El pais de las pieles · Parte 2

VI

DIEZ DÍAS DE TEMPESTAD

Durante los cuatro días comprendidos entre el 17 y el 20 de agosto, el tiempo se mantuvo hermoso y la temperatura elevada. Las brumas del horizonte no se trocaron en nubes. Era raro que la atmósfera se mantuviese en semejante estado de pureza en una zona tan elevada en latitud. Se comprenderá fácilmente que tales condiciones climáticas no podían satisfacer a Jasper Hobson.

Pero el 21 de agosto el barómetro anunció un cambio próximo del estado atmosférico. La columna de mercurio bajó súbitamente algunos milímetros. Volvió a subir, no obstante, al día siguiente, y a descender después, y hasta el día 23 no acentuó el descenso de una manera continua.

En efecto, el 24 de agosto, los vapores acumulados lentamente, en vez de disiparse, se elevaron hacia la atmósfera. El sol quedó velado por completo en el instante de su culminación, de suerte que Jasper Hobson perdió la observación y no pudo calcular la situación de la isla. Al día siguiente entablóse el viento del Nordeste, soplando con bastante fuerza, y, en ciertos recalmones, llovió con abundancia. La temperatura, no obstante, no hubo de modificarse de una manera sensible, sosteniéndose el termómetro en 54° Fahrenheit (12° centígrados sobre cero).

Afortunadamente, los trabajos proyectados estaban ya concluidos, y Mac-Nap acababa de terminar el esqueleto de la embarcación, faltando sólo forrarla. Podía también, sin ningún inconveniente, suspenderse la caza de los animales comestibles, por ser ya suficientes las reservas acumuladas. El tiempo, por otra parte, se hizo pronto tan malo, y el viento tan violento y la lluvia tan penetrante, y las nieblas tan intensas, que hubo que renunciar a salir del recinto del fuerte.

– ¿Qué piensa usted de este cambio de tiempo, señor Hobson? —preguntó Paulina Barnett, en la mañana del 27 de agosto, viendo que el furor de la tempestad crecía de hora en hora—. ¿No nos será favorable?

– No me atrevería a afirmarlo —respondió el teniente Hobson—; pero no le negaré que cualquier cosa es mejor para nosotros que ese tiempo magnífico durante el cual el sol calienta las aguas de los mares. Además, observo que el viento se ha fijado al Noroeste, y, como sopla con fuerza, nuestra isla, por su masa misma, no puede substraerse a su influencia; de manera que no me extrañaría que se acercase al continente americano.

– Por desgracia —dijo el sargento Long—, no podremos calcular nuestra situación diariamente. En medio de esta atmósfera de brumas no hay sol, ni luna, ni estrellas. ¡Cualquiera es capaz de tomar una altura en estas condiciones!

– Tiene usted razón, sargento —respondió Paulina Barnett—; pero yo le garantizo que si nos aparece la tierra sabremos reconocerla. Cualquiera que ella fuese será bien recibida, pues tendrá necesariamente que ser una porción cualquiera de la América rusa, y probablemente la Georgia occidental.

– Es de presumir, en efecto —añadió Jasper Hobson—; porque, por desgracia nuestra, no hay en toda esta porción del océano Glacial Ártico ni una isla, ni un islote, ni aun siquiera una roca a la cual pudiéramos asirnos.

– ¡Bah! —dijo Paulina Barnett—, ¿y por qué nuestro vehículo no nos habría de llevar derechamente a la costa de Asia? ¿No podría, por ventura, arrastrado por las corrientes, pasar por delante de la embocadura del estrecho de Behring para ir a soldarse al país de los Chukchis?

– No, señora, no —respondió el teniente Hobson—; nuestro témpano tropezaría bien pronto con la corriente de Kamchatka, y sería arrastrado en seguida hacia el Nordeste, lo cual sería muy sensible. No; es mucho más probable que, impelidos por el viento del Noroeste, nos aproximemos a las costas de la América rusa.

– Será preciso estar alerta, señor Hobson — dijo la viajera—; hacer todo lo posible por conocer en todo instante cuál es nuestra situación.

– Estaremos alerta, señora —respondió Jasper Hobson—; aunque esas densas brumas limitan de manera extraordinaria el campo de nuestra visión. Por más que, si somos arrojados contra la costa, el choque será violento y habremos de sentirlo irremisiblemente. ¡Quiera el Cielo que entonces nuestra isla no se rompa en pedazos! Pero, en fin, si tal ocurre, trataremos de buscarle solución. Entretanto, nada podemos hacer. Inútil es advertir que esta conversación no tenía lugar en la sala común, donde la mayor parte de los soldados y las mujeres se hallaban instalados durante las horas de trabajo. Paulina Barnett hablaba de estas cosas en su propia habitación, cuya ventanadaba a la parte anterior del recinto,y por cuyos opacos vidrios apenas si penetraba la insuficiente luz del día. Por la parte de fuera se oía pasar la borrasca a manera de avalancha. Afortunadamente, el cabo Bathurst defendía la casa contra las rachas del Nordeste. Sin embargo, la tierra y la arena, arrebatadas de la cúspide del promontorio, caían sobre el techo produciendo un ruido semejante al del granizo. Mac-Nap sintió otra vez inquieutd por sus chimeneas, y muy en especial por la de la cocina, que debía funcionar incesantemente. A los rugidos del viento mezclábanse los espantosos estruendos producidos por las embravecidas olas al estrellarse contra el litoral. La tempestad se convertía en huracán.

A pesar de la violencia del viento, Jasper Hobson, el 28 de agosto, quiso a toda costa subir al cabo Bathurst, a fin de observar el horizonte y el estado del cielo y del mar. Arropóse perfectamente y se aventuró al exterior.

Llegó sin grades trabajos, después de atravesar el patio interior, al pie del promontorio. La tierra y la arena cegábanle; pero, al menos, protegido por el acantilado, no tuvo que luchar directamente con el viento.

Lo más difícil para Jasper Hobson fue trepar por los flancos del macizo cortados casi a pico; sin embargo, asiéndose a las malezas, logró llegar hasta la cresta del cabo. Era tal en aquel punto la fuerza del huracán, que no hubiera podido sostenerse ni de pie ni sentado; tuvo, pues, que echarse de bruces, al borde del mismo veril, y que agarrarse a los arbustos, no dejando expuesta a las huracanadas rachas más que la parte superior de la cabeza.

Jasper Hobson se puso a mirar a través de las rociadas que pasaban por encima de él cual sábanas líquidas. El aspecto del océano y del cielo era verdaderamente terrible, contundiéndose ambos entre las nieblas a media milla del cabo. Veía el teniente negros nubarrones, bajos y desgarrados, correr sobre su cabeza con velocidad espantosa, en tanto que anchas fajas de vapores permanecían inmóviles en el cénit. Sobrevenían por momentos intensos recalmones en la atmósfera, durante los cuales sólo se oía el estruendo del mar embravecido y el estrépito de las olas al reventar en las playas. En seguida volvía a soplar el viento con un furor sin igual, y sentía el teniente Hobson temblar sobre su base el promontorio. En algunos instantes la lluvia era tan violentamente empujada por las rachas, que sus gotas corrían con vertiginosa rapidez casi horizontalmente, formando una especie de metralla.

Era un verdadero huracán cuyo vórtice se hallaba situado en el punto más desfavorable del cielo. Aquel viento Nordeste podía durar mucho tiempo, manteniendo perturbada la atmósfera. Pero Jasper Hobson no exhalaba una queja; él, que en otras circunstancias hubiera deplorado los desastrosos efectos de semejante tempestad, la bendecía ahora. Si la isla resistía, lo cual era de esperar, sería inevitablemente empujada hacia el Sudoeste bajo el impulso de aquel viento superior al de las corrientes del mar, y en esta dirección se hallaba el continente, que era la salvación. Sí; para él, para sus compañeros, para todos era preciso que la tempestad durase hasta el momento en que los arrojara a la costa, cualquiera que ésta fuese. Lo que hubiera causado la pérdida de un buque era la salvación de la isla errante.

Durante un cuarto de hora permaneció Jasper Hobson inclinado bajo la violencia del huracán, empapado por los rociones de agua dulce y del mar, agarrándose al suelo con las ansias del que se siente ahogar y tratando de descubrir las probabilidades de salvación que la tempestad podía proporcionarles. Después, bajó de nuevo, deslizándose por las laderas del promontorio, atravesó el patio en medio de los torbellinos de arena, y entró otra vez en la casa.

El primer cuidado de Jasper Hobson fue anunciar a sus compañeros que la tempestad no había alcanzado aún su máxima intensidad, y que era de esperar que se prolongase por espacio de varios días. Pero el teniente dijo esto con acento de júbilo, como si se tratase de alguna buena noticia, y los habitantes de la factoría no pudieron menos de mirarle con cierta sorpresa. Su jefe parecía contemplar con regocijo aquella lucha de los elementos.

El día 30, Jasper Hobson, desafiando de nuevo el huracán, volvió, si no a la cresta del cabo Bathurst, a los altozanos de la playa; y allí, en el límite adonde llegaban las olas, que la barrían de través, descubrió unas hierbas largas que no pertenecían a la flora de la isla.

Dichas hierbas estaban todavía frescas, y se hallaban constituidas por largos filamentos de algas que, sin duda de ningún género, habían sido recientemente arrancadas del continente americano. Este continente, pues, no se encontraba muy lejos. El viento del Nordeste había empujado la isla fuera de la corriente que hasta entonces la arrastrara en su seno. ¡Ah! ¡no fue mayor el gozo que Cristóbal Colón sintió en su pecho cuando descubrió las hierbas flotantes que le anunciaron la proximidad de la tierra!

Jasper Hobson volvió al fuerte y dio parte en seguida de su descubrimiento a Paulina Barnett y al sargento Long.¡En aquellos instantes, sintió ganas de confesárselo todo a sus compañeros. ¡Tan segura veía su salvación! Pero le hizo al fin callar un postrer pensamiento.

Durante aquellos interminables días de encierro, los habitantes del fuerte no premanecían inactivos, ocupados todo el tiempo en trabajos interiores. A veces practicaban también canalizos en el patio a fin de dar salida a las aguas que se acumulaban entre los almacenes y la casa. Mac-Nap, con un clavo en una mano y un martillo en la otra, tenía siempre algo que hacer en algún sitio. Se trabajaba, pues, todo el día sin preocuparse demasiado de la violencia de la tempestad. Pero, llegada la noche, parecía que la violencia del huracán se redoblase, siendo imposible dormir. Las rachas azotaban la casa como golpes de maza. Á veces se establecía una especie de remolino entre el promontorio y el fuerte; algo así como una tromba o un tornado parcial que abarcaba toda la casa. Las tablas crujían entonces, las vigas amenazaban desligarse y parecía que todo el edificio iba a hacerse pedazos. Por eso el carpintero sufría continuas angustias, y sus hombres tenían que permanecer siempre alerta.

En cuanto a Jasper Hobson, no era precisamente la solidez de la casa lo que le preocupaba, sino la del suelo sobre el cual se hallaba construida. La tempestad se hacía tan extraordinariamente violenta, y la mar tan imponente, que era muy de temer una dislocación del campo de hielo. Parecía imposible que aquel enorme témpano, cuyo espesor había disminuido, socavado por su base, sometido a las incesantes desnivelaciones del océano, pudiera resistir mucho tiempo. Sin duda sus habitantes no sentían las agitaciones del mar, a consecuencia de la gran magnitud de su masa; mas no por eso la isla dejaba de sufrir sus efectos. La cuestión se reducía, pues, a esto: ¿duraría la isla hasta el momento en que fuese arrojada a la costa? ¿No se haría pedazos antes de tocar la tierra firme?

Sin duda alguna había resistido hasta entonces, como el teniente Hobson explicó a Paulina Barnett de un modo categórico. En efecto; si se hubiese producido alguna dislocación, si el témpano se hubiera dividido en otros más pequeños, si de la isla se hubiesen formado islotes más reducidos, los habitantes del fuerte Esperanza se habrían dado cuenta de ello en seguida; porque el trozo de isla que los sostenía aún, no hubiera permanecido insensible a la agitación del mar; habría sufrido los embates de las olas, y los que navegaban en él se habrían visto sometidos a los mismos movimientos de balance y cabezada que los pasajeros que navegan a bordo de un buque; cosa que no había ocurrido. Tampoco el teniente Hobson había advertido jamás en sus observaciones cotidianas ni el más leve movimiento o vibración de la isla, la cual parecía tan firme, tan inmóvil como si se encontrase todavía sólidamente unida al continente por medio del istmo.

Pero la fractura que no se había verificado hasta entonces podía tener lugar de un momento a otro.

La gran preocupación de Jasper Hobson era el saber si la isla Victoria, sacada del cauce de la corriente e impelida por el viento del Nordeste, se había aproximado a la costa, pues todas las esperanzas estribaban en esta probabilidad; pero fácil es comprender que sin sol, sin luna, sin estrellas, los instrumentos resultaban inútiles, no existiendo manera de calcular la situación actual de la isla. Si, pues, se aproximaban a la tierra, no habría medio de averiguarlo más que cuando se avistasen sus costas, y ni aun así podría saberlo a tiempo el teniente, si no se trasladaba a la parte meridional de aquel peligroso territorio, a menos que no se produjese un gran choque.

En efecto, la orientación de la isla Victoria no había cambiado de una manera apreciable. El cabo Bathurst formaba todavía su extremo septentrional, como en los tiempos en que constituía una punta avanzada del continente americano. Era, pues, evidente que la isla, en caso de tropezar con la costa, lo haría por su parte Sur, comprendida entre el cabo Miguel y el ángulo que en otro tiempo se apoyaba en la bahía de las Morsas. En una palabra, que la reunión se verificaría nuevamente por el antiguo istmo. Era, pues, esencial y conveniente averiguar lo que ocurría en esta costa.

Jasper Hobson resolvió trasladarse al cabo Miguel, por espantosa que fuese la tempestad; pero decidió al mismo tiempo emprender esta expedición ocultando a sus compañeros el verdadero motivo de ella. Sólo el sargento Long debería acompañarle mientras rugía el huracán con inusitada furia.

Aquel día, 31 de agosto, hacia las cuatro de la tarde, a fin de estar dispuesto a toda eventualidad, Jasper Hobson mandó llamar al sargento, que vino a verlo a su cuarto.

– Sargento —le dijo—, es preciso que sepamos en seguida a qué atenernos sobre la situación de la isla Victoria, o, por lo menos, que averigüemos si este viento huracanado la ha impulsado hacia el continente, como me parece probable.

– También yo lo considero necesario — respondió el sargento—, y cuanto más pronto, mejor.

– Tenemos la obligación, por lo tanto — prosiguió Jasper Hobson—, de trasladarnos al Sur de la isla.

– Dispuesto estoy, mi teniente.

– Ya sé, sargento Long, que está usted siempre dispuesto a cumplir con su deber; pero no irá usted solo. Conviene que seamos dos para caso de que estuviese la tierra a la vista y fuese preciso avisar a los compañeros con urgencia. Además, conviene que yo mismo vea... Iremos los dos juntos.

– Cuando usted lo disponga, mi teniente: ahora mismo, si lo estima usted oportuno.

– Partiremos esta noche, a las nueve, cuando todos estén dormidos...

– En efecto, la mayor parte de nuestros hombres querrían acompañarnos, y no conviene que sepan el motivo que nos lleva lejos de la factoría.

– No; no conviene —replicó el teniente Hobson—; y, como me sea posible, les evitaré hasta el fin las inquietudes de esta terrible situación.

– Convenido, mi teniente.

– Llevará usted un eslabón y yesca para poder hacer señales, si fuese necesario, en el caso en que descubriésemos alguna costa hacia el Sur.

– Muy bien.

– Nuestra expedición será ruda, sargento.

– No importa, mi teniente. Y, a propósito, ¿y nuestra viajera?

– No pienso decirle nada, porque querría acompañarnos.

– ¡Eso sería imposible! ¡una mujer no podría luchar contra esta tempestad! ¡Mire usted cómo crece su furia en este momento!

En efecto, la casa temblaba sacudida por el huracán, que amenazaba arrancarla de patilla.

– ¡No! —dijo Jasper Hobson—, esa valerosa mujer no puede ni debe acompañarnos. Pero, bien pensado, vale más comunicarle nuestros proyectos. Conviene que los conozca, a fin de que si nos ocurriere en el camino una desgracia...

– ¡Sí, mi teniente, sí! —respondió el sargento Long—. No debemos ocultarle nada... y si no volviésemos...

– Así, pues, hasta las nueve, sargento.

– Hasta las nueve, mi teniente.

El sargento Long, después de saludar militarmente, retiróse.

Algunos instantes después conversaba Jasper Hobson con Paulina Barnett, explicándole su proyectada exploración. Como él ya se temía, la valerosa mujer insistió en acompañarle, deseosa de desafiar con él las furias de la tempestad. El teniente no trató de disuadirla ponderándose los peligros de una expedición emprendida en semejantes condiciones, sino que se contentó con decirle que, durante su ausencia, consideraba indispensable la presencia de Paulina Barnett en el fuerte, dependiendo de ello el que él pudiera marcharse con alguna tranquilidad de espíritu. Si ocurriese una desgracia, tendría al menos la seguridad de que su valerosa compañera encontrábase allí para reemplazarle en medio de su gente.

Comprendiéndole Paulina Barnett, no insistió; pero suplicó a Jasper Hobson que no se aventurase más de lo razonable, recordándole que era el jefe de la factoría, y que, por consiguiente, no le pertenecía su vida, por ser necesaria para la salvación de los otros. Jasper Hobson prometióle ser tan prudente como la situación lo exigía; pero era indispensable que el reconocimiento de la parte Sur de la isla se hiciese í sin demora, y no lo aplazaría. Al día siguiente, Paulina Barnett se limitaría a decir a sus amigos que el teniente y el sargento habían partido con objeto de llevar a cabo un postrer reconocimiento antes de la llegada del invierno.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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