Robur el conquistador

Capítulo V

Donde se pacta una tregua entre el presidente y el secretario del Weldon Institute

Una venda en los ojos, una mordaza en la boca, una cuerda alrededor de los puños y de los pies; por consiguiente, una imposibilidad absoluta de ver, hablar y moverse. No era pues, para envidiar la situación de Uncle Prudent, de Phil Evans y del criado Frycollin. Además, el no saber quiénes eran los autores de aquel rapto, en qué sitio los habían arrojado, como si fueran simples bultos en un furgon de mercancías, ignorar dónde se hallaban, qué suerte sufrirían, era lo bastante para exasperar a los más pacientes seres de la raza ovina; y es sabido que los miembros del Weldon Institute no se parecen en nada a los carneros, y mucho menos en la paciencia. Sabiendo la violencia del carácter de Uncle Prudent, se puede uno figurar en qué estado debía hallarse.

En todo caso, Phil Evans y él debían pensar que les sería difícil ocupar su sitio en la mesa del club al día siguiente por la noche.

En cuanto a Frycollin, los ojos cerrados, la boca tapada, le era imposible pensar en ninguna cosa. Estaba más muerto que vivo.

Durante una hora, la situación de los prisioneros no se modificó. Nadie vino a verles ni a ponerles en libertad de andar y de hablar, que les hubiera hecho tanta falta. Sólo les era posible suspirar, lanzar algunos ayes, ahogados por las mordazas, y saltar como cabras que desfallecen cuando no se hallan en el estanque donde han nacido. Todo ello indicaba, como es fácil de comprender, una ira sorda; un furor reconcentrado, o mejor dicho, atado con una cuerda. Después de estos esfuerzos infructuosos, permanecieron inmóviles, por lo menos por un corto espacio de tiempo. Y entonces, puesto que les faltaba el sentido de la vista, probaron sacar algún indicio por medio del sentido del oído, de lo que era ese inquietante estado de cosas. En vano trataban de sorprender algún ruido, pues el interminable e inexplicabie frrr los envolvía en una atmósfera fría y realmente incómoda.

No obstante; sucedió que Phil Evans, trabajando con mucha calma, pudo desatarse la cuerda que le sujetaba los puños. En efecto, poco a poco se aflojó el nudo, sus dedos pasaron unos sobre otros, y sus manos al fin recuperaron su soltura habitual.

Restableció la circulación frotándoselas fuertemente. Un instante después Phil Evans había arrancado la venda que le tapaba sus ojos, la mordaza que tenía en la boca, cortando las cuerdas con la hoja fina de su bowie-knife . El americano que no tuviera siempre su bowie-knife en el bolsillo, no sería buen americano.

Además, todo lo que consiguió Phil Evans fue poder moverse y hablar. Sus ojos no encontraron manera alguna de ejercitarse, por entonces al menos. Estaba la celda en la más negra oscuridad. Sin embargo, se filtraba una ligera raya de luz por una especie de tronerilla que había en la pared, a seis o siete pies de altura.

Phil Evans, como era de imaginar, no dudó ningún instante en libertar a su rival. Un momento bastó para cortar los nudos que le apretaban los pies y manos, sirviéndose para ello también de su bowie-knife.

En seguida, Uncle Prudent, que estaba casi ahogado por la rabia, se levantó, y se arrancó la venda y la mordaza, y con voz ahogada le dijo:

-¡Gracias!

-¡No!... Nada de gracias - respondió el otro.

-¿Phil Evans?

-¿Uncle Prudent?

-Aquí ya no hay presidente ni secretario del Weldon Institute, ya no hay adversarios.

-Tenéis razón - respondió Phil -. Sólo hay dos hombres que tienen que vengarse de un tercero, cuyo atentado exige severas represalias. Y ese tercero…

-¡Es Robur!...

-¡Desde luego, Robur!

Sobre este punto los dos ex antagonistas estaban naturalmente de acuerdo. Por lo tanto, no había que temer disputa alguna.

-¿Y vuestro criado? - dijo Phil Evans, mostrándole a Frycollyn, que se movía como una foca. Hay que desatarle.

-Todavía no -decidió Uncle. Nos fastidiaría con sus lamentaciones, y tenemos otra cosa urgente que hacer más necesaria.

-¿Y qué es ello, Uncle Prudent?

-Pues salvarnos, si es posible.

-Y también si es imposible.

-¡Tenéis razón, Phil Evans, también si es imposible!

No dudaban ni por un momento que el autor de este atentado fuera otro que ese extraño Robur. Nadie hubiera hecho creer otra cosa al presidente y a su colega. En efecto, si hubieran sido solo honrados ladrones loa autores de ello, los hubieran tirado al fondo del Schuylkill River con una cuchillada en la garganta, luego de quitarles los relojes, alhajas, carteras, bolsillos, en vez de encerrarlos en el fondo de... ¿De qué?

Grave cuestión, en verdad, que convenía aclarar antes de dar inicio a los preparativos de una evasión que tuviera algunas probabilidades de éxito…

-¡Phil Evans! -dijo de nuevo Uncle Prudent. Cuando salimos de esa sesión, en vez de decirnos mutuamente cosas desagradables, más nos hubiera valido no distraernos tanto. Si nos hubiéramos quedado en las calles de Filadelfia, nada de esto nos hubiera sucedido. Evidentemente Robur sospechó lo que pasaría en el club, previó la irritación que ocasionaría su actitud provocativa y colocó a la puerta a algunos de sus bandidos para ayudarle y defenderle si era preciso. Cuando desembocamos de la calle Walnut, esos esbirros nos espiaron, y al observar que nos internábamos imprudentemente en las avenidas de Fairmont Park, ya éramos suyos sin remedio.

-De acuerdo -respondió Phil Evans-. Sí; hemos tenido nosotros mucha culpa por no marcharnos directamente a casa.

-Siempre se tiene la culpa de no tener razón - contestó Uncle Pundent.

-En ese momente se oyó un suspiro muy largo, escapado del rincón más oscuro de la celda…

-¿Qué es eso? - preguntó Phil Evans.

-¡Nada!... Es Frycollin que sueña. Esperad...

Y Uncle Prudent continuó:

-Entre el momento en que nos cogieron, a pocos pasos del claro, y el momento en que nos introdujeron en este aposento, no han podido pasar más de dos minutos. Por tanto, es evidente que esos hombres no nos han sacado de Fairmont Park...

-Y en caso contrario, hubiéramos sentido muy bien el movimiento de traslación.

-De acuerdo -afirmó Uncle-. Por tanto, no hay duda que estamos encerrados en el compartiemiento de un vehículo, acaso uno de esos largos carros de las praderas o algún coche de saltimbanquis...

-¡Evidentemente! Pues si fuera un barco amarrado a la orilla del Schuylkill River lo notaríamos por el balanceo que la corriente imprimiría seguro de un extremo a otro.

-De acuerdo, siempre de acuerdo -repitió Uncle-, y creo que puesto que estamos aún en el claro, es momento de huir, sin que desesperemos de hallar más adelante a ese Robur...

-¡Y hacerle pagar caro ese atentado a la libertad de los ciudadanos de los Estados Unidos de América!

-¡Caro, muy caro!

-Pero, ¿quién es ese hombre?... ¿De dónde viene?... ¿Es un inglés, un alemán, un francés?...

-Es un miserable, eso basta - determinó Uncle Prudent-. Ahora manos a la obra.

Ambos con las manos extendidas, y los dedos abiertos, palparon las paredes para encontrar una hendidura. Nada; nada tampoco en la puerta. Estaba herméticamente cerrada. Era preciso, pues, abrir un agujero y escaparse por él. Faltaba saber si los bowie-knifes podrían trabajar con fruto; si sus limas no se rompían en su trabajo.

-Pero ¿de dónde viene este estremecimiento que no cesa un momento? - preguntó Phil Evans, muy sorprendido de aquel frrr continuo.

-El viento, sin duda - contestó Uncle Prudent.

-¿El viento?... Hasta las doce de la noche me parece que el tiempo ha sido bueno.

-No hay duda, Phil Evans. Pero si no es el viento, ¿qué queréis que sea?

Phil Evans, después de haber sacado la mejor lima de su cuchillo, probó abrir un agujero junto a la puerta. Quizá bastaría hacer un agujero para abrirla por el exterior, si no estaba cerrada más que con el cerrojo, o si la llave había quedado puesta en la cerradura.

Algunos minutos de trabajo no dieron otro resultado que estropear las limas de su bowie-knife, quitarles las puntas y transformarlas en hierros de mil dientes.

-¡Esto no muerde, Phil Evans! - dijo Uncle.

-No.

-¿Estaremos, acaso, en una celda forrada de latón?

-De ninguna manera, Uncle Prudent. Se percibiría algún sonido metálico cuando se trabaja con la lima.

-¿De madera o de hierro entonces?

-No, ni madera ni hierro.

-Entonces, ¿qué?

-Imposible decirlo; -pero es una substancia que no puede morder el acero.

Uncle Prudent, presa de un violento acceso de cólera, juró, pateó el sonoro piso de madera, mientras que sus manos buscaban, para estrangularle, a un Robur imaginario e impalpable por ahora.

-¡Calma, Uncle Prudent! -le indicó Phil Evans-. ¡Calma! Probad vos ahora.

Uncle probó, pero el bowie-knife no pudo herir una pared que no conseguía rayar ni aún con sus mejores cuchillas, como si aquélla hubiese sido de cristal.

La fuga, entonces, llegaba a ser impracticable, suponiendo que hubiera podido ello intentarse una vez abierta la puerta.

Fue menester resignarse de momento, cosa que no entraba en el temperamento del yanqui, y esperarlo todo de la casualidad, cosa que debe repugnar a los espíritus eminentemente prácticos. Pero esto no evitó que se dirigiesen unas ásperas censuras, palabras disonantes, violentas imprecaciones e invectivas a la destreza de Robur, el cual no debía ser un hombre capaz de conmoverse, aún cuando en la vida privada se manifestase el personaje que había sido en medio del Weldon Institute.

Sin embargo, Frycollin comenzaba a dar señales inconfundibles de malestar. Sea que experimentase espasmos en el estómago o dolores en los miembros, se movía de una manera desesperada.

Uncle Prudent creyó su deber poner término a esta gimnasia, cortando las cuerdas que oprimían al negro.

Pronto tuvo que arrepentirse. En aquel momento dio principio a una interminable letanía, en la que los terrores del espanto se entremezclaban con los sufrimientos del hambre. Frycollin se sentía tan atacado del cerebro y del estómago. Era difícil decir a cuál de las dos vísceras era deudor el negro del malestar que sufría.

-¡Frycollin! - exclamó Uncle Prudent.

-¡Master Uncle! ¡Master Uncle! -respondió el riegro entre dos lúgubres visajes.

-Es posible que nos veantos condenados a morir de hambre en esta prisión. Pero estamos decididos a no sucumbir sino después de haber agotado todos los medios de alimentación susceptibles de prolongar nuestra existencia.

-¡Queréis comerme! - exclamó Frycollin.

-Como se hace siempre con un negro en parecida circunstancia. Así pues Frycollin, procura hacerte olvidar.

-O te asaremos - añadió Phil Evans.

Y seguramente Frycollin debía tener miedo de ser empleado para la prolongación de dos existencias evidentemente más preciosas que la suya. Limitóse, pues, a gemir in petto.

No obstante, el tiempo transcurría, y toda tentativa para forzar la puerta o la pared había llegado a ser infructuosa, y era además, imposible reconocerlo. No era de metal, ni de madera, ni de piedra. Por otra parte; el pavimento de la celda parecía fabricado de la misma materia. Cuando se golpeaba con el pie, producía un sonido particular, que a Uncle Prudent le había costado trabajo clasificar en la categoría de los ruidos comunes. Otra observación: debajo de este pavimento parecía como que sonaba el vacío, cual si no hubiese directamente descansado sobre el terreno firme. ¡Sí! Aquel inexplicable frrr parecía acariciar la base inferior. Nada de eso era tranquilizador.

-¿Uncle Prudent? - dijo Phil Evans.

-¿Phil Evans? - respondió Uncle Prudent.

-¿Pensáis que nuestra celda haya cambiado de lugar?

-De ninguna manera.

-Sin embargo, en el primer momento de nuestro encierro, he podido distintamente distinguir el fresco olor de la hierba y el perfume resinoso de los árboles del parque. Y ahora por más que aspiro el aire, me parece que todos esos aromas han desaparecido.

-En efecto.

-¿Cómo explicarlo?

-Expliquémoslo de cualquier forma, Phil Evans, pero menos por la hipótesis de que nuestra prisión ha cambiado de lugar. Lo repito; si nos encontrásemos en un carruaje en marcha, o sobre un buque a sotavento, lo sentiríamos.

Frycollin lanzó luego un sordo gemido, que habría podido pasar por ser su último suspiro, si no hubiera sido seguido de otros muchos.

-Quiero creer que este Robur nos hará comparecer bien pronto ante su presencia añadió Phil Evans.

-Lo espero -repuso Uncle Prudent, y yo le diré...

-¿Qué?

-Que después de haber comenzado como insolente, ha terminado como bribón.

En este momento, Phil Evans observó que amanecía. Una luz, vaga aún, se filtraba a través de la estrecha tronera que había en la parte superior de la pared, en el lado opuesto de la puerta. Debían de ser las cuatro de la mañana aproximadamente, pues a esta hora, en este mes de junio y bajo esta latitud, el horizonte de Filadelfia se colorea con los primeros rayos de la mañana.

Sin embargo, cuando Uncle Prudent hizo sonar su reloj de repetición, obra maestra que procedía de la misma fábrica de su colega, el diminuto timbre no indicó más que las tres menos cuarto, aunque podría suceder que el reloj se hubiese parado.

-¡Diablos! - dijo Phil Evans-. A las tres menos cuarto debía aún ser de noche.

-Es, probable que el reloj haya experimentado un retraso - sugirió Uncle Prudent.

-¡Un reloj de la Walton Watch Company! - exclamó Phil Evans.

De cualquier forma, lo cierto era que amanecía. Poco a poco la tronera se dibujaba en blanco en la profunda oscuridad de la celda. Sin embargo; si el alba aparecía más temprano de lo que permítía el cuadragésimo paralelo, que es el de Filadelfia, no se verificaba con aquella rapidez especial en las bajas latitudes.

Nuevas observaciones de Uncle con este motivo, nuevo fenómeno inexplicable.

-¡Tal vez podría subirse hasta esa tronera - observó Phil Evans -, y procurar ver en dónde estamos!

-Se puede - respondió Uncle Prudent.

Y dirigiéndose a Frycollin:

-¡Vamos, Fry, arriba!

El negro se incorporó.

-Apoya tu espalda contra esta pared - agregó Uncle-. Y vos, Phil Evans, empinaos sobre el hombro del muchacho, en tanto que yo apuntalo, a fin de que no os caigáis.

-Con mucho gusto - declaró Phil Evans.

Un instante después, con las dos rodillas sobre el hombro de Frycollin, tenía sus ojos a la altuta de la tronera...

Pero la tronera estaba cerrada; no por un cristal lenticular como el de un tragaluz de un buque, sino por una simple vidriera. Aunque no era muy espesa, perturbaba la mirada de Phil Evans, cuyo radio de visión era excesivamente limitado.

-Bueno, romped ese cristal - dijo Uncle Prudent, cuando el otro explicó lo que le sucedía-, y acaso veréis mejor así.

Phil Evans dio un violento golpe con el mango de su bowie-knife sobre el cristal; lo que produjo un sonido argentino, pero no se rompió.

Segundo golpe, más violento. El mismo resultado.

-¡Bueno! - exclamó Phil Evans-. Ese cristal no puede romperse...

En efecto, así lo era. Tal vez el cristal se hubiera fabricado con un crisol templado, según los procedimientos del inventor Siemens, puesto que, a pesar de los repetidos golpes, permanecía intacto.

Sin embargo, el espacio estaba bastante claro ahora para que su mirada pudiese extenderse afuera, por lo menos en el campo de visión cortado por el encuadramiento de la tronera.

-¿Qué veis? - preguntó Uncle Prudent.

-Nada.

-¡Cómo! ¿Ni un bosque?

-No.

-¿Ni aún la copa de los árboles?

-Tampoco.

-¿No estamos, pues, en el centro del claro?

-Ni en el claro, ni en el parque.

-¿Distinguís por lo menos techos de casa, restos de monumentos? - preguntó Uncle Prudent, cuyo desengaño, mezclado de furor, no cesaba de acrecentarse.

-Ni techos, ni vestigios.

-¡Cómo! ¿Ni un mástil de bandera, ninguna torre de iglesia, ninguna chimenea de fábrica?

-Nada más que el espacio.

En ese instante se abrió la puerta de la celda. Un hombre apareció en el umbral.

Era Robur.

-Honorables globistas - dijo con acento grave-, os encontráis ahora en libertad para andar por donde os plazca.

-¡Libres! - exclamó UnCle Prudent.

-¡Sí… dentro de los límites del Albatros!

Uncle Prudent y Phil Evans se precipitaron fuera de la celda. ¿Y qué vieron? A doce o trece decámetros debajo de ellos, la superficie de un país que procuraban en vano reconocer.

Notas de la fuente

8. Cuchillo de monte.

Telegrama

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