César Cascabel · Parte 2

CAPÍTULO VI

PORT CLARENCE

l puerto más avanzado hacia el No

Eroeste, que la América septentrional posee en el estrecho de Behring, es Port Clarence.

Situado al Sur del cabo del Príncipe de Gales, se encuentra en la parte del litoral donde se dibuja la nariz de la cara cuyo perfil está representado por la costa de Alaska.

Este puerto ofrece un excelente surgidero, que es muy apreciado por los navegantes, y más particularmente por los balleneros, cuyos buques van a buscar fortuna en los mares árticos.

La Belle Roulotte había acampado cerca de la orilla interior del puerto, junto a la desembocadura de un pequeño río, en el cantil de altas rocas coronadas por un macizo de raquíticos abedules.

Allí debía hacerse la mayor parada de todo el viaje. En efecto, en tal lugar se prolongaría el reposo de la compañía; reposo forzado, impuesto por el estado del estrecho, cuya superficie no estaba aún solidificada en aquella época del año.

No hay que decir que el carruaje no hubiera podido franquearlo a bordo de aquellas embarcaciones que hacen el servicio de Port Clarence, las cuales no son más que canoas de pesca de muy escaso tonelaje. Era, pues, preciso atenerse al proyecto de ganar la costa asiática cuando el mar estuviera convertido en un inmenso icefield.

Aquella larga parada no era de sentir en el momento de emprender la segunda parte del viaje, en la que comenzarían verdaderamente las dificultades físicas, la lucha contra el frío, contra las tempestades de nieve, por lo menos hasta tanto que la Belle Roulotte no hubiese llegado a los territorios menos fríos de Siberia meridional.

Hasta entonces, habría algunas semanas, tal vez algunos meses, muy rudos que pasar, y no podían menos de felicitarse de tener el tiempo suficiente para completar sus preparativos, en vista de un viaje tan penoso como el propuesto.

En efecto, si bien habían podido comprar ciertos objetos a los indios del fuerte Nulato, faltaban todavía otros que el jefe de la familia Cascabel pensaba adquirir, bien de los negociantes, o bien de los indígenas de Port Clarence.

De aquí que todo el personal acogiese con gran satisfacción la frase sacramental de «¡Alto y descanso!»

Y esta voz de mando, acogida siempre favorablemente durante las marchas o maniobras militares, fue inmediatamente seguida de esta otra, que pronunció en alta voz el joven Sandre:

– ¡Rompan filas!

¡Y calcúlese si se romperían con gusto!

Como puede imaginarse, la llegada de la Belle Roulotte a Port Clarence no debía pasar inadvertida. Jamás semejante máquina ambulante se había aventurado tan lejos, puesto que había llegado a los confines mismos de la América septentrional.

Por primera vez se presentaban saltimbanquis franceses a las sorprendidas miradas de los indígenas.

Había entonces en Port Clarence, además de la población habitual de esquimales y de negociantes, cierto número de funcionarios rusos. Eran éstos los que, después de la anexión de Alaska a Estados Unidos, habían recibido orden de volver a franquear el estrecho para dirigirse, bien a la península de los Chukchis en la costa asiática, o a Petropavlosk, la capital de la Kamchatka.

Estos agentes se unieron a toda la población para hacer una buena acogida a la familia Cascabel; y hay que confesar que la recepción de los esquimales fue particularmente muy cordial.

Eran aquellos los mismos esquimales que doce años después debía encontrar el célebre navegante Nordenskiold, al emprender la audaz campaña en la que debía descubrir el

Paso del Nordeste. En esta época, algunos de aquellos indígenas iban armados de revólve res y fusiles de tiro rápido, primeros dones de la civilización americana.

Como la estación de verano apenas había terminado, los indígenas de Port Clarence aún no hacían uso de sus habitaciones de invierno. Estaban establecidos en pequeñas tiendas, elegantemente construidas, formadas por espesas telas de algodón de vivos colores, y consolidadas por cuerdas fabricadas con hierbas. En el interior se encontraban numerosos utensilios hechos con la corteza de las nueces de coco.

Cuando Clou de Girofle vio por primera vez estos utensilios, no pudo menos de exclamar;

– ¡Calla! ¡Los cocos crecen en los bosques de los esquimales...!

– A menos que –le advirtió el señor Sergio– estas nueces hayan sido transportadas de las islas del Pacífico por los balleneros que vienen de arribada a Port Clarence.

El ruso decía bien. Las relaciones entre los habitantes de aquel lugar de América y los indígenas eran ya muy frecuentes en aquella época; se operaba entre ellos una fusión que tendía a mejorar el desarrollo de la raza esquimal. Respecto a esto, hay que observar, según veremos más tarde, que no existe ninguna conformidad de tipo ni de costumbres entre los esquimales de origen americano y los indígenas de la Siberia asiática.

Las tribus de Alaska no comprenden ni aun el idioma que se habla al oeste del estrecho de Behring; pero estando mezclado el suyo con muchas palabras inglesas y rusas, no resultaba difícil conversar con ellos.

La familia Cascabel quiso, desde los primeros días de su instalación, relacionarse con los indígenas diseminados en los alrededores de Port Clarence; y como fue hospitalariamente acogida en las tiendas de aquellas honradas gentes, no vaciló en abrirles las puertas de la Belle Roulotte, cosa de la que nadie tuvo que arrepentirse. Estos esquimales son, además, mucho más civilizados de lo que se cree generalmente. Se les representa como especie de focas parlantes, anfibios de rostro humano, a juzgar por los vestidos que suelen llevar, sobre todo durante la estación invernal; pero no hay nada de eso, y en Port Clarence los representantes de la raza esquimal, ni son repugnantes a la vista, ni desagradables en su trato. Algunos de ellos llevan su respeto a la moda hasta el extremo de vestirse casi a la europea. La mayor parte obedecen a cierta coquetería, que admite el traje de piel de reno o de foca, el pask de piel de marmota, el tatuaje de la cara, es decir, algunas ligeras huellas de dibujos aplicados sobre la parte inferior del rostro. Los nombres tienen la barba corta y rala; en las extremidades de los labios, tres agujeros, abiertos con arte, les permiten suspender ligeros anillos de hueso esculpido, y el cartílago de la nariz recibe también algunos ornamentos de este género. En suma, los esquimales que vinieron a presentar sus respetos a la familia Cascabel, no tenían aspecto desagradable; el aspecto que, en general, muestran los samoyedos u otros indígenas del litoral asiático.

Las jóvenes llevaban en sus orejas sartas de perlas, en sus brazos brazaletes de hierro o de cobre, trabajados con suma delicadeza.

Eran gentes honradas, llenas de buena fe en las transacciones, aunque discutiendo y regateando con exceso; pero reprochar este defecto a los naturales de las regiones árticas, serla mostrarse excesivamente severo.

Reina entre ellos la más perfecta igualdad. No tienen ni aun jefes de clan. Adoran, en cuanto a divinidades, maderos con figuras esculpidas y pintadas de rojo, que representan diversas clases de pájaros cuyas alas se despliegan en forma de abanico. Tienen costumbres puras, muy desarrollado el sentimiento de la familia, el respeto a los padres y a las madres, el amor a los hijos, la veneración a los muertos, cuyos cuerpos, expuestos al aire libre, están vestidos con sus trajes de fiesta, teniendo junto a sí sus armas y su kayak.

La familia Cascabel se divertía mucho en los paseos cotidianos que daban por las inmediaciones de Port Clarence. Iban también a menudo a visitar una antigua fábrica de aceite, de fundación americana, que funcionaba todavía en aquella época.

El país no estaba desprovisto de árboles, ni el suelo de vegetación; aspecto muy diferente del que presenta la península de los Chukchis, al otro lado del estrecho. Consiste esto en que a lo largo de la costa del Nuevo Continente sube una corriente cálida, procedente de los abrasadores parajes del Pacífico, mientras que a lo largo del litoral siberiano desciende una corriente fría, que viene de los mares boreales.

César Cascabel no tenía intención de dar ninguna representación a los indígenas de Port Clarence. Desconfiaba, y con razón. ¡Buena hubiese sido si encuentra otros acróbatas, malabaristas y payasos tan notables como entre los indios de fuerte Yukón!

Valía más no arriesgarse a comprometer por segunda vez la reputación de la familia.

Entretanto, los días transcurrían, y en realidad en número mayor del necesario para el reposo de la compañía, pues con sólo una semana de alto en Port Clarence todos hubieran estado en disposición de afrontar las fatigas de un viaje por territorio siberiano.

Pero el estrecho no permitía aún el paso a la Belle Roulotte. Finalizaba setiembre, y bajo aquella latitud, si bien la temperatura media marcaba bajo cero del centígrado, el brazo de mar que separa Asia de América no estaba aún congelado. Pasaban, sí, numerosos témpanos formados a lo largo de los límites del estrecho de Behring, y que subían hacia el Norte, abarloando la costa de Alaska, bajo la acción de la corriente venida del Pacífico; pero era preciso aguardar a que aquellos témpanos se solidificasen y después se aglomerasen hasta el punto de ofrecer un inmenso campo de hielo inmóvil.

Era indudable que sobre aquella capa helada, lo bastante resistente para que pudiese pasar por ella un tren de artillería, la Belle Roulotte y su personal no corrían el menor riesgo. Además, sólo se trataba de un trayecto de unas veinte leguas en la parte más angosta del estrecho, comprendida entre el cabo del Príncipe de Gales, algo más arriba de Port Clarence, y el puertecito de Numana, en la costa de Siberia.

– ¡Diantre! –dijo un día César Cascabel–. Es lástima que los americanos no hayan construido un puente.

– ¡Un puente de cien kilómetros! –exclamó Sandre.

– ¿Y por qué no? –observó Juan–. Podría apoyarse en el centro del estrecho, sobre el islote Diomedes.

– Imposible no sería –confirmó el señor Sergio–, y debe creerse que algún día se hará, como todo lo que puede hacer la inteligencia del hombre.

– ¿Acaso no se trata de construirlo sobre el Paso de Calais? –dijo Juan.

– Tienes razón, amigo mío –confirmó el señor Sergio–; pero hay que convenir en que el puente sobre el estrecho de Behring sería menos útil que el de Calais a Dover... ¡Con seguridad que no llegarían a cubrir gastos!

– Si era poco útil para los viajeros en general –observó Cornelia–, lo sería mucho para nosotros.

– ¡Ya lo creo! –replicó César Cascabel–. Pero durante las dos terceras partes del año existe nuestro puente, un puente de hielo tan sólido y resistente como cualquier otro de piedra, madera o hierro. La señora Naturaleza lo construye todos los años, y no exige el pago de peaje.

El buen Cascabel tenía razón en tomar las cosas por su lado bueno. ¿Para qué un puente que costaría millones, cuando bastaba esperar el momento favorable para que el paso quedase asegurado, tanto a los peatones como a los carruajes? Esto no debía tardar en suceder: sólo se necesitaba un poco de paciencia.

Hacia el día 7 de octubre, quedó definitivamente establecido el período de invernada en aquella alta latitud.

Nevaba a menudo. Toda huella de vegetación había desaparecido. Los escasos árboles del litoral, despojados de sus últimas hojas, estaban cargados de escarcha. Ya no se veía ninguna de aquellas raquíticas plantas de las comarcas boreales, cuyas especies son tan parecidas a las de Escandinavia, ni ninguna de aquellas linearías que componen en gran parte el herbario de la flora ártica.

Sin embargo, si los témpanos derivaban siempre a través del estrecho, tan rápida es la corriente, iban aumentando en anchura y espesor.

Del mismo modo que basta un gran fuego para motivar la soldadura de los metales, bastaría aquí un gran frío para soldar los pedazos del campo de hielo. Esto podía esperarse de un día para otro. Pero si bien la familia Cascabel deseaba con ansia que el estrecho fuera practicable y le permitiese abandonar Port Clarence lo antes posible; si para ella debía ser una inmensa alegría el pisar por fin los territorios del Antiguo Continente, esta alegría no estaba exenta de amargura. Llegaría la hora de la separación; abandonarían Alaska, pero el señor Sergio se quedaría en aquel país, pues no era cosa de que se adelantase más hacia el Oeste. Y después del invierno, volvería a emprender sus excursiones a través de aquella parte de América cuya exploración quería terminar, visitando los territorios situados al Norte del Yukón y al otro lado de las montañas.

Separación cruel para el uno como para los otros, porque todos estaban ligados, no solamente por la simpatía, sino también por una estrecha amistad.

El más entristecido, como puede fácilmente adivinarse, era Juan.

¿Podía olvidar que el señor Sergio se llevaría consigo a Kayette? ¿No exigía el interés de la joven india que su porvenir se encomendase a los cuidados de su nuevo padre?

¿A quién podía ser confiada mejor que al señor Sergio? Había hecho de ella su hija adoptiva; la conduciría a Europa, la instruiría y le aseguraría una posición, que no podría nunca alcanzar al lado de unos pobres saltimbanquis.

Ante tales ventajas, ¿era posible la vacilación? No, seguramente, y Juan era el primero en reconocerlo.

Y, no obstante, experimentaba inmenso pesar, que se manifestaba por su creciente tristeza.

¿Cómo hubiera podido tener la fuerza necesaria para dominarla?

Separarse de Kayette; no volverla a ver cuando estuviera tan lejos de él, material y moralmente; cuando hubiese ocupado el lugar que le correspondía en la propia familia del señor Sergio; perder la dulce costumbre que ambos tenían de hablar, de trabajar juntos, de estar siempre el uno al lado del otro, era cosa que le desesperaba.

Juan amaba a Kayette, la amaba con verdadero amor, que se revelaba en sus cuidados, en su asiduidad, en su emoción cuando le hablaba. Tal vez este amor era compartido por la joven. ¡Y habría que romper todo esto por medio de una separación eterna!

Por otra parte, si Juan sentíase muy desgraciado, su padre, su madre, su hermano y su hermana, profundamente encariñados con Kayette, no podían acostumbrarse a la idea de separarse de ella, como tampoco del buen señor Sergio. Hubieran dado «cualquier cosa», como decía papá Cascabel, porque el ruso aquél consintiera en acompañarlos hasta el término de su viaje. Eso significaría pasar a su lado algunos meses más, y luego..., luego ya verían.

Ya hemos dicho que los habitantes de Port Clarence habían tomado gran afecto a esta familia. Veían, no sin cierta aprensión, acercarse el momento en que se aventurase a través de las estepas, expuestos a verdaderos peligros.

Pero si se interesaban por aquellos franceses venidos de tan lejos, y que iban también tan lejos, algunos de los rusos recientemente llegados al estrecho observaban el personal de la compañía, y más particularmente al señor Sergio, con un interés muy diferente.

No se habrá olvidado que se encontraba entonces en Port Clarence cierto número de funcionarios a quienes la anexión de Alaska obligaba a volver a los territorios siberianos.

Entre estos agentes había dos que estaban encargados de una vigilancia especial sobre los territorios americanos sometidos a la Administración moscovita.

Sobre todo debían vigilar y espiar los refugiados políticos, a quienes daba asilo la Nueva Bretaña, y que pudieran intentar franquear la frontera de Alaska.

Ahora bien, aquel ruso, convertido en compañero y huésped de una familia de saltimbanquis; aquel señor Sergio, que se detenía precisamente en 'os límites del Imperio del zar, les había parecido un poco sospechoso, por lo cual le vigilaban con la necesaria prudencia, para no dejar entrever nada.

El señor Sergio no se figuraba ser el objeto de cierta clase de sospechas, y no se preocupaba más que de la próxima separación.

¿Luchaba con la idea de volver a emprender su excursión a través del Oeste de América, o pensaba en renunciar a ella para seguir a sus nuevos amigos hasta Europa?

Difícil hubiera sido decirlo. Sin embargo, papá Cascabel, viéndole tan preocupado, resolvió provocar una explicación sobre este motivo.

Una noche, el 11 de octubre, después de cenar, César Cascabel, dirigiéndose a su huésped ruso, le dijo:

– A propósito, señor Sergio: ¿sabéis que dentro de poco vamos a partir para vuestro país?

– Sin duda, amigos míos... Es cosa convenida.

– Sí, vamos a Rusia; y precisamente pasaremos por Perm, en donde vive vuestro padre, si no estoy equivocado.

– En efecto; ¡y no creáis que os veo partir sin pesar ni sin envidia!

– Señor Sergio –terció aquí Cornelia–. ¿Pensáis permanecer mucho tiempo en América?

– ¿Mucho tiempo...? ¡Quién sabe!

– Y cuando volváis a Europa, ¿qué camino tomaréis?

– El camino del Far West. Mi exploración me conducirá, naturalmente, hacia Nueva York, y allí me embarcaré con Kayette...

– ¡Con Kayette! –murmuró Juan, mirando a la joven, que bajaba la cabeza.

Hubo algunos instantes de silencio.

Finalmente, César Cascabel añadió:

– Bueno, señor Sergio, voy a permitirme haceros una proposición... ¡Oh! Bien sé que será muy penoso atravesar esa endiablada Siberia...; pero con valor y buena voluntad...

– Amigo mío –respondió el señor Sergio–, creed que no me espantan los peligros ni las fatigas, y de buena gana las compararía con vosotros si...

– ¿Por qué no concluir juntos el viaje? – preguntó Cornelia.

– ¡Sería tan divertido! –añadió Sandre.

– ¡Y os daría tantos besos si dijeseis que sí...!

– exclamó Napoleona.

Juan y Kayette no habían pronunciado una palabra, y sus corazones latían violentamente.

– Mi querido Cascabel –dijo entonces el señor Sergio, después de haber reflexionado unos instantes–, desearía tener una conversación con vuestra esposa y con vos.

– A vuestra disposición... Enseguida.

– No, mañana –propuso el señor Sergio.

Después de esto, cada cual se retiro a su departamento, muy inquieto.

¿Qué motivo impulsaría al ruso a solicitar aquella entrevista? ¿Se decidiría a cambiar sus proyectos, o quería únicamente poner a la familia en disposición de llevar a cabo su viaje en mejores condiciones, haciéndole aceptar algún dinero?

De todos modos, ni Juan ni Kayette pudieron dormir aquella noche.

A la mañana siguiente tuvo lugar la entrevista.

El señor Sergio había rogado a los esposos Cascabel que le siguieran a alguna distancia del campamento, no por desconfianza de sus hijos, sino por temor de que pudieran escucharle algunos indígenas u otra clase de gente.

Sin duda lo que tenía que decir era importante, y seguramente secreto.

Los tres subieron por la ligera cuesta de la orilla, dirigiéndose hacia la fábrica de aceite, y el ruso comenzó a hablar de esta manera:

– Amigos míos, escuchadme y reflexionad bien antes de responder a la proposición que voy a haceros. No dudo de vuestro buen corazón, y ya me habéis probado hasta dónde puede llegar vuestra abnegación. Pero antes de tomar el último partido es preciso que sepáis quién soy...

– ¿Quién sois...? Un hombre honrado, ¡pardiez! –exclamó César Cascabel.

– Eso, desde luego... Un hombre honrado – confirmó el señor Sergio–, pero un hombre honrado que no quiere, con su presencia, aumentar los peligros de vuestro viaje por Siberia.

– ¡Vuestra presencia un peligro, señor Sergio! –dijo, asombrada, Cornelia.

– Sí, porque mi nombre es: conde Sergio Narkin ¡Soy un proscrito político!

El conde Sergio Narkin pertenecía a una rica familia del gobierno de Perm. Apasionado por las ciencias y los descubrimientos geográficos, empleó los años de su juventud en continuos viajes a todas las partes del mundo.

Desgraciadamente, no se dedicó sólo a sus atrevidas campañas, que hubieran podido darle una verdadera celebridad. La política se mezcló en su vida, y en 1857 se comprometió, ingresando en una sociedad secreta, donde sus relaciones le hicieron entrar. En resumen, los miembros de aquella sociedad fueron arrestados, perseguidos con toda la energía natural a la Administración moscovita, y la mayor parte condenados a perpetua deportación en Siberia.

Entre estos condenados se encontraba el conde Sergio Narkin.

Tuvo que partir para Yakutsk, lugar que le había sido designado para cumplir su condena, abandonando al único pariente que le quedaba de toda su familia, su padre, el príncipe Wassili Narkin, a la fecha octogenario, que habitaba en su finca de Walska, cerca de Perm.

Después de cinco años pasados en Yakutsk, el prisionero logró escaparse, llegando hasta Ojotsk, en el litoral del mar de este nombre.

Allí pudo encontrar pasaje a bordo de un buque en franquía y arribar felizmente a uno de los puertos de California.

De esta manera, el conde Sergio Narkin había vivido durante siete años, ya en Estados Unidos, ya en Nueva Inglaterra, procurando siempre acercarse a Alaska, donde contaba entrar en el momento en que fuese anexionada a Estados Unidos.

Porque su secreta esperanza era volver a Europa por Siberia.

Precisamente su proyecto era el que estaba ejecutante Cascabel. ¡Juzgúese lo que experimentó cuando supo que aquella familia, a la que debía su salvación, se disponía a ganar el estrecho de Behring para pasar a Asia!

Su más vivo deseo hubiera sido acompañarla. Pero, ¿podía él exponerla a las represalias del Gobierno ruso? Si se descubría que había favorecido la entrada de un condenado político en el Imperio moscovita, ¿qué sucedería? Y, sin embargo, ¡su padre era tan anciano! ¡Tenía tantas ganas de volver a verle!

– ¡Venid, pues, señor Sergio, venid con nosotros! –exclamó Cornelia.

– Va en ello vuestra libertad, amigos; vuestra vida tal vez, si sabían...

– ¡Y qué importa! –dijo César Cascabel–. Cada cual tiene allá arriba abierta su cuenta, ¿no es así...? Pues bien, procuremos aportar el mayor número posible de buenas acciones... Estas servirán de contrapeso a las malas.

– Pues bien, mi querido Cascabel...

– Además, que no os reconocerán; ya veremos lo que se ha de hacer para conseguir nuestro objeto; ¡y que me trague un lobo si no se la pegamos a todos los agentes de la policía rusa!

– Sin embargo... –insistió aún el conde.

– Y hasta, si es preciso, os vestiremos de saltimbanqui..., a menos que no os avergoncéis...

– ¡Oh, amigo mío!

– ¡Y quién habrá de sospechar que el conde Narkin figura en el personal de la familia Cascabel!

– Convenido, pues. ¡Acepto, amigos míos...! Acepto, y os doy las gracias...

– ¡Bueno, bueno! ¡Gracias! ¡Creéis que las necesitamos...! Conque, señor conde de Narkin...

– ¡No me deis ese nombre...! Para todo el mundo, hasta para vuestros hijos, no debo ser más que el señor Sergio.

– Tenéis razón, es inútil que lo sepan... Es cosa convenida; os llevamos con nosotros, señor Sergio; y yo, César Cascabel, me comprometo a conduciros a Perm, o pierdo el nombre que tengo; lo que sería, y creo opinaréis como yo, una pérdida irreparable para el arte.

No hace falta, creemos, expresar la acogida que recibió el señor Sergio a su vuelta a la Belle Roulotte cuando Juan, Kayette, Sandre, Napoleona y Clou tuvieron noticias de que les acompañaría hasta Europa.

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