CAPÍTULO VII
PESQUISAS DE LA POLICÍA
D
OS horas después un carruaje corría a toda velocidad por el camino de Pernau. No era ni una telega ni un coche correo. La berlina de viaje del señor Frank Johausen había sido enganchada a dos caballos de postas que se renovarían. Por mucha que fuera la rapidez con que caminara, no se podía esperar que llegase al kabak de la Cruz Rota antes de la noche. Haría alto en el último sitio de parada, y al día siguiente, al amanecer, se detendría ante la posada.
En la berlina iban el banquero, el mayor Verder, el doctor Hamine, el juez Kerstorf, encargado de la instrucción del proceso, y el escribano. Los agentes de policía ocupaban los asientos de atrás.
Una palabra acerca del juez Kerstorf, puesto que los demás personajes ya son conocidos del lector.
Este magistrado, de origen eslavo, de unos cincuenta años, era justamente apreciado por sus colegas y por el público. Admirábase su perspicacia en las causas criminales que le correspondían. De integridad absoluta, no cedía jamás ante ninguna influencia, ni aun las que tenían carácter político; era la ley hecha hombre. Poco comunicativo, hablaba menos y reflexionaba mucho.
En el actual asunto había, empleando un término de física, fluidos contrarios que se combinarían difícilmente, si la cuestión política intervenía en él: de una parte el banquero Johausen y el mayor Verder, de origen germano, y de otra el doctor Hamine, eslavo.
Únicamente el juez Kerstorf estaba libre de estas pasiones de raza que fermentaban entonces en las provincias bálticas.
Durante el trayecto, la conversación, bastante intermitente, se sostuvo entre el mayor y el banquero.
El señor Frank Johausen no ocultaba la profunda lástima que le inspiraba la muerte del desdichado Poch. Apreciaba mucho al dependiente, al servicio de su casa desde hacía ya treinta años, que demostró siempre intachable honradez y extraordinario celo.
– ¡Cuán grande será el dolor de la pobre Zenaida cuando sepa la muerta de su novio! -
Decía.
En efecto, el matrimonio debía celebrarse pasados algunos días en Riga, y el pobre dependiente sería conducido al cementerio, en vez de ir a la iglesia.
Al mayor, si bien le causaba pena la suerte de la víctima, le preocupaba más la captura del asesino. Respecto a este punto, era imposible hacer cálculo alguno antes de visitar el lugar del crimen y de conocer las circunstancias en que había sido cometido. Tal vez se encontraría algún indicio, alguna pista. En el fondo, el mayor Verder se inclinaba a ver en el asesinato la mano de uno de esos vagabundos, de los que aquella parte del territorio estaba entonces infestada. Por lo demás, era de suponer que, gracias a las escuadras de policía que lo recorrían, la justicia se apoderaría del asesino de la Cruz Rota.
El papel del doctor Hamine se limitaría a las observaciones médico legales sobre el cadáver de Poch; pero en aquel momento tenía otro motivo de preocupación, de inquietud más bien. La víspera, cuando había ido a hacer su visita diaria al profesor, éste no se encontraba en casa. El doctor supo por Ilka que su padre estaba de viaje. Aquel mismo día, Nicolef, al que ella no había visto antes de su marcha, le había anunciado que abandonaba Riga por dos o tres días. ¿Dónde iba? Ninguna explicación había dado respecto a este punto. ¿Había proyectado el viaje la víspera? Evidentemente, puesto que Nicolef no había recibido ninguna carta desde su regreso a su casa. Y sin embargo, no había hablado de él ni a su hija, ni al doctor, ni al cónsul durante la velada. ¿Estaba más preocupado que de costumbre? Tal vez, pero a un hombre tan reservado no se le preguntaba el motivo de sus cavilaciones. En fin, lo cierto es que al día siguiente se había puesto en camino sin indicar el objeto de su viaje. El doctor Hamine había, pues, dejado a Ilka muy inquieta, y él mismo participaba de esta inquietud.
La berlina rodaba rápidamente. Un hombre a caballo, que iba delante, disponía lo necesario para que los caballos estuviesen preparados en los sitios de relevo. Se aprovechaba, pues, el tiempo, y de haber partido de Riga tres horas antes, la información hubiera podido comenzar aquel mismo día.
El aire era seco y algo frío. La tormenta del día anterior había cesado, pero el camino, destrozado por los huracanes, obligaba a los caballos a grandes esfuerzos.
A mitad del camino los viajeros se concedieron media hora para almorzar, lo que hicieron en una modesta posada, volviendo a partir en seguida. Iban silenciosos, absortos en sus ideas. Salvo algunas raras palabras cambiadas entre el señor Johausen y el mayor Verder, nada se oía en el interior de la berlina. Por rápidamente que ésta caminase, encontraban los viajeros que los postillones iban despacio, y el mayor les estimulaba y hasta amenazaba cuando el coche aminoraba la marcha.
Daban las cinco cuando la berlina hizo alto en el último sitio de parada, antes de Pernau. El sol no tardaría en desaparecer, y la Cruz Rota hallábase aún a diez verstas.
– Señores - dijo el juez Kerstorf- , cuando lleguemos a la posada será completamente de noche, circunstancia poco favorable para comenzar una información. Propongo pues, que la dejemos para mañana a primera hora. Además, como no encontraremos habitaciones en esa taberna, me parece preferible pasar aquí la noche.
– Opino lo mismo - respondió el doctor Hamine- y partiendo al amanecer…
– Quedémonos aquí - dijo el señor Frank Johausen- , a menos que el mayor Verder no vea algún inconveniente en ello…
– No veo más inconveniente que el retardar nuestras pesquisas - respondió el mayor, que tenía prisa por llegar al teatro del crimen.
– ¿Ese kabak está custodiado desde esta mañana? - preguntó el juez.
– Sí - respondió el mayor Verder- . El telegrama expedido desde Pernau me informa que algunos agentes han sido inmediatamente enviados allí, con orden de impedir la entrada y de que el tabernero Kroff pueda comunicarse con nadie.
– Entonces - observó el juez- , el retraso de una noche no puede perjudicar la información…
– Sin duda - replicó el mayor- , pero deja al autor del crimen tiempo para poner varios centenares de verstas entre la Cruz Rota y él.
El mayor hablaba como policía, conocedor de su oficio. Sin embargo, la noche se acercaba, y lo mejor era esperar al siguiente día.
El banquero y sus compañeros instaláronse, pues, en la posada, y en ella comieron y pasaron la noche, más o menos cómodamente, en las habitaciones que fueron puestas a disposición de ellos.
Al siguiente día, 15 de abril, al rayar el alba, volvieron a ponerse en camino, y a eso de las siete llegaron al kabak.
Los agentes de Pernau, instalados en la posada, los recibieron en la puerta de ésta.
Kroff se paseaba por la sala. No había necesidad de emplear la fuerza para retenerle…
¿Por qué había de abandonar su posada? Al contrario. ¿No era su presencia necesaria para suministrar a los agentes todo cuanto necesitasen? ¿No debía ponerse a las órdenes de los magistrados que procederían a interrogarle? ¿Qué testimonio más precioso que el suyo al principio de aquella información?
Los agentes habían procurado que, tanto en el interior como en el exterior del kabak, en las habitaciones lo mismo que en el camino y en los alrededores de la taberna, las cosas permaneciesen en el estado que tenían cuando ellos llegaron. Se había prohibido a los campesinos de los contornos que se acercasen a la casa, y en aquel momento unos cincuenta curiosos se agolpaban a la distancia que se les había señalado.
Conforme a su promesa, a las siete de la mañana el conductor Broks, acompañado del postillón con el tiro y un carretero, había regresado a la posada, donde esperaba encontrar a Poch y al viajero, a los que había de conducir cuando el coche estuviera compuesto.
¡Calcúlese el horror que sintió Broks cuando el tabernero le condujo ante el cadáver de Poch, de aquel pobre Poch, tan impaciente por regresar a Riga para celebrar su matrimonio! Broks saltó sobre uno de los caballos, y dejando al postillón y al carretero en la posada, volvió a Pernau para informar del suceso a la policía. Se telegrafió al mayor Verder, y algunos agentes se trasladaron a la Cruz Rota.
Broks tenía la intención de volver a la posada para ponerse a disposición de los magistrados, que sin duda le reclamarían como testigo.
El juez Kerstorf y el mayor Verder procedieron a practicar inmediatamente las primeras diligencias. Los agentes, colocados unos en el camino, delante de la casa, y otros detrás, a lo largo de la huerta y a la derecha en la orilla del pinar, recibieron orden de mantener a distancia a los curiosos.
El juez, el mayor, el doctor y el señor Johausen penetraron en la sala que servía para el despacho y encontraron a Kroff, que les condujo a la alcoba donde yacía el cadáver del infortunado Poch.
En presencia de éste, el señor Johausen no pudo contener su dolor… Era el viejo servidor de su casa, con la cabeza exangüe, el cuerpo aniquilado por la muerte, que remontaba ya a veinticuatro horas, tendido sobre el lecho en la misma posición en que había recibido el golpe durante su sueño. La víspera, cercanas las siete, Kroff, conforme a lo que Poch le había advertido, no oyendo en la alcoba ningún ruido no le despertó; pero a la llegada del conductor, una hora después, ambos habían golpeado en la puerta, cerrada por el interior. Nadie respondió… Muy inquietos la habían forzado, encontrándose en presencia de un cadáver, aún caliente.
Sobre una mesa, junto al lecho, estaba la cartera con las iniciales de los hermanos Johausen, con la cadena, que arrastraba por el suelo, y vacía del dinero que Poch llevaba a Revel.
En primer lugar, el doctor Hamine reconoció al cadáver. La víctima había perdido mucha sangre. Un charco medio coagulado se extendía desde el lecho hasta la puerta. La camisa de Poch mostraba, junto a la quinta costilla, hacia la izquierda, un agujero que correspondía con una herida de forma bastante singular. Era indudable que había sido hecha con uno de esos cuchillos suecos, cuya hoja, de cinco a seis pulgadas de largo, colocada en un mango de madera, tiene una virola de resorte. Esta virola había dejado sobre la piel, en el orificio de la herida, una huella muy pronunciada. El golpe había sido dado, sin duda, con gran violencia, y uno solo bastó para provocar la muerte repentina, perforando el corazón.
No había duda sobre el móvil del asesinato: era el robo, puesto que los billetes que encerraba la cartera de Poch habían desaparecido.
¿Pero cómo había penetrado el asesino en el cuarto? Evidentemente por la ventana que daba al camino, puesto que la puerta de la alcoba estaba cerrada interiormente, y el posadero y Broks habían tenido que forzarla. Esta creencia se afirmaría cuando se reconociera la ventana por el exterior. Las manchas de sangre advertidas en la almohada indicaban que Poch debió colocar su cartera bajo aquélla, de donde el asesino la arrancó con sus manos ensangrentadas, dejándola sobre la mesa después de haber sacado los billetes.
Esta información fue hecha con minucioso cuidado en presencia del posadero, que respondía con gran sentido a todas las preguntas que el magistrado le dirigía.
Antes de proceder a su interrogatorio, el juez y el mayor quisieron llevar sus investigaciones al exterior. Convenía dar la vuelta en torno de la posada y examinar si el asesino había dejado huellas por aquella parte.
Ambos salieron, acompañados del doctor Hamine y del señor Johausen. Kroff y los agentes les seguían, mientras los campesinos quedaban a unos treinta pasos.
Primeramente la ventana de la alcoba donde el crimen se cometió fue objeto de minucioso examen. Al primer golpe de vista se advirtió que la madera de la derecha, que se encontraba en muy mal estado, había sido forzada por medio de una palanqueta, y que el herraje había sido arrancado. Por uno de los cristales rotos, cuyos pedazos yacían en el suelo, el asesino había introducido el brazo y abierto la ventana, por la que había entrado y salido después de cometer el crimen.
Las huellas de su pie existían en gran número, y la tierra las había conservado, pero crecían, se confundían, afectaban tan diferentes formas que no podían servir de indicios.
Obedecía esto a que la víspera, antes de la llegada de los agentes de Pernau, gran número de curiosos habían circulado en torno de la casa, sin que Kroff hubiera podido impedirlo.
El juez Kerstorf y el mayor fueron ante la ventana del cuarto que durante la noche ocupó el viajero desconocido. No ofrecía nada de sospechoso: las vidrieras estaban herméticamente cerradas y no habían sido abiertas desde la víspera, es decir, desde la hora en que dicho viajero se había apresurado a abandonar la posada.
Sin embargo, la cornisa y también el muro presentaban algunas resquebrajaduras, como si hubieran sido fuertemente rozadas por los zapatos de alguien que hubiera escalado aquella ventana.
Hecho esto, el magistrado, el mayor, el doctor y el banquero volvieron a entrar en la posada para visitar el cuarto del viajero, como se sabe, contiguo a la sala. Un agente vigilaba la puerta desde su llegada a la Cruz Rota.
Abrióse la puerta. Una profunda oscuridad reinaba en la habitación. El mayor Verder abrió la ventana y empujó las maderas del exterior.
La luz entró en el cuarto. Encontrábase éste en el estado en que lo dejó el viajero: la cama deshecha, la vela de sebo casi concluida: Kroff la había apagado después de la partida de aquél; las dos sillas de madera en su sitio de costumbre, sin indicio de desorden; en el fondo del hogar de la chimenea veíanse cenizas y dos tizones que no se habían consumido, y un viejo armario, cuyo interior fue examinado, y que no contenía nada. En el cuarto, pues, salvo las resquebrajaduras del exterior, no había indicio alguno que pudiera dar luz sobre el caso.
Terminóse el reconocimiento visitando la habitación de Kroff. Los agentes escudriñaron concienzudamente los tejadillos del corral. La huerta fue explorada hasta el seto vivo que le servía de cercado, y que no presentaba huella alguna. No se podía, pues, dudar que el asesino había venido de fuera, penetrando en el cuarto de la víctima por la ventana que daba al camino, y que había sido forzada.
El juez Kerstorf procedió entonces al interrogatorio del posadero. Instalóse en la sala ante una mesa, y el escribano se sentó a su lado. El mayor Verder, el doctor Hamine y el señor Johausen, deseosos de oír la declaración de Kroff, se colocaron en torno de la mesa, y el posadero fue invitado a que manifestase cuanto sabía.
– Señor juez - dijo con voz segura- , anteanoche, a eso de las ocho, dos viajeros llegaron a la posada y me pidieron dos habitaciones para pasar la noche. Uno de ellos cojeaba ligeramente, a consecuencia de un accidente ocurrido al coche que volcó a doscientos pasos de aquí en el camino de Pernau.
– ¿Era Poch, el dependiente de la casa Johausen?
– Sí… Por él mismo lo supe. Me refirió lo que había ocurrido. A no ser por la contusión de la pierna, hubiera ido a Pernau con el conductor y el postillón, ¡y ojalá el cielo lo hubiera permitido! El conductor, al que no vi entonces, debía volver al siguiente día por la mañana, y así lo hizo, en efecto, para recoger a Poch y a su compañero después de reparar el coche.
– ¿Dijo Poch lo que iba a hacer en Revel? - preguntó el juez.
– No… Me suplicó que le sirviese de cenar, y comió con buen apetito. Cerca de las nueve serían cuando entró en la habitación que le tenía destinada, cuya puerta cerró interiormente con llave y cerrojo.
– ¿Y el otro viajero?
– El otro viajero - respondió Kroff- se limitó a pedir una habitación, sin querer tomar parte en la cena de Poch. En el momento de retirarse me previno que no aguardaría el regreso del conductor y partiría al día siguiente a las cuatro de la mañana.
– ¿No ha sabido usted quién era ese viajero?
– No, señor juez, y el pobre Poch tampoco lo sabía. Mientras cenaba me habló de su compañero, que no había pronunciado diez palabras durante el camino, y que hizo el viaje con la cabeza oculta bajo su capuchón, como deseoso de no ser reconocido. Yo mismo no he podido verle la cara, y me sería absolutamente imposible dar detalle alguno sobre este punto.
– ¿Y había otras personas en la Cruz Rota cuando llegaron los dos viajeros?
– Media docena de campesinos y leñadores de los contornos, y también el cabo de policía Eck con uno de sus hombres.
– ¡Ah! - exclamó el señor Johausen- . ¡El cabo Eck! ¿Pero no conocía a Poch?
– En efecto, y ambos hablaron durante la cena.
– ¿Y toda esa gente partió? - preguntó el juez
– A eso de las ocho y media - respondió Kroff- . Yo cerré la puerta con llave, después de echar las barras del interior.
– ¿De modo que no era posible abrir por fuera?
– No, señor juez.
– ¿Ni por dentro si no se tenía la llave? por ella, huyendo por el mismo sitio, una vez que realizó
– Tampoco.
– Y por la mañana, ¿lo encontró usted todo en el mismo estado?
– En el mismo estado. Eran las cuatro cuando el viajero salió de su habitación. Yo le alumbré con mi linterna. Me pagó lo que me debía, un rublo. Estaba encapuchado, como la víspera, y no pude ver su rostro. Le abrí la puerta y la cerré así que salió.
– ¿No dijo dónde iba?
– No lo dijo.
– ¿Durante la noche oyó algún ruido sospechoso?
– Ninguno.
– En opinión de usted, Kroff - preguntó el juez- , ¿el crimen había sido ya cometido cuando el viajero abandonó la posada?
– Así lo creo.
– ¿Y después de la partida del viajero qué ha hecho usted?
– He vuelto a mi cuarto y me he tendido sobre lecho para esperar el día, y no creo haber dormido.
– ¿De modo que si desde las cuatro a las seis hubiera habido algún ruido en la habitación de Poch, usted lo hubiera oído?
– Seguramente, puesto que mi cuarto, aunque está en el jardín, es vecino del suyo, y de haber habido lucha entre Poch y el asesino…
– Sí - dijo el mayor Verder- , pero no hubo lucha el desdichado fue muerto repentinamente en su lecho por el golpe que le atravesó el corazón.
Nada más cierto, y no era dudoso que el crimen hubiera sido cometido antes de la partida del viajero. Por más que certeza absoluta no había, pues de cuatro a cinco la noche era negra, la borrasca se desencadenaba aún con gran violencia, el camino estaba desierto, y un malhechor pudo sin ser visto introducirse, por fractura, en la posada.
Kroff continuo respondiendo categóricamente a las preguntas que el magistrado le dirigió. Evidentemente nunca pensó que se pudiera sospechar de él. Estaba, además, demostrado de un modo absoluto que le asesino, venido de fuera, había fracturado la ventana para entrar por ella, huyendo por el mismo sitio, una vez que realizo su crimen, con los quince mil rublos robados.
Kroff refirió cómo había descubierto el asesinato. Habías levantado a las siete y se paseaba por la sala cuando el conductor Broks llegó a la posada, yendo con él a despertar a Poch, que no contestó al llamamiento Golpearon la puerta, y el mismo silencio Entonces forzaron la entrada, encontrándose en presencia del cadáver.
– ¿Está usted seguro de que en aquel momento - preguntó el juez no le quedaba al desgraciado ni un soplo de vida?
– Absolutamente seguro, señor juez - contestó Kroff, quien, por ruda que fuese su naturaleza, sentase dominado por la emoción- . No, ni el menor aliento de vida. Broks y yo hicimos todo lo humanamente posible por reanimarle, sin poderlo conseguir.
¡Asegúrese el señor juez, con semejante puñalada en el corazón!
– ¿No encontró usted el arma del asesino?
– No, señor juez; sin duda tuvo buen cuidado de llevársela
– ¿Asegura usted - insistió el magistrado- que el cuarto de Poch estaba cerrado interiormente?
Sí, señor, con llave y cerrojo contestó Kroff . El conductor Broks podrá también afirmarlo. Por esto nos vimos obligados a forzar la puerta.
– ¿Broks partió inmediatamente?
– Sí, señor juez. Tenía prisa por volver a Pernau, a fin y de prevenir a la policía, que envió dos agentes.
– ¿Y no ha regresado?
– No, señor, pero debe llegar esta misma mañana, pues ya supone que ha de ser interrogado.
– Está bien - contestó el señor Kerstorf- , puede usted retirarse; pero no abandone la posada y esté siempre dispuesto a mi llamamiento.
– Así lo haré.
En el comienzo de este interrogatorio Kroff había dado su nombre y apellidos, edad y profesión, de todo lo cual había tomado nota el escribano, pues era probable que hubiera de ser citado en el curso de la instrucción.
Entretanto comunicase al juez que el conductor Broks acababa de llegar. Era el segundo testigo, y su declaración sería tan importante como la de Kroff, con quien sin duda coincidiría.
Hízose entrar a Broks en la sala. A instancia del juez dijo su nombre y apellidos, edad y profesión. Empezó a prestar declaración, no omitiendo detalle acerca del accidente del carruaje, de los viajeros que conducía desde Riga, de la resolución de Poch y compañero de viaje de pernoctar en el albergue de la Cruz Rota.
Sus manifestaciones confirmaron las del posadero en todo lo referente al descubrimiento del crimen, a la necesidad de forzar la puerta de la habitación, puesto que Poch no respondía. Insistió, además, sobre un punto que merece tenerse muy en cuenta: la conversación, tal vez imprudente, que durante el trayecto mantuvo la víctima, manifestando que iba a Revel con objeto de depositar una importante suma por cuenta de la casa Johausen.
– Es seguro añadió que el otro viajero y los postillones que se fueron relevando en el camino tuvieron ocasión de ver su cartera, y yo mismo hice la observación.
Interrogado acerca del viajero que tomó asiento en la diligencia al salir de Riga, contestó Broks:
– No le conozco, y me fue imposible verle la cara.
– ¿Llegó en el momento de partir la diligencia?
– Algunos momentos antes de echar a andar.
– ¿No había tomado su asiento con anticipación?
– No, señor juez.
– ¿Iba a Revel?
– Por lo menos hasta allí pagó el asiento; es todo lo que puedo afirmar.
– ¿No se había convenido que al día siguiente volvería usted para reparar el carruaje?
– Sí, señor, y que Poch y su compañero continuarían el viaje.
– ¿Y sin embargo, al día siguiente, a las cuatro de la mañana, el viajero dejaba la posada?
– También a mí me sorprendió, señor juez, que Kroff me dijese que ese individuo se había marchado.
– ¿Y qué pensó usted en el primer momento?
– Pensé que se propondría detenerse en Pernau, y como no dista de aquí más que una docena de verstas, habíase decidido a hacerlas a pie.
– Si tal era su intención - observó el magistrado- , es singular que no se dirigiese a Pernau aquella misma noche, después del accidente del carruaje.
– Efectivamente, señor juez, eso mismo se me ocurrió a mí dijo Broks.
El interrogatorio tocó a su fin, y el conductor recibió el permiso para retirarse.
Cuando hubo salido, el mayor Verder dijo al doctor Hamine:
– ¿Tiene usted que practicar algún otro reconocimiento en el cuerpo de la víctima?
– No, mayor. He tomado nota minuciosa del lugar, de la forma y disposición de la herida.
– ¿El golpe ha sido dado con un cuchillo?
– Un cuchillo cuyo mango ha dejado huella alrededor de la herida - afirmó el doctor Hamine.
Esto era un indicio que podía ser útil a la instrucción.
– ¿Puedo ya dar las órdenes preguntó entonces el señor Johausen para que el cuerpo de este pobre Poch sea transportado a Riga, donde ha de efectuarse el enterramiento?
– Desde luego - contestó el juez.
– Entonces nada nos queda que hacer aquí - dijo el doctor.
– Nada; podemos partir, puesto que no hay más testigos que examinar.
– Antes de marcharnos dijo entonces el señor Kerstorf , deseo volver a examinar el lugar del crimen. Tal vez se nos haya escapado algún indicio.
El magistrado, el mayor, el doctor y el señor Johausen entraron en la habitación.
Acompañábales el posadero, presto a contestar a cuantas preguntes le dirigieran. La intención del juez era registrar las cenizas del hogar para convencerse de que no contenían nada sospechoso.
Al fijarse en el atizador de hierro lo examinó con cuidado, observando que estaba deformado por un violento esfuerzo. ¿Habría servido para violentar la ventana de la habitación de Poch…? Era más que probable, y puesto que esta comprobación uníase a las rozaduras que se observaban en la madera de la ventana, el juez se hizo in mentibus las consideraciones que expuso a sus compañeros cuando salieron de la posada y no podía oírles el posadero.
El crimen no ha podido ser cometido más que por tres personas: o un malhechor llegado de fuera, o el posadero, o el viajero que pasó allí la noche. El descubrimiento del atizador, que nos servirá de cuerpo del delito, y las huellas dejadas en las maderas de la ventana no dan lugar a dudas. El viajero no ignoraba que la cartera de Poch contenía una suma considerable. Llegada la noche, después de abrir la ventana de su cuarto, saltó por ella, y sirviéndose del atizador como palanca, forzó la ventana de la habitación próxima, asesinó a Poch mientras dormía, y realizado el robo, volvió a su cuarto, de donde salió a las cuatro de la mañana, oculta la faz bajo su capuchón. Este viajero es indudablemente el asesino.
No había nada que objetar a esta argumentación.
¿Quién era este viajero? ¿Se conseguiría identificarlo?
– Señores - dijo entonces el mayor Verder- , las cosas han pasado seguramente como acaba de exponerlas el señor juez Kerstorf… Pero las informaciones judiciales son pródigas en sorpresas y no huelgan nunca las precauciones. Voy a cerrar la habitación del viajero, me llevaré la llave y dejaré aquí dos agentes con orden de no abandonar la posada y de vigilar al posadero.
La medida fue aprobada, y el mayor dio las correspondientes órdenes.
Poco antes de subir ala berlina el señor Johausen llamó aparte al juez, y le dijo:
– Existe una particularidad que todavía no he confiado a nadie y es conveniente que usted la conozca.
– ¿Qué es ello?
– Que tengo los números de los billetes robados… Había ciento cincuenta de cien rublos, y Poch los llevaba en un fajo.
– ¡Ah! ¿Y ha conservado usted los números? - repuso el magistrado en tono reflexivo.
– Sí, como de costumbre, y voy a comunicarlos a los diferentes bancos de provincias y de Rusia.
– Creo que no es conveniente - contestó el señor Kerstorf- . Si lo hace usted así, podrá suceder que el ladrón se entere y vaya con los billetes al extranjero, donde los números no serán conocidos. Dejémosle obrar con entera libertad, y tal vez él mismo dará motivo para prenderle.
Algunos momentos después la berlina se llevaba al juez y su escribano, al banquero, al mayor Verder y al doctor Hamine. La Cruz Rota quedaba bajo la vigilancia de dos agentes, que no debían ausentarse ni un momento del lugar del crimen.