Un billete de loteria

Capítulo III

Sin estar muy versado en la ciencia etnográfica, puede afirmarse, de acuerdo con ciertos sabios, que existe un parentesco entre las altas familias de la aristocracia inglesa y las antiguas familias del reino escandinavo. Se encuentran numerosas pruebas de ello en muchos nombres de antepasados, que son idénticos en ambos países. Y no obstante, no existe una aristocracia en Noruega. Pero aún cuando domine la democracia ello no obsta para que sean aristócratas en alto grado. Todos son iguales por lo alto, en vez de serlo por la bajo. Hasta en las más humildes cabañas vemos el árbol genealógico, que no ha degenerado por haberse arraigado en tierra plebeya. En él se resaltan los blasones de las familias nobles de la época feudal de los cuales descienden estos sencillos campesinos.

Lo mismo ocurría con los Hansen de Dal, parientes, en grado remoto, sin duda, de estos pares de Inglaterra, creados después de la invasión de Rollón de Normandía. Y, si no poseían ya la situación y la riqueza, habían conservado por lo menos el orgullo primitivo, o mejor aún, la dignidad, que la sustituye en todas las condicione sociales.

¡Además, poco importaba! Aún cuando sus antepasados fueran de alta alcurnia, no dejaba de ser Harald Hansen el posadero de Dal. Había heredado la casa de su padre y de su abuelo, cuya situación en el país se complacía en recordar. Después, su mujer había continuado ejerciendo esta profesión de manera que se hizo merecedora del afecto general.

¿Había hecho fortuna Harald, en aquel oficio? Nadie lo sabía. Pero había podido educar a su hijo Joel y a su hija Hulda, sin que ninguno de los dos tuviera que sentir la dureza de la vida. E incluso había acogido a un hijo de una hermana, Ole Kamp, a quien la muerte de sus padres había dejado huérfano. Y al cual había educado como a sus propios hijos.

Sin su tío Harald, este muchacho no hubiera vivido mucho, y Ole Kamp sentía por sus padres adoptivos un agradecimiento y un afecto filial. Nada debería romper jamás este lazo que le unía a la familia Hansen. Su boda con Hulda lo estrecharía más y atándole a ellos para toda la vida.

Harald había muerto hacía aproximadamente unos dieciocho meses. Sin contar la posada de Dal, al morir dejó a su viuda un pequeño soeter situado en la montaña. El soeter es como una granja aislada de un rendimiento generalmente mediocre, cuando no nulo. Y las últimas temporadas no habían sido muy buenas. Todos los cultivos habían sufrido, incluso los pastos. Hubo muchas de aquellas “noches de hiero”, como las llaman los campesinos noruegos, noches de viento y de helada, que destrozan los cultivos hasta las simientes. De aquí proviene la ruina de los cultivadores del Telemark y de Hardanger.

Pero, si la señora Hansen sabía muy bien a qué atenerse sobre su situación, no lo había manifestado nunca a nadie, ni aún a sus hijos. De un carácter frío y taciturno, ella era poco comunicativa, de lo que Hulda y Joel sufrían visiblemente. Pero, con aquel respeto para el cabeza de familia, innato en los países del Norte, se mantenían también en una reserva que no dejaba de serles penosa. Por otra parte, la señora Hansen no pedía nuca ayuda ni consejo, estando siempre absolutamente convencida de la seguridad de su juicio, siendo, en este aspecto, muy noruega.

La señora Hansen tenía a la sazón cincuenta años. Si la edad había blanqueado su cabeza, no podía decirse que hubiera encorvado su talle, ni menguado la vivacidad de su mirada, de un azul intenso, color que habían heredado los ojos de su hija. Únicamente su cutis se había vuelto amarillento como un viejo pergamino, y algunas arrugas empezaban a surcar su frente.

La “señora”, como dicen en los países escandinavos, iba vestida invariablemente con una falda negra, a grandes pliegues, en señal de luto desde la muerte de Harald. Su corpiño oscuro ceñíase sobre una blusa de algodón crudo. Cubría sus espaldas una pañoleta oscura, que cruzaba sobre su pecho, cubriendo parte del ancho delantal que se ataba a su espalda. Su cabeza iba siempre cubierta por un gorrito de gruesa seda negra, especie de cofia que va desapareciendo de los tocados de moda. Sentada muy derecha, en su sillón de madera, la grave hostelera de Dal no abandonaba su rueca más que para fumar una pequeña pipa de corteza de abedul, cuyas volutas de humo la envolvían en ligeras nubes.

En verdad, la casa hubiera parecido muy triste sin la presencia de los dos muchachos.

Joel Hansen era un chico estupendo. De veinticinco años, fornido, alto, como todos los montañeses noruegos, arrogante sin fanfarronería, atrevido sin ser temerario. Era de un rubio castaño, con unos ojos azul oscuro, casi negros. Su vestido hacía resaltar sus anchos hombros, que no se doblaban fácilmente, su ancho pecho, dentro del cual funcionaban admirablemente sus buenos pulmones de guía de las montañas, sus brazos vigorosos, sus piernas acostumbradas a las ascensiones más difíciles de las altas cumbres del Telemark. Su chaqueta azul, ceñida a la cintura, se cruzaba sobre el pecho en dos tiras verticales y estaba adornada con dibujos de colores en la espalda, parecidos a los de algunas túnicas celtas de Bretaña. El cuello de la camisa se abría ampliamente. Sus calzones amarillentos estaban recogidos debajo de la rodilla por unas ligas con bucles. Cubría su cabeza un sombrero oscuro, de anchas alas, con bordes rojos, y sus piernas con polainas o con botas altas, de gruesa suela, de tacón plano, parecidas a las botas de mar.

Joel había escogido el oficio de guía de la bailía del Telemark y hasta de lo más hondo de las montañas del Hardanger. Siempre dispuesto a partir, infatigable, merecía comparársele a estos héroes noruegos como Rollón-el-Andador, célebre en leyendas del país. Acompañaba a los cazadores ingleses que acudían a cazar el riper, ave marina mayor que de las Hébridas, el jerper, perdiz más delicada que la de Escocia. Llegado el invierno, la caza de lobos lo atraía, cuando estos animales carniceros, empujados por el hambre, se aventuraban por las superficies de los lagos helados. Luego, en verano, era la caza del oso, cuando este animal, seguido por sus crías, viene a buscar su alimento de hierba fresca, y que debe perseguirse a través de las mesetas, a una altura de más de mil pies. Más de una vez Joel no perdió la vida gracias a su prodigiosa fuerza, que le hacía capaz de resistir los terribles abrazos de estas formidables bestias, y a su imperturbable sangre fría, que le permitía desprenderse de ellas.

En fin, cuando no había ni turistas para guiar al valle del Vestfjorddal, ni cazadores para acompañar a los fields 1 , Joel se ocupaba del pequeño soeter, situado algunas millas lejos, en la montaña. La señora Hansen tenía empleado allí a aun joven pastor, que estaba encargado de guardar una media docena de vacas, ya que el soeter sólo disponía de pastos, ninguna clase de cultivos.

Por su carácter amable y servicial, Joel era conocido en todos los gaards del Telemark, lo que quiere decir que todos le querían. Por su parte, él adoraba sobre todo a tres personas, que eran su madre, su primo ole y se hermana Hulda.

Cuando ole Kamp se había marchado de Dal para embarcarse por última vez, Joel sintió más que nunca, no poder dar una buena dote a Hulda que le hubiera permitido no separarse ya de su prometido. Verdaderamente, si hubiera estado en condiciones de hacerse a la mar, no hubiera dudado en embarcarse en lugar de su primo. Pero para casarse era necesario disponer de algún dinero, y como la señora Hansen no se había comprometido con el joven, Joel comprendió que por el momento no podía sacar nada de los bienes familiares. Por tanto, Ole tuvo que partir a lo lejos, más allá del Atlántico. Joel lo había acompañado hasta el límite del valle, por la carretera de Bergen, y se despidió de él con un fuerte abrazo, deseándole un buen viaje y un feliz regreso. Luego había vuelto a su casa para consolar a su hermana, a quien quería con un amor a la vez fraternal y paternal.

Hulda tenía a la sazón dieciocho años. No se trataba de una piga, nombre que se le da a las sirvientas de las hosterías noruegas, sino de una verdadera froken, la señorita, del mismo modo que su madre era la señora de la casa. ¡Qué carita más simpática la suya, encuadrada por sus rubios cabellos, casi dorados, que le caían por la espalda en largas trenzas! ¡Qué fino era su talle, ceñido por el corpiño de paño rojo a rayas verdes, adornado con bordados de colores, entreabierto por delante, y del que salía la blusa blanca, cuyas mangas se ceñían a las muñecas anudadas con cintas de color! ¡Cuán graciosa era su figura, cuando se ponía el cinturón verde con cierres de filigrana de plata, que sostenía la falda verde también cubierta por un delantal de bordados multicolores, y bajo el cual asomaban las lindas piernas enfundadas en blancas medias! ¡Sí!, la novia de Ole era encantadora, con esta fisonomía un poco melancólica de las muchachas del Norte, pero sonriente al mismo tiempo. Su presencia evocaba el recuerdo de Hulda la Rubia, de la cual ella llevaba el nombre, que la mitología escandinava ha creado como un hada feliz que vela en el hogar doméstico.

Su aire modesto y reservado no le quitaba la gracia con que sabía acoger a los huéspedes de un día, que se detenían en el albergue de Dal. Ya era conocida en el ambiente turístico. ¿No era ya una atracción el poder cambiar con Hulda un cordial apretón de manos?

Y luego decirle:

-Gracias por esta comida. ¡Tack for mad!

Y qué más amable que oírla contestar con su voz fresca y sonora:

-Que os sea provechoso. ¡Wed bekomme!

Notas

  1. Montañas. ↩

Telegrama

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