Dos años de vacaciones

Capítulo 7

Briant, Doniphan, Wilcox y Service habían abandonado el campamento del Sloughi a las siete de la mañana. El sol, que ascendía en un cielo sin nubes, anunciaba una de esas hermosas jornadas que el mes de octubre reserva a veces a los habitantes de las zonas templadas del hemisferio boreal. Ni el calor ni el frío eran de temer. Si algún obstáculo debía retrasar o detener la marcha, este provendría únicamente de la naturaleza del terreno.

En primer lugar, los jóvenes exploradores tomaron oblicuamente por la playa de manera que pudieran ganar el pie del acantilado. Gordon les había aconsejado llevar a Phann, cuyo instinto podría serles muy útil, y de ahí que el inteligente animal formara parte de la expedición.

Un cuarto de hora después de la partida, los cuatro muchachos habían desaparecido bajo la cubierta del bosque, que fue cruzado rápidamente. Alguna caza menor revoloteaba entre los árboles. Pero, como no se trataba de perder el tiempo persiguiéndola, Doniphan, resistiendo sus instintos, tuvo la sensatez de abstenerse. El propio Phann acabó por comprender que se desperdiciaba en idas y venidas inútiles, y se mantuvo junto a sus amos sin alejarse más de lo que convenía a su papel de explorador de vanguardia.

El plan consistía en bordear la base del acantilado hasta el cabo situado al norte de la bahía, si, antes de llegar a su extremo, hubiera resultado imposible atravesarlo. Se marcharía entonces hacia la extensión de agua señalada por Briant. Este itinerario, aunque no era el más corto, tenía la ventaja de ser el más seguro. En cuanto a alargarse uno o dos kilómetros, eso no era motivo de preocupación para unos muchachos vigorosos y buenos caminantes.

En cuanto alcanzó el acantilado, Briant reconoció el lugar donde Gordon y él se habían detenido durante su primera exploración. Como en esa porción de la muralla calcárea no había ningún paso descendiendo hacia el sur, había que buscar hacia el norte un collado practicable, aunque fuese preciso remontar hasta el cabo. Eso exigiría, sin duda, toda una jornada; pero no podría procederse de otro modo en caso de que el acantilado fuera infranqueable por su reverso occidental.

Esto fue lo que Briant explicó a sus camaradas, y Doniphan, después de haber intentado en vano escalar una de las pendientes del talud, no puso más objeciones. Los cuatro siguieron entonces la base del acantilado, bordeada por la última hilera de árboles.

Caminaron durante una hora aproximadamente y, como probablemente haría falta llegar hasta el promontorio, Briant se preguntaba con inquietud si el paso estaría libre. Con la hora que avanzaba, ¿no habría cubierto ya la marea la playa? Eso supondría perder casi media jornada, esperando a que la bajamar dejara en seco el banco de arrecifes.

– Démonos prisa —dijo, tras explicar cuánto importaba adelantarse a la llegada de la pleamar.

– ¡Bah! —respondió Wilcox—. ¡Nos mojaremos los tobillos y ya está!

– ¡Los tobillos, y luego el pecho, y luego las orejas! —replicó Briant—. El mar sube metro y medio o casi dos metros, como mínimo. La verdad, creo que habría sido mejor ir directamente al promontorio.

– Tenías que haberlo propuesto —respondió Doniphan—. Eres tú, Briant, quien nos sirve de guía, y si nos retrasamos, ¡a ti solo habrá que echarle la culpa!

– Sea, Doniphan. En todo caso, no perdamos ni un instante. ¿Dónde está Service?

Y llamó:

– ¿Service?… ¿Service?

El muchacho ya no estaba. Después de alejarse con su amigo Phann, había desaparecido tras un saliente del acantilado, a unos cien pasos a la derecha.

Pero casi de inmediato se oyeron gritos al mismo tiempo que los ladridos del perro. ¿Se encontraba Service ante algún peligro?

En un instante, Briant, Doniphan y Wilcox alcanzaron a su camarada, que se había detenido frente a un desprendimiento parcial del acantilado —un derrumbe de antigua data—. A causa de infiltraciones o, sencillamente, bajo la acción de las inclemencias del tiempo que habían disgregado la masa calcárea, se había formado desde la cresta de la muralla hasta el nivel del suelo una especie de medio embudo con el vértice hacia abajo. En la pared vertical se abría una garganta troncocónica, cuyas paredes interiores no ofrecían pendientes de más de cuarenta o cincuenta grados. Además, sus irregularidades presentaban una serie de puntos de apoyo en los que sería fácil hacer pie. Unos muchachos ágiles y flexibles debían poder, sin demasiado esfuerzo, alcanzar la arista superior, siempre que no provocasen un nuevo derrumbe.

Aunque suponía un riesgo, no dudaron.

Doniphan se lanzó el primero sobre el amontonamiento de piedras apiladas en la base.

– ¡Espera!… ¡Espera! —le gritó Briant—. ¡No tiene sentido cometer una imprudencia!

Pero Doniphan no le hizo caso, y, como ponía su amor propio en adelantarse a sus camaradas —a Briant sobre todo—, pronto llegó a mitad de altura del embudo.

Sus camaradas le habían imitado, evitando colocarse directamente debajo de él para no ser alcanzados por los fragmentos que se desprendían del macizo y rebotaban hasta el suelo.

Todo salió bien, y Doniphan tuvo la satisfacción de poner el pie en la cresta del acantilado antes que los demás, que llegaron un poco después.

Doniphan ya había sacado el catalejo del estuche y lo paseaba por la superficie de los bosques que se extendían a perderse de vista en dirección al este.

Allí aparecía el mismo panorama de verdor y cielo que Briant había observado desde lo alto del cabo, algo menos profundo, sin embargo, pues ese cabo dominaba el acantilado en unos treinta metros.

– ¿Y bien? —preguntó Wilcox—. ¿No ves nada?…

– ¡Absolutamente nada! —replicó Doniphan.

– Ahora me toca a mí mirar —dijo Wilcox.

Doniphan le entregó el catalejo a su camarada, no sin que una visible satisfacción se pintase en su rostro.

– ¡No distingo la menor línea de agua! —dijo Wilcox, después de bajar el catalejo.

– Eso se debe probablemente —respondió Doniphan— a que no hay ninguna por este lado. Puedes mirar tú, Briant, y creo que reconocerás tu error…

– ¡No hace falta! —respondió Briant—. ¡Estoy seguro de no haberme equivocado!

– ¡Es sorprendente!… No vemos nada…

– Es del todo natural, puesto que el acantilado es menos elevado que el promontorio, lo cual reduce el alcance de la vista. Si estuviéramos a la altura en que yo me encontraba, la línea azul aparecería a una distancia de diez u once kilómetros. Veríais entonces que está exactamente donde la indiqué, y que es imposible confundirla con una franja de nubes.

– ¡Eso es fácil decirlo!… —observó Wilcox.

– Y no menos fácil de comprobar —respondió Briant—. Cruzamos la meseta del acantilado, atravesamos los bosques y avanzamos hacia el este hasta llegar…

– ¡Bueno! —respondió Doniphan—. Eso podría llevarnos lejos, y no sé si vale la pena…

– Quédate, Doniphan —respondió Briant, que, fiel a los consejos de Gordon, se contenía a pesar de la mala disposición de su camarada—. ¡Quédate! Service y yo iremos solos…

– ¡Iremos también! —replicó Wilcox—. ¡En marcha, Doniphan, en marcha!

– ¡Cuando hayamos almorzado! —respondió Service.

En efecto, convenía tomar un buen tentempié antes de partir. Así se hizo en media hora; después reanudaron la marcha.

El primer kilómetro se cubrió rápidamente. El suelo herboso no presentaba ningún obstáculo. Aquí y allá, musgos y líquenes cubrían pequeñas protuberancias pedregosas. Algunos arbustos se agrupaban de trecho en trecho, siguiendo sus especies: aquí helechos arborescentes o licopodios; allá brezos, agracejo, matas de acebo de hojas puntiagudas, o manojos de esos «berberis» de hojas coriáceas que proliferan incluso a latitudes más altas.

Cuando Briant y sus camaradas cruzaron la meseta superior, no sin esfuerzo lograron descender el reverso opuesto del acantilado, casi tan elevado y escarpado como por el lado de la bahía. De no haber sido por el cauce semiseco de un torrente, cuyas sinuosidades atemperaban la rigidez de las pendientes, habrían tenido que volver hasta el promontorio.

Una vez alcanzado el bosque, la marcha se volvió más penosa sobre un suelo enmarañado de vigorosas plantas, erizado de hierbas altas. Con frecuencia, lo obstruían árboles derribados, y el matorral era tan espeso que había que abrirse paso a golpes. Los muchachos blandían entonces el hacha como esos pioneros que se aventuran por los bosques del Nuevo Mundo. A cada momento había paradas durante las cuales los brazos se fatigaban más que las piernas. De ahí muchos retrasos, y el camino recorrido desde la mañana hasta la noche no sumaría, desde luego, más de cinco o seis kilómetros.

En verdad, parecía que ningún ser humano hubiera penetrado jamás bajo la cubierta de esos bosques. Al menos, no se encontraba ningún rastro. El más estrecho sendero habría bastado para atestiguar su paso, y no existía ninguno. La edad o alguna tormenta eran los únicos responsables de haber derribado aquellos árboles, no la mano del hombre. Las hierbas, pisadas en ciertos lugares, no indicaban más que el paso reciente de animales de mediana talla, algunos de los cuales se vio huir sin poder reconocer a qué especie pertenecían. En todo caso, debían de ser poco temibles, ya que se ponían fuera de alcance con tanta rapidez.

Cierto que le picaba la mano, a ese impaciente Doniphan, por aferrar el fusil y descargarlo sobre aquellos tímidos cuadrúpedos. Pero la razón le ayudaba, y Briant no tuvo que intervenir para impedir que su camarada cometiese la imprudencia de revelar su presencia con un disparo.

Sin embargo, si Doniphan había comprendido que debía imponer silencio a su arma favorita, las ocasiones de hacerla hablar habrían sido frecuentes. A cada paso levantaban el vuelo perdices de la especie de los tinamúes, de sabor muy delicado, u otras de la especie de las endromias, más conocidas con el nombre de martinetas; y también zorzales, ocas salvajes, urogallos, sin contar gran número de aves que habría sido fácil abatir por centenas.

En suma, para el caso de que se fuera a permanecer en esa región, la caza podría proporcionar alimento abundante. Esto fue lo que Doniphan se limitó a constatar al principio de la exploración, con la perspectiva de resarcirse más adelante de la reserva que las circunstancias le imponían.

Las especies de esos bosques pertenecían más particularmente a las diversas variedades de abedules y hayas que extendían su ramaje de un verde tierno hasta treinta metros por encima del suelo. Entre los demás árboles figuraban cipreses de hermoso porte, mirtáceas de madera rojiza y muy densa, y magníficos grupos de esos vegetales llamados «winters», cuya corteza despide un aroma que se aproxima al de la canela.

Eran las dos de la tarde cuando se hizo una segunda parada en medio de un estrecho claro atravesado por un río poco profundo —lo que en América del Norte se llama un «creek»—. Las aguas de ese creek, de perfecta limpidez, corrían suavemente sobre un lecho de rocas negruzas. A juzgar por su curso apacible y poco profundo, que todavía no entorpecían ni madera muerta ni hierbas a la deriva, cabía creer que sus manantiales no debían de estar lejos. En cuanto a cruzarlo, nada más fácil pasando por las piedras que lo salpicaban. Es más, en un determinado lugar, unas piedras planas estaban yuxtapuestas con suficiente simetría como para llamar la atención.

– ¡Qué curioso! —dijo Doniphan.

En efecto, aquello parecía una especie de calzada tendida de un margen al otro.

– ¡Parece una presa! —exclamó Service, que se disponía a cruzarla.

– ¡Espera!… ¡Espera! —le respondió Briant—. Tenemos que hacernos cargo de la disposición de esas piedras.

– No es admisible —añadió Wilcox— que se hayan colocado así solas.

– No —dijo Briant—, y parece que alguien quiso establecer un paso en este punto del río… Miremos más de cerca.

Examinaron entonces con cuidado cada uno de los elementos de esa estrecha calzada, que solo emergía unos pocos centímetros y debía quedar inundada durante la temporada de lluvias.

En suma, ¿podía afirmarse que había sido la mano del hombre la que había dispuesto esas losas a través del creek para facilitar el paso del curso de agua? No. ¿No valía más creer que, arrastradas por la violencia de la corriente en época de crecidas, se habían ido acumulando poco a poco formando una presa natural? Esta fue incluso la explicación más sencilla de la existencia de esa calzada, y la que Briant y sus camaradas adoptaron tras un minucioso examen.

Hay que añadir que ni la orilla izquierda ni la derecha presentaban otros indicios, y nada probaba que pie humano hubiera pisado jamás el suelo de ese claro.

En cuanto al creek, su curso se dirigía hacia el nordeste, en sentido contrario a la bahía. ¿Desembocaba entonces en ese mar que Briant afirmaba haber divisado desde lo alto del cabo?

– A menos —dijo Doniphan— que ese río sea afluente de otro más importante que volviera hacia el poniente.

– Ya lo veremos —respondió Briant, quien consideró inútil reanudar la discusión al respecto—. Sin embargo, mientras discurra hacia el este, creo que haremos bien en seguirlo, siempre que no haga demasiados rodeos.

Los cuatro muchachos se pusieron en marcha, habiendo tenido cuidado de cruzar el creek por la calzada —a fin de no tener que vadearlo más abajo y quizás en condiciones menos favorables.

Fue bastante fácil seguir la orilla, salvo en algunos lugares donde ciertos grupos de árboles bañaban sus raíces en el agua viva, mientras sus ramas se juntaban de un margen al otro. Si el creek describía a veces un codo brusco, su dirección general, tomada con la brújula, era siempre hacia el este. En cuanto a su desembocadura, debía de estar todavía lejos, pues la corriente no ganaba en velocidad ni el cauce en anchura.

Hacia las cinco y media, Briant y Doniphan tuvieron que constatar, no sin pesar, que el curso del creek tomaba decididamente hacia el norte. Eso podría llevarlos lejos si continuaban siguiéndolo como hilo conductor, en una dirección que los alejaba manifiestamente de su objetivo. Acordaron, pues, abandonar la orilla y retomar rumbo hacia el este, por lo más espeso de los abedules y las hayas.

¡Avance muy penoso! Entre las hierbas altas que a veces les superaban la cabeza, se veían obligados a llamarse para no perderse de vista.

Como después de toda una jornada de marcha nada indicaba aún la proximidad de una extensión de agua, Briant no dejaba de estar inquieto. ¿Habría sido víctima de una ilusión cuando observaba el horizonte desde lo alto del cabo?…

– ¡No!… ¡No!… —se repetía—. ¡No me he equivocado!… ¡No puede ser!… ¡No es así!

Sea como fuere, hacia las siete de la tarde no se había alcanzado siquiera el límite del bosque, y la oscuridad era ya demasiado grande para permitir orientarse.

Briant y Doniphan resolvieron hacer alto y pasar la noche al abrigo de los árboles. Con un buen trozo de corned beef, no se sufriría de hambre. Con buenas mantas, no se sufriría de frío. Por lo demás, nada habría impedido encender un fuego de ramas muertas, si esta precaución, excelente contra los animales, no hubiera resultado comprometedora en caso de que algún indígena se acercara durante la noche.

– Mejor no correr el riesgo de ser descubiertos —observó Doniphan.

Todos fueron de su misma opinión, y solo se ocuparon ya de la cena. No era el apetito lo que les faltaba. Después de hacer una buena mella en las provisiones de viaje, se disponían a tenderse al pie de un enorme abedul cuando Service señaló, a unos pocos pasos, un espeso matorral. De ese matorral —en la medida en que podía juzgarse en la oscuridad— emergía un árbol de mediana altura cuyas ramas bajas caían hasta el suelo. Fue allí, sobre un lecho de hojas secas, donde los cuatro se acostaron tras envolverse en sus mantas. A su edad, el sueño nunca falla. Y así durmieron de un tirón, mientras Phann, aunque encargado de velar por ellos, imitaba a sus jóvenes amos.

Una o dos veces, sin embargo, el perro lanzó un gruñido prolongado. Evidentemente, algunos animales, fieras u otros, merodeaban por el bosque; pero no se acercaron a las proximidades del campamento.

Eran cerca de las siete cuando Briant y sus compañeros se despertaron. Los rayos oblicuos del sol iluminaban vagamente todavía el lugar donde habían pasado la noche.

Service fue el primero en salir del matorral, y entonces sus gritos resonaron, o más bien sus exclamaciones de sorpresa.

– ¡Briant!… ¡Doniphan!… ¡Wilcox!… ¡Venid!… ¡Venid!

– ¿Qué pasa? —preguntó Briant.

– ¡Sí! ¿Qué pasa?… —preguntó Wilcox—. Con su manía de gritar siempre, Service nos da unos sustos…

– ¡Está bien, está bien!… —respondió Service—. Entretanto, ¡mirad dónde hemos dormido!

No era un matorral: era una cabaña de follaje, una de esas chozas que los indios llaman «ajoupas» y que están hechas de ramajes entrelazados. Ese ajoupa debía de ser de construcción antigua, pues su techo y sus paredes apenas se sostenían gracias al árbol contra el que se apoyaba y cuyo ramaje vestía de nuevo esa choza, semejante a las que sirven a los indígenas de América del Sur.

– ¿Hay, pues, habitantes? —dijo Doniphan, lanzando rápidas miradas a su alrededor.

– O los ha habido —respondió Briant—, pues ¡esta cabaña no se ha construido sola!

– ¡Eso explicaría la existencia de la calzada tendida a través del creek! —observó Wilcox.

– ¡Pues mejor! —exclamó Service—. Si hay habitantes, serán buena gente, ya que han construido esta choza expresamente para que pasáramos la noche.

En realidad, nada era menos seguro que los indígenas de ese país fueran buena gente, como decía Service. Lo que era manifiesto es que unos indígenas frecuentaban o habían frecuentado esa parte del bosque en una época más o menos lejana. Ahora bien, esos indígenas no podían ser más que indios, si aquella tierra era parte del Nuevo Continente, o polinesios e incluso caníbales, si era una isla perteneciente a alguno de los grupos de Oceanía. ¡Esta última eventualidad habría estado cargada de peligros, y más que nunca importaba que la cuestión quedara resuelta!

Así pues, Briant iba a ponerse en marcha cuando Doniphan propuso visitar minuciosamente esa choza, que, por lo demás, parecía haber sido abandonada hacía mucho tiempo.

Quizás se encontraría en ella algún objeto, un utensilio, un instrumento, una herramienta, cuyo origen se pudiera llegar a reconocer.

La cama de hojas secas extendida sobre el suelo del ajoupa fue revuelta con cuidado y, en un rincón, Service recogió un fragmento de cerámica que debía de provenir de un cuenco o de una calabaza… Nuevo indicio del trabajo del hombre, pero que no aclaraba nada más. No había, pues, más que reanudar la marcha.

A las siete y media, los jóvenes, brújula en mano, se dirigieron decididamente hacia el este sobre un terreno cuya inclinación se acusaba levemente. Avanzaron así durante dos horas, lentamente, muy lentamente, en medio de inextricables enmarañados de hierbas y arbustos, y en dos o tres ocasiones tuvieron que abrirse paso con el hacha.

Por fin, un poco antes de las diez, apareció un horizonte distinto al interminable telón de árboles. Más allá del bosque se extendía una amplia llanura sembrada de lentiscos, tomillos y brezos. A medio kilómetro hacia el este quedaba circunscrita por una franja de arena que batía suavemente el oleaje de ese mar divisado por Briant, que se extendía hasta los límites del horizonte…

Doniphan callaba. Le costaba, a ese chico vanidoso, reconocer que su camarada no había cometido ningún error.

Sin embargo, Briant, que no buscaba triunfar, examinaba los alrededores con el catalejo en la mano.

Al norte, la costa, vivamente iluminada por los rayos del sol, se curvaba un poco hacia la izquierda.

Al sur, el mismo aspecto, salvo que el litoral se redondeaba en una curva más pronunciada.

¡Ya no cabía duda alguna! No era un continente: era una isla sobre la que la tempestad había arrojado la goleta, y habría que renunciar a toda esperanza de salir de ella si no llegaba ningún socorro del exterior.

Por lo demás, mar adentro, ninguna otra tierra a la vista. Parecía que esa isla estuviera aislada y como perdida en medio de las inmensidades del Pacífico.

Sin embargo, Briant, Doniphan, Wilcox y Service, tras atravesar la llanura que se extendía hasta la playa, se habían detenido al pie de un montículo de arena. Su intención era almorzar y después reemprender la marcha a través del bosque. Quizás, si se daban prisa, no les fuera imposible estar de vuelta en el Sloughi antes del anochecer.

Durante la comida, que fue bastante triste, apenas intercambiaron unas pocas palabras.

Por fin, Doniphan, recogiendo su mochila y su fusil, se levantó y no dijo más que esta palabra:

– Partamos.

Y los cuatro, después de lanzar una última mirada a ese mar, se disponían a volver a cruzar la llanura cuando Phann salió brincando en dirección a la playa.

– ¡Phann!… ¡Aquí, Phann! —gritó Service.

Pero el perro siguió corriendo y olfateando la arena húmeda. Después, lanzándose de un salto en medio de las pequeñas olas del oleaje, se puso a beber con avidez.

– ¡Está bebiendo!… ¡Está bebiendo!… —exclamó Doniphan.

En un instante, Doniphan cruzó la franja de arena y se llevó a los labios un poco de esa agua de la que se saciaba Phann… ¡Era dulce!

Era un lago que se extendía hasta el horizonte por el este… ¡No era el mar!

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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