El náufrago del Cynthia

19

DOS DISPAROS

Cerca de las dos de la madrugada Erik y maese Hersebom, fatigados en extremo, habíanse deslizado bajo la lona del depósito de víveres, echándose uno junto a otro sobre dos toneles, apoyados en el espeso pelaje de Klaas, a fin de reposar un poco. No tardaron en quedarse dormidos, y cuando despertaron, el sol había avanzado mucho en su carrera; el cielo estaba otra vez azul y el mar sereno; el enorme fragmento de banco en que flotaban tenía un movimiento tan suave y regular, que parecía inmóvil; pero a lo largo de sus orillas más próximas, enormes moles de hielo, arrastradas con espantosa celeridad, perseguíanse y se entrechocaban, despedazándose a veces con sordo estrépito. El paisaje formado por todos aquellos gigantescos cristales, que reflejaban o descomponían como un prisma los rayos del sol, era uno de los espectáculos más maravillosos que jamás contemplara Erik; y hasta maese Hersebom, tan poco inclinado generalmente, y mucho menos en la situación en que entonces se hallaba, a admirar los esplendores de la naturaleza ártica, no pudo menos de enmudecer de asombro.

– ¡Qué hermoso sería todo esto, murmuró suspirando, visto desde el puente de un buen buque!

– ¡Bah!, exclamó Erik con su buen humor habitual; a bordo de un buque sólo se debería pensar en evitar que esas montañas de hielo nos destrozaran, mientras que en esta isla no tenemos por qué inquietarnos.

Evidentemente, esto era considerar la cuestión bajo una fase muy optimista; maese Hersebom se limitó a sonreír con tristeza; pero Erik estaba resuelto a ver las cosas por el mejor lado.

– ¿No es una ventaja extraordinaria, dijo, tener aquí un depósito de víveres? ¿No sería nuestra situación verdaderamente desesperada si careciésemos de todo? Con veinte toneles de galleta, carne en conserva y aguardiente, con nuestras carabinas y cartuchos, nada debemos temer. En el peor caso, será preciso esperar algunos días, hasta que encontremos una tierra donde se pueda desembarcar... Ya verá usted, querido padre, cómo salimos de este mal paso, lo mismo que lo hicieron los náufragos del Hansa.

– ¿Del Hansa?, preguntó maese Hersebom con curiosidad.

– Sí, un buque que salió en 1869 para los mares árticos. Una parte de su tripulación se halló, como nosotros, en un banco de hielo, al que se habían transportado víveres y carbón;

aquella buena gente hubo de acomodarse lo mejor que pudo en el banco, y en él permanecieron seis meses y medio recorriendo en ese tiempo una distancia de varios miles de kilómetros, hasta que abordaron las tierras árticas de la América del Norte.

– ¡Ojalá tengamos nosotros tan buena suerte!... exclamó Hersebom, suspirando. En fin, por lo pronto, tomaremos un bocado, si te parece.

– Creo que será lo mejor, repuso Erik, una galleta y un pedazo de carne ahumada nos vendrán bien.

Maese Hersebom abrió dos toneles para sacar los elementos del almuerzo, y con la punta de su cuchillo hizo un agujero en un barrilito para extraer la bebida, tapándolo después con un pedacito de madera recortada, a fin de poder sacar más cuando se necesitase. Terminada esta operación, comenzó el almuerzo.

– ¿Y era el banco de que hablas tan grande como el nuestro?, preguntó maese Hersebom al cabo de diez minutos, empleados concienzudamente en reparar sus fuerzas.

– No lo creo. El nuestro debe tener al menos diez o doce kilómetros de longitud, y el del Hansa no excedía de dos y aún quedó reducido todavía más a los seis meses de servicio. Los infelices náufragos se vieron entonces precisados a dejarlo, porque las olas iban a visitarlos hasta su refugio; pero, por fortuna para ellos, tenían una barca grande, lo cual les permitió abandonar el banco cuando ya no era habitable, para ir a buscar otro. Así pasaron de un iceberg a otro, como hacen los osos blancos, hasta el día en que al fin tocaron tierra firme.

– ¡Ah!, exclamó maese Hersebom: ellos tenían una barca, pero nosotros no... Como no nos metamos en un tonel vacío, no veo de qué modo podremos salir de aquí.

– Ya lo veremos cuando sea tiempo, replicó Erik; por lo pronto, lo mejor que podemos hacer es explorar íntegramente nuestro dominio.

Los dos pusiéronse en pie, y lo primero que hicieron fue encaramarse a una especie de montecillo de hielo y de nieve; un hununock, según se llama en el lenguaje ártico, para formarse una idea general del banco. Tenía éste la forma de una balsa muy larga, o mejor dicho, de una isla de doce a quince kilómetros, cuya figura se asemejara en cierto modo a la de un enorme cetáceo dormido en la superficie del Océano polar. El depósito de víveres se hallaba poco más o menos al nivel de una linea que hubiera limitado el primer tercio o la cabeza del cetáceo; pero era difícil, en suma, juzgar de su extensión y de su verdadera forma. Muchos hummoeks accidentaban la superficie, e impedían reconocerla exactamente; pero comprobóse que la extremidad que el día antes correspondía al fondo del golfo, era la más lejana. En consecuencia, se resolvió dirigirse a ella. En cuanto era posible afirmarlo por la posición del sol, la extremidad del banco, que se extendía hacia el Oeste antes de desprenderse de la masa de que formaba parte, estaba ahora vuelta hacia el Norte, debía suponerse pues que el banco navegaba en la dirección Sur bajo la influencia de las corrientes o de la brisa; y el hecho de no verse vestigio alguno de la inmensa barrera de hielos que se prolongaba hacia el 78º, de Este a Oeste, corroboraba del todo esta hipótesis.

El banco estaba enteramente cubierto de nieve, en la cual se veían de trecho en trecho unas manchas negruzcas, en las que maese Hersebom reconoció al punto los ugiuks, es decir, las morsas barbudas de la especie más grande.

Estos animales habitaban, sin duda, en grietas o cavernas del banco, y creyéndose libres de todo posible ataque, aprovechábanse para calentarse al sol.

Erik y maese Hersebom tuvieron que andar más de una hoja para llegar a la punta extrema del banco, habiendo seguido casi siempre la orilla del lado Oeste, a fin de poder explorar a la vez el mar y el banco.

Klaas, que iba delante, hacía huir a veces a las morsas que se veían a lo lejos, y que arrastrábanse torpemente hasta la orilla del campo de hielo para arrojarse al agua. Fácil hubiera sido matar muchas; pero se consideró inútil, pues no se podía encender fuego para asar la carne de aquellos pobres animales, por cierto muy delicada. Erik tenía la mente ocupada en otras cosas: examinaba con la mayor atención el suelo del banco y reconocía que distaba mucho de ser uniforme; numerosas hendiduras y grietas, algunas de las cuales se prolongaban en toda la anchura del campo de hielo, hacían temer que al menor choque se dividiera en varios fragmentos; aunque en verdad estos serían aún bastante grandes; pero sólo la posibilidad de que ocurriera tal accidente, hacía imperiosamente necesario mantenerse lo más cerca posible del depósito de víveres, para no exponerse a quedar de pronto separados de él. Las grietas, sin embargo, estaban cubiertas de una espesa capa de nieve, caída la víspera, y que al derretirse calafateaba en cierto modo las aberturas.

Erik resolvió examinar con cuidado todas las partes del banco para elegir la más sólida y resistente y trasladar a ella el depósito de víveres.

Con este objeto continuó la exploración con su padre adoptivo por el lado del Este, después de descansar algunos minutos en la punta Norte, siguiendo entonces la orilla del banco que dos horas antes indicaba la ribera del golfo donde el Albatros se había dejado cazar. Klaas corría delante, animado por la frescura del aire, y parecía hallarse en su verdadero elemento en aquella alfombra de nieve, que le recordaba, sin duda, las llanuras de Groenlandia.

De repente, Erik le vio husmear el aire, lanzarse a la carrera, y detenerse ladrando ante algo oculto todavía por un montón de hielo.

– Será otra morsa o una foca, dijo, sin apresurar el paso.

Pero no era ni una cosa ni otra lo que estaba a orillas del banco y parecía inquietar a Klaas;

era un hombre inanimado y cubierto de sangre, cuyo traje de pieles no pertenecía seguramente a un marinero del Alaska, Esto llamó la atención de Erik, evocando en él un recuerdo de la invernada del Vega; levantó la cabeza de aquel hombre, cuyo cabello era rojo, y vio que tenia la nariz achatada como la de un negro.

Erik se preguntaba si no sería juguete de alguna ilusión; su mano desabrochó el chaleco de aquel hombre, y descubrió el pecho, tal vez menos para ver si el corazón latía que para buscar un nombre...

El nombre estaba allí, estampado y pintado en azul; en una especie de escudo toscamente trazado, Erik pudo leer: "Patricio O'Donoghan,

Cynthia".

¡Y el corazón latía!... ¡Aquel hombre no estaba muerto!... Sólo tenía una ancha herida en la cabeza, otra en el hombro, y en el pecho una contusión que debía entorpecer mucho sus movimientos respiratorios.

– ¡Es preciso trasladar a este hombre a nuestro refugio, curarle y hacerle volver a la vida!, dijo Erik a maese Hersebom. Y añadió en voz baja, como si temiera ser oido: ¡Es él, padre, es el que buscábamos hace tanto tiempo sin encontrarle, es Patricio O'Donoghan!... ¡Hele aquí casi sin vida!

La idea de que el secreto de su vida estaba allí, bajo aquel cráneo ensangrentado, que la muerte parecía haber tocado ya con sus alas, encendió en los ojos de Erik una llama sombría.

Su padre adoptivo adivinó lo que pasaba en el joven, y no pudo menos de encogerse de hombros, cual si quisiera decir:

– ¡Bastante hemos hecho, aunque se pudiese averiguar ahora todo!... ¡Qué poco importan los secretos del mundo en nuestra situación!

Sin embargo, cogió de las piernas al herido, mientras Erik le sostenía por los brazos, y cargados en esta forma emprendieron la marcha.

El movimiento hizo abrir los ojos al infeliz, y muy pronto el dolor que le ocasionaban sus heridas fue tan vivo, que exhaló confusas quejas, en las cuales parecía predominar la palabra inglesa drink (beber). Como aún estaba lejos el depósito de víveres, Erik resolvió detenerse, apoyar al herido contra un hummock sentándole en el lecho de nieve, y darle un poco del contenido de su frasco de aguardiente.

Estaba casi vacío, pero el trago que O'Donoghan bebió, devolvióle, al parecer, la vida;

miró a su alrededor, y exhalando un profundo suspiro, preguntó con débil acento:

– ¿Dónde está Jones?

– Le hemos encontrado a usted al borde del banco, dijo Erik. ¿Hace mucho tiempo que estaba usted allí?

– Lo ignoro, contestó el herido, haciendo un esfuerzo. Déme usted más de beber, añadió fijando su mirada en el joven.

Apuró un segundo trago, y esto pareció comunicarle alguna fuerza para hablar.

– Cuando la tempestad estalló, dijo, el Albatros se iba a pique; algunos tripulantes tuvieron tiempo de saltar a las embarcaciones, pero los demás han perecido. Desde el primer instante el señor Jones me había hecho señas para que pasase con él a un pequeño kayak de salvamento, suspendido en la popa, y que todos despreciaban a causa de sus escasas dimensiones, pero que tenía la ventaja de no sumergirse... Ese pequeño bote fue el único que llegó aquí, pues todas las chalupas zozobraron antes de acercarse; el hielo nos magulló terriblemente cuando las olas arrojaron aqui nuestro kayak;

pero al fin pudimos arrastrarnos fuera de su alcance y esperar el día... Esta mañana, el señor Jones me dejó solo para ir a ver si podía matar alguna foca o ave marina que nos sirviera de alimento, y no he vuelto a verle.

– ¿Es algún oficial del Albatros ese señor Jones?, preguntó Erik.

– Es el propietario y el capitán, contestó O'Donoghan, con un tono que manifestaba alguna sorpresa por la pregunta.

– Pues ¿no es el propietario el señor Tudor Brown?

– Yo.. yo no lo sé, repuso el herido vacilando, y como si se arrepintiera de haber dicho más de lo que hubiera querido.

Erik no creyó necesario insistir sobre este punto, pues tenía que preguntar muchas otras cosas.

– Veamos, dijo al irlandés, sentándose a su lado sobre la nieve; el otro día rehusó usted a pasar a mi buque para hablar conmigo, y su negativa ha ocasionado ya muchas desgracias;

mas ahora que estamos reunidos, aprovechemos la oportunidad para hablar seriamente como personas razonables. Aquí está usted en un banco flotante, herido, sin víveres y sm poder librarse por sí mismo de la muerte más cruel... Mi padre adoptivo y yo tenemos cuanto pueda necesitar: provisiones, aguardiente y armas; nosotros le cuidaremos, compartiendo con usted todas esas cosas para que se restablezca; pero a cambio de todo esto, quisiéramos que tuviese en nosotros plena confianza.

El irlandés fijó en Erik una mirada indecisa, en que el agradecimiento parecía mezclarse con el temor, pero un temor vago, instintivo.

– Eso depende, repuso a manera de evasiva, del género de confianza que usted pueda desear.

– ¡Oh!, bien lo sabe usted, contestó Erik, haciendo un esfuerzo para sonreír y cogiendo entre sus manos la del herido; el otro día se lo dije; usted no ignora lo que deseo averiguar, y es cosa de tal interés para mí, que he venido a estos lejanos mares sólo para obtener los informes que necesito... Vamos, Patricio O'Donoghan, haga usted un ligero esfuerzo y revéleme lo que tanta importancia tiene para mí; dígame cuanto sepa sobre "el niño del salvavidas". Déme usted sólo una indicación que me permita encontrar a mi familia... ¿Qué puede usted temer? ¿A qué peligro se expone satisfaciendo mi curiosidad?

O'Donoghan no contestaba; parecían pesar en su obtuso crájieo los argumenr tos de Erik.

– Pienso, dijo al fin, haciendo un esfuerzo, que si salimos de este mal paso y llegamos a un país donde haya jueces, podría usted hacerme mucho daño.

– ¡No! ¡Se lo juro a usted por lo más sagrado que no será así!, exclamó Erik, con calor;

cualesquiera que sean sus faltas respecto a mí o a otros, yo le aseguro que no tendrán para usted ninguna consecuencia enojosa... Por otra parte, usted parece ignorar una cosa, y es que la prescripción le ampara... quiero decir, que como esos acontecimientos, sean cuales fueren, ocurrieron hace más de veinte años, la justicia humana no tiene ya derecho a pedirle a usted cuentas.

– ¿Es verdad eso?, preguntó Patricio con un resto de desconfianza. El señor Jones me dijo que el Alaska había sido enviado por la policía, y usted mismo habló de Tribunales...

– Es porque me refería a hechos muy recientes, a un percance ocurrido al principio de nuestro viaje. Esté usted seguro que el señor Jones se ha burlado, Patricio, y que sin duda tiene algún interés en que usted calle.

– ¡Ya lo creo que tiene interés!, exclamó el herido con acento de convicción; pero en fin,

¿cómo ha podido usted averiguar que yo poseo el secreto?, preguntó O'Donoghan, mirando fijamente a Erik.

– Por el señor Bowles y su mujer, dueños de "El áncora roja", en Brooklyn, que le oyeron a usted hablar a menudo del "niño del salvavidas".

– ¡Es verdad!, dijo el irlandés.

Y después de reflexionar un momento, añadió:

– ¿Y de veras no es usted enviado de la policía?

– ¡No, hombre! ¡Qué idea tan absurda! Soy enviado de mí mismo, y sólo me ha traído aquí el ardiente deseo de saber cuál es mi país y quiénes son mis padres. ¡Eso es todo!

O'Donoghan se sonrió con cierta vanidad.

– ¡Ah!, exclamó: ¿Conque es eso lo que usted quiere saber? ¡Pues bien, es verdad, yo puedo decírselo!... Yo lo sé.

– Entonces, dígamelo usted, O'Donoghan, repuso Erik, viendo que su interlocutor vacilaba; dígamelo usted, y yo le prometo el perdón de sus faltas, si las ha cometido, y el agradecimiento, si me es dado hacerlo.

El irlandés fijó una mirada de codicia en la botella de aguardiente.

– La garganta se me seca cuando hablo tanto, dijo con voz pastosa; bebería un poco, si usted me lo permitiera.

– No tengo aquí más, pero irán a buscar al depósito, replicó Erik, entregando la botella a maese Hersebom.

Este se alejó al punto, seguido de Klaas.

– No tardará en volver, dijo el joven, volviéndose hacia el herido. ¡Vamos, buen hombre, no me regatee usted su confianza!... Póngase un momento en mi lugar; suponga que toda su vida ha ignorado el nombre de su país y el de su madre, y que se halla en presencia de un hombre que poseyendo el secreto, se niega a revelárselo al que le acaba de salvar, devolviéndole casi a la vida... Esto seria cruel. ¿No es verdad?... ¡Sería intolerable!... Yo no le pido a usted un imposible... Yo no quiero que se acuse de nada, si tiene algo de qué arrepentirse...

Déme usted una indicación, por ligera que sea, para saber adonde debo dirigirme, y no necesitaré más...

– A fe mía, contestó Patricio O'Donoghan evidentemente conmovido, no veo razón para no complacerle. Sabrá usted, pues, que yo era grumete a bordo del Cynthia...

O'Donoghan se interrumpió de pronto. Erik estaba como suspendido de sus labios. ¿Realizaría al fin el deseo de toda su vida? ¿Le sería dado conocer el secreto: el nombre de su familia y el de su patria?... Su esperanza no parecía ahora quimérica; y pendiente de las palabras del herido, fijaba en él su mirada atenta, cual si quisiese absorber ávidamente las frases que iban a salir de sus labios. Por nada del mundo hubiera interrumpido el relato, ni con la menor pregunta ni con el más ligero ademán; y como toda su atención estaba concentrada en Patricio, no observó que detrás de él acababa de surgir una sombra cuya presencia era precisamente la que había hecho enmudecer a O'Donoghan.

– ¡El señor Jones!, murmuró el herido con el tono de un escolar, sorprendido en falta.

Erik volvió la cabeza y vio a Tudor Brown de pie delante de un hununOk inmediato, que hasta entonces le había ocultado a sus miradas.

La exclamación del irlandés confirmó su sospecha de que Jones y Tudor Brown eran una misma persona.

Apenas había tenido tiempo de formular esta idea, oyó resonar dos disparos en el silencio de aquella soledad, apenas con tres segundos de intervalo, y vio dos cuerpos tendidos en tierra.

Tudor Brown, apuntando con su carabina, había herido en el corazón a Patricio O'Donoghan, que cayó inerte sin poder exhalar una sola queja.

Pero antes de que Tudor Brown tuviera tiempo de bajar su arma, recibía un balazo en la frente y caía de bruces.

– ¡Bien hice en volver cuando vi huellas sospechosas en la nieve!, exclamó maese Hersebom, reapareciendo con su carabina todavía humeante.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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