Ante la bandera

Capítulo V

¿Dónde estoy?

(Notas del ingeniero Simon Hart.)

¿Dónde estoy?... ¿Qué ha ocurrido desde esa agresión repentina de la que he sido víctima a pocos pasos del pabellón?...

Acababa de despedirme del doctor, iba a subir los escalones de la escalinata, a entrar de nuevo en la habitación, a cerrar la puerta, a retomar mi puesto junto a Thomas Roch, cuando varios hombres me han asaltado y derribado... ¿Quiénes son?... No he podido reconocerlos, pues tenía los ojos vendados... No he podido pedir socorro, pues llevaba una mordaza en la boca... No he podido resistir, porque me habían atado brazos y piernas... Luego, en ese estado, he sentido que me levantaban, que me transportaban a lo largo de un centenar de pasos... que me izaban... que me bajaban... que me depositaban...

¿Dónde?... ¿Dónde?...

¿Y Thomas Roch, qué ha sido de él?... ¿Es a él a quien se quería atrapar, más que a mí?... Hipótesis sumamente probable. Para todos, yo no era sino el guardián Gaydon, no el ingeniero Simon Hart, cuya verdadera condición, cuya verdadera nacionalidad nunca han dado pie a sospecha alguna, ¿y por qué habría de interesar apoderarse de un simple vigilante de hospicio?...

Ha habido, pues, rapto del inventor francés, no cabe duda alguna... Si lo han arrancado de Healthful-House, ¿no es acaso con la esperanza de arrancarle sus secretos?...

Pero razono suponiendo que Thomas Roch ha desaparecido conmigo... ¿Es así?... Sí... debe de serlo... lo es... No puedo dudarlo al respecto... No estoy en manos de malhechores cuyo único propósito hubiera sido robar... No habrían actuado de ese modo... Después de haberme dejado en la imposibilidad de llamar, de haberme arrojado en un rincón del jardín, en medio de un macizo... después de raptar a Thomas Roch, no me habrían encerrado... donde ahora me encuentro...

¿Dónde?... Es la invariable pregunta que, desde hace algunas horas, no consigo resolver.

Sea como fuere, heme aquí lanzado a una extraordinaria aventura, que terminará... De qué manera, lo ignoro... ni siquiera me atrevo a prever su desenlace. En todo caso, mi intención es fijar, minuto a minuto, sus menores circunstancias en mi memoria, y luego, si ello es posible, consignar por escrito mis impresiones cotidianas... ¿Quién sabe lo que me reserva el porvenir, y por qué no habría yo de acabar, en las nuevas condiciones en que me encuentro, por descubrir el secreto del Fulgurador Roch?... Si algún día he de ser liberado, es preciso que se conozca ese secreto, y que se sepa también quién es el autor, o quiénes son los autores, de este criminal atentado, cuyas consecuencias pueden ser tan graves.

Vuelvo sin cesar a esta pregunta, esperando que algún incidente se encargue de responderla:

¿Dónde estoy?...

Retomemos las cosas desde el principio.

Después de haber sido transportado en volandas fuera de Healthful-House, he sentido que me depositaban, sin brutalidad, por lo demás, sobre los bancos de una embarcación que se ha escorado: un bote, sin duda, y de pequeñas dimensiones...

A ese primer balanceo ha sucedido casi de inmediato otro, lo que atribuyo al embarque de una segunda persona. ¿Puedo, pues, dudar de que se trata de Thomas Roch?... Con él no habrán tenido que tomar la precaución de amordazarlo, de vendarle los ojos, de atarle pies y manos. Debía de encontrarse todavía en un estado de postración que le impedía toda resistencia, toda conciencia del acto atentatorio del que era objeto. La prueba de que no me equivoco es que un olor característico a éter se ha filtrado bajo mi mordaza. Ahora bien, ayer, antes de dejarnos, el doctor había administrado unas gotas de éter al enfermo, y —lo recuerdo— un poco de esa sustancia, tan pronta a volatilizarse, había caído sobre sus ropas, mientras él se debatía en el paroxismo de su crisis. Nada de extraño, pues, en que ese olor haya persistido, ni en que mi olfato se haya visto sensiblemente afectado por él. Sí... Thomas Roch estaba allí, en ese bote, tendido junto a mí... Y si me hubiera demorado unos minutos en regresar al pabellón, no lo habría vuelto a encontrar allí...

Pienso en ello... ¿Por qué ha tenido que ocurrírsele a ese conde d'Artigas la desafortunada fantasía de visitar Healthful-House? Si mi pensionista no hubiera sido puesto en su presencia, nada de todo esto habría sucedido. El haberle hablado de sus invenciones ha provocado en Thomas Roch esa crisis de excepcional violencia. El primer reproche recae sobre el director, que no ha tenido en cuenta mis advertencias...

Si me hubiera escuchado, no se habría llamado al médico para que dispensara sus cuidados a mi pensionista, la puerta del pabellón habría permanecido cerrada, y el golpe habría fallado...

En cuanto al interés que pueda presentar el rapto de Thomas Roch, ya sea en beneficio de un particular, ya sea en beneficio de uno de los Estados del Antiguo Continente, es inútil insistir en ello. En ese punto, me parece, debo sentirme plenamente tranquilo. Nadie podrá lograr lo que yo no he logrado en quince meses. En el grado de postración intelectual a que se halla reducido mi compatriota, todo intento de arrancarle su secreto será baldío. En realidad, su estado ya no puede sino empeorar, su locura volverse absoluta, incluso en los puntos en que su razón ha permanecido intacta hasta hoy.

En suma, no se trata de Thomas Roch en este momento, se trata de mí, y esto es lo que constato.

Tras algunos balanceos bastante vivos, el bote se ha puesto en movimiento bajo el impulso de los remos. El trayecto apenas ha durado un minuto. Se ha producido un ligero choque. Sin duda, la embarcación, tras golpear el casco de un buque, se ha arrimado a él. Se ha desatado cierta agitación ruidosa. Se hablaba, se daban órdenes, se maniobraba... Bajo mi venda, sin entender nada, he percibido un murmullo confuso de voces, que ha continuado durante cinco o seis minutos...

El único pensamiento que ha podido venirme a la mente es que iban a trasbordarme del bote a la embarcación a la que pertenece, encerrarme en el fondo de la bodega hasta el momento en que dicha embarcación estuviera en alta mar. Mientras navegue por las aguas del Pamplico-Sound, es evidente que no dejarán que ni Thomas Roch ni su guardián aparezcan en cubierta...

En efecto, todavía amordazado, me han agarrado por las piernas y los hombros. Mi impresión ha sido, no que unos brazos me alzaban por encima de la borda de un buque, sino que, al contrario, me dejaban caer... ¿Era para soltarme... para precipitarme al agua, a fin de deshacerse de un testigo molesto?... Esta idea me ha cruzado un instante la mente, un escalofrío de angustia me ha recorrido de la cabeza a los pies... Instintivamente, he tomado una gran bocanada de aire, y mi pecho se ha hinchado de ese aire que quizá no tardaría en faltarle...

¡No! Me han bajado con ciertas precauciones sobre un suelo firme, que me ha dado la sensación de una frialdad metálica. Estaba tendido a lo largo. Con gran sorpresa mía, las ligaduras que me sujetaban habían sido aflojadas. Los pisoteos han cesado a mi alrededor. Un instante después, he oído el ruido sonoro de una puerta que se cerraba...

Aquí estoy... ¿Dónde?... Y, ante todo, ¿estoy solo?... Me arranco la mordaza de la boca y la venda de los ojos...

Todo está negro, profundamente negro. Ni el más mínimo rayo de claridad, ni siquiera esa vaga percepción de luz que conserva la pupila en las habitaciones cerradas herméticamente...

Llamo... llamo varias veces... Ninguna respuesta. Mi voz suena apagada, como si atravesara un medio impropio para transmitir sonidos.

Además, el aire que respiro es cálido, pesado, espeso, y el juego de mis pulmones va a volverse difícil, imposible, si este aire no se renueva...

Entonces, al extender los brazos, esto es lo que me es dado reconocer al tacto:

Ocupo un compartimento de paredes de chapa, que no mide más de tres o cuatro metros cúbicos. Cuando paso la mano por estas planchas, compruebo que están remachadas con pernos como los mamparos estancos de un navío.

En cuanto a abertura, me parece que en una de las paredes se dibuja el marco de una puerta, cuyas bisagras sobresalen del mamparo unos centímetros. Esta puerta debe de abrirse de fuera hacia dentro, y sin duda es por ahí por donde me han introducido en el interior de este estrecho compartimento.

Con la oreja pegada a la puerta, no oigo ningún ruido. El silencio es tan absoluto como la oscuridad —silencio extraño, turbado solamente, cuando me muevo, por la sonoridad del suelo metálico. Nada de esos rumores sordos que reinan habitualmente a bordo de los navíos, ni el vago roce de la corriente a lo largo de su casco, ni el chapaleo del mar que lame su carena. Tampoco nada de ese balanceo que debería haberse producido, pues, en el estuario del Neuze, la marea determina siempre un movimiento ondulatorio muy sensible.

Pero, en realidad, ¿pertenece a un navío este compartimento en el que estoy encerrado?... ¿Puedo afirmar que flota en la superficie de las aguas del Neuze, aunque haya sido transportado en una embarcación cuyo trayecto solo ha durado un minuto?... En efecto, ¿por qué este bote, en lugar de reunirse con algún buque que lo esperaba al pie de Healthful-House, no habría podido dirigirse a otro punto de la orilla?... Y, en ese caso, ¿no sería posible que me hubieran depositado en tierra, en el fondo de un sótano?... Eso explicaría esta completa inmovilidad del compartimento. Es verdad que hay estos mamparos metálicos, estas planchas remachadas, y también esa vaga emanación salina esparcida a mi alrededor —ese olor sui generis del que suele estar impregnado el aire en el interior de los navíos, y sobre cuya naturaleza no puedo equivocarme...

Ha transcurrido un intervalo de tiempo que calculo en unas cuatro horas desde mi encarcelamiento. Debe de ser, por tanto, cerca de medianoche. ¿Voy a quedarme así hasta la mañana?... Es una suerte que haya cenado a las seis, según el reglamento de Healthful-House. No sufro de hambre, y más bien me invaden unas fuertes ganas de dormir. Sin embargo, tendré, espero, la energía necesaria para resistir al sueño... No me dejaré vencer por él... Tengo que aferrarme a algo del exterior... ¿A qué?... Ni sonido ni luz penetran en esta caja de chapa... ¡Esperemos!... ¿Llegará quizá a mi oído algún ruido, por débil que sea?... Así pues, es en el sentido del oído donde se concentra todo mi vigor vital... Y además, sigo al acecho —por si no estuviera en tierra firme— de un movimiento, una oscilación, que acabará por dejarse sentir... Suponiendo que el buque esté todavía fondeado sobre sus anclas, no puede tardar en zarpar... o... en tal caso... ya no comprendería por qué nos habrían raptado, a Thomas Roch y a mí...

Por fin... no es una ilusión... Un ligero balanceo me mece y me da la certeza de que no estoy en tierra... aunque apenas se note, sin choques, sin sacudidas... Es más bien una especie de deslizamiento por la superficie de las aguas...

Reflexionemos con sangre fría. Estoy a bordo de uno de los navíos fondeados en la desembocadura del Neuze, que esperaba, a vela o a vapor, el resultado del rapto. El bote me ha transportado hasta allí; pero, lo repito, no he tenido la sensación de que me izaran por encima de las bordas... ¿Me habrán, entonces, deslizado a través de una porta abierta en el casco? ¡Poco importa, después de todo! Que me hayan bajado o no al fondo de la bodega, estoy sobre un aparato flotante y en movimiento...

Sin duda, pronto me será devuelta la libertad, así como a Thomas Roch —suponiendo que lo hayan encerrado con tanto cuidado como a mí. Por libertad entiendo la facultad de ir a mi antojo por la cubierta de este buque. Sin embargo, no será antes de unas horas, pues no conviene que puedan vernos. Así pues, no respiraremos el aire del exterior hasta la hora en que el buque haya ganado la alta mar. Si es un navío de vela, habrá tenido que esperar a que se estableciera la brisa —esa brisa que sopla de tierra al amanecer y favorece la navegación por el Pamplico-Sound. Ahora bien, si es un barco de vapor...

¡No!... A bordo de un vapor se propagan inevitablemente exhalaciones de carbón, de grasas, olores escapados de las calderas que habrían llegado hasta mí... Y además, los movimientos de la hélice o de las paletas, las trepidaciones de las máquinas, las sacudidas de los pistones, los habría sentido...

En resumidas cuentas, lo mejor es tener paciencia. Solo mañana me sacarán de este agujero. Por lo demás, si no me devuelven la libertad, me traerán algo de comer. ¿Qué apariencia hay de que quieran dejarme morir de hambre?... Habría sido más expeditivo enviarme al fondo del río y no embarcarme... Una vez en alta mar, ¿qué hay que temer de mí?... Mi voz ya no podrá hacerse oír... En cuanto a mis reclamaciones, inútiles; ¡a mis recriminaciones, más inútiles todavía!

Y además, ¿qué soy yo para los autores de este atentado?... Un simple vigilante de hospicio, un Gaydon sin importancia...

Era a Thomas Roch a quien se trataba de raptar de Healthful-House... A mí... solo me han cogido de añadidura... porque he vuelto al pabellón en ese instante...

En todo caso, pase lo que pase, sean quienes sean los que han dirigido este asunto, adondequiera que me lleven, me atengo a esta resolución: seguir representando mi papel de guardián. ¡Nadie, no! Nadie sospechará que, bajo el hábito de Gaydon, se esconde el ingeniero Simon Hart. En esto hay dos ventajas: primero, no desconfiarán de un pobre diablo de vigilante, y, en segundo lugar, quizá pueda penetrar los misterios de esta maquinación y sacar provecho de ellos, si logro huir...

¿Adónde se extravía mi pensamiento?... Antes de emprender la fuga, esperemos a haber llegado a destino. Ya habrá tiempo de pensar en evadirse, si se presenta alguna ocasión... Hasta entonces, lo esencial es que no sepan quién soy, y no lo sabrán.

Ahora, con plena certeza al respecto, estamos navegando. Sin embargo, vuelvo sobre mi primera idea. ¡No!... el navío que nos lleva, si no es un vapor, tampoco debe de ser un velero. Está impulsado, sin duda alguna, por un potente ingenio de locomoción. Que yo no oiga esos ruidos peculiares de las máquinas de vapor, cuando accionan hélices o ruedas, de acuerdo; que este navío no se estremezca bajo el vaivén de los pistones en los cilindros, me veo obligado a admitirlo. Es más bien un movimiento continuo y regular, una especie de rotación directa que se transmite al propulsor, sea cual sea. No cabe error posible: el buque se mueve por un mecanismo particular... ¿Cuál?...

¿Se tratará de una de esas turbinas de las que se habla desde hace algún tiempo, y que, accionadas en el interior de un tubo sumergido, están destinadas a sustituir a las hélices, aprovechando mejor que ellas la resistencia del agua e imprimiendo una velocidad más considerable?...

Unas horas más, y sabré a qué atenerme sobre este tipo de navegación, que parece efectuarse en un medio perfectamente homogéneo.

Por lo demás —efecto no menos extraordinario—, los movimientos de balanceo y de cabeceo no se perciben en absoluto. Ahora bien, ¿cómo es que el Pamplico-Sound se encuentra en tal estado de tranquilidad?... Las simples corrientes de marea ascendente y descendente bastan de ordinario para agitar su superficie.

Es verdad, quizá el agua esté en calma en este momento, y, lo recuerdo, la brisa de tierra había amainado ayer al anochecer. ¡No importa! Esto me parece inexplicable, pues un buque, movido por un propulsor, sea cual sea su velocidad, experimenta siempre oscilaciones de las que no puedo captar el más leve indicio.

¡He aquí de qué pensamientos obsesivos está ahora llena mi cabeza! A pesar de unas apremiantes ganas de dormir, a pesar del sopor que me invade en medio de esta atmósfera sofocante, he resuelto no abandonarme al sueño. Velaré hasta que amanezca, y aun así solo será de día para mí en el momento en que este compartimento reciba la luz exterior. Y quizá no baste con que se abra la puerta, sino que sea necesario que me saquen de este agujero, que me lleven de vuelta a cubierta...

Me apoyo en uno de los ángulos de los mamparos, pues ni siquiera tengo un banco donde sentarme. Pero, como se me cierran los párpados, como me siento presa de una especie de somnolencia, me incorporo. Me invade la cólera, golpeo las paredes con el puño, llamo... En vano se magullan mis manos contra los pernos de las planchas, y mis gritos no hacen venir a nadie.

¡Sí!... esto es indigno de mí. Me había prometido moderarme, y he aquí que, desde el principio, pierdo el dominio de mí mismo, y me comporto como un niño...

Es de toda certeza que la ausencia de cabeceo y de balanceo prueba, al menos, que el navío no ha llegado todavía a alta mar. ¿Será que, en lugar de atravesar el Pamplico-Sound, ha remontado el curso del Neuze?... ¡No! ¿Por qué habría de internarse en medio de los territorios del condado? Si Thomas Roch ha sido raptado de Healthful-House, es porque sus raptores tenían la intención de sacarlo de los Estados Unidos —probablemente a una isla lejana del Atlántico, o a algún punto del Antiguo Continente. Así pues, no es el Neuze, de curso poco extenso, lo que remonta nuestro aparato marino... Estamos en las aguas del Pamplico-Sound, que debe de hallarse en calma chicha.

¡Sea! Cuando el navío haya ganado alta mar, no podrá escapar a las oscilaciones de la mar de fondo, que, incluso cuando ha amainado la brisa, se deja sentir siempre en los buques de tamaño medio. A menos de estar a bordo de un crucero o de un acorazado... ¡y no creo que sea el caso!

En este momento, me parece bien... En efecto... no me equivoco... Se produce un ruido en el interior... un ruido de pasos... Estos pasos se acercan al mamparo de chapa, en el que está abierta la puerta del compartimento... Son hombres de la tripulación, sin duda... ¿Va a abrirse por fin esta puerta?... Escucho... Hay gente hablando, y oigo sus voces... pero no puedo entenderlas... Se sirven de una lengua que me es desconocida... Llamo... grito... ¡Ninguna respuesta!

¡No queda, pues, más que esperar, esperar, esperar! Esta palabra me la repito, y golpea en mi pobre cabeza como el badajo de una campana.

Intentemos calcular el tiempo transcurrido.

En suma, no puedo calcularlo en menos de cuatro o cinco horas desde que el navío se puso en marcha. A mi juicio, ya ha pasado la medianoche. Por desgracia, mi reloj no puede servirme en medio de esta profunda oscuridad.

Ahora bien, si navegamos desde hace cinco horas, el navío se encuentra actualmente fuera del Pamplico-Sound, ya haya salido por el Ocracoke-inlet o por el Hatteras-inlet. De ello concluyo que debe de estar mar adentro del litoral —a una buena milla, por lo menos... Y, sin embargo, no siento nada de la mar de fondo de altura...

Ahí está lo inexplicable, ahí está lo inverosímil... Veamos... ¿Me habré equivocado?... ¿Habré sido víctima de una ilusión?... ¿No estoy acaso encerrado en el fondo de la bodega de un buque en marcha?...

Acaba de transcurrir una nueva hora, y, de pronto, las trepidaciones de las máquinas han cesado... Me doy perfecta cuenta de la inmovilidad del navío que me lleva... ¿Habrá llegado, pues, a destino?... En ese caso, no podría ser más que en uno de los puertos del litoral, al norte o al sur del Pamplico-Sound... Pero ¿qué apariencia hay de que Thomas Roch, arrancado de Healthful-House, haya sido llevado de nuevo a tierra firme?... El rapto no tardaría en conocerse, y sus autores se expondrían a ser descubiertos por las autoridades de la Unión...

Por lo demás, si el buque está ahora fondeado, voy a oír el ruido de la cadena a través del escobén, y, cuando responda al tirón de su ancla, se producirá una sacudida —una sacudida que estoy al acecho de... que reconoceré... Esto no puede tardar más de unos minutos.

Espero... escucho...

Un silencio lúgubre e inquietante reina a bordo... Es como para preguntarse si hay en este navío otros seres vivos además de mí...

Ahora siento que me invade una especie de sopor... El ambiente está viciado... Me falta la respiración... Mi pecho está como aplastado por un peso del que no puedo librarme...

Quiero resistir... Es imposible... He tenido que tenderme en un rincón y quitarme parte de mi ropa, tan elevada es la temperatura... Mis párpados se hacen pesados, se cierran, y caigo en una postración que va a sumirme en un sueño pesado e irresistible...

¿Cuánto tiempo he dormido?... Lo ignoro. ¿Es de noche, es de día?... No sabría decirlo. Pero lo primero que observo es que mi respiración es más fácil. Mis pulmones se llenan de un aire que ya no está envenenado de ácido carbónico.

¿Habrán renovado este aire mientras dormía?... ¿Han abierto el compartimento?... ¿Ha entrado alguien en este estrecho reducto?...

Sí... y tengo la prueba.

Mi mano —al azar— acaba de asir un objeto, un recipiente lleno de un líquido cuyo olor resulta apetecible. Me lo llevo a los labios, que me arden, pues me tortura la sed hasta tal punto que me contentaría incluso con agua salobre.

Es cerveza ale —una ale de buena calidad— que me refresca, me reconforta, y de la que apuro una pinta entera.

Pero si no me han condenado a morir de sed, ¿tampoco me habrán condenado, supongo, a morir de hambre?...

No... En uno de los rincones han dejado un cesto, y ese cesto contiene una hogaza de pan con un trozo de carne fría.

Como, pues... como con avidez, y las fuerzas poco a poco me vuelven.

Decididamente, no estoy tan abandonado como habría podido temer. Alguien se ha introducido en este agujero oscuro, y, por la puerta, ha penetrado algo de ese oxígeno del exterior sin el cual me habría asfixiado. Luego, han puesto a mi disposición con qué calmar mi sed y mi hambre hasta la hora en que sea liberado.

¿Cuánto tiempo durará todavía este encierro?... ¿Días... meses?... No me es posible, por lo demás, calcular el tiempo transcurrido durante mi sueño ni establecer con alguna aproximación la hora que es. Había tenido buen cuidado de dar cuerda a mi reloj, pero no es un reloj de repetición... ¿Quizá, tanteando las agujas?... Sí... me parece que la pequeña está en el ocho... de la mañana, sin duda...

De lo que sí estoy seguro, en cambio, es de que el buque ya no está en marcha. No se produce a bordo la más leve sacudida —lo que indica que el propulsor está en reposo. Sin embargo, las horas pasan, horas interminables, y me pregunto si no esperarán a la noche para entrar de nuevo en este compartimento, a fin de airearlo como han hecho mientras dormía, y renovar las provisiones... Sí... quieren aprovechar mi sueño...

Esta vez estoy resuelto... resistiré... E incluso fingiré dormir... y sea quien sea la persona que entre, ¡sabré obligarla a responderme!

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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