César Cascabel · Parte 1

CAPÍTULO V

SE INICIA LA MARCHA

í, se iniciaba la marcha hacia Europa;

Spero esta vez siguiendo un itinerario generalmente poco adoptado, y que no es oportuno recomendar a los viajeros que llevan prisa.

La partida se efectuó en la mañana del 2 de marzo. Al amanecer, Vermout y Gladiador fueron enganchados a la Belle Roulotte. La señora Cascabel subió con Napoleona, dejando ir a pie a su marido y a sus dos hijos, mientras Clou llevaba las riendas. En cuanto a John Bull, se había encaramado en la galería y los dos perros iban de descubierta.

Hacía buen tiempo. La nueva estación hinchaba de savia las primeras yemas de los arbustos. La primavera preludiaba todas las magnificencias que se desarrollan con profusión en los horizontes californianos. Los pájaros cantaban bajo el verdor de los árboles de hoja perenne, las encinas, los robles, los pinos, cuyas esbeltas cimas se balanceaban por encima de los arbustos. Los castaños enanos se agrupaban acá y allá, como también algunos grupos de manzanos, cuyo fruto, con el nombre de manzanilla, sirve para la fabricación de la sidra india.

Examinado en la carta el itinerario convenido, Juan no olvidaba que era el más particularmente encargado de proveer de caza fresca la cocina. Por otra parte, Marengo no le hubiera dejado olvidarse de ello. Buen cazador y buen perro, estaban hechos para entenderse. Jamás se comprendían mejor que cuando la caza abundaba, y en este caso se hallaban. Raro era que mamá Cascabel no tuviese para condimentar una liebre, una perdiz moñuda, un faisán o algún par de codornices de montaña, de elegantes penachos, cuya carne perfumada es un manjar excelente.

Subiendo hasta el estrecho de Behring, si la caza continuaba siendo tan productiva a través de las planicies de Alaska, la familia no tendría que hacer mucho gasto para asegurar su alimento cotidiano. ¿Sería posible que más allá, en el Continente asiático, fuesen menos favorecidos? Pero ya verían lo que había que hacer cuando la Belle Roulotte entrase en las interminables estepas del país de los Chukchis.

Todo marchaba a pedir de boca. Papá Cascabel no era hombre que despreciase las circunstancias favorables de tiempo y de temperatura que entonces se les ofrecían. Se iba tan deprisa como lo permitía el tiro, aprovechando los caminos que las lluvias estivales harían impracticables algunos meses después. Andaban, por término medio de siete a ocho leguas cada veinticuatro horas, con un descanso al mediodía para la comida y el reposo, y otro a las seis de la tarde para el campamento de noche.

La comarca no aparecía desierta, como pudiera creerse. Los trabajos del campo llamaban ya a los cultivadores, a los que este rico y generoso suelo procura un bienestar que sería envidiado en cualquier otra parte del mundo. Y además, frecuentemente se encontraban grandes aldeas, pueblos, pueblecillos y hasta villas, sobre todo cuando la Belle Roulotte seguía la ribera izquierda del Sacramento a través de esta región que fue el país del oro por excelencia y al cual ha quedado el nombre significativo de Eldorado.

La familia, conforme al programa de su jefe, daba algunas representaciones siempre que la ocasión se presentaba para utilizar su talento. No era todavía conocido en esta parte de California; y en todas partes hay buena gente que quiere divertirse. En Placerville, Aubury, Marysville, Tchama y otras ciudades más o menos importantes, cansadas ya del eterno Circo americano que las visita de cuando en cuando, los Cascabel recogieron tantos aplausos como centavos, cuyo total se cifró en algunas docenas de dólares. La gracia y valentía de la joven Napoleona, la extraordinaria agilidad del avispado Sandre, la destreza maravillosa de Juan en sus ejercicios de malabarista y las boberías y necedades de Clou de Girofle, fueron apreciadas como se merecían por los inteligentes. Hasta los dos perros hicieron maravillas, en compañía de John Bull. En cuanto al señor y la señora Cascabel, se mostraron dignos de su renombre, el uno en los trabajos de fuerza, la otra en la luchas de pugilato, en las que derribó a los aficionados que tuvieron a bien presentarse.

Con fecha 12 de marzo, la Belle Roulotte había llegado a la pequeña villa de Shasta, que la montaña de este nombre domina a cuatro mil y pico de metros de altura. Hacia el Oeste se dibujaba confusamente la maciza mole de Coast Rangers, que afortunadamente no fue necesario franquear para llegar a la frontera de Oregón.

Pero el país se presentaba muy quebrado; era necesario circular por entre las caprichosas ramificaciones que se proyectan hacia el Este; y sobre aquellos caminos apenas trazados, que se escogían según las indicaciones de la carta, el coche no podía marchar rápidamente. Además, los pueblos eran escasos. Seguramente habría valido más caminar a través de los territorios del litoral, menos cubiertos de obstáculos naturales; pero para eso hubiera tenido que ir más allá de los Coast Rangers, cuyos pasos son, por decirlo así, impracticables. Pareció, pues, más prudente subir hacia el Norte, a fin de no rodear las últimas vertientes que hay en el límite del Oregón. Tal fue el consejo dado por Juan, el geógrafo de la compañía, y todos se conformaron con él.

El 19 del mismo mes, después de haber dejado atrás el fuerte Jones, la Belle Roulotte se paró delante de la pequeña villa de Irica. Allí tuvieron buena acogida, que les permitió ganar algunos dólares. Era el primer debut de una compañía francesa en aquel país, y en las lejanas comarcas de América se ama a los hijos de Francia. Son siempre recibidos con los brazos abiertos, y mejor seguramente que lo serían entre sus vecinas de Europa.

En este pueblecillo pudieron alquilar, a un precio moderado, algunos caballos que vinieron en ayuda de Vermout y Gladiador.

La Belle Roulotte pudo así franquear la cadena al pie de su punta septentrional, y esta vez sin haber sido robada por los conductores.

– ¡Vaya! –dijo papá–. ¡Bien se ve que no eran ingleses!

Si este viaje no estuvo exento de dificultades ni de algunos retrasos, por lo menos se hizo sin accidentes, gracias a las medidas de prudencia que se tomaron.

Por último, el 27 de marzo, después de haber hecho un trayecto aproximadamente de cuatrocientos kilómetros desde Sierra Nevada, la Belle Roulotte franqueó la frontera del territorio del Oregón.

La llanura estaba dominada al Este por el monte Pitt, que se destaca como una aguja en la superficie de un cuadrante solar. Personas y bestias habían trabajado rudamente. Hubo necesidad de tomar algún descanso en Jacksonville. Después una vez atravesado el río Roques, el camino se hizo costeando los meandros o revueltas de un litoral que se alejaba hasta perderse de vista hacia el Norte.

Es aquel un país rico, sumamente montañoso, y muy a propósito para la agricultura. Por todas partes se divisaban praderas y bosques. En suma, la continuación de la región californiana. Acá y allá grupos de indios sastos o umpacuas, que recorren la campiña. No había nada que temer por su parte.

Entonces Juan, que leía asiduamente los libros de viaje de la pequeña biblioteca, porque contaba con que le servirían de provecho sus lecturas, juzgó muy a propósito hacer una recomendación, que pareció oportuno tener en cuenta. Estaban a algunas leguas al norte de Jacksonville, en medio de una comarca cubierta de grandes bosques, que defiende el fuerte Lañe, construido sobre una colina a dos mil pies.

– Será necesario prestar atención –dijo Juan–, porque las serpientes pululan en el país.

– ¡Serpientes! –exclamó Napoleona dando un grito de miedo–. ¡Serpientes...! ¡Vámonos, padre!

– Calma, niña –aconsejó papá Cascabel–; saldremos del paso tomando algunas precauciones.

– ¿Y esos bichos son peligrosos? –preguntó Cornelia.

– Muy peligrosos, madre –respondió Juan–. Son crótalos, serpientes de cascabel, las más venenosas de todas. Si se evitan, no atacan; pero si se las toca o tropieza por casualidad, se revuelven, se lanzan y muerden y sus mordeduras son casi siempre mortales.

– ¿Y dónde se encuentran? –preguntó Sandre.

– Bajo las hojas secas, donde no se las puede ver –explicó Juan–. Sin embargo, agitando los anillos de su cola dejan oír un ruido parecido al de cascabeles.

– Pues bien –manifestó Cascabel–, marchemos con cuidado y agucemos los oídos.

Juan había tenido razón en hacer notar esto, porque las serpientes abundan mucho en los distritos del Oeste de América. Y no solamente los crótalos pululan allí, sino también las tarántulas, casi tan peligrosas como aquéllas.

Inútil es decir que se prestó gran atención, y que cada cual tomó sus precauciones al andar. Además, había que velar por los caballos y demás animales de la compañía, no menos expuestos que sus amos a los ataques de los insectos y reptiles.

Por otra parte, Juan había creído oportuno añadir que aquellas malditas serpientes y tarántulas tenían la deplorable costumbre de introducirse en las casas, y sin duda no respetarían tampoco los carruajes. Era, pues, de temer que la Belle Roulotte recibiese su desagradable visita.

Por esto, llegada la noche, ¡con qué cuidado se buscaba debajo de las camas, debajo de los muebles, en los rincones y escondrijos! Napoleona daba gritos agudos cuando creía percibir uno de aquellos peligrosos animales; tomaba por un crótalo cualquier rollo de cuerda, aunque no presentara cabeza triangular. ¡Y qué de sustos experimentaba cuando, medio dormida, creía oír ruido de cascabeles en el fondo del departamento! Preciso es decir que Cornelia no estaba menos asustada que su hija.

– ¡Al diablo las serpientes que dan miedo a las mujeres –exclamó un día el jefe de la familia–, y las mujeres que se asustan de las serpientes! Nuestra madre Eva era más valiente, y hasta hablaba familiarmente con ellas.

– ¡Oh...! ¡Eso era en el Paraíso! –afirmó la niña.

– Y no es eso lo mejor que hizo... –decidió papá Cascabel.

También Clou tenía en qué ocuparse durante la noche. Se le había ocurrido encender grandes fuegos, para los cuales el bosque suministraba el combustible necesario; pero Juan le dijo que, si bien el resplandor de la hoguera dispersaba las serpientes, corría el riesgo de atraer a las tarántulas.

En resumen, la familia no estaba verdaderamente tranquila más que en algunos pueblecillos en que pasaban mucho la noche; allí el peligro era menor.

Además, los pueblos no estaban muy lejos unos de otros, tales como Canonville, sobre el Cow-creak, Roseburg, Rochester, Yoncalla, en los que papá Cascabel embolsó todavía algunas colectas. En fin, ganaba más que gastaba, pues la pradera le procuraba hierba para sus caballos; el bosque, la caza para su sustento; los ríos, excelentes peces para su mesa, y el viaje no costaba nada. Así es que su peculio iba creciendo. Pero, ¡ay, estaban tan lejos de los dos mil dólares robados en los pasos de Sierra Nevada...!

Sin embargo, si la compañía había escapado a las mordeduras de los crótalos y de las tarántulas, fue para ser atormentada de otra manera. Esto sucedió algunos días después. ¡Tantos y tan diversos medios ha imaginado la generosa Naturaleza para condenación de los pobres mortales en este mísero mundo!

Subiendo siempre el vehículo a través de los territorios del Oregón, acababan de pasar Eugene-City. Este nombre les había producido gran alegría, porque indicaba perfectamente su origen francés. Papá Cascabel hubiera querido conocer a este compatriota, al tal Eugenio, que era sin duda uno de los fundadores de dicho pueblecillo; debía de ser un buen hombre, y si su nombre no figuraba entre los de los modernos reyes de Francia, los Carlos, los Luises, los Franciscos, los Enriques, los Felipes... y los Napoleones, no por eso dejaba de ser francés, y muy francés, por cierto.

Después de haber hecho alto en las villas de Harrisbury, de Albany y de Jefferson, la Belle Roulotte echó el ancha delante de Salem, ciudad bastante importante, capital de Oregón, construida sobre una de las riberas del Villamette.

Allí papá Cascabel dio veinticuatro horas de descanso a su personal, a lo menos como viajeros, porque la plaza pública del pueblo sirvió de teatro a sus artistas y una bonita entrada les recompensó de sus fatigas.

Entretanto, habiendo sabido Juan y Sandre que el río era muy abundante en peces, se fueron a divertir, entregándose al placer de la pesca.

Pero la noche siguiente, padre, madre e hijos experimentaron tal picazón en todo su cuerpo, que dudaron si serían víctimas de alguna broma, como las que se dan todavía en las bodas pueblerinas.

¡Y cuál no fue su sorpresa cuando por la mañana se miraron unos a otros...!

– ¡Pero si estoy roja como una india del

Far West! –gritó Cornelia.

– ¡Y yo, hinchada como una vejiga! – exclamó Napoleona.

– ¡En cambio, yo me he cubierto de granos de la cabeza a los pies! –saltó Clou de Girofle.

– ¿Qué significa esto? –agregó papá Cascabel–. ¿Es que hay peste en el país?

– Creo saber lo que es –manifestó finalmente Juan, examinando sus brazos, rayados de color rojo.

– Habla ya.

– Hemos cogido la yedre, como dicen los americanos.

– ¡Que el diablo cargue con tu yedre! Aquí lo que se trata de saber es lo que significa.

– La yedre, padre mío, es una planta que basta oler, tocar o tan sólo mirar para sufrir toda clase de incomodidades. Os envenenan a distancia...

– ¿Qué dices? ¿Que estamos envenenados?

– saltó papá Cascabel–. ¡Envenenados...!

– ¡Oh! No temáis nada –se apresuró a decir Juan. –Saldremos del paso sólo con algunas picazones y quizá un poco de fiebre.

La explicación era exacta. Esta yedre es una planta malsana, extremadamente venenosa. Cuando el viento está cargado de la semilla casi impalpable de este arbusto, si la piel está solamente rozada, se enrojece, se cubre de granos y se mancha con rosetones. Sin duda mientras el coche marchaba a través de los bosques, en los alrededores de Salem, papá Cascabel y los suyos habían sido cogidos al paso de una corriente de yedre. En suma, la erupción, que todos tuvieron que sufrir, no duró más que veinticuatro horas, durante las cuales se vieron obligados a rascarse sin descanso, haciendo competencia a John Bull, que se entregaba sin interrupción a esta faena.

El 5 de abril la Belle Roulotte dejó Salem, no sin guardar un picante recuerdo de las dos horas pasadas en los bosques de Villamette.

Dos días después, pasando por Fairfield, por Canemah, por Oregón-City y por Portland, villas importantes, la familia alcanzó, sin otros incidentes, la frontera de la Columbia, en el límite del Estado de Oregón, que había sido recorrido en un trayecto de ciento quince leguas.

Hacia el Norte se extendía el territorio de Washington, montañoso en la parte situada al oriente del itinerario seguido por la Belle Roulotte para ganar el estrecho de Behring. Allí se desarrollaban las ramificaciones de las cadenas conocida con la denominación de Montes de las Cascadas, con picos tales como el de Santa Elena, de nueve mil seiscientos pies de altura, el del monte Baker y el de Bainer, de unos tres mil trescientos metros. Parece que la Naturaleza, después de haberse gastado en largas llanuras desde el litoral del Atlántico, ha guardado toda su potencia de erección para levantar las montañas que erizan el Oeste del Nuevo Continente. Suponiendo que estos territorios fuesen un mar, se podría decir que este mar, tranquilo unido y como adormecido, por un lado, es borrascoso y tumultuoso por el otro, y que las crestas de las olas son las cimas de sus montañas.

Juan fue el que hizo esta observación, y la comparación gustó mucho a su padre.

– ¡Eso es, eso es! –afirmó–. ¡Después del buen tiempo, la tempestad! ¡Bah! Nuestra Belle Roulotte es sólida. ¡No naufragará! ¡Embarca, muchacho, embarca!

Y se embarcaron, y el buque continuó navegando sobre aquella comarca, que parecía agitada por las olas.

Y, para continuar la comparación, el mar empezaba a calmarse, y gracias a los esfuerzos de la tripulación, el arca de los Cascabeles salió con felicidad de los peores pasos. Si a veces se vio obligada a disminuir su velocidad, por lo menos pudo evitar los escollos.

Como siempre, la acogida que se les hizo en los pueblecillos de Kalmera y Monticello fue buena y simpática, lo mismo que en los fuertes, que no son más que estaciones militares.

Allí no había murallas, ni apenas empalizadas; pero las pequeñas guarniciones que encierran estos puestos bastan para contener a los indios nómadas en las excursiones que llevan a cabo a través del país.

Tampoco la Belle Roulotte fue asaltada ni por los chinucos ni por los nesquallys, cuando se aventuró a través del país de Walla-Walla. Llegada la noche, los indios rodeaban el campamento, pero sin demostrar ninguna intención malévola. El que provocaba entre ellos la más viva sorpresa era John Bull, cuyas muecas excitaban su hilaridad.

Jamás habían visto monos, y sin duda tomaron a éste por uno de los miembros de la familia.

– ¡Sí...! ¡Es mi hermano pequeño! – aseguraba Sandre, con lo que excitaba las iras de la señora Cascabel.

Por fin llegaron a Olimpia, capital del territorio de Washington, y allí fue donde «a petición general» se dio la última representación de la compañía francesa en Estados Unidos. No lejos se desarrollaba la última frontera de la Confederación, en el Noroeste de América.

El itinerario, en lo sucesivo, se reducía a seguir la costa del Pacífico, o, mejor dicho, los numerosos sounds, caprichosos y múltiples estrechos del litoral, que están cubiertos por las grandes islas de Vancouver y de la Reina Carlota.

Al cruzar el pueblecillo de Steklakoon fue necesario rodear los Pagget-sounds, con el fin de alcanzar el fuerte de Belligham, situa do cerca del estrecho que separa las islas de la tierra firme.

Después, la estación de Whatcome, con el monte Baker, que apuntaba a través de las nubes del horizonte, y la de Srimiahmoo, a la entrada del estrecho de Georgia.

Por último, el 27 de abril, después de haber hecho aproximadamente un recorrido de trescientas cincuenta leguas desde Sacramento, la Belle Roulotte llegó a la frontera adoptada por el tratado de 1847, y que formaba entonces el límite de la Columbia Británica.

Telegrama

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