Aventuras de un niño irlandés · Parte 1
XIII
DOBLE BAUTISMO
¡QUÉ alegría en casa de los MacCarthy! ¡Pat de vuelta; el joven marino en la granja de Kerwan; la familia completa; los tres hermanos reunidos a la misma mesa; la abuela con su nieto, Martin y Martina con todos sus hijos! Además, el año se anunciaba bien. La recolección de forraje era abundante; la cosecha no lo sería menos. Y las patatas, las santas patatas, hinchaban el surco con sus tubérculos amarillentos o rojizos. Esto era el pan. No hay más que asarlas en la ceniza caliente y esto bastará en los hogares modestos. Martina preguntó a Pat primeramente.
– ¿Y vienes por todo un año, hijo mío?
– No, madre; por seis semanas solamente. No pienso abandonar mi oficio, que es muy bueno. Dentro de seis semanas es preciso que vuelva a Liverpool, donde de nuevo me embarcaré en el Guardián.
– ¡Seis semanas! —murmuró la abuela.
– Sí; pero en calidad de contramaestre esta vez; y ser contramaestre a bordo de un gran navío, ya es ser algo.
– Bien, Pat, bien —dijo Murdock, estrechando afectuosamente la mano del marino.
– Hasta el día de mi marcha —dijo éste—, si tenéis necesidad de dos brazos fuertes en la granja, los míos están a vuestro servicio.
– Lo aceptamos —respondió Martin.
Pat conocía entonces a su cuñada, porque el matrimonio de su hermano había sido posterior a su embarque. Estaba encantado de encontrar en ella una tan excelente mujer, digna de Murdock, y creyó deber suyo darle las gracias por el sobrino que iba a darle, a menos que fuese una sobrina, antes de que él volviese a bordo. El ser tío le producía una gran alegría y abrazaba a Kitty como a una hermana que encontraba al volver de su viaje. No se dudará de que Hormiguita no era insensible a aquellos esparcimientos, y con todo su corazón se asociaba a ellos permaneciendo en un rincón de la sala. Llegó su turno. Además ¿acaso no era de la familia? Contaron a Pat su historia: el valiente joven pareció muy conmovido. Desde ese instante los dos fueron grandes amigos.
– Y yo —decía el marino— ¡yo que le había tomado por un ladrón al verle con mi saco! Verdaderamente se ha librado de algunos pescozones.
– No, sus pescozones no me hubieran hecho daño, porque nada le había robado. Y hablando así miraba a este vigoroso joven, bien plantado, con su aire resuelto, sus francas maneras y su cara tostada por el sol y la brisa. Un marino; esto le parecía un personaje de importancia, un ser distinto de los demás, un caballero que iba sobre el agua. Como se comprende, Pat fue el preferido de la abuela, que le tenía cogido por la mano como para impedir que les abandonase demasiado pronto. Durante la primera hora no hay que decir que Pat había contado su historia, y explicado la razón por la que había estado tanto tiempo sin dar noticias suyas; tanto tiempo que llegaron a creerle perdido. Poco había faltado para que no volviese más al país. El Guardián había naufragado en uno de los islotes del mar de las Indias, en los parajes del Sur. Allí, durante trece meses, sólo tuvieron por refugio una isla desierta, situada lejos de toda ruta marítima, sin ninguna comunicación con el resto del mundo. En fin a fuerza de trabajo se pudo poner a flote el Guardián. Todo se salvó: navío y cargamento. Y Pat se había distinguido tanto por su celo y su ánimo, que, propuesto por el capitán, la casa Marcuard de Liverpool acababa de reengancharle en calidad de contramaestre para una próxima navegación por el Pacífico. Las cosas estaban, pues, en buen camino. Desde el siguiente día, el personal de Kerwan volvió al trabajo, y se demostró que el trabajador enfermo iba a ser bien reemplazado. Llegó septiembre. La cosecha estaba a punto. Si, como de costumbre, el rendimiento del trigo fue bastante mediano, al menos el centeno, la cebada y la avena produjeron una abundante recolección. El cobrador podía presentarse antes de diciembre, si tenía prisa. Se le pagaría en buen dinero y quedarían reservas para el invierno. Verdad es que Martin no ahorraba: vivía de su trabajo, que aseguraba el presente, pero no el porvenir. ¡Ah, el porvenir de los labradores de Irlanda siempre a merced de los caprichos del clima! Ésta era la preocupación constante de Murdock. Así, su odio no cesaba de acrecentarse contra tal estado social, que acabaría con la abolición del landlordismo, y la entrega del suelo a los labradores.
– Es preciso tener confianza —le repetía Kitty. Y Murdock la miraba sin responder.
En aquel mes, el día 9, sucedió el acontecimiento tan impacientemente esperado y que puso en fiesta la granja de Kerwan. Kitty dio a luz una niña. ¡Qué alegría para todos! Recibiose la recién nacida como a un ángel que hubiera entrado por la ventana batiendo las alas. La abuela y Martina se la arrebataban una a otra. Murdock corrió a besarla. Sus dos hermanos quedaron inmóviles ante el bebé con adoración. ¿No era el primer fruto que daba aquella rama del árbol de la familia, la rama Kitty/Murdock? La joven madre fue felicitada, rodeada de cuidados. Tiernas lágrimas corrieron. Hubiérase dicho que la casa estaba vacía antes del nacimiento de aquel pequeño ser. En cuanto a Hormiguita, jamás tuvo emoción igual a la que sintió cuando se le permitió dar un beso al recién nacido. No hay duda de que aquel suceso debía dar ocasión a una fiesta tan pronto como el estado de Kitty lo permitiera. Y esto no tardaría. Por lo demás, el programa era muy sencillo. Después de la ceremonia del bautismo en la iglesia de Silton, el cura y algunos amigos de Martin, una media docena de labradores del contorno que no dudarían en andar dos o tres millas, se reunirían en la granja. Un abundante y suculento almuerzo les esperaba. Aquella gente estaría muy gustosa de asociarse a las alegrías de aquella honrada familia en un cordial banquete. La dicha mayor era que Pat sería de la fiesta, puesto que su partida a Liverpool no debía efectuarse hasta últimos de septiembre. Decididamente, la diosa Lucina, patrona de los nacimientos, había arreglado bien las cosas, y se hubiera quemado un hermoso ciervo en holocausto a la misma a no ser de origen pagano. Había que decidir una cuestión primero: ¿qué nombre se le pondría a la niña? La abuela propuso el de Jenny y no hubo ninguna dificultad, como tampoco para decidir quién había de ser la madrina. Se eligió a la abuela. Se tenía la seguridad de que sería proporcionarle un gran placer, y todos estuvieron conformes con la elección. Es verdad que cuatro generaciones separaban a la bisabuela de la biznieta, y es preferible sin duda que la niña pueda contar con su madrina, al menos durante su infancia. Pero en este caso había una cuestión de sentimiento que debía tenerse en cuenta antes que nada: era como dar a aquella anciana una nueva maternidad, y por sus ojos corrieron lágrimas de ternura cuando se le hizo la proposición con cierta solemnidad. ¿Y el padrino? ¡Ah! Aquello no se decidió tan pronto. ¿Un extraño? No había que pensar en ello, puesto que había en la casa dos hermanos; es decir dos tíos, Pat y Sim, que reclamaban tal honor. Sin embargo, designar al uno sería desairar al otro. Sin duda Pat, mayor que Sim, podía valerse de esto, pero era un marino destinado a pasar en el mar la mayor parte de su existencia. ¿Cómo había de serle posible velar por su ahijada? Comprendiolo él así y se quedó solo Sim. Pero la abuela tuvo una idea que en el primer momento no dejó de causar sorpresa. Ella tenía el derecho de indicar un compadrino de su gusto… Y… designó a Hormiguita. ¿Cómo? ¿Aquel niño encontrado, cuya familia nunca se había conocido?… ¿Era esto admisible? Sin duda se sabía que era inteligente, laborioso, devoto a aquella familia; querido, estimado por todos en la granja… Pero… ¡Hormiguita!… Y además no contaba aún más que siete años y medio, corta edad para un padrino.
– ¿Qué importa? —dijo la abuela—. Tiene de menos lo que yo demás. Así se compensarán los años. En efecto, si el padrino no tenía ocho años, la madrina contaba setenta y seis, o sea ochenta y cuatro años entre los dos. Y la abuela afirmó que esto hacía cuarenta y dos años por cada uno.
– La fuerza de la edad —añadió.
Como se supone, aunque todos tenían deseos de complacerla, su proposición debía pensarse. Consultada la joven madre, no vio ningún inconveniente, pues profesaba a Hormiguita un cariño casi maternal. Pero Martin y Martina se mostraron bastante indecisos, pues nada sabían del estado civil del niño encontrado en el cementerio de Limerick y que no había conocido a sus padres nunca. Murdock intervino y resolvió la cuestión. La inteligencia de Hormiguita, muy superior a su edad, su espíritu serio, su aplicación en todo aquello que se leía en su frente; es decir, que él se haría lugar algún día, decidieron al hijo mayor de Martin.
– ¿Tú quieres? —le preguntó.
– Sí, señor Murdock —dijo.
Y respondió con tan firme tono, que causó asombro. Sin duda, tenía el sentido de la responsabilidad que contraía para el porvenir con su ahijada. El 26 de septiembre, al alba, todos estaban prontos para la ceremonia. Vistiendo el traje de los días de fiesta, las mujeres en el carro y los hombres a pie, dirigiéndose alegremente a la parroquia de Silton. Pero cuando entraron en la iglesia, el cura hizo surgir una complicación, una dificultad en la que nadie había pensado. Cuando preguntó quién era el padrino, Murdock respondió:
– Hormiguita.
– ¿Y qué edad tiene?
– Siete años y medio.
– ¿Siete años y medio? Algo joven es… Por tanto no tendrá ningún impedimento… Decidme: ¿supongo que tendrá otro nombre además de Hormiguita?
– Señor cura, no le conocemos otro —respondió la abuela.
– ¿No?… —dijo el cura.
Y dirigiéndose al niño le preguntó:
– ¿Tú debes tener un nombre de bautismo?
– No lo tengo… señor cura.
– ¡Ah! Hijo mío, ¿acaso no estás bautizado? Hormiguita estaba en la imposibilidad de decirlo. La memoria no le recordaba nada de aquella ceremonia del bautismo. Asombro causará que la familia de MacCarthy, tan religiosa, tan devota, no se hubiera preocupado aún de esto. Lo cierto es que nadie había pensado en el asunto. Hormiguita, imaginando que había un obstáculo insuperable para ser el padrino de Jenny, quedó inmóvil y confuso. Pero entonces Murdock gritó:
– ¿Eh? Señor cura, si no está bautizado, que se le bautice.
– ¡Pero si lo está…! —observó la abuela.
– Pues bien; será dos veces cristiano —dijo Sim—. Bautizadle antes que a la niña.
– ¿Por qué no? —respondió el cura.
– ¿Entonces, podrá ser padrino?
– Perfectamente.
– ¿Y nada se opone a que se hagan los dos bautismos uno tras otro? —preguntó Kitty.
– No veo ninguna dificultad en ello —respondió el cura—, si Hormiguita encuentra un padrino y una madrina para él.
– Yo lo seré —dijo Martin.
– Y yo —repitió Martina.
¡Ah! ¡Qué dichoso fue Hormiguita al pensar que se iba a ligar más estrechamente con su familia adoptiva!
– ¡Gracias! ¡Gracias! —repetía besando las manos de la abuela, Kitty y de Martina. Como hacía falta un nombre de bautismo se tomó el de Edit que era el del día. Edit, ¡sea!, pero lo más verosímil era que continuase llamándose Hormiguita. ¡Le era tan propio este nombre! ¡Se tenía tal costumbre de llamarle así! El joven padrino fue, pues, bautizado primero. Terminada esta ceremonia la abuela y él tuvieron en la pila bautismal a la niña, que fue cristianamente bautizada con el nombre de Jenny, según el deseo de la madrina. En seguida la campana lanzó sus más alegres notas, disparáronse cohetes al salir de la iglesia, y sobre los pobres del lugar cayó una lluvia de coppers. ¡Cuántos de aquéllos había en el pórtico! ¡Parecía que todos los pobres del condado se habían dado cita en la plaza de Silton! Querido Hormiguita, ¿hubieras jamás podido prever que llegaría un día en el que figurarías en primera fila en una circunstancia tan solemne? El regreso a la granja se efectuó alegremente, con el cura a la cabeza de los invitados, unos quince vecinos y vecinas que se sentaron a la mesa dispuesta en la sala bajo la dirección de una excelente cocinera que Martin había mandado venir de Tralée. Los manjares eran de las reservas de la granja. Nada vino de fuera; ni el guiso de carnero, ni los pollos en salsa a las finas hierbas, ni los jamones cuya sabrosa grasa se desbordaba de los platos, ni los conejos en pepitoria, ni aun los salmones y sollos, puesto que habían sido pescados en las aguas de Cashen. Inútil es añadir que en el libro de Hormiguita se apuntaban todas estas cosas, en la columna de salida, y que la cuenta estaba en regla. Podía, pues, comer y beber tranquilo. Además, tenía allí el ejemplo de robustos mozos, que poseían esos estómagos vigorosos a los que la procedencia de los manjares no inquieta nada, con tal de que sean abundantes. Nada quedó de aquel almuerzo ni de los postres, aunque el plum-pudding de arroz fue enorme, y hubo una torta de grosella por persona. Había ginebra, stout, soda, usquebaugh que es una especie de whisky, brandy, grog preparado conforme a la famosa fórmula: hot, strong and plenty «caliente, fuerte y en abundancia». En fin, lo bastante para hacer rodar bajo la mesa a los mejores bebedores de la provincia. Así es que al final del almuerzo, que duró tres horas, los ojos estaban encendidos como brasas, y las mejillas rojas como carbones ardientes. La familia MacCarthy era sobria; no frecuentaba las tabernas de eter, reservadas a los católicos por desdén hacia las tabernas de alcoholes reservadas a los protestantes. Pero ¿no había de haber indulgencias un día de bautizo, y no estaba el cura para absolver a los pecadores? Sin embargo, Martin no dejaba de vigilar a sus convidados, y encontró un auxiliar inesperado en su hijo segundo, Pat, que era moderado, al revés de su hermano Sim. Y como un grueso labrador de los alrededores se asombrase de que un marinero fuese tan parco, respondió el joven:
– ¡Es que conozco la historia de John Playne!
– ¡La historia de John Playne!
– La historia o la balada, como queráis.
– Pues bien, cantádnosla, Pat —dijo el cura, a quien le agradó esta diversión.
– Es que es triste y larga.
– No importa. Tenemos tiempo para escucharla hasta el fin. Entonces Pat la cantó con una voz tan vibrante, que Hormiguita creía oír al océano cantar por su boca.
CANCIÓN DE JOHN PLAYNE1
IJohn Playne on peut m’en croire, Estgris complétement.
Il n’a cessé de boire Jusqu’au dernier moment.
Eh! deux heures de stage Au fond d’un cabaret, En faut-il davantage Pour dépenser son prét?
Bah! dans une marée, Il le rattrapera, Et, brute invétérée, Il recommencera!… D’ailleurs, test l’habitude Des pécheurs de Kromer.
Ils font un métier rude… Allons, John Playne, en mer!
John Playne, puede creérseme, está completamente borracho.
No ha cesado de beber hasta el último momento.
Dos horas de estancia en el fondo de una taberna.
¿Es preciso más para gastar el dinero que le han prestado?
¡Bah! En una marea lo volverá a ganar, y, bruto inveterado, comenzará de nuevo.
Además, ésta es la costumbre de los pescadores de Kromer.
Tienen un oficio rudo.
¡Vamos, John Playne, a la mar!
– Bien, helé ya fuera de la taberna —exclamó Sim.
– Lo que es duro para un bebedor —añadió el grueso labrador.
– ¡Bastante ha bebido! —hizo observar Martin.
– ¡Demasiado! —dijo el cura.
Pat continuó: II Le bateau de John Playne, Trés pointu de l’avant, Porte foc et misaine: Il a nom le Cavan.
Mais que John se dépéche De retourner á bord.
Les chaloupes de péche Sont déjá loin du port.
C’est que la mer est prompte Á descendre à présent.
Á peine si Pon compte Deux heures de jusant.
Donc, si John ne se hâte De partir au plus tót, Et si le temps se gâte C’est fait de son bateau.
El barco de John Playne, muy picudo por la proa, lleva foque y mesana, y se llama el Cavan.
Mas que John se apresure a volver a bordo.
Las chalupas de pesca están ya lejos del puerto.
La mar está próxima a bajar, apenas si se cuenta con dos horas de marea.
¡Ah! ¡Si John no se apresura a partir pronto y si el tiempo se estropea!…
– Ciertamente le va a suceder alguna desgracia por su falta —dijo la abuela.
– Tanto peor para él —replicó el cura. Pat continuó: III Ciel mauvais et nuit sombre!
Déjá le vent s’abat Comme un vautour dans l’ombre… John, de ses yeux de chat, Regarde et puis s’approche… Qu’est-ce donc qu’il entend?
Un choc contre la roche… Et gare, s’il attend!
C’est son bateau qui roule Au risque de remplir, Et qu’un gros coup de houle Pourrait bien démolir.
Aussi John Playne grogne Et jure entre ses dents.
Q’est toute une besogne Que d’embarquer dedans.
Cependant il s’équipe, Non sans quelque hoquet; Il allume sa pipe Au feu de son briquet.
Puis ensuite il se grée, Car le temps sera froid, Sa capote cirée, Ses bottes, son suroît.
Cela fait, il redresse Le mát, no sans e ffort.
Mais John a de l’adresse, Et John Playne est trés fort.
Puis, il pése la drisse Pour installer son foc, Et d’un bon coup il hisse La lourde voile á bloc.
Enfin, larguant l’amarre Qu’il raméne a l’avant, Son poignet sur la barre, Il s’abandonne au vent.
Mais, devant le Calvaire, Quand il passe, je crois Que l’ivrogne a dü faire Le signe de la Croix.
Mal cielo y noche sombría.
Ya el viento se abate como un buitre en la sombra.
John, con sus ojos de gato mira y se aproxima después.
¿Qué es lo que oye?
Un choque contra la roca, amarra.
Es su barco que rueda a riesgo de anegarse y que un golpe de ola podría destrozar.
John Playne gruñe y jura entre dientes.
Es un gran trabajo embarcarse.
Sin embargo, él se prepara convenientemente, no sin algún tropiezo.
Enciende su pipa al fuego de su eslabón, y en seguida se pone, pues el tiempo será frío, su capote de hule, sus botas, y hecho esto, endereza el mástil no sin esfuerzo.
Pero John Playne tiene destreza y es muy fuerte.
Después examina la driza para instalar su foque, y de un buen golpe iza la pesada vela.
En fin, largando la amarra que lleva a proa, con su puño sobre el timón, se abandona al viento.
Pero cuando pasa delante del Calvario, me parece que el borracho ha debido de hacer la señal de la cruz.
– Un irlandés siempre debe santiguarse —hizo observar gravemente Murdock.
– Hasta cuando ha bebido —respondió Martina—. ¡Dios le proteja! —añadió el cura. Pat continuó su canción. IV La baie a deux bous milles Jusque au pied des bancs, Des passes difficiles, De sinueux rubans.
C’est comme un labyrinthe Ou, même en plein midi, On ne va pas sans crainte, Eút-on le cceur hardi.
John est a son affaire.
Bras vigoureux, oeil sûr, Il sait ce qu’il faut faire Et se dirige sur Le cap que l’on voit poindre Au has da vieux fanal.
La le courant est moindre Qu’á travers le chenal John largue sa voilure Qu’il desserre d’un cran, Et puis, sous cette allure, Laisse porter en grand.
Bon! Le feu de marée Vient de s’ef facer… C’est Que John est á l’entrée Des passes du Nord-Est.
Endroit reconnaissable, Car il est au tournant De la pointe de sable, A gauche. Et, maintenant, Assurant son écoute Sur le taquet de fer, John est en bonne route… John Playne en pleine mer.
La bahía tiene dos millas largas, hasta el pie de los bancos; pasos difíciles, sinuosos caminos.
Parece un laberinto por donde hasta en pleno día no se pasa sin temor, aun teniendo el ánimo atrevido.
John está a su trabajo; el brazo vigoroso, la vista segura y sabiendo lo que tiene que hacer se dirige hacia el cabo que se dibuja bajo el viejo faro. Allí la corriente es menor que a través del canal.
Larga su velamen, que baja un punto, y se deja llevar.
¡Bien! El fuego de marea se acaba de apagar.
John está a la entrada de los pasos del sureste.
Sitio que es fácil de reconocer: pues está a la izquierda de la extremidad de la playa.
Y ahora asegurando la escota sobre el piquete de hierro, John está en buen camino.
En plena mar.
– ¡Plena mar! —pensó Hormiguita—. ¡Qué hermoso debe de ser eso!… V En avant, c’est le vide, Vide farouche et noir!
Et sans I’éclair livide, On n’y pourrait rien voir.
Le vent lá haut fait rage, Il no tardera pas, Sous le poids de Porage, Á retomber plus bas.
En ef fet, la rafale Se déchaine dans l’air, Se rabaisse et s’affale Presque au ras de la mer.
Delante sólo está el vacío feroz y negro.
Y sin el resplandor lívido nada se podría ver.
El viento ruge en lo alto y no tardará, bajo el peso de la tormenta, en caer.
En efecto, el huracán se desencadena en el espacio, y baja casi a ras del mar.
Pat suspendió su canción. Esta vez no se hizo observación alguna. Todos prestaban oído, como si la tormenta del cuento se desatase en la granja de Kerwan. VI Mais John a son idée, C’est de gagner au vent, Rien que d’une bordée Comme il Pa fait souvent.
Il a toute sa toile, Bien qu’il sou ffle grand frais Il a bordé sa voile Et s’éléve au plus prés.
Et, bien que la tempéte Soit redoutable alors, Au travail il s’entéte… Son chalut est dehors.
Maintenant que sa chaine Est raidie, et qu’il a Son filet á la traÎne, Tout marin sait cela.
Un bateau qui travaille Va seul, sans embarder, Et méme sans qu’il faille De la barre l’aider… Aussi, la téte lourde, L’ceil á demi louchant, John saisit-il sa gourde, Et puis, la débouchant, Il la porte á sa bouche, Il la presse, il la tord, Et, sur le banc, se couche Á l’arriére et s’endort.
Il dort, la panse pleine De gin et de brandvin… Ce n’est plus le John Playne… Hélas! —c’est le John plein!
Pero John tiene su idea.
Consiste en ganar al viento, de una sola bordada, como hace a menudo.
Tiene toda su vela extendida, y aunque la tempestad sea entonces terrible, se dedica a la faena. Su red está fuera.
Ahora que sus mallas están tirantes, todo marino lo sabe, un barco que trabaja va solo sin necesidad de que el timón le ayude.
Así pues, con la cabeza pesada y la mirada bizca, John coge su calabaza y destapándola se la lleva a los labios, la oprime con fuerza, y echándose sobre el banco se queda dormido.
Duerme con la panza llena de ginebra y de aguardiente… Ya no es John Playne… ¡es John lleno!
– ¡Imprudente! —exclamó Martin.
– Se dice que hay un Dios para los borrachos —dijo Sim con naturalidad.
– ¡Qué ocupado debe de estar! —dijo Martina.
– Veremos —dijo el cura.
Continúa Pat.
VII Á peine quelques nues Dans le ciel du matin, Fuyantes et ténues!… Le soleil a bon teint.
Et comme l’on oublie Le danger qui n’est plus, Chacun gaiment rallie La baie avec le flux.
Chaque bateau se hâte.
Les voilá bord a bord.
C’est comme une régate Á l’arrivée au port.
En el cielo de la mañana apenas se ven algunas nubes tenues y fugitivas.
El sol brilla, y como el peligro pasado se olvida, todos se reúnen alegremente y se apresuran.
Vedlos.
Es como una regata a la llegada al puerto.
– ¿Y John Playne? —preguntó Hormiguita, muy inquieto por el borracho que va dormido arrastrando su red.
– Paciencia —respondió Martin.
– ¡Tiemblo por él! —añadió la abuela.
VIII Tiens! Qu’est-ce qui se passe?
Le bateau de l’avant Soudain fait volte-face Pour revenir au vent.
Les autres en arrière Manceuvrent a leur tour De la même manière Sans songer au retour.
Est-ce que dans l’orage Quelque bateau surpris La nuit a fait nau frage?… Oui!… voilá des débris?… On se presse, on arrive… Un bateau sur la mer Est lá, seul, en dérive, Chaviré, quille en I’air!
¡Calla! ¿Qué sucede?
El primer barco se vuelve de repente.
Los de atrás maniobran a su vez de la misma manera sin pensar en regresar.
¿Es que la tormenta ha sorprendido a algún barco y lo ha hecho naufragar en la noche?… ¡Sí!… He allí sus restos… Se acercan… Un barco en la mar, solo… naufragado; con la quilla al viento.
– ¡Naufragado! —exclamó Hormiguita.
– ¡Naufragado! —repitió la abuela.
IX Vite! que l’on travaille!
Il faut hisser d’abord Le chalut maille á maille Et le rentrer á bord.
On le hisse, on le troche Á l’aide de palans, Il remonte, il approche… Un cadavre est dedans!
Et cette épave humain Arrachée á la mer, C’est bien lui, c’est John Playne Le pécheur de Kromer.
¡A trabajar de prisa!
Primero es preciso izar la red malla a malla y ponerla a bordo.
Se la iza, se la engancha, con ayuda del aparejo.
Sube… se aproxima… ¡Dentro hay un cadáver!
Y aquel náufrago, arrancado al mar, es John Playne, el pescador de Kromer.
XSon bateau, sans nul doute, Á lui-méme livré, Pris de travers en route, Sous voile a chaviré.
Ce qui fera comprendre Comment, le fou qu’il est, L’ivrogne s’est fait prendre Dans son propre filet!
Ah! quelle horrible vue, Lorsqu’il est mis á bord!
Oui! malgré tant d’eau bue, Il semble étre ivre encor!
Abandonado a sí mismo, su barco fue cogido de través y zozobró.
Esto hará comprender lo loco de su empresa.
El borracho fue cogido en su propia red.
¡Qué espectáculo más horrible cuando se le sube a bordo!… Sí, a pesar de haber tragado tanta agua, parece estar borracho todavía.
– ¡Desgraciado! —dijo Martina.
– Nosotros rogaremos por él —dijo la abuela. XI Achevons la besogne!
Pécheurs, il faut rentrer Ce misérable ivrogne, A fin de l’enterrer.
Si vous voulez m’en croire, Tachez de le mettre oú Il ne puisse plus boire, Et creusez bien le trou.
Ainsi finit John Playne, John Playne de Kromer.
Mais la marée est pleine… Allons, pécheurs, en mer!…
¡Acabemos el trabajo!
Pescadores, es preciso enterrar a este miserable borracho: y si queréis creerme, procurad meterle donde no pueda beber más, y tapad bien el agujero.
Así acabó John Playne de Kromer… Pero la marea está alta… ¡Vamos, pescadores, a la mar!… La voz de Pat sonaba como un clarín al decir los últimos versos de la triste canción. La impresión que produjo en los invitados fue tal, que se contentaron con beber un solo trago a la salud de cada uno de sus huéspedes, que fue un suplemento de diez buenos vasos. Y se separaron, prometiéndose no imitar jamás a John Playne, ni aun en tierra.
Notas
- Se incluye a continuación de la canción original en francés la traducción al español (N. del A.) ↩