La caza del meteoro

CAPÍTULO XIV

EN EL CUAL LA VIUDA THIBAUT, TOCANDO INCONSIDERABLEMENTE

LOS MAS ELEVADOS PROBLEMAS DE LA MECÁNICA CELESTE, PRODUCE

GRANDES INQUIETUDES AL BANQUERO ROBERT LECOEUR

SEGÚN algunos buenos espíritus, el progreso de las costumbres traerá, poco a poco, la desaparición de las sinecuras. Nosotros les creemos bajo su palabra; pero, en todo caso, había una, al menos en la época de los singulares acontecimientos que aquí relatamos.

Esta sinecura era de la propiedad de la viuda Thibaut, antigua carnicera, que tenía a su cargo el cuidado de la casa de Monsieur Zephyrin Xirdal.

El servicio de la viuda Thibaut consistía, en efecto, única y exclusivamente, en arreglar la habitación de este sabio desequilibrado. Ahora bien: hallándose el mobiliario de esta habitación reducido a su más mínima expresión, su conservación y cuidado no podía compararse a un decimotercero trabajo de Hércules. En cuanto a lo restante del alojamiento, escapaba en gran parte a su competencia. En la segunda pieza especialmente, habíale sido notificada la prohibición absoluta de tocar, bajo ningún pretexto, a los montones de papeles que allí estaban esparcidos, y el vaivén de su escoba debía limitarse a un pequeño cuadrado central donde el pavimento estaba limpio de libros. La viuda Thibaut, que tenía una inclinación natural por el orden y la limpieza, sufría al ver el caos que allí reinaba, y se hallaba devorada por el deseo de proceder un día a un arreglo general.

Encontrándose sola, en una ocasión, se había atrevido a acometer la empresa; pero Zephyrin Xirdal entró de improviso y se enfureció de tal manera, que la viuda Thibaut estuvo ocho días enferma de los nervios a consecuencia del disgusto.

Desde entonces no había vuelto a arriesgarse a hacer ninguna nueva incursión en el territorio sustraído a su jurisdicción.

Dos horas pasaba todos los días en casa de su burgués, así designaba ella a Zephyrin Xirdal, de las cuales siete cuartos de hora estaban consagrados a una conversación, o a un monólogo de buen gusto.

Por regla general, el tema de sus primeros discursos constituía la distinción de la familia de que ella formaba parte. Emprendiendo en seguida el capítulo de sus desgracias, explicaba por qué concurso funesto de circunstancias puede una carnicera verse transformada en sirvienta.

Poco importaba que fuese conocida esa historia. La viuda Thibaut experimentaba siempre el mismo placer en contarla.

Agotado este asunto, discurría acerca de las diversas personas a quienes servía o había servido.

Su amo, sin contestarle nunca, daba muestras de una paciencia inalterable. Es cierto que, perdido en sus ensueños, no oía siquiera aquella verbosidad.

El día 30 de mayo la viuda Thibaut, como lo venía haciendo a diario, entró a las nueve de la mañana en casa de Zephyrin Xirdal. Este sabio había partido la víspera con su amigo Marcel Leroux, y su habitación, por lo tanto, estaba vacía.

La viuda Thibaut no se sorprendió gran cosa por ello; una larga serie de fugas anteriores hacía normales para ella estas desapariciones súbitas.

Fastidiada, eso sí, de no encontrar auditorio, llevó a cabo sus labores como de costumbre.

Al penetrar en la habitación, que ella denominaba pomposamente despacho, hubo de experimentar grande emoción.

Un objeto insólito, una especie de capa negruzca, disminuía notablemente la superficie legítima del cuadrado del piso reservado a su escoba.

¿Qué significaba aquello? Resuelta a no tolerar semejante ataque a sus derechos, la viuda Thibaut apartó tranquilamente el objeto que la estorbaba, y se entregó a su tarea habitual.

Como era un poco sorda, no percibió el rumor que se escapaba de la caja; y, de un modo análogo, tan débil era la luz azulada del reflector metálico, que hubo de pasar también inadvertida para su mirada distraída.

En cierto momento, empero, un hecho singular atrajo necesariamente su atención. Al pasar ella ante el reflector metálico, un irresistible impulso la hizo caer al suelo.

No habiéndola vuelto a colocar la casualidad en el eje del reflector, el fenómeno no se reprodujo, y por eso no pensó en establecer la menor relación entre su accidente y la caja que ella había movido de su sitio.

La viuda Thibaut, vivamente penetrada del sentimiento de sus labores, no dejó de volver la caja a su sitio una vez terminadas sus faenas. Lo hizo de la mejor manera que supo, hay que hacerle justicia, con objeto de disponerla exactamente como la había hallado. Si sólo lo consiguió de una manera aproximada, conveniente será excusarla, pues no fue con propósito deliberado como envió el cilindro de polvillo en una dirección distinta de su dirección anterior.

Del mismo modo procedió la viuda Thibaut en los siguientes días, pues ¿por qué ha de cambiar uno sus hábitos cuando sus hábitos son virtuosos y dignos de loa?

Fuerza es, no obstante, reconocer que, con ayuda de la costumbre, la caja negruzca perdió progresivamente mucha de su importancia a sus ojos, y cada vez puso menos cuidado en volver a colocarla en sitio; en lo cual no veía malicia alguna e ignoraba por completo que su ignorada colaboración producía angustias crueles a J. B. K. Lowenthal. Una vez llegó, por inadvertencia, hasta hacer girar el reflector sobre su eje, sin ver el menor inconveniente en que se dirigiese hacia el techo de la habitación.

Así fue como Zephyrin Xirdal encontró su máquina al entrar en su casa el día 10 de junio, a primera hora de la tarde.

Su estancia a orillas del mar había transcurrido del modo más agradable, y tal vez la hubiera prolongado más si una docena de días después de su llegada no hubiese tenido la singular ocurrencia de mudarse de ropa.

Habiéndole puesto ese capricho en la necesidad de recurrir a su paquete, encontró, con gran sorpresa de su parte, veintisiete botecitos.

Zephyrin Xirdal abrió tamaños ojos; ¿qué venían a hacer allí aquellos veintisiete botecillos? Pronto, sin embargo, se anudó la cadena de sus recuerdos y se acordó de su proyecto de pila eléctrica.

Después de haberse administrado, como correctivo, unos cuantos puñetazos, apresuróse a empaquetar de nuevo sus veintisiete botes, y dejando allí plantado a su amigo Marcel Leroux, corrió al primer tren, que le condujo directamente a París.

Habría podido suceder muy bien que Zephyrin Xirdal olvidase en el camino el motivo urgente que le llevaba a París. Nada de particular hubiera tenido la cosa. Un incidente vino a refrescarle la memoria en el momento de apearse del tren en la estación de San Lázaro.

Tanto cuidado había puesto en rehacer el paquete de sus botecillos, que éste se rompió de repente en aquel preciso instante y vació sobre el asfalto su contenido, que se hizo trizas, produciendo un espantoso estruendo.

Este desastre tuvo, al menos, la ventaja de recordarle el objeto que le llevaba a París.

Antes de subir a su casa entró en la tienda del fabricante de productos químicos, donde adquirió otros veintisiete botecillos completamente nuevos, y se dirigió a casa del carpintero, en donde hacía diez días que le estaba esperando su encargo.

Cargado con todos esos diversos paquetes y lleno de deseo de dar comienzo a los experimentos, abrió su puerta con gran prisa. Pero permaneció clavado en el umbral al ver su máquina, cuyo reflector estaba dirigido hacia el cénit.

En seguida Zephyrin Xirdal viose asaltado de un tropel de recuerdos, y tal fue el acceso de su turbación, que sus manos dejaron escapar los fardos que sostenían, rompiéndose en veinte mil pedazos, sin que el autor del desastre se diera cuenta de ello. Inmóvil a la entrada, miraba la máquina con un aspecto de extrañeza y admiración.

– Esto es cosa de la viuda Thibaut —dijo, decidiéndose a entrar. Y añadió, sonriendo, después de interrumpir el funcionamiento de la máquina—: ¡Muy bien…! ¡Muy bien…!

Deben ocurrir cosas muy divertidas.

Con una mano impaciente hizo saltar la faja de los periódicos apilados sobre la mesa, y leyó una tras otra las notas de J. B. K. Lowenthal. Zephyrin Xirdal se retorcía materialmente de risa.

La lectura de algunos números hízole, por el contrario, fruncir las cejas. ¿A qué venía aquella Conferencia Internacional, cuya primera sesión estaba anunciada precisamente para aquel mismo día…? ¿No pertenecía de derecho el bólido a aquel que lo atraía hacia la Tierra?

Pero Zephyrin Xirdal recordó que nadie tenía conocimiento de su intervención. Era, pues, conveniente revelarlo a fin de que la Conferencia Internacional no perdiese el tiempo.

Empujando con el pie los restos de los botecillos, corrió a la oficina de Telégrafos más próxima y expidió el despacho que Mr. Harvey debía leer en voz alta desde el sillón presidencial ante sus colegas. Solamente se le olvidó firmar el despacho con su nombre y apellido.

Hecho esto, Zephyrin Xirdal volvió a subir a su casa y se enteró, leyendo una revista científica, de las idas y venidas del meteoro; exhumando después por segunda vez su anteojo, tomó una excelente observación, que sirvió de base para nuevos cálculos.

Hacia medianoche, hallándose ya todo perfectamente resuelto, puso de nuevo en marcha su máquina, dirigiéndola hacia un punto conveniente, y después de detenerla, se acostó tranquilamente y durmió con el sueño del justo.

Hacía dos días que Zephyrin Xirdal proseguía sus experiencias y acababa de interrumpir el funcionamiento de su máquina, cuando oyó que llamaban a la puerta.

Fue a abrir y se encontró de manos a boca con el banquero Robert Lecoeur.

– ¡Al fin te encuentro! —dijo éste, franqueando el umbral.

– Aquí estoy —contestó Zephyrin Xirdal.

– No sé ya el sinnúmero de veces que con ésta he subido tus seis pisos. ¿Dónde has estado?

– Estuve ausente —dijo Zephyrin Xirdal.

– ¿Ausente? —gritó Monsieur Lecoeur, indignado—. ¿Ausente…? ¡Pero eso es abominable…! No se deja a las gentes en semejante inquietud…

Zephyrin Xirdal miró a su padrino con extrañeza. Cierto que sabía que podía contar con su afecto; pero no hasta ese punto.

– Pero, querido tío, ¿qué puede importarle a usted eso?

– ¿Que qué puede importarme eso? ¿Ignoras, desgraciado, que toda mi fortuna está reposando sobre tu cabeza?

– No comprendo —dijo Zephyrin Xirdal, sentándose sobre la mesa y ofreciendo su única silla al visitante.

– Cuando fuiste a participarme tus fantásticos proyectos, acabaste por convencerme: te lo confieso.

– ¡Hombre!

– He contado, por consiguiente, con tu asunto y jugado fuertemente en la Bolsa a la baja.

– ¿A la baja?

– Sí; me he convertido hace días en vendedor.

– ¿Vendedor de qué?

– De minas de oro. Comprenderás perfectamente que si el bólido cae, las minas bajarán y que…

– ¿Bajarán…? Cada vez comprendo menos. No veo qué influencia puede tener mi máquina sobre el nivel de una mina.

– De una mina, no, indudablemente; pero sobre el de sus acciones, ya es distinto.

– ¡Sea! —concedió Zephyrin Xirdal, sin insistir—. Ha vendido usted, por lo tanto, acciones de minas de oro. Eso no es muy grave; eso prueba única y exclusivamente que usted tenía acciones de minas de oro.

– Al contrario, no tenía ni una sola.

– ¿Y cómo es posible eso de vender lo que no se tiene? No entiendo yo cómo se puede hacer eso.

– Esto es lo que se llama una especulación a plazo, mi querido Zephyrin —explicó el banquero—. Cuando sea necesario entregar los títulos compraré; he ahí todo.

– Entonces, ¿qué ventaja hay en ello…? Eso de vender para comprar después no parece ingenioso a primera vista.

– En eso te equivocas, mi querido amigo, toda vez que en ese momento las acciones de minas estarán más baratas.

– ¿Y por qué estarán más baratas?

– Pues sencillamente porque el bólido pondrá en circulación más oro del que la Tierra contiene actualmente. ¿Comprendes ahora?

– Sí —dijo Zephyrin, no muy convencido.

– Pues bien; las perturbaciones observadas en la marcha del bólido provocaron una primera baja de veinticinco por ciento sobre las minas. Persuadido yo de que esa baja aumentaría, he vendido en considerables proporciones.

– Es decir…

– Es decir, que he vendido una considerable cantidad dé minas de oro.

– ¿Siempre sin tenerlas, por supuesto?

– Claro es… Imagínate, pues, mis angustias al ver lo que pasa; desaparecido tú; el bólido detenido en su caída… Resultado; las minas han vuelto a subir y pierdo sumas enormes…

¿Qué quieres tú que piense de todo esto?

Zephyrin Xirdal observaba a su padrino con curiosidad. Jamás había visto a aquel hombre, tan frío de ordinario, agitado con una emoción semejante.

– No he penetrado bien su combinación; son demasiado fuertes para mí esas historias. He creído comprender, no obstante, que le sería a usted agradable el ver caer el bólido.

– Justamente.

– Pues bien: tranquilícese usted; caerá.

– ¿Me lo aseguras?

– Se lo aseguro. ,

– ¿Formalmente?

– Formalmente… Pero, por su parte, ¿me ha comprado usted el terreno?

– Indudablemente… Estamos en regla; tengo yo en mi bolsillo los títulos de propiedad.

– Entonces todo marcha perfectamente… Hasta puedo anunciarle que mi experiencia quedará terminada para el día cinco de julio próximo. Ese día abandonaré París para ir en busca del bólido.

– ¿Qué caerá?

– Sí.

– Partiré contigo —dijo Monsieur Lecoeur entusiasmado.

– Si a usted le agrada… está bien —dijo Zephyrin Xirdal.

Ya fuese el sentimiento de su responsabilidad respecto de Monsieur Robert Lecoeur, ya fuese tan sólo el interés científico, es el caso que no volvió a hacer otras tonterías. La experiencia comenzada continuó metódicamente.

De tiempo en tiempo Zephyrin Xirdal tomaba una observación astronómica del meteoro.

En la mañana del 5 de julio dirigió por última vez su objetivo hacia el cielo.

– Allí está —dijo, separándose del instrumento—. Ahora puede dejársele correr.

Pasó en seguida a ocuparse en arreglar y empaquetar debidamente su equipaje.

En primer término, su máquina y algunas ampollas de recambio… Tocóle en seguida el turno a su equipaje personal, después de haber embalado cuidadosamente, lo más cuidadosamente que pudo y supo, su anteojo.

Una seria dificultad hubo de detenerle al dar el primer paso… No tenía baúl… Por fin, encontró arrinconada una maleta, sin funda y sin correas, que colocó en medio de la habitación, abierta y en disposición de recibir el equipaje.

«Sólo lo necesario —di jóse a sí mismo—. Debo, pues, efectuar una selección razonable y proceder metódicamente.»

De conformidad con este principio, comenzó por depositar en ella tres piezas de calzado; más adelante debió lamentarse de que esas tres piezas estuviesen constituidas por una botina de botones, un zapato de lazo y una zapatilla. Pero, por el momento, al menos, aquello no ofrecía ningún inconveniente, y un rincón de la maleta estaba ya lleno.

Embaladas ya las tres susodichas piezas, Zephyrin Xirdal, sumamente fatigado, se secó la frente que la tenía inundada de sudor.

Desesperando de conseguir nada útil por el método clásico, resolvió entregarse a su inspiración.

Metió, pues, las manos en sus cajones y en el montón de trajes que constituían su guardarropa, y fue llenando uno de los lados de la maleta de los objetos más heterogéneos.

Era posible que el otro compartimiento de la maleta estuviese vacío, pero Zephyrin Xirdal no sabía nada de ello; así es que se vio en la necesidad de hacer presión con los pies, hasta que llegaron a ponerse suficientemente de acuerde el continente y el contenido.

Viose entonces la maleta rodeada por una fuerte cuerda, ligada por una serie de nudos, de tal manera complicados, que su autor debía verse más adelante en la imposibilidad de deshacerlos; después de lo cual, contempló su obra con una satisfacción bastante vanidosa.

Quedaba ahora el trasladarse a la estación… ¿Cómo transportar su equipaje…?

Monsieur Robert Lecoeur apareció en el umbral.

– ¿Estás ya dispuesto? —preguntó.

– Le estaba esperando, como usted ve —respondió con gran candor Zephyrin Xirdal, que se había olvidado totalmente de que su padrino debía acompañarle.

– En marcha, pues… ¿Cuántos bultos tienes?

– Tres: mi máquina, mi anteojo y mi maleta.

– Dame uno y coge tú los otros dos. Abajo tengo el coche.

– ¡Hombre, qué buena idea! —dijo, admirado, Zephyrin Xirdal, cerrando tras sí la puerta de su casa.

Y tío y sobrino bajaron a la calle.

Telegrama

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