César Cascabel · Parte 2

CAPÍTULO IV

UNA ASTUCIA DE CORNELIA CAS CABEL

Recorriendo la ribera derecha del río, la

Belle Roulotte había hecho el viaje comprendido entre el fuerte Selkirk y el fuerte Yukón. Se había mantenido a una distancia variable, con objeto de evitar las revueltas que se hubiera visto precisada a hacer siguiendo la corriente, interrumpida por numerosas cortaduras, cuyas avenidas formaban a veces impracticables lagunas. Así ocurría por este lado al menos, porque a la izquierda algunas colinas de mediana altura encauzan el valle, prolongándose hacia el Noroeste. También hubiera sido molesto franquear ciertos pequeños afluentes del Yukón, entre otros el Stewart, que no está servido por barcas, si durante la estación cálida no se hubiera podido vadear con el agua a media pierna solamente. Todavía papá Cascabel y los suyos se hubieran visto más apurados sin la presencia de Kayette, que, conociendo bien este valle, pudo indicarles los pasos practicables.

Era en verdad gran fortuna el tener a esta joven india por guía. Por otra parte, ¡era ésta tan dichosa sirviendo a sus amigos; estaba tan contenta por encontrarse en medio de una nueva familia, tan gozosa en recibir todavía las maternales caricias, de que se creía privada para siempre...!

El país estaba cubierto de bosque en su parte central, ondulado por ligeras tumescencias en diversos puntos; pero no era éste ya el aspecto de los alrededores de Sitka.

En efecto: el rigor de un clima sometido a ocho meses de un invierno ártico, no permite a la vegetación desarrollarse. Por consiguiente, las especies propias de estas regiones pertenecen únicamente, a excepción de algunos álamos, cuya cima se redondea en curva, a la familia de los pinos y de los abedules. También se encuentran algunos grupos de tristes sauces, secos y descoloridos, cuyas hojas desaparecen pronto a impulso de las agudas brisas procedentes del océano Glacial.

Durante el trayecto del fuerte Selkirk al fuerte Yukón, la caza fue bastante productiva, y no hubo necesidad de tocar a las reservas para la alimentación cotidiana. Había tantas liebres como se quería, y en realidad los convidados se iban cansando de ellas Es verdad que hubieran podido alternar con guisados de ocas y patos silvestres, sin contar con los huevos de estos volátiles, que Sandre y Napoleona sacaban diestramente de los nidos. Y Cornelia, que cifraba su orgullo en esto, sabía preparar los huevos de tantas maneras que siempre los presentaba de distinto modo.

– ¡He aquí un país en que se vive a gusto! – comentó un día Clou de Girofle acabando de roer un soberbio caparazón de oca–. ¡Es una lástima que no esté situado en el centro de Europa o de América!

– Si estuviese en el centro de países habitados –observó el señor Sergio–, es probable que la caza no fuera tan abundante.

– A menos que... –replicó el testarudo Clou.

Una mirada del jefe de la troupe le hizo callar, y le ahorró la tontería que seguramente iba a decir.

Si la llanura era abundante en caza, hay que notar también que los créeles, los ríos tributarios del Yukón, suministraban excelentes peces, que Sandre y Clou cogían sin trabajo, sobre todo sollos magníficos. No tenían más que el trabajo, o más bien el placer de entregarse a la pesca, sin tener que gastar nunca ni un sueldo, ni un centavo.

¡El gasto! ¿Qué le importaba el gasto al joven Sandre? ¿No estaba asegurado, gracias a él, el porvenir de los Cascabel? ¿No poseía su famosa pepita? ¿No había ocultado en un rincón del coche, que él solo conocía, el precioso pedrusco encontrado en el valle del Caribú? ¡Sí! Y hasta entonces el pilluelo había sido bastante dueño de sí para no decir nada, esperando con paciencia el día en que pudiera transformar su pepita en buena moneda de oro. ¡Qué gusto entonces hacer gala de su riqueza! Lo destinaba a su padre, a su madre, y he aquí una fortuna que reparaba sobradamente el robo cometido en los pasos de Sierra Nevada.

Cuando la Belle Roulotte llegó al fuerte Yukón, después de una serie de rápidas jornadas, todos sus moradores estaban sumamente fatigados. Se decidió que el descanso en este lugar duraría una semana.

– Podéis hacerlo tranquilamente –indicó el señor Sergio–. Ya que el fuerte no está más que a mil kilómetros de Port Clarence. Hoy no estamos más que a 27 de julio, y hasta dentro de dos meses, quizá tres, no será posible cruzar el estrecho de Behring.

– Comprendo –aseguró Cascabel– y puesto que tenemos tiempo... ¡a descansar!

Esta decisión fue recibida con la misma satisfacción por el personal de dos pies de la Belle Roulotte, como por el de cuatro patas.

La fundación del fuerte Yukón tuvo lugar en el año 1847. Este puesto, el más alejado hacia el Oeste de todos los que posee la Compañía de la Bahía de Hudson, está situado casi en el límite del círculo polar. Pero como se encuentra en tierras de Alaska, esta Compañía paga una indemnización anual a su rival la Compañía ruso-americana.

En 1864 se comenzaron las construcciones actuales, que están rodeadas por una empalizada, y acababan de terminarse cuando la familia Cascabel llegó al fuerte Yukón con intención de permanecer en él algunos días.

Los agentes les ofrecieron espontáneamente hospitalidad en el recinto del fuerte. No faltaba sitio ni en los patios ni bajo techado; pero el buen Cascabel prefería no dejar su cómodo carruaje.

En realidad, si la guarnición del fuerte no comprendía más que una veintena de agentes, americanos la mayor parte, con algunos indios a su servicio, los indígenas se contaban por centenares en los alrededores de Yukón.

En efecto: en este punto central de Alaska es donde se mantiene con más actividad el tráfico de peleterías y de cueros. Allí se aglomeran las diversas tribus de la provincia, los kotcho-akutchens, los ankutchins, los tatanchoks, los tatanas y, principalmente, los indios que forman la nación más importante de la comarca, los yukones, limítrofes del gran río.

La situación del fuerte es muy ventajosa para el cambio de las mercancías, punto que se eleva en el ángulo que forma el Yukón con su confluente el Porcupine. Allí el río se subdivide en cinco canales, que permiten a los traficantes penetrar más fácilmente en el interior del territorio y comerciar con los esquimales por la corriente del Mackenzie.

Así es que esta red líquida está cubierta de embarcaciones, que la bajan o la suben, sobre todo los llamados baidares, especies de esquifes ligeros de piel barnizada, cuyas costuras se engrasan para hacerlas más impermeables.

En estos frágiles barco los indios se aventuran en trayectos considerables, no impidiéndoles, por otra parte, transportarlas a hombros cuando alguna corriente rápida o alguna barrera viene a oponer un obstáculo para la navegación.

Estas embarcaciones sólo acostumbran a servir tres meses, a lo sumo. Durante el resto del año, las aguas están aprisionadas bajo una espesa capa de hielo. Entonces el baidar cambia de nombre y se le llama trineo. Este vehículo, cuya punta, encorvada como la proa de una embarcación, por medio de correas de piel de danta, está tirado por perros o renos, se dirige fácilmente, y se mueve con la mayor rapidez. Los viajeros, con sus largos patines en los pies, se mueven más deprisa todavía.

¡Siempre afortunado César Cascabel! Había llegado muy a propósito al fuerte Yukón, puesto que el mercado de peleterías se encontraba en aquella época en todo su apogeo. Por tanto, varios centenares de indios habían acampado en los alrededores de la factoría.

– ¡Que el diablo nos lleve –gritó–, si no nos aprovechamos! ¡Es una verdadera feria, y no olvidemos que somos artistas ambulantes! ¡Ahora mejor que nunca es la ocasión de demostrar nuestra aptitud para estos trabajos...! ¿Veis en ello algún inconveniente, señor Sergio?

– Ninguno, amigo mío –aseguró el ruso–, pero dudo que podáis tener buenas entradas.

– ¡Bah! Cubrirán siempre nuestros gastos, puesto que no tenemos ninguno.

– Nada más cierto –admitió el señor Sergio– . Sin embargo, ¿de qué manera esperáis que os paguen estos bravos indígenas su asiento, puesto que no tienen moneda americana ni moneda rusa?

– ¡Pues bien! ¡Pagarán con pieles de ratas de almizcle, con pieles de castores; en fin, con lo que puedan! De cualquier modo que sea, estas representaciones tendrán por objeto principal el estirar un poco nuestros músculos, porque temo que nuestras articulaciones vayan a perder su elasticidad. Debemos sostener nuestra reputación en Perm y en Nijni, y no quiero exponer a mi compañía a un fiasco cuando deba actuar en vuestra tierra natal... ¡Ah! Si eso sucediera, no lo soportaría, amigo mío. ¡No podría soportarlo!

El fuerte Yukón, que es el más importante de la región, ocupa un lugar bastante extenso sobre la ribera derecha del río. Es una especie de cuadrilátero prolongado, dominado en cada ángulo por una torre cuadrada, bastante semejante a esos molinos montados sobre un eje que se encuentran en el Norte de Europa. En el interior se levantan diversas construcciones, reservadas para el alojamiento de los empleados de la Compañía y sus familias; después, dos largos cobertizos cerrados, donde las pieles forman un stock considerable, siendo éstas de martas, castores, zorros negros o grises de plata, sin contar los productos de menor cuantía.

¡Vida monótona y penosa la de estos empleados! Su único alimento es ordinariamente la carne de danta, tostada a la parrilla, cocida o guisada, y a veces la carne de reno.

En cuanto a los géneros de otra especie, es necesario traerlos de la factoría de York, en la región de la bahía de Hudson, es decir, de seiscientas a setecientas leguas; de donde se deduce que las arribadas son bastante raras.

Por la tarde, después de haber instalado su campamento, papá Cascabel y su familia fueron a visitar a los indígenas establecidos entre las riberas del Yukón y del Porcupine.

¡Qué variedad en aquellas habitaciones provisionales, según la tribu a que pertenecían! Chozas de corteza y de pieles sostenidas por estacas y cubiertas de una capa de follaje; tiendas hechas con terliz de algodón de fabricación india; barracas de tablas, que se montan y desarman según las necesidades del momento.

Y también, ¡qué extraordinaria variedad de trajes! Los unos con vestidos de piel, otros con vestidos de tela de algodón y todos con la cabeza coronada de follaje para preservarse de las picaduras de los mosquitos. Las mujeres, vestidas con una falda cuadrada por abajo, tenían la cara adornada de conchas.

En cuando a los hombres llevan alfileres pequeños, que durante el invierno sirven para recoger su largo traje de piel de danta, cuyo pelo está vuelto al interior. Además, ambos sexos llevan como adorno franjas de perlas falsas, que son únicamente apreciadas por su gran tamaño. Entre estas distintas tribus se distinguen los tatanas, por su cara pintada de colores brillantes, las plumas de sus peinados, sus penachos guarnecidos de pedazos de arcilla roja, su chaqueta de cuero, su pantalón de piel de reno, su largo fusil de chispa y su frasco de pólvora, esculpido con gran delicadeza.

En cuanto a moneda, estos indios se sirven de conchas de dentalium, que se encuentran hasta entre los indígenas del archipiélago de Vancouver; las suspenden del cartílago de su nariz y las quitan cuando desean pagar alguna adquisición.

– He aquí un portamonedas económico – dijo Cornelia–, y estoy segura de que no lo perderán...

– ¡A menos que se les caiga la nariz! – replicó justamente Clou de Girofle.

– ¡Lo que podía muy bien suceder durante los grandes fríos del invierno! –advirtió el buen Cascabel.

En suma, todo ese conjunto de indígenas ofrecía un aspecto curioso.

No hay para qué decir que Cascabel entró en relaciones con varios de aquellos indios, cuyo dialecto chinuco comprendía algo, mientras que el señor Sergio les preguntaba y les respondía en lenguaje ruso.

Durante varios días se hizo un comercio muy activo entre los traficantes y los representantes de la Compañía; pero hasta entonces los Cascabel no habían utilizado su talento en una representación pública.

Sin embargo, los indios no tardaron en saber que esta familia era de origen francés, que sus diversos miembros gozaban de gran reputación, tanto en los ejercicios de fuerza como en los juegos de manos. Todas las tardes iban en gran número a admirar la Belle Roulotte. Jamás habían visto coche semejante, tan brillantemente pintarrajeado. Les agradaba, sobre todo porque con la mayor facilidad podía cambiar de sitio, lo que debía interesar particularmente a los nómadas. Y quizá, en el porvenir, no debería extrañarse ver marchar sobre ruedas a las chozas de los indios. ¡Después de las casas movibles, los pueblos ambulantes!

En estas circunstancias se imponía a los recién llegados una representación extraor dinaria. Por tanto, se decidió que esta representación se daría « a petición general de los indios del fuerte Yukón».

Uno de los indígenas, con quien papá Cascabel había intimado desde los primeros días de su llegada, era un tihy, es decir, un jefe de tribu. Era un hombre agradable, de cincuenta años de edad, y que parecía muy inteligente y hasta algo truhán. Había visitado varias veces la Belle Roulotte y hecho comprender cuan felices serían los indígenas asistiendo a los ejercicios de la familia.

A este tyhi acompañaba a veces un indio de treinta años llamado Fir-Fu, indígena de tipo gracioso y fino, que era el mago de la tribu, un malabarista notable y conocido en toda la provincia del Yukón.

– ¿Es, por tanto, un compañero? –preguntó Cascabel cuando el tyhi se lo presentó por primera vez.

Y los tres, después de haber bebido algunos licores del país fumaron la pipa de la amistad.

Durante estas entrevistas, el tyhi había insistido vivamente para que papá Cascabel diera una representación, que se fijó en definitiva para el 3 de agosto. Se había convenido que los indios prestarían su ayuda, deseosos de no mostrarse inferiores a los europeos en fuerza, destreza y agilidad.

Esto no era de extrañar, pues tanto en el Far West como en aquella lejana Alaska, los indios son muy aficionados a las diversiones de gimnasia y acrobacia, que mezclan con diversas farsas.

En la fecha indicada, cuando se hubo reunido numeroso concurso, pudo verse un grupo compuesto de media docena de indígenas, cuyos rostros estaban cubiertos por una ancha careta de madera de incomparable fealdad. De la misma manera que los cabezudos de las comedias de magia, la boca y los ojos de estas caretas se ponían en movimiento por medio de bramantes, lo que daba la ilusión de la vida a estas horribles caras, la mayor parte terminadas en pico de pájaro. Difícilmente se imaginaría a qué grado de perfección pueden llegar en sus muecas, y el mono John Bull hubiera podido tomar allí buenas lecciones.

No hay para qué decir que los esposos Cascabel, Juan, Sandre, Napoleona y Clou de Girofle se habían puesto los trajes de colorines de reglamento.

El lugar escogido era una extensa pradera rodeada de árboles, de la que la Belle Roulotte ocupaba el tundo, como en una decoración de teatro. Habían sido colocados delante de ella los agentes del fuerte Yukón con sus mujeres e hijos. A los lados varios centenares de indios y de indias formaban un semicírculo y turnaban tranquilamente esperando la hora de la representación.

Los indios enmascarados que debían tomar parte en los ejercicios estaban un poco alejados.

Llegado el momento, Clou apareció sobre la plataforma del vehículo y pronunció su discurso acostumbrado :

– Señores indios y señoras indias, vais a ver lo que vais a ver, etc.

Pero como no hablaba el lenguaje chinuco, era más que probable que sus discursos elocuentes no fueran saboreados por los espectadores.

Sin embargo, lo que se comprendió fueron los tantarantanes tradicionales que le administró su patrón, y los puntapiés que siempre recibía en el sitio convenido, con la resignación de un payaso ajustado con este objeto.

Después cuando concluyó el prólogo, papá Cascabel, después de haber saludado a los asistentes, dijo.

– ¡Ahora toca a los animales!

Los perros Wagram y Marengo se presentaron en el espacio reservado delante de la Belle Roulotte y maravillaron a los indígenas, poco acostumbrados a estos ejercicios, que ponen de relieve la indigencia de los animales. Después, cuando John Bull pasó a ejecutar sus volteretas sobre la espalda del perro de aguas y del faldero, lo hizo con tal destreza y con tan ridículas posturas, que dio al traste con la gravedad india.

Mientras tanto, Sandre no dejaba de tocar el cornetín a pleno pulmón, Cornelia el tambor y Clou el bombo. Si después de esto los habitantes de Alaska no sabían apreciar el efecto que puede sacarse de una orquesta europea, sería porque les faltase el sentido de la música.

Hasta entonces el grupo enmascarado no había hecho el menor movimiento; no juzgando, sin duda, llegado el momento de aparecer en escena, se reservaba.

– ¡Mademoiselle Napoleona, bailarina en la cuerda! –anunció Clou a través de una altavoz.

Y la muchacha presentada por su ilustre padre, hizo su entrada ante el público.

Danzó primero con una gracia que le va lió numerosos aplausos, que no se tradujo por gritos ni aplausos sino por simples mo vimientos de cabeza, no menos significati vos. Sucedió lo mismo cuando se le vio lan zarse sobre la cuerda tirante, marchar, co rrer, voltear con una facilidad que fue parti cularmente admirada por los indios.

– ¡Ahora me toca a mí! –gritó el joven Sandre.

Y he aquí que aparece, saluda golpeándose la nuca, se mueve, se tuerce, se disloca, se contorsiona, se deshace en torceduras y volteretas haciendo de sus brazos piernas, y de sus piernas brazos, unas veces el lagarto, otras la rana, y acabando sus ejercicios por el doble salto mortal que fue aplaudido calurosamente.

Esta vez, como siempre, tuvo un éxito extraordinario. Pero apenas había dado las gracias a los espectadores bajando su cabeza hasta sus pies, cuando un indio de su edad, destacándose del grupo se presentó después de haber levantado su careta.

Y todo el trabajo que acababa de ejecutar Sandre, el joven indígena lo ejecutó con una flexibilidad de músculos una seguridad de movimientos que no dejaban nada que desear en el arte de la acrobacia. Si era menos gracioso que el segundo hijo de los Cascabel, no era menos diestro. Provocó también entre los indígenas los movimientos de cabeza más entusiastas.

No hay para qué decir que el personal de la Belle Roulotte tuvo el buen gusto de unir sus aplausos a los del público. Pero no queriendo quedarse atrás, papá Cascabel hizo señas a Juan de empezar sus suertes de malabarista, para las que le creía sin igual.

Juan sintió que él era llamado a sostener el honor de la familia.

Envalentonado por un gesto del señor Sergio y por una sonrisa de Kayette, tomó sucesivamente sus botellas, sus platos, sus bolas, cuchillos, discos y bastones, y se puede decir que se excedió a sí mismo en sus ejercicios.

Papá Cascabel no pudo menos de arrojar sobre los indios una mirada de satisfacción en la que se traslucía como una especie de desafío. Parecía decir, volviéndose hacia el grupo enmascarado:

«¿Qué? ¿Sois capaces de hacer vosotros otro tanto?»

Esto fue comprendido sin duda, porque a un gesto del tyhi, otro indio, desenmascarándose, se lanzó fuera del grupo.

Era el mago Fir-Fu; también tenía que sostener la reputación de la raza indígena. Y entonces, cogiendo uno por uno todos los utensilios de que Juan se había servido repitió también los ejercicios de su rival, cruzando los cuchillos y las botellas, los discos y los anillos, las bolas y los bastones, y, fuerza es confesarlo, lo hizo con la misma elegancia y actitudes y seguridad de manos que Juan Cascabel.

Clou, acostumbrado a admirar solamente a su patrón y a su familia, estaba absorto abriendo unos ojos como platos y con unas orejas tan desplegadas de su cabeza que parecían tan grandes como su sombrero.

Esta vez Cascabel no aplaudió más que por delicadeza, y con la punta de los dedos.

– ¡Diantre! –murmuró–. Trabajan bien los pieles rojas... ¡Hum! Y son gente sin educación... Pues bien: vamos a enseñarles algo...

Lo cierto es que estaba muy descontento por haber encontrado competidores donde no creía hallar sino admiradores. ¡Y qué competidores! Simples indígenas de Alaska, como si dijéramos... ¡salvajes! Su amor pro pio de artista se hallaba singularmente con trariado.

– ¡Qué diablos! 0 es uno saltimbanqui o no lo es, ¡Vamos muchachos –gritó con voz potente–, a formar la pirámide humana!

Y todos se precipitaron hacia él como para un asalto.

Sólidamente plantado sobre sus piernas separadas, con los riñones salientes, el torso ampliamente desarrollado, recibió sobre su hombro derecho a Juan que se había izado ágilmente, dando la mano a Clou, de pie sobre su hombro izquierdo. A su vez Sandre se colocó derecho sobre su cabeza y encima de él Napoleona coronaba el edificio, arqueando los brazos para enviar sus besos a la multitud.

Apenas acabó de construir la pirámide francesa, cuando otra pirámide indígena se levantó enfrente de ella.

Sin quitarse las caretas, el grupo de indios, trepando con sorprendente agilidad los unos sobre los otros, construyó la suya, no ya con cinco, sino con siete escalones, dominando en un piso a la familia Cascabel. ¡Pirámide contra pirámide!

Entonces los gritos y los hurras de los indios estallaron en honor de sus tribus.

La vieja Europa estaba vencida por la joven América: ¡y qué América! ¡La de los yukones y la de los tatanas!

Papá Cascabel, avergonzado y confuso no pudo contener un falso movimiento que estuvo a punto de derribar a su familia.

– ¿Pero es que han de poder más que nosotros? –exclamó después de haberse desembarazado de aquella carga humana.

– Calmaos, amigo mío –le consoló el señor Sergio–. Esto no vale la pena de...

– ¿Que no vale la pena...? ¡Veo que no sois artista, señor Sergio!

Volviéndose entonces a su mujer, ordenó:

– ¡Pronto, Cornelia! ¡Vamos a luchar, a boxear! –exclamó–. ¡Veamos cuál de esos salvajes se atreve a medir sus fuerzas con la «vencedora de Chicago»!

Pero mamá Cascabel no se movió.

– ¿A qué aguardas, Cornelia...?

– ¡No, César!

– ¿No quieres luchar con estos monos y salvar el honor de la familia.

– Descuida, que lo salvaré –se contentó con prometer Cornelia–. Déjame... Tengo una idea.

Y cuando esta valiente mujer tenía una idea, valía más dejar que la pusiese en ejecución sin molestarla.

Se encontraba tan humillada como su marido por el éxito de los indios, y era probable que les reservara algún chasco de su invención.

En efecto, Cornelia había vuelto a la Bella Roulotte, dejando impaciente a su esposo, por mucha confianza que éste tuviera en la inteligencia e imaginación de su esposa.

Un par de minutos después, la mujer de Cascabel reapareció, y fue a colocarse ante el grupo de indios formado a su alrededor.

Dirigiéndose después al agente principal del fuerte, le rogó que repitiese a los indígenas lo que iba a decirle.

Y he aquí lo que tradujo, palabra por palabra, en el puro lenguaje empleado por aquellos habitantes de Alaska:

– Indios e indias; habéis demostrado en estos ejercicios de fuerza y de destreza un talento que merece recompensa, y esta recompensa yo os la traigo...

Se hizo silencio general y hubo viva atención entre los espectadores.

– ¿Veis mis manos? –continuó Cornelia–. Han sido más de una vez estrechadas por los más augustos personajes del Antiguo Mundo. ¿Veis mis mejillas? Han recibido muchas veces los besos de los más poderosos soberanos de Europa. Pues bien: estas manos, estas mejillas os pertenecen... ¡Indios de la América, venid a besarlas, venid a estrecharlas!

La verdad sea dicha, los indígenas no pensaron en hacerse rogar. Jamás encontrarían una ocasión semejante para besar las manos de una tan soberbia mujer.

Uno de ellos, un hermoso tanana, se adelantó y cogió la mano que le tendía Cornelia.

Un grito se escapó de su garganta, a consecuencia de una sacudida que le hizo retorcerse en mil contorsiones.

– ¡Ah, Cornelia! –exclamó en este momento Cascabel–. ¡Te comprendo y te admiro!

Al mismo tiempo, el señor Sergio, Juan, Sandre, Napoleona y Clou se desternillaban de risa, viendo el espanto que causaba a los indígenas aquella mujer extraordinaria.

– ¡Otro! –decía ésta en tales momentos, con los brazos extendidos siempre hacia la concurrencia.

Los indios vacilaban, creyendo que se había producido allí un fenómeno sobrenatural.

Sin embargo, el tyhi se decidió marchó lentamente hacia Cornelia, se paró a dos pasos de su imponente persona, y la miró con un aire que no tenía nada de tranquilo.

– ¡Vamos, vejete! –le gritó mamá Cascabel–. Vamos, un poco de valor... Abraza a la señora. ¡No es muy difícil y resulta bastante agradable!

El tyhi alargando la mano, se contentó con tocar un dedo de la bella europea.

Nueva sacudida, nuevos aullidos del tyhi, que estuvo a punto de caer de espaldas, y profundo estupor en todo el público ingenuo allí reunido.

Si con sólo tocar la mano de la mujer de

Cascabel quedaban tan mal tratados, ¿qué sucedería al audaz que se atreviese a abrazar a aquella mujer, cuyas mejillas habían reci bido los besos de los más poderosos sobera nos de toda Europa?

Sin embargo, aún hubo un atrevido que decidió arriesgarse: el hechicero Fir-Fu.

Creyéndose al abrigo de todo maleficio, se adelantó hasta colocarse enfrente de Cornelia, dio media vuelta a su alrededor, y envalentonado por las excitaciones de los indígenas dio un salto, la tomó en sus brazos y le aplicó un formidable beso en pleno rostro.

A este contacto siguió una serie de volteretas increíbles. ¡El hechicero se convirtió en acróbata! Y después de haber dado dos saltos tan mortales como involuntarios, fue rodando hasta el centro del grupo de sus estupefactos compañeros.

Para producir este efecto, tanto sobre el hechicero como sobre los demás, Cornelia no había tenido más que apretar un botón de una diminuta pila eléctrica que llevaba oculta en su bolsillo. ¡Sí... una pequeña pila portátil, que le servía para representar las mujeres eléctricas!

– ¡Ah, esposa, esposa mía...! –exclamó papá Cascabel estrechándola impunemente entre sus brazos, delante de los indios sorprendidos–. ¡Qué astuta, qué astuta eres!

– Tan astuta como eléctrica –añadió el señor Sergio.

La verdad es que aquellos indígenas no podían pensar otra cosa sino que aquella mujer sobrenatural disponía del rayo a su capricho. ¿Cómo, si no, habían de quedar atontados con sólo tocar su mano?

Decididamente, no podía ser más que la compañera del Gran Espíritu que se había dignado bajar a la tierra para casarse en se gundas nupcias con papá Cascabel.

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