Capítulo III
De cómo este nuevo personaje no tiene necesidad de ser presentado, pues él mismo se presenta
Ciudadanos de los Estados Unidos de América, me llamo Robur. Soy digno de ese nombre. Tengo cuarenta años, aunque no parezco tener ni treinta, y poseo además una constitución de hierro, una salud a toda prueba, una gran fuerza muscular, y un estómago que sería reputado como excelente aún en el mundo de los avestruces. He aquí en cuanto al físico.
Se le escuchaba. Los alborotadores quedaron desde luego desconcertados por lo inesperado de este discurso pro facie sua. ¿Era un loco o mixtificador este personaje? Fuera lo que fuere, imponía y se imponía. No se oía ningún soplo en medio de aquella asamblea, en la cual hacía poco habíase desencadenado un huracán. La calma renacía después del oleaje.
Sobre todo; Robur parecía ser, en efecto, el hombre que decía. De una estatura regular, con una anchura de espalda geométrica, lo que sería un trapecio regular cuyo lado paralelo estuviese formado por la línea de las espaldas. Y encima de esta línea sujetada por un cuello robusto, una gran cabeza esferoidal. ¿A qué cabeza de animal se podría parecer para dar razón a las teorías de la analogía pasional? A la de un toro, pero un toro con cara inteligente. Tenía unos ojos que la menor contrariedad debían poner incandescentes, y más arriba una contracción permanente del músculo de las cejas, signo de extrema energía. Tenía también los cabellos cortos, un poco crespos, con reflejos metálicos, así como un mechón de aspecto similar. Un ancho pecho que se levantaba o se bajaba con movimientos de soplete de fragua. Y unos brazos, unas manos, unas piernas y unos pies dignos del tronco.
No tenía bigote ni perilla, sólo usaba una ancha barba como la de los marinos, a la americana, mediante la cual se podía ver la unión de las mandíbulas, cuyos músculos zigomatomaxilares debían de tener una fuerza tremenda. Se ha calculado (¿qué no se ha calculado?) que la presión de una mandíbula de cocodrilo ordinario puede llegar a ser de cuatrocientas atmósferas, mientras que las del perro de caza de gran tamaño sólo es de un ciento. Se ha deducido también esta curiosa fórmula: si un kilo de perro produce ocho kilos de fuerza de zigomatomaxilar, un kilo de cocodrilo produce doce. Pues bien; un kilo del dicho Robur debía producir diez. Se le podía pues, colocar, entre el perro y el cocodrilo.
¿De qué país llegaba aquel tipo curioso? Era casi imposible decirlo. En todo caso, hablaba el inglés de corrido, sin ese acento poco pesado que distingue a los yanquis de la Nueva Inglaterra.
Continuó de este mismo modo.
-Heme aquí ahora en cuanto a lo moral, respetables ciudadanos. Tenéis delante de vosotros a un ingeniero, cuya moral no es inferior al físico. No tengo miedo de nada ni de nadie. Tengo una gran fuerza de voluntad que jamás ha cedido ante ninguna otra. Cuando me propongo un fin, ni América, ni el mundo podrían impedirme conseguirlo. Cuando tengo una idea, quiero que se siga; y no soporto que me contradigan. Insisto sobre estos pormenores, respetables ciudadanos, porque es preciso que me conozcáis a fondo. Puede que os parezca que hablo demasiado de mí mismo. ¡Poco importa! Y ahora, reflexionad antes de interrumpirme, pues he venido aquí para deciros algunas cosas que acaso no tendrán el don de complaceros.
Un ruido sordo empezó a propagarse a lo largo de los primeros bancos de la sala, señal de que el mar no tardaría en volver a estar irritado.
-Hablad, respetable extranjero - se limitó luego a responder Uncle Prudent, el cual se contenía a duras penas. Y Robur habló como antes, sin mirar apenas para nada a sus oyentes:
-Desde luego, ya sé. Tras de un siglo de experiencias que no han logrado nada, de tentativas que no han dado resultado, existen todavía inteligencias mal equilibradas que se aferran a creer en la dirección de los globos. Se imaginan que cualquier motor, eléctrico o como se quiera, puede aplicarse a esos aparatosos pedazos de cuero que ofrecen tanto campo a las corrientes atmosféricas. Se figuran que podrán manejar como quieran un globo aerostático, así como se maneja un barco sobre la superficie del mar, porque algunos inventores, con tiempos tranquilos o casi tranquilos, han conseguido sesgar al viento o resistir a una ligera brisa, ¿llegaría la dirección de los aparatos aéreos más ligeros que el aire a ser cosa práctica? ¡Qué disparate! Estáis aquí reunidos un centenar que creéis en la realización de vuestros sueños, que tiráis, no al agua, sino al espacio, los miles de dólares. ¡Pues bien, es querer luchar contra un imposible!
¡Cosa bastante singular! Ante esta afirmación, los miembros del Weldon Institute no se movieron. ¿Habíanse vuelto tan sordos como pacientes? ¿O reservábanse acaso, deseosos de ver hasta dónde tendría la audacia de llegar este tenaz contradictor?
Robur continuó:
-¡Bah!... ¡Un globo!... ¡Cuando para obtener una disminución de un kilo se necesita un metro cúbico de gas! ¡Un globo, que tiene la pretensión de resistir al viento con la ayuda de su mecanismo, cuando el empuje de una fuerte brisa sobre la vela de un barco no es menor a una fuerza de cuatrocientos caballos; cuando se ha visto, en el accidente del puente del Tay, al huracán ejercer la presión de cuatrocientos cuarenta kilos por metro cuadrado! ¡Un globo! Cuando jamás la Naturaleza ha construido con ese sistema ningún ser volátil que esté provisto de alas como la de los pájaros o de membranas como algunos peces y algunos mamíferos.
-¿Mamíferos?... - interrogó uno de los miembros del club interrumpiendo al orador.
-¡Sí, el murciélago! ¡Que vuela, si no me equivoco! ¿Acaso ignora el interruptor que ese volátil es un mamífero? ¿Y no ha visto alguna vez hacer una buena tortilla con huevos de murciélago?
El atrevido interruptor se guardó de interrumpir ya en lo futuro, y Robur continuó con la misma vehemencia:
-¿Pero acaso debe renunciar el hombre por causa de eso a la conquista del aire, a transformar las costumbres civiles y las políticas del mundo antiguo, utilizando aquel admirable medio de locomoción? ¡No! Y de la misma manera que se ha hecho el amo de los mares con el buque, por medio del remo, de la vela, de la rueda o de la hélice, se hará también dueño del espacio atmosférico por medio de aparatos más pesados que él, para ser también más fuertes.
Esta vez, la asamblea no pudo contenerse. ¡De todos lados salió una descarga de gritos que todas las bocas dirigían a Robur como cañones de fusil o ametralladoras! Pues esto era declararle la guerra a los globistas. Era nuevamente la lucha que iba a emprenderse entre el «más ligero» y el «más pesado» que el aire.
Robur permaneció impávido. Con los brazos cruzados sobre el pecho, aguardaba a que se hiciera el silencio.
Uncle Prudent con una seña, mandó que cesase el fuego.
-Sí -continuó entonces Robur-. El porvenir es para las máquinas volantes. El aire, un punto de apoyo sólido. Imprímase a una columna de este fluido un movimiento ascensional de cuarenta y cinco metros por segundo, y un hombre podrá mantenerse en su parte superior, si las suelas de sus zapatos miden en superficie una octava parte de metro cuadrado solamente. Y si la rapidez de la columna es llevada a unos noventa metros, podrá andar con los pies descalzos. Por tanto, dejando escapar bajo las alas de una hélice una masa de aire con esta rapidez, se halla el mismo resultado.
Lo que decía Robur era lo que antes que él habían dicho todos los partidarios de la aviación; cuyos trabajos alcanzarían la solución del problema lentamente, aunque de una manera segura. ¡A los señores de Ponton d’Amécourt, de La Landelle, Nadar, de Luzy, Louvrié, Liais, Béléguie, Moreau; a los hermanos Richard, a Babinet, Jobert, del Temple, Salives, Penaud, de Villeneuve, Gauchot y Tatin, Michel Loup, Edison, Planavergne; a muchos más, para abreviar, pertenece el honor de haber divulgado estas ideas tan sencillas! Abandonadas y vueltas otra vez a ponerse en práctica, no podían dejar de triunfar algún día. A los enemigos de la aviación, que pretendían que el pájaro se sostiene porque calienta el aire, del cual se hincha, no se tardó en contestarles: está probado que un águila pesando cinco kilos, habría debido absorber cincuenta metros cúbicos de ese fluido caliente, sólo para sostenerse en el espacio.
Esto fue lo que Robur demostró con una lógica innegable, en medio del tumulto que de todas partes salía. Y como conclusión, he aquí las frases que el ingeniero les dirigió a los que le escuchaban:
-¡Con vuestros globos aerostáticos no podréis hacer nada, nada conseguiréis, no os atreveréis a hacer nada! ¡El más intrépido de sus aeronautas, John Wise, aunque ya ha hizo una travesía aérea de mil doscientas millas sobre el continente americano, ha tenido que renunciar a su propósito de atravesar el Atlántico! ¡Y desde entonces no habéis dado un paso, ni un solo paso!
-Caballero -dijo entonces el presidente, que trató en balde de contenerse. Olvidáis lo que ha dicho nuestro inmortal Franklin, cuando la aparición del primer Montgolfier en el momento en que el globo estaba a punto de nacer: «Ahora no es más que un niño, pero crecerá.» Y ha crecido...
-¡No, presidente, no! ¡No ha crecido!... ¡Está solamente más gordo... que no es lo mismo!
Era un ataque directo a los proyectos del Weldon Institute, que había planeado y subvencionado la construcción de un globo aerostático. Así que en seguida comenzó a circular por el salón proposiciones poco tranquilizadoras, como por ejemplo:
-¡Muera el intruso!
-¡Echadlo de la tribuna para probarle que es más pesado que el aire!
Y muchas insinuaciones más por el mismo estilo.
Pero todo se reducía a unos cuantos gritos, y no habían llegado a las manos aún.
Robur, impávido, pudo todavía gritar:
El progreso no está por los globos aerostáticos; ciudadanos globistas; está por los aparatos volantes. ¡El pájaro vuela, y no es un globo, es una máquina!...
-Sí, vuela -gritó el apasionado Bat T. Fyn- ¡pero vuela en contra de todas las reglas de la mecánica!
-¿De veras? - repuso Robur encogiéndose de hombros.
Y prosiguió:
-Desde que se ha estudiado el vuelo de los grandes y pequeños aerostatos, esta idea tan sencilla ha prevalecido a saber: que no hay más que imitar a la Naturaleza, pues jamás se equivoca. Entre el alcatraz, que da apenas diez aletazos por minuto, y el pelícano que da setenta...
-¡Setenta y uno! - dijo un gracioso.
-Y la abeja, que da ciento noventa y dos por segundo...
-¡Ciento noventa y tres! - gritaron todos burlándose.
-Y la mosca común; que da trescientos treinta y...
-¡Trescientos treinta y medio!
-Y el mosquito, que da millones...
-¡No! ¡Miles de millones!
Pero Robur, aunque interrumpido, no desistió en su demostración.
-Entre esos diversos ejemplos... es posible encontrar una solución práctica. El día en que De Lucy ha hecho constar que el ciervo volante, ese insecto que sólo pesa dos gramos, podía levantar un peso de cuatrocientos gramos, o sea doscientas veces lo que él pesa, el problema de la aviación quedó resuelto. Además se había demostrado que la superficie del ala decrece relativamente, a medida que aumenta la dimensión y el peso del propio animal. Desde entonces se han llegado a imaginar o construir más de sesenta aparatos.
-¡Que no han podido volar jamás! - gritó el secretario Phil Evans.
-Que han volado y que volarán - contestó Robur sin desconcertarse-; y sea que se les llamé esteróforos, helicópteros, ortópteros o naves que viene de navis, y no de avis, como otros suponen, se llega al aparato cuya creación hará al hombre un día dueño del espacio.
-¡Ah! ¡La hélice! - dijo Phil Evans-. Pero el pájaro no tiene hélice, que sepamos.
-¡Es cierto! - admitió Robur-. Como lo ha demostrado Penaud, en realidad el pájaro se hace hélice, y su vuelo es helicóptero. Así que el motor del porvenir es la hélice.
De semejante maleficio,
Santa hélice, presérvanos
Eso tarareó uno de los presentes, que recordó, por azar, ese motivo del Zampha de Herold.
Y todos entonaron en coro este refrán con voces capaces de hacer estremecer al buen compositor francés en su tumba.
Cuando las últimas notas se perdieron en medio de aquel espantoso ruido que se oía por todo el salón, Uncle Prudent, aprovechándose de un momento de calma, se creyó en la obligación de decir...
-¡Ciudadano extranjero, hasta aquí se os ha dejado hablar sin interrumpiros!...
Por lo visto para el presidente del Weldon Institute, esos gritos, esos improperios, esos despropósitos, no eran interrupciones: era solo un cambio de argumentos.
-...No obstante -prosiguió diciendo-, os debo recordar que la teoría de la aviación está condenada de antemano y rechazada por la mayoría de ingenieros americanos y extranjeros. Un sistema que lleva en su pasivo la muerte del sarraceno Volant en Constantinopla, la del fraile Voador en Lisboa, la de Letur en 1852, la de Groof en 1864, sin contar las víctimas que no recuerdo, aunque no fuese más que el mitológico Ícaro...
-Este sistema - contestó Robur- no es más considerable que el que tienen en su martirologio los nombres de Pilâtre de Rozier, en Calais, de madame Blanchard en París, de Donaldson y Grimwood, caídos en el lago de Michigan; de Sivel y de CrocéSpinelli; de Eloy y muchos otros, que tendrán algunos buen cuidado de no olvidar.
Era esto una estocada a fondo, como dicen en esgrima.
-Además -continuó Robur-, con vuestros globos, por perfeccionados que sean, no obtendréis jamás una rapidez verdaderamente práctica. Emplearíais diez años para dar la vuelta al mundo, y con una máquina volante se podrá hacer eso en ocho días.
Se oyeron otros gritos de protesta y de negación que duraron tres minutos largos hasta el momento en que Phil Evans pudo recobrar la palabra.
-Señor aviador - dijo-, vos que venís a ensalzar aquí los beneficios de la aviación, ¿habéis alguna vez «aviado»?
-¡Perfectamente!
-¿Y hecho la conquista del aire?
-¡Puede ser, caballero!
-¡Hurra por Robur el Conquistador! - gritó uno irónicamente.
-¡Pues bien, sí! ¡Robur el Conquistador, y acepto ese nombre; lo llevaré, porque tengo derecho a ello!
-¡Nos permitimos ponerlo en duda! - gritó Jem Cip.
-Caballero - dijo Robur frunciendo las cejas-; cuando vengo seriamente a discutir un asunto serio, no admito que se me conteste dándome un mentis y tendré mucho gusto en saber el nombre del interruptor.
-Me llamo Jem Cip... y soy vegetariano…
-Ciudadano Jem Cip - le respondió Robur-, sabía que los vegetarianos tenían los intestinos más largos que los demás hombres, cuando menos un decímetro. Es ya bastante... y no me obliguéis a que os los alargue más, empezando por las orejas...
-¡A la puerta!
-¡A la calle!
-¡Que le descuarticen!
-¡Aplicadle la ley de Lynch!
-¡Que le retuerzan en hélice!
El furor de los globistas había llegado ya a su frenesí. Se levantaron, rodearon la tribuna. Robur desapareció en medio de los brazos que se agitaban como impulsados por el soplo de la tempestad. En balde la trompa de vapor lanzaba todas sus notas sobre la asamblea. Aquella noche, Filadelfia debió creer que el fuego devoraba uno de sus barrios, y que toda el agua del Schuylkill River no bastaría para apagarlo…
De repente, un movimiento de retroceso se produjo en la asamblea. Robur había sacado las manos de sus bolsillos y las dirigía a las primeras filas de estos hombres apasionados.
En cada mano tenía una llave americana que sirve al mismo tiempo de revólver; y que la presión de los dedos basta para hacerlas descargar1.
Y entonces Robur les dijo:
-¡Decididamente no fue Américo Vespucio quien descubrió el Nuevo Mundo: fue Sebastián Cabot! ¡Vosotros no sois americanos ciudadanos globistas! No sois más que comi...
En ese instante se oyeron cuatro o cinco tiros hechos al aire. No hirieron a nadie. En medio del humo, el ingeniero desapareció; y cuando se disipó aquél; no quedaba ya su rastro. Robur el Conquistador había volado como si algún aparato de aviación lo hubiera remontado por los aires.
Notas
- Especie de ametralladora de bolsillo. ↩