Los hijos del capitán Grant · Parte 1
Capítulo VI
El pasajero del camarote número seis
Durante aquella primera jornada de navegación, el mar estuvo bastante agitado y el viento arreció hacia el atardecer; el Duncan era sacudido con fuerza; por eso las señoras no aparecieron en la toldilla; permanecieron recostadas en sus camarotes, y bien hicieron.
Pero al día siguiente el viento giró un punto; el capitán John izó el trinquete, la cangreja y el juanete de proa; el Duncan, mejor apoyado sobre las olas, fue menos sensible a los movimientos de balance y cabeceo. Lady Helena y Mary Grant pudieron desde el alba reunirse en cubierta con lord Glenarvan, el mayor y el capitán. El amanecer fue magnífico. El astro del día, semejante a un disco de metal dorado por los procedimientos Ruolz, surgía del océano como de un inmenso baño voltaico.
El Duncan se deslizaba en medio de una espléndida irradiación, y verdaderamente se habría dicho que sus velas se henchían bajo el empuje de los rayos del sol.
Los huéspedes del yate asistían en silenciosa contemplación a aquella aparición del astro radiante.
– ¡Qué admirable espectáculo! —dijo por fin lady Helena—. He aquí el comienzo de un hermoso día. ¡Ojalá el viento no se muestre contrario y favorezca la marcha del Duncan!
– Sería imposible desear uno mejor, querida Helena —respondió lord Glenarvan—, y no tenemos motivo de queja con este comienzo de viaje.
– ¿Será larga la travesía, querido Edward?
– Es el capitán John quien debe respondernos —dijo Glenarvan—. ¿Marchamos bien? ¿Está usted satisfecho de su navío, John?
– Muy satisfecho, señoría —replicó John—. Es un barco maravilloso, y un marinero goza al sentirlo bajo sus pies. Jamás casco y máquina estuvieron en mejor armonía; por eso verá usted cuán plana es la estela del yate y con qué facilidad se sustrae a la ola. Avanzamos a razón de diecisiete millas por hora. Si esta rapidez se mantiene, cruzaremos el ecuador en diez días, y antes de cinco semanas habremos doblado el cabo de Hornos.
– ¿Lo oye usted, Mary? —prosiguió lady Helena—. ¡Antes de cinco semanas!
– Sí, señora —respondió la joven—, lo oigo, y el corazón me ha latido muy fuerte con las palabras del capitán.
– ¿Y esta navegación, miss Mary? —preguntó lord Glenarvan—. ¿Cómo la lleva usted?
– Bastante bien, milord, sin experimentar demasiadas molestias. Además, me acostumbraré pronto.
– ¿Y nuestro joven Robert?
– ¡Oh, Robert! —respondió John Mangles—. Cuando no está metido en la máquina, está encaramado en el tope de los palos. Os doy a conocer a un muchacho que se burla del mareo. ¡Y miradlo! ¿Lo veis?
A una señal del capitán, todas las miradas se dirigieron hacia el palo de trinquete, y todos pudieron ver a Robert suspendido de los amantillos del juanete a cien pies de altura. Mary no pudo contener un sobresalto.
– ¡Oh, tranquilícese, miss! —dijo John Mangles—. Respondo de él, y le prometo presentarle dentro de poco un valiente muchacho al capitán Grant, ¡pues lo encontraremos, a ese digno capitán!
– Que el cielo le oiga, señor John —respondió la joven.
– Mi querida niña —prosiguió lord Glenarvan—, en todo esto hay algo de providencial que debe darnos buena esperanza. No vamos; nos llevan. No buscamos; nos guían. Y además, ved a toda esa buena gente enrolada al servicio de una causa tan noble. No solo tendremos éxito en nuestra empresa, sino que se llevará a cabo sin dificultades. He prometido a lady Helena un viaje de placer, y mucho me equivoco, o cumpliré mi palabra.
– Edward —dijo lady Glenarvan—, usted es el mejor de los hombres.
– En modo alguno; pero tengo la mejor de las tripulaciones en el mejor de los navíos. ¿Acaso no lo admira usted, nuestro Duncan, miss Mary?
– Al contrario, milord —respondió la joven—, lo admiro, y como una verdadera conocedora.
– ¡Ah, de veras!
– Jugué de niña en los barcos de mi padre; debería haber hecho de mí un marinero, y si fuera preciso, quizá no me vería apurada para tomar un rizo o trenzar una cajeta.
– ¡Eh, miss, lo que dice usted! —exclamó John Mangles.
– Si habla usted así —prosiguió lord Glenarvan—, va usted a ganarse un gran amigo en el capitán John, ¡pues no concibe nada en el mundo que valga el oficio de marinero! ¡No ve otro, ni siquiera para una mujer! ¿No es verdad, John?
– Sin duda, señoría —respondió el joven capitán—, aunque confieso que miss Grant está mejor en su lugar en la toldilla que cogiendo rizos en un juanete; pero no por eso me place menos oírla hablar así.
– Y sobre todo cuando admira el Duncan —replicó Glenarvan.
– Que bien lo merece —respondió John.
– A fe mía —dijo lady Helena—, ya que está usted tan orgulloso de su yate, me da usted ganas de visitarlo hasta el fondo de la bodega, y de ver cómo están instalados nuestros valientes marineros en el entrepuente.
– Admirablemente —respondió John—; están allí como en su casa.
– Y verdaderamente están en su casa, querida Helena —respondió lord Glenarvan—. ¡Este yate es un trozo de nuestra vieja Caledonia! ¡Es un fragmento desgajado del condado de Dumbarton que navega por especial gracia, de suerte que no hemos abandonado nuestro país! El Duncan es el castillo de Malcolm, y el océano es el lago Lomond.
– Pues bien, querido Edward, háganos usted los honores del castillo —respondió lady Helena.
– A sus órdenes, señora —dijo Glenarvan—, pero antes permítame avisar a Olbinett.
El mayordomo del yate era un excelente administrador, un escocés que habría merecido ser francés por su empaque; por lo demás, desempeñaba sus funciones con celo e inteligencia.
Se presentó a las órdenes de su señor.
– Olbinett, vamos a dar una vuelta antes del desayuno —dijo Glenarvan, como si se tratara de un paseo a Tarbet o al lago Katrine—; espero que encontraremos la mesa puesta a nuestro regreso.
Olbinett se inclinó gravemente.
– ¿Nos acompaña usted, mayor? —dijo lady Helena.
– Si usted lo ordena —respondió Mac Nabbs.
– ¡Oh! —exclamó lord Glenarvan—. El mayor está absorbido en las volutas de su cigarro; no hay que arrancarlo de ellas; se lo doy a usted como un fumador intrépido, miss Mary. ¡Fuma siempre, incluso durmiendo!
El mayor hizo un gesto de asentimiento, y los huéspedes de lord Glenarvan bajaron al entrepuente.
Mac Nabbs, que se había quedado solo y conversaba consigo mismo, según su costumbre, aunque jamás se contradecía, se envolvió en nubes más espesas; permanecía inmóvil y contemplaba desde popa la estela del yate. Tras algunos minutos de muda contemplación, se volvió y se encontró frente a un personaje desconocido. Si algo hubiera podido sorprenderle, el mayor habría quedado sorprendido con aquel encuentro, pues aquel pasajero le era absolutamente desconocido.
Aquel hombre alto, seco y enjuto podría tener unos cuarenta años; se asemejaba a un clavo largo de cabeza grande; la cabeza, en efecto, era ancha y fuerte, la frente elevada, la nariz alargada, la boca grande, la barbilla pronunciada. En cuanto a sus ojos, se disimulaban tras unas enormes gafas redondas, y su mirada parecía tener esa indecisión particular de los nictalopes. Su fisonomía denotaba un hombre inteligente y alegre; no tenía el aspecto adusto de esos personajes graves que nunca ríen, por principio, y cuya nulidad se cubre con una máscara seria. Todo lo contrario. El desenfado, el amable desparpajo de aquel desconocido demostraban claramente que sabía tomar a los hombres y a las cosas por su lado bueno. Pero sin que hubiera hablado todavía, se le adivinaba parlanchín, y sobre todo distraído, a la manera de las personas que no ven lo que miran ni oyen lo que escuchan. Llevaba una gorra de viaje, calzaba gruesos botines amarillos y polainas de cuero, vestía unos pantalones de terciopelo marrón y una chaqueta de la misma tela, cuyos innumerables bolsillos parecían atestados de cuadernillos, agendas, libretas, carteras y mil objetos tan embarazosos como inútiles, sin contar con un catalejo que portaba en bandolera.
La agitación de aquel desconocido contrastaba singularmente con la placidez del mayor; daba vueltas alrededor de Mac Nabbs, lo miraba, lo interrogaba con los ojos, sin que este se preocupara de saber de dónde venía, adónde iba, ni por qué se encontraba a bordo del Duncan.
Cuando aquel enigmático personaje vio frustradas sus tentativas por la indiferencia del mayor, cogió su catalejo, que en su máxima extensión medía cuatro pies de longitud, y, inmóvil, con las piernas separadas, semejante al poste de una gran carretera, apuntó su instrumento hacia aquella línea donde el cielo y el agua se confundían en un mismo horizonte; tras cinco minutos de examen, bajó el catalejo y, posándolo en cubierta, se apoyó en él como habría hecho con un bastón; pero al instante los tubos del anteojo se deslizaron el uno sobre el otro, el catalejo se replegó sobre sí mismo, y el nuevo pasajero, a quien faltó súbitamente el punto de apoyo, estuvo a punto de tenderse a los pies del palo mayor.
Cualquier otro habría sonreído al menos en lugar del mayor.
El mayor no pestañeó. El desconocido tomó entonces partido.
– ¡Mayordomo! —gritó, con un acento que delataba a un extranjero.
Y esperó. Nadie apareció.
– ¡Mayordomo! —repitió con voz más fuerte.
Mr. Olbinett pasaba en ese momento, dirigiéndose a la cocina situada bajo el castillo de proa. ¡Cuál fue su asombro al verse interpelado así por aquel individuo alto que no conocía!
«¿De dónde viene este personaje? —se dijo—. ¿Un amigo de lord Glenarvan? Es imposible.»
Sin embargo, subió a la toldilla y se acercó al extranjero.
– ¿Es usted el mayordomo del barco? —le preguntó este.
– Sí, señor —respondió Olbinett—, pero no tengo el honor...
– Soy el pasajero del camarote número seis.
– ¿Número seis? —repitió el mayordomo.
– Sin duda. ¿Y usted se llama?...
– Olbinett.
– Pues bien, Olbinett, amigo mío —respondió el extranjero del camarote número seis—, hay que pensar en el desayuno, y rápidamente. Hace treinta y seis horas que no he comido, o mejor dicho, treinta y seis horas que solo he dormido, lo cual es perdonable en un hombre que ha venido de una tirada desde París hasta Glasgow. ¿A qué hora se desayuna, si es tan amable?
– A las nueve —respondió Olbinett maquinalmente.
El extranjero quiso consultar su reloj, pero ello no dejó de llevarle bastante tiempo, pues solo lo encontró en el noveno bolsillo.
– Bien —dijo—; todavía no son las ocho. Pues entonces, Olbinett, una galleta y una copa de jerez para esperar, pues me caigo de inanición.
Olbinett escuchaba sin comprender; además el desconocido hablaba sin cesar y pasaba de un asunto a otro con extrema volubilidad.
– ¿Y bien —dijo—, y el capitán? ¡El capitán todavía no se ha levantado! ¿Y el segundo? ¿Qué hace el segundo? ¿Duerme también? El tiempo es bueno, por fortuna, el viento favorable, y el navío marcha solo.
Precisamente, y como él hablaba así, John Mangles apareció en la escalera de la toldilla.
– Aquí está el capitán —dijo Olbinett.
– ¡Ah! Encantado —exclamó el desconocido—. ¡Encantado, capitán Burton, de conocerle!
Si alguien quedó estupefacto, fue sin duda John Mangles, tanto de verse llamar «capitán Burton» como de ver a aquel extranjero a su bordo.
El otro continuaba con más brío:
– Permítame estrecharle la mano —dijo—, y si no lo hice antes de anteayer por la noche, es porque en el momento de una partida no conviene molestar a nadie. Pero hoy, capitán, me alegra sinceramente entrar en relación con usted.
John Mangles abría unos ojos como platos, mirando alternativamente a Olbinett y al recién llegado.
– Ahora —prosiguió este—, las presentaciones están hechas, mi querido capitán, y ya somos viejos amigos. Conversemos, pues, y dígame si está usted contento del Scotia.
– ¿Qué entiende usted por el Scotia? —dijo por fin John Mangles.
– Pues el Scotia que nos lleva, un buen navío cuyas cualidades físicas me han sido ponderadas no menos que las morales de su comandante, el bravo capitán Burton. ¿Sería usted pariente del gran viajero africano de ese nombre? Un hombre audaz. ¡Mis felicitaciones, en ese caso!
– Señor —repuso John Mangles—, no solo no soy pariente del viajero Burton, sino que ni siquiera soy el capitán Burton.
– ¡Ah! —exclamó el desconocido—. ¿Es entonces al segundo del Scotia, Mr. Burdness, a quien me dirijo en este momento?
– ¿Mr. Burdness? —respondió John Mangles, que comenzaba a sospechar la verdad.
Solo que, ¿tenía ante sí a un loco o a un aturdido? Eso era lo que se preguntaba, y estaba a punto de explicarse categóricamente, cuando lord Glenarvan, su esposa y miss Grant volvieron a subir a cubierta.
El extranjero los divisó y exclamó:
– ¡Ah! ¡Pasajeros! ¡Pasajeras! Perfecto. Espero, señor Burdness, que vaya usted a presentarme...
Y adelantándose con perfecta soltura, sin aguardar la intervención de John Mangles:
– Señora —dijo a miss Grant; señorita —dijo a lady Helena—; señor... —añadió dirigiéndose a lord Glenarvan.
– Lord Glenarvan —dijo John Mangles.
– Milord —prosiguió entonces el desconocido—, le pido perdón por presentarme yo mismo; pero en el mar hay que relajar un poco la etiqueta; espero que haremos rápidamente conocimiento, y que en compañía de estas damas la travesía del Scotia nos parecerá tan breve como agradable.
Lady Helena y miss Grant no habrían sabido encontrar una sola palabra de respuesta. No comprendían nada de la presencia de aquel intruso en la toldilla del Duncan.
– Señor —dijo entonces Glenarvan—, ¿con quién tengo el honor de hablar?
– Con Jacques-Éliacin-François-Marie Paganel, secretario de la Sociedad de Geografía de París, miembro correspondiente de las sociedades de Berlín, de Bombay, de Darmstadt, de Leipzig, de Londres, de San Petersburgo, de Viena, de Nueva York, miembro honorario del Instituto Real Geográfico y Etnográfico de las Indias Orientales, quien, después de haber pasado veinte años de su vida haciendo geografía de gabinete, ha querido incorporarse a la ciencia militante, y se dirige hacia la India para enlazar allí entre sí los trabajos de los grandes viajeros.