Familia sin nombre · Parte 1

II

DOCE AÑOS ANTES

¡Simón Morgaz! ¡Nombre aborrecido hasta en las humildes aldeas de las provincias canadienses! ¡Nombre entregado a la execración pública! Un Simón Morgaz es el traidor que entrega a sus hermanos y vende a su patria.

Y esto se comprende, sobre todo en aquella Nueva Francia, que no ignora ya ahora cuan implacable es el odio que merece el crimen de lesa patria.

En 1825, doce años antes de la insurrección de 1837, algunos franco-canadienses habían sentado las bases de una conspiración cuyo objeto era libertar el Canadá de la dominación inglesa, que les era tan pesada.

Hombres audaces, activos, enérgicos, en buena posición, y siendo hijos, la mayor parte de ellos, de los primeros emigrantes que habían fundado Nueva Francia, no podían habituarse al pensamiento de que fuera definitivo el abandono de su colonia en provecho de Inglaterra. Admitiendo que el país no pudiera volver a manos de los nietos de los Cartier o de los Champlain, que lo habían descubierto en el siglo XVI, ¿no tenía el derecho de ser independiente? Sí; y para conquistar tal independencia era por lo que aquellos patriotas iban a jugarse la cabeza.

Entre ellos se hallaba el señor de Vaudreuil, descendiente de los antiguos Gobernadores del Canadá en el reinado de Luis XIV, una de aquellas familias cuyos apellidos franceses han dado, en su mayor parte, nombres geográficos a muchos puntos, como puede verse en los mapas del Canadá.

En aquella época, el señor de Vaudreuil tenía treinta y cinco años, habiendo nacido en 1790, en el condado de Vaudreuil, situado entre el San Lorenzo al Sur y el río Outaouais al Norte, en los confines de la provincia del Ontario.

Sus amigos eran, como él, de origen francés, si bien varias alianzas con las familias angloamericanas habían alterado sus nombres patronímicos. Entre ellos se contaban el profesor Roberto Farran, de Montreal, Francisco Clerc, rico propietario de Chataugay y algunos otros que, bien sea por su fortuna o su nacimiento, tenían gran influencia en las poblaciones de las aldeas y de los pueblos.

El verdadero jefe de la conspiración era Walter Hodge, de nacionalidad americano, y que, a pesar de sus sesenta años, conservaba todavía el ardor de su sangre. Durante la guerra de la Independencia había formado parte de aquellos atrevidos voluntarios, de aquellos skinners, a los que Washington tuvo que tolerar violencias por demás salvajes, pues sus compañías francas no dejaban un momento de reposo al ejército real.

Ya es sabido que desde fines del siglo XVIII los Estados Unidos excitaban al Canadá para que formara parte de la federación americana, y esto explica el por qué un americano como Walter Hodge había entrado en la conspiración, y hasta que fuera jefe de ella. ¿No era acaso uno de los que habían adoptado como lema estas palabras, que resumen toda la doctrina de Monroe: La América para los americanos?

Walter Hodge y sus compañeros no habían cesado de protestar en contra de las exacciones de la Administración inglesa, que se hacían cada vez más insufribles.

En 1822 sus nombres figuraban en la protesta contra la unión del Alto y del Bajo Canadá al lado de los dos hermanos Sanguinet que dieciocho años más tarde debían pagar con la vida su apego a la causa nacional.

Combatieron también con la pluma y con la palabra cuando se trató de reclamar en contra del inicuo reparto de los terrenos, concedidos únicamente a los burócratas para reforzar el elemento inglés, y personalmente lucharon contra los gobernadores Sherbrooke, Richmond, Monk y Maitland; tomaron parte en la Administración de la colonia, y apoyaron todos los actos de los diputados de la oposición.

En 1825 la conspiración, teniendo un objeto determinado, se organizó, dejando aparte a los liberales de la Cámara canadiense. y si bien Papineau y sus colegas Cuvillier, Bedard, Quesnel y otros no tuvieron conocimiento de ella, Walter Hodge podía contar con ellos para asegurar sus consecuencias, en el caso de que saliera bien.

En primer lugar, se trataba de apoderarse de lord Dalhousie, que en 1820 había sido nombrado Gobernador general de las colonias inglesas de la América del Norte.

Éste a su llegada, parecía haberse decidido por una política de concesiones, y merced a su gestión, el Obispo católico de Quebec fue oficialmente reconocido como tal, y Montreal, Rose y Regiópolis tuvieron también cada cual el suyo.

Pero, de hecho, el Gabinete británico rehusaba al Canadá el derecho de gobernarse por sí mismo.

Los miembros del Consejo legislativo, nombrados vitalicios por la Corona, eran todos ingleses de nacimiento y aniquilaban por completo la Cámara elegida por el pueblo. En una población que contaba seiscientos mil habitantes, de los que quinientos veinticinco mil eran franco-canadienses, los empleos pertenecían en las tres cuartas partes a funcionarios de origen sajón, y, en fin, se trataba de nuevo de prohibir el uso legal del idioma francés en toda la colonia.

Para impedir que rigieran estas disposiciones, era necesario un acto de violencia: apoderarse de lord Dalhousie y de los principales miembros del Consejo legislativo, y después de realizar tal golpe de Estado, provocar un movimiento popular en los condados del San Lorenzo, nombrar un Gobierno provisional ínterin se constituyera por elección y poner a las milicias canadienses frente a frente con el ejército inglés. Tal era el objetivo de Walter Hodge, de Roberto Farran, de Francisco Clerc y de Vaudreuil.

La conspiración hubiera tal vez tenido éxito, si la traición de uno de sus cómplices no la hubiese hecho abortar.

A Walter Hodge y a sus partidarios franco-canadienses se había unido un tal Simón Morgaz, cuya situación y origen conviene dar a conocer.

En 1825 éste tenía cuarenta y seis años; era ahogado en un país en el que se cuentan más abogados que clientes, así como más médicos que enfermos; vivía, como es consiguiente, con bastante escasez en Chambly, pequeña villa situada en la orilla izquierda del Richelieu, a más de diez leguas de Montreal y al lado opuesto al San Lorenzo.

Simón Morgaz era un hombre resuelto, cuya energía había llamado la atención cuando los reformistas protestaron contra el modo de obrar del Gabinete británico.

Sus maneras francas y su inteligente fisonomía le hacían simpático a todos, y nadie hubiese podido sospechar jamás qué bajo aquel aspecto seductor aparecería un día el más infame de los traidores.

Simón Morgaz era casado.

Su mujer, más joven que él, tenía entonces treinta y ocho años; se llamaba Bridget Morgaz, y era de origen americano, hija del mayor Allen, cuyo valor había podido apreciarse durante la guerra de la Independencia, pues formaba parte de los ayudantes de Washington. Verdadero tipo de la más absoluta lealtad, hubiera sacrificado su vida a su palabra con la serenidad e imperturbabilidad de un Régulo.

En Albany, Estado de Nueva York, fue donde Simón Morgaz y Bridget se conocieron.

El joven abogado era franco-canadiense de nacimiento, circunstancia que debía tener en cuenta el mayor Allen, que con seguridad no hubiera concedido la mano de su hija al descendiente de una familia inglesa.

Aun cuando Simón Morgaz no poseía bienes de fortuna, con la parte que tenía Bridget de la herencia de su madre podían vivir, si no en la abundancia, por lo menos con decencia y sin temor a las privaciones.

El casamiento se efectuó en Albany en el año 1806.

La situación de los recién casados hubiera podido ser feliz, y, sin embargo, no sucedió así; no porque Simón Morgaz tratara mal a su esposa, pues experimentó siempre para ella una sincera afección, sino porque le devoraba la pasión del juego. El patrimonio de Bridget fue disipado en pocos años y si bien Morgaz era considerado como buen abogado, su trabajo no bastó a reparar las mermas hechas en su fortuna; su mujer sufrió dignamente las privaciones ocasionadas por la conducta de su marido, a quien no dirigió ningún reproche. Dióle consejos; más ineficaces éstos, arrostró con resignación y con valor el porvenir que se presentaba con muy sombríos colores.

No era para ella sola para quien tenía que temer, pues durante los primeros años de su matrimonio tuvo dos hijos, a los que dieron el mismo nombre de pila, ligeramente modificado, recordando de este modo su origen francés y americano.

El mayor, Joann, habla nacido en 1807; el menor, Juan, en 1808.

Bridget se consagró por entero a la educación de sus hijos; tarea tan dulce para una madre, y que la distraía de sus penas.

Joann era de carácter dulce, y su hermano de temperamento muy vivo; mas ambos ocultaban bajo la dulzura y la viveza una gran energía. Poseían el espíritu serio de su madre, el gusto al trabajo y la rectitud en mirar las cosas, que faltaba a Simón Morgaz. Tenían para con su padre una actitud siempre respetuosa, pero nada de ese abandono natural ni de esa confianza sin reserva, que es la esencia misma de la atracción de la sangre. En cambio experimentaban hacia su madre una adhesión sin límites y un afecto que no desbordaba de sus juveniles corazones sino para llenar el de Bridget.

Madre o hijos estaban unidos por el doble lazo del amor filial y del amor materno, que nada podría romper jamás.

Después del período de la niñez, Joann y Juan ingresaron en el colegio de Chambly, con un año de diferencia en los estudios; figuraban, con justicia, entre los mejores alumnos de las primeras divisiones. Cuando tuvieron doce o trece años entraron en el Instituto de Montreal, en donde se distinguieron siempre por su inteligencia y su aplicación. Sólo faltaban dos cursos para concluir sus estudios, cuando sucedieron los acontecimientos de 1825.

Simón Morgaz y su esposa se habían establecido en Montreal; pero su bufete de abogado decaía cada vez más. Conservaban una modesta casa en Chambly, y en esta se reunían Walter Hodge y sus amigos cuando Morgaz formó parte de la conspiración, cuyo primer acto, después del arresto del Gobernador general, debía ser la instalación de un Gobierno provisional en Quebec.

En la pequeña villa de Chambly, al abrigo de aquella modesta vivienda, los conspiradores creían estar con más seguridad que en Montreal, en donde la vigilancia de la policía se ejercía con extremado rigor. Sin embargo, obraban siempre con gran prudencia, procurando despistar cualquier tentativa de espionaje.

Las armas y municiones de que disponían habían sido depositadas en casa de Simón Morgaz sin despertar la menor sospecha; era, pues, en la casa de Chambly en donde se anudaban los hilos de la conspiración y de donde debía partir la señal del movimiento insurreccional.

El Gobernador y su camarilla, a pesar del sigilo de los conspiradores, tuvieron algún indicio de que un golpe de Estado se preparaba en contra de la Corona, e hicieron vigilar con más cuidado que nunca a aquellos de los diputados que más se señalaban por su pertinaz oposición; pero, bueno es repetirlo, Papineau y sus colegas ignoraban completamente los proyectos de Walter Hodge y de sus partidarios, que habían fijado el día 26 de Agosto para tomar las armas, sorprendiendo a la vez a amigos y a enemigos.

Pero sucedió que en las primeras horas de la noche de la víspera del día señalado para la sublevación, la casa de Simón Morgaz fue invadida por agentes de policía, dirigidos por Rip, en el momento en que los conspiradores se hallaban reunidos en ella.

No tuvieron más tiempo que el preciso para destruir su secreta correspondencia y para quemar la lista de los afiliados. Los agentes se apoderaron de todas las armas ocultas en las cuevas.

Descubierto el complot, Walter Hodge, Roberto Farran, Francisco Clerc, Simón Morgaz, Vaudreuil y unos diez patriotas más, fueron presos y conducidos con buena escolta a la cárcel de Montreal.

He aquí lo que había acontecido.

Existía en aquella época en Quebec un tal Rip, de origen anglo-canadiense, director de una casa dedicada a informes y noticias para uso de los particulares, cuyas cualidades especiales había utilizado muchas veces el Gobierno con gran provecho.

Estas oficinas privadas funcionaban bajo la razón social Rip y Compañía.

Un asunto de policía no era para él sino un negocio de dinero, y lo sentaba en sus libros lo mismo que un comerciante sus mercancías. Tenía una tarifa de precios: tanto por una indagatoria, tanto por una detención, tanto por un espionaje. Era el tal Rip hombre astuto, listo, audaz y que, con cierto manejo, había sabido descubrir muchos secretos particulares.

Con tales indicios no tenemos por qué decir que estaba completamente desprovisto de escrúpulos y que carecía en absoluto de sentido moral.

En 1825, Rip, que acababa de fundar su Agencia, tenía treinta y dos años, y ya, sirviéndose de su facilidad de alterar su fisonomía y de su habilidad para disfrazarse, había podido intervenir en varios negocios con diferentes nombres.

Hacía algunos años que conocía a Simón Morgaz, con el que había trabado relaciones con motivo de algunas causas judiciales. Ciertas circunstancias, que hubieran pasado inadvertidas para otro cualquiera que no fuese él, le hicieron pensar que el abogado de Montreal debía de estar afiliado en la conspiración.

Se hizo su sombra, lo copió hasta en los secretos de su vida privada y frecuentó su casa, por más que Bridget no disimulaba la antipatía que le inspiraba.

Una carta sustraída en el correo dio bien pronto a Rip la casi certidumbre de la complicidad del abogado.

El ministro de Policía, informado por el agente del resultado de sus indagaciones, le recomendó que obrara con mucha destreza respecto a Simón Morgaz, utilizando la noticia que se tenía de hallarse apurado de recursos metálicos. Por fin, Rip presentó bruscamente un día a aquel desgraciado estas dos alternativas: ser perseguido como culpable de alta traición, o tomar la enorme suma de cien mil piastras si consentía en entregar el nombre de sus cómplices y los detalles de la conspiración de Chambly.

El ahogado se aterró. ¡Ser traidor a sus compañeros, que tenían fe en él! ¡Venderlos por dinero! ¡Entregarlos al cadalso! Y, sin embargo, sucumbió, aceptó el precio de su infame traición, entregó los secretos del complot después de recibir la promesa de que su inicua venta no sería jamás divulgada, y convinieron en que los agentes de policía le prendieran al mismo tiempo que a Walter Hodge y demás conspiradores, que le juzgarían los mismos jueces y que el castigo que había de serles impuesto, la pena de muerte, sería lo mismo para él. Después le procurarían el medio de evadirse antes de la ejecución de la condena.

Esta odiosa maquinación no sería conocida de este modo sino por el ministro de Policía, el jefe de la casa Rip y Compañía, y el traidor.

Las cosas se hicieron así como se había convenido, y el día indicado por Simón Morgaz los conspiradores fueron sorprendidos inopinadamente en la casa de Chambly.

Walter Hodge, Roberto Farran, Francisco Clerc, Vaudreuil y algunos otros cómplices, incluso Simón Morgaz, comparecieron en el banco de los acusados en 25 de Septiembre de 1825.

A los cargos que les hizo el fiscal (el juez abogado como se le llamaba entonces), los reos no contestaron sino con justos y directos ataques en contra del Gabinete británico. A los argumentos legales opusieron otros sacados del más puro patriotismo. ¿No sabían acaso que estaban condenados de antemano y que nada podía salvarlos?

Los debates duraban ya desde algunas horas y la causa seguía su curso regular, cuando un incidente improvisto dio a conocer la conducta de Simón Morgaz.

Uno de los testigos de cargo, el Sr. Turner, de Chambly, declaró haber visto varias veces al abogado conferenciando con el jefe de la casa Rip y Compañía.

Esto lo reveló todo.

Walter Hodge y Vaudreuil, que desde algún tiempo habían concebido ciertas sospechas, motivadas por el modo de obrar de Simón Morgaz, las vieron confirmadas por la declaración del testigo Turner. Para que la conspiración, organizada con tanto sigilo, hubiera sido descubierta con tanta facilidad, era preciso que un traidor hubiese denunciado a los autores de ella.

Rip, acosado por preguntas, contestó con evasivas.

Simón Morgaz procuró defenderse de los cargos que pesaban contra él; pero lo que dijo era tan inverosímil, dio explicaciones tan singulares, que la opinión de los conjurados, así como la de los jueces, se dejó traslucir bien pronto.

Un miserable había vendido a sus hermanos, y el traidor era Simón Morgaz.

Entonces un irresistible movimiento de repulsión se produjo en el banco de los acusados, y se propagó entre el público amontonado en la sala del Tribunal.

-Señor presidente, dijo Walter Hodge; pedimos que Simón Morgaz sea expulsado de este banco, honrado con nuestra presencia, deshonrado por la suya... ¡No queremos ser manchados más tiempo con el contacto de ese hombre!

Vaudreuil, Clerc, Farran, todos, en fin, se unieron a Walter Hodge, que ya, fuera de sí, se precipitó sobre Simón Morgaz, quien lo hubiera pasado muy mal, sin la intervención de los guardias que acudieron para defenderle.

La concurrencia hizo causa común con los acusados, y exigió que se expulsara al traidor. El presidente dio orden de que se le llevasen y le encerraran de nuevo en su prisión. La gritería que le acompañó en su salida, y las amenazas de que fue objeto, demostraron que se le tenía por un infame, cuya traición iba a costar la vida a los más ardientes apóstoles de la independencia canadiense.

Y, en efecto, Walter Hodge, Francisco Clerc y Roberto Farran, considerados como los principales jefes de la conspiración de Chambly, fueron sentenciados a muerte.

El día 27 de Septiembre, después de hacer una última llamada al patriotismo de sus conciudadanos, murieron en el cadalso.

En cuanto a los demás acusados, entre los que se hallaba el señor de Vaudreuil, bien sea que estuviesen menos comprometidos, o que el Gobierno no quisiera castigar con la última pena más que a los jefes de más renombre, les perdonaron la vida, y sentenciados a prisión perpetua, no recobraron su libertad hasta 1829, por una amnistía concedida a los reos políticos.

¿Qué fue de Simón Morgaz después de la ejecución?

Una orden que le ponía en libertad le permitió salir de Montreal, y se apresuró a desaparecer.

Pero una reprobación general iba a pesar sobre su nombre, y, por consecuencia, a herir otros desgraciados seres que, sin embargo, no eran responsables de su traición. Bridget fue brutalmente despedida de la morada que ocupaba en Montreal, echada de la casa de Chambly, en donde se había refugiado durante la instrucción de la causa. Tuvo que recoger a sus hijos, que acababan de ser expulsados del colegio, como lo había sido su padre del banco de los acusados.

¿En dónde Simón Morgaz fue a ocultar su infamia cuando su esposa y sus hijos se reunieron a él algunos días después?

En primer lugar, a una pequeña ciudad lejana, y después, fuera del distrito de Montreal.

Sin embargo, la infeliz Bridget no podía creer en la culpabilidad de su marido, ni los hijos en el crimen de su padre. Se habían retirado los cuatro a Verchères, pueblo del condado del mismo nombre, situado en la orilla derecha del San Lorenzo. Esperaban que allí ninguna sospecha los denunciaría a la animadversión pública. Estos desgraciados vivieron entonces con los últimos recursos que les quedaban, pues aun cuando Simón Morgaz había recibido el precio de su traición por conducto de la casa Rip, se guardaba muy bien de sacar ese dinero delante de su mujer o de sus hijos. En su presencia protestaba siempre de su inocencia, maldecía la injusticia de los hombres que pesaba sobre su familia y sobre él, diciendo:

-Si yo hubiese sido traidor, ¿no tendría acaso sumas considerables a mi disposición? ¿Estaría reducido a esta excesiva escasez, esperando la miseria que nos amenaza?

Y Bridget, siempre creyendo en la inocencia de su marido, se alegraba sufriendo unas privaciones que hacían caer por tierra las acusaciones de que su esposo era objeto, y la pobre mujer se decía que las apariencias estaban en contra de él... que no le habían permitido explicarse... que era víctima de un horrible concurso de circunstancias... que un día llegaría en que se justificaría, puesto que era inocente, del crimen horroroso que se le imputaba.

En cuanto a los hijos, tal vez se hubiera podido observar en ellos alguna diferencia en su actitud respecto al jefe de la familia. El mayor, Joann, se apartaba muchas veces de los demás, no atreviéndose siquiera a reflexionar en el oprobio que recaería en adelante sobre su apellido; rechazaba, para no tener que profundizarlos, los argumentos en pro o en contra que se presentaban en su espíritu. No quería juzgar a su padre, temiendo que su juicio fuera imprudente; cerraba los ojos, se callaba y se alejaba cuando su madre o su hermano hablaban en favor del autor de sus días. Era evidente que el infeliz adolescente temía encontrar culpable al hombre que la había dado el ser.

Juan, por el contrario, obraba de muy diferente modo; creía firmemente en la inocencia del cómplice de Walter Hodge, de Farran y de Clerc, aun cuando se elevaban tantas voces para acusarte. De un carácter más impetuoso que Joann, pero menos dueño de su juicio, se dejaba llevar de sus instintos de cariño filial, asiéndose a ese lazo de la sangre que la naturaleza hace tan difícil de romper.

Cuando algunas veces oía ciertas conversaciones referentes a Simón Morgaz, quería defender a su padre en público, y era precisa la intervención de su madre para impedirlo que se entregara a algún acto de violencia.

La infortunada familia vivía en Verchères con un nombre supuesto, en una profunda miseria material y moral, y no se sabe a qué excesos hubieran llegado los habitantes de la ciudad si hubieran tenido conocimiento de que Simón Morgaz se albergaba en ella.

En todo el Canadá, en las villas, así como en el más mísero villorrio, el nombre del traidor era la más infame de las calificaciones. Se le unía al de Judas, y más especialmente a los de Black y de Dionisio Vitré, sinónimos de traidores des-de hacía mucho tiempo ya en el idioma franco-canadiense.

¡Sí! En 1759, ese Dionisio Vitré, un francés, había tenido la infamia de pilotar a la flota inglesa de Quebec, ayudando a arrancar esta capital a la Francia.

¡Sí! En 1797, ese Black, un inglés, había entregado a un proscrito que había confiado en su lealtad, el americano MacLane, comprometido con los insurrectos canadienses, y este generoso patriota había sido ahorcado, y después le cortaron la cabeza y quemaron sus entrañas, arrancadas de su cadáver.

Y ahora, así como habían dicho Black y Vitré, se decía Simón Morgaz; tres nombres entregados a la execración pública.

La presencia de esta familia, cuyo origen no se conocía, que vivía de un modo tan misterioso y apartada por completo del trato de gentes, llamó la atención de los vecinos de Verchères, y empezaron a entrar en sospechas.

Una noche el nombre de Black fue escrito en la puerta de la casa habitada por Simón Morgaz.

Al siguiente día abandonó la población, acompañado de su esposa y de sus hijos. Atravesaron el San Lorenzo, estableciéndose durante algunos días en uno de los pueblos de la orilla izquierda del río; pero fijándose en ellos la atención de los habitantes, salieron también de allí.

No era ya sino una familia errante, objeto de la general reprobación.

Parecía que la Venganza le perseguía con una antorcha encendida en la mano, como la representan en las leyendas bíblicas, siguiendo por todas partes al matador de Abel.

Simón Morgaz y los suyos, no pudiendo fijarse en ninguna parte, atravesaron los condados de la Asunción, de Terrebonne, de Dos Montañas y de Vaudreuil, caminando hacia el Este, en donde se hallan los pueblos menos populosos; y sin embargo, siempre, tarde o temprano, se les echaba su nombre a la faz.

Dos meses después del juicio del 27 de Septiembre, el padre, la madre, Joann y Juan habían tenido que huir hasta los territorios del Ontario. Tuvieron que partir en seguida de Kingston, en donde los conocieron en la posada que les servía de albergue. Simón Morgaz tuvo que aprovechar las tinieblas de la noche para escapar; en vano Bridget y Juan quisieron defenderle, pues con mucho trabajo pudieron ellos mismos sustraerse a la ira de los habitantes, y Joann estuvo expuesto a perder la vida protegiendo la retirada de su madre y de su hermano.

Se reunieron los cuatro a algunas millas más allá de Kingston, en la orilla del lago, del que resolvieron seguir la margen septentrional para ir a los Estados Unidos, puesto que no hallaban un refugio ni aun en el Alto Canadá, en donde no habían penetrado todavía las ideas reformistas.

Y aun del otro lado de la frontera tenían que temer la misma acogida, porque allí se odiaba el nombre de Black, que había hecho traición a un ciudadano de la federación americana.

Más valía dirigirse a un país desconocido, vivir en medio de una tribu india, en donde el nombre de Simón Morgaz no hubiera llegado aún. Todo fue en vano; él, miserable era echado de todas partes. Lo conocían por doquiera, como si llevara en la frente algún signo infamante que le señalara a la vindicta universal.

Llegaron los últimos días de Noviembre. ¡Qué penoso se hace el andar cuando es preciso arrostrar los malos tiempos, esa brisa glacial y esos rigurosos fríos propios del invierno en el país de los lagos! Cuando atravesaban algún lugar, los hijos compraban algunas provisiones, mientras que el padre daba la vuelta por las afueras. Descansaban, cuando podían, en alguna choza abandonada, y si no en el hueco de alguna roca o debajo de los árboles de los inmensos bosques que cubren aquel terreno.

Simón Morgaz estaba cada vez más sombrío y más huraño; no cesaba de disculparse delante de su familia, como si un invisible acusador, encarnizándose con él, le repitiera a cada instante: «¡traidor!... ¡traidor!...» No se atrevía a mirar cara a cara ni a Bridget ni a sus hijos, por más que aquella procurara darle ánimo con afectuosas palabras, y si bien Joann continuaba guardando. silencio, Juan decía:

-¡Padre... padre!... No te dejes abatir de ese modo. ¡El tiempo te hará justicia contra los calumniadores!... ¡Reconocerán que se han equivocado... que las apariencias te han sido contrarias!... ¿Cómo es posible, padre, que hayas hecho traición a tus compañeros y que hayas vendido a tu país?...

-¡No!... ¡no!... respondía Simón Morgaz con voz tan débil, que apenas se dejaba oír.

La desgraciada familia, errante de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, llegó así hasta el extremo occidental del lago, a algunas millas del fuerte de Toronto. Dando la vuelta al litoral, bastaría bajar hasta el río Niágara, y atravesarlo en el sitio en que desemboca en el lago para llegar a la orilla americana.

¿Era, pues, allí en donde Simón Morgaz quería detenerse? ¿No fuera mejor ir más hacia el Oeste, hasta alcanzar una comarca tan lejana, adonde no hubiera llegado a saberse la noticia de la infamia recaída en su nombre?. Pero ¿cuál era el sitio que buscaba? Ni su mujer ni sus hijos lo sabían; iban siempre andando, y se contentaban con seguirlo sin hacerle ninguna pregunta.

El 3 de Diciembre, cerca del anochecer, aquellos infelices, extenuados por el cansancio y la necesidad, hicieron alto en una cueva, medio obstruida por la maleza y las zarzas; alguna guarida, abandonada quizás por las fieras en aquel momento. Las pocas provisiones que les quedaban habían sido colocadas encima de la arena; Bridget sucumbía bajo el peso del cansancio moral y físico. Era preciso que la familia Morgaz consiguiera de una tribu india, en el pueblo más próximo, algunos días de hospitalidad, que los canadienses le rehusaban sin piedad.

Joann y Juan, acosados por el hambre, comieron un poco de venado frito; pero aquella noche Simón y Bridget no quisieron tomar ningún alimento.

-¡Padre, es preciso que cobres fuerza! dijo Juan.

Simón Morgaz no respondió.

-Padre mío, dijo entonces Joann (esta fue la única vez que le dirigió la palabra desde su salida de Chambly); ¡padre mío, no podemos ir más lejos!... ¡Nuestra madre está incapaz de resistir nuevas fatigas!... ¡Estamos casi en la frontera americana!... ¿Pensáis ir más allá? Simón Morgaz miró a su hijo mayor, pero casi en seguida bajó la vista.

Joann insistió.

-¡Ved en qué situación se encuentra nuestra madre! repuso; no se halla en estado de moverse... ese entorpecimiento va a quitarla la poca energía que le queda... Mañana se verá imposibilitada de levantarse... Mi hermano y yo la llevaremos en brazos, si es necesario; pero es menester que sepamos adónde queréis ir, y que no sea demasiado lejos. ¿Qué decidís, padre mío?

Simón Morgaz no respondió, inclinó la cabeza, y se retiró al fondo de la cueva.

La noche habla llegado; ningún ruido turbaba aquella profunda soledad; espesas nubes cubrían el cielo y amenazaban trasformarlas en niebla. Ni un soplo de aire movía la atmósfera; solamente se dejaban oír a lo lejos, y de vez en cuando, los aullidos de las fieras. Una densa nieve empezó a caer.

El frío se hizo tan vivo, que Juan fue a buscar un poco de leña, que encendió cerca de la abertura de la cueva para que el humo saliera fuera.

Bridget, tendida en un lecho de hierbas que Joann había amontonado, estaba siempre inmóvil. La poca vida que le quedaba se traslucía por una penosa respiración, entrecortada por largos y dolorosos suspiros. Mientras que Joann tenía entre las suyas la mano de su madre, Juan se ocupaba en alimentar la fogata para mantener la temperatura a un grado soportable.

Simón Morgaz acurrucado en el fondo, medio echado, en una actitud desesperada, como si tuviese horror de sí mismo, no se movía siquiera, y los reflejos de la llama alumbraban su fisonomía convulsa.

Después, la llama se apagó poco a poco, y Juan sintió que sus ojos se cerraban, a pesar suyo.

¿Cuántas horas quedó adormecido? No hubiera podido decirlo; pero cuando se despertó, vio que las últimas brasas iban a apagarse.

Se levantó, echó unos puñados de ramas en la lumbre, que avivó soplando con fuerza, y la cueva se iluminó de nuevo.

Al lado uno de otro, Bridget y Joann conservaban la misma inmovilidad. En cuanto a Simón Morgaz, no se hallaba ya allí.

¿Por qué había abandonado el sitio en que descansaban su esposa y sus hijos?

Juan, presa de horroroso presentimiento, iba a lanzarse fuera de la cueva, cuando sonó una detonación.

Bridget y Joann se incorporaron bruscamente; ambos habían oído el tiro, que sonó a muy corta distancia.

Bridget lanzó un grito de espanto, se levantó, y sostenida por sus hijos salió de la cueva. No habían dado veinte pasos cuando vieron un cuerpo tendido encima de la nieve. Era el de Simón Morgaz. El miserable acababa de tirarse un pistoletazo en medio del corazón. Estaba muerto. Joann y Juan retrocedieron aterrados. El pasado se levantaba delante de ellos ¿Sería verdad que su padre era culpable, o en un acto de desesperación había querido concluir con una existencia que le era tan difícil de soportar? Y Bridget, echada encima del cuerpo de su marido, le apretaba entre sus brazos. No quería creer en la infamia del hombre de quien llevaba el nombre. Joann levantó su madre, conduciéndola a la cueva, en donde su hermano y él depositaron el cadáver de su padre en el sitio que ocupaba pocas horas antes. Una cartera cayó del bolsillo del muerto; Joann la recogió, y, al abrirla, un paquete de banknotes se escapó de ella. Era el precio de la traición. Era el dinero a cambio del cual Simón Morgaz había entregado a los jefes de la conspiración de Chambly. La madre y los hijos no podían dudar ya. Joann y Juan se arrodillaron al lado de Bridget. ¡Qué cuadro tan imponente! Delante del cadáver del traidor, que se había hecho justicia, sólo quedaba una familia infamada, cuyo nombre iba a desaparecer con el que le había deshonrado.

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