsby, el coronel Bloomsberry y a todos los demás. A pesar de que estos tipos extraordinarios tengan veinte años más que en la época en que provocaron la admiración del mundo entero, continúan siendo igual que antes, con sus imperfecciones corporales pero con la misma audacia, el mismo afán de aventuras y la misma animación ruidosa de su juventud. El paso de los años no ha hecho mella en el temperamento de este grupo de militares retirados. El tiempo los ha respetado, como se respeta una pieza de museo.
Al fundarse el Gun Club contaba con mil ochocientos treinta y tres miembros activos –y al decir miembros nos referimos a personas, no a brazos y piernas, pues la mayoría de los socios carecían de alguno de estos apéndices–. Ahora el número había aumentado hasta más de treinta mil seiscientos corresponsales, que ostentaban orgullosos la insignia del Club que los unía. Y después de aquella extraordinaria tentativa que habían hecho para establecer contacto con la Luna5 su celebridad había aumentado considerablemente.
Para los que desconozcan o se hayan olvidado de tan memorable acontecimiento, vamos a explicar en pocas palabras lo sucedido.
Algunos años después de terminarse la Guerra de Secesión, varios socios del Gun Club, para salir de la ociosidad que empezaba a serles muy aburrida, idearon fabricar un proyectil de novecientos pies de largo, con una boca de nueve pies de ancho, que fue fundido y construido en City-Moon, en la península de Florida. Este cañón, cargado con cuatrocientas mil libras de algodón-pólvora, lanzó por el aire un obús de aluminio, el cual, por haber sufrido una desviación en la trayectoria prevista, dio una vuelta alrededor de la Luna hasta que volvió a caer a la Tierra, hundiéndose en el océano Pacífico, aproximadamente a 27° 7' de latitud Norte y 41° 37' de longitud Oeste, en donde fue sacado y salvados sus tripulantes por la fragata Susquehanna, de la Marina federal.
Porque, aunque parezca extraño, dos miembros del Gun Club, Impey Barbicane, el presidente, y el capitán Nicholl, junto con un joven francés muy conocido por proezas atrevidas, habíanse embarcado en el proyectil para ser los primeros en pisar terreno lunar. Los tres regresaron de su viaje sanos y salvos, pero sin haber podido realizar sus deseos.
Los dos americanos estaban otra vez reunidos en aquel local, pero no así el francés Michel Ardan, que, después de su última aventura, había regresado a
5 "De la Tierra a la Luna" y "Alrededor de la Luna", del mismo autor.
Europa, donde logró hacer fortuna y ahora disfrutaba tranquilamente de sus riquezas, en la paz familiar, sin intentar emprender nuevas aventuras.
Impey Barbicane y Nicholl también se habían dormido sobre sus laureles después de aquella extraordinaria expedición, pero en su reposo siempre soñaban con realizar grandes cosas o ideaban nuevas y arriesgadas aventuras. Disponían de dinero en abundancia, ya que del último negocio les quedaban todavía unos doscientos mil dólares, de los cinco millones y medio que habían reunido con la suscripción pública abierta en ambos mundos. Y a falta de recursos, con sólo presentarse por las ciudades exhibiendo el proyectil de aluminio con que habían realizado su proeza, aparte de recaudar un capital muy respetable, habrían recaudado además toda la gloria que ambicionarse pueda.
Por lo tanto, Impey Barbicane y el capitán Nicholl no tenían ninguna necesidad de correr nuevas aventuras, si no hubieran sufrido por su aburrimiento. Y fue solamente para salir de su ociosidad que se les había ocurrido la compra de aquellas regiones polares.
Sin embargo, fue gracias al capital de la señora Evangelina Scorbitt, que añadió lo que faltaba para la adquisición del Polo Norte, que Norteamérica pudo vencer a Europa en la subasta.
Y ahora explicaremos el porqué de su generosidad.
La popularidad de que gozaban Barbicane y el capitán Nicholl provenía en gran parte de J. T. Maston, el secretario del Gun Club. Fueron los hábiles cálculos de este extraordinario matemático que era J. T. Maston, los que permitieron realizar el gran experimento que hemos indicado. El hecho de no acompañar a sus colegas en el primer viaje interplanetario no se debió a miedo o temor alguno. No. Se trataba de que el digno artillero, a consecuencia de heridas de guerra, había perdido el brazo derecho y parte de la materia ósea de su cráneo había sido substituida por un cráneo de gutapercha, lo que verdaderamente no le favorecía. Y, francamente, hubiera sido vergonzoso que la primera visión de los habitantes de la Tierra que hubieran tenido los selenitas fuera tan desdichada.
Por esto, con gran pesar por su parte, J. T. Maston se había visto obligado a quedarse en tierra. Pero si se quedó resignado, no por eso permaneció ocioso. Ideó un fantástico telescopio, que hizo construir e instalar en la cima de Long's Peak, una de las más elevadas de las montañas Rocosas, desde donde iba siguiendo atentamente la trayectoria del proyectil, que iba describiendo en el espacio su majestuosa curva; y noche y día, al pie del gigantesco telescopio, iba siguiendo las peripecias de sus amigos como si estuviera entre ellos.
En un principio se creyó que los osados viajeros se habían perdido para siempre y que no regresarían jamás a la Tierra. Porque ¿no era posible temer, en efecto, que la atracción lunar tuviera cogido el proyectil obligándole a gravitar eternamente alrededor del astro nocturno, como un nuevo satélite? Pero no fue así, por suerte. Una desviación inesperada y que podríamos llamar providencial, modificó la dirección del proyectil, el cual, después de haber dado la vuelta a la Luna, en vez de caer sobre ella, había iniciado un movimiento de regreso a la Tierra a una velocidad de cincuenta y siete mil seiscientas leguas por hora, yendo a sumergirse en los abismos del océano.
Por suerte, la masa líquida del océano Pacífico había atenuado en parte el golpe de la caída, que fue presenciada por los tripulantes de la fragata americana Susquehanna. Inmediatamente de localizado el proyectil en el mar, avisaron a J. T. Maston, el cual salió inmediatamente de su observatorio de Long's Peak para tomar parte en el salvamento de sus camaradas. Fue uno de los primeros en vestirse la escafandra de buzo para rescatar a sus amigos del fondo del océano.
Aunque, en realidad, habría podido ahorrarse todo aquel trabajo, porque el proyectil de aluminio, al desalojar una cantidad de agua superior a su propio peso, remontó a la superficie, quedando flotando en las aguas del Pacífico después del impresionante chapuzón. Por eso, al llegar los servicios de socorro a auxiliar a los supervivientes del cohete naufragado, se encontraron con que éstos estaban jugando tranquilamente al dominó dentro de su cárcel flotante.
Pero la fama de J. T. Maston aumentó considerablemente, por la parte que había tomado en aquellas extraordinarias aventuras.
Bien es verdad que no podemos decir que J. T. Maston fuese un hermoso ejemplar, con su cráneo postizo y su brazo de madera terminado en un horrible gancho de hierro. Tampoco era joven ya, pues había cumplido los cincuenta y ocho años en la época que empieza esta historia. Por tanto, su carácter original como su viva inteligencia o el ardor de su mirada, el entusiasmo que ponía en todo lo que hacía, lo habían convertido en un personaje ideal a los ojos de la señora Evangelina Scorbitt. Y es que su cerebro, maravillosamente resguardado por su casquete de gutapercha, funcionaba a las mil maravillas y le permitía ser considerado como uno de los primeros matemáticos de su tiempo.
Y precisamente la señora Evangelina Scorbitt, si bien no podía tragar las matemáticas –pues la más ligera operación le causaba dolor de cabeza–, en cambio admiraba a los matemáticos, a los que consideraba como unos seres superdotados y de una especie superior a los demás mortales. Y tenía toda la razón, pues son de admirar las inteligencias de estos hombres que juegan con las letras como si fuesen números y hacen lo que quieren de letras y números con la ligereza de un malabarista.
Sí, la señora Evangelina Scorbitt consideraba que estos sabios eran dignos de las mayores atenciones y pensaba que estaban en inmejorables condiciones para atraer a todas las mujeres, en proporción a la masa. Y como sea que J. T. Maston era de una corpulencia bastante apreciable, puede decirse que tenía materia suficiente para ejercer sobre ella una atracción irresistible.
Pero el secretario del Gun Club, que se daba cuenta de ello, no podía negar que se sentía muy inquieto, pues nunca había pasado por su imaginación contraer una tan íntima unión con personas del sexo contrario. Debemos confesar también que la señora Evangelina Scorbitt ya no era muy jovencita y puede decirse que había pasado la primera e incluso la segunda juventud a los cuarenta y cinco años cumplidos, con su peinado liso, aplastado a banda y banda de la frente, como un pegote teñido y reteñido, con unos dientes largos y feos, aunque ella se alababa de no haber perdido ni uno, su cuerpo macizo, sin curvas y con un andar poco airoso, tenía todo el aspecto de una vieja solterona, a pesar de haber estado casada durante algunos años, pocos por cierto. Pero aparte su aspecto físico, era una mujer excelente, que se hubiera sentido completamente feliz con sólo sentirse llamar señora J. T. Maston.
La señora Evangelina, además de ser viuda, era riquísima. No vamos a compararla con los Gould, los Mackay, los Vanderbitt, los Gordon Bennett, cuyas fortunas se cuentan en millares de millones, al lado de quienes un Rothschild queda como un pordiosero. No poseía los trescientos millones de la señora Moses Carpes, ni los doscientos de la señora Stewar, ni ochenta millones como la señora Chocker, todas ellas viudas también; ni era tan rica como las señoras Hammersley, Helly Green, Maffitt, Marshall. Para Stevens Mintury y otras más. Pero hubiera podido tener entrada en aquel memorable banquete que tuvo lugar en el Fifth Avenue Hotel de Nueva York, en el cual no fueron invitados más que personas cinco veces millonarias por lo menos. Lo cierto es que la fortuna de la señora Evangelina Scorbitt se elevaba a más de cuatro millones de dólares, que heredó de su marido, John P. Scorbitt, que se había hecho millonario combinando la venta de artículos de moda con productos del cerdo. Y la generosa viuda estaba dispuesta a ceder toda su cuantiosa fortuna a J. T. Maston a cambio del tesoro de cariño que estaba segura que el sabio podía darle.
Y confiando en la realización de sus sueños de felicidad, la señora Scorbitt no había vacilado en acceder a la proposición de J. T. Maston de que invirtiera algunos de sus miles de dólares en la empresa de la North Polar Practical Association, sin averiguar siquiera la finalidad de aquel negocio. Claro que, tratándose de un asunto emprendido por J. T. Maston, no podía dudarse de la importancia de la cosa. Todo el pasado fabuloso de J. T. Maston pesaba bastante para responder de su porvenir.
Podéis imaginaros que, al saber que el presidente de la nueva Sociedad era el mismo que el del Gun Club, éste gozaría de la más absoluta confianza por parte de la viuda, y, por tanto, estaba dispuesta a tener la mayoría de las acciones de la razón social «Barbicane y Compañía», puesto que en este «y Compañía» se incluía la persona de J. T. Maston.
De este hecho, resultó que la señora Evangelina Scorbitt se convirtió en propietaria, por mayoría de acciones, de aquella porción de Polo Norte comprendida entre el paralelo ochenta y cuatro y el Polo propiamente dicho. ¡Ni más ni menos! Y ahora, ¿qué iba a hacer con sus propiedades? o, mejor dicho: ¿qué pretendía sacar de esta propiedad la Sociedad creada al efecto?
Esta era la cuestión. Y tanto como interesaba al mundo entero, por mera curiosidad, interesaba a la señora Evangelina Scorbitt, puesto que en ella iban sus millones.
Naturalmente, antes de invertir su dinero en aquel incierto negocio, la buena señora había intentado, con la máxima discreción, sondear a J. T. Maston para que la pusiera al corriente del asunto. Pero J. T. Maston había permanecido mudo como un pez, manteniéndose en la más absoluta reserva. Ya lo llegaría a saber, y muy pronto, cuando le llegara la hora, cuando se diera a conocer al mundo entero el asombroso objetivo que perseguía la Sociedad.
En su fuero interno, ella ya se imaginaba que se trataba de una empresa «que ni imitaba a ninguna ni ninguna otra la imitaría jamás; sería algo que dejaría muy atrás la anterior tentativa de los miembros del Gun Club para ponerse en contacto con la Luna.»
Cuando la señora Scorbitt no podía más de curiosidad, e insistía en conocer el enigma. J. T. Maston se ponía más misterioso que nunca y le cerraba la boca con estas palabras:
– ¡Mi querida señora Scorbitt, tenga confianza!
Y la señora Evangelina Scorbitt tenía confianza; y tuvo también una gran alegría cuando el secretario le dijo que, gracias a ella, los Estados Unidos de América habían derrotado a Europa.
– Bueno, ahora ya me lo podrá usted decir, ¿no? –preguntó entonces la señora Evangelina al ilustre matemático.
– Pronto, muy pronto lo sabrá usted todo –le contestó J. T. Maston, apretándole las manos calurosamente.
Este apretón vigoroso tuvo la virtud de calmar a la impaciente señora Scorbitt que, efectivamente, al cabo de pocos días tuvo conocimiento, al igual que todo el mundo, del proyecto insensato lanzado por la North Polar Practical Association.
Con la consiguiente estupefacción, los habitantes del viejo y nuevo continente se enteraron de que la nueva Sociedad iba a lanzar una suscripción pública para explotar en aquellos territorios helados que había adquirido... ¡las hulleras del Polo Norte!