Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO IV

LA ÚLTIMA CARGA DE PÓLVORA

3 Cuchillo ancho, a propósito para cortar témpanos de hielo.

OHNSON había tenido que dar asilo en J la casa de hielo a los perros, rendidos de fatiga. Cuando la nieve cae en abundancia, puede servir de abrigo a los animales, cuyo calor natural conserva. Pero al aire libre, con un frío seco de 40°, las pobres bestias se hubieran helado en poco tiempo.

Johnson, que era un excelente dog driver (4), dio a comer a los perros la carne negra de foca que tanto repugnaba a los viajeros, y vio con asombro que era para los animales un verdadero regalo. El viejo marino, muy alegre, contó esta particularidad al doctor.

A éste no le causó ninguna sorpresa, porque sabía que en el Norte de América el pescado es el alimento principal de los caballos, y con lo que bastaba a éstos, que son esen- 4 Adiestrador de perros.

cialmente herbívoros, bien podían contentarse los perros, que son carnívoros.

Para gentes que acaban de andar 15 millas por el hielo, el sueño era una necesidad imperiosa, y, sin embargo, el doctor quiso, antes de dormirse, hablar a sus compañeros de la situación, sin atenuar su gravedad.

– No hemos llegado aún –dijo– al 82° paralelo, y estamos ya casi sin víveres.

– Por lo mismo, no debemos perder un instante –respondió Hatteras–. ¡Es preciso partir!

Los más fuertes arrastrarán a los más débiles.

– ¿Hallaremos siquiera el buque en el punto indicado? –preguntó Bell, a quien las fatigas del camino abatían a pesar suyo.

– ¿Por qué dudarlo? –respondió el contramaestre Johnson–; la salvación del americano responde de la nuestra.

El doctor, para mayor seguridad, quiso interrogar de nuevo a Altamont. Éste hablaba con bastante facilidad, aunque con voz débil, y confirmó todos los pormenores que tenía dados.

Repitió que el buque, varado en unas rocas de granito, no había podido moverse, y que se hallaba a los 120° 15' de longitud y 83° 35' de latitud.

– No podemos dudar de esta afirmación – repuso entonces el doctor–. La dificultad no está en encontrar el Porpoise, sino en llegar a él.

– ¿Qué nos queda de provisiones? – preguntó Hatteras.

– Lo suficiente, todo lo más, para vivir tres días –respondió el doctor.

– Pues bien, es preciso llegar en tres días – dijo enérgicamente el capitán.

– En efecto, es preciso –repuso el doctor–. Y si conseguimos nuestro objeto, no tendremos motivo de queja, pues nos hemos visto favorecidos por un tiempo excepcional. La nieve nos ha concedido quince días de tregua, y el trineo ha podido deslizarse fácilmente por el hielo endurecido. ]Ah! ¡Si tuviésemos doscientas libras de alimentos! Nuestros valientes perros llevarían esta carga sin dificultad alguna. Pero puesto que la suerte ha dispuesto otra cosa, no podemos hacer más que tener paciencia.

– Con un poco de buena fortuna y de destreza –respondió Johnson–, ¿no podríamos utilizar las cargas de pólvora que nos quedan? Si cayese un oso en nuestro poder, quedaríamos abastecidos para el resto del viaje.

– Sin duda –replicó el doctor–, pero los osos escasean mucho y son muy ariscos. Además, basta pensar en la importancia del tiro para que se turbe la vista y tiemble la mano.

– Vos sois, sin embargo, muy buen tirador – dijo Bell.

– Sí, cuándo la comida de cuatro personas no depende de mi destreza. Con todo, si la ocasión se presenta, haré lo que pueda. Entre tanto, amigos míos, contentémonos con esta pobre cena de migajas de pemmican, procuremos dormir, y, al amanecer, proseguiremos nuestro camino.

Algunos instantes después, el exceso de fatiga se sobrepuso a todas las consideraciones, y todos quedaron profundamente dormidos.

El sábado, muy temprano, Johnson despertó a sus compañeros. Los perros ocuparon su puesto en el trineo, y éste siguió su marcha hacia el Norte.

El cielo estaba magnífico, pura la atmósfera y muy baja la temperatura. Cuando apareció el sol en el horizonte, tenía la forma de una elipse prolongada. Su diámetro horizontal, con motivo de la refracción, parecía ser doble que su diámetro vertical, y el astro despedía sobre la inmensa llanura helada su haz de rayos claros, pero fríos. Aquel regreso a la luz, ya que no al calor, era agradable.

El doctor, armado de su escopeta, se separó una o dos millas del resto de la comitiva, desafiando la soledad y el frío. Antes de alejarse, había medido exactamente sus municiones; vio que no le quedaban más que cuatro cargas de pólvora y tres balas. Era muy poca cosa, si se atiende a que un animal tan fuerte y de vida tan dura como el oso polar, no sucumbe frecuentemente sino al décimo o duodécimo tiro.

Así es que la ambición del buen doctor no le llevaba a la persecución de una caza tan terrible. Hubiera estado muy contento con encontrar algunas liebres o dos o tres zorras, que hubieran producido un aumento de provisiones. Pero durante aquel día, si apercibió alguna zorra o liebre, no se pudo acercar a ella, o, engañado por la refracción, perdió su tiro. Aquel día le costó inútilmente una carga de pólvora y una bala.

Sus compañeros, que se habían entusiasmado llenos de esperanza al oír el tiro, le vieron volver cabizbajo. No dijeron una palabra. Por la noche se echaron todos como de costumbre, después de haber apartado las dos cuartas partes de ración reservadas para los dos días siguientes.

Al otro día el camino pareció más penoso.

Los viajeros no andaban, sino que se arrastraban, y los perros, que habían ya devorado hasta las entrañas de la foca, empezaron a roer sus correas.

Pasaron algunas zorras a lo largo del trineo, y el doctor, habiendo perdido otro tiro que le costó el perseguirlas, no se atrevió a aventurar su última bala y su penúltima carga de pólvora.Por la tarde se hizo alto más temprano, pues los viajeros no tenían ya aliento para dar un paso, y aunque el camino estaba alumbrado por una magnífica aurora boreal, tuvieron que detenerse.

La última comida, que se hizo el domingo por la noche bajo la helada tienda, fue muy triste. Si no les venía del cielo algún auxilio, los desventurados estaban perdidos.

Hatteras no hablaba; Bell no pensaba;

Johnson reflexionaba a solas; únicamente el doctor no estaba aún completamente desesperado.Johnson tuvo la idea de armar algunas trampas durante la noche, pero no teniendo cebo que poner en ellas, contaba muy poco con el éxito de su ocurrencia, y tenía razón, pues por la mañana, al ir a recorrer los cepos, vio huellas de zorra, pero ni un solo animal había caído en el lazo.

Regresaba por lo mismo muy afligido cuando percibió un oso de colosal tamaño que olfateaba las emanaciones del trineo a menos de 500 toesas. El viejo marino se empeñó en que la Providencia le dirigía aquel animal inesperado para que lo matase, y, sin despertar a sus compañeros, cogió la escopeta del doctor y se dirigió hacia el punto en que se hallaba el oso.

Llegado a la distancia conveniente, se echó la escopeta a la cara, pero en el momento de ir a poner el dedo en el gatillo, sintió temblar su brazo. Los gruesos guantes de piel que llevaba le servían de estorbo, por lo que se los quitó al momento y asió el arma con mano más segura.

De repente lanzó un grito de dolor. El tegumento de sus dedos, abrasados por la frialdad del cañón, quedó adherido a él; el arma cayó al suelo, y salió el tiro, perdiéndose en el espacio su última bala.

Al oír el estampido, el doctor acudió, y al momento lo comprendió todo. Vio al animal marcharse tranquilamente y a Johnson, desesperado, que no pensaba siquiera en sus padecimientos.

– ¡Soy una verdadera señorita! –exclamaba– . ¡Un niño que no sabe soportar un dolor! ¡Yo!

¡Yo! ¡Y a mi edad!

– Vamos, Johnson –le dijo el doctor–, retiraos, vais a quedar helado; tenéis ya las manos blancas. ¡Venid! ¡Venid!

– ¡Soy indigno de vuestros cuidados, señor Clawbonny! –respondía el contramaestre–. ¡Dejadme!

– ¡Seguidme y no seáis terco! ¡Seguidme!

¡Dentro de un momento será ya tarde!

Y el doctor, arrastrando hacia la tienda al viejo marino, le hizo sumergir las manos en agua que el calor de la estufa mantenía líquida, aunque fría, pero al contacto de las manos de Johnson, quedó helada inmediatamente.

– Ya veis –dijo el doctor– cuánto apremiaba el tiempo; si hubiésemos tardado un poco más, hubiera tenido que proceder a la amputación.

Gracias a sus cuidados, todo peligro había desaparecido al cabo de una hora, pero no sin trabajo, pues hubo necesidad de repetidas fricciones para restablecer en los dedos del viejo marino la circulación de la sangre.

El doctor recomendó a Johnson que no acercase las manos a la estufa, pues el calor hubiera acarreado graves accidentes.

Aquella mañana no hubo almuerzo. No quedaba una pieza de pemmican, ni de carne salada, ni siquiera de galleta. Todas las provisiones estaban reducidas a media libra de café, con cuya infusión tuvieron los náufragos que contentarse, y se pusieron en marcha.

– ¡No hay ya ningún recurso! –dijo Bell a Johnson, con un acento indecible de desesperación.–¡Tengamos confianza en Dios! –dijo el viejo marino–. Es omnipotente y puede salvarnos.

– ¡Ah! ¡Ese capitán Hatteras –repuso Bell–, ha podido salir con vida de sus primeras expediciones, el insensato, pero en ésta se queda, y no volveremos a ver nuestro país!

– ¡Valor, Bell! Confieso que el capitán es un hombre audaz, pero hay junto a él otro hombre fecundo en recursos.

– ¿El doctor Clawbonny? –dijo Bell.

– ¡El mismo! –respondió Johnson.

– ¿Qué puede hacer en una situación semejante? –replicó Bell, encogiéndose de hombros– ¿Convertirá estos témpanos en pedazos de carne? ¿Es un dios para hacer milagros?

– ¡Quién sabe! –respondió el contramaestre a las dudas de su compañero–. Yo tengo confianza en él.

Bell meneó la cabeza y cayó de nuevo en una completa taciturnidad, durante la cual ni siquiera pensaba.

En aquel día se anduvieron apenas tres millas. Por la noche tampoco se comió; los perros querían devorarse unos a otros, y los hombres experimentaban con violencia los dolores del hambre.

No se vio animal alguno, ni tampoco hubiera servido de nada verlo, careciendo de municiones. Sólo Johnson, a una milla a sotavento, creyó reconocer el oso gigantesco que seguía a la desgraciada comitiva.

«¡Nos acecha! –dijo para sí–. ¡Ve en nosotros una presa segura!»

Pero Johnson no dijo nada a sus compañeros. Por la noche se hizo el alto de costumbre, y la cena no se compuso más que de café. Los desventurados sentían extraviarse sus miradas, entorpecerse su cerebro, y, atormentados por el hambre, no podían hallar una hora de sueño.

Extrañas y dolorosas apariciones asaltaban su imaginación enferma.

En una latitud en que el cuerpo pide imperiosamente confortativos, los desgraciados, cuando llegó la mañana del martes, habían pasado treinta y seis horas sin probar un bocado.

Animados, sin embargo, por una voluntad y un valor sobrehumanos, volvieron a emprender su camino, empujando el trineo, que los perros no podían ya arrastrar.

Al cabo de dos horas cayeron aniquilados.

Hatteras quería seguir adelante. Él, siempre enérgico, recurrió a los ruegos y a las súplicas para obligar a sus compañeros a levantarse, pero se empeñaba en lo imposible.

Entonces, con el auxilio de Johnson, talló en un iceberg una casa de hielo. Aquellos dos hombres, trabajando asiduamente, estaban, al parecer, cavando su tumba.

– Quiero morir de hambre –decía Hatteras–, pero no de frío.

Después de crueles fatigas, quedó la casa concluida y toda la comitiva se embutió en ella.

Así pasó aquel día. Por la noche, mientras sus compañeros permanecían inmóviles, Johnson tuvo una especie de alucinamiento; vio gigantescos osos.

Esta palabra, repetida por él con frecuencia, llamó la atención del doctor, el cual saliendo de su entorpecimiento, preguntó al viejo marino por qué hablaba de osos y de qué osos se trataba.

– El oso que nos sigue –respondió Johnson.

– ¿El oso que nos sigue? –repitió el doctor.

– ¡Sí, de dos días a esta parte!

– ¡De dos días a esta parte! ¿Lo habéis visto? –Sí, está a una milla a sotavento.

– ¿Y no me lo habéis prevenido, Johnson?

– ¿De qué hubiera servido?

– Decís bien –contestó el doctor–; no tenemos ni una bala para darle un susto.

– ¡Ni siquiera un pedazo de hierro, un clavo cualquiera! –respondió el viejo marino.

El doctor calló y empezó a reflexionar.

Luego dijo al contramaestre:

– ¿Estáis seguro de que el animal nos sigue?

– ¡Sí, señor Clawbonny, cuenta con un banquete de carne humana! ¡Sabe que no podemos escaparnos!

– ¿Qué estáis diciendo? –exclamó el doctor, conmovido por el acento desesperado de su compañero.

– ¡Está seguro de saciar en nosotros su hambre! –replicó el desgraciado, que estaba casi delirando–. Está hambriento, y no sé por qué le hacemos esperar tanto.

– ¡Johnson, calmaos!

– No, señor Clawbonny; puesto que al fin y al cabo nos ha de comer, ¿por qué prolongamos la ansiedad de ese pobre animal? Está hambriento como nosotros, sin encontrar una foca en que hincar el diente. ¡El cielo le envía hombres! Pues bien, ¡tanto mejor para él!

El viejo Johnson estaba como loco. Quería abandonar la casa de hielo. El doctor pudo difícilmente contenerle, y, si lo consiguió, no tanto lo debió a la fuerza como a las siguientes palabras, que pronunció con un acento de convicción profunda:

– ¡Mañana mataré al oso!

– ¡Mañana! –repitió Johnson, que parecía despertar de un mal sueño.

– ¡Mañana!

– ¡No tenéis bala!

– La haré.

– ¡No tenéis plomo!

– No, pero tengo mercurio.

Y sin decir más, el doctor cogió el termómetro, que marcaba en el interior de la casa 50° sobre cero (+10° centígrados). El doctor salió, colocó el instrumento encima de un témpano y volvió a entrar. La temperatura era de 50° bajo cero (-47° centígrados).

– Hasta mañana –dijo el viejo marino–.

Dormid y aguardaremos la salida del sol.

La noche se pasó con las molestias del hambre. El contramaestre y el doctor fueron los únicos que pudieron templarlas algo, porque tenían un poco de esperanza.

Al día siguiente, a los primeros rayos del alba, el doctor, seguido de Johnson, se precipitó fuera y corrió a ver el termómetro, cuyo mercurio se había refugiado todo en la parte inferior del tubo, bajo la forma de un cilindro compacto. El doctor rompió el instrumento, y con sus dedos prudentemente resguardados por el guante, sacó un verdadero pedazo de metal, muy poco maleable y sumamente duro. Era una verdadera bala.

– ¡Ah, señor Clawbonny! –exclamó el contramaestre–. ¡Esto es maravilloso! ¡Sois un grande hombre!

– No, amigo mío –respondió el doctor–; no soy más que un hombre dotado de buena memoria y que he leído mucho.

– ¿Qué queréis decir?

– Me he acordado con oportunidad de un hecho referido por el capitán Ross en la relación de su viaje. El capitán Ross dice que atravesó una plancha del grueso de una pulgada con un fusil cargado con una bala de mercurio helado.

Si hubiese tenido aceite a mi disposición, no hubiera tenido necesidad de mercurio, pues cuenta el mismo capitán que una bala de aceite de almendras dulce, disparada contra un poste, lo rajó y chocó de rebote en tierra sin romperse.

– ¡Eso no es creíble!

– Pero es verdad, Johnson. He aquí, pues, un pedazo de metal que puede salvarnos la vida. Dejémoslo expuesto al aire antes de servirnos de él, y veamos si el oso tiene aún paciencia para aguardarnos.

En aquel momento salió Hatteras de la choza. El doctor le mostró la barra y le dio a conocer su proyecto. El capitán le apretó la mano, y los tres cazadores empezaron a observar el horizonte.

El tiempo estaba muy claro. Hatteras, que andaba delante de sus compañeros, distinguió al oso a menos de seiscientas toesas.

El animal, sentado sobre sus patas traseras, balanceaba tranquilamente la cabeza, aspirando las emanaciones de aquellos huéspedes insólitos.

– ¡Allí está! –exclamó el capitán.

– ¡Silencio! –dijo el doctor.

Pero el enorme cuadrúpedo, cuando distinguió a los cazadores, no se movió. Los miraba sin miedo y sin cólera. Sin embargo, debía de ser muy difícil acercarse a él.

– Amigos míos –dijo Hatteras–, no se trata de proporcionarnos un vano placer, sino de salvar nuestra existencia. Obremos con prudencia. –¡Sí! –respondió el doctor–. ¡No tenemos a nuestra disposición más que un solo tiro, y, si no lo aprovechamos, el animal se nos escapará y estará perdido para nosotros, pues ya sabéis que corre más que una liebre.

– Pues bien –respondió Johnson–, es menester ir derecho a él. ¡Se arriesga la vida! ¿Qué importa? Dejadme arriesgar la mía.

– ¡La mía será! –exclamó el doctor.

– ¡La mía! –respondió sencillamente Hatteras. –¡Cómo! –exclamó Johnson–. ¿No sois vos acaso más útil para la salvación de todos que este pobre viejo que no sirve ya para nada?

– No, Johnson –repuso el capitán–. Dejadme hacer, yo no arriesgaré mi vida más que lo absolutamente necesario; en caso de apuro, os llamaré para auxiliarme.

– Hatteras –preguntó el doctor–, ¿vais, pues, a salir al encuentro del oso?

– Si estuviese seguro de derribarlo, aunque supiese que me había de hacer pedazos, me dirigiría a él resueltamente, pero al acercarme podría evadirse. Es un animal lleno de astucia, y hemos de procurar ser más astutos que él.

– ¿Qué pensáis hacer?

– Ponerme a diez pasos de él, sin que él sospeche mi presencia.

– ¿Y cómo?

– El medio es peligroso, pero sencillo.

¿Conserváis la piel de la foca que matasteis?

– Está en el trineo.

– Volvamos a nuestra casa de hielo, y que Johnson se quede observando.

El contramaestre se puso detrás de un hummock que le ponía enteramente a cubierto de las miradas del oso.

Éste, siempre en el mismo sitio, continuaba sus singulares balanceos, sorbiendo el aire.

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