El pais de las pieles · Parte 1
XV
A QUINCE MILLAS DEL CABO BAT HURST
Habían llegado los primeros días de septiembre. Dentro de tres semanas, aun en las más favorables circunstancias, los malos tiempos interrumpirían los trabajos. Era necesario, pues, darse prisa. Afortunadamente, las nuevas construcciones se habían llevado a cabo con notable rapidez. El maestro Mac-Nap y sus peones realizaban verdaderos prodigios de actividad. A la perrera sólo le faltaban ya los últimos martillazos, y la empalizada alzábase ya casi entera siguiendo el perímetro trazado previamente para el fuerte. Entonces procedióse a construir la poterna que debía dar acceso al patio interior. La empalizada, construida con gruesas estacas puntiagudas, de quince pies de altura, formaba una especie de bastión en su parte anterior; pero, a fin de completar el sistema de fortificación, era preciso coronar la cumbre del cabo Bathurst, que dominaba la posición.
Como se ve, el teniente Hobson era partidario del recinto continuo y los fuertes destacados, que constituyen un gran adelanto en el arte de los Váuban y de los Cormontaigne. Pero mientras no se coronaba el cabo, la empalizada era muy suficiente para poner las nuevas construcciones al abrigo de un golpe dé garra, si no de un golpe de mano.
El 4 de septiembre decidió Jasper Hobson que se dedicase el día a la caza de los anfibios del litoral. Tratábase, en efecto, de abastecerse a la vez de combustible y de luz, antes que comenzasen los fríos.
El campamento de las focas hallábase a unas quince millas de distancia. Jasper Hobson propuso a Paulina Barnett que se incorporase a la expedición, cosa que aceptó la viajera, no porque la matanza proyectada ofreciese para ella atractivos, sino para ver el país y contemplar los alrededores del cabo Bathurst, pues precisamente aquella parte del litoral, con su costa acantilada, despertaba su curiosidad en un grado extraordinario.
El teniente Hobson designó para que le acompañasen al sargento Long y a los soldados Petersen, Hope y Kellet.
La expedición partió a las ocho de la.mañana, seguida de dos trineos, tirados por seis perros cada uno, los cuales deberían transportar al fuerte los cuerpos de los anfibios.
Como los trineos iban vacíos, el teniente, Paulina Barnett y sus acompañantes tomaron asiento en ellos. El tiempo era bueno; pero las brumas concentradas en el horizonte tamizaban los rayos del sol, cuyo disco amarillento en esta época del año permanecía ya oculto durante algunas horas de la noche.
Esta parte del litoral, al Oeste del cabo Bathurst, presentaba una superficie absolutamente llana, que se elevaba apenas algunos metros sobre el nivel del océano Polar; y esta disposición del suelo llamó la atención del teniente Hobson, por la siguiente razón.
Las mareas son muy vivas en los océanos árticos, o, al menos, así se cree. Muchos navegantes que las han observado, como Parry, Franklin, los dos Ross, Mac Clure y Mac Clintock, han visto subir el mar, en la época de las sicigias, de veinte a veinticinco pies sobre su nivel medio. Si esta observación era exacta, y no existía motivo para poner en duda la veracidad de los expresados marinos, trataba el teniente Hobson de explicarse por qué causa el océano, hinchado bajo la acción de la Luna, no invadía aquel litoral tan poco elevado sobre el nivel del mar, ya que ningún obstáculo, ni dunas, ni protuberancia alguna del suelo, se oponía a la propagación de las aguas; por qué motivos el fenómeno de las mareas no iba acompañado de la sumersión completa del territorio hasta los límites más apartados del horizonte, y no provocaba la mezcla de las aguas del lago y del océano Glacial. Sin embargo, era evidente que esta sumersión no se producía y que nunca se había efectuado.
Jasper Hobson no pudo por menos de hacer esta observación, lo que indujo a su compañera a responderle que indudablemente, y a pesar de cuanto se hubiera dicho, las mareas eran insensibles en el océano Glacial Ártico.
– Al contrario, señora —respondió Jasper Hobson—, todas las noticias de los navegantes se hallan de acuerdo acerca de que el flujo y reflujo son muy pronunciados en los mares polares, y no es posible admitir que todas sus observaciones sean falsas.
– Entonces, señor Hobson —replicó Paulina Barnett—, ¿quiere usted explicarme por qué las olas del océano no inundan esta región que no se eleva arriba de diez pies sobre el nivel de la bajamar?
– ¡Ah, señora! —exclamó Jasper Hobson—; eso es precisamente lo que en este momento me preocupa, que no sé cómo explicarme este hecho. Desde que hace un mes, nos hallamos en este litoral, he observado en varias ocasiones que el nivel del mar apenas si se eleva un pie en circunstancias ordinarias, y casi me atrevería a asegurar que, dentro de quince días, el 22 de septiembre, en pleno equinoccio, es decir, en el momento en que adquiere el fenómeno su máxima intensidad, el desplazamiento de las aguas no llegará a pie y medio en las playas del cabo Bathurst. Poco hemos de vivir para no verlo.
– Pero, en fin, señor Hobson, ¿cuál es la explicación de este hecho? Porque todo en el mundo tiene su explicación.
– Pues bien, señora —respondióle el teniente—, aquí ocurre una de estas dos cosas: o los navegantes han efectuado mal sus observaciones, lo que no puedo admitir tratándose de personajes de la altura de Franklin, Perry, Ross y otros, o las mareas son nulas en este punto preciso del litoral americano, tal vez por las mismas razones que las hacen insensibles en ciertos mares interiores, entre otros el Mediterráneo, donde la proximidad de los continentes que los cercan y la estrechez de los canales no dan suficiente acceso a las aguas del Atlántico.
– Admitamos esta última hipótesis, señor Jasper — respondió Paulina Barnett.
– No hay otro remedio —respondió el teniente, sacudiendo la cabeza—; y, sin embargo, no me satisface del todo, porque presumo que debe existir alguna singularidad natural que no atino a comprender.
A las nueve, los dos trineos, después de haber seguido una playa constantemente llana y arenosa, llegaron a la bahía ordinariamente frecuentada por las focas. Dejáronse atrás los tiros a fin de no espantar a estos animales, a quienes importaba sorprender en la orilla.
¡Cuan diferente era esta parte del territorio de la que confinaba con el cabo Bathurst!
En el punto donde los cazadores habíanse detenido, el litoral, caprichosamente quebrado y carcomido, por decirlo así, removido de un modo singular en toda su extensión, delataba evidentemente su origen plutónico, bien distinto, en efecto, de las formaciones sedimentarias que caracterizaban los alrededores del cabo.
El fuego de las épocas geológicas, y no el agua, había, sin duda alguna, formado aquellos terrenos. La piedra que faltaba en el cabo Bathurst, particularidad, digámoslo de paso, no menos explicable que la ausencia de las mareas, reaparecía allí bajo la forma de bloques erráticos y rocas profundamente encastradas en el suelo. Por todas partes, sobre una arena negruzca y en medio de lavas vesiculares, veíanse esparcidos guijarros pertenecientes a esos silicatos aluminosos comprendidos bajo el nombre colectivo de feldespato, cuya presencia demostraba de un modo irrefutable que aquel litoral no era más que un terreno de cristalización. Sobre su superficie brillaban innumerables labradoritas, guijarros variados, de vivos e irisados reflejos, azules, rojos y verdes; y después, de trecho en trecho, algunas obsidianas y trozos de piedras pómez. Por detrás extendíanse largos acantilados, que se elevaban a doscientos pies sobre el nivel del mar.
Jasper Hobson resolvió trepar hasta la cima de estos acantilados con objeto de examinar desde allí toda la parte oriental de la región. Tenía tiempo para ello, pues la hora de la caza de las focas no había llegado aún. Veíanse solamente algunas parejas de estos anfibios, retozando en la playa, y convenía esperar a que se reuniese el mayor número posible de ellos, a fin de sorprenderlos durante la siesta, es decir, durante el sueño que el sol del mediodía provoca en estos mamíferos marinos.
El teniente Hobson reconoció además que aquellos anfibios no eran focas propiamente dichas como sus gentes le habían anunciado. Pertenecían, ciertamente, al grupo de los pinnipedos; pero eran en realidad vacas y caballos marinos, que forman en la nomenclatura zoológica el género de las morsas, distinguiéndose por sus caninos superiores, que forman largos colmillos dirigidos hacia abajo.
Los cazadores, contorneando la pequeña bahía, por la que tan gran predilección parecían sentir aquellos animales, y a la que dieron el nombre de bahía de las Morsas, treparon por los cantiles del litoral. Petersen, Hope y Kellet permanecieron sobre un pequeño promontorio a fin de vigilar a los anfibios; en tanto que Paulina Barnett, Jasper Hobson y el sargento llegaban a la cumbre de aquellas escabrosas prominencias desde donde se descubrían todos los accidentes de la región que los rodeaba; cuidando, empero, de no perder de vista a sus tres compañeros que tenían el encargo de prevenirles, por medio de una señal convenida, cuando el número de morsas reunidas fuese ya suficiente.
En un cuarto de hora, el teniente, su compañera y el sargento llegaron a la cumbre más alta, desde donde pudieron contemplar fácilmente todo el territorio que se extendía ante sus ojos.
A sus pies se extendía el mar inmenso que cerraba por el Norte el horizonte del cielo. No se descubría tierra alguna, ni bancos de hielo, ni icebergs. El océano se hallaba libre de hielos aún más allá de donde alcanzaba la vista, y, probablemente, bajo aquel paralelo, aquella porción del mar Ártico debía ser navegable hasta el estrecho de Behring. Durante el estío, los buques de la Compañía podrían, pues, fácilmente recalar en el cabo Bathurst por el paso del Noroeste.
Volviéndose hacia el Oeste, descubrió Jasper Hobson una comarca completamente nueva y halló la explicación de aquellos despojos volcánicos que infestaban realmente el litoral.
A unas diez millas alzábanse unas colinas ignívomas, en forma de conos truncados, que no podían verse desde el cabo Bathurst por ocultarlas el cantil, y cuyos contornos se destacaban muy confusamente sobre el cielo, cual si una mano trémula hubiese dibujado su perfil. Jasper Hobson, después de haberlas observado con atención, mostróselas con el dedo al sargento y a Paulina Barnett, y luego, sin decir nada, volvió la vista hacia la región opuesta.
Por el Este, prolongábase la playa hasta el cabo Bathurst, sin la menor irregularidad, sin un solo movimiento del terreno. Un observador provisto de un buen anteojo hubiera podido descubrir a lo lejos el fuerte Esperanza, y hasta el humo blanquecino que en aquellos momentos deberían despedir los hornillos de la señora Joliffe.
Por detrás, ofrecía el territorio dos aspectos bien diferentes. De Este a Sur se extendía una vasta llanura de varios centenares de millas cuadradas, que confinaba con el cabo. Por el contrario, a espaldas de los cantiles, desde la bahía de las Morsas hasta las montañas volcánicas, el país, espantosamente abrupto, indicaba claramente que debía su origen a una sacudida eruptiva.
El teniente observaba el marcado contraste que presentaban aquellas dos porciones del territorio, que, preciso es confesarlo, le parecía muy extraño.
– ¿Piensa usted, mi teniente —preguntóle el sargento Long de improviso— que esas montañas que cierran por el Oeste el horizonte son volcanes?
– Sin duda alguna, sargento —respondió Jasper Hobson—. Ellas son las que han lanzado hasta aquí estos trozos de piedra pómez, estas ohsidianas, estas, innumerables labradoritas, y, con sólo avanzar dos o tres millas, pisarían nuestros pies sobre lavas y cenizas.
– ¿Y cree usted, mi teniente, que esos volcanes se encuentran todavía en actividad? — preguntó el sargento. —A eso no me es posible responder. —Sin embargo, en este momento no se descubre humo alguno sobre sus cráteres.
– Eso no es una razón, sargento Long. ¿Acaso lleva usted siempre la pipa en la boca?
– No, señor, mi teniente.
– Pues bien, sargento Long; con los volcanes ocurre exactamente lo mismo. No humean constantemente.
– Le comprendo a usted, mi teniente — respondió el sargento Long—; pero lo que no me explico es que existan volcanes en los continentes polares.
– No hay muchos — observó Paulina Barnett. —No, señora —respondió el teniente Hobson—; pero existe, sin embargo, cierto número de ellos: en la isla de Juan Mayen, en las Aleutinas, en Kamchatka, en la América rusa, en Islandia, y además, en el Sur, en la Tierra del Fuego en los continentes australes. Estos volcanes no son más que las chimeneas de ese amplísimo laboratorio central donde se fabrican los productos químicos del Globo, y me parece que el Creador de todas las cosas ha abierto esas chimeneas en todos los lugares donde las ha creído necesarias.
– Sin duda, mi teniente —respondió el sargento—; ¡pero en el Polo, en estos climas glaciales!...
– ¡Qué importa eso, sargento! ¡Qué más da que sea en el Polo o en el Ecuador! Hasta me atrevería a decir que estos respiraderos deberían ser más numerosos en los alrededores de los Polos que en ningún otro punto de la Tierra.
– Y, ¿por qué, mi teniente? — preguntó el sargento, a quien pareció sorprender extraordinariamente la afirmación de Hobson.
– Porque si estas válvulas se han abierto bajo la presión de los gases interiores, ha debido esto ocurrir en los lugares en que la corteza terrestre posee menor espesor; y, en virtud del aplastamiento de la tierra por los polos, parece natural que... Pero ya veo la señal que nos hace Kellet —exclamó de improviso el teniente, interrumpiendo su argumentación—. ¿Quiere usted acompañarnos, señora?
– Los esperaré a ustedes aquí, señor Hobson —respondió la viajera—. ¡Esa matanza de morsas no tiene verdaderamente ningún atractivo para mí!
– Entendido, señora —respondió Jasper Hobson—; y si quiere usted reunirse con nosotros dentro de una hora, emprenderemos juntos el camino de regreso.
Quedóse Paulina Barnett en la cumbre del cantil, contemplando el variado panorama que se extendía ante su vista, y un cuarto de hora después Jasper Hobson y el sargento Long llegaban a la playa.
Las morsas eran numerosas entonces, pudiéndose contar un centenar de ellas. Algunas se arrastraban por la arena con ayuda de sus pies palmeados y cortos; pero la mayor parte de ellas dormían, agrupadas por familias. Uno o dos de los machos mayores, que medían tres metros de longitud, de pelo poco espeso y de color pardusco, parecían vigilar, a modo de centinelas, el resto de la manada.
Las cazadores tuvieron que avanzar con suma prudencia, aprovechando el abrigo de las rocas y las ondulaciones de la tierra, con objeto de cercar algunos grupos de morsas y cortarles la retirada hacia el mar, toda vez que estos animales son en tierra pesados, poco ágiles y torpes. Caminan a saltitos o produciendo con el lomo cierto movimiento de arrastre. Pero dentro del agua, que es su verdadero elemento, se convierten de nuevo en peces ágiles, en nadadores temibles que ponen en peligro con frecuencia a los botes que los persiguen.
Los grandes machos desconfiaban, sin embargo; parecían presentir un peligro próximo. Levantaban la cabeza y dirigían la mirada en todas direcciones; pero antes de que hubiesen tenido tiempo de dar la señal de alarma, Jasper Hobson y Kellet se lanzaron por un lado, y el sargento, Petersen y Hope por el otro, e hirieron con sus balas cinco morsas, rematándolas después con sus picas, mientras el resto de la piara se precipitaba en el mar.
La victoria había sido fácil. Los cinco anfibios eran de gran tamaño. El marfil de sus colmillos, aunque algo granoso, parecía ser de primera calidad; pero lo que más apreciaba Jasper Hobson eran sus cuerpos abultados y grasosos, que prometían suministrar una gran cantidad de aceite. Fueron inmediatamente colocadas en los trineos, y con ellas ya tenían carga suficiente los perros.
Era entonces la una, y en aquel momento reunióse con sus compañeros la señora Paulina Barnett, y todos emprendieron, por la playa, el camino de regreso, en demanda del fuerte Esperanza.
No es preciso decir que la vuelta se hizo a pie, por ir los trineos completamente cargados. Sólo había que recorrer unas diez millas, pero siempre en línea recta, y no hay nada que parezca tan largo como un camino que carezca de recodos, como dice muy acertadamente un antiguo proverbio inglés.
Por eso, para distraerse de la monotonía del viaje, hablaron los cazadores de una porción de asuntos. Paulina Barnett tomaba parte con frecuencia en su conversación, instruyéndose de este modo, gracias a los conocimientos especiales de aquellas buenas gentes. Pero la verdad era que no se caminaba muy de prisa.
Aquellas masas carnosas constituían para los perros una carga demasiado pesada, y los trineos se deslizaban en muy malas condiciones. Sobre una capa de nieve endurecida, los perros habrían franqueado en menos de dos horas la distancia que separaba la bahía de las Morsas del fuerte Esperanza.
Varias veces tuvo Jasper Hobson que hacer alto para proporcionar algunos instantes de reposo a sus perros, que estaban casi agotados.
– Estas morsas —observó el sargento Long— hubieran hecho muy bien en establecer sus reales más cerca de nuestro fuerte, y así no nos darían tanto trabajo.
– No habrían encontrado allí ningún lugar favorable — respondió el teniente Hobson, sacudiendo la cabeza.
– ¿Por qué, señor Hobson? — preguntó Paulina Barnett, sorprendida de aquella respuesta.
– Porque estos anfibios sólo frecuentan las playas de pendiente suave, por las cuales se pueden arrastrar cuando salen del agua.
– ¿Pero el litoral del cabo...?
– El litoral del cabo —respondió Jasper Hobson— está acantilado como el muro de una fortaleza, careciendo en absoluto de playa.
Diríase que había sido cortado a pico. He aquí, señora, otra singularidad inexplicable de este territorio; y cuando nuestros pescadores quieran pescar en sus orillas, tendrán que usar sedales de trescientas brazas de longitud, cuando menos. ¿Cuál es la causa de esta disposición? No lo sé; pero me inclino a creer que, hace muchísimos siglos, una rotura violenta, debida a algún accidente volcánico, habrá separado del litoral una porción del continente, que se tragó el océano Glacial.