El conde de Chanteleine

IV

El castillo de Chanteleine.

El castillo de Chanteleine estaba situado a tres leguas del burgo de Fouesnant, entre Pont-Labbé y Plougastel, a menos de una legua de la costa de Bretaña.

Los bienes que componían la propiedad de Chanteleine pertenecían desde tiempo inmemorial a la familia del conde, una de las más antiguas de Bretaña. El castillo solo databa de la época de Luis XIII, pero estaba impregnado de esa rudeza campesina que los muros de granito dan a los edificios; se le sentía pesado, imponente, pero indestructible como las rocas de la costa. Sin embargo, no tenía torres, ni matacanes, ni poterna, ni garita suspendida en el ángulo de los muros, como nidos de águila, y no evocaba la idea de fortaleza; en la apacible tierra de Bretaña, los señores no habían tenido nunca que defenderse de nadie, ni siquiera de sus vasallos.

Desde hacía largos años, la familia del conde ejercía una influencia feudal casi sin discusión sobre el país. Los Chanteleine fueron poco cortesanos, no siendo de genio flexible, y no fueron más que dos veces en trescientos años a hacer la corte al rey; se creían bretones ante todo y separados del resto de Francia. Para ellos, el matrimonio de Luis XII y Ana de Bretaña nunca había tenido lugar, y siempre guardaron rencor a aquella orgullosa duquesa por lo que llamaban en voz alta «un mésalliance», peor aún, una traición.

Pero si reinaban en su tierra, los Chanteleine podían ser citados como modelo a los reyes de Francia y darles lecciones de gobierno. Por lo demás, el resultado lo demostraba sin réplica, pues eran y fueron siempre amados de sus campesinos.

Esta noble y estimable familia, de talante muy pacífico, aportó pocos ilustres capitanes; los Chanteleine no habían nacido soldados; en una época en que ponerse la armadura de guerra parecía ser el primer deber del hidalgo, ellos permanecieron tranquilamente en sus tierras y se hicieron felices con la dicha que creaban a su alrededor. Desde Felipe Augusto, cuando la cruzada, es decir la defensa de la religión, arrastró a sus antepasados a Tierra Santa, ningún Chanteleine revistiría la armadura ni ceñiría el tahalí. Se comprende, pues, que fueran poco conocidos en la Corte, a la que nunca pidieron favor alguno, no preocupándose por merecerlos.

Sus bienes patrimoniales, sabiamente administrados, habían adquirido una importancia considerable.

Así, la propiedad de Chanteleine, en prados, salinas y tierras de labor, figuraba entre las más considerables del país, al tiempo que permanecía desconocida más allá de un radio de cinco o seis leguas; gracias a esa situación, y aunque los municipios vecinos, Fouesnant, Concarneau, Pont-Labbé, hubieran recibido ya la sangrienta visita de los republicanos de Brest y del Finisterre, el castillo de Chanteleine había escapado como por milagro a la atención de los municipios cuando el conde lo dejó por primera vez.

Poco belicoso por naturaleza, el conde desplegó sin embargo grandes cualidades militares durante esa campaña de la Vendée. Con fe y valor se es soldado en todas partes. El conde se condujo como un héroe, él cuyo carácter apacible no auguraba tales disposiciones; en efecto, las primeras inclinaciones de su espíritu le dirigieron hacia la carrera eclesiástica, y había pasado dos años en el gran seminario de Rennes; estaba incluso ocupado en sus estudios teológicos cuando su matrimonio con su prima, la señorita de La Contrie, le lanzó por un camino del todo opuesto.

Pero el conde no hubiera podido encontrar una compañera de vida más digna. Aquella joven tan seductora se convirtió en una mujer valiente y entregada. Los primeros años del matrimonio del conde y la condesa, criando a su hija Marie en aquella vieja propiedad familiar, en medio de sirvientes, humildes amigos envejecidos en el paternal servicio de los Chanteleine, fueron tan felices como es dado a un hombre pasarlos en este mundo.

Esa dicha se extendía a todo el país, que veneraba a su señor. Los habitantes se creían más súbditos del conde que del rey de Francia, lo cual se comprende; con este último solo tenían relaciones desagradables, mientras que la familia de Chanteleine les acudía en socorro en toda ocasión. Así no se encontraba un desdichado en el país, ni un mendigo; desde tiempo inmemorial, ningún crimen se había cometido en aquella parte apartada de Bretaña. Se comprende, pues, el efecto que produjo el robo de ese Karval, un bretón por cierto, entrado dos años antes al servicio del conde, cuando este se vio obligado a expulsarle del castillo. Al actuar así, por lo demás, el conde no hizo más que prevenir la justicia de los campesinos, que no habrían tolerado un ladrón en el país.

Ese Karval era un bretón, sí, pero un bretón que había viajado, visto mundo, y sin duda malos ejemplos también; se decía que había visitado París, que aquellos campesinos consideraban como un lugar quimérico, y los más supersticiosos incluso como la antesala del infierno; bien debía de haber algo de eso, puesto que el único de entre ellos que se había aventurado allí regresó malo y criminal.

Aquel asunto, que causó tan gran escándalo, había ocurrido dos años antes, y Karval había abandonado el país profiriendo amenazas de venganza. Se encogieron de hombros.

Pero lo que podía despreciarse de parte de un ladrón oscuro merecía atención cuando ese ladrón se había convertido en uno de los bajos y terribles agentes del comité de salud pública. Así el conde, apresurando su marcha hacia el castillo, comenzaba a sospechar siniestros sucesos a los que las palabras de Karval habían hecho alusión. Sin embargo, la bondad de su esposa debía ser una salvaguardia para ella; en efecto, durante veinte años de su vida, de 1773 a 1793, Mme de Chanteleine se consagró por entero a la dicha de quienes la rodeaban. Sabía que hacía feliz a su marido haciendo el bien. Así se la veía sin cesar a la cabecera de los enfermos, acogiendo a los ancianos, haciendo instruir a los niños, fundando escuelas y, más tarde, cuando Marie cumplió los quince años, la asoció a todas sus buenas obras.

Esta madre y esta hija, unidas en un mismo espíritu de caridad y acompañadas por el abate Fermont, el capellán del castillo, recorrían los pueblos de la costa, desde la bahía del Bosque hasta la punta del Raz; consolaban y repartían sus delicadas limosnas entre aquellas familias de pescadores tan a menudo azotadas por las tormentas.

– Nuestra señora —la llamaban los campesinos.

– Nuestra buena dama —decían las campesinas.

– Nuestra buena madre —repetían los niños.

Se comprende, pues, cuánto debía de ser envidiado Kernan, al que Marie llamaba su tío, que la llamaba su sobrina, el propio hermano de leche del conde.

Cuando este abandonó el castillo tras el levantamiento de Saint-Florent, fue su primera ausencia del hogar doméstico, la primera separación del conde y la condesa; fue dolorosa, pero Humbert de Chanteleine, arrastrado por el sentimiento del deber, partió, y su valiente esposa no pudo más que aprobar su marcha.

Durante los primeros meses de la guerra, los dos esposos tuvieron a menudo noticias el uno del otro por medio de emisarios devotos; pero el conde no pudo abandonar ni un solo día el ejército católico para venir a abrazar a los suyos; los acontecimientos urgentes le retuvieron siempre en su puesto; desde hacía diez largos meses no había visto a su querida familia; desde tres meses, desde los desastres de Grandville, Le Mans y Chollet, no tenía noticias del castillo.

Su inquietud es, pues, comprensible cuando, acompañado de su fiel Kernan, volvía hacia el dominio de sus antepasados. Se adivina con qué emoción puso el pie en la costa de Fouesnant. No estaba más que a dos horas de los abrazos de su esposa y de los besos de su hija.

– Venga, Kernan, marchemos —dijo.

– ¡Marchemos! —respondió el bretón—. Y de prisa, eso nos calentará.

Un cuarto de hora después, el señor y el servidor cruzaron el burgo de Fouesnant, aún profundamente dormido, y tomaron junto al cementerio, devastado durante la última visita de los Azules.

Pues los habitantes de Fouesnant habían sido de los primeros en alzarse contra la Revolución, a propósito de los curas juramentados que les enviaron los municipios; el 19 de julio de 1792, trescientos de ellos, conducidos por su juez de paz, Alain Nedelec, combatieron en el propio burgo contra los guardias nacionales de Quimper. Fueron aplastados; los vencedores hicieron pastar sus caballos en el cementerio y se acantonaron en medio de la iglesia; al día siguiente, tres cargas de vencidos volvían a Quimper, y el primer mártir de Bretaña, Alain Nedelec, estrenaba el nuevo instrumento de muerte que los administradores bretones llamaban la «máquina de decapitar», sobre la cual el fiscal general síndico les dirigía de su propia mano instrucciones cuidadosamente detalladas sobre la manera de utilizarla. Desde entonces, el burgo no se había repuesto de su derrota.

– Se ve que los Azules han pasado por aquí —dijo Kernan—. ¡Ruinas y profanaciones!

El conde no respondió y tomó a través de aquellas largas llanuras que iban a morir en el mar. Eran entonces las seis de la mañana; un frío bastante vivo había sucedido a la lluvia; la tierra estaba dura; todavía era muy oscuro sobre los eriales desiertos y los vastos campos de aliaga rebeldes a todo cultivo; los charcos habían sido atrapados por la helada, y la maleza, vestida de blanco, parecía petrificada.

A medida que los fugitivos se alejaban del mar, algunos árboles esbeltos se veían aquí y allá, y, combados bajo las violentas ráfagas del oeste, erguían en el horizonte su esqueleto blanquecino.

Pronto a las llanuras sucedieron campos de trigo sarraceno, reforzados de fosos y zanjas, y separados por filas de robles achaparrados; había que abrirse paso a través de esos campos y franquear barreras giratorias, equilibradas por una gruesa piedra y toda enmarañadas de espino seco. Kernan las abría ante el conde, y al golpe de la tranquera al cerrarse, las ramas de los árboles dejaban caer un granizo blanco que crepitaba sobre el suelo.

Entonces el conde y su compañero se lanzaban por los estrechos senderos pisoteados entre los surcos y el seto de los campos; había instantes en que corrían sin querer.

Hacia las siete, el día empezó a despuntar; el castillo no estaba a media legua. El país parecía tranquilo y desierto, y de una tranquilidad incluso sospechosa. El conde no pudo dejar de reparar en aquel singular silencio de la campiña:

– ¡Ni un campesino, ni un caballo yendo al prado! —dijo con aire inquieto.

– Todavía es muy de madrugada —respondió Kernan, igualmente impresionado por la fisonomía del país pero que no quería asustar al conde—. ¡En diciembre se levanta tarde!

En ese momento penetraron en un gran bosque de altos abetos; aquella vasta pineda, siempre verde, perteneciente a la propiedad del conde, se divisaba desde lejos en el mar.

Una multitud de piñas secas, grisáceas y sin pelar cubrían la tierra entre las ramas muertas de corteza rugosa; no parecía que desde hacía mucho tiempo pie humano alguno hubiera pisado el suelo; cada año, sin embargo, los niños de los pueblos vecinos venían a recoger con gran alegría todas aquellas piñas, y las amas de casa hacían en ellas provisión de leña, que el conde les cedía generosamente.

Ahora bien, ese año los pobres no habían hecho su recolección habitual, y aquella cosecha de ramas y piñas secas estaba aún intacta.

– ¿Ves? —dijo el conde al bretón—. No han venido, ¡ni las mujeres ni los niños!

Kernan sacudió la cabeza sin responder; sentía algo inquietante en el aire. Su corazón latía a punto de romperse en su pecho. Alargó el paso.

A medida que los dos compañeros de ruta avanzaban, liebres, conejos y perdices se levantaban en gran número a sus pies, ¡en número excesivo incluso! Era evidente que los cazadores habían escaseado aquel año, y sin embargo en las tierras del conde cazaba quien quería.

Había, pues, allí síntomas de abandono y desolación que no podían desconocerse. El semblante del conde palidecía a pesar del intenso frío de aquella mañana de invierno.

– ¡Por fin! ¡El castillo! —exclamó el bretón señalando la punta de las dos torrecillas que asomaba sobre un macizo lejano.

En ese momento, el conde y Kernan estaban cerca de la granja de La Bordière, llevada por uno de los aparceros del conde; al doblar el bosque iban a verla; Louis Hégonec, el aparcero, era un hombre activo, madrugador, bastante ruidoso en sus faenas, y sin embargo no se le oía cantar mientras enganchaba sus bueyes o sus caballos, ni siquiera gritar en su corral a su vieja mujer.

No, nada. Un silencio de muerte reinaba por todas partes; el conde, presa de terribles presagios, se vio obligado a apoyarse en el brazo de su fiel bretón.

Al doblar el bosque, sus miradas se volvieron vivamente hacia la masía.

Un espectáculo horrible hirió sus ojos. Algunos lienzos de muros tambaleantes con extremos de vigas ennegrecidos, el extremo de un caballete calcinado, restos de chimeneas encaramados en lo alto de un piñón, estrechos regueros de hollín que serpenteaban por los muros, puertas rotas y goznes que salían como puños amenazantes de la juntura de las piedras, todas las huellas de un incendio reciente aparecieron a la vez. La granja había sido quemada; los árboles llevaban las marcas de una lucha violenta; huellas de hachazos en las puertas, rasguños de balas en los viejos troncos de roble, aperos de labranza rotos y retorcidos, carretas volcadas, ruedas desprovistas de sus llantas, atestiguaban la violencia del combate; los cadáveres de animales, de vacas y caballos abandonados, infectaban el aire.

El conde sintió doblarse las piernas bajo él.

– ¡Los Azules, siempre los Azules! —repitió Kernan con voz sorda.

– ¡Al castillo! —exclamó el conde lanzando un grito terrible.

Y aquel hombre que un momento antes apenas podía sostenerse, Kernan tenía ahora dificultad en seguirle.

Durante aquella carrera, ningún ser humano apareció en los caminos destrozados; el país no estaba desierto, sino abandonado.

El conde cruzó el pueblo. La mayoría de las casas estaban quemadas; algunas aún en pie, pero vacías. Para que el país estuviera así despoblado, había que haber pasado sobre él un soplo de venganza.

– ¡Oh, Karval, Karval! —murmuraba el bretón entre dientes.

Por fin, el conde y Kernan llegaron ante la puerta del castillo; el incendio la había respetado; pero permanecía sombría, silenciosa; ni una chimenea lanzaba al aire su penacho de humo mañanero.

El conde y Kernan se precipitaron hacia la puerta y se detuvieron espantados.

– ¡Mira, mira! —dijo el conde.

Un enorme cartel estaba pegado en uno de los montantes; llevaba en el encabezamiento el ojo de la ley, haces de picas y ramas coronadas por el gorro frigio. A un lado figuraba la descripción del dominio, al otro su tasación.

El castillo de Chanteleine, confiscado por la República, estaba en venta.

– ¡Los miserables! —exclamó Kernan.

Intentó forzar la puerta; pero, a pesar de su prodigiosa fuerza, no pudo conseguirlo. Resistía obstinadamente; el conde de Chanteleine no podía siquiera descansar un instante en el solar de sus antepasados; su propia puerta permanecía cerrada para él. Estaba presa de la más atroz desesperación.

– ¡Mi esposa, mi hija! —exclamaba con un acento imposible de reproducir—. ¿Dónde está mi esposa? ¿Mi hija? ¡Las han matado, las han matado!

Gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de Kernan, que trataba en vano de consolar a su señor.

– Es inútil —dijo al fin— obstinarse ante esta puerta que no se abrirá.

– ¿Dónde están, dónde están? —gritaba el conde.

En ese momento, una anciana, agazapada en el foso, se levantó de repente. Hubiera dado lástima verla a unos ojos menos consternados; su cabeza de idiota se movía estúpidamente.

El conde corrió hacia ella.

– ¿Dónde está mi esposa? —dijo.

Tras largos esfuerzos, la anciana respondió:

– ¡Muerta en el ataque al castillo!

– ¡Muerta! —exclamó el conde con un rugido.

– ¿Y mi sobrina? —preguntó Kernan sacudiendo violentamente a la anciana.

– ¡En las prisiones de Quimper! —dijo al fin esta.

– ¿Quién ha hecho esto? —preguntó Kernan con acento terrible.

– ¡Karval! —respondió la anciana.

– ¡A Quimper! —exclamó el conde—. ¡Ven, Kernan, ven!

Y abandonaron a aquella desdichada que, sola, casi en su último aliento, representaba todo lo que quedaba de vivo en el burgo de Chanteleine.

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