Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO VIII

EXCURSIÓN AL NORTE DE LA BAHÍA

VICTORIA L día siguiente, apenas rayó el sol,

A Clawbonny se encaramó por las rudas pendientes del murallón de rocas en que se apoyaba la Casa del Doctor, murallón que terminaba en una especie de cono truncado. No sin trabajo consiguió el doctor llegar a su cima, y desde allí su mirada abarcó una vasta extensión de terreno conmovido, que parecía ser el resultado de algún sacudimiento volcánico. Una inmensa sábana blanca cubría el continente y el mar, sin que fuese posible distinguir uno de otro.Al reconocer que aquel sitio culminante dominaba toda la llanura que le circundaba, el doctor tuvo una idea, que no puede causar admiración a los que conocemos su fecunda inventiva.

Maduró su idea, la combinó, pero sin probabilidades de éxito, y cuando fue completamente dueño de ella, volvió a la casa de nieve y la comunicó a sus compañeros:

– Se me ha ocurrido colocar un faro en la cúspide del cono que se levanta sobre nuestras cabezas.

– ¿Un faro? –contestaron todos.

– ¡Sí, un faro! Un faro que tendrá una doble ventaja: nos guiará durante la noche, cuando volvamos de nuestras excursiones lejanas, y alumbrará la meseta durante nuestros ocho meses de invierno.

– Sin duda –respondió Altamont–, un aparato semejante sería sumamente útil, pero ¿cómo vais a establecerlo?

– Con uno de los faroles del Porpoise.

– Convenido. Pero ¿con qué alimentaréis la luz de vuestro faro? ¿Con aceite de foca?

– ¡No! La luz producida por el aceite que decís no alumbraría bastante, y podría apenas atravesar la niebla.

– ¿Pretendéis extraer de nuestro aceite el hidrógeno que contiene y hacernos gas de alumbrado?

– Tampoco. Esta luz sería también insuficiente, y tendría, además, el grave inconveniente de consumir una parte de nuestro combustible. –Entonces –dijo Altamont–, no acierto a adivinar. ..

– En cuanto a mí –respondió Johnson–, desde lo de la bala de mercurio y lo de la lente de hielo, y la construcción de Fuerte Providencia, considero al señor Clawbonny capaz de todo.–Pues bien –repuso Altamont–, ¿queréis decirnos qué género de faro pretendéis establecer? –Es muy sencillo –respondió el doctor–, un faro eléctrico.

– ¡Un faro eléctrico!

– Sin duda. ¿No teníais a bordo del Porpoise una pila de Bunsen en muy buen estado?

– Sí –respondió el americano.

– Evidentemente, cuando os la trajisteis teníais intenciones de hacer algunos experimentos, pues nada le falta, ni los hilos conductores, perfectamente aislados, ni el ácido necesario para poner en actividad los elementos. Es, pues, fácil procurarnos luz eléctrica. Veremos mejor y no nos costará nada.

– Perfectamente –respondió el contramaestre–. Y cuanto menos tiempo perdamos...

– Pues bien, los materiales están allí – respondió el doctor–. Y en una hora habremos levantado una columna de hielo de diez pies de altura, que será más que suficiente.

El doctor salió y sus compañeros le siguieron hasta la cumbre del cono. La columna se levantó con prontitud, y encima de ella se colocó uno de los faroles del Porpoise.

Entonces el doctor adaptó a él los hilos conductores que estaban en contacto con la pila, la cual, colocada en la casa de hielo, estaba preservada de la helada por el calor de las estufas. Desde allí los hilos subían hasta la linterna.

Todo se estableció rápidamente, y se aguardó la puesta del sol para gozar del efecto.

Por la noche, las dos puntas del carbón, mantenidas en la linterna a una distancia conveniente, se acercaron una a otra, y haces de una luz intensa, que el viento no podía moderar ni extinguir, brotaban del fanal. Era un maravilloso espectáculo el que ofrecían aquellos rayos deslumbradores, cuyo resplandor, rivalizando con la blancura nítida de las llanuras, dibujaba vivamente los contornos de todas las prominencias circundantes. Johnson palmoteo con entusiasmo.

– He aquí –dijo a míster Clawbonny– que el doctor nos ha fabricado un sol.

– Es preciso hacer algo de todo –respondió modestamente el doctor.

El frío puso fin a la admiración general, y todos fueron a acurrucarse entre mantas.

La vida quedó entonces regularmente organizada. Durante los días siguientes, desde el 15 al 20 de abril, el tiempo estuvo muy inseguro. La temperatura saltaba súbitamente 20 grados y la atmósfera experimentaba variaciones imprevistas. Tan pronto estaba impregnada de nieve y agitada por los torbellinos, tan pronto se volvía fría y seca hasta el punto de no poder salir al aire libre sin muchas precauciones.

Sin embargo, el sábado calmó el viento, y esta circunstancia hizo posible una excursión, por lo que se resolvió dedicar un día a la caza para renovar las provisiones.

Al amanecer, Altamont, el doctor y Bell, armado cada cual de su escopeta de dos cañones, municiones suficientes, un hacha y un cuchillo de nieve para el caso en que fuese necesario crearse un abrigo, partieron estando el tiempo cubierto.

Durante su ausencia Hatteras fue a reconocer la costa y a hacer algunas observaciones. El doctor había cuidado de hacer funcionar el faro, cuyos rayos lucharon ventajosamente con los del astro del día. En efecto, la luz eléctrica, que equivale a la de 3.000 bujías o 300 mecheros de gas, es la única que puede sostener la comparación con el brillo del sol.

El frío era intenso, seco y tranquilo. Los cazadores se dirigieron hacia el cabo Washington, favoreciendo su marcha la nieve endurecida.

En media hora anduvieron las tres millas que separaban el cabo de Fuerte Providencia. Duck iba con ellos, retozando muy alegre.

La costa torcía hacia el Este, y las altas cimas de la bahía Victoria tendían a deprimirse por el lado del Norte, lo que permitía suponer que la Nueva América podía muy bien no ser más que una isla, pero entonces no se trataba de determinar su configuración.

Los cazadores tomaron por la orilla del mar y avanzaron rápidamente por un terreno virgen de todo paso humano en que no había ningún vestigio de habitación, ni el más insignificante resto de una choza.

Así anduvieron quince millas durante las tres primeras horas, corriendo sin detenerse;

pero no parecía que su caza debiese ser de algún provecho. Apenas vieron huellas de liebre, de zorra, ni de lobo, si bien algunos snow-birds (6), revoloteando en distintas direcciones, anunciaban la vuelta de la primavera y de los animales árticos.

Los tres compañeros habían tenido que meterse tierra adentro para salvar los obstáculos que les ofrecían derrumbaderos profundos 6 Pájaros de nieve.

y peñascos cortados a pico que terminaban en el monte Bell; pero, después de sufrir algún retraso, ganaron de nuevo la orilla y vieron que los hielos no estaban aún segregados. El mar permanecía helado y, eso no obstante, vestigios de focas anunciaban las primeras visitas de estos anfibios que pasaban ya a respirar a la superficie del icefield. Anchas huellas y roturas aún frescas de témpanos, no permitían dudar que algunos de ellos habían recientemente tomado tierra.

Las focas son muy aficionadas a los 'rayos del sol, y se tienden en las orillas para dejarse penetrar por su benéfico calor.

El doctor hizo observar esta particularidad a sus compañeros.

– Examinemos este sitio con cuidado –les dijo–, pues es muy posible que en él, al llegar el verano, encontremos focas a centenares, y en los parajes poco frecuentados por los hombres es fácil cogerlas, porque se dejan acercar cuanto se quiere. Pero es menester procurar no asustarlas, porque entonces desaparecen como por encanto y ya no vuelven. Así es como algunos pescadores torpes, en lugar de matarlas aisladamente, las han atacado en masa, con gritos y ruidos, y han perdido o comprometido su negocio.

– ¿Se las caza solamente para utilizar su piel o su aceite? –preguntó Bell.

– Los europeos, sí; pero los esquimales se las comen, y se puede decir que de ellas viven, a pesar de que nada tienen de apetitoso los pedazos de foca que mezclan con sangre y grasa.

Hay, sin embargo, cierta manera de prepararla, y yo me encargo de sacar de una foca sus chuletitas delgadas que no parecerán despreciables a los que se acostumbren a su color negro.

– Allá veremos –respondió Bell–; lo que es yo, me comprometo a comerme toda la carne de foca que os dé la gana. Tenedlo entendido, señor Clawbonny.

– Amigo Bell, lo que vos queréis decir es que comeréis toda la carne de foca que os dé la gana a vos, no a mí. Pero, cualquiera que sea vuestra voracidad, no igualará nunca a la del groenlandés, que consume diariamente de 10 a 15 libras de carne de foca.

– ¡Quince libras! –dijo Bell–. ¡Qué estómagos!–Estómagos polares –respondió el doctor–.

Estómagos prodigiosos y elásticos que se dilatan y contraen cuanto se quiera, pues son tan propios para soportar la abstinencia como la abundancia. Al principio de la comida, el esquimal está flaco, y a la conclusión de ella está tan gordo que parece una persona distinta.

Verdad es que su comida dura a veces un día entero.

– Evidentemente –preguntó Altamont–, ¿esta voracidad es particular a los habitantes de los países fríos?

– Tal creo –respondió el doctor–; en las regiones árticas es necesario comer mucho. Ésta es una de las exigencias, no sólo de la reparación de las fuerzas físicas, sino hasta de la existencia. Así es que la Compañía de la bahía de Hudson señala a cada hombre diariamente ocho libras de carne, o 12 de pescado, o 2 de pemmican.

– Es un régimen confortativo –dijo el carpintero.

– No tanto como suponéis, amigo mío. Un indio, alimentado según dicho régimen, no trabaja más que un inglés nutrido con una libra de buey y una botella de cerveza.

– Entonces, señor Clawbonny, bien estamos como estamos.

– Sin duda, pero es lógico que una comida de esquimales nos cause sorpresa. En la tierra de Boothia, sir John Ross, durante su invernada, se asombraba al ver la voracidad de sus guías. Cuenta que dos hombres, dos nada más, devoraron en una mañana un toro almizclado.

Cortaban la carne a tiras que introducían en su gaznate; después ras con ras de la nariz, cortando cada cual lo que no podía contener su boca, lo pasaba a su compañero. O bien, dejando colgar hasta el suelo las tiras de carne, las tragaban poco a poco, del mismo modo que una boa se traga un buey, y también comían tendidos a lo largo.

– ¡Qué asco! –dijo Bell–. ¡Qué brutos!

– Cada cual tiene su manera de comer – respondió filosóficamente el americano.

– ¡Afortunadamente! –replicó el doctor.

– Ya no me extraña –repuso Altamont– que, siendo en estas latitudes tan imperiosa la necesidad de comer, en las relaciones de los viajes árticos se haga siempre mención de la comida.

– Tenéis razón –respondió el doctor–. Y yo he hecho la misma observación. Esto depende, no sólo de que se necesita una alimentación abundante, sino también de que es con frecuencia muy difícil procurársela. Se piensa en ella sin cesar, y, por consiguiente, se habla de ella siempre.

– Sin embargo –dijo Altamont–, si mal no recuerdo, en Noruega, en las comarcas más frías, los indígenas no tienen necesidad de una alimentación tan sustancial, y se crían muy robustos sin más que un poco de leche, huevos, pan, corteza de álamo, algunas veces salmón, y nunca carne.

– Cuestión de organización –respondió el doctor–, que yo no me sé explicar. Creo, sin embargo, que una segunda o tercera generación de noruegos, trasplantados a Groenlandia, acabaría por aclimatarse a la manera groenlandesa.

Y nosotros mismos, amigos míos, si permaneciésemos en este venturoso país llegaríamos a vivir como esquimales, y seríamos tan voraces como ellos.

– Señor Clawbonny –dijo Bell–, me abrís el apetito hablando de esta manera.

– A fe mía, no –respondió Altamont–; lo que cuenta me parece repugnante y me haría cobrar aversión a la carne de foca... Pero creo que ha llegado el caso de probarla, pues, o mucho me engaño, o distingo, allá abajo, tendida sobre los témpanos, una mole que me parece animada.

– ¡Es una loba marina! –exclamó el doctor–.

¡Silencio, adelante!

En efecto, un anfibio de los de mayor tamaño parecía desperezarse a cosa de 200 yardas de los cazadores, extendiéndose y retorciéndose con voluptuosidad a los pálidos rayos del sol.

Los tres cazadores evolucionaron de modo que pudieran cercar al animal para cortarle la retirada, y llegaron a algunas toesas de donde él se hallaba escondiéndose detrás de los hum- mock s, e hicieron fuego.

La loba marina, herida, se arrastró llena aún de vigor, y rompía los hielos queriendo huir; pero Altamont la atacó con el hacha, y consiguió cortar sus aletas derechas. La loba intentó una defensa desesperada, y entonces nuevos tiros la remataron, y quedó tendida exánime sobre el icefield, enrojecido con su sangre. Era un animal que medía unos 15 pies desde su hocico a la extremidad de su cola, y hubiera podido suministrar algunas barricas de aceite.

El doctor cortó en la carne las partes más sabrosas, y dejó el cadáver a la disposición de algunos cuervos que, en aquella época del año, se cernían ya por el aire.

Empezaba a anochecer, por lo que se trató de volver al Fuerte Providencia. El cielo estaba enteramente despejado, y, en tanto que llegaban los próximos rayos de luna, se iluminaba con los magníficos resplandores siderales.

– En marcha –dijo el doctor–, se va haciendo tarde. Nuestra cacería no ha sido de las más felices, pero, llevando para cenar, un cazador no tiene ya motivo de queja. Atajemos todo lo posible, y procuremos no extraviarnos; las estrellas nos indicarán el camino.

Pero en aquellas comarcas, en que la estrella polar brilla sobre la cabeza del viajero, es mala cosa tomarla por guía; porque cuando el Norte está exactamente en el centro de la bóveda celeste, son difíciles de determinar los otros puntos cardinales. Afortunadamente, la luna y las grandes constelaciones ayudaron al doctor a determinar su camino.

Resolvió, para atajar, evitar las tortuosidades de la costa y cortar por entre las sierras, lo que era más directo, pero menos seguro. Así es que después de algunas horas de marcha, los tres viajeros de hallaban completamente extraviados.

Se pensó en pasar la noche en una casa de nieve, y aguardar el día para orientarse, volviendo, si era necesario, a la playa, a fin de seguir el icefield; pero el doctor, temiendo poner en zozobra a Hatteras y Johnson, insistió en que se continuase la marcha.

– Duck nos conduce –dijo–, y Duck no puede engañarse. Está dotado de un instinto que no necesita brújulas ni estrellas. Sigámosle.

Duck marchaba delante, y todos se confiaron a su inteligencia. Hicieron bien, pues muy pronto en el horizonte apareció a lo lejos una luz que, saliendo de brumas bajas, no podía confundirse con una estrella.

– ¡He aquí nuestro faro! –exclamó el doctor.

– ¿De veras, señor Clawbonny? –dijo el carpintero.

– Estoy seguro. Adelante.

A medida que los viajeros avanzaban, la luz se hacía más intensa, y muy pronto se quedaron envueltos en un torbellino de polvo luminoso. Caminaban dentro de un inmenso resplandor, y detrás de ellos sus sombras gigantescas, perfectamente contorneadas, se prolongaban desmedidamente sobre el blanco tapiz de nieve.

Aceleraron el paso, y media hora después se encaramaban por la escarpa del Fuerte Providencia.

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