El secreto de Maston

CAPÍTULO XVII

LO QUE SE HABÍA HECHO EN EL KILIMANJARO DURANTE OCHO MESES DE ESTE AÑO MEMORABLE

El país de Wamasai está situado en la parte oriental del África central, entre la costa de Zanzíbar y la región de los grandes lagos, donde el VictoriaNyanza y el Tanganika forman otros tantos mares interiores. Si se le conoce en parte, es porque ha sido visitado por el inglés Jhonston, el conde Tekeli y el doctor alemán Meyer. Esta región montañosa se encuentra bajo la soberanía del sultán Bali-Bali, cuyo pueblo está compuesto de treinta a cuarenta mil negros.

A tres grados bajo el Ecuador extiéndese la cadena del Kilimanjaro, que proyecta sus más altas cimas –entre otras las de Kibo– a una altitud de 5.704 metros. Este importante macizo domina por el Sur, el Norte y el Oeste las vastas y fértiles llanuras del Wamasai, uniéndose con el lago Victoria-Nyanza a través de las regiones del Mozambique.

A algunas leguas por debajo de las primeras rampas del Kilimanjaro álzase el pueblo de Kisongo, residencia habitual del sultán. Esta capital no es más que una gran aldea, y está ocupada por una población muy inteligente, que trabaja tanto por sí misma como por sus esclavos, bajo el férreo yugo que le impone Bali-Bali.

Este sultán pasa, con justicia, por uno de los más notables soberanos de estas tribus del África Central, que se esfuerzan por escapar a la influencia, o por mejor decir, a la dominación inglesa.

A Kisongo es adonde el presidente Barbicane y el capitán Nicholl llegaron, acompañados únicamente por diez contramaestres afectos a su empresa, en la primera semana de enero.

Al partir de los Estados Unidos –partida que sólo fue conocida de la señora Evangelina Scorbitt y de J. T. Maston–, se embarcaron en Nueva York para el cabo de Buena Esperanza, de donde un barco los transportó a Zanzíbar, en la isla de este nombre. De allí una barca, fletada secretamente, los condujo al puerto de Mombasa, en el litoral africano, al otro lado del Canal. Una escolta enviada por el sultán los esperaba en este puerto, y después de un viaje difícil durante un centenar de leguas a través de esta región obstruida por bosques, cortada por ríos, llena de pantanos, llegaron a la residencia real.

Ya antes, después de haber conocido los cálculos de J. T. Maston, el presidente Barbicane se había puesto en relaciones con Bali-Bali por el conducto de un explorador sueco, que acababa de pasar algunos años en aquella parte de África. Convertido en uno de sus más fervientes partidarios desde el célebre viaje del presidente Barbicane alrededor de la Luna –viaje cuya celebridad se había propagado hasta estos lejanos países–, el sultán se había hecho muy amigo del atrevido yanqui. Sin decir con qué objeto, Impey Barbicane había obtenido fácilmente del soberano del Wamasai la autorización para emprender importantes trabajos en la ladera meridional del Kilimanjaro. Mediante una suma considerable, evaluada en trescientos mil euros, Bali-Bali se había comprometido a proporcionarle todo el personal necesario. Además, le autorizaba a hacer lo que quisiera del Kilimanjaro. Podía disponer a su capricho de la enorme cadena, arrasarla si le parecía bien, llevársela si podía. Como consecuencia de compromisos muy serlos, que tenían preocupado al sultán, la North Polar Practical Association era propietaria de la montaña africana con el mismo título que lo era del dominio ártico.

La acogida que el presidente Barbicane y su colega encontraron en Kisongo fue de las más simpáticas. Bali-Bali experimentaba una admiración, rayana en la adoración, por aquellos dos ilustres viajeros que se habían lanzado a través del espacio para llegar a las regiones circunlunares. Además sentía una simpatía extraordinaria hacia los autores de los misteriosos trabajos que iban a realizarse en su reino. Así prometió a los americanos un secreto absoluto, tanto de su parte como de la de sus súbditos, cuyo concurso les había asegurado. Ni uno solo de los negros que trabajaban en los talleres tendría el derecho de abandonarlos ni un solo día, bajo pena de los más refinados suplicios.

He aquí por qué la operación fue rodeada de un misterio que no pudieron penetrar los más listos agentes de América y Europa. Si este secreto había sido al fin descubierto era porque en todas partes –aun entre los negros– hay traidores y habladores. De esta suerte fue como Richard W. Trust, el cónsul de Zanzíbar, venteó lo que se hacía en el Kilimanjaro. Pero entonces en aquella fecha del 13 de setiembre, era demasiado tarde para detener al presidente Barbicane en la realización de sus proyectos.

Y ahora, ¿por qué Barbicane y Compañía habían escogido el Wamasai como teatro de su operación? En primer lugar, porque el país le convenía en razón de su situación en aquella parte poco conocida del África por su alejamiento de los territorios habitualmente visitados por los viajeros; y después, porque el macizo del Kilimanjaro le ofrecía todas las condiciones de solidez y de orientación. Además, en el país encontrábanse las primeras materias que precisamente necesitaba, y en condiciones especialmente fáciles de explotación.

Precisamente algunos meses antes de abandonar los Estados Unidos, el presidente Barbicane había sabido del explorador sueco que al pie de la cadena del Kilimanjaro el hierro y la hulla se encontraban abundantemente esparcidos a flor de tierra. Nada de minas que abrir, de yacimientos que buscar a algunos millares de pies dentro de la corteza terrestre. Para obtener el hierro y el carbón no había más que agacharse a cogerlo, y en cantidades ciertamente superiores al consumo previsto. Además, había en la vecindad de la montaña enormes yacimientos de nitrato de sosa y de pirita de hierro, necesarios para la fabricación de la meli-melonita.

El presidente Barbicane y el capitán Nicholl no habían, pues, llevado consigo ningún personal, fuera de los diez contramaestres, de los cuales estaban absolutamente seguros. Estos debían dirigir a los diez mil negros puestos a su disposición por Bali-Bali, a los que correspondían el trabajo de fabricar el cañón monstruo y su no menos monstruoso proyectil.

Dos semanas después de la llegada del presidente Barbicane y de su colega al Wamasai, estaban establecidos tres vastos talleres en la base meridional del Kilimanjaro, el uno para la fundición del cañón, el otro para la fundición del proyectil, y el tercero para la fabricación de la meli-melonita.

Y ¿cómo había resuelto el presidente Barbicane el problema de fundir un cañón de dimensiones tan colosales? Se va a ver, y se comprenderá, al mismo tiempo que la última probabilidad de salvación, originada en la dificultad de establecer tal aparato, escapábase a los habitantes del planeta.

En efecto, fundir un cañón que fuera un millón de veces mayor que el cañón de veintisiete, habría sido un trabajo superior a las fuerzas humanas. Hay ya serias dificultades para fabricar las piezas de cuarenta y dos centímetros, que lanzan proyectiles de setecientos ochenta kilos, con doscientos setenta y cuatro kilogramos de pólvora. Así, Barbicane y Nicholl no habían pensado en ello. No era un cañón, ni siquiera un mortero lo que pretendían hacer, sino una galería abierta en el macizo del Kilimanjaro, un pozo de mina.

Evidentemente, este pozo de mina, este enorme agujero, podía remplazar a un cañón de metal, a un Columbiad gigantesco, cuya fabricación habría sido tan costosa como difícil y al cual habría habido que dar un espesor inverosímil para prevenir toda probabilidad de explosión. Barbicane y Compañía habían tenido siempre el pensamiento de obrar de este modo, y si el cuaderno de J. T. Maston mencionaba un cañón, es porque era el cañón de veintisiete el que había servido de base a sus cálculos.

En consecuencia, escogióse como primera medida un emplazamiento a una altura de cien pies en la vertiente meridional de la cadena, por debajo de la cual se extendían llanuras en lo que alcanzaba la vista. Nada podría servir de obstáculo al proyectil cuando se lanzara fuera de aquella «ánima» perforada en el macizo del Kilimanjaro.

Esta galería fue abierta con extrema precisión, y no sin rudo trabajo. Pero Barbicane pudo fácilmente construir perforadoras, que son máquinas relativamente sencillas, y moverlas por medio de aire comprimido, con ayuda de los poderosos saltos de agua de la montaña. Enseguida, hechos los agujeros con las barrenas de las máquinas perforadoras, fueron cargados de melo-melonita. No se necesitaba menos que este violento explosivo para hacer saltar la roca, porque era una especie de sienita extremadamente dura, formada de feldespato ortoso y de anfibol de horn-blenda. Circunstancia favorable, por lo demás, pues que esta roca tendría que resistir la espantosa presión desarrollada por la expansión del gas. Pero la altura y espesor de la cadena del Kilimanjaro bastaban a tranquilizar contra todo agrietamiento exterior.

En una palabra, los millares de trabajadores, dirigidos por los diez contramaestres, bajo la alta inspección del presidente Barbicane, trabajaron con tanto celo y con tanta inteligencia, que la obra fue llevada a buen fin en menos de seis meses.

La galería medía veintisiete metros de diámetro por seiscientos metros de profundidad. Como importaba que el proyectil pudiera resbalar sobre una pared perfectamente lisa, sin dejar que se perdiese nada de los gases de la deflagración, el interior fue blindado con una capa de fundición perfectamente alisada.

En realidad, este trabajo era infinitamente más considerable que el del célebre Columbiad de Moon-City, que había enviado el proyectil de aluminio alrededor de la Luna. Pero ¿qué hay imposible para los ingenieros del mundo moderno?

Mientras se hacía la perforación en el flanco del Kilimanjaro no holgaban los obreros en el segundo taller. Al mismo tiempo que se construía el revestimiento metálico, ocupábanse en fabricar el enorme proyectil.

Nada más que para esta fabricación se trataba de obtener una masa de fundición cilindrocónica, de un peso de ciento ochenta mil toneladas.

Como se comprende, jamás se había pensado en fundir este proyectil en un solo trozo. Debía ser fabricado por masas de mil toneladas cada una que serían izadas sucesivamente al orificio de la galería y colocadas contra la cámara donde sería amontonada de antemano la meli-melonita. Después de ser unidos entre sí, estos fragmentos no formarían más que un todo compacto, que resbalara por las paredes del tubo interior.

Hubo necesidad de llevar al segundo taller cerca de cuatrocientas mil toneladas de minera], sesenta mil toneladas de castina y cuatrocientas mil toneladas de hulla grasa, que se transformó en doscientas ochenta mil toneladas de coque en los hornos. Como los yacimientos estaban próximos al Kilimanjaro, aquello no fue más que cuestión de acarreo.

En cuanto a la construcción de los altos hornos para obtener la transformación del mineral en fundición, fue acaso el punto donde surgió la mayor dificultad. Sin embargo, al cabo de un mes diez altos hornos de treinta metros estaban en estado de funcionar y de producir cada uno ciento ochenta toneladas por día, lo que hacía mil ochocientas toneladas cada veinticuatro horas, y ciento ochenta mil después de cien días de trabajo.

En el tercer taller, creado para la fabricación de la meli-melonita, el trabajo se hizo fácilmente, y en condiciones de secreto tales, que todavía no ha podido ser determinada la composición de este explosivo.

Todo había marchado a medida del deseo. No se hubiera procedido con más éxito en las fundiciones del Creusot, de Cail, de Indret, del Sena, de Birkenhead, de Woolwich o de Cockerill. Apenas se contaba un accidente por trescientos mil francos de trabajo.

Se puede creer que el sultán estaba encantado. Seguía las operaciones con infatigable asiduidad; ¡fácilmente se imagina si la presencia de Su Temible Majestad sería de naturaleza capaz de estimular el celo de sus fieles súbditos!

Algunas veces, cuando Bali-Bali preguntaba para qué serviría todo aquel trabajo:

– ¡Se trata de una obra que debe cambiar la faz del mundo! –le respondía el presidente Barbicane.

– ¡Una obra que asegurará al sultán Bali-Bali– añadía el capitán Nicholl– una gloria indeleble entre todos los reyes del África Oriental!

No hay necesidad de decir si el sultán se estremecería en su orgullo de soberano del Wamasai.

El 29 de agosto estaban terminados todos los trabajos. La galería, perforada del calibre deseado, estaba revestida de su ánima lisa en una longitud de seiscientos metros. Al fondo estaban amontonadas dos mil toneladas de meli-melonita, en comunicación con el fulminante. Luego venía el proyectil largo de quinientos metros. Deduciendo el sitio ocupado por la pólvora y el proyectil, quedarían todavía que recorrer a éste hasta la boca cuatrocientos noventa y dos metros, lo que aseguraba todo su efecto útil al impulso producido por la expansión de los gases.

En este estado, surgía una primera cuestión, cuestión de pura balística: ¿se desviaría el proyectil de la trayectoria que le estaba señalada por los cálculos de J. T. Maston? De ningún modo. Los cálculos eran correctos, e indicaban en qué medida debían desviar el proyectil hacia el Este del meridiano del Kilimanjaro, en virtud de la rotación de la Tierra sobre su eje, y cuál era la forma de la curva que describiría en virtud de su enorme velocidad inicial.

Segunda cuestión: ¿Sería visible durante su recorrido? No, porque al salir de la galería, sumergido en la sombra de la Tierra, no se le podría ver, y además, como consecuencia de su escasa altura, tendría una velocidad angular muy considerable. Una vez dentro de la zona de luz, la pequeñez de su volumen lo ocultaría a las lentes más poderosas, y con más razón cuando, sustraído a la atracción terrestre, gravitaría alrededor del Sol. ¡Verdaderamente, Barbicane y el capitán Nicholl podían estar orgullosos de la operación a que acababan de dar cima!

¿Por qué J. T. Maston no estaba allí para admirar la buena ejecución de los trabajos, digna de la precisión de los cálculos que los había inspirado...? Y, sobre todo, ¿por qué había de estar lejos, bien lejos, muy lejos cuando aquella formidable detonación despertara los ecos hasta los extremos horizontes de África?

Pensando en él, sus dos colegas no sospechaban siquiera que el secretario del Gun Club había tenido que huir de Ballistic-Cottage, después de haberse evadido de la prisión de Baltimore, y que se veía obligado a ocultarse para salvar su preciosa existencia. Ignoraban hasta qué grado se había excitado la opinión pública contra los ingenieros de la North Polar Practical Association. No sabían que habrían sido asesinados, descuartizados, quemados a fuego lento, si hubiera sido posible apoderarse de sus personas. ¡ Verdaderamente, era una fortuna que, en el momento en que sonara el disparo, no pudiesen ser saludados más que por los gritos de una tribu del África Oriental!

– ¡Al fin! –dijo el capitán Nicholl al presidente Barbicane, cuando en la noche del 22 de setiembre se paseaban ambos por delante de su obra acabada.

– ¡Sí... al fin! Y también: ¡uf! –contestó Barbicane, lanzando un suspiro de satisfacción.

– Si hubiera que volver a comenzar...

– ¡Bah...! ¡Volveríamos a comenzar!

– ¡Qué suerte –dijo el capitán Nicholl –haber tenido a nuestra disposición esta adorable meli-melonita...!

– Que bastaría para haceros ilustre, Nicholl.

– Sin duda, Barbicane –respondió modestamente el capitán Nicholl–. Pero, ¿sabéis cuántas galerías hubiera habido que abrir en los flancos del Kilimanjaro para obtener el mismo resultado, si no hubiéramos tenido más que algodón pólvora como el que lanzó nuestro proyectil hacia la Luna?

– Decid, Nicholl.

– ¡Ciento ochenta galerías, Barbicane!

– ¡Pues bien, las habríamos abierto, capitán!

– ¡Y ciento ochenta mil proyectiles de ciento ochenta mil toneladas!

– ¡Los habríamos fundido, Nicholl!

¿Es posible hacer escuchar la voz de la razón a hombres de este temple? Pero ¿de qué no serán capaces artilleros que han dado la vuelta a la Luna?

Y la misma noche, algunas horas solamente antes del minuto preciso indicado para el disparo, mientras que el presidente Barbicane y el capitán Nicholl se congratulaban de este modo, Alcides Pierredos, encerrado en su cuarto de Baltimore, lanzaba el grito del piel-roja en delirio. Después, apartándose bruscamente de la mesa donde se amontonaban cuartillas de fórmulas algebraicas, exclamaba:

– ¡Pícaro de Maston...! ¡Ah, zopenco...! ¡Y yo que me estaba rompiendo la cabeza con su problema...! ¡Pero cómo no habré yo descubierto esto antes...! ¡Por vida de un coseno...! ¡Si yo supiera dónde está en este momento, iría a invitarlo a cenar, y nos beberíamos una copa de champaña en el mismo instante en que tronara la máquina...!

Y después de uno de aquellos aullidos de salvaje con que acentuaba sus partidas de whist:

– ¡El viejo chocho...! –exclamó–. ¡Bueno estaba cuando calculó el cañón del Kilimanjaro...!

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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