El pais de las pieles · Parte 1

VIII

EL LAGO DEL GRAN OSO

Fue una verdadera suerte. Esos fríos intensos, aunque poco duraderos, que se sienten de ordinario en ciertos días de mayo —hasta en los paralelos de la zona templada—, bastaron para solidificar la espesa capa de nieve. El estado del suelo hízose otra vez propicio. Jasper Hobson reanudó nuevamente la marcha, y el destacamento lanzóse detrás de él a toda velocidad de los tiros.

Entonces modificóse ligeramente la dirección del itinerario. En lugar de dirigirse directamente hacia el Norte, avanzó la expedición hacia el Oeste, siguiendo, por decirlo así, la curvatura del círculo polar. El teniente deseaba llegar al fuerte Seguridad, construido en la punta extrema del lago del Gran Oso. Aquellos pocos días de frío favorecieron extraordinariamente sus proyectos; su marcha fue muy rápida; no tropezó con ningún obstáculo, y, el día 30 de mayo, llegó a la factoría con su destacamento.

El fuerte Seguridad y el fuerte de Buena Esperanza, situados a orillas del Mackenzie, eran a la sazón, los puestos más avanzados hacia el Norte que la Compañía de la Bahía de Hudson poseía en aquella época.

El fuerte Seguridad, construido en el extremo septentrional del lago del Gran Oso, punto de extraordinaria importancia, hallábase, por las aguas mismas del lago, heladas en invierno y libres en verano, en fácil comunicación con el fuerte Franklin, situado en su extremidad Sur.

Aparte de los cambios que diariamente se llevaban a cabo con los cazadores indios de estas altas latitudes, estas factorías, y más especialmente el fuerte Seguridad, explotaban las orillas y las aguas del Gran Oso. Es este lago un verdadero mar Mediterráneo, y se extiende sobre una superficie que abarca varios grados de longitud y anchura. De configuración irregular, estrangulado en su centro por dos promontorios agudos, afecta por el Norte la forma de un triángulo ensanchado. En conjunto, se asemeja a la piel extendida de un inmenso rumiante al que faltase la cabeza toda entera.

En la extremidad de la pata derecha de esta supuesta piel era donde se había construido el fuerte Seguridad, a menos de 200 millas del golfo de la Coronación, uno de los numerosos estuarios que tan caprichosamente perfilan la costa septentrional de América. Encontrábase, pues, enclavado un poco por encima del Círculo Polar Ártico; pero aún distaba cerca de tres grados del paralelo 70°, más allá del cual la Compañía de la Bahía de Hudson tenía sumo interés en fundar un nuevo establecimiento.

El fuerte Seguridad presentaba, en conjunto, las mismas disposiciones que las otras factorías del Sur. Componíase de una casa para oficiales, alojamientos para los soldados y almacenes para las pieles, todo hecho de madera y rodeado de un recinto cercado por una empalizada. El capitán que lo mandaba encontrábase ausente a la sazón. Había partido con rumbo hacia el Este, acompañando a una expedición de indios y de soldados que habían ido a buscar territorios más abundantes en caza. La estación última no había sido buena por falta de pieles de alto precio. En compensación, sin embargo, y gracias a la proximidad del lago, habíase hecho buen acopio de pieles de nutria. Pero las existencias habían sido recientemente enviadas a las factorías centrales del Sur, de manera que los almacenes del fuerte Seguridad se hallaban en aquel momento vacíos.

En ausencia del capitán, fue un sargento quien hizo a Jasper Hobson los honores del fuerte. Este suboficial, que era precisamente cuñado del sargento Long, y se llamaba Felton, púsose enteramente a las órdenes del teniente, quien, deseoso de procurar algún descanso a sus compañeros, resolvió permanecer dos o tres días en el fuerte Seguridad.

Ausente la pequeña guarnición, no faltaban alojamientos. Hombres y perros fueron cómodamente instalados. La habitación de la casa principal fue, naturalmente, reservada a Paulina Barnett, a quien el sargento Felton hubo de colmar de atenciones.

El primer cuidado de Jasper Hobson habí» sido preguntar a Felton si había a la sazón alguna partida de indios septentrionales batiendo las orillas del Gran Oso.

– Sí, mi teniente —respondió el sargento—. Recientemente hemos tenido noticia de que los indios liebres han establecido un campamento en la otra punta septentrional del lago.

– ¿A qué distancia del fuerte? — preguntó Jasper Hobson.

– A treinta millas, aproximadamente — respondió el sargento Felton—. ¿Le. con vendría a usted quizá entrar en relaciones con esos indios?

– Sin duda de ningún género —respondió Jasper Hobson—. Estos indios pueden facilitarme muy útiles referencias relativas a los territorios que confinan con el mar polar y terminan en el cabo Bathurst. Si el lugar es propicio, pienso establecer allí nuestra nueva factoría.

– Pues bien, mi teniente —respondió Felton—, nada más fácil que trasladarse al campamento de los liebres.

– ¿Por la orilla del lago?

– No; cruzando sus mismas aguas que en este momento están libres. El viento es favorable. Pondremos a la disposición de usted un bote y un marinero que lo guíe, y, antes de pocas horas, habrá usted llegado al campamento indio.

– Bien, sargento —dijo Jasper Hobson—. Acepto su ofrecimiento, y mañana por la mañana, si le parece bien...

– Cuando le convenga a usted, mi teniente

– respondió el sargento Felton.

Fijóse la partida para el siguiente día por la mañana.

Cuando Paulina Barnett tuvo noticia del proyecto, pidió a Jasper Hobson permiso para acompañarle, el cual le fue concedido en seguida.

Con objeto de pasar lo más agradablemente posible el resto de la jornada, Paulina Barnett, Jasper Hobson, dos o tres soldados, Madge, y las esposas de Mac-Nap y Joliffe, guiados por el sargento Felton, marcharon a visitar las orillas vecinas del lago, las cuales no se hallaban desprovistas del todo de verdura.

Los ribazos, libres ya de las nieves invernales, aparecían de trecho en trecho coronados de árboles resinosos, de la especie de los pinos de Escocia. Elevábanse estos árboles unos cuarenta pies sobre el suelo, y suministraban a los habitantes del fuerte todo el combustible que necesitaban durante los largos meses de invierno. Sus gruesos troncos revestidos de ramas flexibles, ofrecían un matiz ceniciento muy marcado. Pero, formando espesas masas, que descendían hasta las orillas del lago, uniformemente agrupados, rectos, casi todos de la misma altura, daban poca variedad al paisaje.

Entre estos grupos de árboles, una especie de hierba blanquecina cubría el suelo y perfumaba la atmósfera con un suave olor a tomillo. El sargento Felton dijo a sus huéspedes que aquella hierba tan odorífera era conocida con el nombre de hierba incienso, denominación que justificaba plenamente al ser arrojada sobre las ascuas.

Los paseantes abandonaron el fuerte, y, después de haber recorrido algunos centenares de pasos, llegaron cerca de un pequeño puerto natural, enclavado entre rocas de granito, que le defendían contra la resaca del lago. En él se hallaba amarrada toda la flota del fuerte Seguridad, consistente en un único bote de pesca, el mismo que al día siguiente debía transportar a Jasper Hobson y a Paulina Barnett al campamento de los indios. Desde aquel punto abarcaba la mirada una gran parte del lago: sus colinas pobladas de árboles, sus caprichosas márgenes, que formaban numerosos promontorios y ancones, y sus aguas suavemente onduladas por la brisa, por encima de las cuales algunos icebergs asomaban aún sus movibles siluetas. Hacia el Sur, perdíase la vista en un verdadero horizonte marítimo, un línea circular netamente trazada por el cielo y el agua, que se confundían entonces bajo el brillo de los rayos solares.

Aquel vasto espacio, ocupado por la superficie líquida del Gran Oso; las orillas sembradas de guijarros y trozos de granito; las rampas tapizadas de hierba; las colinas y los árboles que las coronaban, ofrecían por todas partes la imagen de la vida vegetal y animal.

Numerosas variedades de patos nadaban sobre las aguas, chillando ruidosamente. Veíanse gansos del Norte, silbadores, arlequines y viejas, aves éstas muy alborotadoras cuyo pico no se cierra jamás. Algunos centenares de petreles y urías escapaban a todo volar en diversas direcciones.

Por debajo de los árboles pavoneábanse los quebrantahuesos, aves de dos pies de altura, especie de halcones de vientre ceniciento, patas y picos azules y ojos anaranjados. Los nidos que estas aves construyen con hierbas marinas en las bifurcaciones de las ramas, presentan una enorme volumen. El cazador Sabine logró derribar una pareja de estos quebrantahuesos gigantescos, cuyas alas extendidas medían cerca de seis pies, magníficos ejemplares de estas aves migratorias exclusivamente ictiófagas, a quienes empuja el invierno hasta las orillas del golfo de Méjico y regresan en verano hacia las más elevadas latitudes de la América septentrional.

Pero lo que más interesó a los paseantes fue la captura de una nutria, cuya piel valía muchos centenares de rublos.

Las pieles de estos anfibios eran antiguamente muy solicitadas en China; pero, aunque han sufrido cierta depreciación en los mercados del Celeste Imperio, disfrutan todavía de gran favor en los de Rusia, donde hay siempre seguridad de poderlas vender a buen precio. Por eso los comerciantes rusos explotan todas las fronteras del Nuevo Cornualles, hasta el océano Ártico, y persiguen incesantemente a las nutrias marinas, cuya especie escasea más cada vez. Y ésta es la razón de que estos animales huyan siempre de los cazadores, que tienen que seguirles la pista hasta las costas de Kamchatka y las islas del archipiélago de Behring.

– Pero las nutrias americanas —añadió el sargento Felton, después de referir todos estos detalles a sus huéspedes— no son de desdeñar, y las que frecuentan el lago del Gran Oso salen aún de doscientos cincuenta a trescientos francos cada una.

Eran, efectivamente, unas nutrias magníficas las que vivían bajo las aguas del lago. Uno de estos mamíferos, hábilmente apuntado y muerto por el sargento mismo, valía casi tanto como los de Kamchatka. Medía dos pies y medio de longitud desde la punta del hocico hasta la extremidad de la cola; tenía los pies palmeados; las piernas cortas, y su pelo de color pardusco, más obscuro en el lomo que en el vientre, era largo, sedoso y brillante.

– ¡Magnífico tiro, sargento! — exclamó el teniente Hobson, haciendo admirar a Paulina Barnett la piel soberbia del animal derribado.

– En efecto, mi teniente —respondió el sargento Felton—; y si cada día pudiera uno apoderarse de una piel de nutria, no habría motivo alguno de queja. Pero, ¡cuánto tiempo se pierde en acechar a esos animales, que nadan y se zambullen con una velocidad prodigiosa! Sólo cazan durante la noche, y es muy raro que durante el día se aventuren fuera de sus guaridas, que esconden en los huecos de los árboles y en las quiebras de las peñas, siendo en extremo difícil el descubrirlas hasta para los más expertos cazadores. —¿Y disminuye también gradualmente el número dé estas nutrias? — preguntó Paulina Barnett.

– Si, señora —respondió el sargento—; y el día que desaparezca la especie, disminuirán de un modo alarmante los beneficios de la Compañía. Todos los cazadores se disputan estas pieles, y los americanos, en especial, nos hacen una ruinosa competencia. ¿No ha encontrado usted, mi teniente, durante su viaje, algún agente de las compañías americanas? — Ninguno —respondió Jasper Hobson—. ¿Frecuentan, por ventura, estos territorios de latitud tan elevada?

– A cada instante —respondió el sargento—; cuando se les ve por los alrededores conviene ponerse en guardia.

– ¿Son, acaso, esos agentes, salteadores de caminos? — preguntó Paulina Barnett..

– No, señora —respondió el sargento—; pero son rivales temibles, y, cuando la caza escasea, los cazadores se la disputan a tiros. ¡Hasta me atrevería a asegurar que si el éxito corona la tentativa de la Compañía, y logra fundar un fuerte en el límite extremo del continente, no tardarán en imitar el ejemplo esos americanos a quienes el cielo confunda.

– ¡Bah! —respondió el teniente—, los territorios donde abunda la caza son muy vastos y el sol sale para todos. Por lo que respecta a nosotros, comencemos desde luego. Marchemos hacia adelante mientras la tierra sólida no nos falte debajo de los pies, y, ¡Dios nos ayudará!

Al cabo de tres horas de paseo, los expedicionarios regresaron al fuerte Seguridad. Una buena comida, compuesta de pescado y caza fresca, esperábales en el salón principal y todos hicieron honor a la mesa del sargento. Algunas horas de conversación pusieron fin a la jornada, y la noche procuró a los huéspedes del fuerte un excelente sueño.

Al día siguiente, 31 de mayo, Paulina Barnett y Jasper Hobson estaban ya de pie a las cinco de la mañana. El teniente debía consagrar todo aquel día a visitar el campamento de los indios y a recoger todas las noticias y datos que pudieran serle útiles.

Propuso a Tomás Black que lo acompañase en aquella excursión; pero el astrónomo prefirió quedarse en tierra. Deseaba hacer algunas observaciones astronómicas y determinar con precisión la longitud y latitud del fuerte Seguridad.

La señora Paulina Barnett y Jasper Hobson tuvieron, pues, que hacer solos la travesía del lago, guiados por un viejo marino apellidado Norman, que se hallaba ya hacía muchos años al servicio de la Cornpañía.

Los dos pasajeros, acompañados por el sargento Felton, trasladáronse al puertecillo, donde el anciano Norman esperábales en su embarcación. Era ésta un sencillo bote de pesca, sin cubierta, de diez y seis pies de eslora, aparejado de balandro, que podía ser manejado fácilmente por un solo hombre. El tiempo era magnífico. Soplaba una ligera brisa del Norte en extremo favorable para la travesía. El sargento Felton despidióse de sus huéspedes, rogándoles que le dispensaran que no les acompañase, por no poder abandonar la factoría en ausencia de su capitán. Largó la embarcación sus amarras, y, después de abandonar el puerto, amuró su vela a estribor, y comenzó a cruzar veloz las frescas aguas del lago.

Semejante viaje era, en realidad, un paseo delicioso. El viejo lobo de mar, de carácter bastante taciturno, manteníase silencioso en la popa, con la caña del timón debajo del brazo. Paulina Barnett y Jasper Hobson, sentados en los bancos laterales, examinaban el paisaje que se extendía ante sus ojos. El bote barajaba la costa septentrional del lago del Gran Oso, manteniéndose a una distancia de tres millas aproximadamente con objeto de navegar siempre al mismo rumbo. Podían, pues, observar fácilmente las grandes masas de cerros cubiertos de bosques que descendían poco a poco hacia el Oeste. Por este lado, la región que formaba la parte Norte del lago parecía ser completamente llana, alejándose en ella la línea del horizonte a considerable distancia. Toda esta orilla contrastaba con la que constituía el ángulo agudo, en el cual se elevaba el fuerte Seguridad, que aparecía proyectado sobre un fondo de pinos verdes, y en cuyo torreón se veía aún ondear la bandera de la Compañía.

Hacia el Sur y el Oeste, las aguas del lago, heridas oblicuamente por los rayos solares, resplandecían a trechos; pero los que más deslumhraba la vista eran los icebergs móviles, que semejaban bloques de plata fundida, cuyas reverberaciones no podía sufrir la mirada. De los témpanos que el invierno había formado no quedaban ya vestigios. Sólo las montañas flotantes, que apenas podía fundir el astro del día, parecían protestar contra aquel sol polar, que describía un arco diurno muy prolongado, y que aun carecía de calor, aunque no de brillo.

Paulina Barnett y Jasper Hobson hablaban de todo esto, comunicándose uno a otro, como siempre, los pensamientos que en ellos provocaba aquella extraña naturaleza. Enriquecían su entendimiento de recuerdos, en tanto que la embarcación, balanceándose apenas sobre aguas tan apacibles, marchaba con celeridad.

En efecto, había partido a las seis de la mañana, y a las nueve se aproximaba ya a la orilla septentrional del lago, término de su destino. El campamento de los indios hallábase establecido en el ángulo Noroeste del lago del Gran Oso. Antes de las diez, el viejo Norman había llegado a este punto, varando su embarcación en una playa bastante empinada, al pie de un acantilado de regular altura.

El teniente y Paulina Barnett desembarcaron en seguida. Dos o tres indios saliéronles al encuentro, entre ellos el jefe de la tribu, personaje muy engalanado de plumas que les dirigió la palabra en un inglés bastante inteligible.

Estos indios liebres, lo mismo que los indios cobres, los indios castores y otros, pertenecen todos a la raza de los chipewayos, y difieren, por lo tanto, muy poco de sus congéneres en lo tocante a sus costumbres y trajes. Mantienen, por otra parte, frecuente relación con las factorías, y este comercio lo han, por decirlo así, britanizado, hasta donde puede britanizarse un salvaje. Llevan los productos de sus cacerías a los futites, donde los cambian por objetos necesarios para la vida, que han dejado de elaborar por sí mismos hace ya bastantes años. Puede decirse que viven a sueldo de la Compañía, y por eso no es de extrañar que hayan perdido toda originalidad. Para hallar una raza de indios en la que el contacto europeo no haya impreso ya sus huellas, es preciso remontarse a latitudes más elevadas, hasta las regiones glaciales frecuentadas por los esquimales. El esquimal, lo mismo que el groenlandés, es verdadero hijo de las regiones polares.

Paulina Barnett y Jasper Hobson trasladáronse al campamento indio, situado a media milla de la playa, en el cual encontraron a unos treinta indígenas, entre hombres, mujeres y niños, que vivían de la pesca y de la caza, y explotaban los alrededores del lago.

Estos indios acababan de llegar precisamente de los territorios situados al Norte del continente americano, y facilitaron a Jasper Hobson algunas noticias, aunque bastante incompletas, acerca del estado actual del litoral en los alrededores del paralelo 70°. El teniente supo, sin embargo, con cierta satisfacción, que ningún destacamento europeo ni americano había hecho su aparición por los confines del mar Polar, y que éste se hallaba libre en aquella época del año. En cuando al cabo Bathurst propiamente dicho, hacia el cual tenía intención de encaminarse el teniente, los indios liebres no lo conocían. Su jefe habló, además, de la región situada entre el lago del Gran Oso y el Cabo Bathurst como de un país difícil de atravesar, bastante quebrado, y cruzado por ríos deshelados en esta época. Aconsejó al teniente que descendiese la corriente del Coppermine-river, que arranca del Nordeste del lago, con objeto de llegar a la costa por el camino más corto. Una vez en las orillas del mar Polar, sería mucho más fácil seguir la configuración de sus costas, y entonces sería dueño Jasper Hobson de detenerse en el punto que más le conviniese.

El teniente dio las gracias al jefe indio y se despidió de él, después de hacerle algunos regalos. Después visitó los alrededores del campamento, acompañado de Paulina Barnett, y no volvió a buscar su embarcación hasta eso de las tres de la tarde.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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