Los hijos del capitán Grant · Parte 1

Capítulo VIII

Un buen hombre más a bordo del Duncan

Entretanto el yate, favorecido por las corrientes del norte de África, avanzaba rápidamente hacia el ecuador. El 30 de agosto, se avistó el grupo de Madeira. Glenarvan, fiel a su promesa, ofreció a su nuevo huésped hacer escala para desembarcarlo.

– Mi querido lord —respondió Paganel—, no andaré con ceremonias con usted. Antes de mi llegada a bordo, ¿tenía usted intención de detenerse en Madeira?

– No —dijo Glenarvan.

– Pues bien, permítame sacar partido de las consecuencias de mi desafortunada distracción. Madeira es una isla harto conocida. Ya no ofrece nada de interés para un geógrafo. Todo se ha dicho, todo se ha escrito sobre este grupo, que está además en plena decadencia desde el punto de vista de la viticultura. ¿Se imagina usted que ya no hay viñas en Madeira? La cosecha de vino que en 1813 ascendía a veintidós mil pipas ha caído, en 1845, a dos mil seiscientas sesenta y nueve. ¡Hoy no llega a quinientas! Es un espectáculo desolador. Así pues, si le es indiferente hacer escala en las Canarias...

– Hagamos escala en las Canarias —respondió Glenarvan—. Eso no nos aleja de nuestra ruta.

– Lo sé, mi querido lord. En las Canarias, verá usted, hay tres grupos que estudiar, sin contar el pico de Tenerife, que siempre he deseado ver. Es una ocasión. La aprovecho, y mientras espero el paso de un navío que me devuelva a Europa, haré la ascensión de esa célebre montaña.

– Como usted guste, mi querido Paganel —respondió lord Glenarvan, que no pudo evitar sonreír. Y tenía razón en sonreír.

Las Canarias están poco lejos de Madeira. Apenas doscientas cincuenta millas separan los dos grupos, distancia insignificante para un corredor tan bueno como el Duncan. El 31 de agosto, a las dos de la tarde, John Mangles y Paganel paseaban por la toldilla. El francés apremiaba a su compañero con vivas preguntas sobre Chile; de pronto el capitán le interrumpió, y señalando hacia el sur un punto del horizonte:

– ¿Señor Paganel? —dijo.

– Mi querido capitán —respondió el sabio.

– Tenga usted la bondad de dirigir la vista por ese lado. ¿No ve usted nada?

– Nada.

– No está usted mirando donde debe. No es en el horizonte, sino más arriba, en las nubes.

– ¿Entre las nubes? Por más que miro...

– Mire ahora, a través del botalón de bauprés.

– No veo nada.

– Es que usted no quiere ver. En cualquier caso, y aunque estemos a cuarenta millas, sepa usted que el pico de Tenerife es perfectamente visible sobre el horizonte.» Que Paganel quisiera ver o no, hubo de rendirse a la evidencia algunas horas más tarde, so pena de confesarse ciego.

– ¿Lo divisa usted al fin? —le dijo John Mangles.

– Sí, sí, perfectamente —respondió Paganel—; y eso —añadió con tono desdeñoso—, ¿eso es lo que llaman el pico de Tenerife?

– El mismo.

– Parece tener una altura bastante mediocre.

– Sin embargo, se eleva a once mil pies sobre el nivel del mar.

– No vale lo que el Mont Blanc.

– Es posible, pero cuando se trate de escalarlo, quizá le parezca a usted suficientemente alto.

– ¡Oh! ¿Escalarlo? Escalarlo, querido capitán, ¿para qué, le pregunto yo, después de los señores De Humboldt y Bonpland? ¡Un gran genio, ese Humboldt! Ha hecho la ascensión de esta montaña; ha dado de ella una descripción que no deja nada que desear; ha reconocido sus cinco zonas: la zona de los vinos, la zona de los laureles, la zona de los pinos, la zona de los brezos alpinos y, por último, la zona de la esterilidad. Fue en la cima misma del pitón donde puso el pie, y allí no tenía ni siquiera sitio para sentarse. Desde lo alto de la montaña, su vista abarcaba un espacio igual a la cuarta parte de España. Luego visitó el volcán hasta en sus entrañas, y alcanzó el fondo de su cráter apagado. ¿Qué quiere usted que haga yo después de ese gran hombre, se lo pregunto?

– En efecto —respondió John Mangles—, ya no queda nada que espigar. Es una lástima, porque se aburrirá usted soberanamente esperando un barco en el puerto de Tenerife. No hay allí muchas diversiones que esperar.

– Exceptuando las mías —dijo Paganel riendo—. Pero, querido Mangles, ¿acaso las islas de Cabo Verde no ofrecen puntos de escala importantes?

– Desde luego. Nada más fácil que embarcarse en Villa-Praïa.

– Sin hablar de una ventaja que no es desdeñable —replicó Paganel—: las islas de Cabo Verde están poco alejadas del Senegal, donde encontraré compatriotas. Ya sé que se dice que este archipiélago es mediocremente interesante, salvaje, malsano; pero todo es curioso a los ojos del geógrafo. Ver es una ciencia. Hay gentes que no saben ver y que viajan con tanta inteligencia como un crustáceo. Crea usted bien que yo no pertenezco a esa escuela.

– Como guste, señor Paganel —respondió John Mangles—; estoy seguro de que la ciencia geográfica ganará con su estancia en las islas de Cabo Verde. Debemos parar precisamente allí a cargar carbón. Su desembarco no nos ocasionará, pues, ningún retraso.» Dicho esto, el capitán dio el rumbo de manera que se pasara al oeste de las Canarias; el célebre pico quedó a babor, y el Duncan, continuando su rápida marcha, cruzó el trópico de Cáncer el 2 de septiembre, a las cinco de la mañana. El tiempo cambió entonces. Era la atmósfera húmeda y pesada de la estación de las lluvias, «el tempo das aguas», según la expresión española, estación penosa para los viajeros, pero útil a los habitantes de las islas africanas, que carecen de árboles y, en consecuencia, carecen de agua. El mar, muy agitado, impidió a los pasajeros permanecer en cubierta; pero las conversaciones del salón no fueron por ello menos animadas. El 3 de septiembre, Paganel se puso a recoger su equipaje para su próximo desembarco. El Duncan navegaba entre las islas de Cabo Verde; pasó frente a la isla del Sal, verdadera tumba de arena, infértil y desolada; tras bordear vastos bancos de coral, dejó por el través la isla de Santiago, atravesada de norte a sur por una cadena de montañas basálticas que rematan dos morros elevados. Luego John Mangles entró en la bahía de Villa-Praïa y ancló pronto frente a la ciudad a ocho brazas de fondo. El tiempo era horrible y la resaca excesivamente violenta, aunque la bahía estuviera resguardada de los vientos de alta mar. La lluvia caía a torrentes y apenas permitía ver la ciudad, alzada sobre una llanura en forma de terraza que se apoyaba en contrafuertes de roca volcánica de trescientos pies de altura. El aspecto de la isla a través de ese espeso telón de lluvia era desolador. Lady Helena no pudo llevar a cabo su proyecto de visitar la ciudad; el embarque del carbón se hacía con grandes dificultades. Los pasajeros del Duncan se vieron, pues, confinados bajo la toldilla, mientras que el mar y el cielo mezclaban sus aguas en una indescriptible confusión. La cuestión meteorológica fue naturalmente el tema del día en las conversaciones a bordo. Cada cual dijo su palabra, salvo el mayor, que habría asistido al diluvio universal con absoluta indiferencia. Paganel iba y venía meneando la cabeza.

– Es cosa hecha a propósito —decía.

– Es cierto —respondió Glenarvan— que los elementos se declaran contra usted.

– Sin embargo, los venceré.

– No puede usted afrontar semejante lluvia —dijo lady Helena.

– Yo, señora, perfectamente. Solo la temo por mis bagajes y mis instrumentos. Todo se perderá.

– Solo el desembarco es de temer —repuso Glenarvan—. Una vez en Villa-Praïa, no estará usted tan mal alojado; poco limpiamente, eso sí: en compañía de monos y cerdos cuyo trato no es siempre agradable. Pero un viajero no se para en esas minucias. Ante todo hay que esperar que en siete u ocho meses pueda embarcarse usted para Europa.

– ¡Siete u ocho meses! —exclamó Paganel.

– Como mínimo. Las islas de Cabo Verde no son muy frecuentadas por los barcos durante la estación de las lluvias. Pero podrá usted emplear el tiempo de forma útil. Este archipiélago es aún poco conocido; en topografía, en climatología, en etnografía, en hipsometría, hay mucho que hacer.

– Tendrá usted ríos que reconocer —dijo lady Helena.

– No los hay, señora —respondió Paganel.

– Pues bien, ¿arroyos?

– Tampoco los hay.

– ¿Cursos de agua, entonces?

– Tampoco.

– Vaya —dijo el mayor—, pues se contentará usted con los bosques.

– Para haber bosques se necesitan árboles; ahora bien, no hay árboles.

– ¡Un país encantador! —replicó el mayor.

– Consuélese, mi querido Paganel —dijo entonces Glenarvan—; al menos tendrá usted montañas.

– ¡Oh! Poco elevadas y poco interesantes, milord. Además, ese trabajo está hecho.

– ¿Hecho? —dijo Glenarvan.

– Sí, esa es mi mala suerte habitual. Si en Canarias me veía ante los trabajos de Humboldt, aquí me encuentro con que me ha ganado por la mano un geólogo, el señor Charles Sainte-Claire Deville.

– ¿Es posible?

– Sin duda —respondió Paganel con tono lastimero—. Ese sabio se encontraba a bordo de la corbeta de Estado la Décidée, durante su escala en las islas de Cabo Verde, y visitó la cumbre más interesante del grupo, el volcán de la isla del Fuego. ¿Qué quiere usted que haga después de él?

– Eso es verdaderamente lamentable —respondió lady Helena—. ¿Qué va a ser de usted, señor Paganel?» Paganel guardó silencio durante algunos instantes.

– En definitiva —repuso Glenarvan—, hubiera usted hecho mejor en desembarcar en Madeira, aunque ya no quede vino allí.» Nuevo silencio del sabio secretario de la Sociedad de Geografía. «Yo esperaría» —dijo el mayor, exactamente como si hubiera dicho: yo no esperaría. «Mi querido Glenarvan —repuso entonces Paganel—, ¿dónde cuenta usted hacer escala a partir de ahora?

– ¡Oh! No antes de Concepción.

– ¡Diablo! Eso me aleja singularmente de las Indias.

– En modo alguno, desde el momento en que haya pasado usted el cabo de Hornos, se irá acercando a ellas.

– Ya me lo imagino.

– Además —repuso Glenarvan con la mayor seriedad—, cuando se va a las Indias, sean orientales u occidentales, poco importa.

– ¡Cómo, que poco importa!

– Sin contar que los habitantes de las pampas de la Patagonia son tan indios como los indígenas del Panyab.

– ¡Ah! ¡Pardiez, milord! —exclamó Paganel—, ¡esa es una razón que jamás se me habría ocurrido!

– Y además, mi querido Paganel, la medalla de oro puede ganarse en cualquier lugar; en todas partes hay algo que hacer, que buscar, que descubrir, en las cadenas de las cordilleras como en las montañas del Tíbet.

– ¿Pero el curso del Yarou-Dzangbo-Tchou?

– ¡Bah! Lo reemplazará usted por el Río Colorado. Ese sí es un río poco conocido, que en los mapas corre demasiado a capricho de los geógrafos.

– Lo sé, mi querido lord; hay allí errores de varios grados. ¡Oh! No dudo que a petición mía la Sociedad de Geografía me hubiera enviado a la Patagonia tan bien como a las Indias. Pero no lo pensé.

– Efecto de sus distracciones habituales.

– Vamos, señor Paganel, ¿nos acompaña usted? —dijo lady Helena con su voz más seductora.

– Señora, ¿y mi misión?

– Le advierto que pasaremos por el estrecho de Magallanes —repuso Glenarvan.

– Milord, es usted un tentador.

– Añado que visitaremos el Puerto del Hambre.

– ¡El Puerto del Hambre! —exclamó el francés, asediado por todas partes—, ¡ese puerto célebre en los fastos geográficos!

– Considere también, señor Paganel —repuso lady Helena—, que en esta empresa tendrá usted el derecho de asociar el nombre de Francia al de Escocia.

– ¡Sí, sin duda!

– Un geógrafo puede servir útilmente a nuestra expedición, y ¿qué hay más hermoso que poner la ciencia al servicio de la humanidad?

– ¡Eso está muy bien dicho, señora!

– Créame usted. Deje obrar al azar, o mejor dicho, a la providencia. Imítenos. Ella nos envió ese documento y partimos. Ella le arroja a usted a bordo del Duncan: no lo abandone.

– ¿Quieren ustedes que se lo diga, mis bravos amigos? —repuso entonces Paganel—. Pues bien, ¡tienen ustedes grandes deseos de que me quede!

– Y usted, Paganel, se muere de ganas de quedarse —replicó Glenarvan.

– ¡Pardiez! —exclamó el sabio geógrafo—. ¡Pero temía ser indiscreto!»

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