César Cascabel · Parte 4

CAPÍTULO VII

UN FINAL MUY APLAUDIDO

quella pantomima que tenía el título,

Atan nuevo como seductor, de Los bandidos de la Selva Negra, resultaba una obra excelente. Hecha según los antiguos preceptores del arte dramático, se tuvo muy en cuenta la unidad de tiempos, de acción y de lugar.

Su introducción presentaba claramente los personajes; su nudo enlazaba vigorosamente la acción, y el desenlace la desenredaba con mano maestra; aunque previsto, este desenlace producía un efecto magnífico.

No podía exigirse al buen Cascabel una de esas comedias al gusto del día, en que los detalles de la vida privada, aun los más escandalosos, son transportados a la escena; una de esas piezas en las cuales, aunque no triunfa el crimen, por lo menos la virtud no queda suficientemente recompensada.

Desde luego, no se le podía exigir. En la última escena de Los bandidos de la Selva Negra, la inocencia era reconocida, según la fórmula, y la maldad castigada en la forma más conveniente. Los gendarmes aparecían en el momento en que todo se daba por perdido, y cuando echaban la mano al cuello del traidor, los espectadores aplaudían frenéticamente.

Sin duda alguna, esta pieza hubiera sido escrita en estilo sencillo, firme, personal, respetuoso para la gramática, desprovisto de esos neologismos pretensiosos, de esas expresiones documentarías, de esas palabras realistas de la nueva escuela, si hubiese sido escrita. Pero no lo estaba, porque era una pantomima. Así es que podía representarse en todos los teatros, como en todos los tablados del mundo. Ventaja inmensa que presentan estas piezas de simple mímica; sin hablar de las faltas gramaticales y otras que se evitan fácilmente en este género de literatura.

Hemos dicho antes: «No podía exigirse del buen Cascabel...», porque el valeroso saltimbanqui, en efecto, era el autor de aquella obra maestra ambulante. Obra maestra, tal es la palabra, puesto que, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Continente, alcanzó las tres mil ciento setenta y siete representación. Sólo se cita El oso y el centinela, del circo Franconi, el mayor éxito conocido en los anales dramáticos, que haya superado a esta cifra. Pero seguramente el valor literario de aquella obra es muy inferior al de Los bandidos de la Selva Negra.

Los maestros del drama contemporáneo han formulado este principio: «En el teatro hay siempre que hacer reír o llorar; de lo contrario, se bosteza.» Luego, si todo el arte del dramaturgo consiste en eso, Los bandidos de la Selva Negra merecen cien veces la calificación de obra maestra. Se ríe hasta llorar, y se llora hasta verter lágrimas. No hay una escena, ni una parte de escena en que el espectador más indiferente sienta necesidad de bostezar. Y aun en el caso en que se encontrase sorprendido por un bostezo procedente de una penosa digestión, este bostezo terminaría por un suspiro o una carcajada.

Como toda pieza bien compuesta, era clara, rápida, simplemente concebida, sencillamente desarrollada. Los hechos se sucedían lógicamente, hasta el punto de poderse decir: «¡Si no hubiera sucedido esto!»

Juzgúese por la siguiente narración, que la mayor parte de los críticos podrían tomar por modelo:

Era la dramática historia de dos amantes que se adoraban. Para mayor comodidad del relato, sépase que Napoleona representaba a la joven, y que Sandre representaba al doncel. Desgraciadamente, Sandre es pobre, y la madre de Napoleona, la altiva Cornelia, no quiere oír hablar de casamiento.

Lo que hay de completamente nuevo, es que aquellos amores están contrariados por la presencia de un estúpido, papel a cargo, naturalmente, de Clou de Girofle, tan rico de dinero como pobre de espíritu, el cual está enamorado de Napoleona y quiere casarse con ella. Y aquí resplandece el genio inventivo del autor: la madre, aficionada a los escudos, no desea otra cosa que entregarle su hija.

Difícil sería empeñar más diestramente una acción y hacerla más interesante. Inútil es decir que el imbécil Clou de Girofle no puede abrir la boca sin decir alguna tontería. Es ridículo en su persona, mal formado, con una nariz inmensamente larga, que tiene la costumbre de meter en todas partes. Y cuando llega con sus regalos de boda, el mono John Bull, haciendo mil muecas, y Jako, el loro, el único de todos los artistas que habla en la pieza, hay verdaderamente motivo para desternillarse de risa.

Pero estas risas enmudecen ante el profundo dolor de los jóvenes, que sólo logran verse en secreto, es decir, «a hurtadillas».

Llegamos precisamente al día de aquel casamiento, que Cornelia ha impuesto a su hija. Napoleona se ha vestido con sus mejores trajes y adornado con sus más hermosas galas; pero está llorosa, desesperada.

Todo esto se representa en la plaza, frente a h iglesia.

La campana suena, las puertas se abren, no hay más que entrar. ¡Sandre está arrodillado en os escalones del pórtico! ¡Tendrán que pasar por encuna de su cuerpo! Nada más conmovedor.

De repente (y en todo el repertorio dramático de la Comedia Francesa tal vez no existía semejante golpe teatral), de repente surge un joven militar, haciendo temblar el telón de fondo. Es Juan, el mismísimo hermano de la desgraciada novia.

Torna de la guerra, en la que ha vencido a sus enemigos, que pueden variar según el país en que se, representa la pieza; ingleses en América, franceses en Alemania, rusos en Turquía, lo que sea.

El bravo y simpático Juan llega a tiempo. Él hará prevalecer su voluntad, a sabido que Sandre ama Napoleona, y que Napoleona ama a Sandre. Por lo cual, después de rechazar a Clou con brazo vigoroso, le provoca, y el necio, presa de un gran terror, se apresura a renunciar al casamiento.

Por lo dicho, puede juzgarse de lo delicado del drama y de lo bien que se encadenan las situaciones... Pero aún no está todo concluido.

En efecto: mientras se busca a Cornelia, a quien Clou quiere devolver su palabra, se produce un incidente. ¡Cornelia ha desaparecido...! ¡ Se entra, se sale...! ¡Nadie! De pronto se oyen gritos en las profundidades de la vecina selva. Sandre reconoce la voz de la señora Cascabel, y, aunque se trata de su futura suegra, no vacila... Vuela en su socorro... Evidentemente aquella imperiosa dama ha sido secuestrada por la partida de Fracassar, quizá por Fracassar mismo, el famoso jefe de los bandidos de la Selva Negra.

Efectivamente, esto es lo que ha sucedido; y mientras Juan se mantiene cerca de su hermana para protegerla en caso necesario, Clou toca la campana pidiendo socorro. Suena una detonación...

El público está palpitante: difícil sería llevar más allá la emoción.

Entonces papá Cascabel, con el traje calabrés del terrible Fracassar, aparece en escena, acompañado de sus cómplices, que arrastran a Cornelia, a pesar de su resistencia. Pero el heroico joven se presenta con algunos gendarmes, y su suegra es rescatada, los bandidos hechos prisioneros, y el enamorado Sandre se casa con su novia Napoleona.

Conviene añadir que, vista la insuficiencia del personal, los bandidos por una parte y los gendarmes por otra, no aparecen nunca en escena, siendo Clou el encargado de imitar sus voces entre bastidores; haciéndolo de tal modo, que causa un verdadero entusiasmo.

En cuanto a César Cascabel, se ve reducido a ponerse él mismo las esposas.

Pero, volvemos a repetirlo, el efecto del desenlace, gracias a una figuración tan exactamente hecha, es extraordinaria.

Tal es la comedia salida del poderoso cerebro de César Cascabel, que iba a ser representada en el circo de Perm.

Y, no había que dudarlo, tendría el éxito de siempre, si sus intérpretes estaban a la altura de la obra.

Ordinariamente así sucedía; papá Cascabel, feroz; Cornelia, muy envanecida con su nacimiento y su fortuna; Juan, muy caballeroso; Sandre, muy simpático; y Napoleona, muy sensible. Pero, hay que reconocerlo; la familia no estaba aquel día propensa a la alegría. Estaba muy triste; y seguramente, una vez en escena, les faltaría inspiración.

Los juegos de la fisonomía serían inciertos, las réplicas de los gestos no llegarían con la precisión apetecida, quizá más verdadera, pues todos estaban predispuestos al pesar, mientras que para la alegría sucedía todo lo contrario.

Y cuando se sentaron a la mesa para la comida del mediodía, su tristeza aumentó al ver desocupado el sitio del señor Sergio; lo que era como un anticipo de la próxima separación. Nadie tenía apetito, nadie tenía sed... |Era desconsolador!

Pues bien, el director de la compañía no lo entendía así.

Papá Cascabel comió por cuatro; concluido el almuerzo, manifestó su descontento.

– ¡Qué es esto! –exclamó–. ¿No concluiremos nunca...? ¡No veo más que caras de tristezas! ¡Empezando por Cornelia y concluyendo por ti, Napoleona! Clou es el único que está de mejor aspecto. ¡Por el diablo! ¡Eso no me acomoda de ninguna manera, muchachos! Quiero veros risueños, y que se represente con alegría, y que cada cual ponga de su parte lo que pueda, y que se salve la situación, o ¡caramba, que me incomodo!

Y cuando César Cascabel empleaba esta frase, que le era peculiar, nadie se atrevía a exponerse a las consecuencias de su cólera. Era necesario obedecer.

Por otra parte, aquel hombre, de un espíritu tan inventivo, tuvo una idea excelente.

Había resuelto completar la pieza, o mejor dicho, reforzar su mise en scéne. Veamos de qué manera.

Se ha dicho ya que, por falta de comparsas, nunca se habían presentado en escena bandidos ni gendarmes. Por más que esto se hiciese figuradamente, papó Cascabel creía, y con razón, que la pieza haría mucho más efecto si al llegar al desenlace la realidad era completa.

En su consecuencia, se le ocurrió la idea de ajustar algunos comparsas para aquella representación.

¿No tenía a su disposición a Ortik y Kirschef?

¿Por qué aquéllos dos bravos marinos habían de negarse a desempeñar el papel de bandidos?

Así es que, en el momento de levantarse de la mesa, César Cascabel, dirigiéndose a Ortik, le explicó la situación, concluyendo por decirle:

– ¿Os convendría a los dos tomar parte en la representación como figurantes? ¡Me haríais un verdadero servicio, amigos míos...!

– Con mucho gusto –respondió Ortik.

Como tenían interés en continuar en buenas relaciones con la familia Cascabel, se comprende que se apresurasen a aceptar la proposición.

– ¡Muy bien, amigos míos: perfectamente! – agradeció Cascabel– Por otra parte, sólo tendréis que aparecer conmigo en el momento en que salga en la escena del desenlace Haréis lo que yo haga: los mismos movimientos de ojos, los mismos gestos y rugidos de cólera. ¡Veréis como todo marchará bien, y os garantizo un éxito extraordinario!

Después de reflexionar un momento, añadió:

– Bien pensado, con vosotros, sólo contaré con dos bandidos. ¡No es suficiente ..! Es una cuadrilla completa la que está a las órdenes de Fracassar, y ¡si pudiese reunir cinco o seis hombres más, el efecto sería mucho mayor ..! ;No podríais encontrar en la ciudad algunos jóvenes de buena presencia, a quienes no repugnase una botella de vodka y medio rublo?

Luego de dirigir una significación mirada a su camarada Kirschef, dijo Ortik:

– ¡Ya lo creo que se puede, señor Cascabel! Ayer, sin ir más lejos, hemos hecho conocimiento en la taberna con una media docena de buenos mozos...

– ¡Traedlos, Ortik, traedlos esta noche, y respondo del final!

– Queda convenido, señor Cascabel.

– ¡Perfectamente, amigos míos...! ¡Qué representación! ¡Menuda atracción para el público!

Y cuando partieron los dos marineros, César Cascabel tuvo tal convulsión de risa, que hizo estallar el cinturón que sujetaba su vientre.

– César, no es prudente reír de esa manera, sobre todo después de almorzar –le dijo Cornelia extrañada.

– ¿Yo? ¿Reírme yo, ¡Maldita la gana que tengo! Si me río, es sin notarlo. En realidad estoy muy triste. Ya es la una, y el excelente señor Sergio no ha vuelto todavía. Y no esta rá aquí para debutar como escamotear en la compañía. ¡Qué plancha!

Después, mientras Cornelia volvía a sus quehaceres, salió, según dijo, para dar algunos pasos que consideraba indispensables.

La representación debía comenzar a las cuatro, lo que permitía economizar el alumbrado, el cual dejaba mucho que desear en el circo de Perm. La joven Napoleona era lo bastante fresca, y su madre estaba bien conservada para afrontar la claridad del día.

Difícilmente podrá imaginarse el efecto que el cartel de César Cascabel produjo en la ciudad, sin decir nada del tambor de Clou de Girofle, que, durante una hora, fue batiendo por las calles sus redobles más extraordinarios.

A la hora indicada hubo una gran afluencia de espectadores por los alrededores del circo: el gobernador de Perm y su familia, cierto número de funcionarios, los oficiales de la ciudadela, algunos ricos negociantes de la localidad, y también gran número de traficantes al por menor que habían acudido a la feria; en fin, un enorme gentío.

En la puerta se agitaban los instrumentistas de la troupe. Sandre, Napoleona, Clou, con cornetín, trombón, tambor, y también Cornelia, con maillot color de carne y falda rosa, que hacía tronar el trombón.

Resultaba, pues, un estrépito prodigioso, a propósito para encantar las orejas de los mujiks.

Además, había los gritos de César Cascabel, proferidos en excelente idioma ruso:

– ¡Entrad! ¡Entrad...! ¡Caballeros y señoras! ¡A cuarenta copecas la entrada...! ¡Sin distinción! ¡Entrad!

Y cuando señoras y caballeros tomaron asiento en las banquetas del circo, la orques ta se eclipsó para encargarse cada cual de su papel en la representación.

La primera parte marchó perfectamente. Napoleona en la cuerda tirante, Sandre en sus dislocaciones de payaso contorsionista, los perros sabios, el mono John Bull y el loro Jako en sus divertidas escenas; los esposos Cascabel, en sus ejercicios de fuerza y destreza, obtuvieron un verdadero triunfo. De estos vivos aplausos, tan legítimamente debidos a artistas de primer orden, Juan tuvo también su parte. Tal vez por la circunstancia de tener su espíritu en otra parte, su mano vaciló y sus talentos de equilibrista resultaron por un momento oscurecidos. Pero esto sólo fue perceptible para el maestro, y el público no advirtió que el pobre muchacho no estaba por lo que hacía.

En cuanto a la pirámide humana, que precedió al entreacto, fue unánimemente aplaudida.

Además, papá Cascabel estuvo admirable de ingenio y buen humor al presentar a sus artistas y pedir para ellos aplausos bien merecidos. Jamás aquel hombre superior había demostrado de una manera tan palpable el imperio que una naturaleza enérgica puede tener sobre sí mismo. El honor de la familia Cascabel estaba salvado; su nombre sería pronunciado siempre con admiración y respeto por los descendientes de los moscovitas.

Pero si el público había seguido con interés aquella primera parte del programa, ¡con qué impaciencia aguardaba la segunda! Durante el entreacto, sólo se hablaba de esto en los corredores.

Después de una suspensión de diez minutos, que permitió ir a tomar el aire a los espectadores, la muchedumbre volvió a entrar, y ni un asiento quedó desocupado.

Hacía ya una hora que Ortik y Kirschef habían vuelto de su expedición, llevando consigo media docena de comparsas. Como se habrá adivinado, éstos no eran otros que los antiguos compañeros que habían encontrado en el desfiladero de los Urales.

Papá Cascabel examinó atentamente a sus nuevos comparsas.

– ¡Buenas cabezas...! ¡Buenas caras...! ¡Buenos torsos...! El aire demasiado honrado quizá para representar papeles de bandidos; pero con unas pelucas erizadas y barbas descomunales, se podría sacar algo en limpio...

-Y como César Cascabel no aparecía hasta el final de la pieza, tuvo el tiempo necesario para preparar a sus reclutas, vestirlos, despeinarlos; en una palabra, hacerlos bandidos presentables.

Después, Clou de Girofle dio los tres golpes.

En aquel momento, en todo teatro bien dispuesto se hubiera levantado el telón a los últimos acordes de la orquesta. Si no se levantó esta vez, fue porque no hay telones en las pistas de los circos, ni aun cuando sirven de escenarios.

Pero no vaya a imaginarse que no había decoración, o por lo menos apariencia de tal. A la izquierda, un armario, con una cruz pintada, figuraba la iglesia, o más bien la capilla, cuyo campanario debía estar entre bastidores; en el centro estaba la plaza pública del lugar, naturalmente representada por la pista; a la derecha, algunos arbustos, en tiestos hábilmente dispuestos, daban suficiente idea del paisaje de la Selva Negra.

La pantomima comenzó en medio de un profundo silencio.

¡Cuán gentil estaba Napoleona con su falda de sayas, ligeramente arrugada, su bonito gorro colocado como una flor sobre su rubia cabellera, y, sobre todo, su aire inocente y tan tierno! El enamorado Sandre, con casaca color naranja, desteñida en las costuras, le hacía la corte con gestos tan apasionados, que un verdadero diálogo no hubiera hecho sus réplicas tan comprensibles. A la entrada de Clou de Girofle, cubierto con su ridícula película de un rabioso amarillo, montado sobre sus largas piernas, que se torcían a uno y otro lado, su aire estúpido y pretensioso, su nariz con anteojos, el mono haciéndole gestos y el loro con su charla, la risa se convirtió en carcajada y el entusiasmo en delirio.

Aparece Cornelia, una mujer que será terrible cuando sea suegra. Rehusa a Sandre la mano de Napoleona, y, sin embargo, se adivina que un corazón late bajo aquellos oropeles de dama noble de la Edad Media.

Gran triunfo obtuvo la entrada de Juan, vestido de carabinero italiano. El pobre muchacho está triste, abatido; en todo piensa menos en su papel. Preferiría representar el de Sandre, que Kayette fuese su amada, y que sólo tuviera que conducirla a la iglesia.

¡Cuántas horas perdidas, cuando tan pocas les quedaban de estar juntos!

Sin embargo, la situación dramática era tan culminante, que se apoderó del actor. Era imposible dejar de desplegar intenso arrebato con semejante papel. Adviértase lo que era...

Un hermano que vuelve de la guerra vestido de carabinero, y que toma la defensa de una hermana contra las altivas imposiciones de una madre y las ridículas pretensiones de un tonto.

La escena de provocación entre Juan y Clou de Girofle, resultó soberbia. Este imbécil tiembla de miedo, hasta tal punto que sus mandíbulas se mueven, su mirada se turba, y su nariz se alarga desmesuradamente. Parecía la punta de una espada, que después de haberle atravesado el cerebro, le salía por la mitad de su cara.

Entonces estallan entre bastidores gritos muy numerosos esta vez. El joven Sandre, arrastrado por su valor, y quizá con la idea de hacerse matar, porque la vida le estorba, se lanza en las profundidades del bosque de árboles en tiesto. Se oye una lucha violentísima hacia el foro, y un tiro...

Un instante después, Fracassar, el jefe de los bandidos, aparece en escena. Está majestuoso con su maillot rosa casi blanco. Le acompaña, gesticulando, toda la banda de malhechores. En medio de los bandidos, se advierte a Ortik y Kirschef, desfigurados bajo sus pelucas y sus disfraces. Cornelia, cuyo honor se halla comprometido, está sujeta por el terrible jefe. Sandre se precipita para defenderla, y parece que el desenlace acostumbrado de la pieza va a ser distinto este día, porque la situación no es la misma.

En efecto: cuando César Cascabel representaba él solo a toda la banda de bandidos de la Selva Negra, Juan, Sandre, su madre, su hermana y también Clou de Girofle, le podían sujetar, esperando la llegada de los gendarmes, que aparecían a lo lejos, entre bastidores. Pero aquella vez el jefe Fracassar iba a la cabeza de ocho malhechores de carne y hueso, visibles, palpables, y a los que sería muy difícil dominar. Había motivo para preguntarse cómo acabaría aquello, de modo que la verosimilitud no se resintiese.

De pronto entró en la pista un pelotón de cosacos. He aquí una entrada de las más inesperadas...

En verdad, papá Cascabel no había despreciado nada para dar a aquella representación un aspecto extraordinario, y la ilusión fue completa. ¡Gendarmes o cosacos, daba lo mismo! En un instante, Ortik, Kirschef y sus compañeros fueron derribados, agarrotados, y tanto más fácilmente, cuanto que su papel les obligaba a dejarse atar...

Pero de repente se oyeron estos gritos:

– ¡A mí no, valientes cosacos, si no lo tomáis a mal! ¡A esos, cuanto gustéis; pero a mí no, pues no soy más que un bandido de pega!

¿Y quién habla así...? Fracassar, o, mejor dicho, papá Cascabel, que se levanta con las manos libres, mientras los comparsas, debidamente encadenados, están en poder de la policía.

¡Esta fue la gran idea de César Cascabel!

Después de rogar a Ortik y sus compañeros que desempeñaran el papel de bandidos, se puso en relación con las autoridades de Perm, previniéndoles que había «un buen golpe que dar». Por eso se explica que en el momento mismo del desenlace, se presentase el pelotón de cosacos.

¡Ah! ¡El golpe había tenido el mejor de los éxitos! Ortik y los suyos estaban en poder de los agentes de la autoridad.

Pero Ortik, levantándose y dirigiéndose al jefe de los cosacos, dijo designando a papá Cascabel:

– ¡Os denuncio a ese hombre...! ¡Él es quien ha facilitado la entrada en Rusia a un sentenciado político! ¡Ah! ¡Me has vendido, maldito! ¡Ah! ¡Me has vendido, maldito saltimbanqui; te vendo a mi vez!

– Véndeme, amigo mío –contestó muy tranquilo Cascabel, guiñando un ojo.

– Y el condenado, el evadido de la fortaleza de Yakutsk, que ha traído hasta aquí, es el conde Narkin.

– ¡Perfectamente, Ortik!

Cornelia, sus hijos y Kayette, que acababan de llegar, quedaron aterrados.

Porque en aquel momento uno de los espectadores se levantó. Era el conde Narkin.

– ¡Miradle! –dijo Ortik.

– ¡Sí, es cierto! ¡Yo soy el conde Narkin! – afirmó el señor Sergio.

– ¡Pero el conde Narkin indultado! – exclamó papá Cascabel, soltando una ruidosa carcajada.

¡Qué efecto produjo en el público! Toda aquella realidad, mezclada a la ficticia creación de la pieza, era para conmover a los espíritus más fuertes. Incluso puede asegurarse que una gran parte de los espectadores creyó de buena fe que Los bandidos de la Selva Negra jamás habían tenido otro desenlace.

Bastará, para comprender éste, una corta explicación.

Después que el conde Narkin fue recogido por la familia Cascabel en la frontera de Alaska, transcurrieron trece meses sin que recibiese la menor noticia de Rusia.

No era entre los indios del Yukón ni entre los indígenas de las islas Liakhoff donde pudiera recibirlas. Ignoraba, pues, que hacía seis meses un ucase publicado por el zar Alejandro II indultaba a los reos políticos que estaban en la situación del conde Narkin.

El príncipe, su padre, le escribió a Norteamérica que podía entrar en Rusia, donde le esperaba con impaciencia. Pero como había salido ya el conde no tuvo conocimiento de esta carta, y fue devuelta al castillo de Walska, por falta de destinatario. Se concibe cuan grande fue la inquietud del príncipe Narkin al no tener noticias de su hijo. Le creyó perdido, muerto en el destierro. Su salud se resintió y estaba su vida en peligro cuando el conde llegó al castillo. ¡Qué alegría tan grande para el príncipe, que creía no volverle a ver!

¡El conde era libre...! ¡No tenía que temer ya a la policía moscovita! Y no queriendo dejar a su padre en aquel estado, y menos a las pocas horas de su llegada, envió a papá Cascabel aquella carta en la que le ponía al corriente de todo. Le prevenía, además, que se verían en el circo de Perm al final de la representación.

Entonces César Cascabel tuvo la feliz idea que sabemos, y tomó sus medidas para entregar a los cosacos la partida de Ortik al terminar la función.

Cuando el público estuvo al corriente de todo esto, aquello fue un delirio. Las aclamaciones fueron generales en el momento en que los cosacos se llevaron a Ortik y a sus cómplices, los que, después de ser largo tiempo bandidos al natural, iban a expiar sus crímenes, también al natural.

Enseguida hicieron saber al conde cuanto había pasado; cómo Kayette descubrió aquel complot tramado contra él y contra la familia Cascabel; cómo la joven india había arriesgado su vida deslizándose detrás de los marineros rusos en la noche del 6 de julio; cómo se lo contó todo a papá Cascabel y, por último, cómo éste no había querido decírselo al conde Narkin, ni a su mujer...

– ¡Un secreto para mí, César; me has ocultado un secreto! –lamentóse mamá Cascabel con tono de reproche.

– ¡El primero y el último, esposa mía!

Cornelia había ya perdonado a su marido, y no pudiendo contenerse más, exclamó:

– ¡Ah, señor Sergio; es preciso que os abrace!

Pero enseguida añadió muy confusa:

– Dispensadme, señor conde... –dijo.

– ¡No, el señor Sergio para vosotros, amigos míos..., siempre el señor Sergio...! ¡Y para ti también, hija mía! –añadió abrazando a Kayette.

Telegrama

Estação de origem: a rede mundial · Destino: o convés do Nautilus

0 palavras · tarifa: 0 kreuzer (os pontos tornam-se STOP)