Capítulo VIII
Una carga de dinamita
El experimento anunciado por el viejo capataz había salido bien. El hidrógeno protocarburado, como se sabe, solo se genera en los yacimientos hulleros. Por tanto, la existencia de un filón del precioso combustible ya no podía ponerse en duda. ¿Cuál era su importancia y su calidad? Eso se determinaría más adelante.
Tales fueron las consecuencias que el ingeniero dedujo del fenómeno que acababa de observar. Coincidían en todo con las que ya había sacado Simon Ford.
– Sí —se dijo James Starr—, tras esta pared se extiende una capa carbonífera que nuestros sondeos no supieron alcanzar. Es lamentable, puesto que todo el utillaje de la mina, abandonada desde hace diez años, hay que rehacerlo ahora. ¡No importa! Hemos vuelto a encontrar la veta que se creía agotada, y, esta vez, la explotaremos hasta el final.
– Y bien, señor James —preguntó Simon Ford—, ¿qué piensa usted de nuestro descubrimiento? ¿Hice mal en molestarle? ¿Lamenta usted esta última visita a la mina Dochart?
– No, no, mi viejo compañero —respondió James Starr—. No hemos perdido el tiempo, pero lo perderíamos ahora si no regresáramos de inmediato al cottage. Mañana volveremos aquí. Haremos saltar esta pared a cargas de dinamita. Sacaremos a la luz el afloramiento del nuevo filón, y, tras una serie de sondeos, si la capa resulta ser importante, reconstituiré una Sociedad de la Nueva Aberfoyle, para suma satisfacción de los antiguos accionistas. Antes de tres meses, las primeras cubas de hulla deberán haber sido extraídas del nuevo yacimiento.
– ¡Bien dicho, señor James! —exclamó Simon Ford—. ¡Así que la vieja hullera va a rejuvenecer, como una viuda que vuelve a casarse! La animación de antaño va a empezar de nuevo, con los golpes de piqueta, los golpes de pico, los barrenos, el traqueteo de los vagones, el relinchar de los caballos, el chirriar de las cubas, el estruendo de las máquinas. ¡Volveré a ver todo eso, yo! Espero, señor James, que no me encontrará usted demasiado viejo para reanudar mis funciones de capataz, ¿verdad?
– ¡No, buen Simon, no, desde luego! Usted ha seguido siendo más joven que yo, mi viejo camarada.
– ¡Y que san Mungo nos proteja! ¡Usted seguirá siendo nuestro «viewer»! Ojalá la nueva explotación dure largos años, y quiera el Cielo que tenga yo el consuelo de morir sin haber visto su final.
La alegría del viejo minero desbordaba. James Starr la compartía por entero, pero dejaba que Simon Ford se entusiasmara por los dos.
Solo Harry seguía pensativo. En su memoria reaparecía la sucesión de circunstancias singulares e inexplicables en medio de las cuales se había producido el descubrimiento del nuevo yacimiento. Eso no dejaba de inquietarle de cara al futuro.
Una hora después, James Starr y sus dos compañeros estaban de vuelta en el cottage.
El ingeniero cenó con gran apetito, aprobando con ademanes todos los planes que iba exponiendo el viejo capataz, y, de no haber sido por su imperioso deseo de que llegara el día siguiente, nunca habría dormido mejor que en aquella calma absoluta del cottage.
Al día siguiente, tras un desayuno sustancioso, James Starr, Simon Ford, Harry y hasta Madge emprendían de nuevo el camino recorrido la víspera. Todos iban allí como verdaderos mineros. Llevaban diversas herramientas y cartuchos de dinamita, destinados a volar la pared terminal. Harry, además de un potente farol, llevó una gran lámpara de seguridad que podía arder durante doce horas. Era más de lo necesario para realizar el viaje de ida y vuelta, incluyendo las paradas necesarias para la exploración, si es que llegaba a ser posible una exploración.
– ¡Manos a la obra! —exclamó Simon, cuando sus compañeros y él llegaron al extremo de la galería.
Y su mano asió una pesada palanca, que blandió con vigor.
– Un momento —dijo entonces James Starr—. Observemos si no se ha producido ningún cambio y si el grisú sigue escapándose por las capas de la pared.
– Tiene usted razón, señor Starr —respondió Harry—. Lo que estaba tapado ayer bien podría seguir estándolo hoy.
Madge, sentada sobre una roca, observaba atentamente la excavación y el muro que había que abrir en canal.
Se comprobó que las cosas seguían tal como se habían dejado. Las grietas de las capas no habían sufrido ninguna alteración. El hidrógeno protocarburado se filtraba a través de ellas, aunque bastante débilmente. Eso se debía sin duda a que, desde la víspera, encontraba un paso libre para escaparse. Sin embargo, esa emisión era tan escasa que no podía formar con el aire interior una mezcla detonante. James Starr y sus compañeros iban, pues, a poder proceder con toda seguridad. Por lo demás, aquel aire se iría purificando poco a poco, ganando las capas altas de la mina Dochart, y el grisú, disperso en toda aquella atmósfera, ya no podría producir ninguna explosión.
– ¡Manos a la obra, pues! —repitió Simon Ford.
Y pronto, bajo su palanca, vigorosamente manejada, la roca no tardó en saltar hecha añicos.
Aquella falla se componía principalmente de conglomerados, interpuestos entre la arenisca y el esquisto, tales como se encuentran con más frecuencia en el afloramiento de los filones carboníferos.
James Starr recogía los trozos que la herramienta desprendía y los examinaba con cuidado, esperando descubrir en ellos algún indicio de carbón.
Este primer trabajo duró alrededor de una hora. De él resultó un hueco bastante profundo en la pared terminal.
James Starr eligió entonces el lugar donde debían perforarse los barrenos, tarea que se llevó a cabo rápidamente bajo la mano de Harry, con la barrena y la maceta. Se introdujeron cartuchos de dinamita en aquellos agujeros. En cuanto se colocó en ellos la larga mecha alquitranada de un cordón de seguridad, que terminaba en una cápsula de fulminato, se le prendió fuego a ras del suelo. James Starr y sus compañeros se apartaron.
– ¡Ah, señor James! —dijo Simon Ford, presa de una emoción verdadera que no trataba de disimular—, nunca, no, nunca mi viejo corazón ha latido tan deprisa. ¡Ya quisiera estar atacando el filón!
– Paciencia, Simon —respondió el ingeniero—, ¿no pretenderá usted encontrar tras esta pared una galería ya abierta?
– Perdóneme, señor James —respondió el viejo capataz—. ¡Tengo todas las pretensiones posibles! Si ha habido buena suerte en la manera en que Harry y yo hemos descubierto este yacimiento, ¿por qué no habría de seguir esa suerte hasta el final?
La explosión de la dinamita se produjo. Un sordo retumbo se propagó a través de la red de galerías subterráneas.
James Starr, Madge, Harry y Simon Ford regresaron de inmediato hacia la pared de la caverna.
– ¡Señor James! ¡Señor James! —exclamó el viejo capataz—. ¡Mire! ¡La puerta está echada abajo!...
Esta comparación de Simon Ford estaba justificada por la aparición de una excavación cuya profundidad no era posible calcular.
Harry iba a lanzarse por la abertura...
El ingeniero, por lo demás extremadamente sorprendido de hallar allí aquella cavidad, retuvo al joven minero.
– Deje tiempo a que el aire interior se purifique —dijo.
– ¡Sí! ¡Cuidado con las mofetas! —exclamó Simon Ford.
Transcurrió un cuarto de hora en una espera angustiosa. El farol, colocado en la punta de un palo, fue entonces introducido en la excavación y siguió ardiendo con un brillo inalterable.
– Vaya, pues, Harry —dijo James Starr—, le seguiremos. La abertura producida por la dinamita era más que suficiente para que un hombre pudiera pasar por ella.
Harry, farol en mano, se introdujo por ella sin vacilar y desapareció en las tinieblas.
James Starr, Simon Ford y Madge, inmóviles, esperaban.
Transcurrió un minuto, que les pareció muy largo. Harry no reaparecía, no llamaba. Al acercarse al orificio, James Starr ni siquiera alcanzó a distinguir ya el resplandor de su lámpara, que debería haber iluminado aquella oscura cavidad.
¿Le había faltado, pues, de repente el suelo bajo los pies a Harry? ¿Había caído el joven minero en alguna oquedad? ¿Ya no podía su voz llegar hasta sus compañeros?
El viejo capataz, sin querer escuchar nada más, se disponía a introducirse a su vez por el orificio, cuando apareció un resplandor, vago al principio, que fue cobrando fuerza poco a poco, y Harry dejó oír estas palabras:
– ¡Venga, señor Starr! ¡Ven, padre! El camino está libre hacia la Nueva Aberfoyle.