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Capítulo VIII

A la mañana siguiente los dos hermanos salieron de la hostería al alba. Unos quince kilómetros de Dal a las célebres cataratas, y otros tantos para regresar, para Joel solo significaba un paseo, pero tenía que procurar que Hulda no se fatigase. Por eso Joel había alquilado el kariol del contramaestre Lengling que, como todos los kariol, sólo tenía una plaza. Pero, como aquel hombre era tan gordo, tuvieron que hacerle un asiento a su medida y éste era suficiente para que Joel y Hulda pudieran sentarse uno al lado del otro. Y si el viajero anunciado se hallaba en Rjukanfos se sentaría en el sitio de Joel, y éste volvería a pie o montaría en la plataforma de detrás.

El camino de Dal a las cataratas era delicioso, a pesar de los baches. Indudablemente. Era más un sendero que una carretera. Cada cien pasos aproximadamente, el camino está cortado por arroyos afluentes del Maan, que deben atravesarse por medio de tablones rudamente echados sobre los mismos formando puente. Pero los caballos noruegos están acostumbrados a pasar por encima de ellos sin caerse, y, si el kariol no tiene muelles, sus largas varas, un poco elásticas, atenúan en cierta medida los golpes del suelo.

El tiempo era magnífico. Joel y Hulda corrían a buen trote a lo largo de aquellas verdes praderas, bañadas a su izquierda por las claras aguas del Maan. Algunos millares de abedules sombreaban aquí y allí el camino soleado. El rocío de la noche se deshacía en pequeñas gotas que colgaban de la punta de las altas hierbas. A la derecha del torrente, a dos mil metros de altura, las placas de nieve del Gusta lanzaban al espacio un intenso resplandor luminoso.

Durante una hora el kariol marchaba rápidamente. La subida era insensible apenas. Pero pronto el valle se iba estrechando. Los arroyos iban transformándose en turbulentos torrentes. Aún cuando el camino volvíase sinuoso, no podía evitar todos los desniveles del suelo. Ello hacía que hubiese lugares verdaderamente difíciles de pasar, pero de los cuales Joel sabía salir airoso siempre. A su lado, Hulda nada temía. Cuando el traqueteo era demasiado acentuado, se agarraba al brazo de su hermano. La frescura de la mañana coloreaba sus mejillas, tan pálidas desde hacía algún tiempo.

Pero aún tenían que alcanzar una altura más elevada. El valle sólo permitía el paso del curso del río Maan, entre dos murallas cortadas a pico. En los campos vecinos aparecían una veintena de casas aisladas, ruinas de soeters o de gaards, abandonados, cabañas de pastores, perdidas entre los abedules y las hayas. Pronto no les fue posible ver el río, pero lo oían rugir sonoramente entre las rocas. El paisaje había tomado un aspecto grandioso y salvaje a la vez, ensanchándose hasta la cresta de las montañas.

Después de dos horas de marcha, llegaron a la vista de un aserradero, al borde de una catarata de mil quinientos pies. Las cascadas de esta altura no son raras en el Vestfjorddal; pero el volumen de sus aguas es poco considerable. En esto las gana la del Rjukanfos.

Al llegar al aserradero, Joel y Hulda descendieron del kariol.

-¿Media hora de andar no te fatigará mucho, hermanita? -le preguntó Joel.

-No, hermano, no estoy cansada, y creo incluso que me hará bien andar un poco.

-¡Un poco…! ¡Di más bien mucho, y siempre subiendo!

-¡Me apoyaré en tu brazo, Joel!

Allí, en efecto, habían tenido que dejar el kariol, que no hubiera podido pasar por los empinados senderos, los estrechos pasajes, los declives sembrados de rocas bamboleantes, cuyos caprichosos contornos, tan pronto sombreados por los árboles como completamente desnudos, anunciaban la gran catarata.

Ya veían levantarse a lo lejos una especie de vapor espeso en medio del líquido azul. Eran las aguas pulverizadas del Rjukan, cuyas volutas se desplegaban a una gran altura.

Hulda y Joel tomaron un sendero muy conocido por los guías, que desciende hasta lo más angosto del valle. Tenían que deslizarse por entre los árboles y los arbustos. Instantes después, se hallaban sentados los dos sobre una roca tapizada de musgo amarillento, casi enfrente de la catarata. Por este lado no podían acercarse más.

Si los dos hermanos hubieran hablado, habrían tenido gran dificultad de oírse, debido al enorme ruido del agua. Pero sus pensamientos eran de la naturaleza de los que pueden comunicarse con el corazón sin que los labios formulen una sola palabra.

El volumen de la catarata del Rjukan es enorme, su altura es considerable, su ruido grandioso. A unos novecientos pies el lecho del Maan se interrumpe, en el medio camino aproximadamente entre el lago Mjos y el lago Tinn. Novecientos pies, es decir, seis veces la altura del Niágara.

Allí, el Rjukanfos tiene extraños aspectos, difícil de ser reproducidos por una descripción. Incluso la pintura sería insuficiente para representarlos. Existen algunas maravillas naturales que es necesario verlas para comprender toda su belleza, entre las cuales cabe contar esta catarata, la más célebre de todo el continente europeo.

Y en esta agradable tarea se hallaba ocupado un turista, sentado en la parte izquierda del Maan. Desde aquel lugar podía contemplar el Rjukanfos más cerca y de más arriba.

Ni Joel ni su hermana lo habían visto aún, a pesar de estar muy visible. No era la distancia, sino un efecto de óptica especial en los lugares de la montaña, que lo hacía parecer muy pequeño y, en consecuencia, más alejado de lo que realmente estaba.

En ese momento el viajero acababa de levantarse y se aventuraba muy imprudentemente por la cresta rocosa que se redondea como una cúpula hacia el lecho del Maan. Era evidente que lo que aquel curioso quería ver eran las dos cavidades del Rjukanfos, una a la izquierda, llena con el bullicio de las aguas, la otra a la derecha, completamente llena de espeso vapor. Quizá buscaba también la manera de averiguar si existía una tercera cavidad inferior a media altura de la catarata. Sin duda, ello explicaría por qué Rjukan, después de penetrar en la cavidad, rebota de nuevo arrojando, a intervalos, sus desbordantes y tumultuosas aguas que parecen lanzadas cubriendo con sus burbujas los campos de su alrededor.

Pero el turista seguía avanzando por aquella cresta de piedra resbaladiza, sin una raíz, sin una mata, que lleva el nombre de Paso-de-María o Maristien.

El curioso imprudente ignoraba la leyenda que ha dado celebridad a aquel lugar. Un día, un joven llamado Eystein quiso alcanzar por este peligroso camino a la hermosa María de Vestfjorddal. Desde el otro lado del camino su prometida le tendía los brazos. De pronto le falló el pie, resbaló, cayó sin poder agarrarse a las rocas unidas como el hielo, despareció en el abismo, y las aguas del Maan no devolvieron nunca su cadáver.

Lo que le había ocurrido al desgraciado Eystein, ¿iba a ocurrirle a aquel temerario viajero que se había metido por entre las vertientes del Rjukanfos?

Era de temer. Y, efectivamente, él mismo se dio cuenta del peligro, pero demasiado tarde. De pronto, el punto de apoyo le falló y, dando un grito, rodó una veintena de pasos, teniendo sólo el tiempo de agarrarse al saliente de una roca, casi al borde del abismo. Joel y Hulda aún no lo habían visto, pero oyeron su grito.

-¿Qué ocurre? -dijo Joel, levantándose.

-¡Un grito! -contestó Hulda.

-¡Sí…! ¡Un grito de auxilio!

-¿Por qué lado…?

-¡Escuchemos…!

Los dos miraron de izquierda a derecha de la catarata, pero no pudieron ver nada. No obstante, habían oído claramente estas palabras: “¡A mí! ¡A mí!”, en medio de uno de estos raros momentos de silencio que duran casi un minuto entre cada salto del Rjukan.

El grito se repitió de nuevo.

-¡Joel -dijo Hulda-, hay algún viajero en peligro que está pidiendo socorro! ¿Debemos acudir en su auxilio!

-¡Sí, hermana y no puede estar lejos! Pero, ¿por qué lado…? ¿Dónde está…? ¡No veo nada!

Hulda subió por la vertiente, por detrás de la roca en la que estaban sentados, agarrándose a las pocas hierbas que cubrían aquella orilla izquierda del Maan.

-¡Joel!-gritó por fin.

-¿ves algo?

-¡Allí…, allí!

Y Hulda señalaba al imprudente, suspendido casi encima mismo del abismo. Si sus pies, apoyados contra el ligero saliente de la roca, le fallaban; si resbalaba un poco; si se dejaba prender por el vértigo, estaba perdido.

-¡Debemos salvarle! -dijo Hulda.

-¡Sí, sin perdida de tiempo! -contestó Joel-. Con sangre fría podremos llegar hasta él.

Joel dio un largo grito. El viajero lo oyó y volvió la cabeza hacia él. En pocos instantes Joel calculó la manera más rápida y más segura para sacarlo de aquel mal paso.

-Hulda -dijo-, ¿no tienes miedo?

-No, hermano.

-¿Conoces bien la Maristien?

-La he pasado varias veces.

-Pues bien, sube por arriba de la cresta y acércate al viajero tanto como te sea posible. Entonces déjate resbalar suavemente hasta él y agárrale la mano de manera que le sujetes bien. ¡Pero que no trate de subir todavía! El vértigo lo arrastraría, y a ti con él, y estarían perdidos.

-¿Y tú, Joel?

-Yo, mientras tú vas por arriba, me arrastraré por debajo a lo largo de la arista, del lado del Maan. Estaré allí cuando llegues y, si resbalas, quizá pueda cogerlos a los dos.

Luego con voz retumbante, aprovechando un momento de calma de Rjukanfos, Joel gritó:

-¡No se mueva, señor…! ¡Espere…! ¡Vamos a socorrerle!

Hulda había desaparecido ya detrás de las rocas, a fin de descender lateralmente por la otra vertiente de la Maristien.

Joel no tardó en ver de nuevo a la valiente muchacha, que apareció a la vuelta de los últimos árboles.

Por su parte, arriesgando su vida, empezó a arrastrarse lentamente a lo largo de la porción del redondo declive saliente que bordea el Rjukanfos. ¡Qué maravillosa sangre fría! ¡Cuánta seguridad en los pies y en las manos eran necesarias para bordear este abismo, cuyas paredes se humedecían con los efluvios de la catarata!

Paralelamente a él, pero a un centenar de pies más arriba, Hulda avanzaba de lado, de manera que pudiese ganar más fácilmente el lugar donde el viajero permanecía inmóvil. En la posición en que se hallaba no podía verle la cara, que permanecía vuelta hacia el lado de la catarata.

Joel al llegar debajo de él, se detuvo. Después de apoyarse sólidamente en una fisura de la roca, gritó:

-¡Eh, señor…!

El viajero volvió la cabeza.

-¡Eh, señor! -repitió Joel-. ¡No se mueva lo más mínimo, y aguante firme!

-¡Esté tranquilo, me aguanto firme, amigo mío! -contestó con un tono que tranquilizó a Joel-. Si no me mantuviera firme haría un cuarto de hora ya que estaría en el fondo del Rjukanfos.

-Mi hermana descenderá hasta usted -continuó Joel -y le tomará la mano. ¡Pero no intente subir hasta que yo esté allí! ¡Sobre todo, no se mueva!

-¡Estaré inmóvil como una roca! -dijo el viajero.

Hulda ya había empezado a descender por su lado, buscando los puntos menos resbaladizos de la cresta, colocando los pies en las grietas de las rocas donde podía hallar un apoyo más sólido. Y, tal como había gritado Joel, ella también gritó:

-¡Aguante bien señor!

-¡Sí, ya me aguanto…y me aguantaré, se lo aseguro, tanto como pueda!

Como se ve, las recomendaciones no faltaban. Venían de arriba y de abajo.

-¡Sobre todo, no tenga miedo! -añadió Hulda.

-¡No tengo miedo!

-¡Le salvaremos! -gritó Joel.

-¡Así lo espero, pues, por San Olaf, no podría salvarme solo!

Era evidente que aquel viajero había conservado absolutamente su presencia de ánimo. Pero, después de caer, sin duda, brazos y piernas habían rehusado funcionar, y todo lo que podía hacer ahora era sostenerse en el pequeño repecho que le separaba del abismo.

Mientras tanto, Hulda continuaba descendiendo. Instantes más tarde llegaba al lado del viajero. Entonces, apoyando el pie en la grieta de una roca, le prendió la mano.

El viajero intentó enderezarse un poco.

-¡No se mueva, señor…! ¡No se mueva usted…! -dijo Hulda-. Me arrastraría con usted, y yo no tendría bastante fuerza para retenerle. ¡Debe esperar que llegue mi hermano! Cuando se haya colocado entre nosotros y el Rjukanfos, entonces podrá intentar levantarse al fin de…

-¡Levantarme, hija mía! Es más fácil de decir que de hacer, y mucho me temo que no será cosa fácil.

-¿Está usted herido, señor?

-¡Hum! No tengo nada roto, espero, pero sí al menos una grande y hermosa herida en la pierna.

Joel se hallaba ya a unos veinte pies del lugar que ocupaba Hulda y el viajero. La curva de la cresta le había impedido acercarse directamente. Ahora tenía que remontar aquella superficie lisa y redonda.

Era lo más difícil y también lo más peligroso. Exponía su vida.

-¡No hagas un solo movimiento, Hulda! -le gritó por última vez-. Si resbalan los dos, como ahora no estoy en buena posición para retenerlos, estaríamos perdidos.

-¡No temas, Joel! -contestó Hulda. ¡Piensa sólo en ti y que Dios te ayude!

Joel empezó a subir arrastrándose sobre el vientre con verdaderos movimientos de reptil. Por dos o tres veces experimentó la sensación de que le faltaba el punto de apoyo. Pero, al fin, a fuerza de destreza, alcanzó a llegar hasta el lado del viajero.

Este, que era un hombre ya de edad, pero de complexión vigorosa, tenía una fisonomía agradable, amable y sonriente. En verdad, Joel esperaba más bien hallarse en presencia de algún jovenzuelo audaz que se hubiera propuesto franquear la Maristien.

-¡Es una imprudencia lo que ha hecho usted, señor! -le dijo, deteniéndose un momento para tomar aliento.

-¡Una imprudencia! -replicó el viajero-. Ya puede usted decir que ha sido una cosa absurda.

-Ha puesto en peligro su vida…

-¡Y les he hecho peligrar la suya!

-Oh, yo…esto forma parte de mi oficio - contestó Joel. Y añadió, enderezándose-: Ahora se trata de alcanzar la cima de la cresta, pero lo más difícil ya está hecho.

-Sí, señor, lo más difícil era llegar hasta usted. Ahora sólo tenemos que subir por una pendiente menos pronunciada.

-Hará usted muy bien en no contar conmigo para nada, muchacho. Tengo una pierna que no me servirá de nada ni ahora ni durante algunos días quizá.

-¡Pruebe de levantarse!

-¡Con mucho gusto, si me ayuda usted!

-Agárrese al brazo de mi hermana. Yo le sostendré por la cintura y le empujaré.

-¿Seguro?

-Seguro.

Bueno, amigos míos, me fío de vosotros. Ya que habéis tenido la idea de sacarme del apuro, me confío en vuestras manos.

Tal como había dicho Joel, las cosas se hicieron con mucha prudencia. Aún cuando la subida por la resbaladiza pendiente presentaba un cierto peligro, los tres salieron airosos de la empresa y mucho más rápidamente de lo que esperaban. Por lo demás, la pierna del viajero no estaba no rota ni dislocada, sino que simplemente había sufrido una fuerte desolladura. Por eso pudo ayudarse con sus piernas mucho mejor de lo que creía, no sin experimentar algún dolor, sin embargo. Diez minutos después, estaba a salvo, al otro lado de la Maristien.

Pero no se detuvo a descansar bajo los primeros abetos que bordean el field superior del Rjukanfos, pues Joel le suplicó que hiciera un último esfuerzo a fin de llegar hasta una cabaña perdida entre los árboles, un poco más allá de la roca en la cual su hermana y él se habían detenido al llegar a la catarata. El viajero intentó realizar el esfuerzo que se le pedía y lo consiguió, sostenido de un lado por Hulda y del otro por Joel, pudiendo llegar sin mucha pena hasta la puerta de la cabaña.

-Entremos, señor -le dijo entonces la muchacha-; y allí dentro podréis descansar un instante.

-¿Este instante podría durar un buen cuarto de hora?

-Sí, señor; y luego tendrá que usted que acceder a acompañarnos a Dal.

-¿A Dal…? ¡Pues si es precisamente a Dal a donde me dirigía!

-¿Sería usted por casualidad el turista que viene del Norte -preguntó Joel- y que me indicaron en Hardanger?

-Precisamente.

-¡Caramba!, pues no había usted tomado el buen camino…

-Ya me lo parece.

-Y si hubiera podido prever lo que ha sucedido, habría acudido a esperarle al otro lado del Rjukanfos.

-¡Ah, esto hubiera sido una buena idea, muchacho! ¡Me habrías ahorrado una imprudencia, imperdonable a mi edad!

-¡A cualquier edad, señor! -contestó Hulda.

Los tres entraron en la cabaña, que estaba habitada por una familia de campesinos, el padre, la madre y sus dos hijas, que se levantaron para acoger del mejor modo posible a los recién llegados.

Joel pudo apreciar entonces que el viajero sólo se había desollado la pierna más arriba de la rodilla. Esto representaría por lo menos una buena semana de reposo; pero la pierna no estaba rota, el hueso no había sido tocado, y esto era lo esencial.

Los tres aceptaron encantados la excelente leche, las fresas abundantes y el pan negro que les ofrecieron. Joel no trataba de disimular su enorme apetito, y si bien Hulda apenas probó bocado, el viajero hizo la competencia a su hermano.

-Verdaderamente -dijo-, este ejercicio me ha abierto el estómago. ¡Debo reconocer que tomar el camino por la Maristien ha sido más que imprudente! ¡Querer hacer el papel del desgraciado Eystein, cuando podría ser su padre…e incluso su abuelo!

-¡Ah! ¿Conoce usted la leyenda? -preguntó Hulda.

-¡Sí la conozco…! Mi nodriza me la contaba para hacer dormir, en la feliz edad en que todavía tenía nodriza. Sí, la conozco, muchachita valerosa, y por esto soy más culpable aún… ¡Ahora, amigos míos, Dal está un poco lejos para un inválido como yo! ¿Cómo pueden transportarme hasta allí?

-No se preocupe por nada, señor -contestó Joel-. Nuestro Kariol nos espera al pie del sendero. Sólo tendremos que andar unos trescientos pasos…

-¡Hum…! ¡Trescientos pasos!

-Descendiendo -añadió la muchacha.

-¡Ah!, si todo es de bajada, ya irá bien, amigos míos, y el apoyo de un brazo será suficiente…

-¿Y por qué no de dos? -contestó Joel. Ya que tenemos cuatro a su disposición.

-¡Vaya por dos, vaya por cuatro! De todas maneras no me saldrá más caro, ¿verdad?

-No le costará nada.

-¡Sí! Al menos un agradecimiento por brazo, y ahora me doy cuenta de que aún no les he dado las gracias…

-¿De qué, señor? -contestó Joel.

-¡Sencillamente, de haberme salvado la vida, exponiendo la vuestra!

-Cuando quiera podemos partir…-dijo Hulda.

Después de abonar a los campesinos la comida que habían tomado, el viajero, sostenido un poco por Hulda y mucho por Joel, empezó a descender por el sinuoso sendero que conducía hacia la orilla del Maan para alcanzar la carretera de Dal.

El descenso se efectuó en medio de gemidos que acababan siempre en risa. Por fin llegaron al aserradero y Joel se ocupó de enganchar el caballo al kariol.

Cinco minutos después, el viajero estaba instalado en el asiento con la muchacha al lado.

-¿Y usted? -preguntó a Joel-. Me parece que le he quitado el sitio.

-Un sitio que le cedo de todo corazón.

-Quizá si nos apretamos un poco…

-¡No… No…! ¡Tengo mis piernas, señor, buenas piernas de guía! ¡Valen más que las ruedas…!

-¡Y famosas, muchacho, famosas!

Partieron siguiendo el camino que va acercándose poco a poco al Maan. Joel iba a la cabeza del caballo, guiándolo por las riendas, a fin de atenuar el fuerte traqueteo del kariol.

El regreso se efectuaba alegremente, al menos por parte del viajero. Les hablaba ya como un viejo amigo de la familia Hansen. Antes de llegar, los dos hermanos le llamaban “señor Sylvius” y el señor Sylvius los llamaba ya Hulda y Joel, como si los tres se conocieran desde largo tiempo.

Hacia las cuatro, el pequeño campanario de Dal asomó después su fina punta por entre los árboles de la aldea. Instantes después el caballo se detenía ante la hostería. El viajero se apeó del kariol con bastante trabajo. La señora Hansen había acudido a recibirles a la puerta y, aun cuando el viajero no había pedido la mejor habitación de la casa, fue ésta la que le destinaron.

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