Los hijos del capitán Grant · Parte 3
Capítulo XVIII
Ayrton o Ben Joyce
Ayrton apareció. Atravesó la cubierta con paso firme y subió la escalera del alcázar. Sus ojos eran sombríos, sus dientes apretados, sus puños cerrados convulsivamente. Su persona no delataba ni fanfarronería ni humillación. Cuando estuvo ante lord Glenarvan, se cruzó de brazos, mudo y tranquilo, esperando ser interrogado.
– Ayrton —dijo Glenarvan—, aquí estamos, vos y nosotros, sobre este Duncan que queríais entregar a los convictos de Ben Joyce.
A estas palabras, los labios del contramaestre temblaron levemente. Un fugaz rubor coloreó sus rasgos impasibles. No el rubor del remordimiento, sino el de la vergüenza del fracaso. En aquel yate que pretendía mandar como dueño, era prisionero, y su suerte iba a decidirse en pocos instantes.
Sin embargo, no respondió. Glenarvan esperó con paciencia. Pero Ayrton se obstinaba en guardar un silencio absoluto.
– Hablad, Ayrton, ¿qué tenéis que decir? —repuso Glenarvan.
Ayrton vaciló; los pliegues de su frente se marcaron profundamente; luego, con voz tranquila:
– No tengo nada que decir, mylord —replicó—. He cometido la torpeza de dejarme coger. Obrad como os plazca.
Hecha su respuesta, el contramaestre volvió la mirada hacia la costa que se desplegaba al oeste, y afectó una profunda indiferencia hacia cuanto ocurría a su alrededor. A verle, se le habría creído ajeno a aquel grave asunto. Pero Glenarvan había resuelto mantenerse paciente. Un poderoso interés le impulsaba a conocer ciertos detalles de la misteriosa existencia de Ayrton, sobre todo en lo que tocaba a Harry Grant y al Britannia. Reanudó, pues, su interrogatorio, hablando con extrema suavidad e imponiéndose la más completa calma sobre las violentas irritaciones de su corazón.
– Pienso, Ayrton —reanudó—, que no os negaréis a responder a ciertas preguntas que deseo haceros. Y ante todo, ¿debo llamaros Ayrton o Ben Joyce? ¿Sois, sí o no, el contramaestre del Britannia?
Ayrton permaneció impasible, observando la costa, sordo a toda pregunta.
Glenarvan, cuyos ojos se animaban, continuó interrogando al contramaestre.
– ¿Queréis decirme cómo dejasteis el Britannia, por qué estabais en Australia?
Mismo silencio, misma impasibilidad.
– Escuchadme bien, Ayrton —reanudó Glenarvan—. Tenéis interés en hablar. Una franqueza que es vuestro último recurso puede seros tenida en cuenta. Por última vez, ¿queréis responder a mis preguntas?
Ayrton volvió la cabeza hacia Glenarvan y lo miró a los ojos:
– Mylord —dijo—, no tengo que responder. Es a la justicia, y no a mí, a quien corresponde probar en mi contra.
– ¡Las pruebas serán fáciles! —respondió Glenarvan.
– ¿Fáciles, mylord? —repuso Ayrton con tono burlón—. Vuestra señoría me parece que se adelanta demasiado. Yo afirmo que el mejor juez del Temple Bar se vería apurado con mi persona. ¿Quién dirá por qué vine a Australia, puesto que el capitán Grant ya no está aquí para saberlo? ¿Quién probará que soy ese Ben Joyce señalado por la policía, puesto que la policía nunca me ha tenido entre sus manos y que mis compañeros están en libertad? ¿Quién registrará en mi contra, salvo vos, no ya un crimen, sino una acción censurable? ¿Quién puede afirmar que quise apoderarme de este navío y entregarlo a los convictos? Nadie, ¿me oís?, ¡nadie! Tenéis sospechas, bien; pero se necesitan certezas para condenar a un hombre, y las certezas os faltan. Hasta prueba en contrario, soy Ayrton, contramaestre del Britannia.
Ayrton se había animado al hablar, y pronto volvió a su indiferencia primera. Imaginaba sin duda que su declaración daría por terminado el interrogatorio; pero Glenarvan tomó de nuevo la palabra y dijo:
– Ayrton, no soy un juez encargado de instruir un proceso contra vos. No es ese mi asunto. Importa que nuestras respectivas situaciones queden claramente definidas. No os pido nada que pueda comprometeros. Eso le corresponde a la justicia. Pero sabéis qué búsqueda persigo, y con una sola palabra podéis ponerme de nuevo en la pista que he perdido. ¿Queréis hablar?
Ayrton movió la cabeza con el gesto de un hombre decidido a callar.
– ¿Queréis decirme dónde está el capitán Grant? —preguntó Glenarvan.
– No, mylord —respondió Ayrton.
– ¿Queréis indicarme dónde encalló el Britannia?
– Tampoco.
– Ayrton —respondió Glenarvan con tono casi suplicante—, ¿queréis al menos, si sabéis dónde está Harry Grant, comunicárselo a sus pobres hijos que no esperan más que una palabra de vuestra boca?
Ayrton vaciló. Sus rasgos se contrajeron. Pero con voz baja:
– No puedo, mylord —murmuró.
Y añadió con violencia, como si se reprendiese un instante de debilidad:
– ¡No! ¡No hablaré! ¡Colgadme si queréis!
– ¿Colgaros! —exclamó Glenarvan, dominado por un brusco movimiento de cólera.
Luego, dominándose, respondió con voz grave:
– Ayrton, aquí no hay ni jueces ni verdugos. En la primera escala seréis entregado a las autoridades inglesas.
– ¡Eso es lo que pido! —replicó el contramaestre.
Luego regresó con paso tranquilo al camarote que le servía de prisión, y dos marineros fueron apostados a su puerta con orden de vigilar sus menores movimientos. Los testigos de aquella escena se retiraron indignados y desesperados.
Puesto que Glenarvan acababa de estrellarse contra la obstinación de Ayrton, ¿qué le quedaba por hacer?
Evidentemente, continuar el proyecto formado en Edén de regresar a Europa, a reserva de retomar más adelante aquella empresa fracasada, pues entonces las huellas del Britannia parecían perdidas irrevocablemente, el documento no se prestaba a ninguna interpretación nueva, ningún otro país quedaba en la ruta del trigésimo séptimo paralelo, y el Duncan no tenía más que volver.
Glenarvan, tras consultar a sus amigos, trató más específicamente con John Mangles la cuestión del regreso. John inspeccionó sus pañoles; el aprovisionamiento de carbón debía durar quince días a lo sumo. Por tanto, necesidad de repostar combustible en la escala más próxima.
John propuso a Glenarvan poner el rumbo hacia la bahía de Talcahuano, donde el Duncan ya se había abastecido antes de emprender su viaje de circunnavegación. Era un trayecto directo y precisamente sobre el trigésimo séptimo grado. Luego el yate, bien aprovisionado, iría al sur a doblar el cabo de Hornos, y regresaría a Escocia por las rutas del Atlántico.
Este plan fue adoptado, se dio orden al ingeniero de forzar la presión. Media hora después, se ponía el rumbo a Talcahuano por un mar digno de su nombre de Pacífico, y a las seis de la tarde, las últimas montañas de Nueva Zelanda desaparecían en las cálidas brumas del horizonte.
Comenzaba, pues, el viaje de regreso.
Triste travesía para aquellos valerosos buscadores que volvían al puerto sin haber traído a Harry Grant.
También la tripulación, tan alegre en la partida, tan confiada al comienzo, ahora vencida y descorazonada, retomaba el camino de Europa. De aquellos bravos marineros, ninguno sentía emoción alguna ante el pensamiento de volver a ver su país, y todos, durante largo tiempo aún, habrían afrontado los peligros del mar para encontrar al capitán Grant.
Así, a aquellos hurras que aclamaron a Glenarvan a su regreso sucedió pronto el desaliento. Ya no había aquellas comunicaciones incesantes entre los pasajeros, ya no aquellas conversaciones que alegraban antes la travesía. Cada uno permanecía apartado, en la soledad de su camarote, y raramente aparecía alguno sobre la cubierta del Duncan.
El hombre en quien se exageraban ordinariamente los sentimientos del barco, ya fueran penosos o alegres, Paganel, él que llegado el caso habría inventado la esperanza, Paganel permanecía sombrío y silencioso. Apenas se le veía.
Su locuacidad natural, su viveza francesa, se habían trocado en mutismo y abatimiento. Parecía incluso más completamente descorazonado que sus compañeros. Si Glenarvan hablaba de reanudar sus búsquedas, Paganel sacudía la cabeza como hombre que ya no espera nada y cuya convicción sobre la suerte de los náufragos del Britannia parecía hecha.
Se sentía que los creía irrevocablemente perdidos.
Sin embargo, había a bordo un hombre que podía decir la última palabra de aquella catástrofe, y cuyo silencio se prolongaba. Era Ayrton. No cabía duda de que aquel miserable conocía, si no la verdad sobre la situación actual del capitán, al menos el lugar del naufragio. Pero evidentemente, Grant, una vez encontrado, sería un testigo de cargo contra él. Así pues, callaba obstinadamente. De ahí una violenta cólera, sobre todo entre los marineros, que querían hacerle una mala pasada.
Varias veces, Glenarvan renovó sus tentativas cerca del contramaestre. Las promesas y las amenazas fueron inútiles. La terquedad de Ayrton llegó a tal punto y era, en suma, tan poco explicable, que el mayor llegaba a creer que no sabía nada. Opinión compartida, por lo demás, por el geógrafo, y que corroboraba sus ideas particulares acerca de Harry Grant.
Pero si Ayrton no sabía nada, ¿por qué no confesaba su ignorancia? Esta no podía volverse en su contra. Su silencio aumentaba la dificultad de trazar un nuevo plan. Del encuentro del contramaestre en Australia, ¿debía deducirse la presencia de Harry Grant en aquel continente? Era preciso decidir a Ayrton a toda costa a que se explicara sobre este asunto.
Lady Helena, viendo el fracaso de su marido, le pidió permiso para luchar a su vez contra la obstinación del contramaestre. Donde un hombre había fracasado, quizás una mujer lo lograría gracias a su dulce influencia. ¿No es la historia eterna de aquel huracán de la fábula que no puede arrancar el manto de los hombros del viajero, mientras que el menor rayo de sol se lo quita al instante?
Glenarvan, conociendo la inteligencia de su joven esposa, le dio plena libertad de actuar.
Aquel día, 5 de marzo, Ayrton fue conducido al camarote de lady Helena. Mary Grant debía asistir a la entrevista, pues la influencia de la joven podía ser grande, y lady Helena no quería desaprovechar ninguna oportunidad de éxito.
Durante una hora, las dos mujeres permanecieron encerradas con el contramaestre del Britannia, pero nada trascendió de su conversación. Lo que dijeron, los argumentos que emplearon para arrancar el secreto al convicto, todos los detalles de aquel interrogatorio quedaron desconocidos. Por lo demás, cuando abandonaron a Ayrton, no parecían haber tenido éxito, y su semblante anunciaba un verdadero desaliento.
Así, cuando el contramaestre fue conducido de vuelta a su camarote, los marineros lo acogieron a su paso con violentas amenazas. Él se limitó a encogerse de hombros, lo que acrecentó la furia de la tripulación, y para contenerla no fue menester nada menos que la intervención de John Mangles y de Glenarvan.
Pero lady Helena no se dio por vencida. Quiso luchar hasta el final contra aquella alma sin piedad, y al día siguiente fue ella misma al camarote de Ayrton, a fin de evitar las escenas que provocaba su paso por la cubierta del yate.
Durante dos largas horas, la buena y dulce escocesa estuvo a solas, cara a cara, con el jefe de los convictos. Glenarvan, presa de una nerviosa agitación, rondaba cerca del camarote, ora decidido a agotar hasta el fin las posibilidades de éxito, ora a arrancar a su esposa de aquella penosa entrevista.
Pero esta vez, cuando lady Helena reapareció, sus rasgos respiraban confianza. ¿Había arrancado, pues, aquel secreto y removido en el corazón de aquel miserable las últimas fibras de la piedad?
Mac Nabbs, que la vio primero, no pudo reprimir un movimiento de incredulidad bien natural.
Sin embargo, la noticia se propagó al instante entre la tripulación de que el contramaestre había cedido por fin a las instancias de lady Helena. Fue como una sacudida eléctrica. Todos los marineros se reunieron en cubierta, y con más rapidez que si el silbato de Tom Austin los hubiera llamado a la maniobra.
Entretanto, Glenarvan se había precipitado al encuentro de su esposa.
– ¿Ha hablado? —preguntó.
– No —respondió lady Helena—. Pero, cediendo a mis ruegos, Ayrton desea veros.
– ¡Ah, querida Helena, lo habéis conseguido!
– Eso espero, Edward.
– ¿Habéis hecho alguna promesa que yo deba ratificar?
– Una sola, amigo mío: que emplearéis todo vuestro crédito en suavizar la suerte reservada a ese desgraciado.
– Bien, querida Helena. Que venga Ayrton al instante.
Lady Helena se retiró a su camarote, acompañada de Mary Grant, y el contramaestre fue conducido al salón, donde lord Glenarvan le esperaba.