Capítulo XV
A la mañana siguiente, Sylvius Hog regresó a Dal al anochecer. Nada dijo de su viaje. Nadie supo a qué había ido a Bergen. Mientras las pesquisas iniciadas no diesen resultado, bueno o malo, no quería que la familia Hansen lo supiera. Todas las cartas y telegramas, tanto si venían de Bergen como de Cristianía, debían serle enviadas personalmente a la hostería, donde se proponía permanecer en espera de los acontecimientos. ¿Esperaba todavía? ¡Sí!
Tan pronto estuvo de regreso, el profesor adivinó sin trabajo que algo grave había ocurrido durante su ausencia. La actitud de Joel y de Hulda indicaba claramente que una explicación acababa de tener lugar entre su madre y ellos dos. ¿Una nueva desgracia se había abatido sobre la familia Hansen?
Esto afligía enormemente a Sylvius Hog. Experimentaba por los dos hermanos un verdadero afecto tan paternal como si se tratara de sus verdaderos hijos. ¡Cómo los había hallado al faltar durante su corta ausencia, y quizá ellos también lo habían echado de menos!
-¡Me hablarán! -se dijo-. ¡Es necesario que me expliquen lo que ha pasado! ¡Yo soy ya como de la familia!
¡Sí! Sylvius Hog se creía con derecho, ahora, para intervenir en la vida privada de sus jóvenes amigos, de saber por qué Joel y Hulda parecían más desgraciados que antes de su marcha. Y no tardó en saberlo.
En efecto, los dos hermanos sólo deseaban confiarse a aquel hombre excelente, a quien querían con un afecto filial. Esperaron, pues, que los interrogara. ¡Aquellos dos días últimos se habían sentido tan abandonados! Más todavía, por el hecho de que Sylvius Hog no les había dicho donde se dirigía. ¡No! ¡Nunca las horas les habían parecido tan largas! Para ellos, esta ausencia no podía relacionarse con la búsqueda del Viken, y no se les hubiera ocurrido que Sylvius Hog hubiera querido esconder el significado de su viaje, para ahorrarles una suprema desilusión en caso de fracasar.
¡Y ahora, su presencia les era más necesaria que nunca! ¡Tenían tanta necesidad de verle, de escuchar sus consejos, de oírle hablar con su voz tan afectuosa siempre, tan consoladora! Pero, ¿se atreverían a decirle lo que había pasado entre ellos y el usurero de Drammen, y la manera como la señora Hansen había comprometido la seguridad de la casa? ¿Qué pensaría Sylvius Hog cuando supiese que el billete ya no estaba entre las manos de Hulda, cuando supiese que la señora Hansen lo había usado para librarse de su implacable acreedor?
Y no obstante, tendría que saberlo. No sabemos quién fue el primero en hablar, si Sylvius Hog, Joel o Hulda. Pero poco importa. Lo que es cierto, es que el profesor estuvo enseguida al corriente de lo que había ocurrido. Supo cuál había sido la situación de la señora Hansen y de sus hijos. Dentro de quince días el usurero les habría echado de la hostería de Dal, si la deuda no hubiera sido pagada por medio de la cesión del billete.
Sylvius Hog había escuchado aquel triste relato que le hizo Joel en presencia de su hermana.
-¡No tenían que desprenderse del billete! -exclamó en seguida-. ¡No…! ¡No tenían que hacerlo!
-¿Cómo podía hacerlo, señor Sylvius? -contestó la muchacha, muy turbada.
¡Eh, verdaderamente no sé…! Claro, no podían hacer otra cosa… Y no obstante… ¡Ah, si yo hubiera estado aquí!
Y, ¿qué habría podido hacer, si hubiera estado allí, el profesor Sylvius Hog? No lo dijo, pero añadió:
-Sí, mi querida Hulda, sí, Joel. En resumen, han hecho lo que tenían que hacer. ¡Pero, lo que me irrita, es que será Sandgoist quien se aproveche de las manías supersticiones de la gente! Si se atribuye al billete del pobre Ole un valor sobrenatural, será él quien lo explotará. Y, no obstante, es ridículo y absurdo creer que precisamente este número 9672 será indiscutiblemente el favorecido por la suerte. ¡En fin, por acabar, yo quizá no hubiese entregado este billete! Después de haberlo negado a Sandgoist, Hulda habría hecho mejor en rehusarlo también a su madre.
A todo lo que acababa de decir Sylvius Hog, ninguno de los dos hermanos tenía nada que objetar. Al entregar el billete a la señora Hansen, Hulda habría obedecido a un sentimiento filial, del cual nadie podía acusarla. El sacrificio al cual se había decidido no era el sacrificio de la suerte más o menos aleatoria que representaba aquel billete en la lotería de Cristianía, era el sacrificio de las últimas voluntades de Ole Kamp, era abandonar a un tercero el recuerdo de su prometido.
En fin, no podía volverse atrás. Sandgoist tenía el billete. Le pertenecía. Lo pondría en pública subasta. Un maldito usurero iba a engrosar su fortuna a costa de aquel conmovedor adiós de un náufrago. ¡No! ¡Sylvius Hog no podía admitirlo!
Por esto, aquel mismo día Sylvius Hog quiso tener una conversación con la señora Hansen sobre aquel asunto, conversación que no podía hacer cambiar el estado de las cosas, pero que era necesario para los dos. Se halló en presencia de una mujer muy práctica, que, no había duda, tenía más buen sentido que corazón.
-¿Así, pues, usted me censura, señor Hog? -dijo ella cuando el profesor le hubo expresado su pensamiento.
-Ciertamente, señora Hansen.
-Si usted me reprocha el haberme lanzado imprudentemente en malos negocios, el haber comprometido la fortuna de mis hijos, tiene usted razón. Pero si usted me reprocha lo que acabo de hacer para librarme de la deuda, no tiene usted razón. ¿Qué puede usted reprocharme?
-Nada.
-Seriamente, ¿debíamos rehusar la oferta de Sandgoist que, a fin de cuentas, ha pagado quince mil marcos por la cesión de un billete cuyo valor no se basa en nada? Dígame, se lo vuelvo a pedir, ¿debíamos rehusar?
-Sí y no, señora Hansen.
-No es sí y no, señor Hog; es no. En la situación en que nos hallábamos, como usted sabe, señor Hog, si el porvenir no se presentara tan amenazador (por mi culpa, estoy de acuerdo) habría comprendido la negativa de Hulda… ¡Sí…! Habría comprendido que no quisiera ceder por ningún precio el billete que había recibido de Ole Kamp. Pero cuando se trataba de ser expulsados en pocos días de una casa en la cual mi marido murió, en la que nacieron mis dos hijos, señor Hog, en mi lugar, habría hecho lo mismo.
-Sí, señora Hansen, sí.
-¡Yo lo habría intentado todo antes de sacrificar el billete que mi hija había recibido en tales circunstancias!
-¿Estas circunstancias lo hacen mejor?
-Ni usted, ni yo, ni nadie puede saberlo.
-Al contrario, señor Hog, todo el mundo lo sabe. Este billete no es más que un billete que tiene novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve posibilidades de perder contra una de ganar. ¿Le atribuye usted, pues, un valor más grande porque ha sido hallado en una botella en medio del mar?
Al oír esta pregunta tan concreta, Sylvius Hog quedóse muy embarazado para contestar. Por esto, volvió a coger el asunto por el lado sentimental, diciendo:
-La situación es esta, ahora. Ole Kamp en el momento del naufragio, legó a Hulda el único bien que le quedaba en el mundo. Incluso le recomendó que estuviera presente en el sorteo el día que éste tuviera lugar, si por feliz casualidad le llegaba el billete a sus manos… y ahora, este billete ya está en manos de Hulda.
-Si Ole Kamp hubiera estado aquí -contestó la señora Hansen- no habría vacilado en ceder el billete a Sandgoist.
-Es muy posible -contestó Sylvius Hog-, pero sólo el tenía el derecho de hacerlo. ¿Y qué le contestaría usted, si no estuviera muerto, si no hubiera perecido en el naufragio… si volviera… mañana… hoy?
-Ole no volverá ya -contestó la señora Hansen con voz sorda-. ¡Ole está muerto, señor Hog, muerto y bien muerto!
-¡Qué sabe usted, señora Hansen! -exclamó el profesor con un acento de convicción verdaderamente extraordinario-. Se han comenzado los trabajos de búsqueda para hallar algún superviviente del naufragio. Pueden tener éxito, ¡sí!, tener éxito, incluso antes que se celebre el sorteo de la lotería. Usted no tiene derecho a decir que Ole Kamp está muerto mientras no se tengan pruebas ciertas de que pereció en la catástrofe del Viken. Si no hablo con tal seguridad a sus hijos, es que no quiero darles una esperanza que puede causarles después una decepción más dolorosa. Pero a usted señora Hansen, quiero decirle lo que pienso. Y que Ole haya muerto, ¡no! ¡No puedo creerlo…! ¡No! ¡No quiero creerlo…! ¡No! ¡Y no lo creo!
La señora Hansen no podía luchar con el profesor en este terreno en el que había derivado la conversación. Por esto se calló. Y aquella mujer noruega, un poco supersticiosa en el mundo, bajó la cabeza, como si Ole Kamp estuviera a punto de aparecérsele.
-En todo caso, señora Hansen -prosiguió Sylvius Hog-, antes de disponer del billete de Hulda, podía hacerse una cosa muy sencilla, y usted no la ha hecho.
-¿Qué cosa, señor Hog?
-Debió haberse dirigido primero a vuestros amigos, a los amigos de vuestra familia. Seguramente no le habrían rehusado una ayuda, ya sea sustituyendo a Sandgoist en su crédito, ya sea adelantándole la cantidad necesaria para pagarle.
-No tengo amigos, señor Hog, a quienes poder pedir este favor.
-Sí; usted los tiene señora Hansen, y yo conozco al menos a uno de ellos, que lo hubiera hecho sin vacilar y como un acto de reconocimiento.
-¿Y quién es?
– Sylvius Hog, diputado del Storthing.
La señora Hansen no pudo contestar nada, y sólo se inclinó ante el profesor.
-¡Pero lo que está hecho ya, está hecho desgraciadamente! -añadió Sylvius Hog. Le ruego, pues, señora Hansen, que no diga nada a sus hijos de la conversación que acabamos de tener, y de cuyo tema no volveremos a hablar.
Y los dos se separaron.
El profesor había vuelto a sus costumbres y reanudado sus paseos cotidianos. Durante algunas horas, acompañado de Joel y de Hulda, visitaba los alrededores de Dal, pero sin ir muy lejos, a fin de no cansar a la muchacha. De vuelta a su cuarto, daba curso a su correspondencia, que no dejaba de ser importante. Escribía continuamente a Bergen, a Cristianía. Estimulaba el celo de todos los que tomaban parte en aquella buena obra de la búsqueda del Viken. Su existencia se concentraba en este único pensamiento: ¡hallar a Ole, hallar a Ole!
Tuvo que ausentarse aún por veinticuatro horas, por un motivo que, sin duda, debía relacionarse con aquel asunto que interesaba a la familia Hansen. Pero, como siempre, guardó secreto absoluto de lo que hizo o mandó hacer sobre aquel particular.
Entretanto, la salud de Hulda, tan resentida, se restablecía muy lentamente. La pobre muchacha sólo vivía del recuerdo de Ole y las esperanzas que mezclaba con este recuerdo, iban esfumándose cada día. Y, no obstante, tenía siempre a su lado a los dos seres que más amaba en el mundo, uno de los cuales no cesaba de alentarla. Pero, ¿era suficiente? ¿No hubiera sido mejor distraerla de cualquier modo? ¿Y cómo poder arrancarla de sus pensamientos, que le llenaban el alma entera, estos pensamientos que la unían como cadenas al náufrago del Viken?
Y así llegó el día 12 de julio.
Dentro de cuatro días debía celebrarse el sorteo de la lotería de las Escuelas de Cristianía.
No hay que decir que la especulación efectuada por Sandgoist había llegado a conocimiento del público. Él mismo se había cuidado de informar a los periódicos, que lo habían publicado, que el “célebre y providencial billete” que llevaba el número 9672 estaba ahora en manos del señor Sandgoist, de Drammen, y que éste ponía a la venta el billete, que sería entregado al mejor postor. Y si el señor Sandgoist era el poseedor de aquel billete, es que lo había comprado a Hulda Hansen por un precio muy elevado.
Como se comprende, este anuncio sólo podía disminuir la simpatía y el afecto que la joven había merecido de la opinión pública. ¡Cómo! ¡Hulda, seducida por el alto precio ofrecido, se había decidido a vender el billete del náufrago, el billete de su prometido Ole Kamp! ¡Había convertido en moneda este último recuerdo!
Pero una nota, aparecida muy oportunamente en el Morgen-Blad, puso a los lectores al corriente de lo que había pasado. Se supo de qué naturaleza había sido la intervención de Sandgoist y el por qué el billete se hallaba entonces entre sus manos. Entonces la reprobación pública recayó sobre el usurero de Drammen, este acreedor sin corazón que no había dejado de utilizar en su provecho las desgracias de la familia Hansen. Y entonces sucedió esto: que, como por acuerdo general, las ofertas que se produjeron cuando Hulda poseía todavía el billete, no se renovaron al nuevo poseedor. Parecía como si aquel billete hubiera perdido el valor sobrenatural que le atribuían, desde que Sandgoist lo había mancillado con su posesión. Y sucedió que Sandgoist se encontró con que había realizado un mal negocio, y el famoso número 9672 amenazaba quedarse en sus manos.
Con todo, ni Hulda ni Joel estaban al corriente de lo que se decía. ¡Afortunadamente! Les hubiera sido muy doloroso saberse mezclados en aquel asunto que había tomado un cariz tan mercantil en manos de un usurero.
El día 12 de julio, hacia el anochecer, llegó una carta dirigida al profesor Sylvius Hog.
Esta carta, enviada por el Departamento de Marina, iba acompañada de otra fechada desde Cristiansan, pequeño puerto situado a la entrada del golfo de Cristianía. Sin duda su contenido no decía nada interesante a Sylvius Hog, pues e la metió en el bolsillo sin decir nada ni a Joel ni a su hermana.
Únicamente, en el momento de retirarse a su habitación, al darles las buenas noches, les dijo:
-Ya saben, hijos míos, que dentro de tres días se celebra el sorteo de la lotería- ¿No piensan ir a verlo?
-¿Por qué, señor Sylvius? -contestó Hulda.
-No obstante -continuó el profesor-, Ole quería que su prometida asistiera al sorteo; se lo ha recomendado en las últimas líneas que escribió, y creo que debemos obedecer la última voluntad de Ole.
-¡Pero Hulda ya no tiene el billete de lotería -contestó Joel-, y quién sabe a qué mano habrá ido a parar!
-No importa -contestó Sylvius Hog-. Les pido a los dos que me acompañen a Cristianía.
-¿De verdad lo que quiere usted, señor Sylvius? -contestó la joven.
-No soy yo, querida Hulda, es Ole quien lo quiere, y debemos obedecer a Ole.
-Hermana, el señor Sylvius tiene razón -contestó Joel-. ¡Sí, tenemos que ir! ¿Cuándo piensa partir, señor Sylvius?
-¡Mañana, al amanecer, y que San Olaf nos proteja!