Segunda patria

XXIII

SITUACIÓN AGRAVADA - JENNY Y FRITZ NO PIERDEN LA ESPERANZA - PESCAS FRUCTUOSAS - TENTATIVA PARA RECONOCER LA COSTA EN LA PARTE ESTE - EL ALBATROS DE LA ROCA HUMEANTE - TRISTE FIN DEL AÑO.

La situación, peor que nunca, amenazaba agravarse. Mientras estaban a bordo de la embarcación, expuestos a todos los peligros de la mar, el capitán Gould y los pasajeros tenían al menos la probabilidad de ser recogidos por algún navío o de llegar a tierra. No habían encontrado el navío; habían llegado a tierra, ésta era inhabitable, y ahora se debía renunciar a toda esperanza de abandonarla.

– ¡Pero hay que tener en cuenta —dijo John Block a Fritz— que si semejante tempestad nos hubiera cogido en alta mar, nuestra chalupa se hubiera ido a pique con nosotros!

Fritz no respondió nada, y bajo un diluvio de lluvia y granizo fue a refugiarse junto a Jenny, Doll y Suzan, presas ya de la inquietud más viva. Gracias a su orientación en el ángulo del promontorio, el interior de la gruta no se había inundado.

Hacia medianoche, cuando cesó la lluvia, el contramaestre colocó a la entrada un montón de hierba seca, que retiró de una de las cavidades del acantilado. Un fuego vivo secó bien pronto las ropas mojadas por la lluvia y las olas.

Hasta el momento en que se apaciguó la violenta tempestad, en el cielo brillaron los relámpagos sin intermitencia. Al fin cesaron los truenos con el desplazamiento de las nubes arrojadas hacia el norte. Pero los relámpagos continuaron iluminando la bahía, el viento seguía soplando con fuerza y agitando las olas que caían tumultuosamente sobre la playa.

Al amanecer, los hombres salieron de la gruta. Algunas nubes pasaban sobre el acantilado, otras, más bajas, corrían por su superficie. Durante la noche, el rayo lo había herido en dos o tres sitios, y enormes restos de roca yacían en su base: pero no se pudo advertir brecha ni hendidura por las que fuera posible introducirse para ganar la cúspide.

Harry Gould, Fritz y John Block inventariaron lo que restaba del material de la barca. El inventario comprendía el mástil, el trinquete y el foque, las amarras, el aparejo, el timón, los remos, el arpeo y su cadena, las tablas de los bancos y los barriles de agua dulce. La mayor parte de estos objetos, medio rotos, no podrían ser utilizados.

– ¡La desgracia nos ha probado cruelmente! —dijo Fritz—. ¡Todavía, si no tuviéramos con nosotros a esas tres pobres mujeres y a ese niño! ¡Qué suerte les espera en el fondo de esa gruta, que no podemos abandonar…!

François, por mucha que fuese su confianza en Dios, guardó esta vez silencio. ¿Qué podría decir?

John Block se preguntaba si la tempestad no había causado otros desastres a los náufragos (que así podían ser llamados). ¿No era de temer que las tortugas hubieran sido destruidas por las olas, y sus huevos rotos? ¡Qué irreparable pérdida si así había acontecido!

John Block hizo señas a François para que se uniese a él, y le dijo algunas palabras en voz baja. Ambos, después de haber franqueado el promontorio, descendieron a la ensenada que querían visitar.

Mientras que el capitán Gould, Fritz y James recorrían la playa, dirigiéndose hacia el contrafuerte del oeste, Jenny, Doll y Suzan habían vuelto a sus habituales ocupaciones —lo que podría llamarse el arreglo de la casa, si la frase fuera apropiada en aquella deplorable situación—. El pequeño Bob, indiferente a lo que sucedía, jugaba sobre la arena, mientras su madre le preparaba un poco de galleta, cocida en agua caliente. ¡Qué desolación, qué angustia sentía Suzan al pensar en las miserias que su hijo no tendría fuerzas para soportar!

Después de haberlo puesto todo en orden en el interior de la caverna, Jenny y Doll fueron en busca de mistress Wolston, y con gran tristeza comenzaron a hablar. ¿De qué, si no del presente, agravado desde la víspera? Doll y Suzan, más angustiadas que Jenny, no se atrevían a pensar en el porvenir, y de sus ojos brotaba copioso llanto.

– ¿Qué será de nosotros? —dijo Suzan.

– No perdamos la confianza —respondió Jenny— y no desanimemos a nuestros compañeros.

– Y sin embargo —añadió Doll—, ya no es posible partir… y cuando llegue la mala estación…

– A ti, lo mismo que a Suzan, querida Doll, repito que a nada conduce el desanimarse —dijo Jenny.

– ¿Se puede conservar la menor esperanza? —exclamó mistress Wolston que se sentía desfallecer.

– Sí… ¡debéis conservarla…! ¡Es vuestro deber! —dijo Jenny—. Pensad en vuestro esposo, en James, cuya pena aumentaréis con vuestras lágrimas.

– Tú eres fuerte, Jenny —dijo Doll—. Has luchado ya contra la desgracia… Pero nosotras.

– ¿Olvidas —respondió Jenny— que el capitán Gould, Fritz, François y James harán cuanto sea posible para salvarnos?

– Pero ¿lo conseguirán? —dijo Suzan.

– No lo sé, Suzan, pero creo que sí, a condición de que nosotras no debilitemos sus ánimos abandonándonos a la desesperación.

– ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! —murmuró la pobre madre sofocada por los sollozos.

Al ver que su madre lloraba, Bob quedó sorprendido y abrió grandemente sus ojos. Jenny lo colocó sobre sus rodillas, diciéndole:

– Tu mamá estaba inquieta… Te ha llamado, y como no respondías… Tú estabas jugando en la arena, ¿no es verdad?

– Sí —respondió Bob—; jugaba con el barco que me ha hecho mi amigo Block… Pero querría ponerle una vela blanca para que navegue… En la playa hay hoyos llenos de agua donde podría meterlo… Mi tía Doll me ha prometido hacerme una vela.

– Sí, hijo mío… ¡Hoy la tendrás! —dijo Doll.

– Entonces serán dos velas… —dijo el niño—. Dos velas como tenía la barca que nos ha traído aquí.

– Convenido —dijo Jenny—. Tu tía Doll te hará una vela y yo otra.

– Gracias… gracias —respondió Bob, batiendo palmas—. Pero ¿dónde está nuestro barco grande? No lo veo.

– Ha ido a la pesca —respondió Jenny—, y volverá pronto con excelentes peces… Además… tú tienes el tuyo… el de tu amigo Block.

– Sí… pero tengo que decirle que me haga otro, donde pueda embarcarme con mamá y papá y tía Dolí… y mistress Jenny. Vamos… con todos.

¡Pobre niño! Él hablaba de lo que tan necesario hubiera sido. ¡De reemplazar la chalupa… cosa imposible de hacer!

– Vuelve a jugar, querido —le dijo Jenny—, y no te alejes.

– No… estoy aquí cerca…

Y después de abrazar a su madre partió saltando, como todos los niños de su edad.

– Querida Suzan, querida Doll —dijo entonces Jenny—. ¡Dios no puede permitir que ese niño no se salve! ¡No puede permitirlo…! ¡Y su salvación es la nuestra…! Yo os lo ruego… Nada de debilidad… Nada de lágrimas… ¡Confiad como yo confío, como siempre he confiado en la Providencia!

Estas palabras de Jenny nacían de su animoso corazón. Su alma intrépida le inspiraba estas frases, y sucediese lo que sucediese, no desesperaría. Si la mala estación llegaba antes que los náufragos hubiesen abandonado aquella costa, se tomarían las disposiciones necesarias para invernar. La gruta ofrecía abrigo seguro contra el mal tiempo, Iris plantas marinas proporcionarían combustible contra el frío… La pesca y la caza procurarían alimento… En tales condiciones era permitido conservar alguna esperanza. Y ante todo importaba saber si eran fundados los temores de Block, respecto a la desaparición de las tortugas. Por dicha, no lo eran. Después de una hora de ausencia, el contramaestre y François volvieron con su provisión de costumbre de tortugas que habían buscado refugio bajo las hierbas. Huevos no había ninguno.

– Pero ellas pondrán —declaró John Block—, y responderán a la confianza que en ellas depositamos. No había más remedio que sonreír ante esta broma del contramaestre. Durante su paseo hasta el contrafuerte, el capitán Gould, Fritz y James habían reconocido la imposibilidad de rodear la base de aquél, a no ser por el mar. Las corrientes se propagaban allí con gran impetuosidad, tanto en un sentido como en otro; y aun en buen tiempo, la violencia de la resaca no hubiera permitido a una embarcación acercarse a aquel sitio, y el mejor nadador hubiera sido arrastrado a alta mar o reventado contra las rocas. La necesidad de llegar a la meseta del acantilado por algún otro medio, se imponía, pues, más que nunca.

– ¿Cómo? —dijo un día Fritz, fijando su impaciente mirada en la inaccesible cúspide.

– No es fácil escapar de una prisión cuyos muros tienen mil pies de altura — respondió James.

– A menos de taladrarlos —dijo Fritz.

– ¡Taladrar esa mole de granito, que tal vez tiene más espesor que altura! —dijo james.

– ¡Sin embargo, no podemos permanecer en esta prisión! —exclamó Fritz, dejándose arrastrar por un movimiento de cólera que no pudo contener.

– ¡Paciencia y confianza, hermano! —respondió François, procurando calmar a Fritz.

– Paciencia, aún puedo tenerla… pero lo que es confianza… Y realmente, ¿en qué podía basarse esta confianza? La salvación no podía venir más que de algún barco que pasase ante la bahía. Y si aparecía, ¿advertiría las señales que el contramaestre haría encendiendo una gran hoguera en la playa o en la punta del promontorio? Quince días habían transcurrido desde que la chalupa había arribado al litoral, y varias semanas transcurrieron aún sin que la situación hubiera experimentado cambio alguno. En lo que se refería a la alimentación, el capitán Gould y sus compañeros se verían reducidos a las tortugas y a los huevos de éstas, a los crustáceos, langostinos y cangrejos, de los que John Block pudo capturar algunos. Generalmente, este último era el que se ocupaba de la pesca, no sin resultado, con la ayuda de François. Algunos sedales provistos, a guisa de anzuelos, de clavos retorcidos que provenían de las tablas de la chalupa, habían permitido pescar diversas especies de peces, entre ellos algunos dorados, de doce a quince pulgadas, de hermoso color rojizo y de excelente carne, y también algunos barbos. Hasta un sollo de gran tamaño fue pescado por medio de un nudo corredizo que lo llevó a la arena. En cuanto a los lobos de mar, bastante abundantes en estos parajes, dejaban mucho que desear desde el punto de vista alimenticio. Lo que se aprovechó de ellos fue la grasa para fabricar groseras velas con mecha de laminarias secas. Por inquietante que fuera la perspectiva de una invernada, preciso era pensar en ella y tomar precauciones contra los largos y sombríos días de la mala estación.

No había que contar con los salmones, que en tan gran abundancia subían en ciertas épocas por el arroyo de los Chacales en Nueva Suiza. Sin embargo, un día un banco de arenques entró en el pequeño río; se recogieron algunos centenares de ellos, que, ahumados al fuego de la hierba, constituían una importante reserva.

– ¿No dicen que el arenque trae con él su manteca? —preguntó John Block—. Si esto es así, yo me pregunto qué haremos con tantas cosas buenas.

Durante aquellas seis semanas se intentó varias veces escalar el promontorio para ganar la meseta del acantilado. Como estas tentativas resultaran infructuosas, Fritz decidió dar la vuelta por el cerro del este. Pero guardóse bien de confiar su proyecto a nadie, excepto a John Block. Así es que en la mañana del 17 de diciembre ambos se dirigieron hacia la ensenada bajo pretexto de traer tortugas.

Allí, al pie de la enorme masa rocosa, la mar batía con furia, y al querer dar la vuelta, seguramente Fritz expondría su vida.

En vano el contramaestre quiso disuadirle de su proyecto. Nada consiguió, y no pudo hacer más que prestar su ayuda.

Después de desnudarse, Fritz se ató al cuerpo una larga cuerda —la driza de la chalupa—, cuyo extremo debía guardar John Block mientras el primero estuviera en el agua.

El peligro era doble; ya ser arrebatado por la resaca y arrojado contra la base del cerro, ya ser arrastrado por la corriente si la cuerda se rompía.

Por dos veces Fritz intentó inútilmente abrirse paso entre las olas; sólo lo consiguió al tercer intento, manteniéndose en forma de mirar más allá del cerro; y después John Block, no sin trabajo, le trajo hacia la punta.

– Y bien, ¿qué habéis visto? —preguntó el contramaestre.

– ¡Nada más que rocas y rocas! —respondió Fritz, así que hubo tomado aliento

– . No he visto más que una serie de ensenadas y cabos. El acantilado continúa hacia el norte.

– ¡No me asombra! —se limitó a responder John Block.

Cuando se supo el resultado de esta tentativa (y es ocioso indicar la emoción que al tener conocimiento de ella experimentó Jenny), todos consideraron desvanecida su última esperanza. ¡Aquel islote, del que el capitán Gould y los suyos no podían salir, era un montón de rocas, inhabitable e inhabitado!

¡Y qué recuerdos se unían a aquella situación! Sin la revuelta de que se ha hablado, los pasajeros del Flag estarían ya en el fértil dominio de la Tierra Prometida. ¡Y qué angustias experimentarían al presente los que les esperaban y no los veían volver! ¿Cómo se explicarían las dos familias aquel retraso? ¿Había perecido la corbeta? ¿No volverían jamás a ver a Fritz, Jenny, François, James, Suzan y Doll? De haber naufragado la Licorne ¿había acontecido esto durante la travesía a Europa, antes o después de su escala en El Cabo?

Realmente, aquellos parientes y amigos eran tan dignos de lástima como el capitán Gould y sus compañeros. Al menos éstos sabían que los primeros estaban seguros en la Nueva Suiza.

El porvenir era pues, oscuro, dada la situación cuyo término no podía predecirse.

A tantos temores, se hubiese unido otro, de saber lo que sólo sabían Harry Gould y el contramaestre: que el número de tortugas disminuía de notable modo, por efecto del consumo que diariamente se hacía de ellas.

– Tal vez —observó John Block— esto depende de que esos bichos salgan de algún sitio subterráneo que dé acceso a las ensenadas del este o del oeste… ¡Gran desgracia no poder seguirlas!

– De todos modos, a nadie se diga nada de esto —dijo el capitán.

– Estad tranquilo… y si de ello os he hablado es porque lo he creído conveniente.

– Comprendido, Block.

El contramaestre, pues, se dedicó desde aquel día a la pesca, pues la mar no rehusaría lo que la tierra iba a rehusar bien pronto. Verdad que alimentándose únicamente de pescado, moluscos y crustáceos, la salud general se resentiría, y tal vez, para colmo de miserias, se declararían enfermedades entre los pasajeros.

Llegó la última semana de diciembre. El tiempo continuaba bueno, a excepción de algunas tormentas, que no tuvieron la violencia de la primera. El calor, de gran intensidad a veces, no hubiera podido ser soportado, de no proyectar el acantilado su gran sombra sobre la playa, poniendo a ésta al abrigo del sol.

En. aquella época numerosos pájaros frecuentaban estos sitios, y no eran únicamente gaviotas y cercetas, huéspedes habituales de la playa. De vez en cuando pasaron bandadas de grullas y garzas. Esto recordaba a Fritz sus afortunadas cacerías en el lago de los Cisnes y en los alrededores de las granjas de la Tierra Prometida. En la cima del monte aparecieron también cuervos marinos, parecidos al de Jenny, actualmente huésped del corral de Felsenheim, y albatros semejantes al mensajero de la Roca Humeante.

Estos pájaros se mantenían a buena distancia. Cuando se posaban en el promontorio, en vano se procuraba aproximarse a ellos y volaban sobre la infranqueable cima. Un día, el capitán Gould, Fritz y François acudieron a la playa atraídos por la voz del contramaestre:

– ¡Ved…! ¡Ved…! —repetía éste mostrando la arista de la meseta superior.

– ¿Qué hay? —preguntó Fritz.

– ¡Cómo! —exclamó John Block—. ¿No advertís una fila de puntos negros?

– Son pingüinos —respondió François.

– Pingüinos, efectivamente —afirmó Harry Gould—, y si desde aquí parecen grajos es a causa de la altura a la que están.

– Pues bien —hizo observar Fritz—, puesto que esos pájaros han podido elevarse a la meseta, resulta que las pendientes son practicables por el otro lado del acantilado. Había motivo para pensarlo así, pues los pingüinos, muy torpes y pesados, y cuyas alas son rudimentarias, no hubieran podido volar hasta aquella altura. Así pues, si la ascensión no era practicable por el sur, probablemente lo era por el norte. Pero a falta de una embarcación que hubiese permitido subir a lo largo del litoral, era preciso renunciar a llegar a la cima del acantilado. ¡Tristes, bien tristes fueron las Pascuas de aquel año! ¡Y cómo se aumentó esta tristeza al pensamiento de lo que hubieran sido en el salón de Felsenheim con las dos familias reunidas y en compañía del capitán Gould y de John Block! Parecía que el dolor de la separación aumentaba, y dicha fiesta se redujo a plegarias, en las que no latía la consoladora esperanza. Y sin embargo, todavía había la fortuna de que a pesar de tantas pruebas, la salud de todos era buena, Respecto al contramaestre, ni la miseria, ni los disgustos hacían mella en él.

– Yo engordo —repetía—. Sí… Engordo… Esto es el resultado de vivir en la ociosidad. ¡Vivir en la ociosidad…! Desgraciadamente, dadas las circunstancias, era cierta la afirmación del contramaestre. En la tarde del 29 se produjo un incidente que, aunque en nada podía variar las circunstancias, trajo el recuerdo de más felices tiempos. Un pájaro fue a posarse en la parte del promontorio cuyo acceso era más practicable. Era un albatros que, sin duda, llegaba de lejos. Parecía muy fatigado y se tendió sobre una roca, con las patas tendidas y las alas replegadas. Fritz trató de capturar el pájaro. Hábil, como se sabe, en manejar el lazo, tal vez conseguiría su propósito formando un nudo corredizo con la driza de la barca. La cuerda fue preparada por el contramaestre y Fritz comenzó la ascensión. Todos le seguían con la mirada.

El pájaro no se movía, y Fritz pudo aproximarse a unos diez pasos, lanzando el lazo, que se arrolló en torno del cuerpo del albatros. Apenas el pájaro intentó defenderse, Fritz, que lo había aprisionado entre sus manos, lo trajo a la playa. En este instante, Jenny no pudo contener un grito de sorpresa.

– ¡Es él! —repetía acariciando al pájaro—. ¡Es él…! ¡Lo reconozco!

– ¿Quién? —dijo Fritz—. ¿Será acaso…?

– Sí, Fritz… ¡Es mi albatros…! ¡Mi compañero de la Roca Humeante! ¡Aquel al que até la carta que fue a parar a tus manos! ¿Era posible? ¿No se equivocaba Jenny? ¿Después de tres años, aquel albatros que no había vuelto al islote, había volado hacia aquella parte? Jenny no se engañaba, y de ello se tuvo la certeza cuando la joven mostró un trozo de bramante que rodeaba aún una de las patas del pájaro. Del pedazo de tela sobre el que Fritz había escrito la respuesta, nada quedaba ya. Si el albatros había podido venir desde tan lejos, era porque a esas poderosas aves les es fácil franquear enormes distancias. Sin duda éste se había transportado del este del océano Indico a aquellos parajes del Pacífico… distancia de mil leguas tal vez. No hay para qué indicar los cuidados y caricias que recibió el mensajero de la Roca Humeante… ¿No era una especie de lazo que unía a los náufragos con su familia y amigos de la Nueva Suiza? Dos días después terminaba aquel año de 1817, que tan desdichado había sido en sus últimos meses… ¿Qué reservaba el año nuevo?

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

0 słowo · opłata: 0 krajcar (kropki zostaną zastąpione słowem STOP)