Un billete de loteria

Capítulo XVIII

Buenos días, señor Benett. Siempre que tengo la ocasión de estrecharle la mano, siento una gran satisfacción.

-Y yo un gran honor, señor Hog.

-Honor, satisfacción, satisfacción, honor -contestó alegremente el profesor-, uno vale por lo otro.

-Veo que su viaje por la Noruega central se ha terminado felizmente.

-Aún no está terminado, pero se ha acabado, señor Benett, al menos por este año.

-Y bien, señor Hog, hábleme usted por favor, de esta buena gente que ha conocido en Dal.

-Muy buena gente, en efecto, señor Benett, muy buena gente, y gente muy buena.

-Por lo que dicen los periódicos, debemos convenir que son dignos de compasión.

-De mucha compasión, señor Benett. ¡Nunca vi como la desgracia se ensañaba tanto contra esta pobre gente y con tal obstinación!

-Efectivamente, señor Hog. ¡Después de la desgracia del Viken, el asunto con este abominable Sandgoist!

-Tal como usted dice, señor Benett.

-En fin de cuentas, señor Hog, ha hecho bien Hulda Hansen de entregar el billete contra el recibo de la deuda.

-¿Lo cree usted así? ¿Y por qué?

-Porque cobrar quince mil marcos contra la casi certeza de no cobrar nada de nada…

-¡Ah, señor Benett! -contestó Sylvius Hog-, usted habla como un hombre práctico, como un comerciante que es usted. ¡Pero, si se mira desde otro punto de vista, el asunto se convierte en una cuestión sentimental, y los sentimientos no se valoran!

-Evidentemente, señor Hog, pero permítame que le diga que es muy probable que su protegida se hubiera quedado con los sentimientos tan sólo.

-¿Qué sabe usted?

-¡Pero, piénselo usted! -dijo el tendero-. ¿Qué representaba este billete? ¡Una sola probabilidad de ganar sobre un millón!

-¡Efectivamente, una posibilidad sobre un millón! ¡Bien poco es, señor Benett, bien poco es!

-Por esto, después del entusiasmo de los primeros días, la gente ha reaccionado, y dicen que este Sandgoist, que ha comprado este billete para especular con él, no ha podido encontrar comprador.

-Eso dicen, señor Benett.

-Y, no obstante, si este maldito usurero ganara el primer premio, ¡esto sí que sería un escándalo!

-¡Un escándalo, seguramente, señor Benett, la palabra no es excesiva, un escándalo!

Mientras hablaba de esta forma, Sylvius Hog iba recorriendo los almacenes, el extenso y surtido bazar del señor Benett, tan conocido en Cristianía como en toda Noruega. En efecto, ¿qué es lo que no hallarías en aquel bazar? Coches para viajar, kariols a docenas, cajas de comestibles, cestas de vinos, tarros de conservas, vestidos y utensilios para turistas, incluso guías para conducir a los viajeros hasta los últimos burgos del Finmark, hasta Laponia, hasta el Polo Norte. ¡Y esto no era todo! El señor Benett ofrecía a los aficionados a la historia natural las más diversas muestras de piedras y metales del subsuelo, así como las más variadas especies de pájaros, insectos, reptiles, de toda la fauna noruega. Y, -lo que siempre es bueno saber-, ¿dónde se encontraría un surtido más completo de joyas y chucherías del país que en sus escaparates?

Por esto aquel caballero era la providencia de los turistas deseosos de visitar la región escandinava. Es el hombre universal del cual Cristianía no podría prescindir.

-Y, a propósito, señor Hog -le dijo-, ¿ha encontrado usted en Tinoset el coche que me pidió?

-Ya que se lo había pedido a usted, señor Benett, estaba seguro que lo encontraría a la hora señalada.

-Es usted muy amable, señor Hog. Pero, según me decía en su carta, esperaba que fueran tres…

-Tres personas, en efecto.

-¿Y estas personas?

-Llegaron ayer en la noche, en perfecto estado de salud, y me están esperando en el “Hotel Victoria”, donde me dirijo ahora mismo.

-¿Por casualidad son…?

-Exactamente, señor Benett, son… Y, se lo ruego, no se lo diga nadie. Me interesa que la noticia de su llegada no se extienda todavía por la ciudad.

-¡Pobre muchacha!

-¡Sí…! ¡Ha sufrido tanto!

-¿Y usted ha querido que asistiera al sorteo de la lotería, a pesar de que ya no posea el billete que le legó su prometido?

-No soy yo quien lo ha querido, señor Benett. Es el propio Ole Kamp, y debo repetirle a usted, como a todo el mundo: ¡debemos obedecer las últimas voluntades de Ole!

-Naturalmente, querido señor Hog, todo lo que usted hace está bien hecho.

-¿Cumplidos a estas horas, señor Benett?

-No; pero debo decir que la familia Hansen ha tenido mucha suerte de haberlo encontrado a usted en su camino.

-¡Bah! ¡Más suerte tengo yo de haberla encontrado en el mío!

-¡Veo que continúa usted teniendo buen corazón!

-Señore Benett, ya que estamos obligados a tener corazón, mejor es que éste sea bueno, ¿no es verdad?

¡Y con qué magnífica sonrisa Sylvius Hog acompañó esta respuesta al digno comerciante!

-Y ahora, señor Benett -añadió-, no crea que he venido aquí a buscar sus felicitaciones. ¡No! Otro motivo es el que me trae.

-Estoy a su disposición.

-Usted ya sabe, verdad, que sin la intervención de Joel y de Hulda Hansen, si el Rjukanfos hubiera querido devolverme al mundo me habría devuelto en estado de cadáver. Y no tendría el placer de estar conversando con usted…

-¡Sí…! ¡Sí...! Ya lo sé -contestó el señor Benett-. Todos los periódicos publicaron su aventura... Y, en verdad, estos jóvenes tan valientes merecerían ganar el primer premio de la lotería.

-Soy de la misma opinión -contestó Sylvius Hog-. Pero, ya que ahora es completamente imposible, no quisiera que mi pequeña Hulda regresara a Dal sin un pequeño obsequio… un recuerdo…

-¡Esto es lo que yo llamo tener una buena idea, señor Hog!

-Usted me ayudará a escoger, entre todos sus tesoros, cualquier cosa que pueda gustar a una joven…

-Con mucho gusto -contestó el señor Benett.

Y rogó al profesor que pasara a la tienda reservada, a la joyería indígena. ¿Una joya noruega no sería el mejor recuerdo que podría llevarse de Cristianía y del maravilloso bazar del señor Benett?

Esta fue también la opinión de Sylvius Hog, a quien el complaciente comerciante se apresuró a abrir sus vitrinas.

-Vamos a ver -dijo-, yo no entiendo mucho de estas cosas y me fío de su gusto, señor Benett.

-Nos entenderemos muy bien, señor Hog.

Tenía allí dentro un extenso surtido de todas estas joyas suecas y noruegas, de fabricación muy compleja, y que generalmente tienen más valor por el trabajo que por el material.

-¿Qué es esto? -preguntó el profesor.

-Es una sortija chapada con piedras móviles, cuyo tintineo es muy agradable.

-¡Muy bonita! -contestó Sylvius Hog probándose el anillo en el extremo del dedo meñique- . Separe usted esta sortija, de momento, señor Benett, y vamos a ver si encontramos algo más.

-¿Pulseras o collares?

-De todo un poco, si usted me lo permite, señor Benett, de todo un poco. ¡Ah! ¿esto…?

Son unos aros que se llevan a pares colgados del corpiño. ¡Admire usted el efecto del cobre sobre este fondo de lana roja plisada! Es de muy buen gusto, sin llegar a ser muy caro.

-Muy bonito, efectivamente, señor Benett. Separe también este ornato.

-Únicamente, señor Hog, debo hacerle notar que estos aros se reservan para adornar el ajuar de las novias… el día de la boda… y que…

-¡Por San Olaf! ¡Tiene usted razón! ¡Mi pobre Hulda! Desgraciadamente no es Ole quien le hace este regalo sino yo, y no será ya a una novia a quien voy a ofrecérselo…

-Efectivamente, señor Hog.

Vamos a ver otras joyas que sean más apropiadas para una muchacha. ¡Ah! ¡Y esta cruz, señor Benett!

-Es una cruz de suspensión, con discos cóncavos que resuenan a cada movimiento del cuello.

-Muy bonito… muy bonito… Póngala también aparte, señor Benett. Cuando habré visto todos sus escaparates, escogeré.

-Sí, pero…

-¿Pero qué?

-Esta cruz es la que llevan las recién casadas de Scania, cuando van a la iglesia…

-¡Diablos, señor Benett…! Debo reconocer que no tengo suerte en escoger.

-Lo que pasa señor Hog, es que la mayoría de las joyas que tengo son para mujeres casadas, porque son las que más se venden. Esto no debe extrañarle.

-No me extraña de ningún modo, señor Benett, pero, en fin, estoy confuso.

-Bueno, escoja usted este anillo de oro que es lo primero que ha separado usted.

-Sí… este anillo de oro… Me hubiera gustado también, no obstante, alguna otra joya más… ¿cómo le diré…? más de decorativa…

-Entonces no vacile usted. Tome esta placa de plata afiligranada, cuyas cuatro tiras de cadenitas hacen tan buen efecto en el cuello de una muchacha. ¡Mírela! Está cuajada de piedras finas y adornada de filigranas con perlas de colores engarzadas. Es uno de los productos más curiosos de la orfebrería noruega.

-¡Sí…! ¡Sí…! -contestó Sylvius Hog-. Es una hermosa joya, pero quizá un poco pretensiosa parta mi modesta Hulda. Verdaderamente, preferiría los aros que me enseñó antes, así como también la cruz para colgar del cuello. ¿Tan especiales son para los ajuares de boda que no puedan regalarse a una muchacha soltera?

-¡Señor Hog -contestó el señor Benett-, el Storthing aún no ha dictado ninguna ley sobre esta materia…! Seguramente ha sido un descuido…

-Bueno, bueno, señor Benett, vamos a arreglarlo. Mientras tanto, me quedo con la cruz y los anillos… Y, además, mi pequeña Hulda, en fin, puede casarse algún día… Buena y simpática como es, no le faltarán ocasiones de utilizar estos aderezos… ¡Está decidido, pues; me las quedo y me las llevo!

-Muy bien, señor Hog.

-¿Tendremos el placer de verle a usted en el sorteo de la lotería, señor Benett?

-Ciertamente.

-Creo que será muy interesante.

-Estoy seguro de ello.

-Pues, hasta luego, señor Bennet.

-Hasta luego, señor Hog.

-¡Ah! -dijo de pronto el profesor, acercándose a uno de los escaparates-. ¡Aquí veo dos anillos muy bonitos que me habían pasado desapercibidos!

-¡Oh! Estos sí que no le convienen, señor Hog. Estos son los anillos grabados que el pastor coloca en el dedo de los novios durante la ceremonia…

-¿De veras…? ¡Bueno, pues me los quedo también a pesar de todo! Hasta luego, señor Benett, hasta luego.

Sylvius Hog salió de la tienda, y, con paso ligero -un andar de veinte años- se dirigió hacia el “Hotel Victoria”.

Al llegar al vestíbulo lo primero que vio fueron las palabras “Fiat Lux”, inscritas en el cristal del farol de gas.

-¡Ah! -se dijo-, este latinajo es de circunstancias. ¡Sí!, ¡Fiat lux…! ¡Fiat lux…!

Hulda estaba en su cuarto. Sentada cerca de las ventanas, esperaba. El profesor llamó a la puerta, que se abrió inmediatamente.

-¡Ah, señor Sylvius! -exclamó la joven levantándose.

-¡Ya estoy aquí! ¡Ya estoy aquí! Pero no se trata del señor Sylvius, mi pequeña Hulda, se trata de que la comida ya está en la mesa. Tengo un apetito feroz. ¿Dónde está Joel?

-En la sala de lectura.

-Bueno… Voy a buscarlo. Tú, hija mía, puedes bajar en seguida para unirte con nosotros.

Sylvius Hog salió de la habitación de Hulda y se fue a buscar a Joel, quien lo esperaba también, pero desesperado.

El pobre muchacho le mostró el ejemplar del Morgen-Blad. El telegrama del comandante del Telegraf no dejaba lugar a dudas sobre la pérdida total del Viken.

-¿Lo ha leído Hulda? -preguntó vivamente el profesor.

-¡No, señor Sylvius, no! ¡Mejor es ocultarle lo que ya sabrá demasiado pronto!

-Bien hecho muchacho… Vamos a comer ahora.

Instantes después, los tres se sentaron alrededor de una mesa particular. Sylvius Hog era el único que comía con gran apetito.

Hay que reconocer de que se trataba de una comida excelente. Júzguese: sopa fría de cerveza, con rodajas de limón, pedazos de canela y espolvoreada de miga de pan; salmón con salsa blanca azucarada, ternera rebozada, rosbif con ensalada colmada de especies, helado de vainilla, confitura de patata, frambuesa, cerezas y avellanas, y todo ello regado con un buen vino de Saint-Julien, de Francia.

-¡Excelente… excelente! -repetía Sylvius Hog- Parece que nos encontramos en Dal, en la hostería de la señora Hansen.

Y, a falta de poderlo hacer con su boca llena, sus bondadosos ojos sonreían tanto como pueden sonreír unos ojos.

Joel y Hulda habían intentado en vano ponerse a aquel mismo tono, pero no podían en modo alguno, y la pobre muchacha apenas probó bocado. Cuando terminaron de comer, Sylvius Hog les dijo:

-Queridos hijos míos, han hecho mal en no hacer los honores debidos a tan buena comida. Pero, en fin, no puedo forzarlos a comer. Después de todo, si no han comido ahora, cenarán mejor. ¡Por cierto, que no sé si podré estar con ustedes esta noche! Y ahora ha llegado el momento de levantarse de la mesa.

El profesor estaba ya de pie y tomaba su sombrero que le tendía Joel, cuando Hulda le detuvo con un gesto y le dijo:

-Señor Sylvius, ¿de veras quiere usted que le acompañe?

-¿Al sorteo de la lotería…? Ya lo creo que lo quiero, y tengo mucho interés en que asistas tú, querida hija mía.

-¡Será muy penoso para mí!

-Muy penoso, lo creo. Pero Ole quiso que estuvieras presente en el momento del sorteo, Hulda, y debemos respetar la voluntad de Ole.

Decididamente, esta frase se había convertido en un refrán en labios de Sylvius Hog.

Telegrama

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