Los hijos del capitán Grant · Parte 3
Capítulo XIII
Las últimas horas
En el momento en que el sol desaparecía más allá del lago Taupo, tras las cimas del Tuhahua y del Puketapu, los cautivos fueron conducidos de nuevo a su prisión. Ya no debían abandonarla antes de la hora en que las cumbres de los Wahiti-Ranges se encendieran con los primeros fuegos del día.
Les quedaba una noche para prepararse a morir.
A pesar del abatimiento, a pesar del horror que los tenía presos, tomaron su comida en común.
– No nos sobrarán las fuerzas —había dicho Glenarvan— para mirar a la muerte cara a cara. Hay que mostrar a estos bárbaros cómo saben morir los europeos.
Terminada la comida, lady Helena recitó en voz alta la oración de la noche. Todos sus compañeros, con la cabeza descubierta, se unieron a ella.
¿Qué hombre no piensa en Dios ante la muerte?
Cumplido este deber, los prisioneros se abrazaron.
Mary Grant y Helena, retiradas a un rincón de la choza, se tendieron sobre una estera. El sueño, que suspende todos los males, pesó pronto sobre sus párpados: se durmieron en los brazos la una de la otra, vencidas por el cansancio y los largos insomnios. Glenarvan, tomando entonces a sus amigos aparte, les dijo:
– Mis queridos compañeros, nuestra vida y la de esas pobres mujeres está en manos de Dios. Si está en los designios del cielo que muramos mañana, sabremos, estoy seguro, morir como hombres de corazón, como cristianos, dispuestos a comparecer sin miedo ante el juez supremo. Dios, que ve el fondo de las almas, sabe que perseguíamos un noble fin. Si la muerte nos aguarda en lugar del éxito, es porque Él así lo quiere. Por duro que sea su fallo, no murmuraré contra él. Pero la muerte aquí no es solamente la muerte, es el suplicio, es la infamia, quizás, y he aquí dos mujeres...
Aquí, la voz de Glenarvan, firme hasta entonces, se alteró. Calló para dominar su emoción. Luego, tras un momento de silencio:
– John —le dijo al joven capitán—, tú le has prometido a Mary lo que yo le he prometido a lady Helena. ¿Qué has resuelto?
– Esa promesa —respondió John Mangles—, creo tener ante Dios el derecho de cumplirla.
– Sí, John, ¿pero estamos sin armas?
– Aquí hay una —respondió John, mostrando un puñal—. Se lo arranqué de las manos a Kara-Tété cuando aquel salvaje cayó a sus pies, milord. El que de nosotros sobreviva al otro cumplirá el deseo de lady Helena y de Mary Grant.
Tras estas palabras, un profundo silencio reinó en la choza. Por fin, el mayor lo interrumpió diciendo:
– Amigos, guardad para los últimos minutos ese recurso extremo. Soy poco partidario de lo que es irremediable.
– No he hablado por nosotros —respondió Glenarvan—. Sea como sea, ¡sabremos desafiar la muerte! ¡Ah, si estuviéramos solos, veinte veces ya os habría gritado: amigos, intentemos una salida! ¡Ataquemos a estos miserables! ¡Pero ellas! ¡Ellas!...
John, en aquel momento, levantó la estera y contó veinticinco indígenas que vigilaban a la puerta del waré-atoua. Una gran hoguera había sido encendida y proyectaba siniestros destellos sobre el accidentado relieve del pah.
De aquellos salvajes, unos estaban tendidos alrededor de la hoguera; otros, de pie, inmóviles, se recortaban vivamente en negro sobre el luminoso telón de las llamas. Pero todos dirigían frecuentes miradas hacia la choza confiada a su vigilancia.
Se dice que entre un carcelero que vela y un prisionero que quiere fugarse, las posibilidades están del lado del prisionero. En efecto, el interés del uno es mayor que el del otro. Este puede olvidar que está de guardia; aquel no puede olvidar que está preso. El cautivo piensa más a menudo en fugarse que su guardián en impedir su fuga.
De ahí, evasiones frecuentes y maravillosas.
Pero aquí era el odio, la venganza, los que vigilaban a los cautivos, y no un carcelero indiferente. Si los prisioneros no estaban atados, era porque las ligaduras eran inútiles, puesto que veinticinco hombres vigilaban la única salida del waré-atoua.
Esta choza, adosada a la roca que cerraba el atrincheramiento, solo era accesible por una estrecha lengua de tierra que la unía por delante con la meseta del pah. Sus otros dos lados se alzaban sobre flancos a pico y dominaban un abismo de cien pies de profundidad. Por allí, el descenso era impracticable. Tampoco había manera de huir por el fondo, que acorazaba la enorme roca. La única salida era la propia entrada del waré-atoua, y los maoríes guardaban aquella lengua de tierra que la unía al pah como un puente levadizo. Toda evasión era, pues, imposible, y Glenarvan, después de haber sondeado por vigésima vez las paredes de su prisión, se vio obligado a reconocerlo.
Las horas de aquella noche de angustias transcurrían, no obstante. Densas tinieblas habían invadido la montaña. Ni luna ni estrellas turbaban la profunda oscuridad. Algunas ráfagas de viento corrían por los flancos del pah. Los postes de la choza gemían. El hogar de los indígenas se reavivaba súbitamente con esa ventilación pasajera, y el reflejo de las llamas proyectaba fugaces destellos al interior del waré-atoua. El grupo de los prisioneros se iluminaba un instante. Aquellas pobres gentes estaban absortas en sus últimos pensamientos. Un silencio de muerte reinaba en la choza.
Debían de ser las cuatro de la madrugada aproximadamente, cuando la atención del mayor fue despertada por un ligero ruido que parecía producirse detrás de los postes del fondo, en la pared de la choza adosada al macizo. Mac Nabbs, en principio indiferente a aquel ruido, viendo que continuaba, escuchó; luego, intrigado por su persistencia, pegó, para apreciarlo mejor, el oído contra la tierra. Le pareció que alguien arañaba, que alguien cavaba en el exterior.
Cuando estuvo seguro del hecho, el mayor, deslizándose junto a Glenarvan y John Mangles, los arrancó de sus dolorosos pensamientos y los condujo al fondo de la choza.
– Escuchad —les dijo en voz baja, haciéndoles señas de que se agachasen.
Los arañazos eran cada vez más perceptibles; podían oírse las piedrecillas rechinar bajo la presión de un cuerpo agudo y derrumbarse hacia el exterior.
– Algún animal en su madriguera —dijo John Mangles.
Glenarvan se golpeó la frente:
– ¿Quién sabe —dijo— si no era un hombre?...
– Hombre o animal —respondió el mayor—, ¡averiguaré a qué atenerme!
Wilson, Olbinett se unieron a sus compañeros, y todos se pusieron a cavar la pared, John con su puñal, los demás con piedras arrancadas del suelo o con sus uñas, mientras Mulrady, tendido en tierra, vigilaba por la rendija de la estera el grupo de los indígenas.
Aquellos salvajes, inmóviles alrededor de la hoguera, no sospechaban nada de lo que ocurría a veinte pasos de ellos.
El suelo estaba hecho de una tierra suelta y friable que cubría el tuf silíceo. Así pues, pese a la falta de herramientas, el agujero avanzó rápidamente. Pronto fue evidente que un hombre o varios hombres, encaramados en los flancos del pah, perforaban una galería en su pared exterior. ¿Cuál podía ser su propósito?
¿Conocían la existencia de los prisioneros, o el azar de un intento personal explicaba el trabajo que parecía llevarse a cabo?
Los cautivos redoblaron sus esfuerzos. Sus dedos desgarrados sangraban, pero seguían cavando.
Tras media hora de trabajo, el agujero, perforado por ellos, había alcanzado media braza de profundidad. Podían reconocer por los ruidos más acentuados que solo una fina capa de tierra impedía entonces una comunicación inmediata.
Transcurrieron algunos minutos más, y de repente el mayor retiró la mano, cortada por una hoja afilada.
Reprimió un grito que estuvo a punto de escapársele.
John Mangles, oponiendo la hoja de su puñal, esquivó el cuchillo que se agitaba fuera del suelo, pero asió la mano que lo sostenía.
Era una mano de mujer o de niño, ¡una mano europea!
De una parte y otra, no se había pronunciado ni una palabra. Era evidente que de una parte y otra había interés en callarse.
– ¿Es Robert? —murmuró Glenarvan.
Pero, por bajo que hubiese pronunciado aquel nombre, Mary Grant, despertada por los movimientos que se producían en la choza, se deslizó junto a Glenarvan, y, asiendo aquella mano toda manchada de tierra, la cubrió de besos.
– ¡Tú, tú! —decía la joven, que no había podido equivocarse—. ¡Tú, mi Robert!
– Sí, hermanita —respondió Robert—, aquí estoy, ¡para salvaros a todos! Pero ¡silencio!
– ¡Valiente muchacho! —repetía Glenarvan.
– Vigilad a los salvajes por fuera —añadió Robert.
Mulrady, distraído un momento por la aparición del niño, reanudó su puesto de observación.
– Todo va bien —dijo—. No quedan más que cuatro guerreros que vigilan. Los demás están dormidos.
– ¡Ánimo! —respondió Wilson.
En un instante, el agujero fue agrandado, y Robert pasó de los brazos de su hermana a los brazos de lady Helena.
En torno a su cuerpo estaba enrollada una larga cuerda de fórmio.
– Niño mío, niño mío —murmuraba la joven señora—, ¡estos salvajes no te han matado!
– No, señora —respondió Robert—. No sé cómo, durante el tumulto, pude sustraerme a sus miradas; franqueé el recinto; durante dos días permanecí escondido detrás de arbustos; erraba de noche; quería volveros a ver. Mientras toda la tribu se ocupaba de las exequias del jefe, vine a reconocer este lado del atrincheramiento donde se alza la prisión, y vi que podría llegar hasta vosotros. Robé en una choza desierta este cuchillo y esta cuerda. Las matas de hierba, las ramas de arbustos me sirvieron de escalera; encontré por casualidad una especie de gruta excavada en el mismo macizo al que se apoya esta choza; no tuve más que cavar algunos pies en una tierra blanda, y aquí estoy.
Veinte besos mudos fueron la única respuesta que pudo obtener Robert.
– ¡Partamos! —dijo con tono decidido.
– ¿Está Paganel abajo? —preguntó Glenarvan.
– ¿El señor Paganel? —respondió el niño, sorprendido por la pregunta.
– Sí, ¿nos espera?
– Pero no, milord. Oiga, ¿el señor Paganel no está aquí?
– No está, Robert —respondió Mary Grant.
– ¿Cómo? ¿No lo habéis visto? —preguntó Glenarvan—. ¿No os habéis encontrado en aquel tumulto? ¿No os habéis escapado juntos?
– No, milord —respondió Robert, aterrado al enterarse de la desaparición de su amigo Paganel.
– Partamos —dijo el mayor—, no hay un minuto que perder. Donde quiera que esté Paganel, no puede estar peor que nosotros aquí. ¡Partamos!
En efecto, los momentos eran preciosos. Había que huir. La evasión no presentaba grandes dificultades, salvo en una pared casi perpendicular fuera de la gruta, y durante apenas unos veinte pies. Luego, a continuación, el talud ofrecía un descenso bastante suave hasta el pie de la montaña. Desde ese punto, los cautivos podían ganar rápidamente los valles inferiores, mientras que los maoríes, si llegaban a percatarse de su fuga, se verían obligados a dar un larguísimo rodeo para alcanzarlos, puesto que ignoraban la existencia de aquella galería excavada entre el waré-atoua y el talud exterior.
Comenzó la evasión. Se tomaron todas las precauciones para que saliera bien. Los cautivos pasaron uno a uno por la estrecha galería y se encontraron en la gruta. John Mangles, antes de abandonar la choza, hizo desaparecer todos los escombros y se deslizó a su vez por la abertura, sobre la que dejó caer las esteras de la choza. La galería quedó, pues, enteramente disimulada.
Se trataba ahora de descender la pared perpendicular hasta el talud, y este descenso habría sido impracticable si Robert no hubiese traído la cuerda de fórmio.
La desenrollaron; fue fijada a un saliente de roca y lanzada hacia fuera.
John Mangles, antes de dejar que sus amigos se suspendiesen de aquellos filamentos de fórmio que, por su torsión, formaban la cuerda, los probó; no le parecieron ofrecer una gran solidez; ahora bien, no había que exponerse inconsideradamente, pues una caída podía ser mortal.
– Esta cuerda —dijo— no puede soportar más que el peso de dos cuerpos; así pues, procedamos en consecuencia. Que lord y lady Glenarvan se deslicen primero; cuando hayan llegado al talud, tres sacudidas impresas a la cuerda nos darán la señal de seguirles.
– Pasaré yo el primero —respondió Robert—. He descubierto al pie del talud una especie de excavación profunda donde los primeros en bajar se esconderán para esperar a los demás.
– Ve, muchacho —dijo Glenarvan estrechando la mano del joven.
Robert desapareció por la abertura de la gruta. Un minuto después, las tres sacudidas de la cuerda comunicaban que el niño acababa de efectuar felizmente su descenso.
Enseguida Glenarvan y lady Helena se aventuraron fuera de la gruta. La oscuridad era aún profunda, pero algunos matices grisáceos teñían ya las cimas que se alzaban al este.
El frío cortante de la mañana reanimó a la joven. Se sintió más fuerte y comenzó su peligrosa evasión.
Glenarvan primero, lady Helena a continuación, se dejaron deslizar a lo largo de la cuerda hasta el punto donde la pared perpendicular encontraba la cima del talud. Luego Glenarvan, precediendo a su esposa y sosteniéndola, comenzó a descender de espaldas. Buscaba las matas de hierba y los arbustos capaces de ofrecerle un punto de apoyo; los probaba primero, y luego posaba en ellos el pie de lady Helena. Algunos pájaros, despertados de repente, levantaban el vuelo lanzando pequeños gritos, y los fugitivos se estremecían cuando una piedra, desprendida de su alvéolo, rodaba ruidosamente hasta el pie de la montaña.
Habían alcanzado la mitad del talud cuando se oyó una voz en la abertura de la gruta:
– ¡Deteneos! —murmuraba John Mangles.
Glenarvan, aferrado con una mano a una mata de tetrágonas, reteniendo con la otra a su esposa, esperó respirando apenas.
Wilson había tenido una alarma. Habiendo oído algún ruido en el exterior del waré-atoua, había vuelto a la choza, y, levantando la estera, observaba a los maoríes. A una señal suya, John detuvo a Glenarvan.
En efecto, uno de los guerreros, sorprendido por algún rumor insólito, se había incorporado y aproximado al waré-atoua. De pie, a dos pasos de la choza, escuchaba, con la cabeza inclinada. Permaneció en esa actitud durante un minuto largo como una hora, con el oído atento, el ojo avizor. Luego, sacudiendo la cabeza como quien se ha equivocado, regresó hacia sus compañeros, tomó una brazada de leña muerta y la arrojó al brasero medio apagado, cuyas llamas se reavivaron. Su rostro, vivamente iluminado, ya no traicionaba ninguna preocupación, y, tras haber observado los primeros albores del alba que blanqueaban el horizonte, se tendió junto al fuego para caldear sus miembros entumecidos.
– Todo va bien —dijo Wilson.
John hizo señas a Glenarvan de reanudar su descenso.
Glenarvan se dejó deslizar suavemente por el talud; pronto lady Helena y él pusieron pie en el estrecho sendero donde los esperaba Robert.
La cuerda fue sacudida tres veces, y, a su vez, John Mangles, precediendo a Mary Grant, siguió la peligrosa ruta. Su operación resultó bien; se reunió con lord y lady Glenarvan en el hoyo señalado por Robert.
Cinco minutos después, todos los fugitivos, felizmente evadidos del waré-atoua, abandonaron su refugio provisional y, huyendo de las orillas habitadas del lago, se internaron por estrechos senderos en lo más profundo de las montañas.
Marchaban rápidamente, buscando guarecerse de todos los puntos desde los que alguna mirada podía alcanzarlos. No hablaban; se deslizaban como sombras entre los arbustos. ¿Adónde iban? A la aventura, pero eran libres.
Hacia las cinco, el día comenzó a apuntar. Matices azulados jaspeaban las altas bandas de nubes. Las brumosas cumbres se desprendían de los vapores matinales. El astro del día no tardaría en aparecer, y aquel sol, en vez de dar la señal del suplicio, iba a señalar, por el contrario, la fuga de los condenados.
Era preciso, pues, antes de aquel momento fatal, que los fugitivos se hubieran puesto fuera del alcance de los salvajes, para despistarlos con la distancia.
Pero no marchaban deprisa, pues los senderos eran abruptos. Lady Helena ascendía las pendientes, sostenida, por no decir llevada en brazos, por Glenarvan, y Mary Grant se apoyaba en el brazo de John Mangles; Robert, feliz, triunfante, con el corazón henchido de alegría por su hazaña, abría la marcha, y los dos marineros la cerraban.
Media hora más, y el astro radiante iba a emerger de las brumas del horizonte.
Durante media hora, los fugitivos marcharon a la aventura. Paganel no estaba allí para guiarlos —Paganel, objeto de sus alarmas y cuya ausencia proyectaba una sombra oscura sobre su dicha.
Sin embargo, se dirigían hacia el este en la medida de lo posible, y avanzaban al encuentro de una magnífica aurora. Pronto habían alcanzado una altura de quinientos pies sobre el lago Taupo, y el frío de la mañana, acrecentado por aquella altitud, los picaba vivamente. Formas indecisas de colinas y montañas se escalonaban unas sobre otras; pero Glenarvan solo pedía perderse en ellas. Más adelante vería cómo salir de aquel laberinto montuoso. Por fin apareció el sol, y envió sus primeros rayos al encuentro de los fugitivos.
De repente, un aullido terrible, compuesto de cien gritos, estalló en el aire. Se elevaba del pah, cuya situación exacta ignoraba entonces Glenarvan.
Por lo demás, un espeso telón de brumas, tendido bajo sus pies, le impedía distinguir los valles bajos.
Pero los fugitivos no podían dudarlo: su evasión había sido descubierta. ¿Lograrían escapar a la persecución de los indígenas? ¿Habían sido avistados?
¿No los traicionarían sus huellas?
En aquel momento, la niebla inferior se levantó, los envolvió momentáneamente en una nube húmeda, y divisaron a trescientos pies por debajo de ellos la frenética masa de los indígenas.
Los veían, pero habían sido vistos. Numerosos aullidos estallaron, ladridos se unieron a ellos, y la tribu entera, tras haber intentado en vano escalar la roca del waré-atoua, se precipitó fuera de los recintos y se lanzó por los caminos más cortos en persecución de los prisioneros que huían de su venganza.