El soberbio Orinoco

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COINCIDEN DOS EXPEDICIONES EN EL ORINOCO

Corría el año 1893 cuando, en Venezuela y en la biblioteca de la Universidad de Ciudad Bolívar, tres famosos geógrafos mantenían una animada discusión que ya duraba tres largas horas.

El tema lo merecía, porque se trataba de aclarar si el soberbio Orinoco, el famoso río de Sudamérica y arteria principal de Venezuela, se dirigía en su curso superior de este a oeste — como los mapas más recientes señalaban— o venía del sudoeste, y en este caso, el Guaviare o el Atabapo no debían ser considerados como afluentes.

Quien más energía desplegaba era el profesor Varinas, quien sudando por su reluciente calva tesoneramente se empeñaba en afirmar:

– Se equivocan ustedes. ¡Es el Atabapo!

– ¡Y yo digo que es el Guaviare! —afirmó una vez más el no menos vehemente don Miguel.

Contradiciendo a sus dos colegas, la opinión de don Felipe era la que han adoptado los modernos geógrafos. Según éstos, los manantiales del Orinoco están situados en la parte de Venezuela que confina con el Brasil y con la Guayana inglesa, de forma que este río es venezolano en todo su recorrido.

Pero en vano don Felipe procuraba convencer a sus dos amigos, que además tampoco estaban conformes en otro punto no menos importante, cuando por ejemplo don Miguel afirmaba:

– El Orinoco nace en los Andes colombianos, y el Guaviare, que pretende usted que es un afluente, es todo el Orinoco colombiano en su curso superior, venezolano en el curso inferior.

– ¡Error! —volvió a insistir don Varinas—. ¡El Atabapo es el Orinoco y no el Guaviare!

De la pared de la gran sala colgaba un mapa y don Felipe se puso a estudiar la evidencia que le daba la razón contra sus dos colegas. Precisamente, y sólo sobre la provincia de Bolívar, un gran río minuciosamente dibujado trazaba su elegante semicírculo marcando sus afluentes, el Apura, el Guaviare y el Atabapo con otros muchos más que formaban el gran Orinoco.

¿Por qué entonces el señor Varinas y don Miguel se obstinaban en buscar las fuentes de la principal arteria venezolana en las montañas de Colombia, y no en los macizos de la sierra Parima, vecina del monte Roraima, gigantesco mojón de 2.300 metros de altura, donde se apoyan los ángulos de los tres estados, Venezuela, Brasil y la Guayana inglesa?

Justo es advertir que no sólo aquellos dos geógrafos sostenían sus aseveraciones. La discusión duraba más de siglo y medio pese a la exploración de Díaz de la Fuente en 1706 cuando remontó el Orinoco, así como cuando más tarde lo hizo Robert Schomburg en 1840 y posteriormente el francés Chaffanjón. Venezuela seguía siendo un inmenso país con muchas amplias zonas aún sin explorar en sus 972.000 kilómetros cuadrados, y debido a ello apuntó a sus amigos don Felipe:

– ¿Qué les parece si buscamos la solución entre los tres?

– ¿Cómo…? —indagó el enérgico don Varinas, bastante perplejo.

– No comprendemos… —dijo a su vez don Miguel.

– Pues es muy sencillo, amigos míos. ¡Los tres organizaremos una expedición!

– ¿Se refiere a remontar el río? —quiso concretar don Varinas.

– ¡Exactamente! —reafirmó don Felipe, muy satisfecho de su idea—. Se trata de subir hasta el pueblo de San Fernando, hasta el punto en que el Guaviare y el Atabapo vierten sus aguas, a algunos kilómetros el uno del otro. Así les demostraré que esos ríos no son más que afluentes del Orinoco… ¡Y no el Orinoco mismo!

– ¡Herejía! —siguió sosteniendo don Varinas—. ¡No lo podrá demostrar usted, don Felipe!

– ¿Y usted qué dice, don Miguel?

– Que ahí está su error. ¡El Guaviare no es simplemente un triste río tributario!

– Por favor, amigos: quiero que termine esta discusión y por eso se me ocurrió lo del viaje. Quizá esta nueva expedición fijará el curso del Orinoco definitivamente…, admitiendo que no lo haya hecho ya el francés Chaffanjón.

– ¡No lo hizo! —rechazó al instante Varinas.

– Por mi parte acepto —manifestó don Miguel.

– ¡Y yo! —afirmó Varinas.

– Pues no se hable más: haremos los preparativos para el viaje —volvió a decidir don Felipe, con su voz tranquila y penetrante.

No hay que extrañar que esta solución, nacida en el curso de una prolongada disputa, pronto trascendiera al mundo científico y entre las clases superiores de Ciudad Bolívar, llegando incluso a apasionar a toda la república venezolana. La noticia de que los tres famosos geógrafos iban a partir para intentar resolver la cuestión del Orinoco y sus afluentes del sudoeste, produjo un gran efecto en el país.

No obstante, sería exagerar decir que por igual tal cuestión apasionó a toda la población venezolana, compuesta en aquel año de 1893 de 2.250.000 habitantes, entre los que había 325.000 indios, muchos de ellos viviendo en los bosques y la selva, 50.000 negros mezclados por la sangre de los mestizos, blancos, extranjeros o farangos, ingleses, italianos, holandeses, españoles, franceses y alemanes. Y ello porque sólo la menor parte hubiera podido discutir la mencionada tesis hidrográfica.

Pero como los habitantes de Ciudad Bolívar son demostrativos, apasionados y ardientes, los periódicos se mezclaron en la contienda y el pueblo hasta llegó a apostar sobre el posible vencedor, si es que llegaba a poder demostrar su tesis.

Porque otro problema era: ¿Ofrecía el viaje serios peligros?

Desde luego que sí, sobre todo para viajeros que no pudieran contar más que con sus propios recursos. Pero por otra parte, ¿no valía la pena aquella vital cuestión algunos sacrificios por parte del Gobierno? ¿No era ésa la ocasión indicada para utilizar la milicia, que por aquellas fechas ya contaba con más de 250.000 hombres en sus filas? ¿Por qué no poner a disposición de los tres exploradores una compañía del ejército para protegerles, ayudarles y llevar a feliz término el viaje?

Don Felipe, don Miguel y don Varinas no pedían tanto: viajarían a sus expensas, sin más escolta que los peones, los llaneros, los marineros y los guías que suelen vivir a lo largo de la ribera del río, como otros esforzados de la ciencia ya habían hecho antes que ellos.

De cualquier manera, los tres geógrafos habían decidido no subir más arriba del pueblo de San Fernando, precisamente levantado casi en la confluencia del Atabapo y del Guaviare. Y ello porque, en los territorios atravesados por la parte alta del río, era principalmente donde había que temer los ataques de los indios.

Precisamente en Ciudad Bolívar reinaba alguna inquietud sobre la suerte de dos franceses, que habían partido río arriba hacía un mes. Después de haber pasado la confluencia del Meta, esos viajeros se habían aventurado a través del país de los indios quivas y de los guahibos, ignorándose lo que les había sucedido.

En verdad que si los indios sedentarios del oeste y del norte del gran río son de costumbres más dulces y se entregan a los trabajos agrícolas, no se podía decir lo mismo de los que vivían en las sabanas de la gran curva del Orinoco, pues tales hombres primitivos muchas veces se convertían en terribles bandidos, tanto por necesidad como por interés.

Pero don Felipe, don Miguel y don Varinas no estaban dispuestos a detenerse ante nada. Y ese afán fue el que los llevó a tomar contacto con otros personajes que, llegando desde la lejana Francia, también venían dispuestos a remontar el soberbio Orinoco.

Ignorando el revuelo que la próxima expedición de los tres geólogos había levantado en Ciudad Bolívar, sobre la cubierta de un barco francés un joven señaló las costas venezolanas al decir a su compañero de viaje:

– ¡Venezuela, Marcial! Pronto remontaremos el Orinoco.

¿Pero quiénes son estos dos nuevos personajes? ¿Por qué llegan desde la lejana Francia y después de haber atravesado el Atlántico aspiran también a remontar el río Orinoco? ¿Cuál es, realmente, el objetivo de tan largo viaje?

De momento bastará con presentarles, dejando que el porvenir vaya, por sí solo, contestando a todas esas preguntas. Aunque no hay duda de que se trata de dos franceses, dos bretones de Nantes de muy distinta edad y apariencia.

El joven tiene facciones delicadas y es de regular estatura, aunque parece dotado de constitución vigorosa para la edad de unos dieciséis años que confiesa. Su cara es algo severa, casi triste, cuando se entrega a sus habituales pensamientos; pero resulta encantadora cuando sonríe y muestra una dulce mirada que colorea sus mejillas al hablar con extraños.

El otro personaje es un cincuentón, que reproduce exactamente el tipo de sargento que ha servido mientras se lo han permitido, tomando el retiro como subteniente. Es uno de esos valientes militares que al licenciarse suelen quedar en las casas de sus antiguos jefes, devotos y gruñones, pero que llegan a ser el factótum de la familia, que ven educar a los niños —cuando no son educados por ellos mismos—, que les miman, que les dan sus primeras lecciones de equitación haciéndoles cabalgar en sus rodillas, y las primeras de canto enseñándoles las canciones del Regimiento.

Y a este endurecido militar el joven Juan le ha impuesto ahora la obligación de tutearle, de llamarle «sobrino» y él a su vez «tío»: todo eso además de prácticamente obligarle a que le acompañe en aquella arriesgada aventura.

Por eso el buen Marcial protestó nada más indicarle su «sobrino» las costas de Venezuela:

– No me gusta esto. ¡Insisto que este viaje es una locura!

Con dulzura pero al tiempo con decisión, el joven protestó a su vez acercándose a su refunfuñante compañero de viaje:

– ¡Era preciso, Marcial! ¡No puedo vivir siempre con esta duda!

Una vez más, el rudo ex sargento tenía que aceptar. Por otra parte, ya era tarde para arrepentirse a la vista de las costas americanas. Recordaba que días atrás le había ordenado comprar todo un equipo de explorador en el mejor almacén de Nantes, probándose el joven aquellas ropas que le permitían ocultar su verdadera identidad. Y también recordaba que cuando le hizo a su «sobrino» las primeras recomendaciones, Juan le había insistido:

– ¡Tengo que ir, Marcial! ¡Debemos saber si aún vive el comandante Kermor!

Ante la evocación de este nombre, el ex sargento se había rendido. El comandante Kermor había sido su jefe y mutuamente se habían salvado la vida en los campos de batalla, durante la guerra del segundo Imperio francés, que terminó con el desastre de 1870.

Sí: él también quería apurar las posibilidades de encontrar a su querido jefe, desaparecido de Francia hacía ya muchos años. Y si la única pista que tenían del comandante Kermor estaba en América, acompañaría al decidido joven hasta allí.

Y eso aunque no le gustase prescindir de su uniforme, tener que llamar «sobrino» al joven y vestir unas ropas que le irritaban y que durante la travesía le hicieron gruñir:

– ¡Me revienta vestir así! Y sobre todo que ocultes tu verdadera personalidad…, querido «sobrino».

– Todo eso es necesario, Marcial —le había insistido el joven—. ¿No lo comprendes?

Cuando embarcaron en Francia, el buen Marcial sintió nuevas zozobras. Cierto que se esmeró en rodear a su joven acompañante de cuidados y atenciones, no perdiéndole de vista; pero ni durante un solo minuto dejó de temer lo peor.

¡Que por cualquier fatal casualidad le descubrieran!

En cambio, Juan dio la sensación de que andaba a sus anchas con aquellas ropas, que sabía desenvolverse muy bien y hasta que era un perfecto muchachito que viajaba con su huraño «tío» por placer.

– ¡Menudo placer! —había refunfuñado una vez más el rudo Marcial, días antes de llegar a las costas americanas—. Usted sabe que remontar el Orinoco no será ningún…

– ¡Ah, mi buen Marcial! —le había interrumpido su acompañante—. ¿Desde cuándo un «tío» le habla de «usted» a su sobrino?

– ¡Ah, perdone! Quiero decir, perdona, Juan.

– No debes olvidar tu papel, o estaremos perdidos. ¡Alguien podría sospechar!

– Es que tengo la cabeza muy dura.

– También debes perfeccionar tu español. ¡En Venezuela no se habla francés!

– ¡Uf! Para un viejo soldado que ha hablado el francés toda su vida, resulta terrible aprender ese galimatías.

– Una vez dijiste que el comandante Kermor te enseñó algo de español.

– Pero de eso hace muchos años. Ni había nacido usted y…

– ¡Marcial!

– ¡Otra vez metí la pata! Perdona, Juan… ¡No logro acostumbrarme!

– Pues tienes que hacerlo, por él…

– ¡Por él lo haría todo, querido «sobrino»! Mira, Juan: si Dios me dijera: «Sargento, dentro de una hora estrecharás la mano de tu comandante, y diez minutos después te partirá un rayo», yo le respondería: «Está bien, Señor; prepara el rayo y apunta al corazón.»

Al oírle, el joven se aproximó al viejo soldado y le enjugó las lágrimas rebeldes que brotaron de sus ojos al decir aquello, mirándole con ternura. A su vez Marcial le atrajo a su pecho y le oprimió entre sus brazos, haciéndole decir al joven:

– Bueno, bueno, Marcial. ¡Me estrujarás!

– Perdone…, quiero decir, perdona, Juan. ¡Soy un bruto!

– Y un sentimental: por eso estás aquí conmigo, en esta barca

Encogiéndose de hombros, con visible resignación en los gestos el ex militar suspiró:

– ¡Todo sea por el comandante Kermor!

Cuando los dos viajeros llegaron al fin a tierras americanas, tras desembarcar en la Guayra, el verdadero puerto de Caracas, por un camino de hierro se trasladaron a la capital de Venezuela. Pero el hermoso espectáculo de la bella ciudad no consiguió distraer ni un solo instante al sargento Marcial y a su «sobrino» de lo que habían venido a hacer.

En los días que pasaron allí, se ocuparon en reunir datos relativos al viaje que iban a emprender, y que tal vez les arrastraría hasta las lejanas y casi desconocidas regiones de la república venezolana.

Las indicaciones que poseían eran sumamente escasas e imprecisas, pero esperaban completarlas en San Femando. Desde allí, estaban decididos a continuar sus pesquisas hasta tan lejos como fuera necesario; aunque tuvieran que llegar a los más peligrosos territorios del Alto Orinoco.

Y si entonces el sargento Marcial trataba de ejercer su autoridad, si trataba de impedir que Juan se expusiera a los peligros de tal viaje, el viejo soldado conocía de sobra que chocaría contra una tenacidad verdaderamente extraordinaria en un joven de aquella edad.

Y el buen Marcial volvería a ceder otra vez. Con estos pensamientos el joven Juan se puso en camino de Ciudad Bolívar siempre acompañado del ex militar, desde donde debían volver a embarcar en el Simón Bolívar, que efectuaba el servicio del Bajo Orinoco, ascendiendo por la corriente del río hacia regiones menos exploradas.

– ¡Dios nos proteja! —exclamó el joven al ponerse en camino.

– ¡Él te oiga! —se limitó a desear Marcial.

* * Cuando Juan y Marcial se acercaron a los muelles para embarcar en el *Simón Bolívar, el gentío allí congregado casi no les permitía avanzar. Gran número de amigos y partidarios de los tres famosos geógrafos se habían dado allí cita para despedirlos, y la gente gritaba agitando banderitas.

– ¡Viva el Guaviare!

– ¡Viva el Atabapo!

– ¡Viva el Orinoco!

Propenso siempre a refunfuñar y sobre todo a proteger a su joven compañero de viaje, el sargento

Marcial a su vez se puso a protestar para evitar tantos empujones:

– ¿Pero qué diablos pasa aquí?

Haciéndose cargo de la situación por los vítores y los comentarios de los entusiastas, el joven razonó:

– Debe ser que despiden a alguna expedición científica dispuesta a remontar el Orinoco.

– Pues es lo que nos faltaba; yo preferiría más tranquilidad.

Embarcaron en medio de las exclamaciones de los mozos que llevaban los fardos y de los marineros que acababan sus preparativos para desamarrar, y a pesar del ensordecedor silbido de las calderas y de los mugidos del vapor huyendo por las válvulas, no dejaron de escuchar el tremendo bullicio de los muelles.

Desde cubierta vieron a los tres geógrafos que embarcaban entre otros muchos pasajeros, la mayoría de ellos traficantes que transportaban mercancías al interior del país o las conducían a los puertos de las riberas del gran río.

Venezuela pertenece por completo a la zona ecuatorial, por lo que su temperatura media está comprendida entre los veinticinco y los treinta grados centígrados; pero es variable, como suele ser en los países montañosos. Entre los Andes del litoral y los del Oeste, el calor adquiere la mayor intensidad, es decir, en la superficie de los territorios donde jamás llegan las brisas marineras. Incluso los vientos generales, los alisios del Norte y del Este, no consiguen suavizar los rigores del clima.

Sin embargo, aquel día, por estar el cielo cubierto y amenazar lluvia, los pasajeros no sufrieron excesivo calor. La brisa que venía del Oeste, en sentido contrario a la marcha del vapor, producía a los viajeros sensación de bienestar.

Unas horas después, el Simón Bolívar pasó a la vista de la isla Orocopiche, donde si el Orinoco no llega a tener más que novecientos metros de anchura, más arriba la dobla y hasta triplica y desde la cubierta Juan pudo contemplar claramente la inmensa planicie, en la que aparecían muchos cerros solitarios y lejanos.

Antes del mediodía, el capitán de la nave indicó a los pasajeros de primera que pasaran al comedor, dándose la casualidad de que el sargento Marcial y Juan quedaron sentados frente a los tres famosos geógrafos que cortésmente les saludaron. Pero Marcial se limitó a soltar un leve gruñido y, siempre muy conciso, cuando don Felipe, don Miguel y don Varinas se presentaron, sólo indicó:

– Me llamo Marcial: éste es mi… sobrino Juan.

Naturalmente, los tres geógrafos eran el centro de atención y fue así que ellos sostuvieron el peso de la conversación. Como se sabía el objeto por el que habían emprendido el viaje, los demás pasajeros se acercaban e intercambiaban palabras con ellos, llegando incluso el sargento Marcial a interesarse y a no encontrar inconveniente en que su «sobrino» también satisficiera su curiosidad.

La comida era variada, pero de inferior calidad. De cualquier manera, es menester no mostrarse muy exigente en los barcos que remontan el Orinoco y, realmente, durante tales navegaciones se considera gran suerte hallar lonchas de carne fresca en el menú que sirven los camareros.

Como la discusión Atabapo-GuaviareOrinoco seguía entre los tres geógrafos y cada uno aducía sus razones, llegó un momento en el que el sargento Marcial preguntó, al quedar sentado frente a los tres científicos:

– ¿Y qué interés puede tener eso? Que un río se llame de una manera u otra, siempre será agua que corre siguiendo una pendiente natural.

Los tres geógrafos se miraron entre sí, pero por ser el más calmoso don Felipe rechazó:

– Sin duda, señor mío; pero si no hubiera estas cuestiones, ¿de qué servirían los geógrafos? Y si no hubiese geógrafos…

– No podríamos aprender geografía —tuvo que reconocer un tanto mohíno el mismo sargento Marcial.

De pronto, con cierto tono irónico, el vehemente Varinas indagó mirando directamente a los ojos al compañero del joven silencioso:

– Usted es militar, ¿verdad?

– Lo soy… ¡Y a mucha honra! —estalló el ex sargento—. ¿Lo dice usted por la pregunta tonta que hice, caballero?

– ¡Oh, no! No debe molestarse; simplemente fue curiosidad.

Deseando volver a suavizar la charla, el joven intervino al anunciar a sus compañeros de mesa:

– A mí me sirven de guía las relaciones de los viajes de Chaffanjón.

– ¡Excelente explorador su compatriota! — alabó siempre amable don Felipe—. Sin embargo, hoy en día ya está superado. Lo digo porque existen zonas del Orinoco que Chaffanjón no visitó y que es preciso explorar más.

También sonriente, el profesor don Miguel se ofreció al joven:

– Si a usted le interesan las cosas del Orinoco, tanto mis colegas como yo gustosamente quedamos a su disposición. El viaje será largo y podremos tener amenas charlas que…

– A mi sobrino le basta y sobra con el libro de Chaffanjón —volvió a intervenir con cierta sequedad el sargento Marcial.

Confuso por tal brusquedad, don Miguel musitó:

– Perdone, mi ofrecimiento fue…

Una severa mirada del joven hizo que el robusto ex militar se ruborizase, empezando a balbucear:

– Per…perdónenme ustedes a mí. Creo que otra vez metí la pata. Juan y yo les agradecemos sus ofrecimientos, pero… no creo que nos interese el río… tanto como a ustedes.

– Es natural —intervino Varinas—. Al fin de cuentas, aquí los geógrafos somos nosotros.

Lo peor de aquella tensa tirantez que se había creado en la mesa era que la lluvia había empezado en el exterior y nadie podía salir a cubierta. Era preciso seguir sentados allí, observándose mutuamente y manteniendo una forzada conversación que, sobre todo al pobre Marcial, le ponía en vilo.

Y todo por lo que él sabía; por aquella condenada doble personalidad del «muchacho»…

La tarde empezó a caer y el vapor pasó al Oeste de la embocadura del Caura. Este río es uno de los más considerables afluentes de la ribera derecha que vienen del Sudeste a través de los territorios de los Panares, Inao, Arebatos y Tapanitos, y riega uno de los más fecundos y pintorescos valles de Venezuela.

Los pueblos más próximos a las riberas del Orinoco están habitados por mestizos civilizados, muchos de ellos de origen español, y los más lejanos no dan asilo más que a indios aún salvajes, guardianes de ganado, llamados gomeros porque se ocupan también de la recolección de las llamadas «gomas farmacéuticas» que extraen de ciertos árboles.

Más arriba de la embocadura del Caura, el Orinoco presenta una anchura de unos tres mil quinientos metros, dado que normalmente las pertinaces lluvias tropicales contribuyen en gran medida a su gran caudal, elevándose muchas veces el nivel de las aguas.

Debido a esto fue preciso que el capitán del Simón Bolívar maniobrara con suma prudencia, bordeando la isla Tucuragua a la altura del afluente de tal nombre. El barco experimentó algunos choques con troncos de árboles que arrastraba la corriente, en el instante en que don Miguel anunciaba a sus compañeros de mesa:

– Nosotros tres partiremos de San Fernando. ¿También van ustedes hacia allí?

– Pues nosotros…

El joven Juan se interrumpió al tener que mirar a su compañero de viaje que bruscamente se había levantado, para anunciar sin más transición a los científicos:

– Discúlpennos, señores… Ya es tarde y tenemos que retirarnos.

Los tres geógrafos quedaron vivamente sorprendidos. Estaba muy claro que aquel hombre recio y arrogante no aceptaba ninguna clase de pregunta sobre los motivos de su viaje con el muchacho, dando pruebas de una actitud que muy bien podía calificarse de grosera.

¿Pero por qué?

– Buenas noches —escucharon musitar al joven, ruborizándose por la actitud seca de su forzudo compañero—. Han sido ustedes muy amables y yo…

– Vamos, Juan; tienes que dormir —insistió Marcial. Y con leve inclinación de su enérgica cabeza, a su vez se limitó a desear—: Buenas noches, señores.

Nada más quedar ante la mesa solos, la conocida vehemencia del profesor Varinas quedó una vez más de manifiesto al estallar:

– ¡Qué grosero! ¿Habéis visto? Ni tan siquiera dejó contestar al muchacho a la pregunta que le hizo usted, don Miguel.

– Creo que ese muchachito está dominado por su tío.

– ¿Tío? —volvió a ironizar Varinas—. Si lo es, resulta un tío que muestra aspecto de gruñón tutor.

– Compadezco al joven que ha caído bajo su rígida tutela —contestó a su vez don Felipe—, pues tiene que soportar sus brutalidades.

– Pues yo les digo que ese tío y sobrino excitan mi curiosidad. Si remontan el Orinoco, será para algo, ¿no?

– No se preocupe usted, Varinas — recomendó don Felipe—. Y no olvide que realizamos este viaje como geógrafos… ¡No como detectives!

– Don Felipe tiene razón —apoyó don Miguel.

– ¡Es que me irritan estas cosas! Trata al muchacho como si fuera un niño y a mí me parece…

Fuera del salón comedor, la charla se desarrollaba a su vez entre el muchacho y Marcial, que empezó a pedir:

– Perdona, pero tenía que hacerlo.

– ¿Por qué, Marcial?

– Porque charla que te charla, tienes un fallo y esos tipos son muy listos.

– ¡Y muy amables! Y en cambio, tú…

– ¿Qué pasa? ¿No estoy representando bien mi papel?

– Regular solamente, porque te muestras muy nervioso.

– ¡Y hay para estarlo! Menuda risa, si llegan a saber quién eres realmente.

– Tranquilízate, hombre; ya has oído que esos geógrafos también se dirigen a San Fernando.

– ¡Lo oí!

– Pues es posible que hayan oído hablar del comandante Kermor.

Ante el silencio de su recio compañero, el muchacho añadió:

– Sabemos que el comandante Kermor pasó por San Fernando hace unos catorce años. ¡Esta carta lo atestigua!

– Sí, pero…

– ¿Crees que se encontrará todavía allí, Marcial?

– No sé… ¡Es mucho tiempo! ¡Son muchos años!

– No sé lo que daría por tener una pista más concreta que esta carta que llegó a mis manos.

– Ahora vamos a descansar.

Al día siguiente, en las primeras horas, el Simón Bolívar, cuyos fuegos habían sido mantenidos, volvió a ponerse en camino después que la tripulación hubo embarcado y apilado en el primer puente la madera cortada en los bosques ribereños.

El vapor había anclado durante la noche en una de las dos bahías del pueblo de Motaico. Cuando salió de ella, el coquetón conjunto de casitas —en otra época centro importante de las misiones españolas— desapareció pronto tras un ángulo de la ribera.

Durante el día se pasó por la aldea de Santa Cruz, formada por una veintena de casas en la ribera izquierda, para más tarde rebasar la isla de Guanarés, en otra época residencia de los misioneros.

Llegó un momento en que fue preciso franquear varios raudales, producidos por la inesperada estrechez del río más grande y caudaloso de Venezuela. La madre Naturaleza empezaba a mostrarse caprichosa, tanto por lo que respecta al Orinoco como las grandes extensiones de tierra que fecundaba. La selva se hacía a cada hora más densa y tupida y parecía que todo lo ahogaba aquel verdor propio de las zonas tropicales, donde se agrupaban poderosos y altos árboles, prueba de la rabiosa fertilidad del suelo.

Desfilando ante ellos en sucesión sin límite, Juan y Marcial podían ver troncos chaparros retorcidos, como el del olivo, cubiertos de hojas consistentes y de fuerte olor que llegaba desde las orillas hasta ellos. Palmeras copernicias de extendidas ramas formando gavillas y desplegadas como gigantescos abanicos; palmeras moriches que forman lo que se llama el «morichal», es decir, un pantano, pues tales árboles tienen la propiedad de extraer el agua del suelo hasta formar fango a sus pies.

Además veían copaiferas, gigantescas mimosas, con una honda hendidura, hojas de fina contextura y de un rosa pálido. En los bosques se veían a millares elegantes ramilletes de sensitivas, adormideras y árboles del tinte.

Entre toda esta vegetación saltaban bandadas de monos, casta que pulula en los terrenos venezolanos, y de la que hay más de seis especies, tan inofensivas como ruidosas, cuyo estridente parloteo asusta a los que no conocen los bosques tropicales. Y al mismo tiempo, también de rama en rama saltaba todo un mundo alado; trupiales, que son los primeros tenores de estos orfeones aéreos, y cuyo nido pende en el extremo de un largo bejuco; escochetes de las lagunas, pájaros encantadores y graciosos; y ocultos en las hendiduras de los troncos y en espera de la noche para salir, numerosos guarharos, llamados así en esas zonas, pero más conocidos por petreles, que cuando se lanzan desde las altas copas de los árboles parecen ser lanzados como las flechas, como movidos por resorte.

Observando todo aquel maravilloso panorama, el sargento Marcial suspiró:

– Me gustaría andar por una de esas riberas, cazando con mi fusil.

– ¿Para matar monos? —quiso divertirse su joven amigo.

– Monos, no. Pero estoy seguro que, internándonos en esas selvas, encontraríamos caza mayor.

Aun no habiendo estado nunca en las selvas que bordean el soberbio Orinoco, el sargento Marcial tenía razón. Cualquiera que se interne en ellas muy bien puede tropezar con los felinos, grandes y pequeños, tales como los jaguares, los pumas y los ocelotes, siempre al acecho en los grandes bosques. Y hasta tal vez tropezar con osos, aunque tales plantígrados suelen tener el genio amable.

Respecto a los habitantes humanos de aquellas zonas que iban dejando atrás, eran generalmente mestizos, mezclados a algunos centenares de indios, más dispuestos a ocultarse en el fondo de sus cabañas de paja, que a mostrarse fuera, sobre todo las mujeres y los niños.

– ¡Bah! Esos tipos son pequeñajos e inofensivos —exclamó hasta con cierto desdén el ex militar.

– ¿Qué esperabas? ¿Gigantes con fuerzas de titán?

– El que tiene un hambre de titán soy yo.

– Pues vamos al salón-comedor y…

– ¡No! Prefiero que nos sirvan en nuestros camarotes.

– No es muy civilizada tu actitud, Marcial

– reprochó el joven—. Nos echarán de menos y eso es tanto como hacerles un feo a esos hombres que tan amablemente compartieron nuestra mesa.

– Lo sé y lo siento. Pero no puedo evitar que me tiemblen las carnes cada vez que pienso que si te descubren…

– Son buena gente. Creo que hasta podríamos fiarnos de ellos.

– ¡No! —volvió a rechazar—. Se reirían de mí, o me llamarían loco por haberte permitido este viaje.

– ¿Pero por qué, mi buen Marcial?

– Porque tú sólo eres una…

No pudo terminar: la mano del muchacho tapó su boca y con la voz susurrante le pidió:

– ¡Chist! ¡Calla! Puede oírte alguien, por favor.

– ¿Lo ves? —se desquitó el hombre rudo—. A ti también te asusta que descubran tu secreto.

Naturalmente que los tres geógrafos echaron a faltar en el salón-comedor al ex militar Marcial y a su joven sobrino, pero Varinas se limitó a comentar, mientras daba cuenta de un buen filete:

– ¡Lo dije! Esa pareja nos oculta algo.

– Vamos, vamos, don Varinas —intervino conciliador don Felipe—. Tienen derecho a comer en sus camarotes, si así lo desean.

– No les gustará nuestra compañía — apuntó don Miguel.

– ¿Y por qué no? Creo que somos gente culta y civilizada, corteses y amables. Nuestro comportamiento creo que fue totalmente correcto con los dos. Incluso el muchacho nos resultó simpático y yo…

– Don Varinas.

– Diga, don Felipe.

– ¿Quiere dejar de darle vueltas al asunto? No nos interesan los problemas ajenos, sino llegar a fijar, y de una vez por todas, si el Orinoco es el Orinoco o bien…

Alzando la mano con el tenedor en ristre, al instante don Varinas apuntó:

– ¡Esa es la principal cuestión, don Felipe! Al llegar a San Fernando les demostraré que el Atabapo es…

– ¡Y dale! —cortó don Miguel—. Seré yo quien demuestre que es el Guaviare quien…

Y siguieron así, cada uno sosteniendo sus «razones» en una discusión que parecía no tener final, pero que precisamente por eso servía a los tres geógrafos para mantener vivas sus respectivas esperanzas durante el viaje.

El viaje prosiguió siempre Orinoco arriba sin ningún percance, hasta que el Simón Bolívar fue acercándose a la ensenada de una población llamada Las Bonitas.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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