El pais de las pieles · Parte 2

XV

UNA ÚLTIMA EXPLORACIÓN

A partir de esta fecha, el sol se fue elevando cada día más por encima del horizonte. Pero, si bien la noche interrumpióse durante algunas horas, el frío se acrecentó, como ocurre con frecuencia en febrero, y el termómetro marcó Ia Fahrenheit (17° centígrados bajo cero). Era la temperatura más baja que había habido durante todo aquel singular invierno.

– ¿En qué época sobreviene el deshielo en estos mares? — preguntó un día la viajera a Jasper Hobson.

– En general, señora —le respondió el teniente—, no se opera la rotura de los hielos hasta los primeros días de mayo; pero el invierno ha sido tan benigno, que si no sobrevienen nuevos fríos muy intensos, podría presentarse el deshielo en los comienzos de abril; yo, al menos, así lo supongo.

– ¿De suerte que tendremos que esperar dos meses todavía? — preguntó Paulina Barnett.

– Sí señora, dos meses —respondió Jasper Hobson—; porque será prudente no aventurarnos con nuestra pequeña embarcación en medio de los hielos demasiado prematuramente; y abrigo la esperanza de que, para dicha época, estén a nuestro favor todas las probabilidades de éxito, sobre todo si podemos esperar el momento en que la isla se encuentre en la parte más angosta del estrecho de Behring, cuya anchura no pasa de cien millas.

– Pero, ¿qué dice usted, señor Jasper? — replicó la viajera, sorprendida al oir la respuesta del teniente—. ¿Olvida usted, por ventura, que ha sido la corriente de Kamchatka, la corriente que tira hacia el Norte, la que nos ha traído hasta aquí, y que, cuando llegue el deshielo, podrá cogernos de nuevo y arrastrarnos más lejos todavía?

– No lo espero, señora —respondió el teniente Hobson—, y hasta me atrevo a asegurar que no ocurrirá tal cosa. El arrastre de los témpanos tiene tiempre lugar de Norte a Sur, ora porque la corriente de Kamchatka se invierta, ora porque los hielos tomen la corriente de Behring, ora, en fin, por cualquier otra razón que a mí no se me alcance; pero lo cierto es que los icebergs descienden invariablemente hacia el Pacífico, en donde se disuelven en sus más cálidas aguas. Pregúnteselo a Kalumah, que conoce estos parajes, y ella le dirá a usted, como yo, que el arrastre de los hielos se efectúa de Norte a Sur.

Interrogada Kalumah, confirmó las palabras del teniente. Parecía, pues, probable que la isla, arrastrada en los primeros días de abril, fuese impelida hacia el Sur como un inmenso témpano, es decir, hacia la parte más angosta del estrecho de Behring, frecuentada durante el estío por los pescadores de Nuevo Arcángel y los prácticos de la costa.

Pero, teniendo en cuenta todos los retardos posibles, y, por consiguiente, el tiempo que la isla tardaría en volver a bajar hacia el Sur, no había que soñar con llegar al continente antes del mes de mayo. Por otra parte, aunque el frío no hubiese sido intenso, la isla Victoria se habría consolidado sin duda, acrecentándose el espesor de su base de hielo, pudiéndose esperar que resistiese durante varios meses todavía. Los invernantes no tenían, pues, más remedio que armarse de paciencia, y esperar, ¡esperar siempre!

La convalecencia del niño proseguía sin retroceso. El 20 de febrero salió por primera vez después de cuarenta días de enfermedad; es decir, que lo sacaron de su cuarto al salón, donde todos le prodigaron sus caricias. Su madre, cuya intención había sido despecharlo al cumplir un año, siguió amamantándolo por consejo de Madge, y la leche materna, mezclada algunas veces con la de reno, devolvióle bien pronto las fuerzas. Se encontró con numerosos juguetes que para él habían hecho los soldados durante la enfermedad, y no hay para qué decir que fue el niño más feliz de la tierra. Durante la última semana de febrero llovió y nevó de una manera terrible, soplando fuerte viento del Noroeste. Algunos días, la temperatura descendió lo bastante para que la nieve cayese en abundancia, sin que por ello amainase la violencia de la tempestad. Por el lado del cabo Bathurst y del gran banco de hielo, los ruidos de la borrasca eran ensordecedores. Al chocar unos con otros los icebergs, desplomábanse destrozados con estrépito semejante al del trueno. Los hielos del Norte, que se iban acumulando sobre el litoral de la isla, ejercían una presión que amenazaba derribar el mismo cabo Bathurst, que no era, en realidad, más que una especie de iceberg recubierto de tierra y arena. Algunos voluminosos témpanos, a pesar de su gran peso, fueron impelidos hasta el mismo pie de la empalizada. Por fortuna para la factoría, se mantuvo el cabo firme, preservando los edificios de un completo aplastamiento.

Fácil es comprender cuan peligrosa era la situación de la isla Victoria, a la entrada de un angosto estrecho hacia el cual se agolpaban los hielos. Podía ser barrida por una especie de avalancha horizontal, y aplastada por los témpanos que venían de alta mar, antes de sumergirse en el abismo. Era un peligro nuevo que venía a sumarse a tantos otros. Viendo Paulina Barnett la fuerza prodigiosa de la presión, y la irresistible violencia con que se amontonaban los témpanos, se dio cuenta del nuevo peligro que amenazaba a la isla con una ruina inmediata. Habló de ello varias veces al teniente Hobson, y éste sacudía la cabeza, como hombre que no tiene nada que contestar.

La borrasca amainó completamente hacia los primeros días de marzo, y pudo apreciarse entonces qué modificación tan grande había sufrido el aspecto del campo de hielo. Parecía, en efecto, como si a consecuencia de una especie de deslizamiento sobre la superficie de éste, el gran banco polar se hubiese aproximado a la isla Victoria. En ciertos puntos, no distaba arriba de dos millas, y se desplazaba como los ventisqueros, con la diferencia de que éstos descienden, en tanto que él avanzaba hdrizontalmente. Entre aquella elevada barrera y el litoral, el suelo, o por mejor decir, el campo de hielo, espantosamente removido, erizado de protuberancias, de agujas quebradas, de trozos derribados, de pirámides caídas, lleno de concavidades cual un mar que se hubiese congelado de súbito en medio de una tempestad espantosa, estaba desconocido. Semejaba las ruinas de una inmensa ciudad de la que no hubiese quedado piedra sobre piedra. Sólo el alteroso banco, con su extraño perfil, destacando sobre el cielo sus conos, sus crestas fantásticas y sus picos agudos, manteníase firme y servía de espléndido marco a aquella pintoresca confusión.

Por esta época ya estaba la embarcación terminada por completo. Su forma era algo grotesca, pero hacía honor a Mac-Nap; y, con su proa en forma de galeota, debía resistir perfectamente el choque de los hielos. Parecía una de esas barcas holandesas que se aventuran por los mares del Norte. Su aparejo, que también estaba listo, componíase, como el de las balandras, de una cangreja y un foque, sostenidos por un solo palo. Para hacer el velamen habíanse utilizado las telas de las tiendas de campaña que había en la factoría.

La embarcación podía contener cómodamente al personal de la isla Victoria, siendo evidente que si, como era de esperar, la isla embocaba en el estrecho de Behring, podía franquear fácilmente la mayor distancia que podía separarla en este caso de la costa americana. Restaba, pues, solamente esperar la llegada del deshielo.

Jasper Hobson concibió entonces la idea de emprender una excursión bastante más larga al Sur de la isla, con objeto de reconocer el estado del campo de hielo, de observar si presentaba señales de una próxima disolución, de examinar el gran banco polar, de ver, en fin, si en el estado actual del mar, seguían obstruidos aún todos los pasos hacia el continente americano. Numerosos incidentes y azares podían producirse aún antes que la ruptura de los hielos hubiera dejado el mar libre, siendo, por consiguiente, un acto de reconocida prudencia efectuar el reconocimiento propuesto. Acordada la expedición, fijóse como fecha de partida el día 7 de marzo. Componíanla el teniente Hobson, Paulina Barnett, Kalumah, Marbre y Sabine. Convínose en que si el camino estaba practicable, se buscaría un paso a través del gran banco polar, pero que, en todo caso, los expedicionarios no prolongarían su ausencia arriba de cuarenta y ocho horas.

Preparáronse los víveres, y el pequeño destacamento, bien armado a prevención, salió del fuerte Esperanza en la mañana del día 7 de marzo e hizo rumbo hacia el cabo Miguel.

El termómetro marcaba entonces 32° Fahrenheit, o sea cero centígrados. La atmósfera se hallaba ligeramente cubierta de brumas, pero en calma. El sol permanecía sobre el horizonte, describiendo su arco diurno, durante siete u ocho horas, y sus oblicuos rayos proyectaban una claridad suficiente sobre toda la inmensa masa que constituían los hielos.

A las nueve, después de un pequeño descanso, Jasper Hobson y sus compañeros descendían por las laderas del cabo Miguel, y avanzaban por el campo de hielo en dirección Sudoeste. Por este lado no distaba la gran barrera polar ni tres millas del cabo.

La marcha fue bastante lenta, como podrá comprenderse. A cada instante era preciso rodear bien una profunda grieta, bien un infranqueable montículo. Era evidente que ningún trineo hubiera podido aventurarse por aquel escabroso camino, formado por un amontonamiento de témpanos de todos tamaños y formas, algunos de los cuales se mantenían en pie sólo por un milagro de equilibrio. Otros se habían recientemente derrumbado, como lo demostraba la limpieza de sus secciones y lo afilado de sus aristas, que semejaban cuchillos. Por en medio de aquel laberinto no se veía una huella que delatase el paso de un hombre o de un animal. No existía ningún ser viviente en aquellas soledades que hasta los mismos pájaros habían abandonado.

Paulina Barnett preguntábase, llena de estupor, cómo, si hubiesen partido en diciembre, hubieran podido franquear aquel campo de hielos tan revueltos; pero el teniente Hobson hubo de hacerle observar que en la época expresada aquél no presentaba este aspecto. La enorme presión provocada por la gran barrera polar no se había aún producido, y habrían encontrado la superficie del campo de hielo relativamente lisa. El único pbstáculo había sido la falta de solidificación. Cierto que el paso no estaba practicable, a consecuencia de las escabrosidades de la superficie; pero al principio del invierno no existían semejantes asperezas.

Entretanto, se iban acercando a la gran barrera de hielos, Kalumah precedía casi siempre a sus compañeros de excursión, caminando con paso seguro en medio de los témpanos como un gamo entre las rocas alpestres. Maravillaba al verla correr de aquel modo, sin vacilar jamás, sin equivocarse nunca, y seguir de un modo instintivo el camino mejor entré aquel laberinto de icebergs. Iba, venía, gritaba y podía seguírsela con toda confianza.

A eso del mediodía habían llegado a la base de la gran barrera polar; pero habían empleado nada menos que tres horas en recorrer igual número de millas.

¡Qué masa tan enorme era aquella imponente barrera, algunas de cuyas crestas se elevaban a más de cuatrocientos pies sobre el campo de hielo! Las capas que la constituían dibujábanse con gran claridad. Tintes diversos, matices de delicadeza exquisita coloreaban sus heladas paredes. Veíasela a largos trechos, ya irisada, ya jaspeada, surcada por todas partes de arabescos o salpicada de luminosas lentejuelas. Ningún acantilado, por extraordinariamente bien recortado que estuviese, podría dar una idea de aquella gran barrera, opaca en unos lugares, diáfana en otros, sobre la qué la sombra y la luz producían maravillosos efectos.

Pero era preciso cuidar de no aproximarse a aquellas inestables masas, cuya solidez era muy problemática y en cuyo interior ocurrían con frecuencia desgarros acompañados de espantosos estruendos. Efectuábase un trabajo de disgregación formidable. Las burbujas de aire aprisionadas en su masa preccipitaban.su destrucción, y bien se echaba de ver la fragilidad de aquel edificio elevado pofél frío, que no sobreviviría al invierno ártico, y que estaba destinado a convertirse en agua bajo los rayos del sol, en cantidad suficiente para alimentar varios ríos caudalosos.

El teniente Hobson previno a sus compañeros contra los peligros de las avalanchas, que a cada instante descendían de las cumbres de la gran barrera, de suerte que ya tenían buen cuidado de no aproximarse a su base. Y hacían bien en proceder con prudencia, porque, a eso de las dos, en el ángulo de un valle que se disponían a cruzar, desgajóse de una de las crestas un enorme témpano, cuyo peso no sería inferior a cien toneladas, y cayó sobre el campo de hielo con formidable estruendo. Saltó en pedazos la costra bajo aquel choque tremendo y el agua fue proyectada a gran akura. Por fortuna, a nadie alcanzaron los fragmentos del témpano, que estalló como una bomba.

Desde las dos hasta las cinco siguieron caminando por un valle sinuoso y estrecho que se internaba en la. gran barrera de hielos. ¿La atravesaba en toda su longitud? Era imposible saberlo. De esta suerte pudo ser examinada la estructura interior del gran banco polar. Los bloques que lo componían hallábanse superpuestos con mayor simetría que en su revestimiento exterior. En diferentes lugares veíanse troncos de árboles tropicales incrustados en su masa, los cuales indudablemente habían sido arrastrados por la corriente del Golfo, o GulfStream, hasta las regiones árticas; y aprisionados ahora entre los hielos, volverían al océano con ellos. También se vieron varios restos y despojos de buques.

A las cinco de la tarde, la obscuridad, que era ya bastante intensa, detuvo la exploración. Habían avanzado dos millas próximamente a lo largo del valle; pero sus sinuosidades impedían evaluar la distancia recorrida en línea recta.

Jasper Hobson dio entonces la señal de alfo, y, en menos de media hora, Marbre y Sabine, armados de cuchillos para la nieve, abrieron una gruta en el macizo del hielo, donde se cobijó el destacamento; y, después de cenar, rendidos de fatiga, durmiéronse profundamente.

Al día siguiente, a las ocho, todos estaban de pie, y Jasper Hobson prosiguió el camino del valle durante media hora aún, a fin de reconocer si atravesaba el gran banco en toda su extensión. A juzgar por la situación del sol, su dirección, después de haber sido Nordeste, parecía inclinarse al Sudeste.

A las once, el teniente y sus compañeros desembocaban en la parte opuesta de la gran barrera; de suerte que no podía dudarse de que el paso existía.

Toda esta parte oriental del campo de hielo presentaba el mismo aspecto que su porción occidental. El mismo hacinamiento de. bloques, el mismo erizamiento de témpanos, Los icebergs y montículos extendíanse hasta perderse de vista, separados por algunos espacios llanos, pero estrechos, y cortados por numerosas grietas cuyos bordes se hallaban ya en descomposición. Reinaba allí también la misma soledad, idéntico abandono. Ni un cuadrúpedo, ni un ave.

Paulina Barnett permaneció una hora entera en la cima de un montículo contemplando aquel paisaje polar, de tan desolado aspecto. Pensaba, a su pesar, en la marcha que intentaron cinco meses atrás. Veía en su imaginación a todo el personal de la factoría, a toda aquella miserable caravana, perdida en medio de aquellos desiertos helados, en su tentativa de llegar al continente americano a través de tantos peligros y obstáculos.

Jasper Hobson vino, al fin, a arrancarla de sus sueños.

– Señora —le dijo—, hace más de veinticuatro horas que salimos del fuerte. Ahora ya conocemos cuál es el espesor de la gran barrera, y como hemos prometido no prolongar nuestra ausencia más de cuarenta y ocho horas, me parece que es tiempo de que retrocedamos.

Paulina Barnett fue de su misma opinión. Habíase logrado el objetivo de la expedición. La gran barrera tenía sólo un mediano espesor, de suerte que indudablemente se disolvería bien pronto, dejando en seguida paso a la embarcación construida por Mac-Nap. Urgía, pues, el regreso, porque el tiempo podía variar y los torbellinos de nieve obstruir el valle transversal.

Almorzaron tranquilamente, y reanudaron la marcha hacia el fuerte. A las cinco, acamparon, como la víspera, en una gruta de hielo, en la que pasaron la noche, y al día siguiente, 9 de marzo, Jasper Hobson, a las ocho dé la mañana, daba la señal de marcha. El tiempo era magnífico. El sol, que se elevaba en el cielo, dominaba ya las Crestas de la gran barrera, y lanzaba algunos rayos a través del valle. Jasper Hobson y sus compañeros los recibían por la espalda, pues marchaban hacia el Oeste; mas sus ojos percibían el resplandor de los rayos reflejados por las paredes de hielo que ante ellos se estrecruzaban.

Paulina Barnett y Kalumah caminaban un poco a retaguardia, conversando, observándolo todo y siguiendo los estrechos pasos indicados por Sabine y por Marbre. Abrigaban la esperanza de haber concluido de atravesar el gran banco a mediodía y recorrido las tres millas que los separaban de la isla Victoria antes de la una o las dos. De este modo estarían los excursionistas de regreso en el fuerte a eso de la puesta del sol, y estas escasas horas de retraso no llegarían a causar excesiva inquietud a sus compañeros.

Pero no contaban con un incidente que el hombre más perspicaz no habría podido prever.

Serían próximamente las diez, cuando Marbre y Sabine, que marchaban a vanguardia, detuviéronse, discutiendo, al parecer. Al llegar a su altura el teniente, Paulina Barnett y la joven indígena vieron que Sabine mostraba la brújula que tenía en la mano a su compañero, y el cual la contemplaba asombrado.

– ¡He aquí una cosa extraña! —exclamó, dirigiéndose al teniente Hobson—. ¿Me dirá usted, mi teniente, hacia qué lado demora nuestra isla con relación al gran banco? ¿Al Este o al Oeste?

– Al Oeste —respondió Jasper Hobson, bastante sorprendido por semejante pregunta—; bien lo sabe usted, Marbre.

– ¡Bien lo sé!... ¡bien lo sé!... —respondió Marbre moviendo la cabeza—. ¡Pero, entonces, si demora al Oeste, vamos por camino falso y nos alejamos de ella!

– ¡Cómo! ¡que nos alejamos de la isla! — exclamó el teniente, algo desconcertado por el tono de firmeza con que el cazador se expresaba.

– Sin duda, mi teniente —respondió Marbre—; consulte usted la brújula, y que pierda hasta el nombre que tengo si no indica que caminamos hacia el Este y no hacia el Oeste.

– ¡No es posible! — dijo la viajera.

– ¡Mírelo usted misma, señora! — repuso Sabihe.

En efecto, la aguja imantada señalaba el Norte en una dirección absolutamente opuesta a la en que se suponía que se hallaba. Jasper Hobson reflexionó y se abstuvo de contestar.

– Es preciso que nos hayamos equivocado esta mañana al abandonar nuestra gruta —dijo Sabine—. Habremos tomado la izquierda en lugar de tomar hacia la derecha.

– ¡No! —exclamó Paulina Barnett—; ¡eso sí que no es posible! ¡No nos hemos engañado!

– Pero... — dijo entonces Marbre.

– Pero mire usted el sol —le interrumpió la viajera—. ¿Acaso no sale ahora por Oriente? Pues si sigue saliendo por Oriente, y lo hemos recibido de espalda durante toda la mañana y lo seguimos recibiendo aún del mismo modo, es evidente que caminamos hacia el Oeste. Por tanto, como la isla se encuentra al Oeste, la hallaremos al salir de este valle, en la parte occidental del gran banco.

Estupefacto Marbre al oír este argumento, contra el que no tenía ninguna objeción que oponer, cruzóse de brazos.

– Muy bien —dijo Sabine—; pero entonces la brújula y el sol están en completa contradicción.

– Sí, en este momento al menos — respondió Jasper Hobson—. La explicación es sencilla; en las altas latitudes boreales, y en los parajes cercanos al polo magnético, sucede algunas veces que las brújulas se perturban, ofreciendo su aguja indicaciones absolutamente falsas.

– En ese caso —dijo Marbre—, ¿debemos proseguir nuestra ruta volviendo la espalda al sol?

– Sin duda de ningún género —respondió el teniente Hobson—. Me parece que entre el sol y la brújula no es dudosa la elección. ¡El sol jamás se altera!

El argumento era de los que no tienen réplica, y se reanudó la marcha caminando de espaldas al sol.

Él pequeño destacamento avanzó a través del valle; pero tardaron en atravesarlo más tiempo del calculado. Jasper Hobson contaba con haberlo franqueado antes de mediodía, y eran más de las dos cuando llegaron, por fin, a su desembocadura.

Inquietóle no poco este inexplicable retraso; pero, ¡juzgúese de su asombro y el de sus compañeros, cuando, al sentar el pie sobre el campo de hielo que se extendía al pie de la gran barrera, no vieron la isla Victoria, que debía encontrarse frente a ellos!

¡No! ¡La isla, perfectamente reconocible por aquel lado, gracias a los árboles que coronaban el cabo Miguel, no estaba allí! En su lugar se extendía una inmensa llanura de hielo, bañada hasta perderse de vista, por los rayos solares, que pasaban por encima de la gran barrera.

El teniente Hobson, Paulina Barnett, Kalumah y los dos cazadores se miraban los unos a los otros asombrados. —¡La isla debía estar ahí!

– exclamó Sabine. — ¡Y no está! —respondió Marbre—. Mi teniente, ¿qué habrá sido de ello?

Paulina Barnett, por completo atolondrada, no sabía qué responder. Jasper Hobson no desplegó los labios.

En aquel momento, Kalumah aproximóse al teniente, y, tocándole en el brazo, le dijo:

– Nos hemos extraviado en el valle, caminando en sentido inverso, y por eso nos hallamos ahora en el mismo lugar donde estábamos ayer, cuando atravesamos por primera vez la gran barrera de hielos. ¡Venga usted! ¡Venga usted!

Y, maquinalmente, por decirlo así, el teniente Hobson, Paulina Barnett, Marbre y Sabine, fiándose del instinto de la joven indígena, dejáronse guiar por ella, penetrando de nuevo en el estrecho desfiladero, y volviendo sobre sus pasos. Las apariencias, no obstante, estaban contra Kalumah, a juzgar por la posición del sol.

Pero la joven no se había explicado, contentándose con decir, sin dejar de caminar:

– ¡Vamos! ¡Vamos de prisa!

El teniente, la viajera y sus compañeros estaban extenuados y apenas podían arrastrarse, cuando, llegada la noche, después de tres horas de marcha se encontraron al otro lado del gran banco. La obscuridad impedíales ver si la isla estaba allí; pero no duró su incertidumbre mucho tiempo.

En efecto, a algunos centenares de pasos veíanse sobre el campo de hielo antorchas encendidas que caminaban en todos sentidos, y en el aire resonaban algunos tiros. Los llamaban, sin duda.

Contestaron a estas señales los expedicionarios, y pronto se unieron a ellos el sargento Long, Tomás Black, a quien la inquietud por la suerte de sus amigos había hecho que, al fin, sacudiese su apatía, y algunos otros más. La pequeña colonia había experimentado gran zozobra, suponiendo, como en realidad había ocurrido, que Jasper Hobson y sus compañeros se habrían extraviado al tratar de regresar a la isla.

Y, ¿por qué temieron esto los que habían permanecido en el fuerte Esperanza?

Porque desde veinticuatro horas antes el inmenso campo de hielo y la isla que de él formaban parte habíanse desplazado, girando sobre su eje 180°, y como consecuencia de este desplazamiento, no era en lo sucesivo al Oeste, sino al Este de la gran barrera donde había que buscar la isla errante.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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