CAPITULO XI
UNA BODA EN SAN MIGUEL
EL despertar en la mañana del 25 de mayo fue sumamente moroso a bordo del Sea- mew. Debía haberse partido la víspera, incluso la misma antevíspera, si no se hubiese perdido ni un día antes de llegar a Fayal.
Nadie había pensado en aquellas consecuencias, muy lógicas, no obstante, de los acontecimientos de Tercera. Cuando el Seamew abandonó la rada de Angra ningún otro barco estaba allí atracado. ¿Podía preverse que el Ca- moens llegara tan a tiempo para poder alcanzar a los fugitivos en San Miguel?
Pocos pasajeros aceptaban con tranquilidad aquel nuevo incidente del viaje. La mayor parte no se recataban para manifestar su mal humor, y, no sin alguna injusticia, atribuían a Thompson la responsabilidad de aquel contratiempo, del que era la primera víctima.
¿Qué necesidad había para haber desafiado abiertamente a las autoridades de Tercera? Si se hubiera tratado con mayor circunspección, el negocio habría tomado indudablemente mejor cariz.
¡Más aún! Remontándose a sus orígenes, aparecía evidente la falta de la agencia. Si, olvidando sus compromisos, no se hubiese llegado a Fayal el 18 en vez del 17, se habría dejado a Tercera en la tarde del 20 de mayo, y no se hubieran visto los pasajeros del Seamew mezclados en aquella absurda historia de ladrones, cuya solución no era posible prever.
Los irreconciliables Saunders y Hamilton se mostraban –extraño y sorprendente sería lo contrario–, se mostraban los más ardientes en recriminar acerca de este asunto. Ninguna circunstancia más propia para las manifestaciones de su acariciada puntualidad. En voz alta peroraban en medio de un círculo que aprobaba sus palabras, y en cuya primera línea figuraba, sin dejar de fumar en pipa, Van Piperboom, de Rotterdam.
¿Había comprendido el holandés la desagradable situación en que se hallaba, así como todos sus compañeros? En todo caso, no dejaba de hacer signos aprobatorios al escuchar –sin comprender, por otra parte, una sola palabra– los discursos de los cabecillas de la oposición.
También don Higinio se hacía notar entre los más inflamados, profiriendo palabras violentas. Amenazaba él, portugués, a su propio país con las represalias del Gobierno de Londres. ¿Qué necesidad de marchar tenía aquel caballero portugués? ¿Qué importancia implicaba el retraso para un hombre que, según él, no sabía qué hacer de su tiempo? Cuando Thompson pasaba por delante del grupo hostil, del que Saunders se había constituido en jefe, bajaba humildemente la cabeza. En su fuero interno excusaba el mal humor de sus pasajeros. Proponer a las gentes un agradable viaje de un mes, aproximadamente; hacerles gastar con tal objeto una suma respetable y tenerles después bloqueados en el pueblo de Ponta Delgada, todo ello era para exasperar a los más pacientes.
Un poco más y aquellos mismos que le habían hasta entonces permanecido fieles iban a abandonarle; él lo veía, lo intuía... Sin desahogarse en violentas recriminaciones, como Saunders, Hamilton y sus secuaces, algunos, tales como el clergyman Cooley, habían ya insinuado que si las cosas no se arreglaban rápidamente, renunciarían al viaje empezado y tornarían a Inglaterra en el vapor que pasa mensualmente por San Miguel. Era aquel un síntoma grave.
En presencia de esta imponente oposición,
¿qué partidarios le quedarían a Thompson?
Únicamente la familia Blockhead, que copiaba servilmente el optimismo de su jefe. El excelente tendero honorario ostentaba una faz siempre risueña, y declaraba a quien quería oírle que no se encontraba muy descontento de verse mezclado en complicaciones diplomáticas.
Los Lindsay y Roger permanecían neutrales. Ni adversarios ni partidarios tampoco de la administración. Preocupábanse muy poco por los incidentes que tan hondamente conmovían a sus compañeros. En Ponta Delgada, como en cualquiera otra parte, Alice y Dolly tenían el encanto de su recíproca presencia y podían distraerse con la musa alegre y divertida del oficial francés. Ayudado por las facilidades de la vida de a bordo, habíase éste apoderado fácilmente de una plaza abandonada por el malhumorado y taciturno Jack. Poco después de la partida, ya no se separaban ambas hermanas y él, y su intimidad no dejaba de hacer funcionar las buenas lenguas de sus compañeros. Pero ¿qué les importaba eso a las libres americanas?
Y tampoco Roger parecía cuidarse mucho de las murmuraciones. Sin ningún misterio; hacía aprovecharse a sus compañeros del precioso tesoro de su alegría. Entre Dolly y él, en particular, había una carcajada perpetua. En aquellos instante mismos el nuevo incidente constituía también un pretexto para bromas sin término, y Roger no dejaba de divertirse con un viaje tan bien organizado.
A esta intimidad de los tres pasajeros mezclábase poco a poco Roberto. Cualquiera que fuese su prudente reserva, no se hubiera conducido muy bien resistiendo con demasiado rigor a los avances de su compatriota y de Mrs.
Lindsay, cuya curiosidad habíase despertado acerca de él. Lentamente iba resultando menos salvaje; conversaba y el humilde intérprete, a medida que se dejaba penetrar, y justificaba el halagüeño favor de los pasajeros que le admitían en su compañía. Sin dejar de permanecer prudentemente en su puesto, despojábase, en cierta medida, ante ellos de la librea de que por el momento se había revestido; volvía a ser él, y se abandonaba con frecuencia a pláticas, en las que encontraba un encanto siempre mayor.
Cuando el cataclismo de las Siete Ciudades, había él atribuido al azar las acciones de gracias de Alice Lindsay. Azar en todo caso singularmente ayudado por sus nuevos hábitos, que multiplicaban los encuentros entre ambas hermanas y él.
Pero aun incluyendo a aquellos indiferentes en el número de sus partidarios, veíase Thompson obligado a reconocer que su ejército iba siendo muy reducido, y se torturaba el magín buscando los medios de poner término a una tan lamentable situación.
El primero era, sin duda, el de recurrir al cónsul británico. Desgraciadamente, hacía imposible este medio la prohibición absoluta de comunicar con tierra. Fue en vano el intento realizado cerca del teniente que mandaba las fuerzas de policía a bordo del Seamew. Era menester esperar la requisa. Hasta entonces, nada podía hacerse.
El capitán Pip asistía de lejos al coloquio que dio este resultado. Sin oírlas, adivinaba las palabras de ambos interlocutores, y, lleno de cólera, torturaba sin piedad el extremo de su nariz, en tanto que sus pupilas divergían en un aterrador estrabismo. Ver a su armador reducido a aquella humillación de solicitar la venia de un oficial de policía portugués, aquello rebasaba el entendimiento del bravo capitán. Si Thompson le hubiera consultado, seguramente que el honrado marino le habría aconsejado algún golpe de violencia, como, por ejemplo, salir fieramente en pleno día, enhiesta la bandera, bajo el fuego de los fuertes.
Pero Thompson no pensaba en recurrir a las luces de su capitán. Entregado por entero a la conciliación, esforzábase por contemporizar, dando gusto a todos.
Tarea difícil, si las hay.
Alguien menos paciente era la pobre Thargela. Sin aquellos desdichados incidentes, no habría estado lejos el momento de convertirse en la esposa de Joaquín.
Ganas le entraban de ir a hablar con aquel oficial inflexible, que tal vez lo fuera menos con ella.
No vaciló en arriesgar aquella atrevida prueba cuando vio a Joaquín, llegado a su encuentro, nacerle desde su bote gestos desesperados.
Dirigióse Thargela resueltamente al oficial de policía exponiéndole la situación en que la colocaba el arresto ordenado por el gobernador.
¿Fue la justicia de su causa, fue más bien la resonancia que aquella historia había tenido en toda la isla, o simplemente el efecto de los bellos ojos de la suplicante?
El caso fue que el oficial se dejó convencer, mandó a tierra un emisario que pronto regresó con la orden de desembarcar a Thargela a condición de someterse al llegar a tierra a una revisión minuciosa de sus vestidos y de su persona.
Esta cláusula indicaba, si hubiera sido aún necesario, lo riguroso del bloqueo.
Libre ya la joven azoriana, no tardó en aprovecharse de su libertad. Antes, con todo, tuvo tiempo de ir a dar las gracias a Thompson y a Alice Lindsay, que se había mostrado particularmente favorable a su causa. A ambos invitó gentilmente a acudir al baile de bodas con todos sus compañeros.
Thompson respondió a aquella invitación con débil sonrisa, mientras Alice aceptaba, con las únicas restricciones impuestas por las circunstancias.
Cumplido este su deber de gratitud, Thargela se alejó alegremente.
Cerca de las cuatro una gran embarcación condujo a bordo tres personas que por su aspecto eran fáciles de reconocer como magistrados, acompañados de dos mujeres cuyo futuro papel permaneció incierto. Entre aquellos reconoció Thompson al corregidor con quien se había visto dos días antes.
Éste fue quien tomó la palabra, sin decir mas que una sola, traducida en el acto por Roberto.
– Investigación –dijo poniendo el pie sobre cubierta.
Inclinóse Thompson en silencio y esperó la determinación de sus visitantes que antes de proceder a las pesquisas anunciadas habían lanzado sobre el conjunto del buque una mirada investigadora.
El corregidor invitó a Thompson a hacer subir los pasajeros a cubierta. Como esto se hallaba ya cumplimentado, limitóse Thompson a mostrar con la mano el círculo de inquietas fisonomías que le rodeaba.
– Señores –dijo el corregidor–, un robo estimado en diez mil contos de reís (seis millones de francos) se ha cometido en Tercera. Una prima del uno por ciento, o sean cien contos de reis (sesenta mil francos) ha sido ofrecida al que haga descubrir al ladrón. Eso indica a ustedes la importancia que el Gobierno concede al mismo, que ha causado la indignación de nuestras piadosas poblaciones. En razón de la conducta sospechosa de vuestros armadores y de vuestro capitán –aquí el capitán Pip cambió con Artimón una mirada de lástima y desde lo alto del puente escupió en el mar con desprecio–, se sospecha con vehemencia que el ladrón se halla entre ustedes. Están, pues, interesados, sí quieren evitar toda mala inteligencia, a prestarse dócilmente a las instrucciones que estoy encargado de transmitirles, y que, en caso necesario, haré ejecutar por la fuerza.
El corregidor hizo una pausa; había soltado de una tirada aquel discurso, preparado evidentemente de antemano. En seguida iba a volver a su habitual concisión.
– ¡ Los pasajeros al puente con los oficiales!
– dijo volviéndose a Thompson–, Que suba también la tripulación a cubierta. Serán guardados por mis hombres mientras nosotros procedemos a la visita del buque.
Conforme a esta orden, todos, hasta el capitán, mordiéndose rabiosamente el bigote, se agruparon a cubierta, en tanto que la tripulación se reunía al otro lado. Sólo uno de los pasajeros se separó de los demás y se deslizó, sin que nadie le viera, en el corredor central que conducía a los camarotes.
Aquel pasajero era don Higinio.
¿Qué tenía que hacer en el interior del navío? ¿Por qué aquel portugués era el único que desobedecía las órdenes de la autoridad portuguesa. Tal vez, después de todo, iba sencillamente a buscar a sus dos hermanos, que apenas si habían sido vistos desde su embarco.
– ¿Están todos los pasajeros? –preguntó el corregidor–. Si no, llamad a los que falten.
Obedeció Thompson a ese deseo, pero al llegar a las últimas líneas, fue en vano que llamara a don Higinio, don Jacobo y don Cristóbal de Veiga.
Frunció las cejas el corregidor.
– ¡Haga usted venir a esos señores! – ordenó.
Un criado mandado en su busca volvió pronto con los tres hermanos. Era visible que no se hallaban a gusto. Rojos, congestionados, habríase jurado que salían de una violenta querella.
– ¿Cómo es, caballeros que no están ustedes con sus compañeros? –preguntó el corregidor en tono severo.
Como siempre, fue don Higinio quien respondió en su nombre y en el de sus hermanos.
– Mis hermanos y yo, señor –dijo tranquilamente–, ignorábamos su presencia a bordo.
– ¡Hum! –dijo el corregidor.
Roberto nada dijo. Hubiera, sin embargo jurado que había visto un momento antes al noble portugués mezclado con los demás pasajeros. Prudentemente se guardó para sí esta observación.
Por lo demás, el corregidor no había terminado aún con los hermanos De Veiga.
– ¿Son ustedes portugueses, caballeros? – preguntó.
– En efecto –respondió don Higinio.
– ¿Ha sido en Londres donde han embarcado a bordo de este navío?
– Perdone usted; ha sido solamente en Tercera.
– ¡Hum! –dijo por segunda vez el corregidor, lanzando a don Higinio una penetrante mirada–. Y, seguramente, no tendrá usted en este buque ninguna relación personal...
Hamilton botaba interiormente oyendo aquel increíble interrogatorio. ¿Se habla de esta manera a los gentlemen? No pudo contenerse.
– Perdón, caballero –dijo–; estos señores De Veiga no carecen aquí de relaciones y no les costaría gran trabajo hallar quien respondiera de ellos.
– ¿A quién tengo el honor...? –preguntó el sutil corregidor.
Enderezóse Hamilton con altanería.
– Al baronet sir George Hamilton –dijo con un tono arrogante.
El corregidor no pareció muy conmovido.
– Muy bien, señor muy bien –dijo con bastante descortesía.
En tanto que don Higinio cambiaba con Hamilton un caluroso apretón de manos, había comenzado la investigación; sucesivamente fueron recorriendo todos los departamentos del buque. No quedó un rincón, por oculto que estuviera, que no fuese minuciosa y escrupulosamente explorado.
Dos horas transcurrieron antes de que el corregidor volviese sobre cubierta, reapareciendo por fin minutos después de las seis. La expresión contrariada de su fisonomía mostraba muy a las claras que nada había encontrado.
– Despachemos, despachemos señores – dijo, poniendo el pie sobre cubierta–. Vamos ahora a proceder a la visita del puente y de los aparejos. Durante ese tiempo, estos caballeros y esas señoras tendrán la bondad de dejar inspeccionar sus personas.
Un movimiento de protesta corrió por ¡os pasajeros. La escolta de policía estrechó el círculo.–¡Muy bien, muy bien! Ustedes son libres.
Yo me contentaré con detener a los recalcitrantes y hacerles encarcelar, hasta que el gobernador resuelva. ¡Guardia, comenzad el llamamiento!
Toda resistencia era imposible. Uno tras otro, cada pasajero descendió a su respectivo camarote, en compañía de un agente. Entonces se explicó la presencia de las dos señoras, conducidas por el corregidor.
Este acababa de recorrer el buque. Fueron reconocidos los cordajes e inspeccionado todo, hasta el extremo de los mástiles.
Pero ni el mejor sabueso puede hallar nada allí donde nada hay, y estaba escrito que el desconfiado corregidor volvería de vacío de aquella caza imposible. A las siete todo había sido visto y revisado inútilmente.
– Quedan ustedes libres –dijo agriamente a Thompson encaminándose hacia el portalón.
– ¿Podemos, pues, descender a tierra?
– Perfectamente.
– ¿Y, sin duda, abandonar también la isla?
– Para esto, caballeros –respondió secamente el corregidor–, tendrá usted la bondad de esperar a que hayamos recibido una respuesta al informe que sin pérdida de tiempo vamos a enviar a Tercera.
Y, en tanto que Thompson se quedaba apabullado, el corregidor desapareció, llevando consigo a su escolta de agentes, de visitantes y de señoras.
Sólo diez agentes de policía al mando de un teniente permanecían a bordo, encargados de vigilar el buque embargado.
Durante la comida fueron muy vivas las conversaciones. Con unanimidad era severamente calificada la conducta del Gobierno portugués. ¡ Retener al Seamew antes de la requisa, pase todavía; pero... después!
De todo, no obstante, se cansa el hombre;
de la cólera, lo mismo que lo demás.
Entonces pudo Alice, en medio de una calma relativa, arriesgarse a transmitir a sus compañeros la invitación de la gentil Thargela.
Obligados a permanecer a bordo durante aquel largo día, aceptaron con placer la perspectiva de un paseo nocturno y de un espectáculo original. A poca costa, pues, se obtuvo que todos los pasajeros penetraran hacia las nueve en la sala donde Thargela celebraba con un baile su unión con el amado Joaquín, y en la cual un centenar de hombres y mujeres danzaban a los acordes de un música endiablada.
Grandes aclamaciones acogieron a los ingleses. Sin su presencia no hubiera sido completa la boda. Festéjeseles, por lo tanto, de todo corazón.
Un instante en suspenso, pronto volvieron a comenzar las danzas. Los rigodones sucedían a las polcas, los valses a las mazurcas.
Mas hacia las once alzóse un clamor general:
– ¡La landún, la landún!
A esta señal todos hicieron corro, y Thargela y Joaquín se creyeron en el deber de dar gusto a sus amigos ejecutando aquella danza nacional, por la cual los azorianos de todas las clases tienen una verdadera pasión.
La landún es hermana gemela del bolero español. Los mismos movimientos, las mismas actitudes, los mismos giros y vueltas, los mismos gestos, picarescos y provocativos. Es de creer que Thargela ejecutó hábilmente aquella difícil danza, ya que prolongados aplausos saludaron a la joven pareja cuando las castañuelas callaron.
Hacia medianoche hallábase la fiesta en su período álgido. El vino de Fayal había llevado al colmo la alegría de los bailadores. Los pasajeros del Seamew dispusiéronse a partir.
Antes, sin embargo, Alice Lindsay resolvió poner en ejecución un pensamiento que se le había ocurrido. Ya que el azar les mezclaba en los destinos de aquellos jóvenes, ¿por qué no dar fin a lo que habían comenzado? Thargela, que tan ingenuamente había reclamado su protección, habíala obtenido. Ahora quedaba el poder vivir. Cierto que con un valeroso mancebo como Joaquín tenía el nuevo matrimonio muchas posibilidades de conseguirlo; pero una pequeña suma de dinero, que los turistas reunirían sin esfuerzo, facilitaría en todo caso singularmente el porvenir. Aquello constituiría la dote de Thargela, y Joaquín, su venturoso marido ya, haría al mismo tiempo un buen negocio. Casarse con Thargela, estaba muy bien;
asegurar su porvenir era todavía mejor.
Tendió, pues, la mano Alice para su pequeña protegida y justo es decir que ninguno de sus compañeros le escatimó su óbolo.
Blockhead, el primero, se suscribió por dos libras (cincuenta francos), lo cual es muy razonable para un tendero honorario; y Saunders,
Thompson y Tigg no creyeron poder dar una suma menor.
Johnson hubiera sin duda dado también, si, fiel a su juramento, no hubiera permanecido a bordo del Seamew.
Roger depositó galantemente en manos de la graciosa pasajera cinco luises de oro de Francia.
Hamilton, que, pese a su mal carácter, tenía en el fondo buen corazón, disminuyó en esta ocasión sus capitales en un hermoso billete de cuatro libras (cien francos), que pareció entregado con placer.
Alice dio calurosamente las gracias al generoso baronet; después, continuando su caritativa cuestación, quedó sobrecogida hallándose en frente de Roberto.
Sin decir una palabra, sin mostrarse avergonzado por lo humilde y módico de su ofrenda, con un gesto lleno de gracia altiva entregó a la linda limosnera una pieza portuguesa de mil reis (seis francos); y de pronto sintióse Alice enrojecer hacia la raíz del pelo.
Irritada por esta debilidad, cuya causa no hubiera podido decir, Alice dio las gracias con una inclinación de cabeza, y apartándose rápidamente, pidió al siguiente pasajero.
El pasajero siguiente no era otro que el noble don Higinio. Si Hamilton había hecho las cosas a lo príncipe, don Higinio las hizo a lo rey. Un billete de cuarenta libras (mil francos);
tal fue el don magnífico que entregó a Mrs.
Lindsay. Tal vez puso en ello un poco de ostentación; acaso desplegó el billete de modo que todo el mundo pudiese leer su valor con una lentitud que el buen gusto reprobaba; pero constituía esto un pecado de meridional, y Alice no paró mientes en semejantes bagatelas.
Electrizado por este ejemplo, los demás pasajeros desataron ampliamente los cordones de su bolsa. Nadie negó su ofrenda, mayor o menor, según la respectiva fortuna.
Terminada la cuestación, Alice anunció gloriosamente su resultado: un total de doscientas libras esterlinas (cinco mil francos).
Era un resultado magnífico. Para obtenerlo, para redondear de este modo la suma, había debido imponerse Alice una importante contribución personal; pero no imitó la ostentación vanidosa de don Higinio y nadie supo lo que dio.
Por el mismo sentimiento de modestia voluntaria, no quiso entregar por sí misma a la casada aquella dote inesperada. Encargó de ese cuidado a los jóvenes y salvajes esposos que hacían a bordo del Seamew un tan singular viaje. Por una gran casualidad, hallábanse ellos presentes aquella noche, y la comisión les correspondía de derecho.
La joven inglesa fue la que llevó a su hermana portuguesa la dote que acababa de constituírsele, acompañando el obsequio con un afectuoso beso. No quiso, sin embargo, callar el nombre de la caritativa pasajera a la que en realidad debía Thargela su reconocimiento,
Alice tuvo que soportar las calurosísimas acciones de gracias de Thargela y de su marido.
Cinco mil francos era para ellos la fortuna, y jamás olvidarían a la buena hada que había asegurado su dicha.
También los demás pasajeros tuvieron su parte en aquella explosión de gratitud. Thargela, inundada en llanto, iba de uno a otro, y Joaquín, con la cabeza extraviada, estrechaba manos y manos, rebosante de ventura.
Con todo, era preciso partir.
Gran esfuerzo hubo de costar el calmar la emoción de los recién casados, y los turistas se dirigieron hacia la puerta de la sala, en medio de entusiastas aclamaciones.
Hasta el fin les dieron escolta Joaquín y Thargela, pagándoles centuplicado aquel beneficio con el espectáculo de su deliciosa emoción.
Y cuando al cabo lograron salir, Joaquín y Thargela permanecieron aún en el umbral de la puerta, juntas las manos, abiertos los ojos, mirando difuminarse y desaparecer a aquellos pasajeros de un día, continuando un viaje que, aun cuando no fuera más que por aquella buena acción realizada en un oculto rincón del vasto mundo, no resultaría ya inútil.