El pueblo aéreo

Capítulo VII

La jaula vacía

¿Cómo no felicitarse de que el foreloper hubiese descubierto tan oportunamente una gruta, debida a una disposición natural de la ribera? En el suelo, una arena fina, muy seca. Ni rastro de humedad, ni en las paredes laterales ni en la superior. Gracias a aquel cobijo, sus ocupantes no habían tenido que sufrir una lluvia intensa que no cesó de caer hasta medianoche. Refugio asegurado, pues, en dicho lugar durante todo el tiempo que exigiese la construcción de una balsa.

Por lo demás, soplaba un viento bastante vivo del norte. El cielo se había despejado con los primeros rayos del sol. Se anunciaba una jornada calurosa. Quizá Khamis y sus compañeros acabaran por echar de menos la sombra de los árboles bajo los que habían caminado durante cinco días.

John Cort y Max Huber no ocultaron su buen humor. Aquel río iba a transportarlos sin fatiga, a lo largo de unos cuatrocientos kilómetros, hasta su desembocadura en el Ubangui, del que debía de ser tributario. Así se cubrirían las tres cuartas partes restantes del trayecto en condiciones más favorables.

Este cálculo fue establecido con suficiente exactitud por John Cort, a partir de las observaciones que le proporcionó el foreloper.

Dirigieron entonces la mirada a derecha e izquierda, es decir, al norte y al sur.

Aguas arriba, el curso de agua, que se extendía casi en línea recta, desaparecía, a un kilómetro, bajo la maraña de árboles.

Aguas abajo, la vegetación se apretaba a una distancia más próxima de quinientos metros, donde el río formaba un recodo brusco hacia el sureste. A partir de aquel recodo, la selva recobraba su espesor normal.

A decir verdad, era un amplio claro pantanoso lo que ocupaba aquella porción de la orilla derecha. En la ribera opuesta, los árboles se apiñaban en filas cerradas. Una arboleda muy densa se escalonaba sobre la superficie de un terreno bastante accidentado, y sus copas, iluminadas por el sol naciente, se recortaban en un horizonte lejano.

En cuanto al cauce del río, un agua transparente, de corriente tranquila, lo colmaba a rebosar, arrastrando viejos troncos, manojos de maleza, montones de hierbas arrancadas a las dos riberas, roídas por la corriente.

Lo primero que acudió a la memoria de John Cort fue que había oído la palabra «ngora» pronunciada en las proximidades de la gruta durante la noche. Buscó, pues, ver si alguna criatura humana rondaba por los alrededores.

Que los nómadas se aventuraran a veces a descender aquel río para alcanzar el Ubangui era cosa admisible, sin que de ello se dedujera que el inmenso espacio de la selva, que se extendía hacia el este hasta las fuentes del Nilo, estuviese frecuentado por tribus errantes o habitado por tribus sedentarias.

John Cort no divisó ningún ser humano en las inmediaciones del pantano ni en las orillas del curso de agua.

«He sido víctima de una ilusión —pensó—. Es posible que me haya dormido un instante, y fue en un sueño cuando creí oír esa palabra.»

Así que no dijo nada del incidente a sus compañeros.

– Querido Max —preguntó entonces—, ¿le ha presentado ya a nuestro buen Khamis todas sus excusas por haber dudado de la existencia de este río, de la que él nunca dudó?

– Ha tenido razón frente a mí, John, y me alegro de haberme equivocado, ya que la corriente va a transportarnos sin fatiga hasta las orillas del Ubangui...

– Sin fatiga... no lo afirmaría yo —replicó el foreloper—. Quizá haya cascadas... rápidos...

– Veamos solo el lado bueno de las cosas —declaró John Cort—. Buscábamos un río, aquí está... Pensábamos en construir una balsa, construyámosla...

– Esta misma mañana voy a poner manos a la obra —dijo Khamis—, y, si quiere usted ayudarme, señor John...

– Por supuesto, Khamis. Mientras trabajamos, Max tendrá a bien ocuparse de nuestro avituallamiento...

– Es tanto más urgente —insistió Max Huber— cuanto que no queda nada de comer... Ese glotón de Llanga lo devoró todo anoche...

– ¡Yo... mi amigo Max! —se defendió Llanga, que, tomándoselo en serio, pareció dolido por el reproche.

– ¡Eh, bribón, bien ves que estoy bromeando! Vamos, ven conmigo... Seguiremos la ribera hasta el recodo del río. Con el pantano a un lado y el agua corriente al otro, la caza acuática no faltará ni a derecha ni a izquierda, y, quién sabe, quizá algún buen pez para variar el menú...

– Desconfíe de los cocodrilos... y también de los hipopótamos, señor Max —aconsejó el foreloper.

– ¡Vamos, Khamis, un pernil de hipopótamo asado en su punto no es desdeñable, me parece! ¿Cómo un animal de carácter tan apacible..., un cerdo de agua dulce al fin y al cabo..., no iba a tener una carne sabrosa?

– De carácter apacible, es posible, señor Max, pero, cuando se le irrita, ¡su furia es terrible!

– Pero no se le pueden cortar unos cuantos kilogramos de sí mismo sin exponerse a enfadarlo un poco...

– En fin —añadió John Cort—, si advierte usted el menor peligro, vuelva lo antes posible. Sea prudente...

– Y usted, tranquilo, John. Vamos, Llanga...

– Ve, muchacho —dijo John Cort—, ¡y no olvides que te confiamos a tu amigo Max!

Tras semejante recomendación, se podía tener por seguro que nada desagradable le ocurriría a Max Huber, puesto que Llanga velaría por su persona.

Max Huber tomó su carabina y revisó la cartuchera.

– Economice sus municiones, señor Max... —dijo el foreloper.

– Lo más posible, Khamis. Pero es verdaderamente lamentable que la naturaleza no haya creado el «cartuchero» como ha creado el árbol del pan y el árbol de la manteca de las selvas africanas. Al pasar, uno cogería sus cartuchos como se cogen higos o dátiles.

Con esta observación de una exactitud indiscutible, Max Huber y Llanga se alejaron siguiendo una especie de sendero por debajo de la ribera, y pronto se perdieron de vista.

John Cort y Khamis se ocuparon entonces de buscar maderas apropiadas para la construcción de una balsa. Si no podía ser más que un aparejo muy rudimentario, aún así era preciso reunir los materiales.

El foreloper y su compañero no poseían más que una hachuela y sus navajas de bolsillo. Con semejantes herramientas, ¿cómo atacar a los gigantes de la selva o siquiera a sus congéneres de talla más reducida? Así pues, Khamis contaba con emplear las ramas caídas, que uniría con lianas y sobre las que se dispondría una especie de suelo cubierto de tierra y hierbas. Con unos cuatro metros de largo por dos y medio de ancho, aquella balsa bastaría para el transporte de tres hombres y un niño, que, por lo demás, desembarcarían a las horas de las comidas y de los altos nocturnos.

De esas maderas, cuya caída habían provocado la vejez, el viento o algún rayo, había cantidad en el pantano donde ciertos árboles de esencia resinosa se mantenían aún en pie. La víspera, Khamis se había propuesto recoger en aquel lugar las diversas piezas necesarias para la construcción de la balsa. Comunicó a John Cort su intención y este se declaró dispuesto a acompañarlo.

Tras una última ojeada al río, aguas arriba y aguas abajo, pareciendo todo tranquilo en las inmediaciones del pantano, John Cort y Khamis se pusieron en camino.

No tuvieron que dar más de un centenar de pasos para encontrar un montón de piezas flotables. La dificultad más seria sería, sin duda, arrastrarlas hasta el pie de la ribera. En caso de que fuesen demasiado pesadas para dos personas, no lo intentarían hasta el regreso de los cazadores.

Mientras tanto, todo hacía creer que Max Huber hacía buena caza. Acababa de resonar una detonación, y la puntería del francés permitía afirmar que aquel disparo no debía de haberse perdido. Con toda seguridad, disponiendo de municiones en cantidad suficiente, la alimentación de la pequeña tropa habría estado asegurada durante aquellos cuatrocientos kilómetros que la separaban del Ubangui e incluso para un trayecto más largo.

Ahora bien, Khamis y John Cort estaban ocupados eligiendo las mejores maderas cuando su atención fue atraída por unos gritos procedentes de la dirección que había tomado Max Huber.

– Es la voz de Max... —dijo John Cort.

– Sí —respondió Khamis—, y también la de Llanga.

En efecto, un falsete agudo se mezclaba con una voz varonil.

– ¿Estarán en peligro? —preguntó John Cort.

Ambos atravesaron de nuevo el pantano y alcanzaron la ligera elevación bajo la cual se abría la gruta. Desde aquel punto, dirigiendo la vista aguas abajo, avistaron a Max Huber y al pequeño indígena detenidos en la ribera. Ni seres humanos ni animales en los alrededores. Por lo demás, sus gestos no eran sino una invitación a reunirse con ellos y no manifestaban inquietud alguna.

Khamis y John Cort, tras haber bajado, recorrieron rápidamente trescientos o cuatrocientos metros, y, una vez reunidos, Max Huber se limitó a decir:

– Quizá no necesite tomarse la molestia de construir una balsa, Khamis...

– ¿Y por qué? —preguntó el foreloper.

– Porque aquí hay una ya hecha... en mal estado, es verdad, pero las piezas son buenas.

Y Max Huber señalaba, en un entrante de la orilla, una especie de plataforma, un ensamblaje de maderos y tablones, retenido por una cuerda medio podrida cuyo extremo se enrollaba en una estaca de la ribera.

– ¡Una balsa! —exclamó John Cort.

– ¡Es sin duda una balsa! —constató Khamis.

En efecto, sobre el destino de aquellos maderos y tablones, ninguna duda era admisible.

– ¿Habrán descendido ya indígenas por el río hasta este lugar? —observó Khamis.

– Indígenas o exploradores —respondió John Cort—. Y, sin embargo, si esta parte de la selva del Ubangui hubiese sido visitada, se habría sabido en el Congo o en el Camerún.

– En total —declaró Max Huber—, poco importa; la cuestión es saber si esta balsa, o lo que queda de ella, puede servirnos...

– Sin duda.

Y el foreloper iba a deslizarse hasta el nivel de la ensenada cuando un grito de Llanga lo detuvo.

El niño, que se había alejado unos cincuenta pasos aguas abajo, acudía corriendo, agitando un objeto que sostenía en la mano.

Un instante después entregaba a John Cort dicho objeto. Era un candado de hierro, roído por el óxido, desprovisto de su llave, y cuyo mecanismo, por lo demás, habría sido incapaz de funcionar.

– Decididamente —dijo Max Huber—, no se trata de nómadas congoleños ni de otros a quienes los misterios de la cerrajería moderna sean desconocidos. Son blancos a los que esta balsa ha transportado hasta este recodo del río...

– ¡Y que, habiéndose alejado de ella, no regresaron jamás! —añadió John Cort.

Justa consecuencia que extraer del incidente. El estado de oxidación del candado, el deterioro de la balsa, demostraban que habían transcurrido varios años desde que el uno se había perdido y la otra había sido abandonada al borde de aquella ensenada.

Dos deducciones se desprendían, pues, de este doble hecho, lógico e indiscutible. Así, cuando fueron presentadas por John Cort, Max Huber y Khamis no vacilaron en aceptarlas:

Primera: unos exploradores o viajeros no indígenas habían alcanzado aquel claro tras embarcarse más arriba o más abajo de la linde de la gran selva.

Segunda: dichos exploradores o viajeros, por una razón u otra, habían dejado allí su balsa para ir a reconocer aquella porción de la selva situada en la orilla derecha.

En todo caso, ninguno de ellos había reaparecido jamás. Ni John Cort ni Max Huber recordaban que se hubiese hablado, desde que vivían en el Congo, de una exploración de este tipo.

Si aquello no era lo extraordinario, era cuando menos lo inesperado, y Max Huber tendría que renunciar al honor de haber sido el primer visitante de la gran selva, considerada erróneamente como impenetrable.

Sin embargo, muy indiferente a esta cuestión de prioridad, Khamis examinaba con atención los maderos y los tablones de la balsa. Los primeros se encontraban en bastante buen estado; los segundos habían sufrido más con las inclemencias, y tres o cuatro habría que reemplazarlos. Pero, en fin, construir de punta a cabo un aparejo nuevo resultaba ya innecesario. Unas cuantas reparaciones bastarían. El foreloper y sus compañeros, no menos satisfechos que sorprendidos, poseían el vehículo flotante que les permitiría alcanzar la confluencia del río.

Mientras Khamis se ocupaba de esta tarea, los dos amigos intercambiaban sus ideas a propósito de aquel incidente.

– No hay duda —repetía John Cort—: unos blancos han reconocido ya la parte superior de este curso de agua, unos blancos, eso es indudable... Que esta balsa, hecha de piezas toscas, pudiera ser obra de indígenas, ¡de acuerdo! Pero está el candado...

– El candado revelador... sin contar otros objetos que quizá recojamos... —observó Max Huber.

– ¿Más aún, Max?

– ¡Vamos, querido John! Es posible que encontremos los vestigios de un campamento, del que no hay rastro en este lugar, pues no hay que considerar como tal la gruta donde hemos pasado la noche. No parece haber servido ya de lugar de alto, y no dudo de que hayamos sido los primeros en buscar refugio en ella hasta ahora...

– Es evidente, querido Max. Vayamos hasta el recodo del río...

– Tanto más indicado cuanto que ahí termina el claro, John, y no me sorprendería que un poco más allá...

– ¿Khamis? —llamó John Cort.

El foreloper se reunió con los dos amigos.

– Y bien, ¿esa balsa? —preguntó John Cort.

– La repararemos sin demasiado esfuerzo... Voy a traer las maderas necesarias.

– Antes de ponernos a la tarea —propuso Max Huber—, bajemos a lo largo de la orilla. ¡Quién sabe si no recogeremos algunos utensilios con una marca de fábrica que indique su procedencia! Vendría de perlas para completar nuestra batería de cocina, harto insuficiente... Una cantimplora y ni siquiera una taza ni un cazo...

– ¿No pretenderá usted, querido Max, descubrir una despensa con la mesa puesta para huéspedes de paso?

– No pretendo nada, querido John, pero estamos ante un hecho inexplicable... Tratemos de encontrarle una explicación plausible.

– Sea, Max. ¿No hay inconveniente, Khamis, en alejarse un kilómetro?

– A condición de no pasar del recodo —respondió el foreloper—. Puesto que tenemos la posibilidad de navegar, ahorrémonos las marchas inútiles...

– Entendido, Khamis —replicó John Cort—. Y, mientras la corriente arrastre nuestra balsa, tendremos todo el tiempo de observar si existen rastros de campamento en una u otra orilla.

Los tres hombres y Llanga siguieron la ribera, especie de dique natural entre el pantano y el río.

Sin dejar de caminar, no cesaban de mirar a sus pies, buscando alguna huella, una pisada humana, o algún objeto que hubiese quedado en el suelo.

Pese a un minucioso examen, tanto en lo alto como al pie de la ribera, no se encontró nada. En ninguna parte se hallaron indicios de paso o de alto. Cuando Khamis y sus compañeros alcanzaron la primera fila de árboles, fueron saludados por los gritos de una banda de simios. Aquellos cuadrumanos no parecieron demasiado sorprendidos por la aparición de seres humanos. Huyeron, sin embargo. Que hubiese representantes de la grey simiesca retozando entre las ramas no era para extrañarse. Eran babuinos, mandriles, que se asemejan físicamente a los gorilas, chimpancés y orangutanes. Como todas las especies africanas, no poseían más que un rudimento de cola, ornamento este reservado a las especies americanas y asiáticas.

– Después de todo —hizo observar John Cort—, no son ellos quienes han construido la balsa, y, por inteligentes que sean, todavía no han llegado a usar candados...

– Ni jaulas, que yo sepa... —dijo entonces Max Huber.

– ¿Jaulas? —exclamó John Cort—. ¿A cuento de qué, Max, habla usted de jaulas?

– Es que me parece distinguir... entre los matorrales... a una veintena de pasos de la orilla... una especie de construcción...

– Algún termitero en forma de colmena, como los que levantan las hormigas de África... —respondió John Cort.

– No, el señor Max no se ha equivocado —afirmó Khamis—. Ahí hay... sí... se diría incluso una cabaña construida al pie de dos mimosas, cuya fachada es de enrejado...

– Jaula o cabaña —replicó Max Huber—, veamos qué hay dentro...

– Seamos prudentes —dijo el foreloper— y acerquémonos al amparo de los árboles...

– ¿Qué podemos temer? —repuso Max Huber, a quien un doble sentimiento de impaciencia y curiosidad espoleaba, como de costumbre.

Por lo demás, los alrededores parecían desiertos. No se oía sino el canto de los pájaros y los gritos de los simios en fuga. Ningún rastro antiguo o reciente de un campamento aparecía en el límite del claro. Nada tampoco en la superficie del curso de agua, que arrastraba espesos manojos de hierba. Al otro lado, la misma apariencia de soledad y abandono. Los últimos cien pasos fueron rápidamente cubiertos a lo largo de la ribera, que se curvaba entonces para seguir el recodo del río. El pantano terminaba en aquel punto, y el suelo se secaba a medida que se elevaba bajo la arboleda más densa.

La extraña construcción se mostraba entonces en tres cuartos, apoyada en las mimosas, cubierta por un tejado inclinado que desaparecía bajo una techumbre de hierbas amarillentas. No presentaba ninguna abertura lateral, y las lianas colgantes ocultaban sus paredes hasta la base.

Lo que le daba un aspecto innegable de jaula era la reja, o más bien el enrejado de su fachada, semejante al que, en las casas de fieras, separa a los animales del público.

Aquella reja tenía una puerta, una puerta abierta en aquel momento.

En cuanto a la jaula, estaba vacía.

Es lo que comprobó Max Huber, que fue el primero en precipitarse al interior.

De utensilios quedaban unos cuantos: una olla en bastante buen estado, un cazo, una taza, tres o cuatro botellas rotas, una manta de lana apolillada, jirones de tela, un hacha herrumbrosa, un estuche de gafas medio podrido en el que ya no se dejaba leer un nombre de fabricante.

En un rincón yacía una caja de latón cuya tapa, bien ajustada, debía de haber preservado su contenido, si es que contenía algo.

Max Huber la recogió, intentó abrirla, no lo consiguió. La oxidación hacía que las dos partes de la caja se adhiriesen. Hubo que pasar un cuchillo por la hendidura de la tapa, que cedió.

La caja contenía un cuaderno en buen estado de conservación, y, en la cubierta de aquel cuaderno, estaban impresas estas dos palabras que Max Huber leyó en voz alta:

Doctor JOHAUSEN

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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