Los hermanos Kip

XXI

ESPERANDO LA EJECUCIÓN

Los hermanos Kip no podían esperar nada de la justicia de los hombres: se había pronunciado contra ellos sin admitir siquiera circunstancias atenuantes para el crimen que se les imputaba. Ninguno de los argumentos de la defensa había impresionado al jurado. Ni la actitud tan firme y digna de los acusados durante el curso de los debates, ni la cólera de Karl Kip, que se escapaba a veces entre frases de indignación, ni las tranquilas explicaciones de Pieter Kip, habían podido nada contra los hechos alegados, contra los cargos acumulados sobre sus cabezas, contra las declaraciones del miserable Flig Balt, apoyadas por la última del grumete Jim.

Y, en efecto; en tanto que Karl y Pieter Kip habían podido afirmar que el instrumento del crimen no había estado nunca entre sus manos; sostener, no sin apariencias de razón, que los kriss eran el arma más usual entre los naturales de la Melanesia, y que el puñal homicida debiera pertenecer a un indígena de Kerawara, de la isla de York, o de alguno de los islotes vecinos, parecía admisible la duda. Pero aquel puñal era el que ellos habían recogido en los restos de la Wilhelmina y llevado al James Cook sin mostrarlo a nadie. ¿Y cómo poner en duda la declaración del grumete, que lo había visto en el camarote de los Kip?

Esta sentencia tenía como primer efecto dar satisfacción al pueblo de Hobart Town. En aquel odio general, manifestado contra los asesinos del capitán Gibson, tomaba gran parte el egoísmo de la raza sajona. Había sido muerto un inglés, y eran dos extranjeros los que le habían matado… Y ante un crimen de esta naturaleza, ¿quién iba a atreverse a intervenir pidiendo piedad para los acusados?… Ni de entre el público se elevó una voz pidiendo gracia, ni un solo periódico de los muchos que hay en Tasmania propuso la conmutación de pena.

Nadie reprochó al hijo de la víctima el horror que le inspiraban los hermanos Kip. Él creía en su culpabilidad como en Dios; una culpabilidad basada no en presunciones, sino en pruebas materiales. Negaciones, protestas, era todo lo que los acusados habían opuesto a las declaraciones precisas y concordantes. Después de haber desesperado de encontrar a los asesinos de su padre, los tenía al fin: los dos monstruos que debían su salvación al capitán, y que a su bondad, a su generosidad habían correspondido con el más cobarde de los asesinatos.

Algunas razones de más o menos fuerza podían alegarse en favor de los acusados; pero él no las quería ver, él no las podía ver a través del espeso velo de indignación y de dolor.

Así es que el día de la sentencia, al volver a su casa, exclamó con voz temblorosa por la emoción:

– ¡Madre, pagarán el crimen con su cabeza; mi padre será vengado!…

– ¡Dios tenga piedad!… —murmuró la viuda de Gibson.

– ¿Piedad de esos miserables? —exclamó Nat Gibson.

– ¡No…; piedad de nosotros, hijo mío! —contestó estrechando al joven contra su corazón.

Éstas fueron las palabras que Nat Gibson pronunció al llegar a la casa materna.

He aquí las cambiadas entre el armador y su mujer al regresar aquél de la Audiencia:

– ¡Condenados!…

– ¿Condenados?

– ¡A muerte! ¡Haga el cielo que la justicia humana no se haya equivocado!

– ¿Continúas dudando, amigo mío?

– ¡Siempre!

Como se ve, por presentimientos, más bien que por razones, Hawkins se resistía aún a admitir la culpabilidad de los hermanos Kip. ¡No, no podía creerlos culpables de un crimen tan odioso, cometido contra su bienhechor, al que siempre habían testimoniado tanto agradecimiento!… No veía el móvil, un móvil incontestable… ¿Qué les hubiese reportado la muerte de Gibson? Unos cuantos miles de dólares. En cuanto a la esperanza de reemplazarle en el mando del bergantín, bien sabían que era irrealizable, puesto que el contramaestre ejercía las funciones de segundo y era el indicado para sustituir al capitán en un caso desgraciado.

Para decirlo todo, en el ánimo de Hawkins había hecho mella la declaración del grumete Jim. Era cierto que el puñal encontrado en la maleta de los Kip había sido visto por Jim en el camarote del James Cook; luego Karl o Pieter lo habían recobrado en su visita a los restos de la Wilhelmina, y si a nadie lo habían enseñado, es que tenían interés en ocultarlo… Así es que la acusación concluía afirmando que la idea del crimen había ya germinado en su espíritu.

Pues bien, ¡no!; y a pesar de tantas pruebas abrumadoras, a pesar del veredicto afirmativo pronunciado por los jurados en la plenitud de la independencia de su conciencia honrada, ¡no!… Hawkins no se rendía… Aquella sentencia le sublevaba… El proceso Kip le turbaba profundamente, y si no hablaba de ello con Nat Gibson, era porque comprendía el estado de ánimo del joven, contristándole mucho verle tan refractario a su convicción. Pero no desesperaba que se hiciera la luz y triunfase la inocencia en plazo más o menos largo.

Aunque en tales casos la opinión pública suele dividirse en favorable y adversa a los acusados, no sucedía ahora tal cosa en Hobart Town yen las demás poblaciones de Tasmania. ¿Quién hubiera podido entrever que se efectuaría un cambio en favor de los hermanos Kip?… Hawkins no ignoraba que si lo intentaba, todo el mundo se pondría en su contra. Pero esto no le descorazonaba. Tenía la fe, y esperaba en el tiempo, que es generalmente el gran reformador de los errores humanos.

El recurso que los hermanos Kip habían interpuesto contra su condena no tardaría en ser denegado. No había motivo alguno de casación, y se preveía que la sentencia se cumpliría en la segunda quincena de marzo, un mes después de haberse pronunciado el veredicto.

Hay que convenir en que se esperaba con impaciencia verdaderamente feroz por aquel pueblo siempre inclinado a las acciones brutales, siempre dispuesto a los peores excesos, como lo demuestran los linchamientos de los culpables o de los que creen que lo son. Algo violento hubiese ocurrido en Hobart Town si el jurado no hubiera satisfecho los deplorables instintos de la plebe con una sentencia de pena capital. El día de la expiación veríase a toda aquella muchedumbre bullendo alrededor de la cárcel.

¡Y estarían en primera fila los abominables Flig Balt y Vin Mod!… Indudablemente querrían asegurarse por sus propios ojos de que los hermanos Kip habían pagado con la vida el crimen que los dos canallescos marineros cometieron… Y entonces es cuando podrían partir con toda seguridad y lanzarse en otras aventuras sin tener que preocuparse del porvenir…

Después de la audiencia los hermanos volvieron a la prisión, y no es de extrañar que su paso provocase entre la turbamulta innobles insultos y furores, contra los cuales tuvo que protegerlos la fuerza pública. A los ultrajes no contestaron más que con la actitud más digna, con el más desdeñoso silencio.

Cuando las puertas de la cárcel se cerraron tras ellos, el alcaide no los condujo a las celdas que cada cual había ocupado desde su detención, sino a la de condenados a muerte. Al menos, en medio de tantas desdichas tendrían el consuelo de estar reunidos; durante los últimos días de su existencia podrían cambiar sus pensamientos, hablar del pasado, confortarse mutuamente, vivir unidos hasta el pie del patíbulo.

Verdad es que no tenían toda la soledad que hubiesen deseado. Los guardianes no debían perderlos de vista ni de día ni de noche, vigilándolos y escuchándolos. Aun en medio de sus más íntimas expansiones habían de soportar la presencia de aquellos dos rígidos centinelas de rostros duros, a los cuales seguramente no les inspiraban piedad alguna.

Pudieron observar que si Karl Kip daba rienda suelta a su indignación ante la abominable injusticia cometida por dos inocentes enviados al patíbulo, su hermano, que trataba inútilmente de contenerle, se mostraba más tranquilo, más resignado con su suerte.

Además, Pieter Kip no se hacía ilusiones acerca del recurso que los dos habían presentado, atendiendo a los consejos de su abogado. Si Karl, en el fondo del alma, conservaba la esperanza de que sería casada la sentencia, que se revisaría el proceso, que la verdad aparecería en todo su esplendor, Pieter pensaba todo lo contrario. Considerando la enormidad de los cargos que pesaban sobre ellos, ¿quién los destruiría?… ¿Qué intervención, a no ser la de la Providencia, sería bastante fuerte para salvarles?

Luego su espíritu se retrotraía, pensando en todas las desventuras que les venían agobiando desde el naufragio de la Wilhelmina, causa de todas las vicisitudes que les condujeran a la desesperada situación en que se encontraban. ¡Ah! ¡Más hubiese valido que el james Cook hubiera pasado de largo, sin recogerlos de la isla de Norfolk!… ¡Más valiera que el capitán Gibson no hubiera advertido sus señales!… ¡Seguramente habrían perecido de miseria y hambre en aquella costa desierta…; pero se habrían librado del infamante patíbulo, de la muerte reservada a los asesinos!…

– ¡Pieter, Pieter! —exclamaba Karl Kip—. ¡Si nuestro pobre padre viviera! ¡Si viese deshonrado su nombre!… ¡Esta vergüenza le mataría!…

– ¿Puedes tú pensar que nos creería culpables, Karl?

– ¡No, hermano…; jamás…, jamás!

Y entonces hablaban de los días de navegación a bordo del James Cook, de sus generosos salvadores, que les dieron pruebas de tan vivas simpatías, a los que tanto tenían que agradecer. Que en el exceso de su dolor Nat Gibson hubiese tomado una actitud acusadora, se lo explicaban, se daban cuenta de su estado de ánimo…

En cuanto a Hawkins, por la manera reservada de prestar su declaración, comprendíase que su espíritu estaba ensombrecido por la duda. Decíanse que el corazón de este excelente hombre no se les había cerrado por completo. A los afirmativos testimonios del contramaestre y del grumete no pudo oponer más que presunciones morales; pero las había presentado al jurado, siguiendo las inspiraciones de su conciencia…

Los demás testigos, ¿podían haber declarado de distinto modo que lo habían hecho? Los dos hermanos no veían en la conducta del miserable Flig Balt más que la satisfacción de su odio, un acto de venganza contra el nuevo comandante del James Cook, contra el capitán cuya energía había contenido la rebelión y enviado a su jefe a la cala del barco. Por lo que respecta a los objetos encontrados en su maleta, claro es que habían sido colocados allí por el que los había robado, con objeto de perderles. ¿Y cómo habían de suponer que uno de los asesinos de Kerawara era precisamente el contramaestre?…

Hawkins se devanaba los sesos buscando nuevas pistas, no logrando seguir ninguna con éxito. Según él, los autores del asesinato eran indígenas de la isla de York; y ¡quién sabe si las autoridades alemanas lograrían descubrirlos algún día!

Pero, entretanto, aproximábase la hora en que dos hombres, dos hermanos, habían de sufrir el último suplicio por un crimen que no habían cometido, que no eran capaces de cometer.

El armador, cada vez más obsesionado por la convicción de que Karl y Pieter Kip eran inocentes, siquiera fuese imposible aportar una prueba de su inocencia, había dado ya algunos pasos en favor suyo.

Assy Carrigan, el gobernador de Tasmania, era muy conocido del armador, que consideraba a su excelencia como hombre de muy buen sentido y de sereno juicio. Resolvió pedirle audiencia, y en la mañana del 25 de febrero se presentó en el palacio del gobierno, y fue recibido inmediatamente.

El gobernador no sospechaba, ni remotamente, el motivo que llevaba a Hawkins a su presencia. Después de haber seguido con interés el curso del proceso contra los hermanos Kip, estaba, como todos, convencido de su culpabilidad.

Así es que fue grande la sorpresa de su excelencia cuando Hawkins le comunicó su opinión.

Como le prestaba toda su atención, el armador se abandonó sin reserva. Habló calurosamente de las dos víctimas de un error judicial, y puso tan de relieve, con franca lógica, los puntos oscuros, indecisos o, al menos, inexplicables, que el gobernador se manifestó impresionado.

– Veo, mi querido señor Hawkins —declaró—, que durante la travesía del James Cok; ha tomado usted a los hermanos Kip un cariño de que no son dignos…

– Les he considerado y les considero aún como hombres honrados, señor gobernador —afirmó Hawkins en tono convencido—. No puedo proporcionar pruebas materiales en apoyo de mi convicción, porque no las tengo al alcance de la mano, ¡y acaso no pueda presentarlas nunca!… Pero nada de lo que se ha dicho ha podido destruir mi convicción de la inocencia de estos dos desventurados. Y, como su excelencia podrá observar, todos los testimonios se reducen a uno solo, el del contramaestre, que tengo motivos para considerarlo como muy sospechoso… Por odio y por venganza ha acusado a los hermanos Kip de un crimen que yo atribuyo a cualquier indígena de Kerawara.

– Pero hay otro testimonio además del de Flig Balt, mi querido Hawkins…

– El del grumete Jim, señor gobernador, y lo acepto tal cual es, porque considero a ese muchacho incapaz de mentir. ¡Sí! Jim ha visto en el camarote de Karl y Pieter Kip el puñal de que no tenían noticia. ¿Pero puede asegurarse que sea ése el instrumento del crimen, basados únicamente en el hecho de ajustarse a él la virola, que puede ser una coincidencia fortuita?

– Tiene su valor. ¿Y cómo los jurados no habían de tenerlo en cuenta, mi querido Hawkins?…

– Seguramente, señor gobernador, que eso ha sido lo que ha determinado la convicción de los jueces… Sin embargo, lo repito, todo el pasado de los hermanos Kip les abona… Para hablar así es necesario que olvide el dolor que me ha producido la muerte de mi pobre amigo Gibson, y que hubiera podido ponerme una venda sobre los ojos, como ha hecho con su hijo, cuyo estado de ánimo lamento y excuso. ¡Pero yo…, yo…, yo veo! ¡Yo siento la verdad en medio de las oscuridades de este proceso, y tengo la convicción de que ha de llegar el día en que brille para todos!…

Fue visible la impresión que produjeron en el ánimo del gobernador las declaraciones de Hawkins, cuya probidad y rectitud eran por todos reconocidas. Verdad es que su argumentación sólo descansaba en una base moral; pero, en fin, en las causas de esta índole las pruebas materiales no lo son todo, y conviene tener en cuenta las otras.

Assy Carrigan, después de unos instantes de silencio, contestó en estos términos:

– Comprendo y estimo todo el valor de su opinión, mi querido Hawkins. Y ahora yo pregunto: ¿qué es lo que desea usted de mí?

– Que intervenga para salvar la vida de esos desgraciados.

– ¿Intervenir?… —contestó el gobernador—. ¿Ignora usted que la única intervención posible es el recurso contra la sentencia pronunciada? Ya sabe usted que ha sido entablado dentro del plazo legal, y no queda más esperanza que su admisión.

En tanto hablaba su excelencia, Hawkins no pudo contener signos de negación, y dijo a su vez:

– Señor gobernador, yo no me hago ilusiones respecto al recurso… El procedimiento se ha seguido rigurosamente… No hay motivo alguno para casar la sentencia, y el recurso será desechado.

El gobernador guardó silencio sabiendo que Hawkins tenía razón.

– Será desechado, lo repito, y entonces, señor gobernador, únicamente su excelencia podría intentar un último esfuerzo para salvar la cabeza de los condenados.

– ¿Me pide usted que solicite el indulto?

– Sí, que pida gracia a la Reina… Un despacho solicitando la conmutación de la pena, lo que nos reservaría el porvenir… Y entonces yo practicaría nuevas diligencias, volvería, si preciso fuera, a Port Praslin, a Kerawara…, secundaria a los señores Zieger y Hamburg, y acabaríamos, ¡no cabe duda!, por descubrir a los verdaderos culpables, sacrificando mi tranquilidad y mi dinero… Si insisto con esta pasión, señor gobernador, es porque me siento impulsado por una fuerza irresistible; es porque deseo que la justicia no tenga que lamentar después la muerte de dos inocentes…

Hawkins se despidió del gobernador, no sin que éste le dijese que volviera para tratar del asunto.

El armador volvió todos los días, y gracias a la abnegación del excelente hombre, la causa de los dos hermanos ganó terreno en el ánimo de su excelencia, que concluyó por asociarse de muy buen grado a aquella obra de reparación.

Ambos personajes guardaron el mayor secreto. Nadie supo que, sin esperar la resolución acerca del recurso, Assy Carrigan había enviado a Inglaterra, por telegrama oficial, una proposición de indulto, que Su Majestad había de sancionar.

El 7 de marzo se esparció por la población la noticia de haber sido desechado el recurso que contra la sentencia interpusieron los hermanos Kip.

La noticia era cierta, y no provocó ningún sentimiento de sorpresa. Desde el principio del proceso se esperaba la pena capital, y nadie puso en duda que se había de verificar la ejecución.

Por otra parte, nadie pensaba que el gobernador de Tasmania había intervenido cerca de la Reina, ni que Hawkins había practicado tan apremiantes diligencias para conseguirlo.

La gente contaba, pues, con que la ejecución tendría lugar en breve, y ya se sabe hasta qué punto, lo mismo en la raza sajona que en la latina, los suplicios provocan irresistibles y malsanas curiosidades.

Aunque las leyes inglesas determinan que la ejecución no sea pública, y sólo se verifique en presencia de determinadas personas, no por eso la plebe deja de agolparse en las proximidades del patíbulo.

Así es que a partir del 7 de marzo, antes de salir el sol, innumerables curiosos afluían para ver izar el pabellón negro que señala el instante del suplicio.

Y entre ellos, ¿se extrañará alguien de que estuviesen Flig Balt y Vin Mod, Len Cannon y los camaradas, que aún no habían dejado Hobart Town?… Sí, querían ver con sus propios ojos bajar el pabellón negro después de la ejecución. Entonces estarían seguros de que ya otros habían pagado por ellos la deuda del crimen. Ya no habría que hablar más del asunto, y los miserables volverían con sus compañeros a la taberna, donde con el dinero robado se bebería de largo whisky y ginebra.

La viuda y el hijo de la víctima resolvieron marcharse de Hobart Town, y no volver a la población más que cuando la justicia estuviese cumplida.

Cuando Nat comunicó este propósito a Hawkins, éste se limitó a contestarle:

– Tienes razón, Nat; más vale hacerlo así.

Después de la sentencia, el armador había encontrado algunas veces a los marineros Hobbes, Wickley, Burnes y al grumete Jim. Los buenos muchachos no se habían ocupado de buscar un barco donde embarcar, y tal vez su intención era esperar a que el James Cook se hiciese de nuevo a la mar bajo la dirección de otro capitán.

Sabían, además, que podían contar con Hawkins cuando reconstituyera la tripulación del bergantín, o para otro barco de su casa. Inútil es decir que no tenían relación alguna con Flig Balt, Vin Mod y demás compañeros de la tripulación del bergantín.

Era el 19 de marzo, y la gente se extrañaba de que no hubiese llegado ya la orden para la ejecución; Flig Balt y Vin Mod se impacientaban, por el interés personal en que concluyese aquello y poder marcharse tranquilos de Hobart Town.

El día 25 llegó un despacho de Londres para el gobernador general de Tasmania.

El indulto había sido aprobado por Su Majestad, Reina de Inglaterra, Emperatriz de las Indias, y la pena de muerte pronunciada contra los hermanos Kip quedaba conmutada por la de trabajos forzados a perpetuidad.

Telegrama

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