César Cascabel · Parte 3
CAPÍTULO VII
LA ESTRATAGEMA DE PAPÁ CASCA BEL
uy rudos fueron los comienzos del M mes de febrero; en este mes el frío llega a congelar el mercurio de los termómetros. Ciertamente que aún se está lejos de las temperaturas del espacio interestelar, de los 273° bajo cero que inmovilizan las moléculas de los cuerpos que constituyen el estado sólido absoluto. Y, sin embargo, hubiera podido creerse que las moléculas del aire no se deslizaban ya las unas sobre las otras; que la atmósfera estaba solidificada. El aire que se respiraba abrasaba como el fuego.
El descenso de la columna termométrica era tal, que los habitantes de la Belle Roulotte tuvieron que resolverse a no salir de ella.
El cielo se mostraba de una pureza extrema, y las constelaciones brillaban con una limpidez incomparable, hasta el extremo de hacer creer que la mirada alcanzaba los últimos límites, las más lejanas profundidades de la bóveda celeste. En cuanto a la claridad del mediodía, no era más que una pálida mezcla del alba y del crepúsculo.
Los indígenas, sin embargo, no vacilaban, por costumbre, en desafiar aquellas condiciones climáticas.
Pero, ¡qué de precauciones tomaban para que sus pies, sus manos o su nariz no se viesen atacados de súbita congelación!
Con el cuerpo envuelto en pieles de reno, la cabeza completamente cubierta por una capucha, tenían el aspecto de paquetes de pieles que se movían; nada se distinguía de sus personas.
¿Y por qué se aventuraban así fuera de sus moradas?
Por orden de Tchu Tchuk. Le era necesario asegurarse de que sus prisioneros, que no podían ya hacerle su visita cotidiana, no se habían escapado.
¡Precaución superflua con un tiempo semejante!
– ¡Anfibios! –les gritaba papá Cascabel cuando les divisaba a través de las ventanillas, de las que había tenido que arrancar el hielo exterior–. ¡Es preciso que esos animales tengan sangre de foca en las venas! ¡Van y vienen como si tal cosa donde gentes honradas quedarían congeladas en menos de cinco minutos!
En suma, en los departamentos de la Belle Roulotte, herméticamente cerrados, la temperatura se mantenía a un grado soportable.
El calor del hornillo de la cocina, encendido con la madera fósil, lo que permitía economizar la provisión de petróleo, se comunicaba a todas las habitaciones, que a veces era hasta necesario airear.
Pero, apenas se entreabría la puerta, toda materia líquida se congelaba instantáneamente en el interior del vehículo. No había menos de 40 grados de diferencia entre la temperatura de fuera y la de dentro, lo que el señor Sergio hubiera demostrado si los termómetros no hubiesen sido robados por los indígenas.
Al final de la segunda semana de febrero, la temperatura indicó cierta tendencia a subir. Habiendo saltado el viento al Sur, empezó a barrer aquellos lugares de la Nueva Siberia con una furia sin igual.
Si la Belle Roulotte no hubiese estado abrigada por altos bloques, no hubiera podido resistir las ráfagas.
Por el momento, enterrada en la nieve hasta por encima de las ruedas, no había nada que temer por su seguridad.
Todavía hubo algunos fríos, que modificaban bruscamente la atmósfera.
Sin embargo, hacia mediados de mes, la media termométrica no era más que de unos veinte grados centígrados bajo cero.
El noble ruso, Cascabel, Juan, Sandre y Clou de Girofle, se aventuraron, pues, a salir al exterior, tomando las más minuciosas precauciones para impedir que la transición fuese demasiado brusca. Higiénicamente considerado, éste era el mayor peligro que podían correr.
Los alrededores del campamento habían desaparecido enteramente bajo el mismo tapiz blanco, y era imposible reconocer los desniveles del suelo. Y esto no era por la falta de claridad, porque, durante dos horas, el horizonte del Sur se coloreaba con una luz pálida, un reflejo de rayos sin calor, que se iría aumentando a medida que se acercase el equinoccio de primavera. Se pudieron, pues, emprender algunos paseos, y, desde luego, según formal exigencia de Tchu Tchuk, hubo que presentarse en su morada.
En nada habían cambiado las disposiciones de aquel testarudo indígena. Los prisioneros fueron conminados a procurarse a la mayor brevedad un rescate de tres mil rublos, o Tchu Tchuk vería lo que tenía que hacer.
– ¡Ladrón abominable! –le respondió Cascabel en aquel puro francés que Su Majestad no podía comprender–. ¡Sí...! ¡Triple bestia...! ¡Cuádruple bruto...! ¡Rey de los idiotas!
Pero la verdad era que aquellos calificativos, tan justamente aplicados al soberano de las Liakhoff, no mejoraban las cosas. Y, lo que era más grave, Tchu Tchuk amenazaba con tomar medidas de rigor.
Entonces, bajo el imperio de un furor reconcentrado, César Cascabel tuvo una inspiración de genio, lo que no debe sorprender tratándose de un hombre tan extraordinariamente expeditivo.
– ¡Por todas las focas del mundo...! – exclamó una mañana–. ¡Si esta treta pudiera tener éxito...! ¿Y por qué no...? Con semejantes imbéciles.
Pero, a pesar de habérsele escapado aquellas frases, César Cascabel creyó conveniente guardar en secreto lo que pensara. Ni quiso decir nada a nadie, ni al señor Sergio, ni aun a Cornelia. Según parece, una de las condiciones indispensables para el buen éxito de su proyecto era el que pudiese hablar distintamente la lengua rusa de que se sirven las tribus de la Siberia septentrional. De suerte que mientras Kayette se perfeccionaba en el estudio del francés, bajo la dirección de su amigo Juan, César Cascabel se dedicó a perfeccionarse en el estudio del ruso, bajo la dirección de su amigo el conde. ¿Dónde hubiera podido encontrar un profesor más solícito? Se sigue de aquí que el 16 de febrero, mientras se paseaba en torno de la Belle Roulotte, le hizo conocer su deseo de aprender su idioma más a fondo.
– Puesto que vamos a Rusia –dijo–, me será muy útil hablar el ruso, y no me encontraré embarazado durante mi estancia en Perm y Nijni.
– No hay inconveniente, mi querido Cascabel –respondió el señor Sergio–. A pesar de que, con lo que ya sabéis de nuestra lengua, podríais salir perfectamente de cualquier atolladero.
– ¡No, amigo, no! Si comprendo algo de lo que me dicen, no sabría hacerme comprender, y eso es precisamente lo que yo quiero.
– Como gustéis.
– Y, por otra parte, eso nos servirá para pasar el tiempo.
La proposición del bueno de Cascabel no tenía nada de sorprendente, y, por lo tanto, nadie se mostró sorprendido.
Vedle silabeando el ruso con el señor Sergio, trabajando dos o tres horas diarias, menos desde el punto de vista gramática' que desde el de la pronunciación, que era lo que parecía desear César Cascabel.
Ahora bien, si los rusos hablaban muy fácilmente la lengua francesa, sin conservar nada de su acento de origen, es menos fácil a los franceses hablar la lengua rusa. ¡Juzgúese de las dificultades que tuvo que vencer Cascabel, de los cuidados que tuvo que tomarse, de los esfuerzos de articulación a que se entregó y de los gritos con que llenó la Belle Roulotte con objeto de llegar a la perfección!
Y, verdaderamente, con sus naturales disposiciones para el poliglotismo, hizo progresos muy notables, que maravillaron a sus familiares.
Terminada la cotidiana lección, se marchaba a la playa, y allí, seguro de no ser oído por nadie, se ejercitaba en pronunciar ciertas frases con voz retumbante, cuyas entonaciones variaba, haciendo vibrar las erres a la manera de los rusos. ¡Y Dios sabe si en el ejercicio de su profesión de saltimbanqui había adquirido la costumbre de aquellas vibraciones!
Algunas veces se encontraba a Ortik y Kirschef, y como los dos marineros no sabían una palabra de francés, les hablaba en su idioma, asegurándose de este modo de que empezaba a hacerse comprender suficientemente.
Aquellos dos hombres venían con alguna frecuencia a la Belle Roulotte. Kayette, siempre impresionada por la voz de Kirschef, procuraba encontrar en su memoria la ocasión en que había podido oírla.
Entre Ortik y el conde, la conversación, a la cual se mezclaba ya papá Cascabel, recaía invariablemente en los medios de abandonar la isla; pero nunca se llegó a nada práctico.
– Existe quizás una probabilidad de repatriarnos, en la que no hemos pensado todavía, y que podría presentarse –dijo un día Ortik.
– ¿Cuál? –preguntó enseguida el noble ruso.
– Cuando el mar polar está libre –explicó el marinero–, no es raro que los balleneros pasen a la vista del archipiélago de las Liakhoff. En ese caso, ¿no podríamos hacer señales y atraer algún buque...?
– Sería exponer a su tripulación a caer prisionera de Tchu Tchuk, como nosotros, y sin ningún provecho para nuestra salvación – afirmó el señor Sergio–. Esa tripulación no sería lo bastante fuerte, y caería en poder de los indígenas.
– Además de que el mar no estará libre antes de tres o cuatro meses –añadió Cascabel–, y lo que es yo, no aguanto tanto tiempo.
Después de un momento de reflexión, añadió:
– Y si llegásemos a tomar pasaje en un ballenero, aun con el consentimiento de Tchu Tchuk, sería necesario abandonar la Belle Roulotte...
– ¡Es un abandono al que tendríamos que resignarnos sin duda! –observó el conde.
– ¡Resignarnos...! –exclamó Cascabel–. ¡Vaya, pues no!
– ¿Acaso habéis encontrado algún medio?
– ¡Hum...!
Papá Cascabel no dijo más; pero, ¡qué sonrisa se dibujó en sus labios! ¡Qué relámpago iluminó su mirada!
Cuando Cornelia supo aquella respuesta de su marido, dijo:
– ¡Estoy segura de que César ha imaginado ya algo! Ignoro lo qué es, pero no me sorprende tratándose de semejante hombre.
– Papá es más ladino que Tchu Tchuk – añadió Napoleona.
– ¿Habéis observado –dijo notar Sandre– que ha tomado la costumbre de llamarle «su viejo y valiente amigo»?
Entretanto, papá Cascabel, semejante a Demóstenes declamando sobre las playas helénicas, se aplicaba a luchar con poderosa voz contra el huracán.
Durante la segunda quincena de febrero, el aumento de la temperatura siguió su curso de una manera muy notable. Con el viento que soplaba del Sur se propagaban por la atmósfera algunas corrientes menos frías. No había, pues, tiempo que perder. Después de haber tenido que entendérselas con el deshielo en el estrecho de Behring, gracias al retraso del invierno, hubiera sido el colmo de la mala suerte encontrarse expuesto a los mismos peligros, gracias a la precocidad de la primavera.
En efecto, si el proyecto de papá Cascabel tenía buen éxito; si lograba decidir a Tchu Tchuk a dejarle partir con su personal y su material, era necesario que la partida se efectuase cuando el icefield, uniformemente solidificado, se extendiese entre el archipiélago de las Liakhoff y la costa siberiana. Hecho esto, con un buen tiro de renos, la Belle Roulotte podría llevar a cabo aquella parte del viaje en condiciones relativamente favorables, y sin que los viajeros tuviesen nada que temer de una nueva dislocación de los campos de hielo.
– Decidme, amigo Cascabel –dijo un día el conde–; ¿esperáis que ese viejo tunante de Tchu Tchuk os proporcione los renos de que tenéis necesidad para arrastrar vuestro carruaje hasta el Continente?
Cascabel respondió gravemente:
– Tchu Tchuk no es un viejo tunante. Es un hombre digno y excelente. Si consiente en dejarnos partir, nos permitirá llevar con nosotros la Belle Roulotte; y si nos lo permite, no podrá menos de ofrecernos veinte, cincuenta, cien o un millar de renos, si yo se lo exijo.
– ¿De modo que le tenéis cogido?
– ¿Si tengo cogido a mi Tchu Tchuk? Como si tuviera la punta de su nariz entre mis dedos, señor Sergio... ¡Y cuando yo pillo a alguien, lo pillo de firme!
¡Siempre aquella confianza del hombre seguro de sí mismo, y siempre su sonrisa de satisfacción!
El señor Sergio, comprendiendo que Cascabel deseaba guardar una reserva absoluta sobre sus proyectos, no tuvo el mal gusto de insistir para conocerlos.
Entretanto, gracias a la suavidad de la temperatura, los súbditos de Tchu Tchuk comenzaban a entregarse a sus ocupaciones habituales, a la caza de pájaros y a la pesca de focas que reaparecían en la superficie del icefield. Al mismo tiempo, las ceremonias religiosas, interrumpidas por los grandes fríos, volvían a llevar a los fieles a la gruta de los ídolos.
Los viernes de cada semana, sobre todo, era cuando, por el concurso de la tribu entera, presentaba el mayor esplendor. Los viernes, según parece, son los domingos de Nueva Siberia. Y el próximo viernes, 29, el año era bisiesto, era el día señalado para una procesión general de los indígenas.
La víspera por la noche, papá Cascabel se contentó con decir sencillamente, en el momento de acostarse:
– Estad dispuestos mañana para acompañar a nuestro amigo Tchu Tchuk a la ceremonia del vorspük.
– ¿Qué dices, César...? ¿Tú quieres que...? – preguntó Cornelia.
– ¡Quiero!
¿Qué significaba aquella proposición tan categóricamente formulada?
¿Acaso papá Cascabel esperaba amansar al soberano de las Liakhoff, tomando parte en sus adoraciones supersticiosas? Ciertamente que Tchu Tchuk habría visto con buenos ojos que sus prisioneros rindiesen homenaje a las divinidades del país; pero adorarlas, abrazar la religión indígena, era otra cosa, y poco probable que papá Cascabel llegase hasta la apostasía para seducir a Su Majestad neosiberiana.
Al amanecer del día siguiente, toda la tribu estaba en movimiento. Tiempo magnífico, temperatura no inferior a 10° bajo cero, claridad diurna que duraba unas cuatro o cinco horas, y un conato de rayos solares, cuya punta se deslizaba por encima del horizonte.
Los habitantes habían salido de sus madrigueras; hombres, mujeres, niños, ancianos y adultos, se habían adornado con sus más hermosos trajes, hopalandas de piel de foca, palsk de piel de reno con el pelo al exterior.
Era una explosión sin igual de pieles de pelos blancos o negros, bonetes bordados con perlas falsas, pecheras con combinaciones de diversos colores, tiras de cuero alrededor de la frente, pendientes, pulseras y joyas de huesos de morsa esculpidos suspendidas al cartílago de la nariz.
Y aun todo eso no había parecido suficiente para semejante solemnidad. Así es que algunos notables de la tribu juzgaron oportuno engalanarse con más riqueza todavía, siendo los diversos objetos robados a la Belle Roulotte los que hicieron el gasto de aquella ornamentación.
En efecto, sin hablar de los trajes de oropel de los saltimbanquis y demás fruslerías con que se habían adornado, de los sombreros de payaso y cascos a lo Maugin que cubrían sus cabezas, los unos llevaban por banda una cuerda, de la que pendían las anillas que servían para los ejercicios de malabarista, los otros, balanceaban en su cintura un rosario de bolas y de pesas de plomo; por último, el gran jefe de Tchu Tchuk ostentaba pomposamente sobre su torso un barómetro aneroide como condecoración de una nueva Orden, creada por los soberanos de Nueva Siberia.
Los instrumentos de la orquesta ambulante mezclaban sus notas en espantoso concierto, el cornetín rivalizando con el trombón, y el tambor respondiendo al bombo.
Cornelia estaba no menos furiosa que sus hijos al oír tan ensordecedoras sinfonías. Todos hubieran silbado de buena gana a aquellos artistas «que tocaban como focas», según decía Clou de Girofle.
Pues bien, ¡cosa increíble!, papá Cascabel sonreía a aquellos bárbaros ejecutantes, no les escatimaba sus aplausos y sus hurras, palmoteaba gritando: «¡Bravo...! ¡Bravo...!», y repetía:
– Son gentes admirables..., dotadas particularmente para la música; y si quieren juntarse en mi compañía les garantizo un gran éxito en la feria de Perm, mientras llega la de SaintCloud.
En medio del tumulto, la procesión atravesaba la aldea, dirigiéndose hacia el lugar sagrado, donde los ídolos aguardaban el homenaje de sus fieles. Tchu Tchuk marchaba a la cabeza. El conde, papá Cascabel, su familia y los dos marineros rusos venían inmediatamente detrás de él, escoltados por toda la población de Turkef. La comitiva se detuvo delante de la excavación de la roca, en cuyo fondo se levantaban las divinidades indígenas, vestidas con soberbias pieles y adornadas con pinturas recientes con motivo de la solemnidad.
Tchu Tchuk entró en el vorspük con las manos elevadas, y después de haber inclinado la cabeza, se acurrucó sobre una alfombra de pieles de reno extendida por el suelo. Aquella era la manera de arrodillarse en el país.
El conde Narkin y sus compañeros se apresuraron a imitar al soberano, y la concurrencia se prosternó tras ellos.
Después de establecido un silencio religioso, Tchu Tchuk, con tono de predicador anglicano, dirigió algunas palabras, mitad cantadas y mitad murmuradas, a los tres ídolos, soberbios en su divina magnificencia.
De pronto, le respondió una voz, voz poderosa, bien timbrada, que se dejó oír a lo lejos.
¡Oh, prodigio! Aquella voz, saliendo del pico de una de las divinidades, la de la derecha, dijo en lenguaje ruso:
– Ani suiati, eti innostrantzi, katori ote zapada prichli! Zatchéme ti ikhe podirjaiche?
Lo que significa:
«¡Estos extranjeros que han venido de Oriente son sagrados! ¿Por qué los retienes?»
Después de estas palabras, que los fieles oyeron distintamente, se produjo un estupor general.
Era la primera vez que los dioses de Nueva Siberia se dignaban conversar con sus adoradores.
Entonces, una voz más acentuada, una voz imperiosa, escapada del pico del ídolo plantado a la izquierda, dijo vibrante:
– Ya tibie prikajou étote arrestantof ot paistite. Tvoie narode doljne dlia ikhesame balchoie vajestvo imiéte i nime adate vcié vies chi ou ikhe bouili vziati. Ya tibié prikajou ou siberskoié beregou ikhe lioksché vorsvratitcia.
Tres frases evidentemente dirigidas a Tchu Tchuk, que pueden traducirse así: «¡Te ordeno que pongas en libertad a los prisioneros! ¡Ordeno a tu pueblo que tenga con ellos los mayores miramientos, y les devuelva todos los objetos de que han sido despojados! ¡Ordeno se les facilite la vuelta a la costa siberiana!»
Esta vez no fue ya estupor, fue espanto lo que se produjo. Tchu Tchuk se había levantado temblándole las rodillas, con la mirada vaga, la boca abierta, los dedos separados, en el paroxismo de la estupidez.
Los indígenas, después de haberse medio levantado, no sabían si debían prosternarse o emprender la fuga. Por último, la tercera divinidad, la del centro, tomó la palabra a su vez. ¡Pero su voz era terrible, llena de cólera, repleta de amenazas! Y con trágico vigor articulaba las sílabas, haciendo rodar las erres como los redobles del trueno.
He aquí las palabras que pronunció, mirando directamente a Su Majestad:
– Jesle ti take nié sdiéléle étole toje sanie, diéne, kakda eti sviati tcheloviéki boudoute feláite tchorte s'tvoie oblacte!
Es decir:
«Si nos haces esto, el día en que esos hombres sagrados lo deseen, ¡que la cólera celeste caiga sobre tu tribu!»
En aquel momento, el rey y sus súbditos temblaban de terror, inmóviles sobre el suelo, mientras papá Cascabel, elevando sus brazos hacia los ídolos, en un acceso de reconocimiento, les daba las gracias por su divina intervención.
Sus compañeros, entretanto, se apretaban los ijares para no soltar la carcajada.
¡Una simple escena de ventriloquia! ¡He aquí lo que aquel hombre prodigioso había imaginado para abrir la mano de su «amigo» Tchu Tchuk!
Y, en verdad, no hacía falta más para burlarse de aquellos supersticiosos indígenas. ¡Los hombres venidos de Oriente! ¡Qué admirable calificación encontraba por papá Cascabel! «¡Los hombres venidos de Oriente son sagrados! ¿Por qué Tchu Tchuk los retiene?»
Pues bien; ¡no! ¡Tchu Tchuk no los retendría ya!
Los dejaría partir en el momento en que lo deseasen, y los indígenas tendrían para ellos los miramientos debidos a viajeros tan visiblemente protegidos por el cielo.
Y mientras Ortik y Kirschef, que ignoraban el talento de papá Cascabel en ventriloquia, no ocultaban su profunda admiración, Clou repetía entusiasmado:
– ¡Qué genio el del patrón...! ¡Qué cabeza...! ¡Qué hombre...! A menos que...
– ¡A menos que no sea un dios! –replicó Cornelia, inclinándose ante su marido.
Habíanse jugado las cartas. Había tenido éxito, gracias a la extraordinaria credulidad de las tribus de Nueva Siberia, que sobrepuja a todo lo que pueda imaginarse. Esto es lo que juiciosamente había observado papá Cascabel, y lo que le sugirió la idea de ejercer sus talentos de ventrílocuo en provecho de la salvación común.
Inútil es decir que sus compañeros y él fueron reconducidos al campamento con todos los honores debidos a su calidad de hombres sagrados.
Tchu Tchuk se confundía en salutaciones y cumplidos, en los cuales entraba una gran parte de temor y de respeto. No estaba lejos de confundir en una misma adoración a la familia Cascabel y los ídolos de Kotelnyï. ¿Y cómo aquella población del Turkef, tan ignorante, podía suponer que había sido juguete de un mixtificador? No cabía duda: ¡las divinidades del vorspük habían dejado oír sus voces formidables!
De sus picos, hasta entonces mudos, habían salido aquellas órdenes.
Y, por otra parte, ¿no había un precedente? ¿Acaso Jako no hablaba también? ¿No estaban los indígenas maravillados de las palabras que salían de su pico? Pues bien, lo que un pájaro hacía, ¿por qué no habían de poder hacerlo sus dioses de cabeza de volátiles?
A contar de este día, el conde, César Cascabel y su familia, así como también los dos marineros, que fueron reclamados por su compatriota, pudieron considerarse como libres.
El invierno estaba ya muy adelantado, y la temperatura tendía a hacerse soportable. Así es que los náufragos resolvieron no tardar en abandonar el archipiélago de las Liakhoff. No temían que se verificase un cambio en las disposiciones de los indígenas; estaban bien cogidos para eso.
Papá Cascabel se hallaba en la mejor inteligencia con su amigo Tchu Tchuk, el cual le hubiera limpiado las botas si lo hubiera deseado.
Éste se había apresurado a mandar restituir todos los objetos robados a la Belle Roulotte. Él mismo, después de haberse arrodillado, había entregado a César Cascabel el barómetro que llevaba al cuello, y César Cascabel se había dignado tenderle una mano, que Tchu Tchuk besó religiosamente. ¡Aquella mano, que creía capaz de lanzar el rayo y desencadenar las tempestades!
El día 8 de marzo quedaron terminados los preparativos de partida. Tchu Tchuk se había apresurado a ofrecer a papá Cascabel un centenar de renos, en lugar de los veinte que éste había pedido para arrastrar su carruaje; pero él lo rehusó, dando las gracias a su nuevo amigo, y ateniéndose a la cifra susodicha. Tampoco exigió más que la cantidad de forraje necesaria para alimentar su tiro durante la travesía.
Aquel día, por la mañana, el conde, la familia Cascabel y los dos marineros rusos, se despidieron de los indígenas de Turkef. Toda la tribu se había reunido para asistir a la partida de sus huéspedes y desearles un buen viaje.
El querido Tchu Tchuk estaba allí, en primera fila, sumido en un enternecimiento muy sincero. Papá Cascabel se dirigió hacia él, y después de darle un golpecito en el vientre, se contentó con pronunciar, con acento fraternal, estas palabras en francés:
– ¡Adiós, animal!
Pero aquel golpecito familiar iba a engrandecer aún a Su Majestad en el espíritu de sus súbditos.
Diez días después, el 18 de marzo, habiendo atravesado sin peligro ni fatigas el icefield que unía el archipiélago de las Liakhoff con la costa siberiana, la Belle Roulotte llegó al litoral, junto a la desembocadura del Lena.
Después de tantos incidentes, accidentes, peligros y aventuras desde su partida de Port Clarence, el señor Sergio y sus compañeros habían puesto por fin el pie en el continente asiático.