Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XXIII

EL PABELLÓN DE INGLATERRA

N grito, salido de cuatro pechos, suce- U dió al primer instante de estupor.

– ¡Hatteras! –dijo el doctor.

– ¡Desaparecido! –exclamaron Johnson y Bell.–¡ Perdido!

Miraron alrededor. Nada apareció en aquel mar tumultuoso. Duck ladraba con un acento desesperado, quería precipitarse en medio de las olas, y Bell podía difícilmente contenerle.

– ¡Colocaos en el gobernalle, Altamont –dijo el doctor–, y hagamos cuanto humanamente pueda hacerse para encontrar a nuestro desventurado CÍ pitan!

Johnson y Bell volvieron a sus bancos. Altamont cogió la caña del timón, y la falúa errante se entregó al viento.

Johnson y Bell empezaron a bogar vigorosamente, y se pasó más de una hora en el lugar de la catástrofe. Todas las investigaciones fueron inútiles. El desgraciado Hatteras, arrebatado por el huracán, estaba perdido.

– ¡Perdido! ¡Y tan cerca del Polo! ¡Tan cerca del objeto que no había hecho más que entrever! El doctor gritó, llamó, disparó sus armas;

Duck unía a su voz los más lamentables ladridos; nada respondió a los dos amigos del capitán. Entonces un profundo dolor se apoderó de Clawbonny; su cabeza cayó sobre sus manos, y sus compañeros le oyeron llorar.

En efecto, a aquella distancia de la tierra, sin un remo, sin un pedazo de tabla para sostenerse, Hatteras no podía haber ganado la costa, y si algo suyo llegaba, en fin, a aquella tierra tan deseada, sería su cadáver entumecido y magullado.

Después de una hora de investigaciones, fue preciso tomar de nuevo el camino hacia el Norte, y luchar contra los últimos furores de la tempestad.

El 11 de julio, a las cinco de la mañana, cayó el viento, las olas se apaciguaron poco a poco; recobró el cielo su claridad polar, y, a menos de 3 millas, la tierra se ofreció con todo su esplendor.

Aquel nuevo continente no era más que una isla, o, por mejor decir, un volcán levantado como un faro en el polo boreal del mundo.

La montaña, en plena erupción, vomitaba un diluvio de piedras abrasadoras y de rocas incandescentes; parecía agitarse bajo sacudimientos repetidos como una respiración de gigante; las moles arrojadas subían por el aire a una gran altura, en medio de surtidores de una llama intensa, y arroyos de lava corrían por sus flancos como torrentes impetuosos. Serpientes de llamas se enroscaban entre los peñascos humeantes, ardientes cascadas caían en medio de un vapor purpúreo, y más abajo un río de fuego, formado por mil riachuelos ígneos, se echaba al mar por una hirviente desembocadura. El volcán no tenía, al parecer, más que un cráter único, del cual se escapaba la columna de fuego, cruzada de relámpagos transversales, como si la electricidad desempeñase un papel en aquel magnífico fenómeno.

Encima de las llamas jadeantes ondeaba un inmenso penacho de humo, rojo en su base y negro en su vértice. Se elevaba con una majestad incomparable, y se deshacía pródigamente en anchas y copiosas vueltas.

El cielo, a una gran altura, era de un color ceniciento. La oscuridad experimentada durante la tempestad, y de la cual el doctor no había podido darse cuenta, procedía evidentemente de las columnas de ceniza desplegadas delante del sol como una impenetrable cortina. Entonces se acordó de un hecho semejante ocurrido en 1812 en la isla Barbada, la cual, en pleno día, quedó abismada en profundas tinieblas por la inmensidad de cenizas que arrojaba el cráter de la isla de San Vicente.

Aquel enorme peñasco ignívoro, colocado en medio del Océano, medía 1.000 toesas de elevación, la cual es a poca diferencia la del Hecla.

La línea tirada desde su cima a su base formaba con el horizonte un ángulo de unos 11 grados aproximadamente.

Parecía ir saliendo poco a poco del seno de las olas, a medida que se acercaba la falúa. No presentaba ningún vestigio de vegetación. Ni siquiera tenía una playa, pues sus costados caían al mar como cortados a pico.

– ¿Podremos atracar? –dijo el doctor.

– El viento nos arrastra –respondió Altamont.

– ¡ Pero yo no veo un pedazo de playa en qué poder sentar el pie!

– Así parece desde lejos –respondió Johnson–; pero hallaremos donde anclar nuestra embarcación, y es todo lo que necesitamos.

– ¡Vamos, pues! –respondió melancólicamente el doctor.

Clawbonny no tenía ya miradas para aquel extraño continente que se levantaba ante sus ojos. ¡La tierra del Polo estaba allí; pero no el hombre que la había descubierto!

A 500 pasos de las rocas, el mar hervía bajo la acción de los fuegos subterráneos. La isla que él rodeaba podía tener, todo lo más, de ocho a diez mil millas de circunferencia, y se hallaba, según cálculo. muy cerca del Polo, si es que no pasaba exactamente por ella el eje del mundo.

En las inmediaciones de la isla, los navegantes notaron un ancón en miniatura suficiente para el abrigo de una embarcación, y se dirigieron a él inmediatamente, con el miedo de hallar el cuerpo del capitán arrojado a la costa por la tempestad.

Sin embargo, difícil parecía que allí reposase un cadáver. No había playa, y el mar azotaba escuetas rocas. Una ceniza densa y virgen de toda huella humana cubría su superficie más allá del alcance de las olas.

En fin, la falúa se deslizó por una abertura estrecha entre dos rompientes a flor de agua, y allí se encontró perfectamente libre de la resaca.

Duck multiplicó entonces sus lamentables aullidos.

El pobre animal llamaba al capitán en su lenguaje conmovido, y se lo pedía a aquel mar sin piedad a aquellas rocas sin eco. Ladraba en vano, y el doctor le acariciaba con la mano sin poderle calmar, cuando el fiel perro, como si hubiese querido remplazar a su amo, dio un salto prodigioso y se lanzó a las rocas en medio de un polvo de ceniza que formó una nube en torno suyo.

– ¡ Duck, aquí! ¡Aquí, Duck! –gritó el doctor.

Pero Duck desapareció sin hacerle caso. Se procedió entonces al desembarque; Clawbonny y sus tres compañeros saltaron a tierra, y amarraron sólidamente la falúa.

Altamont se disponía a encaramarse por un montón enorme de piedras, cuando a alguna distancia resonaron los aullidos de Duck con insólita energía. Aquellos aullidos no expresaban cólera, sino dolor.

– ¡Escuchad! –dijo el doctor.

– ¿Algún animal extraviado? –dijo el contramaestre.

– ¡ No, no! –respondió el doctor estremeciéndose–. ¡Estos aullidos son quejumbrosos!

¡Son un llanto! Allí está el cuerpo de Hatteras.

A estas palabras, los cuatro viajeros se lanzaron en pos de Duck, en medio de las cenizas que les cegaban, y llegaron al fondo de una pequeña cala, de un espacio de 10 pies, en la cual las olas morían insensiblemente.

Allí, Duck aullaba junto a un cadáver envuelto en el pabellón de Inglaterra.

– ¡Hatteras! ¡Hatteras! –exclamó el doctor precipitándose hacia el cuerpo de su amigo.

Pero prorrumpió luego en una exclamación que no es susceptible de expresarse.

Aquel cuerpo ensangrentado, exánime en apariencia, acababa de palpitar bajo su mano.

– ¡Vivo! ¡Vivo! –exclamó.

– Sí –dijo una voz débil–, vivo, en la tierra del Polo, a la que me ha arrojado la tempestad.

¡Vivo, en la isla de la Reina!

– ¡Hurra! ¡Por Inglaterra! –gritaron de acuerdo los cinco hombres.

– ¡Y por América! –repuso el doctor, tendiendo una mano a Hatteras y otra al americano. También Duck gritaba hurras a su manera, que valía tanto como otra cualquiera.

Durante los primeros instantes, aquellos valientes se entregaron no más que a la alegría de volver a ver a su capitán, y sus ojos estaban inundados de lágrimas.

El doctor se aseguró del estado de Hatteras. El capitán no estaba herido gravemente.

El viento le había arrojado a la costa, cuyo abordaje era muy peligroso. El intrépido marino, varias veces echado mar adentro, consiguió al fin, a fuerza de energía, asirse a una roca, y pudo izarse encima de las olas.

Allí perdió el conocimiento, después de haberse envuelto en la bandera de Inglaterra, y volvió en sí entre las caricias de Duck y sus aullidos de queja.

Después de los primeros cuidados, Hatteras pudo levantarse, y apoyado en el brazo del doctor, tomó el camino del ancón en que estaba la falúa.

– ¡ El Polo! ¡ El Polo Norte! –repetía andando. –¿Sois feliz? –le decía el doctor.

– ¡Sí, feliz! Y vos, amigo mío, ¿no sois feliz también? ¿No os llena de alegría el encontraros aquí? ¡ Esta tierra que pisamos es la tierra del Polo! ¡ Este mar que hemos atravesado es el mar del Polo Norte! ¡Este aire que respiramos es el aire del Polo! ¡Oh! ¡El Polo Norte, el Polo Norte!

Hablando así, Hatteras estaba dominado por una exaltación violenta, por una especie de calentura, y el doctor trató en vano de tranquilizarle. Sus ojos brillaban de una manera extraordinaria, y sus pensamientos hervían en su cerebro. Clawbonny atribuyó su estado de sobreexcitación a los espantosos peligros que el capitán acababa de arrostrar.

Hatteras tenía mucha necesidad de reposo, y se buscó un sitio a propósito para acampar.

No tardó Altamont en hallar una gruta formada de peñascos que, al caer, se habían colocado de modo que constituían una caverna.

Johnson y Bell metieron en ella las provisiones y soltaron los perros groenlandeses.

A cosa de las once estuvo dispuesta la comida. La tela de la tienda sirvió de mantel y la comida, compuesta de pemmican, de carne salada, de té y de café, estaba puesta en tierra y aguardando a los viajeros.

Pero antes Hatteras exigió que se levantase el plano de la isla, pues quería saber exactamente a qué atenerse respecto de su posición.

El doctor y Altamont tomaron entonces sus instrumentos, y obtuvieron por observación, precisando la posición de la grata, 89° 59' 15" de latitud. La longitud, a aquella altura, no tenía la menor importancia, porque algunos centenares de pies mas arriba, todos los meridianos se confundían.

En realidad, pues, la isla se hallaba situada en el Polo Norte, y los 90° de latitud no se hallaban de allí más que a 45 segundos, exactamente a tres cuartas partes de milla, es decir, hacia la cima del volcán.

Cuando Hatteras conoció este resultado, quiso que se consignase en un acta hecha por duplicado, la cual debía depositarse en un cairn levantado en la costa.

Inmediatamente después de la sesión, el doctor tomó la pluma y redactó el siguiente documento, del cual se conserva un ejemplar en los archivos de la Real Sociedad Geográfica de Londres: «El 11 de julio de 1861, a los 89° 59' 15" de latitud septentrional, ha sido descubierta la isla de la Reina, en el Polo Norte, por el capitán Hatteras, que mandaba el bergantín Forward, de Liverpool, el cual firma, e igualmente sus compañeros.

»Se suplica al que encuentre este documento, que lo haga llegar al Almirantazgo.

»Firmado: JOHN HATTERAS, comandante del Forward; doctor CLAWBONNY; ALTA- MONT, comandante del Porpoise; JOHNSON, contramaestre; BELL, carpintero.»

– ¡Y ahora, amigos míos, a comer! –dijo alegremente el doctor.

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