Un drama en Livonia

CAPÍTULO V

EL KABAK DE LA CRUZ ROTA

LA taberna de la Cruz Rota justificaba este nombre por un dibujo en rojo que representaba una doble cruz rusa, rota en su base y caída en tierra. Sin duda, alguna leyenda relativa a una profanación iconoclasta perdida en la noche de los tiempos.

Un cierto Kroff, de origen eslavo, viudo y de cuarenta a cuarenta y cinco años, era el dueño de la taberna, que heredó de su padre. En una extensión de dos o tres verstas no se hubiera encontrado casa más cercana, o, por mejor decir, aldea más próxima. Aquello era el completo aislamiento.

Como clientes, pasajeros o habituales, Kroff no recibía más que a los raros viajeros obligados a detenerse, una docena de campesinos que trabajaban en los campos de los alrededores y algunos leñadores o carboneros ocupados en los bosques cercanos. ¿Hacía negocio el tabernero? Fuera de esto lo que fuera, jamás se quejaba, no siendo, por lo demás, hombre al que le agradase hablar de sus asuntos. El kabak funcionaba desde hacía treinta años, con el padre primero, contrabandista y cazador furtivo, que había sabido llenar su bolsa, y con el hijo después; así es que los maliciosos de la región aseguraban que el dinero no faltaba en la Cruz Rota. Pero esto a nadie interesaba.

De carácter poco comunicativo, Kroff vivía muy retirado, y rara vez abandonaba su posada, no haciendo más que contadas apariciones en Pernau; trabajando en su jardín cuando no tenía a quién servir, y sin hija ni hijo que le ayudase. Era hombre vigoroso, de cara rojiza, barba áspera, espesa cabellera y atrevida mirada. A nadie le preguntaba nada, y respondía brevemente cuando se le hablaba.

La casa, tras la cual se extendía el jardín, comprendía únicamente un piso bajo con puerta principal de una sola hoja. Se entraba primero en una sala, iluminada por la ventana del fondo. A la derecha y a la izquierda había dos cuartos cuyas ventanas daban a la carretera. La de Kroff formaba un anexo a la posada, con vuelta a la huerta.

La puerta y las ventanas eran sólidas, provistas de cerrojos en la parte interior. El posadero las cerraba al crepúsculo, pues el país era poco seguro; pero la tienda estaba abierta hasta las diez. En este momento había en ella media docena de parroquianos, a los que el vodka y el aguardiente ponían de buen humor. El jardín, de una media fanega, simplemente cerrado por un seto vivo, confinaba con el bosque de pinos que se extendía más allá del camino. Producía legumbres de consumo corriente, que Kroff cultivaba con bastante provecho. Respecto a los árboles frutales, abandonados a la naturaleza, eran cerezos, manzanos, que producían frutos de buena calidad, y algunos frambuesos de frutos perfumados y de fuerte color, que prosperan mucho en Livonia.

Aquella noche, en torno de las mesas, hablaban y bebían tres o cuatro campesinos y otros tantos leñadores de las cabañas vecinas. El aguardiente a dos copecs la copa, les atraía allí cotidianamente, antes de regresar a sus granjas o cabañas, distantes tres o cuatro verstas.

Ninguno de ellos debía pasar la noche en la Cruz Rota. Rara vez, por lo demás, se detenían allí viajeros con tal objeto; pero los conductores y postillones de telegas o coches correo hacían gustosos alto en el kabak de la última jornada para Pernau.

En medio de estos parroquianos habituales, aquella noche dos individuos sentados aparte hablaban en voz baja y observaban a los bebedores. Eran el cabo de policía Eck y uno de sus agentes. Después de la persecución a lo largo del Pernova, continuaban sus pesquisas a través de aquella región, donde se señalaba la presencia de algunos malhechores, permaneciendo en comunicación con las diversas escuadras encargadas de vigilar los pueblos y aldeas del norte de la provincia. No estaba Eck satisfecho de su última expedición. Del fugitivo que él contaba con prender vivo y llevar ante el mayor Verder, no había encontrado ni aun el cuerpo en el deshielo del Pernova. Era una mortificación para su amor propio.

Y el cabo decía a su compañero:

– Todo hace creer que ese indecente se ha ahogado.

– Es seguro - respondió el agente.

– Pero no…, no es seguro, o por lo menos, no tenemos la prueba material… Además, aunque lo hubiera encontrado muerto, no es así como yo quería llevarlo… No… Hubiera sido menester cogerlo vivo, y lo sucedido no hace mucho honor a la policía…

– ¡Otra vez seremos más afortunados, señor Eck! - respondió el agente, que aceptaba con gran filosofía las quiebras de su oficio.

El cabo movió la cabeza, sin pretender ocultar su despecho.

En este momento la tormenta se desencadenaba con incomparable violencia. La puerta de entrada se agitaba con amenaza de ser arrancada. La inmensa estufa, como si la ahogase el viento, cesaba algunos momentos en su ruido, para volver a él con la actividad de un horno. Se oía el crujido de los árboles del bosque, cuyas ramas rotas volaban hasta el techo del kabak con riesgo de hundirlo.

– Esto es bueno para los leñadores - dijo uno de los campesinos- . No tendrán más trabajo que el de coger su carga.

– Y también un tiempo fabuloso para los malhechores y contrabandistas - añadió el agente.

– Sí, fabuloso - respondió Eck- ; pero ésta no es razón para dejar que obren a su antojo… Es cierto que una banda corre el país. Se ha señalado un robo en Tarvart y una tentativa de asesinato en Karkus. Realmente el caminó entre Riga y Pernau no es muy seguro. Los crímenes se multiplican, y los criminales se escapan la mayor parte de las veces… Después de todo, ¿qué arriesgan si se dejan coger? Ir a extraer sal a Siberia… Esto no les preocupa. En otros tiempos, el danzar en la horca era cosa que merecía reflexión. Pero las horcas están rotas, como la cruz del kabak de maese Kroff.

– ¡Todo volverá! - afirmó el agente.

– Nunca será pronto - respondió Eck.

¿Cómo un cabo de policía hubiera podido admitir que la pena de muerte, que seguía aplicándose en los delitos políticos, hubiera sido abolida para los de derecho común? Esto estaba por encima de su entendimiento, como del de muchos que no pertenecen a la policía.

– Vamos… andando - dijo Eck, disponiéndose a partir- . Estoy citado con el cabo de la quinta compañía en Pernau, y no hay tiempo que perder.

Antes de levantarse golpeó sobre la mesa.

Kroff acudió al momento.

– ¿Cuánto, Kroff? - dijo aquél, sacando del bolsillo moneda menuda.

– De sobra lo sabe usted - respondió el posadero- . No hay más que un precio para todo el mundo.

– ¿Hasta para los que vienen a tu posada, donde saben que tú no les exigirás ni los papeles ni el nombre?

– ¡Yo no soy de la policía! - respondió Kroff con tono brusco.

– ¡Eh…! ¡Todos los taberneros debieran serlo, y así estaría más tranquilo el país! respondió el cabo- . En fin, Kroff, ¡ten cuidado, no sea que el mejor día te cierren la posada, si tú no la cierras a los contrabandistas y tal vez a clientes de peor especie!

– Yo sirvo a los que me pagan - dijo el tabernero- , y no me ocupo de adónde van ni de dónde vienen.

– No importa, Kroff. No te hagas el sordo cuando te hablo, o lo pagarán tus orejas.

Conque, buenas noches y hasta la vista.

El cabo Eck se levantó, pagó su gasto y se dirigió hacia la puerta, seguido del agente.

Los demás bebedores les imitaron, pues el mal tiempo no convidaba a retrasarse en el kabak de la Cruz Rota.

En aquel momento la puerta se abrió y fue violentamente cerrada por el viento.

Dos hombres acababan de entrar, el uno sostenía al otro, que cojeaba.

Eran Poch y su compañero de viaje. Éste permanecía siempre envuelto en su abrigo con la capucha sobre el rostro, que no era fácil distinguir. Él fue quien tomó la palabra, y dirigiéndose al posadero, dijo:

– Nuestro carruaje ha volcado a doscientos pasos de aquí. El conductor y el postillón han partido para Pernau con los caballos. Vendrán a recogernos mañana por la mañana.

¿Puede usted proporcionarnos dos habitaciones para pasar la noche?

– Sí - respondió Kroff.

– Necesito una para mí - añadió Poch- , y una buena cama, si es posible.

– Las tendrá usted - respondió Kroff- . ¿Está usted herido?

– Una contusión en la pierna.

– El otro cuarto corre de mi cuenta - añadió el viajero.

Mientras hablaba, parecióle a Eck que lo reconocía por la voz.

– Calla - se dijo- , juraría que es… No estaba seguro, y en su calidad de policía creía conveniente aclarar sus dudas.

Poch se había sentado junto a una mesa, sobre la que depositó su cartera, siempre sujeta al cinto por la cadena.

– Una habitación… Está bien… - dijo a Kroff- . Pero un arañazo no impide comer y yo tengo hambre.

– Le serviré a usted de comer respondió el posadero.

– Lo más pronto posible - dijo Poch.

El cabo de policía avanzó hacia éste.

– Realmente es una suerte, señor Poch, que no haya sido usted herido más gravemente.

– ¡Calle! - exclamó Poch- , ¡si es el señor Eck! Buenos días, señor Eck, o para hablar con más propiedad, ¡buenas noches!

– ¡Buenas noches, señor Poch!

– ¿Va usted por estos sitios?

– Ya lo ve usted.

– ¿Y la herida es poca cosa?

– Mañana estará curada.

Kroff había puesto sobre la mesa pan, carne de cerdo, fiambre y la taza para el té.

Después preguntó al viajero desconocido:

– ¿Y usted, caballero?

– Yo no tengo hambre - respondió éste- . Indíqueme usted dónde está mi cuarto. Deseo acostarme, pues es probable que no espere el regreso del conductor. Saldré de la posada mañana a las cuatro.

– Como usted guste - dijo el posadero.

Y condujo al viajero al cuarto situado en el extrema, de la casa, a la izquierda de la sala, reservando para Poch el de la derecha.

En tanto que el desconocido hablaba, su capuchón se entreabrió, y el cabo, que le observaba, pudo verle parte del rostro. Esto le bastó.

– Sí - murmuró para sí- ; es él… ¿Por qué quiere partir tan pronto y sin tomar el coche correo?

Estos policías encuentran siempre algo de anormal en las circunstancias más sencillas.

– ¿Dónde va así? - se preguntó Eck.

Seguramente el viajero no hubiera contestado al interrogarle de este modo.

Por lo demás, éste no pareció advertir que el cabo le examinara con tanta insistencia.

Entró en el cuarto que Kroff le indicaba.

Eck volvió junto a Poch, que comía con buen apetito.

– ¿Iba ese viajero con usted en el coche? - le preguntó.

– Sí, y no le he podido sacar cuatro palabras.

– ¿Y no sabe usted adónde va?

– No… Ha montado en Riga y pienso que se dirigía a Revel… Broks hubiera podido informarle a usted.

– ¡Oh! No vale la pena - respondió el cabo.

Kroff escuchaba esta conversación con el aire del posadero indiferente, al que no le importa quiénes sean sus huéspedes. Iba y venía por la sala, mientras que campesinos y leñadores se despedían de él.

El cabo, que no se apresuraba a partir, se complacía en hacer hablar al locuaz Poch.

– ¿Y va usted a Pernau? - le preguntó.

– No, a Revel, señor Eck.

– ¿Por encargo del señor Johausen?

– Justamente - respondió Poch, aproximando hacia sí con movimiento instintivo la cartera depositada sobre la mesa.

– El accidente del coche le cuesta a usted doce horas de retraso, por lo menos.

– Doce horas no más, si Broks viene mañana por la mañana como ha prometido.

Dentro de cuatro días estaré de vuelta en Riga… para el matrimonio…

– ¡Con la buena Zenaida Parensof…! ¡Oh…! ¡Lo sabia!

– Lo creo… Usted lo sabe todo.

– No… puesto que no sé adónde va su compañero de viaje. Si parte mañana a primera hora, sin esperarle a usted, es que se detiene en Pernau.

– Es probable - respondió Poch- ; y si no nos volvemos a ver, ¡buen viaje! Pero, diga usted, señor Eck, ¿acaso pasa usted la noche en esta posada?

– No, Poch, tenemos cita en Pernau, partimos al instante. En cuanto a usted, después de una buena comida, procure dormir y no deje usted que le arrebaten la cartera.

– ¡Está tan pegada a mí como las orejas a mi cuello! - respondió Poch, riendo alegremente.

– Andando - dijo Eck a su agente- , y abotonémonos hasta el cuello, o el aire nos penetrará hasta los huesos. Buenas noches, Poch.

– Buenas noches, señor Eck.

Los dos policías abrieron la puerta, que Kroff volvió a cerrar, echando primeramente la barra y dando doble vuelta a la llave, que se guardó.

A tal hora no era probable que nadie fuera a pedir hospitalidad a la Cruz Rota. Ya era extraño que dos viajeros hubiesen solicitado dos habitaciones para pasar la noche, siendo preciso el accidente del coche para que el posadero no quedase solo, como de costumbre, en el kabak.

Poch había terminado su comida con buen apetito. El lecho terminaría de reparar sus fuerzas.

Antes de retirarse a su cuarto Kroff esperaba que su huésped entrase en el suyo. Estaba junto a la estufa, cuyo humo, impulsado por el viento, invadía a veces la sala. Cuando esto sucedía, Kroff procuraba arrojarlo agitando una servilleta, cuyos pliegues, al extenderse, producían el ruido de latigazos.

La vela de sebo, colocada sobre la mesa, vacilaba, haciendo danzar en la sombra los objetos.

Fuera, el ruido del viento al chocar contra las ventanas era tan fuerte, que parecía que alguien llamaba.

– ¿No oye usted? - llegó a preguntar Poch, en un momento en que la puerta sufría un rudísimo choque.

– Nadie - respondió el posadero- ; no hay nadie. Yo estoy acostumbrado a esto. En pleno invierno tenemos aún peor tiempo.

– Además - respondió Poch- , no es probable que esta noche ande nadie por los caminos, a no ser los malhechores y los agentes de policía.

– Es cierto.

Eran cerca de las nueve. Poch se levantó, sujetó su cartera bajo el brazo, tomó la vela encendida que le presentaba Kroff y se dirigió hacia su cuarto.

El tabernero tenía en la mano una vieja linterna, de gruesos vidrios, que le serviría para alumbrarse una vez que Poch cerrara la puerta de su habitación.

– ¿No se acuesta usted? - le preguntó éste antes de entrar.

– Sí - respondió Kroff- , pero antes he de hacer mi ronda, como todas las noches.

– ¿Por el cercado?

– Sí, por el cercado. Quiero ver si mis pollos están en el gallinero, y seguros, pues algunas veces faltan uno o dos por la mañana.

– ¡Ah! ¿Los zorros?

– Los zorros y también los lobos. Esas malditas bestias saltan por el seto, y como la ventana de mi cuarto da al jardín, cuando puedo les gratifico con una perdigonada. Se lo advierto a usted para que no se asuste si oye algún tiro.

– ¡Bah! - respondió Poch- . Creo que no me despertaría un cañonazo, si cojo el sueño como espero.

Y añadió:

– Se me olvidaba advertir a usted que por mi parte no tengo prisa. Si mi compañero quiere marchar, allá él. A mí déjeme dormir hasta bien entrada la mañana. Ya me despertaré cuando Broks vuelva de Pernau y el coche esté en disposición de proseguir el viaje.

– Así se hará - respondió el posadero- . Nadie le despertará, y cuando ese viajero parta yo procuraré que el ruido no interrumpa el sueño de usted.

Poch, ahogando bostezos muy justificados por la fatiga, entró en su cuarto, cuya puerta cerró con llave.

Kroff quedó solo en la sala, débilmente iluminada por la linterna. Volvió a la mesa que había ocupado Poch, quitó el cubierto y colocó en su sitio platos, taza y tetera. Era hombre ordenado, que no dejaba para el siguiente día lo que podía hacer en el anterior.

Después se dirigió a la puerta del cercado y la abrió.

En aquella parte, que era la noroeste, el viento era menos violento, y el edificio anexo se encontraba abrigado por un ángulo; pero pasado éste, el viento soplaba con ímpetu, y el posadero no creyó que hubiera utilidad alguna en ir allí: una ojeada por el corral bastaría.

Nada sospechoso en el cercado. Ni una sombra movible que hubiera indicado la presencia de un zorrabo o un lobo.

Kroff movió su linterna en todas direcciones, y tranquilo, volvió a la sala.

Como era conveniente no dejar extinguirse la lumbre, cargó la estufa, y después de arrojar en torno una última mirada se dirigió a su cuarto.

La puerta, casi contigua a la del jardín, permitía penetrar en el anexo donde aquél estaba situado. Este cuarto confinaba con aquel en el que Poch dormía ya profundamente.

Kroff entró con su linterna en la mano, y la sala quedó sumida en, la oscuridad más profunda.

Durante dos o tres minutos sé oyó el ruido del posadero que se desnudaba. Después un crujido más pronunciado indicó que se tendía en el lecho.

Algunos instantes después todos dormían en la posada, a pesar del tumulto de los elementos, el viento y el agua, y de los largos gemidos de la tempestad a través del bosque, despojado ya de sus altas ramas.

Un poco antes de las cuatro de la mañana Kroff se levantó, y volviendo a encender su linterna penetró en la sala.

Casi al mismo tiempo se abría la puerta del cuarto del viajero.

Éste estaba vestido ya y envuelto en su capote, como la víspera, con el capuchón sobre la cabeza.

– ¿Ya está usted dispuesto? - preguntó Kroff.

– Ya - respondió el viajero, que mostraba en la mano dos o tres rublos en billetes- .

¿Qué le debo a usted?

– Un rublo - respondió el posadero.

– Helo aquí, y ábrame.

– Al instante - dijo Kroff, después de asegurarse de la autenticidad del rublo a la luz de la linterna.

Y se dirigió a la puerta, llevando la llave en la mano. Se detuvo un instante y preguntó al viajero:

– ¿No quiere usted tomar nada antes de partir?

– Nada.

– ¿Ni un vaso de vodka ni de aguardiente?

– No… Abra usted pronto… Tengo prisa.

– Como usted quiera.

Kroff retiró las barras de madera que sujetaban interiormente la puerta e introdujo la llave en la cerradura.

La oscuridad era profunda. La lluvia había cesado, pero el viento seguía tempestuoso.

Algunas ramas rotas cubrían el camino; una nube de hojas se agitaba en el aire.

El viajero aseguró el capuchón, y sin pronunciar más palabras salió precipitadamente, desapareciendo al poco en la oscuridad de la noche.

Mientras subía hacia Pernau, Kroff colocando de nuevo las barras, cerraba la puerta del kabak de la Cruz Rota.

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