Castillo de los carpatos

Capítulo XII

¿Era posible? ¡La Stilla, a quien Franz de Télek nunca creyó volver a ver, acababa de aparecérsele en la explanada del bastión!... No había sido juguete de una ilusión, y Rotzko la había visto igual que él... Era, en efecto, la gran artista, vestida con su traje de Angélica, tal como se había mostrado al público en su función de despedida en el teatro San Carlo.

La espantosa verdad estalló ante los ojos del joven conde. ¡Así que aquella mujer adorada, la que iba a convertirse en condesa de Télek, llevaba cinco años encerrada en medio de las montañas de Transilvania! ¡Así que aquella a quien Franz había visto caer muerta en escena había sobrevivido! ¡Así que, mientras a él lo llevaban moribundo a su hotel, el barón Rodolphe había podido penetrar en casa de la Stilla, raptarla, arrastrarla hasta aquel castillo de los Cárpatos, y no era sino un ataúd vacío el que había seguido, al día siguiente, toda la población hasta el Campo Santo Nuovo de Nápoles!

Todo aquello parecía increíble, inadmisible, repugnante al sentido común. Aquello tenía algo de prodigio, era inverosímil, y Franz habría debido repetírselo hasta la obstinación... ¡Sí!... pero un hecho dominaba todo lo demás: la Stilla había sido raptada por el barón de Gortz, puesto que estaba en el burgo... ¡Estaba viva, puesto que él acababa de verla sobre aquella muralla!... En eso había una certeza absoluta.

El joven conde intentaba, sin embargo, sobreponerse al desorden de sus ideas, que, por lo demás, iban a concentrarse en una sola: arrancarle a Rodolphe de Gortz la Stilla, prisionera desde hacía cinco años en el castillo de los Cárpatos.

– Rotzko —dijo Franz con voz jadeante—, escúchame... compréndeme, sobre todo..., porque me parece que voy a perder la razón...

– ¡Mi amo... mi querido amo!

– A toda costa tengo que llegar hasta ella... ¡ella!... esta misma noche...

– No... mañana...

– ¡Esta noche, te digo!... Está ahí... Me ha visto igual que yo la veía a ella... Me espera...

– Bueno... le seguiré...

– ¡No!... Iré solo.

– ¿Solo?...

– Sí.

– Pero ¿cómo va a poder penetrar en el burgo, si Nic Deck no lo consiguió?...

– Entraré, te digo.

– La poterna está cerrada...

– No lo estará para mí... buscaré... encontraré una brecha... pasaré por ella...

– No quiere que le acompañe... mi amo... ¿no lo quiere?...

– ¡No!... Vamos a separarnos, y separándonos es como podrás servirme...

– ¿Le esperaré entonces aquí?...

– No, Rotzko.

– ¿Adónde iré, entonces?...

– A Werst... o mejor... no... a Werst no... —respondió Franz—. Es inútil que esa gente sepa nada... Baja al pueblo de Vulkan, donde pasarás esta noche... Si no me vuelves a ver mañana, sal de Vulkan a primera hora de la mañana... es decir... no... espera todavía unas horas. Después, parte hacia Karlsburg... Allí avisarás al jefe de policía... Le contarás todo... En fin, vuelve con agentes... ¡Si hace falta, que se dé el asalto al burgo!... ¡Liberadla!... ¡Ah, cielo santo!... ella... viva... ¡en poder de Rodolphe de Gortz!...

Y, mientras estas frases entrecortadas brotaban del joven conde, Rotzko veía crecer la sobreexcitación de su amo y manifestarse en los sentimientos desordenados de un hombre que ya no se domina.

– ¡Vete, Rotzko! —exclamó una vez más.

– ¿Lo quiere usted?...

– Lo quiero.

Ante aquella orden formal, a Rotzko no le quedaba sino obedecer. Por lo demás, Franz ya se había alejado, y la sombra lo sustraía ya a las miradas del soldado.

Rotzko permaneció unos instantes en el mismo sitio, sin poder decidirse a partir. Entonces le vino la idea de que los esfuerzos de Franz serían inútiles, que ni siquiera lograría franquear el recinto, que se vería obligado a volver al pueblo de Vulkan... quizá al día siguiente... quizá aquella misma noche... Los dos irían entonces a Karlsburg, y lo que ni Franz ni el guarda forestal habían podido hacer, se haría con los agentes de la autoridad... se acabaría con ese Rodolphe de Gortz... se le arrancaría a la infortunada Stilla... se registraría ese burgo de los Cárpatos... no quedaría en pie una sola piedra, si era necesario..., ¡aunque se juntaran todos los diablos del infierno para defenderlo!

Y Rotzko volvió a bajar por las laderas de la meseta de Orgall, para reunirse con la carretera del puerto de Vulkan.

Entretanto, siguiendo el borde de la contraescarpa, Franz había rodeado ya el bastión de ángulo que la flanqueaba por la izquierda.

Mil pensamientos se cruzaban en su mente. Ya no cabía duda alguna sobre la presencia del barón de Gortz en el burgo, puesto que allí estaba secuestrada la Stilla... No podía ser sino él quien estaba allí... ¡La Stilla, viva!... Pero ¿cómo lograría Franz llegar hasta ella?... ¿Cómo conseguiría sacarla del castillo?... No lo sabía, pero tenía que ser... y sería... Los obstáculos que no había podido vencer Nic Deck, él los vencería... No era la curiosidad lo que lo empujaba en medio de aquellas ruinas, era la pasión, era su amor por aquella mujer a quien encontraba viva, ¡sí, viva!..., después de haberla creído muerta, y se la arrancaría a Rodolphe de Gortz.

A decir verdad, Franz se había dicho que solo podría entrar por la cortina sur, donde se abría la poterna a la que iba a parar el puente levadizo. Así, comprendiendo que no había que intentar escalar aquellas altas murallas, siguió bordeando la cresta de la meseta de Orgall en cuanto hubo doblado el ángulo del bastión.

De día, aquello no habría presentado dificultades. En plena noche, sin haber salido aún la luna —una noche espesada por esas brumas que se condensan entre las montañas—, era algo más que arriesgado. Al peligro de un paso en falso, al peligro de una caída hasta el fondo del foso, se sumaba el de golpear contra las rocas y provocar quizá su desprendimiento.

Franz seguía avanzando, sin embargo, ciñéndose todo lo posible a los zigzags de la contraescarpa, tanteando con la mano y con el pie para asegurarse de que no se alejaba de ella. Sostenido por una fuerza sobrehumana, se sentía además guiado por un extraordinario instinto que no podía engañarlo.

Más allá del bastión se extendía la cortina sur, aquella con la que el puente levadizo establecía comunicación cuando no estaba alzado contra la poterna.

A partir de ese bastión, los obstáculos parecieron multiplicarse. Entre las enormes rocas que erizaban la meseta, seguir la contraescarpa ya no era practicable, y había que alejarse de ella. Imagínese a un hombre tratando de orientarse en medio de un campo de Carnac, cuyos dólmenes y menhires estuvieran dispuestos sin orden alguno. ¡Y ni un solo punto de referencia para guiarse, ni un resplandor en la oscura noche, que velaba hasta la cima misma de la torre del homenaje central!

Franz avanzaba, no obstante, encaramándose aquí a un bloque enorme que le cerraba todo paso, arrastrándose allá entre las rocas, con las manos desgarradas por los cardos y las malezas, la cabeza rozada por parejas de águilas pescadoras que huían lanzando su horrible grito de carraca.

¡Ah! ¿Por qué no sonaba entonces la campana de la vieja capilla, como había sonado para Nic Deck y el doctor? ¿Por qué no se encendía aquella luz intensa que los había envuelto, por encima de las almenas de la torre del homenaje? Él habría caminado hacia ese sonido, habría caminado hacia ese resplandor, ¡como el marino hacia los silbidos de una sirena de alarma o los destellos de un faro!

¡No!... Nada, salvo la noche profunda que limitaba el alcance de su mirada a unos pocos pasos.

Aquello duró cerca de una hora. Por la pendiente del terreno, que se acentuaba a su izquierda, Franz sentía que se había extraviado. ¿Habría bajado más abajo de la poterna? ¿Quizá se habría adelantado más allá del puente levadizo?

Se detuvo, golpeando el suelo con el pie, retorciéndose las manos. ¿Hacia qué lado debía dirigirse? ¡Qué rabia se apoderó de él al pensar que se vería obligado a esperar al día!... Pero entonces sería visto por la gente del burgo... no podría sorprenderlos... Rodolphe de Gortz se mantendría en guardia...

Era de noche, era esa misma noche cuando importaba penetrar en el recinto, ¡y Franz no lograba orientarse en medio de aquellas tinieblas!

Un grito se le escapó... un grito de desesperación.

– ¡Stilla! —exclamó—. ¡Mi Stilla!...

¿Llegaba a pensar que la prisionera pudiera oírlo, que pudiera responderle?...

Y, sin embargo, veinte veces lanzó aquel nombre, que le devolvieron los ecos del Plesa.

De pronto, los ojos de Franz se vieron impresionados. Un resplandor se deslizaba a través de la sombra, un resplandor bastante vivo, cuyo foco debía de hallarse a cierta altura.

«Ahí está el burgo... ¡ahí!», se dijo.

Y, en verdad, por la posición que ocupaba, aquel resplandor no podía venir sino de la torre del homenaje central.

Dada su sobreexcitación mental, Franz no dudó en creer que era la Stilla quien le enviaba aquel auxilio. Ya no cabía duda, ella lo había reconocido en el momento en que él mismo la divisaba en la explanada del bastión. Y ahora era ella quien le dirigía aquella señal, era ella quien le indicaba el camino a seguir para llegar hasta la poterna...

Franz se dirigió hacia aquella luz, cuyo resplandor aumentaba a medida que se acercaba a ella. Como se había desviado demasiado hacia la izquierda sobre la meseta de Orgall, se vio obligado a remontar unos veinte pasos a la derecha, y, tras algunos tanteos, volvió a encontrar el borde de la contraescarpa. La luz brillaba frente a él, y su altura probaba bien que venía de una de las ventanas de la torre del homenaje. Franz iba así a encontrarse frente a los últimos obstáculos, ¡insuperables, quizá! En efecto, puesto que la poterna estaba cerrada y el puente levadizo alzado, tendría que dejarse deslizar hasta el pie de la cortina... Y luego, ¿qué haría ante una muralla que se alzaría cincuenta pies por encima de él?... Franz avanzó hacia el lugar donde se apoyaba el puente levadizo cuando la poterna estaba abierta... El puente levadizo estaba bajado. Sin siquiera tomarse el tiempo de reflexionar, Franz cruzó el tablero bamboleante del puente y puso la mano sobre la puerta... Aquella puerta se abrió. Franz se precipitó bajo la bóveda oscura. Pero apenas había andado unos pasos cuando el puente levadizo se alzaba con estrépito contra la poterna... El conde Franz de Télek estaba prisionero en el castillo de los Cárpatos.

Telegrama

Estação de origem: a rede mundial · Destino: o convés do Nautilus

0 palavras · tarifa: 0 kreuzer (os pontos tornam-se STOP)