Dos años de vacaciones

Capítulo 27

Un canal de unas trescientas ochenta millas de longitud, cuya curva se dibuja de oeste a este desde el cabo de las Vírgenes en el Atlántico hasta el cabo de Los Pilares en el Pacífico, —enmarcado por costas muy accidentadas, —dominado por montañas de novecientos metros sobre el nivel del mar, —excavado de bahías en cuyo fondo se multiplican los puertos de refugio, —ricos en aguadas donde los navíos pueden reponer sin dificultad su provisión de agua, —bordeado de espesos bosques en los que abunda la caza, —resonante con el estrépito de las cataratas que se precipitan por millares en sus innumerables ensenadas, —ofreciendo a los buques venidos del este o del oeste un paso más corto que el de Lemaire entre la Tierra de los Estados y la Tierra del Fuego, y menos azotado por las tempestades que el del cabo de Hornos, —tal es el estrecho de Magallanes que el ilustre navegante portugués descubrió en el año 1520.

Los españoles, que fueron los únicos en visitar las tierras magallánicas durante medio siglo, fundaron en la península de Brunswick el establecimiento de Port-Famine. A los españoles les sucedieron los ingleses con Drake, Cavendish, Chidley, Hawkins; luego los holandeses con de Weert, de Cord, de Noort, con Lemaire y Schouten, que descubrieron en 1610 el estrecho de ese nombre. Por último, de 1696 a 1712, los franceses aparecen en esos parajes con Degennes, Beauchesne-Gouin, Frezier, y desde entonces estas aguas se abrieron a los navegantes más célebres de finales de siglo: Anson, Cook, Byron, Bougainville y otros.

Desde entonces, el estrecho de Magallanes se convirtió en una ruta frecuentada para el paso de un océano a otro —sobre todo desde que la navegación a vapor, que no conoce ni los vientos desfavorables ni las corrientes contrarias, permitió recorrerlo en condiciones de navegación excepcionales.

Tal es, pues, el estrecho que —al día siguiente, el 28 de noviembre— Evans mostraba en el mapa del Atlas de Stieler a Briant, a Gordon y a sus compañeros.

Si la Patagonia —esa última provincia de Sudamérica—, la Tierra del Rey Guillermo y la península de Brunswick forman el límite septentrional del estrecho, éste limita al sur con el archipiélago magallánico, que comprende vastas islas: la Tierra del Fuego, la Tierra de la Desolación, las islas Clarence, Hoste, Gordon, Navarin, Wollaston, Stewart y muchas otras de menor importancia, hasta el último grupo de los Hermite, cuyo punto más avanzado entre los dos océanos no es sino la última cima de la alta Cordillera de los Andes, y se llama cabo de Hornos.

Al este, el estrecho de Magallanes se ensancha por uno o dos canales estrechos, entre el cabo de las Vírgenes de la Patagonia y el cabo Espíritu Santo de la Tierra del Fuego. Pero no ocurre lo mismo al oeste —como hizo observar Evans—. Por ese lado, islotes, islas, archipiélagos, estrechos, canales y brazos de mar se entrecruzan hasta el infinito. Es por un paso situado entre el promontorio de Los Pilares y la punta meridional de la gran isla de la Reina Adelaida por donde el estrecho desemboca en el Pacífico. Por encima de él se despliega toda una serie de islas caprichosamente agrupadas, desde el estrecho de lord Nelson hasta el grupo de los Chonos y de Chiloé, lindando con la costa chilena.

– Y ahora —añadió Evans—, ¿veis, más allá del estrecho de Magallanes, una isla que simples canales separan de la isla Cambridge al sur y de las islas Madre de Dios y Chatham al norte? Pues bien, esa isla, en el grado cincuenta y uno de latitud, es la isla Hanovre, aquella a la que vosotros le habéis dado el nombre de Chairman, la que habitáis desde hace más de veinte meses.

Briant, Gordon, Doniphan, inclinados sobre el atlas, contemplaban con curiosidad aquella isla que habían creído alejada de todas las tierras y que se hallaba tan próxima a la costa americana.

– ¿Cómo? —dijo Gordon—. ¿Solo nos separaban de Chile unos brazos de mar?…

– Sí, muchachos —respondió Evans—. Pero entre la isla Hanovre y el continente americano no hay más que islas tan desiertas como ésta. ¡Y, una vez en dicho continente, habría que recorrer cientos de millas antes de llegar a los establecimientos de Chile o de la República Argentina! ¡Y qué cansancio, sin contar los peligros, pues los indios puelches que vagan por las pampas no son muy hospitalarios! Creo, pues, que más os ha valido no poder abandonar vuestra isla, ya que la subsistencia material estaba asegurada, y puesto que, con la ayuda de Dios, espero que podremos dejarla juntos.

Así pues, esos diversos canales que rodean la isla Hanovre solo medían, en ciertos lugares, de quince a veinte millas de anchura, y Moko, con buen tiempo, habría podido cruzarlos sin dificultad con su sola yola. Si Briant, Gordon, Doniphan, durante sus excursiones al norte y al este, no habían podido avistar esas tierras, era porque son absolutamente bajas. En cuanto a la mancha blanquecina, era uno de los glaciares del interior, y la montaña en erupción, uno de los volcanes de las regiones magallánicas.

Por otra parte, —otra observación que hizo Briant al examinar atentamente el mapa—, el azar de sus excursiones los había llevado precisamente a los puntos del litoral que más se alejaban de las islas vecinas. Es verdad que cuando Doniphan alcanzó las Severn-shores, quizás habría podido avistar la costa meridional.

Ahora bien, los jóvenes colonos nunca habían llevado sus exploraciones hasta esos puntos alejados. En cuanto al mapa de François Baudoin, Evans no supo explicarse por qué esas islas y esas tierras no estaban indicadas en él. Puesto que el náufrago francés había podido determinar con bastante exactitud la configuración de la isla Hanovre, es que había dado la vuelta completa a la misma. ¿Había que admitir, entonces, que las brumas hubieran reducido su campo de visión a menos de algunas millas? Era admisible, después de todo.

Y ahora, en el caso de que lograran apoderarse del bote del Severn y repararlo, ¿en qué dirección lo gobernaría Evans?

Fue la pregunta que le formuló Gordon.

– Muchachos —respondió Evans—, no intentaré subir ni al norte ni al este. Cuanto más camino hagamos por mar, mejor. Evidentemente, con una brisa bien establecida, el bote podría llevarnos a algún puerto chileno donde se nos recibiría bien. Pero el mar es extremadamente duro en estas costas, mientras que los canales del archipiélago nos ofrecerán siempre una travesía bastante fácil.

– En efecto —respondió Briant—. Solo que ¿encontraremos establecimientos en esos parajes y, en esos establecimientos, los medios para repatriarnos?

– No me cabe duda —respondió Evans—. ¡Mirad! Observad el mapa. Después de cruzar los pasos del archipiélago de la Reina Adelaida, ¿adónde llegamos por el canal de Smyth? Al estrecho de Magallanes, ¿no es así? Pues bien, casi a la entrada del estrecho se encuentra el puerto Tamar, que pertenece a la Tierra de la Desolación, y allí estaremos ya en camino del regreso.

– Y si no encontramos allí ningún barco —preguntó Briant—, ¿esperaremos a que pase alguno?

– No, señor Briant. Seguidme más adelante a través del estrecho de Magallanes. ¿Veis esa gran península de Brunswick?… Es allí, en el fondo de la bahía Fortescue, en Port-Galant, donde los barcos vienen a menudo a hacer escala. ¿Habrá que ir más allá y doblar el cabo Froward al sur de la península? Aquí está la bahía Saint-Nicolas o bahía de Bougainville, donde se detiene la mayoría de los navíos que cruzan el estrecho. Y más adelante aún, aquí está Port-Famine, y más al norte, Punta Arenas.

El master tenía razón. Una vez internado en el estrecho, el bote tendría numerosos puntos de escala. En esas condiciones, el regreso a la patria quedaba asegurado, sin contar con los encuentros con los navíos que se dirigen hacia Australia o Nueva Zelanda. Si Port-Tamar, Port-Galant y Port-Famine ofrecen escasos recursos, Punta Arenas, en cambio, está provista de todo lo necesario para la existencia. Ese gran establecimiento, fundado por el gobierno chileno, forma un verdadero pueblo levantado en el litoral, con una hermosa iglesia cuya aguja se eleva entre los soberbios árboles de la península de Brunswick. Está en plena prosperidad, mientras que la estación de Port-Famine, que data de finales del siglo XVI, no es hoy más que un pueblo en ruinas.

Por lo demás, en la época actual existen, más al sur, otras colonias que visitan las expediciones científicas —como la estación de Liwya en la isla Navarin y, principalmente, la de Ooshooia en el canal del Beagle, al sur de la Tierra del Fuego—. Esta última, gracias al celo de los misioneros ingleses, contribuye en gran medida al reconocimiento de esas regiones, donde los franceses han dejado numerosas huellas de su paso, de las cuales dan testimonio los nombres de Dumas, Cloué, Pasteur, Chanzy, Grévy, dados a ciertas islas del archipiélago magallánico.

La salvación de los jóvenes colonos sería, pues, segura si lograban alcanzar el estrecho. Para llegar a él, era verdad, había que carenar el bote del Severn y, para carenarlo, apoderarse de él —lo que solo sería posible tras haber reducido a la impotencia a Walston y sus cómplices—.

Si, además, esa embarcación hubiera permanecido en el lugar donde Doniphan la había encontrado en la costa de Severn-shores, quizás hubiera podido intentarse apoderarse de ella. Walston, instalado por el momento a quince millas de allí, en el fondo de Deception-bay, probablemente no habría sabido nada de ese intento. Lo que él había hecho, Evans podría haberlo hecho también, es decir, llevar el bote no a la desembocadura del East-river, sino a la del río Zealand y, remontando el río incluso, hasta la altura de French-den. Allí, las reparaciones se habrían emprendido en mejores condiciones, bajo la dirección del master. Luego, la embarcación aparejada y cargada de municiones, víveres y los pocos objetos que habría sido una lástima abandonar, se habría alejado de la isla antes de que los malhechores hubieran tenido ocasión de atacarla.

Por desgracia, ese plan ya no era ejecutable. La cuestión de la partida solo podía resolverse por la fuerza, ya fuera tomando la ofensiva, ya manteniéndose a la defensiva. ¡Nada podía hacerse mientras no se hubiera acabado con la tripulación del Severn!

Evans, por lo demás, inspiraba una confianza absoluta a los jóvenes colonos. ¡Kate les había hablado tanto de él y en términos tan cálidos! Desde que el master había podido recortarse el cabello y la barba, resultaba verdaderamente tranquilizador contemplar su semblante resuelto y franco. Si era enérgico y valiente, también se le sentía bueno, de carácter decidido, capaz de todos los sacrificios.

En verdad, como había dicho Kate, era un verdadero enviado del cielo quien acababa de aparecer en French-den, ¡un «hombre», en fin, en medio de aquellos niños!

Y, ante todo, el master quiso conocer los recursos de que podría disponer desde el punto de vista de la resistencia.

El Store-room y el hall le parecieron convenientemente dispuestos para la defensiva. Por sus frentes, uno dominaba la orilla y el curso del río, y el otro, Sport-terrace hasta la ribera del lago. Las troneras permitirían disparar en esas direcciones permaneciendo a cubierto. Con sus ocho fusiles, los sitiados podrían mantener a distancia a los asaltantes, y con los dos pequeños cañones, ametrallarlos si se aventuraban hasta French-den. En cuanto a los revólveres, las hachas y los cuchillos de a bordo, todos sabrían usarlos si se llegaba a un combate cuerpo a cuerpo.

Evans aprobó que Briant hubiera amontonado en el interior las piedras necesarias para impedir que las dos puertas pudieran ser derribadas. En el interior, si los defensores eran relativamente fuertes, en el exterior serían débiles. No hay que olvidarlo: solo eran seis muchachos de trece a quince años contra siete hombres vigorosos, habituados al manejo de las armas y de una audacia que no retrocedía ante el asesinato.

– ¿Los consideráis malhechores temibles, master Evans? —preguntó Gordon.

– Sí, señor Gordon, ¡muy temibles!

– Salvo uno de ellos, que quizás no esté del todo perdido —dijo Kate—, ese Forbes que me salvó la vida…

– ¿Forbes? —respondió Evans—. ¡Eh! ¡Mil diablos! Ya sea que lo arrastrase el mal consejo o el miedo a sus compañeros, no por eso ha dejado de participar en la matanza del Severn. Por lo demás, ¿acaso ese bribón no se lanzó a perseguirme con Rock? ¿No disparó sobre mí como sobre una fiera? ¿No se felicitó cuando me creyó ahogado en el río? No, buena Kate, mucho me temo que no valga más que los demás. Si os perdonó la vida, fue porque sabía muy bien que esos canallas aún necesitaban vuestros servicios, ¡y no se quedará atrás cuando se trate de marchar contra French-den!

Sin embargo, pasaron algunos días. Nada sospechoso había sido señalado por los jóvenes colonos que observaban los alrededores desde lo alto de Auckland-hill. Eso no dejaba de sorprender a Evans.

Conociendo los planes de Walston y sabiendo el interés que tenía en darse prisa, se preguntaba por qué, del 27 al 30 de noviembre, no se había producido aún ninguna demostración.

Entonces se le ocurrió que Walston intentaría sin duda emplear el engaño en lugar de la fuerza para penetrar en French-den. Y esto fue lo que comunicó a Briant, Gordon, Doniphan y Baxter, con quienes conferenciaba más a menudo.

– Mientras permanezcamos encerrados en French-den —dijo—, Walston tendrá muchas dificultades para forzar una u otra puerta si no tiene a nadie que se las abra. Puede, pues, querer intentar penetrar en ella mediante el engaño…

– ¿Y cómo? —preguntó Gordon.

– Quizás de la manera que se me ha ocurrido —respondió Evans—. Ya lo sabéis, muchachos: solo Kate y yo podíamos delatar a Walston como el jefe de una banda de bribones cuyo ataque debía temer la pequeña colonia. Ahora bien, Walston no duda de que Kate pereció durante el naufragio. En cuanto a mí, me ahogué sin más en el río tras recibir los disparos de Rock y de Forbes —y ya sabéis que los oí felicitarse por ese feliz desenlace—. Walston debe, pues, creer que no estáis prevenidos de nada —ni siquiera de la presencia de los marineros del Severn en vuestra isla— y que, si uno de ellos se presentara en French-den, le haríais la acogida que se le hace a todo náufrago. Ahora bien, una vez ese bribón dentro de la plaza, le sería demasiado fácil introducir en ella a sus compañeros —lo que haría imposible toda resistencia.

– Pues bien —respondió Briant—, si Walston o cualquier otro de la banda viene a pedirnos hospitalidad, lo recibiremos a tiros…

– ¡A menos que fuera más hábil recibirlo quitándonos el sombrero! —observó Gordon.

– ¡Eh! ¡Quizás sí, señor Gordon! —replicó el master—. ¡Eso sería mejor! Astucia contra astucia. Y, llegado el caso, veremos qué hay que hacer.

¡Sí! Convenía actuar con la mayor circunspección. En efecto, si las cosas salían bien, si Evans recuperaba el bote del Severn, era lícito pensar que la hora de la liberación no estaría lejos. ¡Pero cuántos peligros aún! ¿Y estarían todos completos, aquel pequeño mundo, cuando pusieran rumbo a Nueva Zelanda?

Al día siguiente, la mañana transcurrió sin incidentes. El master, acompañado de Doniphan y de Baxter, se adentró incluso media milla en dirección a Traps-woods, ocultándose detrás de los árboles agrupados en la base de Auckland-hill. No vio nada anormal, y Phann, que lo seguía, no tuvo ocasión de ponerlo en guardia.

Pero, al atardecer, poco antes de la puesta del sol, hubo una alarma. Webb y Cross, que estaban de guardia en el acantilado, acababan de bajar precipitadamente señalando la aproximación de dos hombres que avanzaban por la orilla meridional del lago, al otro lado del río Zealand.

Kate y Evans, deseosos de no ser reconocidos, entraron enseguida en el Store-room. Luego, mirando a través de una de las troneras, observaron a los hombres señalados. Eran dos de los compañeros de Walston: Rock y Forbes.

– Evidentemente —dijo el master—, quieren actuar mediante el engaño, y se van a presentar aquí como marineros que acaban de escapar a un naufragio.

– ¿Qué hacemos? —preguntó Briant.

– Recibirlos bien —respondió Evans.

– ¡Buena acogida a esos miserables! —exclamó Briant—. Nunca podré…

– Yo me encargo —respondió Gordon.

– ¡Bien, señor Gordon! —replicó el master—. ¡Y sobre todo que no sospechen nada de nuestra presencia! Kate y yo nos mostraremos cuando llegue el momento.

Evans y su compañera fueron a acurrucarse en el fondo de uno de los cuartos del pasillo, cuya puerta se cerró sobre ellos. Momentos después, Gordon, Briant, Doniphan y Baxter corrían a la orilla del río Zealand. Al verlos, los dos hombres fingieron una sorpresa extrema, a la que Gordon respondió con una sorpresa no menor.

Rock y Forbes parecían agotados de cansancio, y, en cuanto alcanzaron el curso del río, he aquí las palabras que se cruzaron de una orilla a otra:

– ¿Quiénes sois?

– Náufragos que acaban de perderse al sur de la isla con el bote del bergantín Severn.

– ¿Sois ingleses?…

– No, americanos.

– ¿Y vuestros compañeros?…

– ¡Han perecido todos! Solo nosotros escapamos al naufragio, y estamos agotados… ¿Con quiénes tenemos el honor de hablar, si se puede preguntar?…

– Con los colonos de la isla Chairman.

– Que los colonos se compadezcan de nosotros y nos acojan, pues nos vemos sin recursos…

– ¡Los náufragos siempre tienen derecho a la asistencia de sus semejantes! —respondió Gordon—. ¡Seréis bienvenidos!

A una señal de Gordon, Moko embarcó en la yola, que estaba amarrada cerca del pequeño malecón, y, en pocos golpes de remo, trajo a los dos marineros a la orilla derecha del río Zealand.

Sin duda, Walston no había tenido elección, pero hay que reconocerlo: el semblante de Rock no estaba hecho para inspirar confianza —ni siquiera a unos niños, por poco habituados que estuvieran a descifrar una fisonomía humana—. Aunque hubiera intentado ponerse cara de hombre honrado, ¡qué tipo de bandido era ese Rock, con su frente estrecha, la cabeza ensanchada por detrás y la mandíbula inferior muy pronunciada! Forbes —aquel en quien, según Kate, no estaba quizás extinguido todo sentimiento de humanidad— ofrecía mejor aspecto. Era probablemente la razón por la cual Walston lo había asociado al otro.

Ambos desempeñaron entonces su papel de falsos náufragos. Sin embargo, por temor a despertar sospechas si se les dirigían preguntas demasiado precisas, dijeron que el cansancio los agobiaba más que la necesidad, y pidieron que se les permitiera descansar un poco e incluso pasar la noche en French-den. Allí fueron conducidos de inmediato. A su entrada, es verdad —cosa que no pasó desapercibida para Gordon—, no habían podido evitar lanzar miradas demasiado escrutadoras sobre la disposición del hall. Incluso parecieron bastante sorprendidos al ver el material defensivo que poseía la pequeña colonia —sobre todo la pieza de cañón apuntada a través de la tronera—.

De ello resultó que los jóvenes colonos —a quienes, por lo demás, aquello les repugnaba mucho— no tuvieron que continuar su papel, puesto que Rock y Forbes tenían prisa por acostarse, aplazando al día siguiente el relato de sus aventuras.

– Un haz de hierba nos bastará —dijo Rock—. Pero, como no quisiéramos molestaros, si tuvierais alguna otra habitación distinta a esta…

– Sí —respondió Gordon—, la que nos sirve de cocina, y no tenéis más que instalaros allí hasta mañana.

Rock y su compañero pasaron al Store-room, cuyo interior examinaron de un vistazo, después de haber comprobado que la puerta daba al río.

¡En verdad, no podían ser más acogedores con esos pobres náufragos! Los dos bribones debían decirse que, para acabar con aquellos inocentes, no valía la pena molestarse en ejercitar la imaginación.

Rock y Forbes se tendieron, pues, en un rincón del Store-room. No iban a estar solos allí, es verdad, puesto que era allí donde dormía Moko; pero no se preocupaban demasiado por ese chico, decididos como estaban a estrangularlo en un abrir y cerrar de ojos si se le ocurría no dormir más que con un ojo. A la hora convenida, Rock y Forbes debían abrir la puerta del Store-room, y Walston, que rondaba por la orilla con sus cuatro compañeros, se haría dueño de French-den de inmediato.

Hacia las nueve, cuando se suponía que Rock y Forbes dormían, Moko volvió y no tardó en echarse en su litera, listo para dar la alarma.

Briant y los demás habían permanecido en el hall. Luego, una vez cerrada la puerta del pasillo, Evans y Kate se unieron a ellos. Las cosas habían sucedido como había previsto el master, y no dudaba de que Walston estuviera en las inmediaciones de French-den, esperando el momento de penetrar en él.

– ¡Estemos en guardia! —dijo.

Sin embargo, transcurrieron dos horas, y Moko se preguntaba si Rock y Forbes no habrían aplazado su maquinación para otra noche, cuando su atención fue atraída por un leve ruido que se producía en el interior del Store-room.

A la luz del farol colgado de la bóveda, vio entonces a Rock y Forbes abandonar el rincón en que se habían tendido y arrastrarse hacia la puerta.

Esa puerta estaba reforzada por un montón de grandes piedras —verdadera barricada que habría sido difícil, por no decir imposible, de derribar—.

Así pues, los dos marineros empezaron a retirar las piedras, depositándolas una a una contra la pared de la derecha. En pocos minutos, la puerta quedó completamente despejada. Solo quedaba retirar la barra que la sujetaba por dentro para que la entrada de French-den quedara libre.

Pero, en el momento en que Rock, tras haber retirado dicha barra, abría la puerta, una mano cayó sobre su hombro. Se volvió y reconoció al master, al que el farol iluminaba de lleno en la cara.

– ¡Evans! —exclamó—. ¡Evans aquí!…

– ¡A nosotros, muchachos! —gritó el master.

Briant y sus compañeros se precipitaron de inmediato en el Store-room. Allí, ante todo, Forbes, agarrado por los cuatro más vigorosos —Baxter, Wilcox, Doniphan y Briant—, fue puesto en la imposibilidad de escapar.

En cuanto a Rock, con un movimiento rápido, había rechazado a Evans asestándole una cuchillada que lo rozó levemente en el brazo izquierdo. Luego, por la puerta abierta, se lanzó al exterior. No había dado diez pasos cuando resonó una detonación.

Era el master quien acababa de disparar sobre Rock. Por las apariencias, el fugitivo no había sido alcanzado, pues no se oyó ningún grito.

– ¡Mil diablos!… ¡He fallado a ese bribón! —exclamó Evans—. ¡En cuanto al otro… siempre será uno menos!

Y, con el cuchillo en la mano, levantó el brazo sobre Forbes.

– ¡Piedad!… ¡Piedad!… —exclamó el miserable al que los jóvenes chicos mantenían en el suelo.

– ¡Sí! ¡Piedad, Evans! —repitió Kate, que se lanzó entre el master y Forbes—. ¡Perdonadle la vida, pues él me la salvó a mí!…

– ¡Sea! —respondió Evans—. Consiento en ello, Kate; ¡al menos por ahora!

Y Forbes, sólidamente maniatado, fue depositado en uno de los cuartos del pasillo.

Luego, cerrada y barricada de nuevo la puerta del Store-room, todos permanecieron en vilo hasta el amanecer.

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