Agencia Thompson y Cia.

CAPÍTULO XXIV

EN EL QUE THOMPSON SE TRANS-

FORMA EN ALMIRANTE L A noche transcurrió bastante bien para los pasajeros del Seamew. A falta de los desaparecidos lechos, la arena elástica se mostró muy favorable al sueño.

Eso no obstante, la primera luz del alba despertó a los más indolentes. Todos en un instante se levantaron, ansiosos de conocer lo que debían temer o esperar de las circunstancias.Con una mirada pudieron apreciar la verdad: por todas partes la más absoluta soledad.

Ante ellos, el mar, sin una vela. Por encima del agua surgía el extremo de los mástiles del Sea- mew, cuyo cadáver estaba enterrado veinte metros más abajo en su húmeda tumba.

Del otro lado, un desierto que entristecía el ánimo. Habían ellos tocado tierra en una punta estrecha, ligada por el Norte a una tierra desolada, y rodeada por el mar de los otros tres lados, no era aquello más que una lengua de arena, apenas de una milla de anchura.

– ¿Qué socorros podrían esperarse de un país semejante? Preguntábanselo con angustia, sin encontrar respuesta satisfactoria.

Afortunadamente, el capitán Pip velaba por todos.

Tan pronto vio en pie a sus pasajeros, los reunió en torno de él y tomando la palabra expuso brevemente la situación.

Era muy sencilla.

A consecuencia de circunstancias sobre las cuales no convenía insistir, se había ido a parar a la costa Sudoeste de la isla de la Sal, casi a la extremidad de la punta del Naufragio. No ofreciendo ningún recurso la isla de la Sal, tratábase de hallar lo más pronto posible los medios de dejarla.

Por el momento, el capitán había acudido a lo más urgente. Según sus instrucciones, Morgand, acompañado del contramaestre, había partido hacía una hora para el faro elevado en la extremidad de la punta del Sur, a poca distancia del teatro de la catástrofe. Allí recogerían informes y se procurarían víveres ambos emisarios. No había que hacer otra cosa que esperar su regreso.

La comunicación del capitán hizo recordar a sus oyentes que se estaban muriendo de hambre, de lo que se habían olvidado un tanto en el desorden moral en que la aventura les sumiera. Una palabra bastó para despertar el apetito, al que nada había ido a calmar desde hacía cincuenta horas.

Era, no obstante, preciso armarse de paciencia, ya que no había otro medio; resignáronse, pues, los turistas a dar paseos por la playa, y lentamente fueron deslizándose las horas.

Por fortuna, el tiempo continuaba espléndido y el cielo límpido, bajo la influencia de una fresca brisa del Noroeste, que se hacía más fuerte de hora en hora.

Hasta cerca de las ocho no regresaron Roberto y el contramaestre de su expedición, escoltando una carreta, arrastrada por una mula y conducida por un cochero negro.

El cargamento de la carreta, compuesto de las más diversas vituallas, monopolizó en el instante la atención general.

Hubo atropellos, teniendo que intervenir Thompson para que la distribución de los víveres se hiciese en buen orden. Por fin, cada uno recogió su parte, y durante largo tiempo reinó un perfecto silencio, turbado solamente por el ruido de las mandíbulas.

Piperboom, en especial, estaba soberbio.

Con un pan de cuatro libras en una mano, y toda una pierna de carnero en la otra, subía y bajaba sus antebrazos con la regularidad de una máquina de vapor. A pesar de su ansia personal, los compañeros del holandés quedaron paralizados de admiración y extrañeza viendo aquel engullir mecánico. «Va a ponerse enfermo», pensó temerosamente más de uno.

Pero Piperboom se preocupaba muy poco del efecto que producía. Sus manos continuaban el imperturbable vaivén, disminuyendo progresivamente y de concierto el pan y el enorme trozo de carnero, llegando a desaparecer a un mismo tiempo. Frotóse entonces las manos Piperboom y encendió su vasta pipa, sin parecer hallarse preocupado ni molesto en lo más mínimo.

Mientras los pasajeros y tripulantes satisfacían su apetito, el capitán, por mediación de Roberto, celebraba una conferencia con el indígena propietario de la carreta.

No fueron muy tranquilizadores los informes obtenidos.

La isla de la Sal no es en cierta manera más que una estepa de 233 kilómetros cuadrados en la cual, menos de un siglo antes, no vivía ningún ser humano. Afortunadamente para los náufragos, un portugués, cincuenta años antes, tuvo la idea de explotar las salinas, a las que debe la isla su nombre y aquella industria había atraído a un millar de habitantes aproximadamente. Los unos eran pescadores y los otros, que constituían la mayoría, eran obreros de las salinas; pero no se habían agrupado lo suficiente para llegar a formar una ciudad. No obstante, al borde de la bahía Mordeira, excelente anclaje sobre la costa Oeste de la isla, algunas casas habían formado ya una aldea. En esa aldea, distante apenas quince kilómetros, era donde se hallarían socorros, si los había.

Habiendo recibido estos informes, Thompson marchó en el acto con el indígena al objeto de reunir vehículos bastantes para conducir personas y equipajes.

Mientras llegaban, los pasajeros tuvieron que comenzar de nuevo sus paseos de la mañana. Pero ahora la satisfacción de los estómagos desataba las lenguas, y cada uno de ellos dio rienda suelta a sus pensamientos e impresiones.

Los unos estaban tranquilos; aquéllos, tristes; los de más allá, furiosos.

Hecho excepcional: la cara de Absyrthus Blockhead no expresaba, como de costumbre, una satisfacción sin límites.

Sí; el respetable tendero honorario estaba melancólico, preocupado, cuando menos, lanzando miradas a todas partes, como si hubiese perdido algo. Al fin no pudo resistir más, y dirigiéndose a Roger de Sorgues, que le inspiraba una confianza especial:

– ¿No es verdad, caballero, que nosotros nos encontramos en el archipiélago de Cabo Verde?

– Sí, señor –respondió Roger, sin saber dónde querría ir aparar.

– Entonces, caballero, ¿dónde está el cabo?

– exclamó Blockhead con explosión.

– ¿El cabo...? ¿Qué cabo?

– El Cabo Verde. ¡ Pardiez! No todos los días tiene uno ocasión de ver un cabo verde; y yo quisiera enseñar éste a Abel.

Reprimió Roger a duras penas una violenta gana de reír.

– ¡Ay, señor! Fuerza será que usted tenga que lamentarlo –dijo, tomando un aspecto triste y desolado–. Abel no verá el Cabo Verde.

– ¿Por qué? –preguntó Blockhead, abatido.

– Está en reparación –dijo fríamente Roger.

– ¿En reparación?

– Sí; su color comenzaba a desteñirse, y se le ha transportado a Inglaterra para volverlo a pintar.

Blockhead miró a Roger con aire indeciso;

pero éste mantuvo heroicamente su seriedad, y el tendero honorario quedó entonces totalmente convencido.

– ¡Ah! –dijo solamente con tono de lamento–, [En verdad, caballero, que tenemos nosotros bien poca suerte!

– ¡En efecto! –aprobó Roger, escapando, en tanto que su compañero volvía junto a los suyos.

En medio de los furiosos, naturalmente, hacíanse notar Baker y Hamilton. En verdad que todo se declaraba en su favor. ¿De dónde provenían todas aquellas desgracias, sino de la avaricia y de la ligereza de Thompson? Era esa una tesis irrefutable. Así, pues, el grupo que rodeaba a Baker contaba con la mayoría de los pasajeros. A todos les predicaban la guerra para el día en que, por fin, se estuviese en Inglaterra, y sus belicosas diatribas no dejaban de hallar eco.

Había él tropezado en Johnson con un aliado inesperado; este pasajero, tranquilo hasta entonces, parecía ahora arrebatado por el furor, gritaba más alto que el mismo Baker, vomitaba injurias contra Thompson y su agencia, y repetía hasta la saciedad el juramento de llevar a Thompson ante todas las jurisdicciones inglesas.

– Este borracho hidrófobo y geófobo está exasperado por haber tenido, quisiera o no, que venir a tierra –dijo, riendo, Roger, que observaba de lejos el grupo en ebullición.

Sobre Roger no podían causar impresión ni la cólera ni la tristeza; su buen humor se sobreponía a todo; hubiera estado alegre en una batalla, lo estaría hasta en el momento de morir.

Estábalo, por ende, en aquella isla desnuda, donde la suerte le había arrojado.

Su observación había hecho reír a Dolly.

– ¡Pobre señor! –dijo–. [Cómo debe de sufrir por el desorden que reina en el servicio!

– Es el único que tiene el derecho de quejarse – afirmó seriamente Roger–; en él, al menos, se comprende. ¡Pero los demás...! ¿Qué mal puede causarles todo esto? Por mi parte, encuentro este viaje totalmente delicioso. He ahí a nuestro barco de vela convertido en submarino, y espero con impaciencia el momento en que se convierta en globo.

– ¡Viva el globo! –dijo Dolly batiendo palmas.

– El globo me parece muy improbable –hizo observar con melancolía Roberto–, El fin del Seamew marca el de nuestro viaje. Ahora vamos a dispersarnos, según los medios que se nos ofrezcan para regresar a Inglaterra.

– ¿Por qué dispersarnos? –respondió Alice– . Thompson repartirá, según creo, a sus pasajeros, y nos embarcará a todos en el primer paquebote que salga.

– Los pasajeros, seguramente –replicó Roberto–; pero la tripulación y un servidor de ustedes, ya es otra cosa.

– ¡Bah, bah...l –dijo Roger–. Esperemos, antes de preocuparnos, a que se haya encontrado el paquebote, y en el cual creo yo bien poco;

sería demasiado sencillo. Me atengo al globo, que me parece infinitamente más probable.

Hacia la una de la tarde volvió Thompson, llevando consigo una veintena de carretas de todos modelos, pero uniformemente tiradas por mulas y guiadas por negros. En seguida se comenzó a cargar los equipajes.

El administrador general se mostraba menos abatido de lo que pudiera suponérsele en semejantes circunstancias. Su buque perdido, la repatriación de cerca de cien personas que pagar de su bolsillo; había en ello bastante para entristecer al hombre más jovial; Thompson, sin embargo, no parecía sumamente contristado.

Es que la desgracia no dejaba de ofrecer algunas compensaciones. SÍ bien la obligación de atender a los gastos de un centenar de pasajeros constituía un gran disgusto, la pérdida total del Seamew era, por el contrario, una gran fortuna.

Bien asegurado en compañías de reconocida solvencia, ya se encargaría Thompson de que el viejo buque fuese pagado como si hubiera sido nuevo. El naufragio, de esa suerte, resultaría una fructuosa operación, y el administrador general no dudaba de que obtendría al fin y al cabo un importante beneficio.

La agencia se embolsaría sin remordimientos ese beneficio. Vendría a aumentar la suma, bastante redondeada ya, que una infatigable economía había permitido guardar en aquella bolsa de cuero que Thompson llevaba en bandolera desde que habían llegado a tierra. En aquella bolsa se habían encerrado los 62.500 francos entregados por los pasajeros, incluso el medio billete del joven Abel, a la salida. Desde entonces, verdad es, algunos billetes –bien pocos después de todo– habían salido de ella, para el carbón, las excursiones de los pasajeros y los gastos de a bordo. Quedaba ahora que pagar a la tripulación y los empleados, entre los cuales se encontraba Roberto Morgand.

Thompson iba a cumplir aquella formalidad tan pronto como se llegase a la aldea, donde, por pobre que fuese, siempre se hallarían tintero y plumas, la suma que entonces quedara sería muy respetable, y a ella se añadiría más tarde el beneficio del seguro.

Poco después de las dos pusiéronse en camino los turistas, en carruaje los unos y a pie los otros. Por aquel suelo arenoso, tres horas se necesitaron para llegar a la bahía Mordeira.

Algunas casas, cuyo conjunto apenas si merecía el nombre de aldea, alzábase, en efecto, allí sobre la costa del Norte.

En esa parte de la isla la naturaleza tenía un aspecto menos siniestramente árido. El terreno mostraba algún leve verdor y varias rocas rompían la monotonía del arenoso suelo.

Apenas llegaron, Thompson, instalado en un miserable albergue, procedió al arreglo que decidiera. Cada uno recibió lo que se le debía, ni más ni menos, y Roberto en algunos minutos se encontró con una riqueza de 150 francos.

Durante ese tiempo, los pasajeros, errando por la playa, examinaban el mar con inquietud.

Roger tenía razón al permitirse abrigar dudas respecto al paquebote en situación de partir; ni un buque se hallaba anclado en la bahía de Mordeira, en que sólo se balanceaban algunos barcos de pesca. ¿Qué iba a suceder si tenían que prolongar su permanecía en tan miserable aldea, y en medio de una población negra, en la cual todavía no se había descubierto un solo representante de la raza blanca?

Experimentaron algún alivio cuando vieron reaparecer a Thompson, a quien rodearon en el acto, preguntándole con impaciencia respecto a la decisión que había tomado.

Pero Thompson no había tomado ninguna, según confesó ingenuamente, añadiendo que le faltaban las bases más rudimentarias para tomar un partido. Roberto, conocedor afortunadamente de su «Guía», pudo procurarle algunas sumarias indicaciones, y Thompson escuchó con un placer completamente nuevo aquellos informes que ya no le costaban nada.

El archipiélago de Cabo Verde, según explicó Roberto a su auditorio, se compone de gran número de islas o de islotes divididos en dos grupos distintos. Las islas de San Antonio,

San Vicente y San Nicolás; los islotes de Santa Lucía, de Blanco y de Raza, dispuestos casi en línea recta, de Norte a Sur, constituyen el primer grupo. Las dos islas de la Sal y de Buenavista forman el segundo con las islas de Maio,

Santiago, Fogo y Brava, más los islotes Rombos.

Toda vez que era imposible permanecer durante algún tiempo en aquella miserable isla de la Sal, convenía saber, en primer término, si había algún paquebote que hiciera pronto escala allí. En caso negativo, lo único que cabía hacer sería el procurar ganar alguna otra isla mejor servida en aquellos barcos de pesca que allí se encontraban anclados.

Entonces se trataría de elegir con discernimiento cuál era la isla preferible.

– Deberíamos ir a San Vicente –decidió Roberto sin vacilar.

Esta isla, en efecto, aunque no es la más grande del archipiélago, ha monopolizado y monopoliza aún el comercio, siendo muchos los buques que hacen escala en su capital. Puerto Grande, cuya población flotante es veinte veces mayor que la local. En aquel puerto, magnífico y muy frecuentado, no transcurrirían veinticuatro horas sin que se ofreciera ocasión de volverse a Inglaterra.

Consultado el capitán, confirmó las aseveraciones de Roberto.

– Tiene usted razón, en efecto –dijo–. Por desgracia, dudo de que sea posible llegar a San Vicente con las barcas que estamos viendo. Con este viento del Noroeste, se necesitarían muchos días. Creo que debemos tratar de ganar una isla que se encuentre en la dirección del viento.

– Santiago, entonces, sin duda alguna –dijo Roberto.

Aun cuando menos comercial que San Vicente, no por eso deja de ser Santiago la mayor isla del archipiélago, con su capital, Praia, que es además un excelente puerto. También allí se encontrarían todas las facilidades precisas para repatriarse, y en cuanto a la distancia, apenas si había diferencia. La única objeción era la insalubridad de esa isla, que le ha valido el sobrenombre de La Mortífera.

– ¡Bah! –dijo Thompson–. Nosotros no pensamos establecernos allí. Un día o dos nada significan; y si nadie se opone...

Ante todo, no obstante, convenía dilucidar la cuestión relativa al paquebote; pero en aquel país semisalvaje, que no tenía trazas de contar con gobernador o con alcalde, no se sabía a quién dirigirse.

Por consejo del capitán, Thompson, escoltado por todos sus compañeros de infortunio, abordó a un grupo de indígenas que contemplaban con curiosidad a los náufragos.

Aquellos no eran negros y sí tan sólo mulatos, producto del cruzamiento de colonos portugueses y antiguas esclavas; por su traje se les reconocía como marineros.

Tomando Roberto la palabra en nombre de Thompson, se dirigió a uno de aquellos mulatos y le preguntó si en la isla de la Sal había algún medio de partir para Inglaterra.

El marinero caboverdiano movió la cabeza;

no existía semejante medio. Durante la estación de los alisios, de octubre a mayo, no faltan los buques, de vela en su mayor parte, en la bahía de Mordeira. Pero en aquella época del año había partido ya el último con su cargamento de sal y muy probablemente no llegaría ningún otro hasta el mes de octubre siguiente.

Resuelto este punto de una manera tan terminante, no se podía vacilar. Los marineros parecieron hallar muy natural el proyecto de ganar otra isla. Sus barcas eran sólidas y en caso necesario habrían hecho más largo viaje.

En lo que concernía a San Vicente, fueron por unanimidad de la opinión del capitán.

– ¿Y Santiago? –insinuó Roberto.

Al escuchar aquel nombre los marineros cambiaron entre sí una mirada. Antes de responder, se tomaron tiempo para reflexionar;

algo les preocupaba, que no confesaban.

– ¿Por qué no? –dijo al fin uno de ellos–,

Eso depende del precio.

– Ese asunto compete al señor –dijo Roberto señalando a Thompson.

– Perfectamente –declaró éste cuando le hubo sido traducida la respuesta del mulato–.

Si el capitán y usted quieren acompañarme, ese marinero nos enseñará las barcas que pueden proporcionarnos y al propio tiempo discutiremos las condiciones del viaje.

Menos de una hora después todo se hallaba arreglado. Para el transporte de los náufragos y sus equipajes el capitán había elegido seis barcas, sobre las cuales juzgaba que era posible arriesgarse sin imprudencia. De común acuerdo, se había fijado la partida para las tres de la mañana, a fin de viajar todo lo posible dentro del día.

Tratábase nada menos que de franquear ciento diez millas y debía contarse con un mínimo de diecisiete horas de travesía.

Nadie, por lo demás, protestó. Se tenía prisa por abandonar aquella isla desolada.

Embarcáronse los equipajes. En cuanto a los pasajeros, después de una grosera comida, pasaron el tiempo como pudieron. Los unos se pasearon por la playa, y los otros trataron de dormitar tendidos en la arena. Ni uno siquiera quiso aceptar la hospitalidad demasiado rudimentaria que aquellas gentes podían ofrecerles.

El momento de la partida halló a todo el mundo en pie. Cada uno ocupó su puesto y las seis barcas, largando sus velas, doblaban rápidamente la punta de las Tortugas. Como se ve,

Thompson ascendía en graduación. De comodoro se transformaba en almirante.

Una hora después de la partida dejábase a babor la punta Sur de la isla de la Sal, y a los rayos del sol naciente asomaba Buenavista en las lejanías.

Por una casualidad, muy rara en aquella época del año, el cielo se mantenía obstinadamente puro. Un viento bastante vivo, que soplaba del Noroeste, hacía correr con velocidad a las seis embarcaciones.

A las ocho de la mañana se cruzó frente a Buenavista; era ésta una tierra baja, de aspecto tan árido como el de la isla de la Sal; un simple banco de arena con algunos picos de basalto en el centro.

Algunas horas más tarde comenzó a dibujarse en el horizonte la cima de San Antonio, pico culminante de la isla de Santiago. Aquel punto, elevado unos 2.250 metros, fue saludado con los «¡hurras!» de los náufragos, a los que indicaba el término, lejano todavía, del viaje.

Aun cuando más próxima, la isla de Maio, mucho más baja que Santiago, no apareció sino después de ésta. Las dos de la tarde eran cuando se descubrieron sus costas arenosas.

Era una nueva edición de la isla de la Sal y de Buenavista; no más que una playa de arena, sobre la que reverberaban los rayos del sol;

apenas si podía creerse que tres mil criaturas humanas viviesen en aquella landa, tan por completo infecunda.

Cansados de contemplar aquella monotonía de tristeza, los ojos se dirigían hacia el horizonte del Sur, donde continuaba perfilándose rápidamente Santiago. Sus rocas cortadas, sus derrumbaderos de basalto, sus barrancos cubiertos de vegetación, recordaban un poco el aspecto de las Azores, y, relativamente a la desolación de los arenales, se encontraba agradable aquella salvaje costa, que antes se juzgaba tan fastidiosa.

A las ocho de la noche se dobló la punta Este, en el momento de encenderse el faro que la corona. Una hora más tarde se distinguió el fuego de la punta de Tamaso que cierra por el occidente el Posto de Praia. Cerca de una hora después penetraban las embarcaciones en el agua más tranquila de la bahía, en cuyo fondo brillaban las luces de la ciudad.

No fue hacia estas luces adonde se dirigieron los marineros caboverdenses, sino que anclaron a una distancia bastante grande de la ciudad.

Roberto se extrañó de ello. Informado por su «Guía», no ignoraba que existe un desembarcadero sobre la orilla occidental. Pero fue inútil cuanto dijo. Por una u otra razón, los mulatos persistieron en su proyecto y comenzaron el transbordo de las personas y de las cosas por medio de chalupas que conducían las dos embarcaciones de los equipajes.

Sucesivamente fueron llevados los pasajeros a un pequeño peñasco situado al pie del promontorio que termina la punta oriental de la bahía.

Según pudo discernir Roberto por las indicaciones de su beadeker, era éste el antiguo desembarcadero, abandonado hoy por completo, y se extrañó más y más del capricho de los transportadores.

La resaca rompía contra aquel peñasco y el desembarque, en medio de aquella oscuridad, de todo tuvo menos de fácil. Hubo más de una caída sobre el resbaladizo granito que las olas pulimentaban desde hacía siglos, y muchos viajeros tomaron un baño involuntario. Poco después de las once la totalidad de los náufragos se hallaba en tierra.

Con un apresuramiento singular, que daba mucho que pensar, las chalupas regresaron a su sitio. Menos de diez minutos después las seis barcas aparejaban, se lanzaban a alta mar y desaparecían en la noche.

En todo caso, si allí había algún misterio, no era tiempo ni lugar de meterse en averiguaciones e intentar comprenderlo. La situación de los pasajeros reclamaba al presente toda su atención. No podían dormir al raso, y, por otra parte, ¿cómo transportar sus cajas, sus maletas, sus baúles, que obstruían la orilla? Preciso fue que el capitán interviniese de nuevo. Conforme a su decisión, dejáronse los equipajes bajo la custodia de dos marineros, y los demás náufragos se pusieron en camino, dirigiéndose a la ciudad, muy distante todavía.

¡Cuan cambiada la brillante columna que Thompson dirigiera en otro tiempo con tan perfecta maestría! Aquello no era más que un rebaño desordenado buscando fatigosamente su camino por aquella costa desolada, erizada de piedras y cubiertas por una espesa noche.

Camino pesado y áspero hasta para los mejores caminantes. Durante más de una hora se siguió un sendero apenas trazado, hundiéndose los pies hasta el tobillo en la arena; luego hubo que subir por un camino escarpado...

Largo tiempo hacía que había sonado la medianoche cuando los turistas, agotados y al cabo de sus fuerzas, se vieron por fin rodeados de casas. En medio de aquel desierto de sombra y de silencio, el hallar suficiente alojamiento para tan gran número de personas constituía un verdadero problema.

Tomóse el partido de dividirse en tres grupos. Uno, bajo la dirección del capitán, comprendía a los tripulantes del difunto buque. El segundo, dirigido por Thompson, contó, naturalmente, a Baker entre sus miembros. El tercero, al fin, se confió al poliglotismo de Roberto.

Este último, cuando menos, al que se habían incorporado Roger y las dos americanas, no tropezó con molestias para encontrar hotel. En pocos minutos Roberto descubrió uno a cuya puerta llamó de manera capaz de despertar a los más obstinados durmientes.

Cuando el hotelero entreabrió su puerta, la vista de tan numerosos clientes pareció llenarle de estupefacción.

– ¿Tiene usted habitaciones que proporcionarnos? –preguntó Roberto.

– ¿Habitaciones? –repitió el hostelero como si estuviera soñando–. ¿Cómo han venido ustedes aquí?

– Como suele venirse; en barco –dijo Roberto con impaciencia.

– ¿En barco? –repitió el portugués en el colmo de la admiración.

– Sí, en barco –afirmó Roberto con enojo–.

¿Qué tiene esto de extraordinario?

– ¡ En barco! –exclamó nuevamente el hotelero–. No se ha alzado, sin embargo, la cuarentena.–¿Qué cuarentena?

– ¡Eh! ¡Por Cristo. .! La de la isla, a la que hace un mes que no ha abordado ningún buque.–¿Qué ocurre, pues, aquí? –preguntó Roberto.–Una violenta epidemia de fiebre perniciosa. Sólo en la ciudad mueren más de veinte personas por día, en una población de cuatro mil almas.

– ¡Por fortuna no estaremos aquí mucho tiempo!

Movió el portugués la cabeza de un modo poco tranquilizador.

– Por el momento voy, si ustedes gustan, a enseñarles sus habitaciones –dijo irónicamente– . Creo que no las dejarán tan pronto. Por lo demás, ustedes mismos verán mañana que cuando se llega a Santiago hay que quedarse en él.

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