Un drama en Livonia

CAPÍTULO IX

DENUNCIA

HE aquí lo que había pasado el día anterior en Riga, adonde el juez Kerstorf, el mayor Verder, el doctor Hamine y el señor Frank Johausen habían llegado la noche del 15 al 16 de abril.

Antes de llegar habíase esparcido por la población la noticia del crimen, y corría de boca en boca el nombre de la víctima.

El infortunado Poch era muy conocido en toda la ciudad. Todos los días se le encontraba por la calle cuando con el saquillo echado al hombro y bajo el brazo la cartera sujeta a la cintura por una cadena de acero, iba a realizar los cobros para la casa Johausen hermanos. Hombre bueno y servicial, siempre de buen humor, era muy apreciado de todos, y puede decirse que no contaba con un enemigo. La víspera de su boda con Zenaida Parensof, después de tan larga espera, gracias a su trabajo, a su conducta, a la regularidad de su existencia, a la simpatía que inspiraba a sus principales, contaba con economías suficientes para, en unión de las de su futura asegurar su porvenir. Sólo faltaban dos días para encontrarse en presencia del pastor protestante que había de celebrar su unión.

Proyectábase una fiesta de familia, A la que habían de concurrir los colegas de otras casas de banca. No cabía duda de que los señores Johausen honrarían la fiesta con su presencia.

Los preparativos estaban concluidos, en espera del regreso del novio, y he aquí que Poch acababa de sucumbir bajo el puñal de un asesino en un aislado albergue de una de las carreteras: de Livonia. ¡Qué efecto produjo la fatal noticia!

No pudo evitarse que la novia conociese el suceso leyéndolo en un periódico. La infeliz recibió su desgracia como un tiro. Primeramente los vecinos, la señora Johausen después, le proporcionaron consuelos y socorros;: Acaso la pobre mujer no pudiese sobrevivir al terrible golpe.

Se conocía la víctima, pero el asesino permanecía incógnito. Todo eran cábalas y conjeturas mientras los magistrados hallábanse en el lugar del crimen. Convenía esperar su regreso, pues tal vez habrían descubierto al asesino.

Hacia él dirigíanse todos los anatemas de la pública indignación. Todos encontraban escasa la severidad de la ley para castigar debidamente el horrendo crimen. Echábanse de menos aquellos tiempos en los que precedían a la suprema expiación las más espantosas torturas.

Hay que tener en cuenta que este drama judicial tiene por teatro las provincias bálticas, donde, sin remontarse a una época muy lejana, la justicia procedía una manera bárbara contra los condenados a pena capital. Se les atenazaba con hierros candentes o se les apaleaba hasta dejarlos exánimes. Algunos eran encerrados entre cuatro paredes, donde morían de hambre, a me que se quisiera arrancarles revelaciones. Entonces les daba de comer pescados salados, sin que probaran una gota de líquido, tormento que arrancaba no pocas respuestas.

Las costumbres se han dulcificado hasta el extremo de que la pena de muerte no se conserva en Rusia mas que para los crímenes políticos, habiéndose abolido para los de derecho común, y reemplazándose por la de trabajos forzados en las minas siberianas. La deportación para el asesino de Poch parecía muy poco castigo.

Habíanse dado las órdenes correspondientes para el transporte del cadáver de la víctima. Los señores Johausen querían que se celebrasen en Riga, y costeados de su bolsillo, funerales por su infeliz cobrador.

En la mañana del 16, el mayor Verder presentóse en el despacho de su jefe jerárquico el coronel de policía Raguenof. Este funcionario esperaba impaciente que le pusieran al corriente de las diligencias practicadas, a fin de lanzar a sus mejores sabuesos sobre la pista del criminal si había algún indicio aprovechable. Lo que desde luego parecía era que se trataba de un crimen de derecho común, de un asesinato seguido de robo.

El mayor comunicó todos los detalles de la información al coronel Raguenof, las circunstancias en que se había cometido el crimen, los indicios recogidos en el curso de las pesquisas judiciales del doctor Hamine.

– Ya veo - contestó el coronel- que sus sospechas recaen muy especialmente sobre el viajero que pasó la noche en la posada.

– Muy especialmente, mi coronel.

– ¿El posadero Kroff no se manifestó sospechoso durante las diligencias?

– Se nos ocurrió, naturalmente, que pudiera haber sido el asesino, aunque sus antecedentes no dan lugar a la sospecha. Pero después de las huellas observadas en la ventana de la habitación del viajero, cuya partida fue tan matinal, después de descubrir en dicho cuarto el atizador que había servido para forzar la ventana, no hay duda acerca de quién pueda ser el autor del crimen.

– No estará de más, sin embargo, que se vigile a ese Kroff.

– Desde luego, mi coronel. Ya he dado orden a dos agentes para que guarden la casa y tengan al dueño a disposición de la justicia.

– Así pues - repuso el coronel Raguenof insistiendo- , ¿usted desecha la hipótesis de que el autor del crimen pueda ser algún malhechor que desde fuera hubiese penetrado en la habitación de la víctima?

– Yo no puedo negarla en absoluto - contestó el mayor- , pero me es muy difícil aceptarla; ¡tanto las presunciones se cambian en certidumbres cuando se aplican al viajero que acompañaba a Poch!

– Veo que su convicción está hecha, mayor Verder.

– Mi convicción, que es la del juez Kerstorf, el doctor Hamine y el señor Johausen.

Hay que tener en cuenta que el incógnito viajero ha puesto cuidadoso empeño en que no se le reconociese.

– ¿No dijo hacia dónde se dirigía cuando salió de la Cruz Rota?

– No, mi coronel.

– ¿No puede suponerse que su intención haya sido dirigirse a Pernau?

– Hipótesis muy admisible, mi coronel, aunque tomara su asiento hasta Revel.

– ¿No se ha visto ningún forastero en Pernau en los días 14 y 15?

– Ninguno - afirmó el mayor Verder- , no obstante estar avisada la policía desde los primeros momentos… ¿Dónde se ha ido este viajero…? ¿Ha entrado en Pernau…? ¿Habrá huido fuera de él a las provincias bálticas con el producto de su robo?

– Es de creer que la proximidad del mar le habrá proporcionado la ocasión de escapar, embarcándose en algún puerto.

– Esa ocasión no se le ha presentado todavía, mi coronel, pues actualmente apenas si la navegación está libre en el mar Báltico o en el golfo de Finlandia… Los informes que he recibido dicen que no ha podido hacerse a la mar ningún barco. Si el presunto asesino trata de embarcar, necesario será que espere unos días, bien en un puerto del interior, bien en uno de los puertos del litoral: Pernau, Revel…

– O en Riga - contestó el coronel Raguenof- . ¿Por qué no había de regresar al punto de partida…? ¿Quién le dice a usted que no ha hecho eso para despistar a la policía?

– Esto me parece poco probable, mi coronel; pero, en fin, hay que preverlo todo, y encargaré a los agentes que inspeccionen los barcos que vayan a zarpar. De todos modos, el deshielo no será completo hasta el fin de la semana, y hay tiempo, por lo tanto, de organizar una severa vigilancia del puerto y de la ciudad.

El coronel aprobó las diversas medidas adoptadas por su subordinado, extendiéndolas a todo el territorio de las provincias bálticas. El mayor Verder le prometió tenerle al corriente de todo. La información judicial sería continuada por el juez Kerstorf, y podían confiar en la actividad y celo de este magistrado.

Después de la conversación sostenida con el mayor Verder, el coronel Raguenof no ponía en duda que el asesino fuese aquel viajero que acompañaba a la víctima. Existían contra él cargos aplastantes. Pero, ¿quién era…? ¿Y cómo llegar a establecer su identidad si no era conocido de nadie; ni del conductor Broks, que le condujera en la diligencia, ni de Kroff, que le albergó en su vivienda…? Ninguno de los dos le vio el rostro, y no podían decir si era joven o viejo. En estas condiciones, ¿sobre qué pista lanzar a los agentes…?

¿De qué lado dirigir las pesquisas…? ¿Qué nuevos testimonios podían aportar revelaciones que permitiesen obrar con probabilidades de éxito…?

Era la oscuridad completa.

Bien pronto se verá cómo de pronto esta oscuridad fue iluminada por una vivísima luz, que convirtió la noche en día.

Aquella mañana, después de redactar su informe médico legal, el doctor Hamine habíalo entregado al juez Kerstorf.

– ¿Ningún nuevo indicio? - preguntó al magistrado.

– Ninguno, doctor.

Y al salir del despacho del juez, el doctor Hamine encontró al cónsul de Francia, el señor Delaporte. Por el camino le fue enterando del crimen y de las dificultades que su esclarecimiento ofrecía.

– Efectivamente - dijo el cónsul- , parece fuera de duda que el viajero de referencia es el autor del crimen; lo que ya es más dudoso es que se llegue a descubrirlo… Usted, doctor, atribuye una gran importancia al detalle de haber asestado el golpe con un cuchillo cuyo mango ha dejado huella alrededor de la herida. ¡Sea…! Pero de esto a encontrar ese cuchillo…

– ¡Quién sabe! - contestó el doctor.

– Ya veremos - dijo el señor Delaporte- . A propósito, ¿tiene usted noticias del señor Nicolef?

– ¿Noticias de Dimitri? - preguntó el doctor- , ¿Cómo voy a tenerlas si está de viaje?

– En efecto - respondió el cónsul- , y desde hace tres días ya. Y cuanto más lo pienso, más raro me parece.

– Sí… - observó el doctor Hamine.

– Ayer la señorita Nicolef todavía no había recibido ninguna noticia.

– Vamos a ver a Ilka - propuso el doctor.

– Sí, vamos. Tal vez el cartero le haya llevado hoy carta de su padre, o acaso Nicolef esté ya de regreso en su casa.

El señor Delaporte y el doctor Hamine dirigiéronse hacia el domicilio del profesor.

Cuando llegaron a la puerta preguntaron si la señorita Nicolef podía recibirles.

La criada les introdujo inmediatamente en la sala, donde estaba la joven.

– ¿Ha regresado tu padre, mi querida Ilka? - le preguntó el doctor.

– No ha venido - contestó la joven.

Y en su rostro pálido reflejábase la intranquilidad que la dominaba.

– Pero, ¿no ha tenido usted noticia alguna, señorita? - preguntó el cónsul.

Un signo negativo fue la respuesta de Ilka.

– Esta ausencia es inexplicable - repuso el doctor- , así como el secreto que la rodea.

– ¡Dios quiera que no le haya sucedido a mi padre alguna desgracia! - murmuró la joven con voz turbada- . Desde hace algún tiempo los crímenes son frecuentes en Livonia.

El doctor Hamine trató de tranquilizarla, más sorprendido que inquietado por esta ausencia.

– No hay que exagerar, mi querida niña; no hay tantos riesgos en los viajes. Verdad es que se ha cometido un crimen cerca de Pernau…, y si se conociese al asesinó como se conoce a la víctima, un infeliz cobrador de una casa de banca…

– Ya lo ve usted, mi buen doctor, los caminos no están seguros, y ya hace cuatro días que partió mi padre… ¡Ah!, Yo no puedo desechar los presentimientos de una desgracia…

– Tranquilízate, hija mía - le dijo cariñosamente el doctor, estrechándole las manos- .

¡Tú, tan fuerte, tan enérgica…! ¡No te reconozco! Dimitri te previno que estaría ausente dos o tres días, y no hay motivo para alarmarse.

– ¿Usted dice lo que piensa, doctor? - preguntó la joven, mirándole fijamente.

– Seguramente, Ilka, seguramente, y yo estaría tranquilo del todo si supiese la causa del viaje de Dimitri… ¿Qué te dijo antes de partir?

– Esto - e Ilka sacó del bolsillo un papel que entregó al doctor.

El doctor y el señor Delaporte leyeron atentamente. Nada podía deducirse de aquellas lacónicas frases de Dimitri, que su hija había leído y releído tantas veces-

– ¿De modo que no te besó antes de partir? - preguntó el doctor.

– No, mi querido doctor, y la víspera, cuando se despidió de mí como todas las noches, me pareció que su pensamiento estaba en otra parte.

– Tal vez - observó el cónsul- , el señor Nicolef tendría alguna preocupación.

– Volvió más tarde que de costumbre, ¿se acuerdan ustedes?, retenido por una lección que se había prolongado, según él explicó.

– Efectivamente, me pareció más preocupado que de costumbre - repuso el doctor- ; pero insisto sobre este punto, mi querida Ilka, ¿después de nuestra partida que hizo Dimitri?

– Me dio las buenas noches y se marchó a su habitación.

– Y luego, ¿no recibió alguna visita que pudiera haber motivado el viaje?

– Seguramente no - contestó la joven- . Debió acortarse en seguida, pues yo no oí ruido alguno durante la noche.

– ¿No le entraría la criada alguna carta que llegase más tarde?

– No, doctor; puedo asegurar que la puerta de la casa no se abrió después de marcharse ustedes.

– Es, pues, seguro que aquella noche estaba ya decidido el viaje.

– Indudablemente - añadió el señor Delaporte.

Y a la mañana siguiente, cuando leíste las dos letras que te dejó tu padre, ¿no trataste de averiguar qué dirección había tomado?

– ¿Cómo averiguarlo, y por qué lo había de intentar? Mi padre ha tenido sus razones para reservarse hasta con su hija; así es que si yo estoy intranquila no es porque se haya marchado, sino porque su ausencia se prolonga.

– Desecha esos temores, mi querida niña - dijo el doctor, tratando de tranquilizar a la joven- . La ausencia de tu padre no es alarmante todavía; tal vez esta noche o mañana lo más tarde estará de regreso.

En el fondo el doctor estaba más alarmado por los motivos que pudieran haber determinado la ausencia que por el viaje mismo.

Luego se despidieron de Ilka, prometiendo volver por la tarde para saber si habían llegado noticias de Dimitri Nicolef.

La joven los miró alejarse, permaneciendo en el umbral de la puerta hasta que desaparecieron. Y pensativa, agitada por sombríos presentimientos, se volvió a su habitación.

Casi al mismo tiempo, en el despacho del mayor Verder revelábase un hecho relativo al crimen de la Cruz Rota, que iba a poner a la justicia sobre la pista del culpable.

Aquella misma mañana la brigada dirigida por Eck había llegado a Riga.

Como el lector recordará, estos agentes habían sido enviados al norte de la provincia, donde hacía algún tiempo cometíanse frecuentes atentados contra las personas y las propiedades. También se recordará que ocho días antes Eck operaba en los alrededores del lago Peipus, buscando a un evadido de las minas siberianas, persiguiéndole hasta cerca de Pernau. Pero el fugitivo, arrojándose en medio de los témpanos de hielo, había desaparecido.

¿Habría muerto? Era probable, pero no seguro. Y Eck lo dudaba, porque el cuerpo del fugitivo no había aparecido ni en el puerto ni en la desembocadura del Pernova.

De regreso en Riga, dirigíase hacia el despacho del mayor Verder para darle cuenta de su misión, cuando le informaron del crimen que tan preocupadas tenía a las autoridades, y nadie hubiera podido sospechar que Eck tenía la clave de este misterioso asesinato.

Así es que fueron muy grandes la sorpresa y la satisfacción del mayor Verder al saber que un subordinado tenía que hacerle revelaciones a propósito del crimen cuyo autor se buscaba inútilmente.

– ¿Se trata del asesino del cobrador de la casa Johausen?

– Del mismo, señor mayor.

– ¿Conocías a Poch?

– Sí, señor, y le vi por última vez la noche del 13.

– ¿Dónde?

– En la Cruz Rota.

– ¿Tú estabas allí?

– Sí, señor mayor, con uno de mis agentes; entramos un momento antes de regresar a Pernau.

– ¿Y hablaste al desgraciado Poch?

– Hablé con él; y si el asesino, como todo hace suponer, es el viajero que acompañaba a Poch, el viajero que pasó allí la noche… ¡le conozco también!

– ¡Que le conoces! - exclamó el mayor Verder.

– Sí, y si el asesino es el viajero en cuestión…

– ¡No cabe duda! - le interrumpió el mayor Verder

– Pues bien, voy a nombrarle, aunque tal vez no deis crédito a mis palabras…

– Te creeré, si tú lo afirmas.

– Yo afirmo lo siguiente: el viajero, al que no dirigí la palabra, lo reconocí perfectamente, a pesar de llevar cuidadosamente oculto el rostro bajo el capuchón… ¡Es el profesor Nicolef!

– ¡Dimitri Nicolef! - exclamó el mayor estupefacto- . ¡El…! ¡No es posible…!

– ¡Ya decía yo que no querría creerme! - repuso el agente.

Verder se había levantado, y paseaba a todo lo largo de su despacho, murmurando:

– ¡Dimitri Nicolef…! ¡Dimitri Nicolef…!

¡Aquel hombre, candidato en las próximas elecciones municipales, aquel adversario de la poderosa familia Johausen, aquel ruso que reasumía todas las reivindicaciones del partido eslavo contra el elemento germánico, aquel protegido del gobierno ruso era el asesino del desgraciado Poch…!

– ¿Estás seguro? - dijo el mayor, deteniéndose ante Eck.

– ¡Seguro!

– Dimitri Nicolef, ¿estaba, pues, ausente de Riga?

– Sí; aquella noche por lo menos. El hecho es bien fácil de comprobar.

– Voy a enviar un agente a su domicilio; daré aviso al señor Johausen para que se pase por aquí. Tú quédate.

– A sus órdenes, señor mayor.

Éste dio sus instrucciones a dos agentes del puesto, que partieron inmediatamente.

Diez minutos después el señor Frank Johausen estaba en presencia de Eck, que repitió sus manifestaciones.

Puede juzgarse, sin gran esfuerzo de imaginación, los sentimientos que agitaron el alma vengativa del banquero. La más inesperada de las eventualidades, un crimen, un asesinato, librábale del odiado rival. ¡Dimitri Nicolef el asesino de Poch…!

– ¿Te ratificas? - preguntó por última vez el mayor, volviéndose hacia Eck.

– ¡Me ratifico! - dijo el agente con voz que demostraba absoluta seguridad.

– Pero, ¿y si resulta que no ha salido de Riga? - dijo a su vez Frank Johausen.

– No tiene más remedio que haber salido, al menos durante la noche del 13 al 14, puesto que yo le he visto con mis propios ojos y le he reconocido.

– Esperemos el regreso del agente que he enviado a casa de Dimitri Nicolef - añadió el mayor Verder- . Estará aquí dentro de cinco minutos.

El señor Frank Johausen, sentado cerca de la ventana, se abandonaba al tumulto de sus pensamientos. Quería creer que el agente no se había equivocado, y, sin embargo, por un instinto de justicia, sublevábase contra la verosimilitud de semejante acusación.

Regresó el agente que había ido a casa de Dimitri Nicolef.

El profesor había partido de Riga el 13, muy de madrugada, y todavía no había vuelto.

Era la confirmación de las revelaciones de Eck.

– Ya ve el señor mayor cómo yo decía bien. Dimitri Nicolef ha dejado su domicilio la mañana del 13. Poch y él tomaron asiento en la diligencia. El accidente se produjo a eso de las siete de la tarde, y los dos viajeros entraron a las ocho en el kabak de la Cruz Rota.

Si uno de los viajeros asesinó al otro, no hay duda de que Dimitri Nicolef es el asesino.

El señor Johausen se retiró, confundido y triunfante a la vez por esta terrible nueva, que no podía tardar en esparcirse a través de la ciudad.

« ¡Dimitri Nicolef autor del crimen de la Cruz Rota…! » Afortunadamente, el rumor no llegó hasta Ilka Nicolef. El doctor Hamine procuró que nada supiese la infeliz niña. Por otra parte, tanto él como el cónsul de Francia habíanse encogido de hombros al saber la noticia. ¡Nicolef un asesino! Era imposible darle crédito.

Pero ya el telégrafo había funcionado, ordenando a todas las brigadas de policía que detuviesen a Dimitri Nicolef dondequiera que fuese descubierto.

Así es que la noticia llegó a Dorpat en la tarde del 16. Karl Johausen había sido uno de los primeros en enterarse, y ya se sabe cómo la arrojó al rostro de Jean Nicolef, en presencia de sus camaradas de la Universidad.

Telegrama

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