Capítulo X
Tal había sido esta lamentable historia.
Durante un mes, la vida de Franz de Télek estuvo en peligro. No reconocía a nadie, ni siquiera a su soldado Rotzko. En lo más álgido de la fiebre, un solo nombre entreabría sus labios, prestos a exhalar el último suspiro: era el de la Stilla.
El joven conde escapó a la muerte. La pericia de los médicos, los cuidados incesantes de Rotzko y, además, la juventud y la naturaleza ayudando, Franz de Télek se salvó. Su razón salió intacta de aquella espantosa conmoción. Pero, cuando el recuerdo volvía a él, cuando recordaba la trágica escena final de Orlando, en la que el alma de la artista se había quebrado:
– ¡Stilla!... ¡mi Stilla! —exclamaba, mientras sus manos se tendían como para aplaudirla todavía. En cuanto su amo pudo dejar la cama, Rotzko obtuvo de él que huiría de aquella ciudad maldita, que se dejaría trasladar al castillo de Krajowa. No obstante, antes de abandonar Nápoles, el joven conde quiso ir a rezar sobre la tumba de la difunta, y darle un supremo, un eterno adiós.
Rotzko lo acompañó al Campo Santo Nuovo. Franz se arrojó sobre aquella tierra cruel; se esforzaba por cavarla con las uñas, para enterrarse en ella... Rotzko logró arrastrarlo lejos de la tumba, donde yacía toda su felicidad.
Unos días después, Franz de Télek, de vuelta en Krajowa, en lo más profundo del país valaco, había vuelto a ver el antiguo dominio de su familia. Fue en el interior de aquel castillo donde vivió durante cinco años en un aislamiento absoluto, del que se negaba a salir. Ni el tiempo ni la distancia habían podido aportar alivio alguno a su dolor. Le habría hecho falta olvidar, y eso era impensable. El recuerdo de la Stilla, tan vivo como el primer día, estaba identificado con su existencia. Hay heridas que solo se cierran con la muerte.
Sin embargo, en la época en que comienza esta historia, el joven conde había abandonado el castillo hacía algunas semanas. ¡A qué largas y apremiantes instancias había tenido que recurrir Rotzko para decidir a su amo a romper con aquella soledad en la que se consumía! Que Franz no lograra consolarse, sea; pero al menos era indispensable que intentara distraer su dolor.
Se había decidido un plan de viaje, para visitar primero las provincias transilvanas. Más tarde —eso esperaba Rotzko—, el joven conde consentiría en reanudar por Europa aquel viaje que se había interrumpido por los tristes sucesos de Nápoles.
Franz de Télek había partido, pues, esta vez como turista, y solo para una exploración de corta duración. Rotzko y él habían remontado las llanuras valacas hasta el imponente macizo de los Cárpatos; se habían internado por los desfiladeros del puerto de Vulkan; luego, tras la ascensión al Retyezat y una excursión por el valle del Maros, habían venido a descansar al pueblo de Werst, en la posada del Rey Matías.
Ya se sabe cuál era el estado de los ánimos en el momento en que llegó Franz de Télek, y cómo se le había puesto al corriente de los hechos incomprensibles de los que el burgo era escenario. También se sabe cómo, poco antes, se había enterado de que el castillo pertenecía al barón Rodolphe de Gortz.
El efecto producido por ese nombre en el joven conde había sido demasiado perceptible para que maese Koltz y los demás notables no lo hubieran advertido. Por eso Rotzko mandó de buena gana al diablo a aquel maese Koltz, que lo había pronunciado tan a destiempo, junto con sus necias historias. ¡Por qué una mala suerte había tenido que traer a Franz de Télek precisamente a este pueblo de Werst, en las inmediaciones del castillo de los Cárpatos!
El joven conde guardaba silencio. Su mirada, errante de uno a otro, no indicaba sino demasiado bien la profunda turbación de su alma, que en vano intentaba calmar.
Maese Koltz y sus amigos comprendieron que algún vínculo misterioso debía de unir al conde de Télek con el barón de Gortz; pero, por curiosos que fuesen, se mantuvieron en una discreción prudente y no insistieron en averiguar más. Más tarde se vería qué convendría hacer.
Unos instantes después, todos habían abandonado el Rey Matías, muy intrigados por aquel extraordinario encadenamiento de aventuras, que no presagiaba nada bueno para el pueblo.
Y además, ahora que el joven conde sabía a quién pertenecía el castillo de los Cárpatos, ¿cumpliría su promesa? Una vez llegado a Karlsburg, ¿avisaría a las autoridades y reclamaría su intervención? Esto era lo que se preguntaban el biró, el magíster, el doctor Patak y los demás. En cualquier caso, si él no lo hacía, maese Koltz estaba decidido a hacerlo. Se avisaría a la policía, esta vendría a visitar el castillo, vería si estaba encantado por espíritus o habitado por malhechores, pues el pueblo no podía seguir por más tiempo bajo semejante obsesión.
Para la mayoría de sus habitantes, es cierto, aquello sería una tentativa inútil, una medida ineficaz. ¡Atacar a los genios!... ¡Pero los sables de los gendarmes se romperían como el cristal, y sus fusiles fallarían en cada disparo!
Franz de Télek, que se había quedado solo en la gran sala del Rey Matías, se abandonó al curso de aquellos recuerdos que el nombre del barón de Gortz acababa de evocar tan dolorosamente.
Tras permanecer una hora como anonadado en un sillón, se levantó, salió de la posada, se dirigió hacia el extremo de la terraza y miró a lo lejos.
Sobre la cresta del Plesa, en el centro de la meseta de Orgall, se alzaba el castillo de los Cárpatos. Allí había vivido aquel extraño personaje, el espectador del San Carlo, el hombre que inspiraba un terror tan insuperable a la desdichada Stilla. Pero, en la actualidad, el burgo estaba abandonado, y el barón de Gortz no había vuelto a él desde que huyera de Nápoles. Se desconocía incluso qué había sido de él, y era posible que hubiese puesto fin a su existencia, tras la muerte de la gran artista.
Franz se perdía así por el campo de las hipótesis, sin saber en cuál detenerse.
Por otra parte, la aventura del guarda forestal Nic Deck no dejaba de preocuparle en cierta medida, y le habría complacido descubrir su misterio, aunque solo fuera para tranquilizar a la población de Werst.
Así pues, como el joven conde no ponía en duda que unos malhechores hubiesen tomado el castillo por refugio, resolvió cumplir la promesa que había hecho de desbaratar las maniobras de aquellos falsos aparecidos, avisando a la policía de Karlsburg.
No obstante, para estar en condiciones de actuar, Franz quería tener detalles más pormenorizados sobre aquel asunto. Lo mejor era dirigirse en persona al joven guarda forestal. Por eso, hacia las tres de la tarde, antes de volver al Rey Matías, se presentó en casa del biró.
Maese Koltz se mostró muy honrado de recibir a un gentilhombre como el señor conde de Télek..., a aquel descendiente de una noble familia de raza rumana..., a quien el pueblo de Werst debería el haber recobrado la calma... y también la prosperidad..., puesto que los turistas volverían a visitar el país... y a pagar los derechos de peaje, sin tener nada que temer de los genios malignos del castillo de los Cárpatos... etcétera.
Franz de Télek dio las gracias a maese Koltz por sus cumplidos, y preguntó si no habría inconveniente alguno en que se le introdujera junto a Nic Deck.
– No hay ninguno, señor conde —respondió el biró—. Ese buen muchacho va tan bien como cabe esperar, y no tardará en reincorporarse a su servicio.
Luego, volviéndose:
– ¿No es verdad, Miriota? —añadió, interpelando a su hija, que acababa de entrar en la sala.
– ¡Quiera Dios que así sea, padre! —respondió Miriota con voz emocionada.
Franz quedó encantado con el gracioso saludo que le dirigió la joven. Y, al verla todavía inquieta por el estado de su prometido, se apresuró a pedirle algunas explicaciones al respecto.
– Por lo que he oído —dijo él—, Nic Deck no ha sido gravemente herido...
– No, señor conde —respondió Miriota—, ¡y bendito sea el Cielo por ello!
– ¿Tienen un buen médico en Werst?
– ¡Ejem! —dijo maese Koltz, con un tono poco halagüeño para el antiguo enfermero del lazareto.
– Tenemos al doctor Patak —respondió Miriota.
– ¿El mismo que acompañaba a Nic Deck al castillo de los Cárpatos?
– Sí, señor conde.
– Señorita Miriota —dijo entonces Franz—, desearía, en interés suyo, ver a su prometido, y obtener detalles más precisos sobre esta aventura.
– Se apresurará a dárselos, aunque le cueste algo de fatiga...
– Oh, no abusaré, señorita Miriota, y no haré nada que pueda perjudicar a Nic Deck.
– Lo sé, señor conde.
– ¿Cuándo ha de celebrarse su boda?...
– Dentro de unos quince días —respondió el biró.
– Entonces tendré el placer de asistir, si maese Koltz tiene a bien invitarme...
– Señor conde, semejante honor...
– Dentro de unos quince días, queda convenido, y estoy seguro de que Nic Deck estará curado, en cuanto pueda permitirse un paseo con su bonita prometida.
– ¡Dios lo proteja, señor conde! —respondió la joven, ruborizándose.
Y, en aquel momento, su encantador rostro expresó una ansiedad tan visible, que Franz le preguntó la causa.
– ¡Sí! Que Dios lo proteja —respondió Miriota—, pues, al intentar penetrar en el castillo a pesar de su prohibición, Nic desafió a los genios malignos... ¡Y quién sabe si no se obstinarán en atormentarlo toda su vida!...
– Oh, en cuanto a eso, señorita Miriota —respondió Franz—, pondremos remedio, se lo prometo.
– ¿No le ocurrirá nada a mi pobre Nic?...
– Nada, y gracias a los agentes de la policía, dentro de unos días se podrá recorrer el recinto del burgo con tanta seguridad como la plaza de Werst.
El joven conde, juzgando inoportuno discutir aquella cuestión de lo sobrenatural ante unos ánimos tan predispuestos, rogó a Miriota que lo condujera a la habitación del guarda forestal.
Eso fue lo que la joven se apresuró a hacer, y dejó a Franz a solas con su prometido.
Nic Deck había sido informado de la llegada de los dos viajeros a la posada del Rey Matías. Sentado en el fondo de un viejo sillón, ancho como una garita, se levantó para recibir a su visitante. Como apenas sentía ya los efectos de la parálisis que lo había afectado momentáneamente, estaba en condiciones de responder a las preguntas del conde de Télek.
– Señor Deck —dijo Franz, tras estrechar amistosamente la mano del joven guarda forestal—, le preguntaré ante todo si cree usted en la presencia de seres sobrenaturales en el castillo de los Cárpatos.
– Me veo obligado a creer en ello, señor conde —respondió Nic Deck.
– ¿Y serían ellos los que le impidieron franquear la muralla del burgo?
– No lo dudo.
– ¿Y por qué, si no le importa?...
– Porque, si no hubiera genios, lo que me ha ocurrido sería inexplicable.
– ¿Tendría usted la amabilidad de contarme este asunto sin omitir nada de lo que ha sucedido?
– Con mucho gusto, señor conde.
Nic Deck hizo un relato detallado de lo que se le pedía. No pudo sino confirmar los hechos que ya habían llegado a conocimiento de Franz durante su conversación con los huéspedes del Rey Matías —hechos a los que el joven conde, como se sabe, daba una interpretación puramente natural.
En suma, los sucesos de aquella noche de aventuras se explicaban fácilmente si los seres humanos, malhechores u otros, que ocupaban el burgo, poseían la maquinaria capaz de producir aquellos efectos fantasmagóricos. En cuanto a la singular pretensión del doctor Patak de haberse sentido encadenado al suelo por alguna fuerza invisible, podía sostenerse que dicho doctor había sido juguete de una ilusión. Lo que parecía verosímil es que las piernas le habían fallado simplemente porque estaba loco de espanto, y eso fue lo que Franz declaró al joven guarda forestal.
– ¿Cómo, señor conde? —respondió Nic Deck—. ¿Fue precisamente en el momento en que quería huir cuando le fallaron las piernas a ese cobarde? Eso apenas es posible, convendrá usted conmigo...
– Bueno —repuso Franz—, admitamos que sus pies se enredaron en alguna trampa oculta bajo la hierba, en el fondo del foso...
– Cuando las trampas se cierran —respondió el guarda forestal—, hieren cruelmente, desgarran las carnes, y las piernas del doctor Patak no tienen ni rastro de herida.
– Su observación es justa, Nic Deck, y sin embargo, créame, si es verdad que el doctor no pudo soltarse, fue porque sus pies estaban retenidos de esa manera...
– Entonces le preguntaré, señor conde, cómo pudo una trampa volver a abrirse por sí sola para devolverle la libertad al doctor.
Franz se sintió bastante confuso para responder.
– Por lo demás, señor conde —repuso el guarda forestal—, le dejo a usted lo que concierne al doctor Patak. Al fin y al cabo, solo puedo afirmar lo que sé por mí mismo.
– Sí... dejemos a ese buen doctor, y hablemos solo de lo que le ocurrió a usted, Nic Deck.
– Lo que me ocurrió es muy claro. No cabe duda de que recibí una terrible sacudida, y de una manera que no es en absoluto natural.
– ¿No había ningún indicio de herida en su cuerpo? —preguntó Franz.
– Ninguno, señor conde, y sin embargo fui alcanzado con una violencia...
– ¿Fue justo en el momento en que había puesto la mano sobre el herraje del puente levadizo?...
– Sí, señor conde, y apenas lo había tocado cuando quedé como paralizado. Por fortuna, mi otra mano, que sujetaba la cadena, no soltó la presa, y me deslicé hasta el fondo del foso, donde el doctor me recogió sin conocimiento.
Franz meneaba la cabeza como hombre a quien aquellas explicaciones dejaban incrédulo.
– Vamos, señor conde —repuso Nic Deck—, lo que le he contado no lo he soñado, y si durante ocho días permanecí tendido cuan largo soy en esa cama, sin poder usar ni el brazo ni la pierna, no sería razonable decir que me lo he imaginado todo.
– Tampoco pretendo tal cosa, y es bien cierto que sufrió usted una conmoción brutal...
– ¡Brutal y diabólica!
– No, y en eso es en lo que discrepamos, Nic Deck —respondió el joven conde—. Usted cree haber sido golpeado por un ser sobrenatural, y yo no lo creo, por la sencilla razón de que no existen seres sobrenaturales, ni malignos ni benignos.
– ¿Querría entonces, señor conde, darme la razón de lo que me ha ocurrido?
– Todavía no puedo, Nic Deck, pero esté seguro de que todo se explicará, y de la manera más sencilla.
– ¡Quiera Dios! —respondió el guarda forestal.
– Dígame —repuso Franz—, ¿ha pertenecido siempre ese castillo a la familia de Gortz?
– Sí, señor conde, y sigue perteneciéndole, aunque el último descendiente de la familia, el barón Rodolphe, desapareció sin que jamás se haya vuelto a tener noticias suyas.
– ¿Y a qué época se remonta esa desaparición?
– A unos veinte años.
– ¿Veinte años?...
– Sí, señor conde. Un día, el barón Rodolphe abandonó el castillo, cuyo último criado falleció unos meses después de su partida, y no se le volvió a ver.
– ¿Y desde entonces nadie ha puesto los pies en el burgo?
– Nadie.
– ¿Y qué se cree en el país?...
– Se cree que el barón Rodolphe debió de morir en el extranjero, y que su muerte siguió de cerca a su desaparición.
– Se equivocan, Nic Deck, pues el barón vivía todavía, al menos hace cinco años.
– ¿Vivía, señor conde?...
– Sí... en Italia... en Nápoles.
– ¿Lo vio usted allí?...
– Lo vi.
– ¿Y desde hace cinco años?...
– No he vuelto a saber de él.
El joven guarda forestal quedó pensativo. Una idea le había venido a la mente, una idea que dudaba en formular. Por fin se decidió y, alzando la cabeza, con el ceño fruncido:
– No es de suponer, señor conde —dijo—, que el barón Rodolphe de Gortz haya vuelto al país con la intención de encerrarse en el fondo de este burgo, ¿verdad?...
– No... no es de suponer, Nic Deck.
– ¿Qué interés tendría en esconderse allí... en no dejar jamás que nadie llegase hasta él?...
– Ninguno —respondió Franz de Télek.
Y sin embargo, era ese un pensamiento que empezaba a tomar cuerpo en la mente del joven conde. ¿No era posible que aquel personaje, cuya existencia siempre había sido tan enigmática, hubiera venido a refugiarse en ese castillo tras su partida de Nápoles? Allí, gracias a creencias supersticiosas hábilmente mantenidas, ¿no le habría resultado fácil, si quería vivir en un aislamiento absoluto, defenderse contra cualquier búsqueda inoportuna, dado que conocía el estado de ánimo de la región circundante? Sin embargo, Franz juzgó inútil lanzar a los habitantes de Werst por esa hipótesis. Habría tenido que ponerlos al corriente de hechos que le eran demasiado personales. Además, no habría convencido a nadie, y lo comprendió bien cuando Nic Deck añadió:
– Si es el barón Rodolphe quien está en el castillo, hay que creer que el barón Rodolphe es el Chort, ¡pues solo el Chort ha podido tratarme de esa manera!
Deseoso de no volver sobre ese terreno, Franz cambió el curso de la conversación. Después de emplear todos los medios para tranquilizar al guarda forestal sobre las consecuencias de su intento, lo instó, sin embargo, a no repetirlo. No era asunto suyo, sino de las autoridades, y los agentes de la policía de Karlsburg sabrían muy bien penetrar el misterio del castillo de los Cárpatos.
El joven conde se despidió entonces de Nic Deck, encareciéndole que se curara cuanto antes, para no retrasar su boda con la bella Miriota, a la que se prometía asistir.
Absorto en sus reflexiones, Franz regresó al Rey Matías, de donde ya no volvió a salir en todo el día.
A las seis, Jonas le sirvió la cena en la gran sala, donde, por un loable sentimiento de discreción, ni maese Koltz ni nadie del pueblo vino a turbar su soledad.
Hacia las ocho, Rotzko dijo al joven conde:
– ¿Ya no me necesita, mi amo?
– No, Rotzko.
– Entonces voy a fumar la pipa en la terraza.
– Ve, Rotzko, ve.
Medio recostado en un sillón, Franz se dejó llevar de nuevo por el curso inolvidable del pasado. Estaba en Nápoles durante la última función del teatro San Carlo... Volvía a ver al barón de Gortz, en el momento en que aquel hombre se le había aparecido, con la cabeza asomada fuera de su palco, la mirada ardientemente fija en la artista, como si hubiera querido fascinarla...
Luego, el pensamiento del joven conde se dirigió hacia aquella carta firmada por el extraño personaje, que lo acusaba a él, a Franz de Télek, de haber matado a la Stilla...
Mientras se perdía así en sus recuerdos, Franz sentía que el sueño lo iba ganando poco a poco. Pero se hallaba todavía en ese estado intermedio en que se puede percibir el más leve ruido, cuando se produjo un fenómeno sorprendente.
Parece que una voz, dulce y modulada, atraviesa aquella sala donde Franz está solo, bien solo sin embargo.
Sin preguntarse si sueña o no, Franz se incorpora y escucha.
¡Sí! Se diría que una boca se ha acercado a su oído, y que unos labios invisibles dejan escapar la expresiva melodía de Stéfano, inspirada por estas palabras:
Nel giardino de' mille fiori, Andiamo, mio cuore...
Esa romanza, Franz la conoce... Esa romanza, de una suavidad inefable, la Stilla la cantó en el concierto que dio en el teatro San Carlo antes de su función de despedida...
Como arrullado, sin darse cuenta, Franz se abandona al encanto de oírla una vez más...
Luego la frase se acaba, y la voz, que disminuye poco a poco, se apaga con las suaves vibraciones del aire.
Pero Franz ha sacudido su sopor... Se ha incorporado bruscamente... Contiene el aliento, trata de captar algún lejano eco de esa voz que le llega al corazón...
Todo es silencio dentro y fuera.
– ¡Su voz!... —murmura—. ¡Sí!... era su voz... ¡su voz que tanto he amado!
Luego, volviendo al sentimiento de la realidad:
– Dormía... ¡y he soñado! —dijo.