El pais de las pieles · Parte 1
XX
DONDE EL MERCURIO SE HIELA
La sequedad del tiempo y la serenidad de la atmósfera favorecieron aún a los cazadores durante algunos días. Sin embargo, no se alejaban del fuerte, porque la abundancia de la caza les permitía operar en un radio restringido.
Así pues, el teniente Hobson no podía por menos de felicitarse por haber fundado su establecimiento en aquel punto del continente. Las trampas aprisionaron un gran número de animales dotados de piel fina, pertenecientes a todas las especies. Sabine y Marbre mataron una buena cantidad de liebres polares, y fueron derribados a tiros unos veinte lobos hambrientos.
Estos carnívoros mostrábanse demasiado agresivos, y, reuniéndose en grandes bandos alrededor del fuerte, atronaban el aire con sus roncos ladridos. Por el lado del campo de hielo pasaban con frecuencia, entre las pequeñas colinas, grandes osos, cuya aproximación se vigilaba con el mayor cuidado.
El 25 de diciembre fue preciso abandonar otra vez todo proyecto de excursión. Saltó el viento del Norte y el frío se dejó sentir nuevamente con extraordinaria viveza. No era posible permanecer al aire libre sin riesgo de congelarse instantáneamente. El termómetro Fahrenheit descendió a 18° bajo cero (28° centígrados bajo cero). La brisa silbaba como una descarga de metralla. Antes de encerrarse en la casa, Jasper Hobson tuvo la precaución de suministrar a los animales comida suficiente para varias semanas. El 25 de diciembre era el día de Navidad, esa fiesta del hogar doméstico que tanto se celebra en Inglaterra, la cual solemnizóse en el fuerte con el más religioso celo. Los invernantes dieron gracias a la Providencia por haberlos protegido hasta entonces; los trabajadores holgaron en tan sagrado día, y se reunieron después en espléndido festín, en el que figuraban dos gigantescos budines.
Por la noche, un abundante ponche flameó sobre la amplia mesa, en medio de los vasos relucientes. Apagáronse las lámparas, y el salón, iluminado por la lívida luz del alcohol, adquirió un aspecto fantástico. Los rostros de aquellos excelentes soldados animáronse, a sus trémulos reflejos, con una animación que iba a acrecentar más todavía la absorción del brillante líquido.
Después, amortiguóse la llama, esparcióse alrededor del pastel nacional en forma de lengüetas azuladas, y extinguióse.
¡Fenómeno inaudito! A pesar de no haberse vuelto a encender aún las luces, el salón no quedó a obscuras. Penetraba por la ventana una viva luz rojiza que el brillo de las lámparas no había dejado ver hasta entonces.
Todos los convidados pusiéronse de pie, extraordinariamente sorprendidos, interrogándose unos a otros con la mirada.
– ¡Un incendio! — exclamaron algunos.
Pero, a menos que la casa misma no ardiese, no había posibilidad de que estallase un incendio en los alrededores del cabo Bathurst.
El teniente corrió hacia la ventana y reconoció en seguida la causa de aquel fenómeno: era una erupción volcánica.
En efecto, por detrás de los acantilados del Oeste, más allá de la bahía de las Morsas, aparecía encendido el horizonte. No podían descubrirse las cumbres de las montañas ignívomas, situadas a treinta millas del cabo Bathurst; pero el penacho de llamas elevábase a una prodigiosa altura, y cubría todo el territorio con sus rojizos reflejos.
– ¡Esto es todavía más bello que una aurora boreal — exclamó Paulina Barnett.
Tomás Black protestó contra esta afirmación. ¡Un fenómeno trrestre más bello que un meteoro! Pero, en vez de discutir esta tesis, a pesar del intenso frío y de la aguda brisa, todos abandonaron la sala y salieron a contemplar el maravilloso espectáculo de aquel refulgente penacho que se proyectaba sobre el fondo obscuro del cielo.
Si Jasper Hobson y las personas que le acompañaban no hubiesen llevado las bocas y las orejas cubiertas por densas pieles, hubieran podido oir los ruidos sordos de la erupción que se propagaban a través de la atmósfera, y se habrían comunicado las impresiones que en ellos engendraba tan sublime espectáculo. Pero iban tan tapados, que no podían hablar ni oir, teniendo que contentarse con ver.
Pero, ¡qué imponente escena se presentó ante sus ojos! ¡qué recuerdo para su entendimiento! Entre la profunda obscuridad del firmamento y la blancura de la inmensa alfombra de nieve, la expansión de las llamas volcánicas producía efectos de luz que el más acabado pincel no sería capaz de imitar, ni la pluma más experta podría describir.
La intensa reverberación se extendía hasta más allá del cénit, apagando gradualmente todas las estrellas, El blanco suelo revestíase de dorados matices. Los montículos del campo de hielo, y, en el fondo, los enormes icebergs, reflejaban sus diversos resplandores como otros tantos espejos ardientes. Los haces luminosos venían a quebrarse o refractarse en todos estos ángulos, y los planos, diversamente inclinados, reflejábanlos con fulgores más vivos y matices más variados. Era un choque de rayos verdaderamente mágico, que semejaba la inmensa decoración de espejos de algún cuento de hadas preparada ex profeso para aquella fiesta de luz.
Pero el frío excesivo no tardó en obligar a los espectadores a encerrarse de nuevo en su caldeada vivienda, y más de una nariz estuvo a punto de pagar demasiado caro el placer que los ojos se habían dado, en detrimento suyo, exponiéndola a semejante temperatura.
Durante los días inmediatos acrecentóse la intensidad del frío, haciendo temer que el termómetro de mercurio no bastase para señalar la temperatura reinante y que fuese preciso recurrir al empleo del de alcohol. Y, en efecto, en la noche del 28 al 29 de diciembre la columna descendió a 32° bajo cero (37° centígrados bajo cero).
Las estufas fueron abarrotadas de combustibe, pero no huno manera de mantener en el interior de la casa una temperatura superior a 20° (7° centígrados bajo cero). Sentíase un intenso frío hasta en los dormitorios, y fuera de un círculo de diez pies de radio alrededor de la estufa, desaparecía el calor por completo; por eso en aquel sitio, que era el mejor de la casa, había sido colocada la cuna del recién nacido, que se complacían en mecer todos los que se aproximaban a la lumbre.
Prohibióse en absoluto el abrir ninguna puerta o ventana, porque el vapor concentrado en las habitaciones se hubiera convertido instantáneamente en nieve. Ya, en los c ¡redores, la respiración de los hombres producía un fenómeno idéntico. Oíanse por todas partes detonaciones secas, que sorprendían a las personas que no estaban acostumbradas a los fenómenos propios de estos climas. Eran los troncos de árboles que formaban las paredes de la casa, que crujían bajo la acción del frío. La provisión de licores, coñac y ginebra, fue preciso bajarla del desván al salón principal, porque todo el alcohol se hallaban concentrado en el fondo de las botellas formando una especie de bola. La cerveza fabricada por las yemas de los abetos, hacía estallar los barriles al helarse. Todos los cuerpos sólidos, como petrificados, resistían a la penetración del calor. La madera ardía con dificultad, y Jasper Hobson tuvo que sacrificar cierta cantidad de aceite de morsa para activar su combustión. Afortunadamente, las chimeneas tiraban bien, impidiendo toda emanación desagradable en el interior; pero, fuera, debía señalarse a lo lejos la presencia del fuerte Esperanza por el olor acre y fétido de sus humos, mereciendo, además, ser clasificado entre los establecimientos insalubres.
Un síntoma notable era la extraordinaria sed de que todos se sentían devorados por aquel intenso frío, siendo preciso para satisfacerla, deshelar constantemente los líquidos al lado del fuego, porque, bajo la forma de hielo, habrían sido impropios para apagar la sed.
Otro síntoma contra el cual el teniente Hobson encargaba a sus compañeros que se defendiesen con tenacidad era una somnolencia obstinada que algunos no lograban vencer.
Paulina Barnett, tan animosa como siempre, combatía esta tendencia, no sólo en su propia persona, sino en las de los otros, alentándolos con su conversación y sus consejos. Leía con frecuencia algún libro de viajes, o cantaba conocidas canciones inglesas, que todos coreaban luego; y estos cantos despertaban, de grado o por fuerza, a ios dormidos, que no tardaban en acompañarles también.
De esta suerte transcurrían las largas jornadas en un encierro absoluto, y Jasper Hobson, consultando a través de los vidrios el termómetro colocado en el exterior, observaba que el frío crecía cada vez más. El 31 de diciembre el mercurio se heló por completo dentro de la cubeta del instrumento, lo cual quería decir que la temperatura ambiente era inferior a 44° bajo cero (42° centígrados bajo cero).
Al día siguiente, 1.° de enero de 1860, el teniente Jasper Hobson felicitó por la entrada del nuevo año a Paulina Barnett, aplaudiendo el valor y buen humor con que soportaba las fatigas y privaciones de la invernada. Los mismos cumplimientos dedicó después al astrónomo, quien no veía en aquel cambio de 1859 a 1860 más que la entrada del año en que su famoso eclipse había de tener efecto.
Todos los individuos de aquella pequeña colonia, tan estrechamente unidos los unos a los otros, cambiaron también entre sí las felicitaciones propias del día. Su salud, gracias al Cielo, seguía siendo excelente; pues, si bien se habían presentado algunos síntomas de escorbuto, habían cedido en seguida al oportuno empleo del zumo de limón y de las pastillas de cal.
¡Pero todavía era pronto para cantar victoria! La mala estación debía durar aún tres meses. El sol, sin duda, no tardaría en reaparecer sobre el horizonte; pero nada probaba que el frío hubiese alcanzado su máxima intensidad; y, por regla general, en todas las zonas boreales, los mayores descensos de la temperatura ocurren en el mes de febrero.
Sea de ello lo que quiera, el rigor de la atmósfera disminuyó durante los primeros días del año nuevo, y el 6 de enero el termómetro de alcohol colocado en la parte exterior de la ventana del corredor, marcó 66° bajo cero (52° centígrados bajo cero). Algunos grados más, y la temperatura mínima observada en el fuerte Confianza, en 1835, iba a ser alcanzada y aun tal vez excedida.
La persistencia de un frío tan violento inquietaba más y más cada vez a Jasper Hobson. Temía que los animales de pieles valiosas se vieran obligados a buscar más al Sur un clima más benigno, lo que hubiera contrariado sus proyectos de caza en la próxima primavera. Oía además con frecuencia, a través de las capas subterráneas, ciertos ruidos sordos relacionados evidentemente con la erupción volcánica. El horizonte occidental seguía alumbrado por el fuego terrestre y no cabía duda de que un formidable trabajo plutónico se estaba llevando a cabo en las entrañas del Globo. ¿No sería peligroso para la nueva factoría la vecindad de aquel volcán? Este pensamiento asaltaba con insistencia a Jasper Hobson cada vez que sorprendía alguno de aquellos rugidos internos. Pero estas aprensiones, muy vagas por otra parte, se las reservó para sí.
Con semejante frío, nadie pensaba en abandonar la casa, como se comprenderá fácilmente. Los perros y los renos se hallaban abundantemente abastecidos, de suerte de estos animales, que se hallan además habituados a sufrir largos ayunos durante la estación invernal, no reclamaban los servicios de sus amos. No existía, pues, motivo alguno para exponerse a las inclemencias de la atmósfera. Era ya suficiente el padecer los rigores de una temperatura que apenas si la combustión de la madera y del aceite lograba hacer soportable.
A pesar de todas las precauciones adoptadas, deslizábase la humedad en las salas no ventiladas, depositando sobre las maderas brillantes capas de hielo que se iban espesando por días. Los condensadores se hallaban obstruidos, y hasta estalló uno de ellos bajo la presión del agua solidificada.
En estas condiciones, no pensó el teniente Hobson en economizar el combustible, sino que, por el contrario, prodigábalo a fin de sostener la temperatura que, en cuanto aflojaban los fuegos de la estufa y del hornillo, por muy poco que fuese, descendía a veces a 15° Fahrenheit (9º centígrados bajo cero). Por eso se estableció una guardia, que se relevaba de hora en hora, cuya única misión era vigilar y sostener la lumbre.
– La leña se acabará pronto — dijo un día el sargento Long al teniente.
– ¿Que se acabará la leña? — exclamó Jasper Hobson. —Quiero decir —replicó el sargento— que la provisión que tenemos en la casa se va agotando ya, y que dentro de poco será preciso salir para irla a buscar al cobertizo; y sé por propia experiencia que exponerse al aire ambiente, con un frío tan intenso, es arriesgar la vida.
– Sí, sí —respondió el teniente—; hemos cometido la falta de construir el cobertizo aislado de la casa principal y sin comunicación directa con ella; pero lo advierto ya tarde. Debí tener en cuenta que íbamos a invernar más arriba del paralelo de 70°; pero, en fin, ya no tiene remedio. Dígame, Long, ¿qué cantidad de leña queda en casa?
– La suficiente para alimentar la estufa y el fogón durante dos o tres días a lo sumo — respondió el sargento.
– Esperemos que de aquí a entonces —dijo el teniente Hobson— haya disminuido el rigor de la temperatura, y sea posible atravesar sin gran riesgo el patio del fuerte.
– Lo dudo, mi teniente —replicó el sargento Long, moviendo sentenciosamente la cabeza—. La atmósfera está despejada, el viento se mantiene fijo al Norte y no me sorprenderá que este frío se prolongue durante quince días más, es decir, hasta la nueva luna.
– Pues bien, valiente Long —replicó Jasper Hobson—, me parece que no es cosa de dejarnos morir de frío; de suerte que el día que sea necesario exponer el pellejo...
– Lo expondremos, mi teniente — respondió el valeroso sargento.
Jasper Hobson estrechó la mano de Long, cuya abnegación le era bien conocida.
Alguien podrá decir que Jasper Hobson y el sargento Long exageraban al creer que la súbita impresión de semejante frío sobre el organismo podía causar la muerte; pero, habituados como estaban a las violencias de los climas polares, habían adquirido con la práctica una gran experiencia. Habían visto a hombres robustos, en circunstancias idénticas, caer desvanecidos sobre el hielo en el mismo momento de salir al exterior. Faltábales la respiración, y se les levantaba asfixiados. Estos hechos, por increíbles que parezcan, se han producido muchas veces durante ciertas invernadas. En su viaje por las costas de la bahía de Hudson, en 1746, Guillermo Moor y Smith han citado varios accidentes de este género, habiendo perdido algunos de sus compañeros muertos súbitamente por el frío. No cabe la menor duda de que el atreverse a afrontar una temperatura cuya intensidad no puede medir ni aun la misma columna mercurial, es exponerse a sufrir una muerte repentina.
Tal era la situación, bastante inquietante por cierto, de los habitantes del fuerte Esperanza, cuando vino un incidente a agravarla más aún.