César Cascabel · Parte 2

CAPÍTULO II

SITKA

Sitka, la Nueva Arcángel, era no solamente la capital de la isla Baranow, sino de todo el territorio que había sido cedido al Gobierno federal. Situada sobre la citada isla de Baranow, en medio de los archipiélagos de la costa occidental, no hay otra ciudad más importante en esta región, en la que sólo se encuentran escasos pueblos, o más bien reducidas aldeas, situadas a grandes distancias unas de otras.

Sería más justo llamar a estos pueblos puestos o factorías. La mayor parte de ellas pertenecen a las Compañías norteamericanas, y algunas a la Compañía Inglesa de la Bahía de Hudson. Se comprende, pues, que las comunicaciones sean muy difíciles entre estos puestos, sobre todo durante la mala estación, cuando se desencadenan las tormentas del invierno alaskiano Hace algunos años. Sitka no era más que un centro comercial poco frecuentado, en que la Compañía ruso-americana conservaba sus depósitos de pieles y peleterías. Pero gracias a los descubrimientos que se hicieron en esta provincia, cuyo litoral confina con los territorios polares, Sitka no tardó en tomar considerable desarrollo, y bajo la nueva administración llegaría a ser una ciudad rica, digna de este nuevo Estado de la Confederación.

Ya en aquella época, Sitka poseía todos los edificios que constituyen lo que se llama una ciudad: un templo protestante, muy sencillo cuya disposición arquitectónica no carecía de majestad; una iglesia griega, con una de esas cúpulas características que no convienen a este celaje nebuloso, tan diferente de los cielos del Oriente; un club, el «Gardens», especie de Tívoli, en que el habitante y el viajero encuentran restaurantes, cafés, tabernas y juegos de todas clases; un «Club de Solteros», cuyas puertas, como su nombre indica, no se abren más que para los célibes; una escuela y un hospital, y, por último, casas villas y cottages pintorescamente agrupadas sobre las colinas de los alrededores Este conjunto tiene por horizonte un extenso bosque de árboles resinosos, que forman un marco de eterno verdor, y más allá una línea de altas montañas, con sus cimas perdidas en la bruma, dominando, sobre la isla de Kruzof, al norte de la isla Baranow, el monte Edgecumbe, cuyo vértice se eleva dos mil metros sobre el nivel del mar.

En suma: si el clima de Sitka no es muy riguroso, si el termómetro no desciende apenas a siete u ocho grados centígrados bajo cero, aunque esta villa está atravesada por el paralelo cincuenta y seis, merecería llamarse la «villa del agua» por excelencia. En efecto; sobre la isla Baranow llueve, cuando no nieva, por decirlo así. No extrañe, pues, si después de haber atravesado el canal en una barca, la Belle Roulotte hizo su entrada en Sitka bajo una lluvia torrencial. Papá Cascabel, sin embargo, no pensaba en quejarse, puerto que había llegado precisamente en una fecha que le daba el derecho de penetrar sin pasaporte.

– He tenido momentos felices en mi existencia, pero jamás tan extraordinarios –repetía– . ¡Estábamos a la puerta, sin poder entrar, y de pronto esta puerta se abre de par en par ante nosotros!

La verdad es que el tratado de cesión de Alaska había sido firmado a tiempo para permitir a la Belle Roulotte franquear la frontera. Y sobre esta tierra tan recientemente anexionada a Estados Unidos, no existían ya aquellos intratables funcionarios ni formalidades para las que la Administración moscovita se muestra tan exigente.

Ahora hubiera sido muy sencillo conducir al ruso al hospital de Sitka, en el que los cuidados no le faltarían, o a un hotel, donde el médico vendría a visitarle.

Sin embargo, cuando Cascabel se lo propuso el hombre se resistió a ello.

– Me siento mejor, amigo mío –aseguró–, y si no os molesto...

– ¡Molestarnos, caballero! –exclamó Cor nelia–.

¿Y qué entendéis por molestarnos?

– Aquí estáis en vuestra casa –añadió papá Cascabel–, y si pensáis otra cosa...

– Pues bien: prefiero no separarme de los que me han recogido.

– ¡Cómo queráis, señor! Como os plazca – respondió Cascabel–. Pero lo que sí es preciso es que un médico se apresure a veros...

– ¿No puede venir aquí?

– Nada más fácil; iré yo mismo a buscar al mejor de la ciudad.

La Belle Roulotte se había detenido a la entrada de Sitka, en la extremidad de un paseo plantado de árboles, que se prolongaba hasta los macizos del bosque. El doctor Harry fue el indicado al buen Cascabel para hacer la visita al ruso.

Después de un detenido examen de la herida, el doctor declaró que no tenía gravedad; la puñalada se había desviado por una costilla. Ningún órgano importante había sido alcanzado, y gracias a las compresas de agua fría y al jugo de las hierbas recogidas por la joven india, la cicatrización empezaba ya, y no tardaría muchos días en avanzar lo bastante para que el herido pudiera levantarse. Iba lo mejor posible, y podía desde luego tomar alimento. Pero seguramente si Kayette no le hubiera encontrado y si la pérdida de sangre no hubiera sido detenida por los cuidados de mamá Cascabel, hubiese muerto algunas horas después del atentado cometido en su persona.

Entonces el doctor Harry dijo que, según él, el asesinato debía de ser obra de ciertos afiliados de la banda Karnof, o de Karnof mismo, que había sido visto en el Este de la provincia.

Este Karnof era un malhechor, de origen moscovita, o, mejor dicho, siberiano, que tenía bajo sus órdenes a una compañía de desertores, como se encuentran en las posiciones rusas de Asia y de América. En vano la Administración había puesto en campaña sus mejores sabuesos. En vano se habían ofrecido primas considerables para la captura de la banda. Aquellos tunantes, tan temidos como formidables, habían escapado hasta entonces. Y de aquí crímenes frecuentes, robos y asesinatos que habían esparcido el terror, principalmente en la parte meridional del territorio. La seguridad de los viajeros, de los traficantes, de los empleados de las Compañías de píeles, no estaba garantizada, y de seguro este nuevo crimen era obra de la banda Karnof.

Cuando se retiró el doctor Harry dejó a la familia muy tranquilizada por el estado de su huésped.

La intención de Cascabel al detenerse en Sitka había sido la de reposar algunos días, reposo bien ganado por su personal después de un viaje de cerca de setecientas leguas desde Sierra Nevada. Además, esperaba hacer en esta villa dos o tres buenas colectas, que vendrían a engrosar su pecunio.

– Muchachos, ya no estamos en Inglaterra – anunció–, y, por tanto, podemos permitirnos trabajar delante de los norteamericanos.

Papá Cascabel no dudaba, por otra parte, que el renombre de su familia hubiera ya penetrado hasta en medio del populacho de Alaska, y que se diría en Sitka:

– ¡Los Cascabel están dentro de nuestros muros!

Sin embargo, según una conversación que tuvo lugar entre el ruso y el jefe de la familia Cascabel dos días después, estos proyectos fueron algo modificados, salvo en lo que concernía al reposo de algunos días, necesitado por las fatigas del viaje. Este ruso, en concepto de Cornelia, no podía ser más que un príncipe; sabía ahora que las buenas personas que le habían salvado eran pobres artistas ambulantes que recortan América. Toda la familia le había sido presentada, así como la joven india, a la que debía el haber escapado a la muerte

Una tarde, estando reunida toda la familia, contó su historia; únicamente lo que les importaba conocer de ella. Hablaba el francés con gran facilidad, como si esta lengua hubiera sido la suya, aunque hacía rodar un poco las erres, lo que da al lenguaje moscovita una inflexión a la vez dulce y enérgica, y en la que el oído encuentra cierto encanto.

Lo que contó era extremadamente sencillo.

Nada de aventurero, ni tampoco de novelesco.

El ruso se llamaba Sergio Vassiliovitch, y desde aquel día, con su permiso, no se llamó más que el señor Sergio en la familia Cascabel. De todos sus parientes no le quedaba más que su padre, que habitaba un dominio situado en el Gobierno de Perm, a poca distancia de la ciudad de este nombre. El señor Sergio, llevado por sus instintos de viajero y sus gustos por los descubrimientos e investigaciones geográficas, había dejado Rusia hacía tres años.

Después de haber visitado los territorios de la bahía de Hudson, se disponía a verificar un reconocimiento en Alaska desde la corriente del Yukón hasta el mar Ártico, cuando fue atacado en las circunstancias siguientes :

Su criado Iván y él acababan de establecer su campamento sobre la frontera, en la noche del 4 de junio, cuando una agresión súbita les sorprendió en su primer sueño.

Dos hombres acababan de arrojarse sobre ellos. Se despertaron, se levantaron, quisieron defenderse..., fue inútil; y, casi de repente, el desgraciado Iván cayó con la cabeza atravesada por una bala.

– Era un servidor tan excelente como honrado –terminó el señor Sergio–. Desde hace diez años vivíamos juntos. Se me había consagrado por completo, y siento su muerte como la de un amigo.

Diciendo esto, el señor Sergio no podía ocultar su emoción, y siempre que hablaba de Iván, sus ojos, húmedos, indicaban cuan sincero era su dolor.

Después añadió que. herido él en el pecho, y habiendo perdido el conocimiento, no sabía lo que había pasado hasta el momento en que, vuelto a la vida, pero sin poder agradecerles sus cuidados, había comprendido que se encontraba en manos de gentes buenas.

Cuando papá Cascabel le hizo saber que el atentado era atribuido a Karnof o a alguno de sus cómplices, el señor Sergio no pareció sorprendido, pues había oído decir que aquella banda realizaba incursiones por la frontera.

– Como veis –dijo para terminar–, mi historia no tiene nada de particular, y la vuestra debe de ser mucho más curiosa. Mi campaña debía terminarse después de la exploración de Alaska. Desde aquí esperaba marchar a Rusia para volver a ver a mi padre, y no abandonar jamás el dominio paterno. Ahora hablemos de vosotros, y primeramente quisiera saber cómo y por qué, siendo franceses, os encontráis tan lejos de vuestro país, en esta parte de América.

– ¿Acaso los saltimbanquis no se pasean por todas partes, señor Sergio? –respondió Cascabel.

– Sin duda; pero me extraña veros tan lejos de vuestra patria.

Entonces el jefe de la familia Cascabel, dirigiéndose a su primogénito, le dijo:

– Juan, cuenta al señor Sergio por qué estamos aquí, y de qué modo volveremos a Europa.

Juan contó todo lo que había sucedido a los huéspedes de la Belle Roulotte, desde su salida de Sacramento; y, como deseaba ser comprendido de Kayette, hizo su relato en inglés, que el señor Sergio completaba empleando el lenguaje chinuco.

La joven india escuchaba con la mayor atención. De esta manera supo lo que era la familia Cascabel, a la que estaba tan estrechamente ligada. Supo que los saltimbanquis habían sido robados de todo lo que poseían en el momento en que franqueaban el desfiladero de Sierra Nevada para ganar el litoral del Atlántico, y cómo, faltos de dinero, obligados a modificar sus proyectos, se habían decidido a hacer por el Oeste lo que no podían hacer por el Este.

Después de haber vuelto hacia el Poniente la fachada de la casa ambulante, habían atravesado el Estado de California, Oregón, el territorio de Washington, la Columbia Británica, y se habían detenido en la frontera de Alaska. Allí era imposible pasar ante las formalidades de la Administración rusa, circunstancia feliz, pues esta contrariedad les había permitido prestar socorro al señor Sergio.

Y he aquí por qué los ambulantes franceses, y hasta normandos por el jefe de la familia, se encontraban en Sitka, gracias a la anexión de Alaska a Estados Unidos, que les había abierto las puertas de la nueva posesión.

El ruso escuchó el relato con el mayor interés, y cuando supo que Cascabel se proponía llegar a Europa atravesando toda la Siberia asiática, hizo un ligero movimiento de sorpresa.

Cuando Juan hubo terminado su relato, el ruso concretó:

– ¿Así, pues, amigos míos, vuestra intención es la de dirigiros hacia el estrecho de Behring en cuanto dejéis Sitka?

– Justamente, señor Sergio –respondió Juan–, y atravesarlo cuando esté helado.

– ¡El viaje que habéis emprendido es largo y penoso, señor Cascabel!

– Sin duda que habrá de serlo, señor Sergio. ¿Qué queréis? No teníamos otro que elegir. Por otra parte, los saltimbanquis no consideran en nada las fatigas, y estamos acostumbrados a correr el mundo.

– Pero en estas condiciones, no esperaréis llegar a Rusia este año.

– No –respondió Juan al ruso–, puesto que el Estrecho no estará franqueable antes de los primeros días de octubre.

– La verdad es que el vuestro no deja de ser un proyecto aventurado y atrevido... –observó el señor Sergio.

– Es posible –admitió Cascabel–; pero, puesto que no se puede hacer de otra manera... Señor Sergio, nos sentimos acometidos por la nostalgia del país. Queremos volver a entrar en Francia, y lo conseguiremos. Y puesto que pasaremos por Perm y por Nijni en la época de las ferias..., procuraremos que la familia Cascabel no haga en ella un papel desairado.

– Muy bien; pero, ¿cuáles son vuestros recursos?

– Algunas colectas que hemos obtenido en el camino, que espero engrosar dando dos o tres representaciones en Sitka. Precisamente la ciudad está de fiesta con motivo de la anexión, e imagino que el público se interesará por los ejercicios de la familia Cascabel.

– Amigos míos, tendría mucho gusto en compartir mi bolsa con vosotros, si no he sido robado... –dijo el ruso.

– ¡No lo habéis sido, señor Sergio! –le comunicó vivamente Cornelia.

– ¡Ni en medio rublo! –añadió César.

Y llevó el cinturón, en el que se encontraba todo el dinero que poseía el herido.

– Entonces, amigos míos, ¿querréis aceptar...?

– En modo alguno, señor –rehusó papá Cascabel–, para sacarnos de apuros, no podemos consentir que tengáis vos que pasarlos.

– ¿Rehusáis compartir conmigo...?

– ¡Absolutamente!

– ¡Ah, estos franceses! –exclamó el señor Sergio, tendiéndole la mano.

– ¡Viva Rusia! –gritó el joven Sandre.

– ¡Viva Francia! –respondió el ruso.

Era !a primera vez, sin duda, que este doble grito se cambiaba en estos lejanos territorios de América.

– Ya se ha hablado bastante, señor Sergio – dijo Cornelia–. El médico os ha recomendado calma y reposo, y los enfermos deben obedecer siempre a su médico.

– Os obedeceré, señora Cascabel –declaró el herido–; pero tengo todavía una cuestión que proponer, o, mejor, una petición que haceros.

– A vuestras órdenes, señor Sergio.

– Más bien es un servicio el que espero de vosotros.

– ¿Un servicio?

– Puesto que os dirigís al estrecho de Behring, ¿querréis permitirme que os acompañe hasta allí?

– ¿Acompañarnos?

– Sí. Este viaje completará mi exploración de Alaska por el Oeste.

– ¡Ah! Pues os aseguro que os admitiremos con mucho gusto, señor –exclamó Cascabel.

– Pero con una condición –observó Cornelia.

– ¿Cuál es?

– La de que haréis todo lo que sea necesario para restableceros... y sin replicar.

– Con una condición también; y es que, puesto que os acompaño, contribuiré a los gastos del viaje.

– Como gustéis, señor Sergio –declaró Cascabel.

Todo estaba convenido a satisfacción de ambas partes. Sin embargo, el jefe de la familia no creyó deber renunciar a su proyecto de dar algunas representaciones en la gran plaza de Sitka, lo que debía procurarles a la vez honra y provecho.

Toda la región estaba de fiesta con motivo de la anexión a Estados Unidos, y la Belle Roulotte no había podido llegar más a propósito para los regocijos públicos.

No hay para qué decir que papá Cascabel había hecho su declaración relativa al atentado cometida en la persona del señor Sergio, y que se dieron órdenes de perseguir con más encarnizamiento a la banda Karnof que merodeaba por la frontera.

Era el 17 de junio cuando el ruso pudo salir por primera vez. Estaba mucho mejor, y su herida cicatrizada, gracias a los cuidados del doctor Harry.

Hizo entonces conocimiento con los demás artistas de la compañía; los dos perros, que vinieron a frotar dulcemente sus piernas; Jako, que le saludó con un «¿Vamos bien, señor Sergio?», que había aprendido de Sandre; después John Bull, del que tuvo a bien aceptar las mejores muecas. No sucedió así con los dos viejos caballos, Gladiador y Vermout, que no relincharon de alegría hasta que los gratificó con un terrón de azúcar.

El ruso era ya de la familia, así como la joven Kayette. Había notado el carácter seno, el espíritu delicado, las tendencias superiores a su condición que distinguían al hijo primogénito. Sandre y Napoleona le encantaban por su gracia y su vivacidad. Clou le divertía por su buena y honrada estupidez. En cuanto a los esposos Cascabel, no había más que apreciar sus virtudes domésticas. Eran decididamente gentes de corazón, por las que sentía un vivísimo interés.

Entretanto, se ocupaban activamente de los preparativos de la próxima partida. Se trataba de no descuidar nada para asegurar el éxito de este viaje en un recorrido de quinientas leguas desde Sitka hasta el es trecho de Behring. Este país, casi desconocido, no ofrecía grandes peligros, es verdad, ni por parte de las fieras ni por la de los indios nómadas o sedentarios, y nada sería más fácil que hacer alto en las diferentes factorías ocupadas por los empleados de las Compañías de pieles. Lo importante era proveer las necesidades cotidianas de la vida a través de una comarca cuyos recursos, fuera de la caza, debían de ser casi nulos.

Sucedió, pues, que la familia tuvo que discutir todas estas cuestiones con el señor Sergio.

– En primer lugar –dijo papá Cascabel–, es necesario tener en cuenta una circunstancia, y es que no tendremos que viajar durante la mala estación.

– Felizmente –observó el ruso–; porque son crueles los inviernos en Alaska, en el límite del círculo polar.

– Y después no iremos a ciegas –añadió Juan–. El señor Sergio debe de ser un sabio geógrafo...

– ¡Oh! –sonrió el aludido–. Un geógrafo en medio de los países que no conoce se ve muy apurado para encontrar su camino. Pero, con ayuda de las cartas, el buen amigo Juan ha llegado hasta aquí, y espero que entre los dos haremos en lo sucesivo lo que podamos. Por otra parte, tengo una idea que os comunicaré más adelante.

Desde el momento que el señor Sergio tenía una idea, no podía menos de ser excelente, y se le de ¡ó que la madurase largo tiempo para ponerla en ejecución.

Como no faltaba el dinero, papá Cascabel renovó sus provisiones de harina, grasa, arroz, tabaco y, sobre todo, de té, del que se hace un consumo excesivo en la región de Alaska, se procuró también jamones, carne salada de vaca, bizcochos y gran cantidad de conservas en el depósito de la Compañía ruso-americana. El agua no faltaría en el camino con los afluentes dei Yukón, pero sería mejor mezclada con un poco de azúcar y coñac, o más bien de vodka, especie de aguardiente muy apreciado de los rusos. Se compró, pues, azúcar y vodka en cantidades suficientes En cuanto al combustible aunque los bosques debieran suministrarlo, la Belle Roulotte llevó una tonelada de excelente carbón de Vancouver; nada más que una tonelada, por no recargarla en demasía.

El segundo departamento había sido dispuesto para recibir una hamaca suplementaria, en la que el señor Sergio se encontraba muy a gusto, y que fue provista de una buena colchoneta. Se hizo igualmente acopio de mantas y pieles de liebre, tan en uso entre los indios durante el invierno. Por otra parte, para el caso en que fuera necesario comprar algunos objetos en el camino, el ruso se proveyó de chucherías de cristal, telas de algodón, cuchillos y tijeras baratas, que forman la moneda corriente entre traficantes e indígenas. Como les era permitido contar con la caza, puesto que la mayor, gamos y renos, y la menor, liebres, faisanes, ocas y perdices, abundan en el territorio, se adquirió pólvora y plomo en cantidad conveniente. El señor Sergio pudo asimismo procurarse dos fusiles y una carabina, que completaron el arsenal de la Belle Roulotte. Era buen tirador, y tendría sumo placer en cazar acompañado de su amigo Juan.

No hay que olvidar, por otra parte, que la banda Karnof recorría el país por las cercanías de Sitka, y era necesario prevenirse contra una agresión de aquellos malhechores, y, si preciso era, recibirlos como merecían.

– A las preguntas que nos puedan hacer esas gentes indiscretas –hizo observar el jefe de la familia– la mejor respuesta es una bala en medio del pecho...

– A menos que no sea en la cabeza –hizo observar juiciosamente Clou de Girofle.

Gracias al comercio que la capital de Alaska mantenía con las diversas ciudades de la Columbia Británica y los puertos del Pacífico, el señor Sergio y sus compañeros pudieron adquirir, sin pagar precios muy exagerados, todos los objetos necesarios para hacer una larga travesía por un país desierto.

Estas compras no se terminaron hasta la penúltima semana del mes de junio, y la partida se fijó definitivamente para el 26. Como no había que soñar en atravesar el estrecho de Behring antes que estuviera completamente ocupado por los hielos, había tiempo de sobra para llegar allí. Sin embargo, convenía contar con los retrasos posibles, obstáculos imprevistos, y más valía llegar pronto que tarde. En Port Clarence, que está situado sobre el litoral mismo del estrecho, se descansaría esperando el momento favorable.

Y durante este tiempo, ¿qué hacía la joven india?. Nada más sencillo. Ayudaba con mucha inteligencia a mamá Cascabel en todos los preparativos del viaje. Esta excelente mujer había tomado por ella un cariño maternal: la amaba casi como a Napoleona, interesándose más cada día por su nueva hija. Todos, por otra parte, experimentaban un cariño profundo hacia Kayette, y sin duda la pobre niña gozaba de una dicha que no había jamás conocido en medio de las tribus nómadas, bajo la tienda de los indios. Cada cual vería, pues, llegar con gran tristeza el momento en que Kayette se separase de la familia. Pero al presente, sola en el mundo, ¿no debía quedarse en Sitka, puesto que había venido con el fin de dedicarse al servicio y ganar su vida, quizás en condiciones miserables?

Algunas veces el buen Cascabel decía:

– Si esta gentil Kayette tuviera afición al baile, puede que la propusiera... ¡Hum! ¡Qué encantadora bailarina haría! Y también, ¡qué graciosa ecuyére si quisiera debutar en un circo! Estoy seguro que montaría a caballo como un centauro.

Papá Cascabel creía firmemente que los centauros eran unos excelentes jinetes, y no hubiera sido posible hacerle creer lo contrario.

Viendo que Juan movía la cabeza cuando su padre hablaba así, comprendía el señor Sergio que aquel muchacho serio y reservado estaba lejos de participar de las ideas paternas en lo que concernía a la acrobacia.

Se preocupaba mucho por Kayette, de lo que sería de ella, de la existencia que la esperaba en Sitka, y esto derramaba cierta sombra de tristeza, cuando la víspera de la partida, el señor Sergio, llevándola de la mano, la presentó delante de la familia reunida.

– Amigos míos –anunció–, antes no tenía hijos, ahora, en cambio, tengo una hija adoptiva. Kayette consiente en considerarme como a su padre, os pido para ella un sitio en la Belle Roulotte.

Varios gritos de júbilo respondieron a las palabras del ruso, y ¡cuántas caricias se prodigaron a la dulce y querida muchacha! Por su parte, ¡con qué placer había aceptado la proposición del señor Sergio!

El bueno de papá Cascabel no pudo menos de decir a éste, con evidente emoción:

– ¡Qué bueno sois!

– ¿Bueno? ¿Por qué. amigo mío? –respondió el ruso–. ¿Habéis olvidado lo que Kayette ha hecho por mí? ¿No es natural que la mire como a mi hija, puesto que le debo la vida?

– ¿Ah, sí? Pues en ese caso reclamo una parte en tal parentesco –decidió el jefe de la familia Cascabel–. Puesto que sois su padre, yo seré su tío.

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